Santo del Día

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San Eladio de Toledo

San Eladio de Toledo. Conocido también como Heladio, fue un hombre religioso de Toledo en Hispania. Los primeros años de su vida, los dedicaría a servir a la corte de los reyes visigodos. Era conocido por ser un hombre sabio y un distinguido diplomático. Es el santo que se celebra el día 18 de febrero. Como representante del rey, San Eladio asistiría al Concilio de Toledo del año 589, y sería quien firmara las actas. Aunque San Eladio no se sentía completamente satisfecho con la vida de la Corte, por lo que pasaba gran parte de su tiempo en el monasterio de Agalia, muy cera de Toledo, donde intentaría buscar puestos más humildes. Así, Eladio termina por abandonar su vida de la Corte y se dedica a ser monje. Con los años, llegaría a ser obispo de Toledo, y se dedicaría con pasión a ayudar a los más necesitados, pues él creía que no podía haber cristianismo sin caridad. Su discípulo y sucesor San Ildefonso llegó a escribir sobre este santo: “Las limosnas y misericordias que hacía Eladio eran tan copiosas que era como si entendiese que de su estómago estaban asidos como miembros los necesitados, y de él se sustentaban sus entrañas». Con el tiempo se le apodaría como el “padre de los pobres”. San Eladio ordenaría como diácono a San Ildefonso de Toledo, y entre sus más importantes labores, negoció con Sisebuto la complicada cuestión que planteaba la convivencia diaria entre las comunidades de los judíos y cristianos, que para le época, representaba una fuente permanente de conflictos religiosos y desorden social. Luego de 18 años de apasionado servicio como arzobispo de Toledo, muere lleno de méritos.

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Siete Santos Fundadores de la Orden de los Siervos de María.

Cada 17 de febrero la Iglesia celebra a los Santos Fundadores de la Orden de los Siervos de María, los “servitas”. En el siglo XIII, un grupo de siete jóvenes originarios del reino de Florencia (hoy parte de Italia) decidieron renunciar a su vida como mercaderes y a sus riquezas para dedicarse a la penitencia y a la contemplación. Los siete amigos, probablemente inspirados en las Órdenes mendicantes, iniciaron un camino de servicio a la Virgen María, a Cristo y a su Evangelio. Para poder dar ese gran paso, los siete se encomendaron fervientemente a la Madre de Dios con el deseo de que sea Ella su protectora y guía. Con el tiempo, el grupo daría lugar a lo que se conoce como la ‘Orden de los Siervos de María’. Hermanos de Cristo, hijos de una misma Madre Todo empezó cuando el 15 de agosto de 1233 (fiesta de la Asunción de María) la Virgen se apareció a los siete. La Madre de Dios les pidió que renuncien al mundo y se consagren al servicio de Cristo y los más necesitados. En ese entonces, ya eran parte de una cofradía o asociación de fieles laicos llamada los ‘Laudesi’, o Laudenses, en la que habían aprendido la piedad filial. Ahora, la Madre de Dios en persona les pedía que asumieran un reto mayor. Así, Buonfiglio dei Monaldi (Bonfiglio), Giovanni di Buonagiunta (Bonagiunta), Bartolomeo degli Amidei (Amadeo), Ricovero dei Lippi-Ugguccioni (Hugo), Benedetto dell’Antella (Maneto), Gherardino di Sostegno (Sosteño) y Alesio de Falconieri (Alejo) repartieron todo su dinero entre los pobres y se retiraron al Monte Senario, cerca de la ciudad de Florencia. Allí construyeron una Iglesia y una ermita, en la que vivieron austeramente por años. Hijos de María, siervos de Dios El Sumo Pontífice, tras haber tomado noticia del buen obrar de los jóvenes, los convocó y les solicitó que fueran ordenados sacerdotes. Todos, excepto San Alejo Falconieri, el menor del grupo, aceptaron el pedido papal. Falconieri, por humildad, prefirió permanecer en condición de “hermano”. En 1239, ‘los siete’ fundaron la Orden de los Siervos de María, conocidos también como “servitas”, después de que la Virgen se les apareciese pidiéndoles que acojan las reglas de San Agustín para la vida en común. La Virgen les mostró también el hábito que habrían de usar, de color gris oscuro, recomendándoles que lo llevasen en memoria de la Pasión de su Hijo. Al amparo de la Madre Para el año siguiente, 1240, los servitas ya se habían hecho conocidos en toda Florencia e iban extendiendo rápidamente su obra, llegando a fundar otros conventos e iglesias. La característica de esta congregación es la devoción y dedicación a la Santísima Virgen, la vida en soledad y el retiro. Los servitas solían recibir a mucha gente angustiada o sufriente a quienes daban consejo y consuelo. Su fama de santidad se extendió en gran parte porque sus miembros habían dejado atrás prestigio y riqueza para secundar a María en su misión de hacer crecer a la Iglesia en oración y fortalecer su unidad. Sin embargo, años más tarde, la Orden por poco es abolida cuando el Concilio de Lyon, en 1247, decreta la supresión de las Órdenes mendicantes. Providencialmente Filippo Benizi, futuro prior general de los Servitas, obtiene el reconocimiento pontificio, salvando a la Orden de la disolución. Los Siervos de María fueron reconocidos por la Santa Sede recién en el año 1304, por obra del Papa Benedicto XI. Su memoria se conmemora el 17 de febrero, día en el que murió el último de sus miembros, San Alejo Falconieri, el año 1310. En 1888, el Papa León XIII canonizó juntos a los siete padres fundadores.

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Santa Juliana de Nicomedia.

Nació el 285 en Cumas (Nápoles), hija de una ilustre familia romana en que su padre ejercía el cargo de tribuno y profesaba el paganismo imperial, al igual que su esposa. En dicha situación, el entorno familiar de Juliana no fue nada favorable para la vivencia cristiana que ella llevaba en secreto, y que le había llevado al bautismo clandestino. Además, había decidido entregarse enteramente a Cristo, y el casamiento no entraba en sus planes de futuro.     La dificultad del caso comienza cuando el joven senador Eluzo se empeña en casarse con Juliana, y el padre de ésta concierta el matrimonio, comprometiendo con ello su honorabilidad.     La supuesta novia lo recibe amablemente y cortesía, haciendo gala de su esmerada educación. Pero al llegar el momento culminante de los detalles matrimoniales, salta sobre el tapete su intención de desligarse del compromiso. «No lo aceptaré (le dice a Eluzo), mientras no seas juez y prefecto de la ciudad».     La ilusa Juliana pensaba que eso era como pedir la luna, y que por ello se desprendería del compromiso. Pero se vio pillada por sus palabras, ya que en poco tiempo, y gracias a las influencia, Eluzo consigue la investidura de juez y pasa a convertirse en prefecto de Nicomedia. Y vuelve a recordar a Juliana sus pretensiones matrimoniales. La doncella le ofrece toda clase de felicitaciones y parabienes, al tiempo que le asegura no poder aceptar el matrimonio hasta que se dé otra condición imprescindible para cubrir la sima que los separa: debe hacerse cristiano.     Ante tamaño disparate, es el propio Eluzo quien pondrá al padre al corriente de lo que está pasando, y de la novedad que ésta presenta. A lo que el padre de Juliana responde: «Si eso es verdad, seremos ambos juez y fiscal para mi hija». Juliana sólo sabe contestar a su padre que ansía ser la 1ª dama de la ciudad, pero que si no es cristiana, todo lo demás lo estima en nada. A lo que su padre le contesta: «Por Apolo y Diana, que más quiero verte muerta que cristiana».     En la conversación tratará Juliana a su padre con respeto y amor de hija, pero le deja claro que «mi Salvador es Jesucristo, en quien tengo puesta toda mi confianza». Y cuando las razonas no son escuchadas, vienen los tormentos esperados, esta vez en la ciudad de Nicomedia. Estaño derretido y fuego, y cárcel para darle tiempo a pensar, y llevarla a un cambio de actitud. Finalmente, con 18 años, se le corta la cabeza el 16 febrero 308.    Cuando llegó la paz de Constantino (ca. 313 d.C), la matrona Sofronia tomó las reliquias del cuerpo de la mártir Juliana y las llevó consigo a Roma, desde la anatolia Nicomedia (junto al mar de Mármara). Por una tempestad, tuvo que desembarcar en Pozzuoli, y allí logró que se edificase un templo en su honor, que custodiase sus reliquias.   Siglos después, los lombardos atacaron la zona, destruyeron el templo y pusieron en peligro las reliquias (que las autoridades locales hubieron de esconder, y trasladar prudentemente a Nápoles, donde hoy reposan y se veneran con gran devoción).

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San Claudio

El santo Claudio nació en Saint-Symphorien d´Ozon, cerca de Lyón, en 1641. Su familia estaba bien relacionada, era piadosa y gozaba de buena posición. No poseemos ningún dato especial sobre su vida antes de ingresar en el colegio de la Compañía de Jesús de Lyón. Aunque sentía gran repugnancia por la vida religiosa, logró vencerla y fue inmediatamente admitido en la Compañía. Hizo su noviciado en Aviñón y, a los dos años, pasó al colegio de dicha ciudad a completar sus estudios de filosofía. Al terminarlos fue destinado a enseñar la gramática y las humanidades, de 1661 a 1666. Desde 1659, la ciudad de Aviñón había presenciado choques constantes entre los nobles y el pueblo En 1662, ocurrió en Roma el famoso encuentro entre la guardia pontificia y el séquito del embajador francés. A raíz de ese incidente, las tropas de Luis XIV ocuparon Aviñón, que se hallaba en el territorio de los Papas. Sin embargo, esto no interrumpió las tareas del colegio, y el aumento del calvinismo no hizo más que redoblar el celo de los jesuitas, quienes se consagraron con mayor ahínco a los ministerios apostólicos en la ciudad y en los distritos circundantes. Cuando la paz quedó restablecida, Aviñón celebró la canonización de San Francisco de Sales. En el más antiguo de los dos conventos de la Visitación se llevó a cabo una gran función litúrgica. En aquella ocasión, el Santo Claudio desplegó por primera vez sus dotes de orador, pues, aunque todavía no era sacerdote, fue uno de los elegidos para predicar el panegírico del santo obispo en la iglesia del convento. El texto que escogió fue: «De la fuerza ha brotado la suavidad» (Jueces: 14, 14), y el sermón resultó magnífico. Entre tanto, los superiores habían decidido enviar al joven Claudio a terminar sus estudios de teología en París, centro de la vida intelectual de Francia. En dicha ciudad se le confió el honor de velar por la educación de los dos hijos del famoso Colbert. Lo que ocurrió, probablemente, es que Colbert descubrió la envergadura intelectual de Claudio y lo escogió para ese importante oficio, aunque él personalmente no era amigo de los jesuitas. Sin embargo, las relaciones del santo con esa distinguida familia terminaron mal, pues una frase satírica que Claudio había escrito llegó al conocimiento del ministro, quien se mostró sumamente ofendido y pidió a los superiores de la Compañía que enviaran al santo nuevamente a su provincia. Esto no pudo realizarse, sino hasta 1670.

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Santos Cirilo y Metodio.

Son famosos por ser los evangelizadores de los pueblos eslavos, para los cuales crearon un alfabeto cercano y comprensible para una gran parte de la población, con el fin de transmitirles el conocimiento de las Escrituras. Se trata de Cirilo y Metodio, dos hermanos de Tesalónica, la actual Salónica, en Grecia, que en aquel entonces formaba parte del Imperio Bizantino. Metodio nació alrededor del año 825 y, dos años después, nació Cirilo, cuyo nombre original era Constantino. Sin embargo, adoptó el nombre con el que pasó a la historia cuando, en su lecho de muerte, tomó el hábito monástico. En su juventud, Cirilo se trasladó a Constantinopla para completar sus estudios en teología y filosofía. En la capital imperial fue ordenado sacerdote y pasó a formar parte del clero de la Basílica de Santa Sofía. El emperador de Bizancio, Miguel III, envió a los dos hermanos, a petición del príncipe Rastislav, a la Gran Moravia, una vasta entidad territorial que en aquel entonces comprendía la mayor parte de los actuales Estados balcánicos. Su misión era evangelizar a este inmenso pueblo, pero su contribución fue más allá de la cristianización de las poblaciones eslavas paganas. Cirilo gozaba de gran reputación como erudito y hombre de letras, dominando el griego, el latín, el hebreo, el armenio y la lengua eslava antigua. Creó un alfabeto glagolítico (del término eslavo glagol, que significa “palabra, verbo”), compuesto por aproximadamente 40 letras. Este nuevo alfabeto dio forma escrita a una lengua que hasta entonces solo se hablaba, y que aún hoy sigue siendo la base cultural de muchas naciones de Europa del Este. Junto con su hermano Metodio, tradujo la Biblia, los libros litúrgicos y algunos textos jurídicos. Como resultado, el eslavo se convirtió en una lengua litúrgica dentro de la Gran Moravia. De hecho, la creación del alfabeto cirílico, comprensible para amplias capas de la población, facilitó una cristianización masiva de la Moravia. De este modo, la Gran Moravia se consolidó como un país cristiano. Sin embargo, el nacimiento del alfabeto cirílico propiamente dicho se produjo en el siglo X, cuando el soberano búlgaro Boris I encargó a Clemente de Ocrida, discípulo de Cirilo y Metodio, la creación de un alfabeto más simple. Una vez llegaron al reino de Rastislav, los dos hermanos entraron en conflicto con el clero franco-germánico, que reivindicaba aquel territorio al haber sido previamente evangelizado por las misiones de Salzburgo y Passau. Las tensiones no tardaron en surgir. En el año 867, Cirilo y Metodio fueron convocados a Roma para discutir con el Papa sobre el uso litúrgico de la lengua eslava. El Papa Nicolás I aprobó la traducción de la Biblia al eslavo, bajo la condición de que la lectura de los pasajes estuviera precedida por los mismos textos en latín. Cirilo murió en Roma en el año 869. Su hermano Metodio fue ordenado sacerdote y continuó la labor evangelizadora entre los eslavos. En un viaje posterior a Roma, fue nombrado Arzobispo de Panonia y Moravia. Acusado injustamente de herejía por sus adversarios, fue encarcelado en Baviera y liberado solo gracias a la intervención del Papa en el año 873. En el 880, Metodio regresó a Roma para defenderse de nuevas acusaciones y, entre 881 y 882, realizó un viaje a Constantinopla, posiblemente en busca del apoyo del Patriarca. De vuelta en la Gran Moravia, murió en Velehrad en el año 885, donde fue sepultado. Los dos hermanos, testigos de la Iglesia indivisa en la diversidad de ritos y lenguas, fieles tanto al Papa como al Patriarca de Constantinopla, fueron proclamados co-patronos de Europa, junto con San Benito, el 31 de diciembre de 1980, por San Juan Pablo II.

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Santa Catalina de Ricci.

El 23 de abril de 1522 nacía en Florencia, Toscana-Italia, la futura santa Catalina aunque al ser bautizada le fue impuesto el nombre de Alejandra. Sus padres, que se llamaban Francisco y Catalina, eran buenos cristianos y pertenecientes más bien a la aristocracia de la ciudad. Poco después de nacer Alejandra, murió su madre y su padre contrajo segundas nupcias. Cuando tenía diez años fue internada por su padre en el Monasterio de Monticelli donde estaba de religiosa su tía Luisa Ricci. Muy pronto quedaron profundamente admiradas las religiosas al descubrir las muchas y profundas virtudes que adornaban su alma. A los trece años volvió a la casa paterna siguiendo casi la misma vida que llevara en el internado, pero al poco tiempo y con la aprobación paterna, ingreó al Convento de San Vicente de Prato y vistió el hábito de la Orden dominicana y al año siguiente emitió los votos religiosos con gran gozo de su alma y de todas las religiosas ya que todas sabían apreciar el gran regalo que les había hecho la Divina Providencia al enviarles esta perla de criatura. Al poco tiempo de profesar sus votos, la santa enfermó gravemente, al punto de que su vida corría peligro. Los tormentos que azotaron su cuerpo por causa de la enfermedad, los ofrecía y soportaba con paciencia y humildad, y sobre todo meditando en la Pasión y Muerte de Jesucriso. Recibió muchos dones y regalos del cielo: Revelaciones, gracias de profecía y milagros… Luces especiales en los más delicados asuntos de los que ella nada sabía. Por ello acudieron a consultarla Papas, cardenales y grandes de la tierra igual que personas sencillas y humildes. A todos atendía con gran bondad y humildad ya que se veía anonada por sus miserias y se sentía la más pecadora de los mortales. El 2 de febrero de 1590 expiró en el Señor.

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Beato José Olallo Valdés.

El Beato José Olallo Valdés nació en La Habana, Isla de Cuba, el 12 de febrero de 1820. Hijo de padres desconocidos, fue confiado a la Casa Cuna San José de La Habana, donde el mismo día 15 de marzo de 1820 recibió el bautismo. Vivió y fue educado en la misma Casa Cuna hasta los 7 años, y después en la de Beneficencia, manifestándose un muchacho serio y responsable; a la edad de 13-14 años ingresó en la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, en la comunidad del hospital de los santos Felipe y Santiago, de la Habana. Superando los obstáculos que parecían interponerse a su vocación, se mantiene constante en su decisión, emitiendo la profesión como religioso hospitalario. En el mes de abril del año 1835 fue destinado a la ciudad de Puerto Príncipe (hoy Camagüey), incorporándose a la comunidad del Hospital de San Juan de Dios, donde se dedicó por el resto de su vida al servicio de los enfermos, según el estilo de San Juan de Dios; en 54 años solamente una noche se ausentó del hospital, y por causas ajenas a su voluntad. De enfermero ayudante, a los 25 años pasa a ser el «Enfermero Mayor del hospital», y después, en 1856, Superior de la Comunidad. Vivió afrontando grandes sacrificios y dificultades, pero siempre con rectitud y fuerza de ánimo: su vida consagrada a la hospitalidad no se sintió afectada durante el periodo de la supresión de las Ordenes Religiosas por parte de los gobiernos liberales españoles, aunque comportó también la confiscación de los bienes eclesiásticos. Del 1876, en que murió su ultimo hermano de Comunidad, hasta la fecha de su muerte, en 1889, se quedó solo, pero siguió con la misma magnificencia ocupándose de la asistencia de los enfermos, siempre fiel a Dios, a su conciencia, a su vocación y al carisma, humilde y obediente, con nobleza de corazón, respetando, sirviendo y amando también a los ingratos, a los enemigos y a los envidiosos, sin nunca abandonar sus votos religiosos. En el periodo de la guerra de los 10 años (1868-1878) se mostró lleno de coraje, en la custodia de los que tenía a su cuidado, siempre prudente y sin rencor, trabajando en favor de todos, pero con preferencia por los más débiles y pobres, por los ancianos, huérfanos y esclavos. Cedió ante las exigencias de las autoridades militares de convertir el centro en hospital de sangre para sus soldados, pero sin dejar de seguir acogiendo a los más necesitados de los civiles, sin hacer distinciones de ideología, raza ni religión. Durante los momentos y situaciones más difíciles de los conflictos bélicos, aún poniendo en peligro su propia existencia, con “dulce firmeza”, socorría asistiendo a los prisioneros y heridos de la guerra, sin tener en cuenta su proveniencia social o política, defendiendo incluso a los que no tenían permiso del gobierno para que se les curara, no dejándose intimidar de amenazas, ni de prohibiciones, y obteniendo por todo ello el respeto y la consideración de las mismas autoridades militares. Ante dichas autoridades también fue capaz de interceder en favor de la población de Camagüey en un momento de especial tensión y peligro, evitando una masacre civil. Perseverante en la vocación, a través de su bondad dulce y serena hizo del cuarto voto de Hospitalidad, propio de los religiosos de San Juan de Dios, no solo un ministerio de amor y servicio hacia los enfermos, sino un modo de ardiente apostolado, destacándose en la asistencia a los moribundos y agonizantes, a los cuales acompañaba en las últimas horas de su existencia, en el paso hacia una vida mejor. Se distinguió, pues, siempre por su infinita bondad, siendo llamado con los apelativos de “apóstol de la caridad” y “padre de los pobres”, que sintetizan perfectamente el heroico testimonio del Beato Olallo. Modesto, sobrio, sin aspiraciones de ningún género sino la de estar consagrado únicamente a su ministerio misericordioso, renunció al sacerdocio y se caracterizó por su espíritu humanitario y competencia sanitaria, incluso como médico-cirujano, aun siendo autodidacta. Vivió lejos de las aclamaciones, rehuyendo los honores para poder fijar su mirada solamente sobre Jesucristo, que encontraba en el rostro de los que sufrían. Su humildad, en fidelidad a su carisma, se manifestó en la renuncia al sacerdocio, cuando fue invitado por su Arzobispo, porque su vocación era el servicio de los enfermos y pobres; los testimonios, finalmente, nos hablan de fidelidad total a su consagración como religioso en la práctica de los votos de obediencia, castidad, pobreza y hospitalidad. Su muerte, ocurrida el 7 de marzo de 1889, fue tenida como la “muerte de un justo”: fallecimiento, velatorio, funerales y sepultura, con el monumento-mausoleo, levantado después por suscripción popular, expresaban reverencia y veneración hacia quien fue su admirado protector. Desde entonces su tumba será visitada continuamente. Había muerto pero permanecerá vivo en el corazón del pueblo, que le seguirá llamando “Padre Olallo”. La popular fama de santidad que le rodeaba nacía de su vida de hombre modesto, justo y de ánimo generoso, en cuanto modelo de virtudes con un corazón ardiente de amor por “mis hermanos predilectos”: sobrio, gozoso, afable, pero sobretodo excelso servidor da la caridad. El Beato Olallo supo ser un fiel imitador de su Fundador. Dios fue su vida y, en consecuencia, iluminado por el amor de Dios, devolvió de la misma manera tanto amor. “Dios ocupó el primer puesto en sus intenciones y en sus obras: fijos sus ojos en el bien llevaba a Jesús constantemente en el alma”. Esta heroica caridad tenía su base en una fe que reconocía en “Dios a su propio padre, y en Jesús el centro de su vida, el fundamento de su servicio de amor y de su misericordia; Jesús crucificado fue el secreto de su fidelidad al amor de Dios que motivaba cada una de sus obras”. Aún siendo de espíritu tenaz, fue siempre dócil a los designios de Dios para afrontar y sostener mejor las duras y cotidianas tareas impuestas por el trabajo

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Nuestra Señora de Lourdes.

Madre y protectora de los enfermos. Cada 11 de febrero la Iglesia celebra a Nuestra Señora de Lourdes, advocación mariana cuyo origen se remonta a las apariciones de la Madre de Dios a Santa Bernardita en 1858, en Francia. Los encuentros de Bernardette (Santa Bernardita) con la Virgen María se produjeron en la gruta de Massabielle, a orillas del río Gave de Pau, en las afueras de Lourdes, un pueblo ubicado en las estribaciones de los Pirineos. En una de esas apariciones, la Madre de Dios le comunicó a Bernardita que el camino que el Señor tenía reservado para ella sería difícil, lleno de cruces, pero que a cambio de su fidelidad alcanzaría la gloria del cielo. Y es que el corazón de quienes aman de veras muchas veces requiere ser purificado mediante el dolor o la enfermedad. “No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el próximo», le dijo María a Bernardita. Las palabras de la Virgen a Santa Bernardita recuerdan un aspecto fundamental de toda existencia humana: su fragilidad. Pero, justamente, al mismo tiempo, van confirmando una promesa: la Madre de Dios estará siempre al lado de sus hijos, acompañando, asistiendo; de la misma manera como estuvo al lado de su Hijo en la hora del dolor. Con ellas, Nuestra Señora de Lourdes le dice a cada uno de sus devotos que jamás estará solo, menos aún en la enfermedad.  Nuestra Señora ha de recordarnos siempre que debemos confiar en las promesas de Cristo, y que solo en Él encontraremos alivio verdadero, mientras creceremos en paciencia, esperanza y amor. La Virgen Santísima se apareció repetidas veces a Maria-Bernarda Soubirous, Santa Bernardita (Lourdes, 7 de enero de 1844 – Nevers, 16 de abril de 1879), una humilde niña francesa de 14 años. En total fueron testimoniadas 18 apariciones, entre el 11 de febrero y el 16 de julio de 1858. Era el 11 de febrero de 1858 cuando Bernardita, su hermana y otra niña iban al campo a buscar leña seca. Para llegar al lugar adecuado, cerca de una gruta, tenían que cruzar un arroyo. Bernardita se demoró un poco en hacerlo porque temía al agua fría. Mientras se sacaba los zapatos escuchó de pronto un ruido fuerte proveniente de la gruta cercana. Entonces, se acercó a ver lo que sucedía y cuando estuvo frente a la gruta vio la figura de una mujer envuelta en una luz resplandeciente que iluminaba la roca. La mujer estaba vestida con un traje blanco, una cinta azul en la cintura, un largo velo y dos rosas doradas sobre los pies; era la Virgen María. En sus bellas manos portaba un largo rosario blanco y dorado. Bernardita, sobrecogida por lo que veía, se puso a rezar el Santo Rosario. Unos instantes después, un poco más calmada, se percató de que la Mujer de blanco la estaba acompañando en la oración. Luego la “Señora”, como la llamó en ese momento, desapareció. Unos días después, el domingo 14, Bernardita volvió a la gruta de la aparición y empezó a rezar el Rosario. De pronto, la hermosa señora aparece de nuevo. La niña, en un arranque de valor e inocencia, le arroja un poco del agua bendita que llevaba en una botellita, para asegurarse de que lo que estaba viendo no provenía del Maligno. La Señora la mira y sonríe, luego hace la señal de la Cruz con el Rosario y la invita a rezarlo juntas. El jueves 18 ambas se vuelven a encontrar. La Mujer le pide a Bernardita que vuelva por los siguientes quince días a la gruta. La niña le promete que lo hará sin dudar y la Mujer le responde con otra promesa: el cielo. Bernardita será dichosa en la vida futura. Mientras tanto, en el pueblo, los rumores de las apariciones se empiezan a esparcir. El 19 de febrero, Bernardita regresa al lugar con una vela encendida, bendecida previamente -de allí la costumbre de ir con velas y encenderlas frente a la gruta de Lourdes-. Al día siguiente, la Señora le enseña a Bernardita una oración, que la niña grabará en su memoria y corazón para siempre. Un día después, el domingo 21 de febrero, la niña se percata de que su Señora estaba triste y le pregunta por qué está así. ‘Nuestra Señora’ le contesta: “Rogad por los pecadores”.  Para entonces, los rumores sobre lo que sucedía a Bernarda llegaron a oídos de las autoridades, las que temiendo que se produjeran alborotos o disturbios amenazaron a la niña con llevarla a la cárcel si seguía hablando sobre las apariciones de la Señora. Por otro lado, Bernardita, sin querer, se había convertido en blanco de burlas e insultos por parte de quienes la consideraban una desquiciada o “muy poca cosa” para ser testigo de semejante portento. Los rumores sugerían que la Señora de las apariciones era la Virgen Santísima. El día 22 la Mujer no apareció. No obstante, la niña no perdía la esperanza de volverla a ver. Para el 23, alrededor de diez mil personas acudieron a la gruta para presenciar el prodigio del que tanto se hablaba. La Mujer se apareció de nuevo a Bernardita y le pidió que comunicara a las autoridades eclesiásticas su deseo de que se eleve un santuario en el lugar, a donde los peregrinos y penitentes pudiesen acudir a rezar y buscar el perdón de Dios. Bernardita le confía esto a un sacerdote amigo, quien le pide que pregunte a la Señora cuál era su nombre, y que dé un signo que confirme quién era. A la mañana siguiente un rosal blanco apareció entre las piedras de la gruta; y todos los que iban llegando quedaron maravillados. El día 24 la pequeña Bernarda le cuenta todo lo sucedido a la Señora, quien le volvió a sonreír. Luego, Ella le pide a Bernardita otra vez que ruegue por los pecadores a la voz de: “¡Penitencia, penitencia, penitencia!… ¡Rogad a Dios por los pecadores! ¡Besa la tierra en penitencia por los pecadores!”. Bernardita

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Santa Escolástica.

Escolástica, hermana gemela de San Benito, se consagró al Señor desde la infancia. Vivió a la sombra de su hermano, padre del monaquismo occidental, y fue la primera monja benedictina y fiel intérprete de su Regla monástica. Nacida en Nursia (Italia) en el año 480, fue alumna dócil de Benito, de quien aprendió tan bien la sabiduría del corazón, que superó a su maestro, según narra San Gregorio Magno en sus Diálogos, único texto que se refiere a la vida de esta santa. La vocación religiosa siguiendo las huellas del hermano Escolástica, hija de Eutropio, descendiente de la antigua familia senatorial romana de los Anicii, y de Claudia, que falleció tras dar a luz a los gemelos, fue enviada a Roma junto con su hermano a los 12 años de edad. Ambos quedaron profundamente turbados al ver la vida disoluta que reinaba en la ciudad. Después de un tiempo, Benito se retiró para vivir como ermitaño. Escolástica quedó como única heredera del patrimonio familiar; pero, manifestando gran despego de los bienes terrenos, pidió a su padre permiso para dedicarse a la vida religiosa, entrando en un monasterio cerca de Nursia, y trasladándose después a Subiaco, en pos de su hermano, que había fundado la Abadía de Montecasino. Allí, a solo siete kilómetros de distancia, fundó el monasterio de Piumarola, en el que siguió la Regla de San Benito junto a otras monjas, dando así origen a la rama femenina de la Orden Benedictina. La regla del silencio Escolástica solía recomendar especialmente la práctica de la regla del silencio, evitando conversaciones con personas ajenas al monasterio, incluso si se trataba de visitantes devotos. Solía repetir: “Callad o hablad de Dios, porque ¿qué es en este mundo tan digno como para hablar sobre ello?” Amaba hablar de Dios sobre todo con su hermano Benito, con el que se reunía una vez al año en una casita a mitad de camino entre los dos monasterios. El desafío con Benito Cuenta San Gregorio que en el último de estos encuentros, el 6 de febrero del año 543 –poco antes de su muerte- Escolástica pidió a su hermano que prolongasen su coloquio hasta el día siguiente. Benito se opuso, para no infringir la Regla. Entonces, Escolástica rogó entre lágrimas al Señor que no permitiese partir a su hermano. Enseguida, un inesperado y violento temporal obligó a Benito a quedare, de modo que los dos hermanos pudieron conversar toda la noche. Sin embargo, la primera reacción de Benito fue de contrariedad: “Dios Omnipotente te perdone, hermana. ¿Qué has hecho?” Escolástica respondió: “Yo he rogado, y Él me ha escuchado. Ahora sal, si puedes; déjame y regresa al monasterio”. Esta victoria de la hermana no disgustó al hermano, porque precisamente él le había enseñado a dirigirse, ante las dificultades, a Aquel para quien todo es posible. Destacan en este episodio las dotes femeninas de Escolástica, la dulzura, la constancia y también la audacia para obtener lo que deseaba ardientemente. Unidos en Dios en vida y en la muerte Tres días después de este encuentro, Benito recibió la noticia de la muerte de su hermana mediante un signo divino: vio el alma de Escolástica subir al Cielo en forma de paloma blanca. Quiso entonces enterrarla en la tumba que había preparado para sí mismo, y en la que fue sepultado poco después. “Como sus mentes habían estado siempre unidas en Dios, del mismo modo sus cuerpos fueron reunidos en el mismo sepulcro”. Quien llega hoy –tras quince siglos de historia- a la majestuosa Abadía de Montecasino, puede vivir la emoción de encontrarse ante la tumba de los Santos hermanos que fundaron una fecunda Orden de buscadores de Dios.

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Santa Apolonia.

Patrona de los dentistas y de los que sufren dolencias dentales. Cada 9 de febrero, se celebra la fiesta de Santa Apolonia, patrona de los cirujanos dentistas; a quien, desde la Edad Media, se recurre para pedir su intercesión ante las dolencias dentales. Santa Apolonia, mártir de la Iglesia, nació en Alejandría, Egipto, en el siglo III y es considerada. De acuerdo a la tradición, los padres de Apolonia no podían tener hijos. Como eran paganos, invocaron a numerosos dioses con el propósito de ganar su favor y tener descendencia. Sin embargo, los años pasaban y ellos seguían sin concebir. Cuando ya habían perdido la esperanza de ser padres, la madre de Apolonia oyó hablar de la Virgen María a un grupo de cristianos. La mujer, entonces, en su desesperación, pidió a quien a esa que llamaban ‘Madre de Dios’ que le concediera el don de concebir un hijo. Grande fue la alegría de la mujer cuando se dio cuenta de que estaba embarazada. Pasado el periodo de gestación nacería una niña muy hermosa a quien llamaron Apolonia. El inesperado acontecimiento motivó a los padres de la santa a acercarse a la Iglesia. Unos años más tarde, siendo Apolonia todavía una niña, su madre le contó la historia de cómo fue posible que ella naciera. Con esto, Apolonia quiso también abrazar la fe en Cristo. En tiempos del emperador romano Felipe el Árabe (244-249 D.C.), máxima autoridad imperial en Alejandría, se inició una nueva persecución contra los cristianos. Aquellos que se confesaban seguidores de Cristo solían ser arrastrados fuera de sus casas, golpeados, asesinados y sus propiedades saqueadas. A los cristianos se les solía acusar de atraer el mal augurio (la mala suerte) y muchos hablaban de profecías sobre desastres y tragedias a causa de su creciente presencia que irritaba a los dioses. Fue en ese contexto que Apolonia terminó prisionera, en manos de los soldados del emperador. San Dionisio, obispo de Alejandría, relata el martirio de la mujer: “La capturaron y le rompieron todos los dientes a golpes. Construyeron una hoguera en las afueras de la ciudad, y la amenazaron con quemarla viva si se negaba a repetir palabras impías luego de ellos (ya fuese blasfemias contra Cristo, o una invocación a los dioses paganos)”. El Patriarca de Alejandría continúa: “Al otorgársele un respiro, pedido por ella, se lanzó rápidamente al fuego y ardió hasta morir”. Ya en la antigüedad llamó mucho la atención, y fue causa de polémica, que algunos santos como Apolonia “hayan adelantado” -por decirlo de algún modo- su propia muerte. Al respecto, San Agustín de Hipona dice lo siguiente en el primer libro de La Ciudad de Dios: “Se dice que en tiempos de persecución se supo de ciertas santas mujeres que se sumergieron en el agua con la intención de ser arrastradas por las olas y ahogarse, y así preservar su castidad amenazada”. Luego el santo añade: “Aunque abandonaron la vida de este modo, no obstante, reciben el alto honor como mártires en la Iglesia Católica y sus fiestas se observan con gran ceremonia”. Finalmente, el Obispo de Hipona concluye: “Este es un tema sobre el que no me atrevo a juzgar a la ligera, pues yo sólo sé que la Iglesia fue autorizada por Dios a través de revelaciones confiables para honrar así la memoria de estos cristianos. Puede ser que este sea el caso (….) ¿Podría ser también que éstos actuaron de tal manera, no por capricho humano sino por mandato divino, no erróneamente, sino por obediencia, a través de la obediencia, como lo debemos creer en el caso de Sansón? Sin embargo, cuando Dios da una orden y la da a conocer claramente, ¿quién podría juzgar la obediencia en ello como un crimen o condenar tal devoción piadosa y servicio efectivo?”. Volviendo a la narración de Dionisio, en ella no se sugiere el menor reproche a la decisión de Santa Apolonia; a sus ojos, ella era tan mártir como cualquiera entre quienes murieron como testigos de Cristo y su Iglesia. Y, como tal, fue venerada en la Iglesia de Alejandría. La tradición iconográfica representa a la joven mártir sosteniendo unas pinzas que sujetan un diente. ¡Santa Apolonia mártir, pedimos tu intercesión por todos los dentistas, odontólogos y sus asistentes; así como por aquellos que padecen dolores o molestias!

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