Santo del Día

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Santos mártires de la caridad de Alejandría.

Entre los años 261 y 263 se desató una plaga de peste en Alejandría, durante la cual muchos cristianos se volcaron con los habitantes de la ciudad, para socorrerles, fueran cristianos o paganos. Incluso a costa de su libertad y vida, pues podrían ser denunciados. Es San Dionisio (17 de noviembre), obispo de Alejandría, el mismo que relataría el martirio de Santa Apolonia (9 de febrero), quien en una carta a los obispos de Oriente habla del testimonio cristiano de los alejandrinos. Cuando la peste comenzó, la ciudad cambió de la fiesta al luto. Dionisio resalta que si bien para los paganos la peste es una calamidad y un mal augurio, para los cristianos está siendo una «escuela para probarnos». Y es que en la adversidad se prueba la fe. Los cristianos comenzaron una ingente obra de caridad para con los enfermos, los muertos, las viudas y los huérfanos. Por el contrario, los paganos huían, abandonando a sus familiares enfermos, que eran atendidos por los católicos. Todos colaboraron, sacerdotes, diáconos y seglares. Y muchos de los cristianos perdieron, o mejor dicho, ganaron la vida. Dionisio narra que los cristianos sobrevivientes tomaron los cuerpos de los mártires de la caridad y les lavaban, cerraban sus heridas y los enterraban entre cánticos. Es posiblemente este el primer testimonio de culto a santos no mártires que conocemos. No mártires estrictamente de sangre, como se suele entender el martirio, porque mártires de la caridad fueron. Fuentes: «Vidas de los Santos». Tomo II. Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD. 1914.

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San Gabriel de la Dolorosa

Hay muchos Santos que estuvieron alejados de Dios hasta que dieron el paso de volver a la Casa del Padre como el Hijo Pródigo, un claro ejemplo de esto. Hoy la Iglesia nos presenta la figura de San Gabriel de la Dolorosa.  En 1838, seis siglos después de que Asís viese nacer a San Francisco, esta misma tierra acogió a este religioso que originariamente se llamó Francesco. De pequeño muestra una gran devoción a La Virgen dada su educación en los jesuitas. Cuando se acerca a la adolescencia, los primeros tiempos eran de una vida mundana.  Pero las dificultades y la enfermedad le llevaron hasta el Señor. Sin embargo, volvía a recaer nuevamente en sus tiempos pasados, porque su capacidad de acercarse a las cosas materiales le podía. Al final surgió un tiempo de noche oscura y de hambre espiritual en su vida que le recondujo hacia Dios.  Por entonces se encuentra en Espoleto y presencia entre la gente una Procesión de la Virgen. Al llegar a su altura siente que la Señora le mira y le habla al corazón diciéndole que la vida mundana no estaba hecha para él.  Encomendado a Ella en un gesto de arrepentimiento, ingresa en los Pasionistas fundados por San Pablo de la Cruz que se dedican a vivir los Misterios Salvadores de Cristo Crucificado. Entonces se cambia su nombre por el de Gabriel.  Dedicado a los necesitados, va recibiendo las Órdenes Menores que le preparan para el Sacerdocio. Es el momento de la enfermedad, convirtiéndose en la tuberculosis. Con tan solo 25 años, en 1863 San Gabriel de la Dolorosa parte hacia el Cielo. FUENTE COPE

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Santa Paula Montal.

“Salvar a las familias enseñando a las niñas el amor a Dios”. Cuando se quedó huérfana, la fundadora de las escolapias conoció a muchas niñas sin más salida que los talleres de costura y quiso darles una educación que les permitiera «vivir en plenitud su vida» Casi 250 años dista entre el inicio de las Escuelas Pías fundadas por Calasanz para la educación de los niños (1617) y la aprobación de las “Hijas de María Religiosas Escolapias” fundadas por Paula Montal, para la educación de las niñas (1860).  Desde que descubrió el carisma del Santo, Paula se sintió plenamente identificada con él mismo y no quiso ser otra cosa, junto con sus hijas, que verdaderas escolapias. El Señor se sirvió de los escolapios Jacinto Feliu, Agustín Casanovas y de otros escolapios para invitarla a vivir el evangelio a la manera de Calasanz.  Paula Montal es la fundadora de la primera congregación femenina española del s. XIX, dedicada exclusivamente a la educación, con un marcado carácter popular. Una fiel seguidora de San José de Calasanz. En palabras de Madre Paula, la misión de las escolapias es “enseñar a las niñas: Piedad, labores de manos, letras” y lo plasma en un lema: “Salvar a las familias enseñando a las niñas el amor a Dios”. «Enseñan hasta geografía», llegó a decir el alcalde de Igualada al de Barcelona acerca de los métodos de las escolapias que fundó Paula Montal. Hoy sus innovaciones nos parecen algo normal, pero la santa supuso una auténtica revolución educativa en su época. Nacida en 1799 en Arenys de Mar (Barcelona), fue la hija mayor de una unión de dos personas muy creyentes que enviudaron antes de casarse de nuevo. El cabeza de familia era maestro cordelero, un oficio en boga en aquellos años. Pero su muerte cuando Paula tenía 10 años trajo estrecheces a la familia. La niña se puso a trabajar tejiendo encajes para ayudar a su madre a mantener a sus cuatro hermanos menores, aunque eso no la apartó de llevar, con el tiempo, una intensa actividad en su parroquia como catequista. Paula padeció en sus propias carnes la situación a la que estaban relegadas por entonces las mujeres, para las que no se consideraba necesaria ni siquiera una educación mínima básica. En contacto con todas aquellas chicas que conoció en la parroquia y en los talleres de costura, se dio cuenta de la necesidad de trabajar por aumentar su nivel educativo. Así, en 1829 vislumbró la posibilidad de empezar a dar clase a algunas muchachas en Figueras y no la desaprovechó. Con solo 40 reales en el bolsillo y acompañada de una amiga, habilitó una clase en lo que era un palomar. Su llegada revolucionó el panorama educativo de la ciudad y, al año siguiente, debido a la avalancha de solicitudes, tuvieron que trasladarse a una casa amplia. Allí, Montal y las amigas que se le iban uniendo empezaron a enseñar a las chicas a leer y a escribir, además de darles clases de aritmética, historia, dibujo e idiomas. Si tradicionalmente las asignaturas solían ser todas impartidas por una sola maestra, Montal fue una avanzada al dotar a cada materia de una profesora especializada. Además, tenía como lema «salvar a las familias enseñando a las niñas el santo temor de Dios», por lo que se preocupaba especialmente de la formación religiosa y espiritual de sus alumnas. Años más tarde escribió personalmente al mismo Papa y obtuvo su permiso para instalar un oratorio en sus centros. «A un amplio y diversificado programa de contenidos unió la potencia de la educación cristiana, que además de los valores humanos añade la referencia explícita a la trascendencia», afirma la religiosa Elena de Francisco, de la comunidad de escolapias Santa Eulalia. Lo que hizo la santa fue crear «un nuevo modo de vivir y de educar en la Iglesia, instaurando un proyecto educativo femenino innovador», añade. Poco tiempo después de su primera fundación, Paula entró en contacto con los padres escolapios de Mataró y se enamoró de su carisma. Bajo la dirección de los religiosos, ella y sus compañeras comenzaron a vestir un sencillo hábito y empezaron a llamarse Hijas de María. Pretendían trasladar a su vida y a su trabajo la espiritualidad de san José de Calasanz y adoptar para su obra su mismo objetivo de dar a sus alumnas «piedad y letras». Este proceso culminó en 1847 con Montal y las tres primeras hermanas profesando como religiosas escolapias. Los años siguientes fueron un continuo abrir nuevos colegios, a un ritmo de casi un centro por año. En 1860, las escolapias se convirtieron en el primer instituto femenino español del siglo XIX que obtuvo la aprobación pontificia, un aval que confirmó cinco años después la misma reina Isabel II dando a su obra la aprobación civil. Los últimos 30 años de su vida los pasó en la fundación que llevó a cabo en Montserrat en 1859. Allí, a los pies del monasterio de la Moreneta, subía a menudo a pasar un rato a solas con la Virgen, mientras por sus centros no paraban de pasar muchachas y muchachas de toda España. Finalmente, en febrero de 1889 comenzó a sentirse enferma y ya no pudo levantarse. En la tarde del día 26, con la vista fija en un punto invisible para los que la rodeaban, musitó: «Mare, Mare meva» y entregó su vida. «Su acierto fue comprender la labor clave de la mujer como madre y esposa» y dotarla de «una valoración nueva de su identidad» para hacerla capaz de vivir en plenitud su vida y su misión en la familia, en la sociedad y en la Iglesia», concluye Elena de Francisco.

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San Néstor, Obispo de Magido y mártir.

Hoy, miércoles 25 de febrero de 2026, la Iglesia católica celebra en su santoral las festividades de San Néstor. Nació en Magido dentro de Panfilia, un territorio perteneciente a la actual Turquía en el siglo III. Al convertirse en obispo, se ganó el respeto y admiración de muchos cristianos por lo que comprendió que era necesario buscar un refugio para sus fieles debido a la persecución contra ellos por parte del emperador Decio. San Néstor de Magido fue un venerado obispo de la antigua ciudad de Magido. Destacó por su entrega pastoral durante las persecuciones del emperador Decio en el siglo III. Al saber que las autoridades buscaban arrestar a los cristianos, Néstor priorizó la seguridad de su comunidad ayudándolos a refugiarse. Él decidió no esconderse para afrontar su destino y no tardó en ser detenido. Frente al gobernador Polión en Perge, rechazó renunciar a su fe y adorar a los dioses paganos a pesar de sufrir crueles torturas. Finalmente, fue condenado a morir en la cruz, donde utilizó sus últimas fuerzas para exhortar a los fieles a mantenerse firmes en Cristo hasta que expiró, momento en el cual incluso muchos paganos se arrodillaron asombrados por su valentía. Como recuerda el Martirologio Romano en la persecución bajo el emperador Decio fue condenado por el prefecto de la provincia a morir en una cruz, para que sufriese la misma pena del Crucificado a quien confesaba (c. 250)». Fue interrogado y amenazado de tortura para, posteriormente, ser enviado al gobernador de Perga. Al comienzo, el mandatario trató de convencerlo con halagos, pero al notar la negativa del obispo para rechazar la fe cristiana empezó a intimidarlo. Fue así como lo envió hacia el potro donde el verdugo lo torturó cruelmente, desgarrándole la piel con garfios. Para, más tarde, ser condenado a morir crucificado. Por tal motivo, su diócesis en Panfilia fue lugar de constantes persecuciones. Sin embargo, san Néstor no estuvo dispuesto a ocultar su devoción por Dios y se rehusó a renegar de Él por lo que esperó conscientemente su hora de martirio para ser juzgado. Y cuando se encontraba en oración, los oficiales de la justicia fueron en su búsqueda. Entre agonía y dolor desde la cruz, el santo alentó y exhortó a los cristianos a ser fieles a sus creencias y a la voluntad de Dios. Y cuando expiró sus últimas palabras tanto cristianos como paganos se arrodillaron a orar y alabar a Jesús. Finalmente entregó su alma a Dios en el año 254 a pocas horas del amanecer del 26 de febrero.

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San Pedro Palatino.

San Pedro Palatino es un santo mártir de la iglesia católica quien vivió durante el siglo II de la era cristiana. Según cuenta la historia, este joven era sirviente de la casa del emperador Diocleciano y al ser descubierto, fue castigado con crueles torturas y finalmente quemado. Dos de sus compañeros de servicio, Doroteo y Gorgonio, se confesaron cristianos al ver su martirio y los tres perecieron el mismo día.  Pedro trabajaba en la casa del emperador Diocleciano, quien en el año 303 lanzó un decreto de prohibición de la religión católica bajo pena de muerte en todo el reino. Muchos cristianos huyeron, otros fueron descubiertos y martirizados. Por su parte, Pedro permaneció en su trabajo como mayordomo por la necesidad laboral.  Sin embargo, el emperador fue advertido de que entre sus sirvientes había cristianos. Diocleciano mandó a traerlos a todos frente a él para interrogarlos, el primero en ser confesado fue Pedro.  El emperador pretendía hacerlo renunciar a su fe y que prestara sacrificio a los dioses paganos, Pedro se negó y se declaró cristiano abiertamente. Diocleciano, furioso, ordenó que lo torturaran de terribles e inhumanas formas. Primero lo azotaron, lo colgaron por ganchos, y luego lo quemaron en una parrilla de fuego.  Doroteo y Gorgonio, dos sirvientes cristianos, se conmovieron ante las torturas de Pedro y se confesaron cristianos, por lo que también también fueron martirizados.  Sucedió en Nicomedia en el año 303.

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San Policarpo.

Cada 23 de febrero la Iglesia recuerda a San Policarpo (ca. 69 – ca. 155), obispo y mártir de la Iglesia primitiva, nacido alrededor del año 70 en Esmirna, antigua provincia del imperio romano (hoy parte de Turquía). Es probable que haya nacido en el seno de una familia convertida al cristianismo y que haya recibido el don de la fe desde temprano. Curiosamente, su nombre, “Policarpo”, quiere decir en griego “el que produce muchos frutos”, algo que sin duda subraya la forma en que vivió. Policarpo se caracterizó por su celo y fidelidad a la doctrina de los Apóstoles. Predicó entre los paganos y combatió las primeras herejías. De acuerdo a San Ireneo, anunció a Cristo con paciencia y amabilidad, poniendo especial atención en las viudas, los esclavos y los menos educados. San Policarpo es considerado uno de los tres Padres Apostólicos, al lado de los santos Clemente de Roma, Papa (? – ca. 97/99) e Ignacio de Antioquía (ca. 35 – ca. 108/110). Al lado del más joven de los apóstoles De acuerdo a abundantes testimonios de la época, San Policarpo fue discípulo del apóstol San Juan, cuya guía espiritual fue determinante para que alcanzara un profundo conocimiento de las enseñanzas de Cristo. El legado apostólico recibido fructíficó en su labor pastoral. De hecho, a Policarpo se le cuenta entre los obispos más famosos de los primeros siglos. Y no sin razón; además de su cercanía con San Juan, tuvo como discípulos a santos de la talla de San Ireneo de Lyon y San Papías. Obispo Desde la sede de Esmirna, Policarpo alentó a los fieles a encarnar el mensaje evangélico y tener cuidado de aquellos que enseñaban doctrinas alejadas de la verdad de Jesucristo. Con ese propósito, condenó las primeras herejías que ya empezaban a hacer estragos entre los fieles. Así lo confirma San Ireneo de Lyon: “Él enseñó siempre la doctrina que había aprendido de los apóstoles. Llegado a Roma bajo Aniceto apartó de la herejía de Valentín y Marción a un gran número de personas y los devolvió a la Iglesia de Dios, proclamando que había recibido de los apóstoles una sola y única verdad, la misma que era transmitida por la Iglesia”. De Policarpo se conservan algunos textos, en medio de los cuales destaca la Epístola a los filipenses; una carta que por su expresividad y cercanía con los textos de los cuatro evangelistas contribuyó al establecimiento del canon bíblico del Nuevo Testamento. Unidad en la caridad Sobre los últimos años de su vida tenemos noticia gracias a Eusebio de Cesarea, precursor de lo que hoy conocemos como historia de la Iglesia, disciplina indispensable. Eusebio señala que en 154, San Policarpo visitó Roma para dialogar con el Papa Aniceto en torno a la unificación de la fecha de celebración de la Pascua entre los cristianos de Oriente y de Occidente. Como ambos no lograron ponerse de acuerdo en una fecha que tuviera validez universal, decidieron seguir cada uno con su datación tradicional y, más bien, permanecer unidos en la caridad. Por Eusebio de Cesarea sabemos también que Policarpo fue el receptor de las cadenas con las que sujetaron a San Ignacio de Antioquía camino del martirio, y de una carta suya que cobraría gran importancia entre los primeros cristianos. Entrega en el Amor El martirio de San Policarpo se produjo el 23 de febrero del año 155. Aquel día el santo fue llevado ante el procónsul Decio Quadrato, quien le ofreció perdonarle la vida si renegaba de Cristo: “Piensa en tu edad -dijo Decio-, cambia el pensamiento. Jura y yo te libero. Maldice a Cristo”. San Policarpo contestó: “Le he servido por ochenta y seis años, y no me ha hecho ningún daño. ¿Cómo podría maldecir a mi rey que me salvó? Escúchalo claramente. Yo soy cristiano”. “Me amenazas con fuego que dura unos momentos y después se apaga. Yo lo que quiero es no tener que ir nunca al fuego eterno que nunca se apaga”, fueron las palabras del obispo y mártir, registradas en las Martyrium Polycarpi, actas de su martirio. Fue echado al fuego, pero como logró sobrevivir, sus verdugos decidieron atravesarle el corazón con una lanza.

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Cátedra de San Pedro

Cada 22 de febrero la Iglesia Católica celebra la fiesta de la Cátedra de San Pedro, un día que recuerda la responsabilidad del Apóstol Pedro y de sus sucesores de transmitir el depósito de la fe dado por Cristo. Elisabeth Lev, historiadora del arte y guía en Roma, explicó en conversación con ACI Prensa que la fiesta de la Cátedra de San Pedro “es el día en que la basílica celebra las preciosas reliquias del Príncipe de los Apóstoles, San Pedro”.  Para la autora del libro Roman Pilgrimage: The Station Churches of Rome (Peregrinación romana: Las iglesias de la Estación de Roma), esta fecha “es siempre una oportunidad maravillosa para recordar la Basílica de San Pedro no es sólo un escaparate de arte de Miguel Ángel o Bernini”. En este sentido, precisó que “esas maravillosas obras están ahí por San Pedro, un pescador de Galilea que debería haber vivido y muerto en esas costas, pero fue elegido por Cristo y llegó a Roma, donde fue asesinado por un emperador enloquecido por un crimen que no cometió”. “Si alguna vez hubo un edificio que nos dijera que los momentos oscuros no son los que nos definen, ¡es éste!”, remarcó. Más tarde, relató que esta fecha “está relacionada con la creencia, que se remonta al siglo III, de que San Pedro asumió su función de obispo en Antioquía, tras ser liberado de la prisión de Herodes, el 22 de febrero”. Por el contrario, puntualizó que “otra tradición afirma que Pedro asumió el liderazgo de la Iglesia de Roma el 18 de enero”, aunque fue en 1960 cuando San Juan XXIII unificó las fiestas en el 22 de febrero. ¿Qué significa “cátedra”? La palabra “Cátedra” significa asiento o trono y es la raíz de la palabra catedral, la iglesia donde un obispo tiene el trono desde el que predica. Sinónimo de cátedra es también “sede” (asiento o sitial), el lugar desde donde un obispo gobierna su diócesis. Por ejemplo, la Santa Sede es la sede del obispo de Roma, el Papa. Elisabeth Lev señaló a ACI Prensa que este término “es una palabra que recuerda la responsabilidad de Pedro y sus sucesores de transmitir el depósito de la fe dado por Cristo”. Además, explicó que la Basílica de San Pedro del Vaticano conserva la reliquia de la “cátedra” o trono de San Pedro, “utilizado durante muchos años para la consagración del obispo de Roma, que como sucesor de Pedro ostenta la autoridad sobre la Iglesia”.  Esta silla de madera fue restaurada en tiempos de Carlomagno y posteriormente se incorporó “al espectacular monumento de Bernini”, la obra que se encuentra en el presbiterio de la Basílica de San Pedro, enmarcada por pilastras.  En el centro de esta obra se encuentra la silla de madera en un trono de bronce dorado, que a su vez se apoya sobre cuatro grandes estatuas que representan a los Padres de la Iglesia: San Agustín, San Ambrosio, San Atanasio y San Juan Crisóstomo.  En la parte superior de esta importante obra se encuentra además una famosa vidriera con una paloma que representa al Espíritu Santo. 

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San Pedro Damián.

Cada 21 de febrero la Iglesia universal celebra a San Pedro Damián (1007-1072), Doctor de la Iglesia. Inicialmente, vivió como monje benedictino, pero, sensible a las necesidades de su tiempo, aceptó ser ordenado obispo y luego creado cardenal. Pedro Damián (en italiano, Damiani) realizó una importantísima contribución a la renovación eclesial del siglo XI que tuvo en la reforma gregoriana su momento cumbre. San Pedro Damián fue un hombre de profunda oración y recogimiento. Precisamente por ello, supo distinguir muy bien aquellas cosas que son esenciales para alcanzar la perfección de la caridad de aquellas que no lo son. En otras palabras, el impulso reformista que lo caracterizó a lo largo de su vida brotaba de una vida interior auténtica, del trato asiduo con Dios y con su propio interior. Este santo era muy consciente de que para seguir a Cristo hay que formar y fortalecer el alma, en particular la mente. Así lo expresa, bellamente, él mismo: “Que la esperanza te levante ese gozo, que la caridad encienda tu fervor. Así tu mente, bien saciada, será capaz de olvidar los sufrimientos exteriores y progresará en la posesión de los bienes que contempla en su interior”.  El santo nació en 1007 en Rávena (Italia). Perdió a sus padres de muy niño y quedó al cuidado de uno de sus hermanos quien no lo trató debidamente. No obstante, para su fortuna, otro de sus hermanos, arcipreste de Rávena, se compadeció de él y se encargó de su educación. A su lado, Pedro, se sentía como un hijo, por eso decidió tomar su nombre: “Damián” (Damiani). Conforme Pedro iba creciendo, iría mostrando una inclinación cada vez mayor a la oración, a las vigilias de meditación y al ayuno; y, al mismo tiempo, a ser generoso con quienes Dios más ama. El santo compartía sus alimentos con quienes padecían hambre, a quienes solía acoger en su casa y servirles. El itinerario espiritual de San Pedro Damián comenzó con los benedictinos. Entusiasmado con la reforma de San Romualdo (Rávena, 951 – Fabriano, 1027), se hizo monje en el monasterio de Fonte Avellana. Movido por un fervor muy grande, Pedro se entregó a la práctica de las disciplinas y rigores más duros. Usó cilicios, se alimentó con solo pan y agua, se flageló; sin embargo, su cuerpo no aguantó por mucho tiempo y se debilitó notoriamente. Eso lo obligó a moderarse. El monje comprendió así que por sí mismas estas prácticas no garantizan la virtud, y que en la mayoría de los casos ser paciente puede ser la mejor penitencia; con más razón en medio de las penas de esta vida, que Dios permite para aleccionarnos. A la muerte del abad del monasterio de Fonte Avellana, Pedro asumió la dirección como prior. Su deseo de fortalecer y mejorar la vida de los monjes se concretó en reformas que dieron buenos resultados. Fundó otras cinco comunidades más de ermitaños benedictinos mientras animaba a los monjes a buscar siempre el espíritu de silencio, la caridad y humildad. De aquellas reformas son hijos Santo Domingo Loricato y San Juan de Lodi, discípulos suyos. Contra una Iglesia que se acomoda al mundo En 1057 Pedro Damián fue creado cardenal y obispo de Ostia, renunciando a lo que más le agradaba: su vida en silencio y soledad. Su buen nombre se hizo conocido por todos, y aumentó considerablemente el contacto que ya tenía con la curia romana, e incluso con el Papa. Escribió numerosas cartas criticando la ‘simonía’ -la compra de bienes espirituales como si fuesen bienes materiales, lo que incluía cargos eclesiásticos, realización de sacramentos, sacramentales, el comercio de reliquias y promesas de oración-. Escribió el llamado Libro gomorriano (título alusivo a la ciudad veterotestamentaria de Gomorra) y habló fuerte contra de las costumbres impuras de su tiempo. De igual manera escribió en torno a los deberes de los clérigos y los monjes, a quienes recomendaba la disciplina espiritual más que los ayunos prolongados. Responsables del futuro de la Iglesia “Es imposible restaurar la disciplina una vez que ésta decae; si nosotros, por negligencia, dejamos caer en desuso las reglas, las generaciones futuras no podrán volver a la primitiva observancia. Guardémonos de incurrir en semejante culpa y transmitamos fielmente a nuestros sucesores el legado de nuestros predecesores”, escribió con agudeza el santo, preocupado por esa responsabilidad que tenemos con las generaciones futuras de cristianos. Se suele hacer énfasis en la conciencia rigurosa de San Pedro Damián y, como se ve, no sin razón. Sin embargo, tal rigurosidad no es un facilismo exagerado o un recurso dramático. En tiempos de crisis -como los suyos o como los nuestros- es cuando mejor se percibe el mal, y cuando quizás se entiende mejor cuán necesario es tratar al pecador con indulgencia y bondad, pero siempre con la verdad. San Pedro Damián tuvo, en ese sentido, un poco de todas esas cosas cuando la prudencia y caridad lo requerían. Por eso, a quienes lo juzgan para condenarlo, hay que recordarles que la personalidad del santo era esencialmente sencilla, muy propia del hombre común, del cristiano de a pie que ama al Señor y procura seguir sus pasos. Un dato curioso: en sus ratos libres, Pedro acostumbraba hacer cucharas de madera y otros utensilios para sus hermanos en la fe. El episodio final. El Papa Alejandro II envió a San Pedro Damián a resolver un problema a Rávena, donde el arzobispo se había declarado en franca rebeldía y había incurrido en excomunión. Lamentablemente, el santo llegó cuando el prelado había muerto, pero fue tal su ejemplo de justicia y caridad en la corrección fraterna que los cómplices del rebelde reconocieron su error, asumieron su penitencia y reformaron sus conductas. De camino de regreso a Roma, Pedro Damián cayó enfermo durante su estancia en un monasterio en las afueras de Faenza. Allí murió el 22 de febrero de 1072. Dante Alighieri, autor de La Divina Comedia, en el canto XXI del Paraíso, coloca a San Pedro Damián en el cielo de Saturno, destinado a los elevados espíritus contemplativos. Fue declarado Doctor de

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San Francisco y Santa Jacinta Marto.

Cada 20 de febrero, la Iglesia Católica celebra a los hermanos San Francisco y Santa Jacinta Marto, dos de los pequeños pastorcitos videntes de Fátima. Ambos nacieron en Aljustrel, un pequeño pueblo situado a menos de 1 km de la localidad de Fátima (Portugal). Francisco nació en 1908 y Jacinta dos años después. Desde pequeños, los hermanos aprendieron a cuidarse el uno al otro y, años más tarde, a hacerle compañía al campo a su prima Lucía dos Santos, quien solía hablarles de Jesús. Los tres cuidaban ovejas en los hermosos parajes de su región natal. Como muchos niños de su edad, pasaban gran parte del día intercalando el trabajo -indispensable para el sustento de sus empobrecidas familias- con el juego y los momentos de diversión. Cuando no, siempre había algún espacio para la oración. Y fue a estos tres que la Madre de Dios se les apareció y les dijo: «Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, pues muchas almas van al infierno porque no hay quien se sacrifique y pida por ellas». Francisco y Jacinta murieron muy jóvenes, poco después de producidas las apariciones; mientras que Lucía les sobrevivió por muchos años, convirtiéndose en carmelita descalza. Sor Lucía dos Santos falleció el 13 de febrero de 2005 a los 97 años en el convento del carmelo de Santa Teresa, en Coímbra (Portugal). Del 13 de mayo al 13 de octubre de 1917, María, Madre de Dios, se apareció en varias ocasiones a Francisco, Jacinta y Lucía, en Cova de Iría, Portugal. Fueron meses en los que abundó la gracia y la presencia de Dios en medio de su pueblo, pero también un periodo en el que los corazones de los tres niños fueron puestos a prueba. Ellos soportaron con valentía calumnias, injurias, incomprensiones, e incluso la prisión. Sin embargo, nada de esto parecía perturbarlos demasiado. De vez en cuando se les oía decir: “Si nos matan, no importa; vamos al cielo”. Después de las apariciones, Jacinta y Francisco retomaron sus vidas sencillas, al igual que Lucía. A esta última, la Virgen le pidió explícitamente que asistiera a la escuela. Lo propio hicieron Jacinta y Francisco cuando tuvieron edad suficiente. Todos los días, de camino a la escuelita del pueblo, pasaban por la Iglesia y se detenían para saludar a Jesús Eucaristía, hincados de rodillas. Muchos solían acompañarlos con gozo, muy conscientes de quiénes eran: los niños que Dios eligió para hacer llegar su mensaje a la humanidad. Tan solo tres niños Francisco, a sabiendas de que no viviría mucho tiempo porque así le fue anunciado, le dijo un día a Lucía: “Vayan ustedes al colegio, yo me quedaré aquí con Jesús escondido”. Desde ese día, a la salida de la escuela, las niñas lo encontraban siempre en el templo, rezando en el lugar más cercano al Tabernáculo, en profundo recogimiento. De los tres, el pequeño Francisco era el más dado a la oración, pues quería, con sus rezos, consolar a Dios, tan ofendido por los pecados de los hombres. En una ocasión Lucía le preguntó: «Francisco, ¿qué prefieres más, consolar al Señor o convertir a los pecadores?». Él respondió: «Yo prefiero consolar al Señor… ¿no viste qué triste estaba Nuestra Señora cuando nos dijo que los hombres no deben ofender más al Señor, que está ya tan ofendido? A mí me gustaría consolar al Señor y después convertir a los pecadores para que ellos no ofendan más al Señor». Al rato prosiguió: «Pronto estaré en el cielo. Y cuando llegue, voy a consolar mucho a Nuestro Señor y a Nuestra Señora». Jacinta, por su lado, participaba diariamente de la Santa Misa. Su deseo era recibir la Eucaristía cuantas veces fuera posible. Todo lo ofrecía por la conversión de los pecadores y para reparar las ofensas hechas a Dios. Le atraía mucho estar con Jesús Sacramentado. «Cuánto amo el estar aquí, es tanto lo que le tengo que decir a Jesús», repetía. Poco después de la cuarta aparición, Jacinta encontró una cuerda. Los niños acordaron cortarla en tres y ceñírsela a la cintura, sobre la piel, como expresión de sacrificio y mortificación. Esto les causaba un gran dolor, según contaría Lucía muchos años después. La Virgen entonces los consoló diciéndoles que Jesús estaba muy contento con sus sacrificios, pero que no quería que durmieran más con la cuerda. Y así lo hicieron. A Jacinta se le concedió la visión de los sufrimientos del Sumo Pontífice. «Yo lo he visto en una casa muy grande, arrodillado, con el rostro entre las manos, y lloraba. Afuera había mucha gente; algunos tiraban piedras, otros decían imprecaciones y palabrotas», contó ella. Los niños tenían presente al Papa continuamente y ofrecían tres Avemarías por él después de cada Rosario. Su cercanía con la Madre de Dios había fortalecido inmensamente el poder intercesor de sus oraciones. Muchas personas -a veces familias enteras- acudían a ellos para que llevaran sus intenciones a la Virgen, y Ella obraba. En una ocasión, una madre de familia le rogó a Jacinta que rece por un hijo que se había ido de casa cual hijo pródigo. Días después, el joven regresó, pidió perdón y le contó a su familia que después de haber gastado todo lo que tenía, robado y estado en la cárcel, algo inexplicable le tocó el corazón y decidió apartarse de todo, corriendo una noche rumbo al bosque para pensar. Sintiéndose perdido en ese momento, con la vida arruinada, se arrodilló llorando y rezó. En eso, tuvo una visión: Jacinta estaba frente a él, le tomó de la mano y lo condujo hasta un sendero. Ese habría de ser el inicio del retorno a casa del muchacho. La historia llegaría a oídos de todos en el pueblo, hasta que alguien se atrevió a preguntarle a Jacinta si realmente se había encontrado con el muchacho, pero ella respondió que no, y que tampoco lo conocía. Eso sí -admitió la niña- había estado rogando y rogando a la Virgen para que regrese, tal y como aquella

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San Bonifacio de Lausana.

Fue un obispo del siglo XIII, conocido por su celo pastoral, su firmeza en la fe y su dedicación a la reforma de la Iglesia. Nació en Bruselas a finales del siglo XII y desde joven mostró una gran inclinación por la vida religiosa. Se destacó por su inteligencia y virtud, lo que lo llevó a ser elegido obispo de Lausana, en Suiza, alrededor del año 1231. Como pastor, trabajó incansablemente por la renovación del clero y la promoción de la vida cristiana entre los fieles. Su carácter firme y su defensa de la disciplina eclesiástica le valieron la oposición de algunos sectores influyentes. Ante la creciente resistencia y dificultades, renunció a su sede episcopal en 1239 y decidió retirarse al monasterio cisterciense de La Cambre, en Bruselas, donde pasó el resto de su vida en oración y penitencia. San Bonifacio falleció en el año 1265. Su santidad fue reconocida por quienes lo conocieron, y con el tiempo su culto se extendió, especialmente en Lausana y Bruselas. Su testimonio de fidelidad a la Iglesia y su espíritu de humildad siguen siendo fuente de inspiración para los fieles. Su fiesta se celebra el 19 de febrero.

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