Santo del Día

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Santa Escolástica.

Escolástica, hermana gemela de San Benito, se consagró al Señor desde la infancia. Vivió a la sombra de su hermano, padre del monaquismo occidental, y fue la primera monja benedictina y fiel intérprete de su Regla monástica. Nacida en Nursia (Italia) en el año 480, fue alumna dócil de Benito, de quien aprendió tan bien la sabiduría del corazón, que superó a su maestro, según narra San Gregorio Magno en sus Diálogos, único texto que se refiere a la vida de esta santa. La vocación religiosa siguiendo las huellas del hermano Escolástica, hija de Eutropio, descendiente de la antigua familia senatorial romana de los Anicii, y de Claudia, que falleció tras dar a luz a los gemelos, fue enviada a Roma junto con su hermano a los 12 años de edad. Ambos quedaron profundamente turbados al ver la vida disoluta que reinaba en la ciudad. Después de un tiempo, Benito se retiró para vivir como ermitaño. Escolástica quedó como única heredera del patrimonio familiar; pero, manifestando gran despego de los bienes terrenos, pidió a su padre permiso para dedicarse a la vida religiosa, entrando en un monasterio cerca de Nursia, y trasladándose después a Subiaco, en pos de su hermano, que había fundado la Abadía de Montecasino. Allí, a solo siete kilómetros de distancia, fundó el monasterio de Piumarola, en el que siguió la Regla de San Benito junto a otras monjas, dando así origen a la rama femenina de la Orden Benedictina. La regla del silencio Escolástica solía recomendar especialmente la práctica de la regla del silencio, evitando conversaciones con personas ajenas al monasterio, incluso si se trataba de visitantes devotos. Solía repetir: “Callad o hablad de Dios, porque ¿qué es en este mundo tan digno como para hablar sobre ello?” Amaba hablar de Dios sobre todo con su hermano Benito, con el que se reunía una vez al año en una casita a mitad de camino entre los dos monasterios. El desafío con Benito Cuenta San Gregorio que en el último de estos encuentros, el 6 de febrero del año 543 –poco antes de su muerte- Escolástica pidió a su hermano que prolongasen su coloquio hasta el día siguiente. Benito se opuso, para no infringir la Regla. Entonces, Escolástica rogó entre lágrimas al Señor que no permitiese partir a su hermano. Enseguida, un inesperado y violento temporal obligó a Benito a quedare, de modo que los dos hermanos pudieron conversar toda la noche. Sin embargo, la primera reacción de Benito fue de contrariedad: “Dios Omnipotente te perdone, hermana. ¿Qué has hecho?” Escolástica respondió: “Yo he rogado, y Él me ha escuchado. Ahora sal, si puedes; déjame y regresa al monasterio”. Esta victoria de la hermana no disgustó al hermano, porque precisamente él le había enseñado a dirigirse, ante las dificultades, a Aquel para quien todo es posible. Destacan en este episodio las dotes femeninas de Escolástica, la dulzura, la constancia y también la audacia para obtener lo que deseaba ardientemente. Unidos en Dios en vida y en la muerte Tres días después de este encuentro, Benito recibió la noticia de la muerte de su hermana mediante un signo divino: vio el alma de Escolástica subir al Cielo en forma de paloma blanca. Quiso entonces enterrarla en la tumba que había preparado para sí mismo, y en la que fue sepultado poco después. “Como sus mentes habían estado siempre unidas en Dios, del mismo modo sus cuerpos fueron reunidos en el mismo sepulcro”. Quien llega hoy –tras quince siglos de historia- a la majestuosa Abadía de Montecasino, puede vivir la emoción de encontrarse ante la tumba de los Santos hermanos que fundaron una fecunda Orden de buscadores de Dios.

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Santa Apolonia.

Patrona de los dentistas y de los que sufren dolencias dentales. Cada 9 de febrero, se celebra la fiesta de Santa Apolonia, patrona de los cirujanos dentistas; a quien, desde la Edad Media, se recurre para pedir su intercesión ante las dolencias dentales. Santa Apolonia, mártir de la Iglesia, nació en Alejandría, Egipto, en el siglo III y es considerada. De acuerdo a la tradición, los padres de Apolonia no podían tener hijos. Como eran paganos, invocaron a numerosos dioses con el propósito de ganar su favor y tener descendencia. Sin embargo, los años pasaban y ellos seguían sin concebir. Cuando ya habían perdido la esperanza de ser padres, la madre de Apolonia oyó hablar de la Virgen María a un grupo de cristianos. La mujer, entonces, en su desesperación, pidió a quien a esa que llamaban ‘Madre de Dios’ que le concediera el don de concebir un hijo. Grande fue la alegría de la mujer cuando se dio cuenta de que estaba embarazada. Pasado el periodo de gestación nacería una niña muy hermosa a quien llamaron Apolonia. El inesperado acontecimiento motivó a los padres de la santa a acercarse a la Iglesia. Unos años más tarde, siendo Apolonia todavía una niña, su madre le contó la historia de cómo fue posible que ella naciera. Con esto, Apolonia quiso también abrazar la fe en Cristo. En tiempos del emperador romano Felipe el Árabe (244-249 D.C.), máxima autoridad imperial en Alejandría, se inició una nueva persecución contra los cristianos. Aquellos que se confesaban seguidores de Cristo solían ser arrastrados fuera de sus casas, golpeados, asesinados y sus propiedades saqueadas. A los cristianos se les solía acusar de atraer el mal augurio (la mala suerte) y muchos hablaban de profecías sobre desastres y tragedias a causa de su creciente presencia que irritaba a los dioses. Fue en ese contexto que Apolonia terminó prisionera, en manos de los soldados del emperador. San Dionisio, obispo de Alejandría, relata el martirio de la mujer: “La capturaron y le rompieron todos los dientes a golpes. Construyeron una hoguera en las afueras de la ciudad, y la amenazaron con quemarla viva si se negaba a repetir palabras impías luego de ellos (ya fuese blasfemias contra Cristo, o una invocación a los dioses paganos)”. El Patriarca de Alejandría continúa: “Al otorgársele un respiro, pedido por ella, se lanzó rápidamente al fuego y ardió hasta morir”. Ya en la antigüedad llamó mucho la atención, y fue causa de polémica, que algunos santos como Apolonia “hayan adelantado” -por decirlo de algún modo- su propia muerte. Al respecto, San Agustín de Hipona dice lo siguiente en el primer libro de La Ciudad de Dios: “Se dice que en tiempos de persecución se supo de ciertas santas mujeres que se sumergieron en el agua con la intención de ser arrastradas por las olas y ahogarse, y así preservar su castidad amenazada”. Luego el santo añade: “Aunque abandonaron la vida de este modo, no obstante, reciben el alto honor como mártires en la Iglesia Católica y sus fiestas se observan con gran ceremonia”. Finalmente, el Obispo de Hipona concluye: “Este es un tema sobre el que no me atrevo a juzgar a la ligera, pues yo sólo sé que la Iglesia fue autorizada por Dios a través de revelaciones confiables para honrar así la memoria de estos cristianos. Puede ser que este sea el caso (….) ¿Podría ser también que éstos actuaron de tal manera, no por capricho humano sino por mandato divino, no erróneamente, sino por obediencia, a través de la obediencia, como lo debemos creer en el caso de Sansón? Sin embargo, cuando Dios da una orden y la da a conocer claramente, ¿quién podría juzgar la obediencia en ello como un crimen o condenar tal devoción piadosa y servicio efectivo?”. Volviendo a la narración de Dionisio, en ella no se sugiere el menor reproche a la decisión de Santa Apolonia; a sus ojos, ella era tan mártir como cualquiera entre quienes murieron como testigos de Cristo y su Iglesia. Y, como tal, fue venerada en la Iglesia de Alejandría. La tradición iconográfica representa a la joven mártir sosteniendo unas pinzas que sujetan un diente. ¡Santa Apolonia mártir, pedimos tu intercesión por todos los dentistas, odontólogos y sus asistentes; así como por aquellos que padecen dolores o molestias!

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San Jerónimo Emiliani

Patrono de los huérfanos y de la juventud abandonada8 de febrero En una época en la que la cultura era muy importante, pero la escuela era privilegio de pocos, hubo en la Iglesia un florecimiento de santos que se impusieron como misión la instrucción de la juventud. Entre ellos Gaetano de Thiene, Antonio María Zacarías, Angela de Mérici, Jerónimo Emiliano, Felipe Neri, José Calasancio, etc. Sabemos muy poco de los primeros años de vida de San Jerónimo Emiliano (también Miano o Miani). Nació en Venecia en 1486, y como todos los de familias importantes siguió la carrera militar. En 1511 cayó prisionero en Castelnuovo mientras luchaba contra la Liga de Cambrai. Durante su cautiverio, se dedicó a meditar sobre lo efímero del poder mundano, como le sucedió diez años después a San Ignacio de Loyola. Inesperadamente fue liberado un mes después, y entonces sintió viva la vocación de dedicarse al servicio de los pobres, de los enfermos, de los jóvenes abandonados y de las mujeres “arrepentidas”. Un campo sumamente vasto. Después de un corto “noviciado” como penitente con Giampietro Carafa, el futuro Pablo IV, Jerónimo fue ordenado sacerdote en 1518. Diez años después hubo una carestía tremenda en toda la región y luego una epidemia de peste; entonces Jerónimo vendió todo lo que tenía, incluso los muebles de casa, y se dedicó a la asistencia de los apestados. Había que enterrar a los muertos, y lo hacía de noche. Pero, también había que pensar en los vivos, sobre todo en los niños que habían perdido a sus padres, y en las mujeres que por la necesidad se dedicaban a la prostitución. Verona, Brescia, Como, Bergamo fueron el campo de su acción bienhechora. Fue entonces cuando en Somasca fundó la Orden de Clérigos Regulares, destinada a ayudar a los niños huérfanos y a los pobres. Los Padres Somascos fueron quienes realizaron el grande proyecto del fundador: la institución de escuelas gratuitas para todos y en las que se adoptó el método revolucionario llamado “método dialogado”. San Jerónimo Emiliano murió sobre el surco: mientras asistía a los enfermos de peste en Somasca, fue atacado por la misma peste y murió entre sus hijos predilectos: los pobres y los enfermos, a quienes había dedicado todos sus esfuerzos. Era el 8 de febrero de 1537. Fue canonizado en 1767, y en 1928 Pío XI lo nombró Patrono de los huérfanos y de la juventud abandonada. Antes de la reforma del calendario, su fiesta se celebraba el 20 de julio.

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San Ricardo.

El 7 de febrero se celebra la festividad de San Ricardo. Noble inglés, que vivió en el siglo VIII, padre de tres santos: Villibaldo, Vunibaldo y Valburga, evangelizadores en Alemania. Era un hombre de oración, que tenía una gran veneración por la Sagrada Familia. Peregrino en Roma, muere en su camino de regreso a Lucca. En la primavera del año 720 un pequeño grupo de personas salió del Hamble para ir en peregrinación a Roma y Tierra Santa. Era una familia de Wessex, compuesta del padre, cuyo nombre no se menciona, y sus hijos Wilibaldo y Winebaldo. Hicieron la travesía por el Sena, desembocaron en Rouen visitaron varios santuarios franceses y salieron para Roma. Pero en Lucca el padre murió y fue sepultado en la iglesia de san Frediano. Se registraron milagros en su tumba, donde están todavía sus reliquias y donde se observa su fiesta con devoción. Su hijo Wilibaldo se unió más tarde a san Bonifacio y llegó a ser el primer obispo de Eichstätt en Baviera. Los detalles anteriores los debemos a un documento llamado el «Hodoeporicon», escrito por una de sus parientes, monja de Heidenheim, quien anotó los recuerdos que tenía sobre la vida del santo, tal como él se las relató de palabra. Dicho documento es la fuente de todo lo que sabemos del padre de san Wilibaldo y san Winebaldo y su hermana santa Walburga: pero esto no era suficiente para los fieles de Lucca y de Eichstátt, que tanto veneraban al santo varón. Entonces le inventaron un nombre «Ricardo», una vida y una posición: «rey de los ingleses». En realidad, en Inglaterra no hubo ningún rey Ricardo antes de Corazón de León, y nada se sabe de la condición del padre de Wilibaldo, excepto que tenía buena posición social, pues podía costear viajes de larga duración. Sin embargo, en el Martirologio Romano antiguo se inscribía como «sanctus Richardus rex Anglorum», aunque en el actual se ha retirado esa caracterización de «rey de los ingleses», que solo permanece en la iconografía del santo. Lo poco que sabemos acerca de él queda compensado por los amplios informes dignos de confianza sobre sus hijos.

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San Pablo Miki y compañeros.

Cada 6 de febrero la Iglesia Católica recuerda al grupo de mártires encabezado por San Pablo Miki -miembro de la Compañía de Jesús-, cuyos miembros fueron ejecutados por haber anunciado a Cristo en el Japón del siglo XVI. A estos hombres se les conoce como los “26 mártires de Japón”, grupo integrado por tres jesuitas -el Padre Miki entre ellos- y 23 franciscanos -seis de ellos religiosos y el resto laicos (Tercera Orden)-. Pablo Miki, oriundo de Japón, nació en 1566 en el seno de una familia aristocrática. Fue bautizado a los 5 años con el nombre de ‘Pauro’ (Paulo, o Pablo). Poco después empezó a educarse con los jesuitas y al hacerse adulto se integró a la Compañía. Como sacerdote, se convirtió en un buen predicador, comprometido con la evangelización de su pueblo. Hacia finales del siglo XVI, se produjo una persecución contra los cristianos debido, en parte, a las tensiones culturales y religiosas que la expansión del cristianismo estaba produciendo entre los japoneses. Algunos señores feudales sí estaban interesados en fortalecer las relaciones comerciales con Occidente, pero otros no. Entre ellos, Toyotomi Hideyoshi, suerte de señor feudal que veía con recelo a los extranjeros y los consideraba un riesgo para sus planes de concentrar el poder. Hideyoshi pensaba además que si los cristianos eran diezmados, los sintoístas con seguridad lo apoyarían a extender su influencia. Ante tal estado de cosas, muchos europeos que habitaban las islas que componen Japón huyeron. Sin embargo, la gran mayoría de misioneros, en vez de huir, decidieron permanecer al lado de los conversos cristianos, de manera especial, quienes eran sacerdotes o religiosos. Estos deseaban seguir asistiendo a la gente en sus necesidades espirituales y materiales. Toyotomi Hideyoshi, daimio de Kioto, dio la orden para capturar al Padre Pablo Miki SJ y otros 25 cristianos, a quienes consideraba los líderes cristianos. Una vez hechos prisioneros, las autoridades del shogunato los condenaron a muerte sumariamente. La modalidad elegida fue la crucifixión -muerte considerada deshonrosa-, que no se haría efectiva sin que los prisioneros pasen antes por una prolongada tortura. Antes de ser ejecutados, a manera de aleccionamiento y escarnio, los prisioneros fueron obligados a caminar más de 800 kilómetros, desde Kioto hasta Nagasaki, la ciudad más evangelizada de Japón en ese momento. Allí los esperaba el cadalso. El 5 de febrero de 1597, antes de partir, los hombres del daimio le cortaron la oreja izquierda a los veintiséis hombres. Se les ató con cuerdas y cadenas en piernas y brazos. Además, a cada uno se le sujetó al cuello, mediante una argolla de hierro, uno de los maderos con el que sería crucificado. Durante el trayecto, a los condenados se les expuso pueblo por pueblo, villa por villa, en medio de la inclemencia del invierno. El objetivo era arrancar del corazón de cualquier japonés el deseo de hacerse católico. Rumbo a la muerte, el grupo oraba y entonaba cantos al Señor con toda la fuerza de la que disponían. Al llegar a Nagasaki, sus captores dispusieron todo para la ejecución. Los laicos del grupo pudieron confesarse con los sacerdotes, y estos entre ellos. Cuando los verdugos estuvieron listos, empezó el sangriento ritual. Entonces, en su agonía, San Pablo Miki inició su último sermón: “Les declaro pues, hermanos, que el mejor camino para conseguir la salvación es pertenecer a la religión cristiana, ser católico”. Testigos del martirio reconocían el fervor y la serenidad de aquellos hombres, entre los que había algunos muy jóvenes. Los sacerdotes animaban a los demás a sufrir por amor a Jesucristo y la salvación de las almas. Las oraciones al Señor y a la Virgen María se mantuvieron durante largo tiempo, así como las arengas y la invocación a quienes estaban presentes para que abracen el cristianismo. “Mi Señor Jesucristo me enseñó con su palabra y su buen ejemplo a perdonar a los que nos han ofendido. Yo declaro que perdono al jefe de la nación que dio la orden de crucificarnos, y a todos los que han contribuido a nuestro martirio, y les recomiendo que ojalá se hagan instruir en nuestra santa religión y se hagan bautizar», gritó Miki. En los rostros inevitablemente endurecidos de los mártires se apreciaba también una gran paz y una serena calma. San Felipe de Jesús fue el primero en morir asfixiado por la argolla que lo sujetaba del cuello a su cruz. Para dar por concluida la matanza y asegurar que no hayan sobrevivientes, los verdugos sacaron sus lanzas y traspasaron dos veces con ellas a cada uno de los crucificados. San Pablo Miki y sus compañeros fueron canonizados por el Papa Pío IX en 1862. En la misma ceremonia fue canonizado el Hno. Miguel de los Santos, perteneciente a la Orden de la Santísima Trinidad. Los católicos en Japón celebran a los 26 mártires el día 5 de febrero, fecha de las crucificciones. El resto de la Iglesia los celebra al día siguiente, 6 de enero, para no coincidir con la fiesta de Santa Águeda. El caso de San Felipe de Jesús, uno de los 26, puede considerarse una excepción porque se le celebra también el 5 de febrero de manera individual en muchísimos lugares.

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Santa Águeda.

Santa Águeda de Catania, virgen y mártir, patrona de las enfermeras. Cada 5 de febrero la Iglesia recuerda a Santa Águeda de Catania -a veces también llamada “Ágata”-, una joven que consagró su virginidad a Dios y que murió martirizada durante la persecución organizada por el emperador romano Decio en el siglo III. Águeda nació en Catania, Sicilia, sur de Italia, hacia el año 230. Como muchas mujeres de su tiempo, decidió consagrar su vida a Jesucristo manteniéndose virgen. En los días de la persecución de Decio, el procónsul Quintianus (Quinciano), gobernador de Sicilia, se enamoró de Águeda y la pretendió en matrimonio. Sin embargo, la joven rechazó cada una de sus propuestas. Las constantes negativas incomodaron tremendamente al procónsul, quien ordenó que fuese llevada a un prostíbulo como castigo. Contra lo que Quintianus esperaba, en aquél triste lugar, Águeda se las arregló para evitar toda ocasión que pudiera poner en riesgo la promesa que le había hecho al Señor. Y, como si esto fuera poco, muchas mujeres sometidas a ese mundo que las trataba como mercancía se convirtieron a Cristo y salvaron sus vidas. Puesto sobre aviso, Quintianus mandó someter a Santa Águeda a una seguidilla de mofas e insultos, y luego ordenó que fuera torturada. Sus verdugos, en un arranque de insanía, le cortaron los senos. Cierta hagiografía conserva sus palabras ante tamaña maldad: “Cruel tirano, ¿no te da vergüenza torturar en una mujer el mismo seno con el que de niño te alimentaste?”. La tradición señala que Águeda logró sobrevivir milagrosamente a los espantos y crueldades que se cometieron con ella, y se dice que, durante la noche en la que se desangraba, el apóstol San Pedro se le apareció para curar sus heridas y animarla a permanecer firme. Al amanecer, cuando los guardias se percataron de que la mujer estaba repuesta, los verdugos reanudaron las torturas y Águeda acabó entregando la vida. Era el día quinto del mes segundo (5 de febrero) del año 251. Al cumplirse un año del martirio de Santa Águeda, el volcán Etna entró en erupción. La lava que podía expandirse por las faldas del volcán amenazaba con destruir Catania. Entonces, algunos de sus pobladores, quienes recordaban con afecto y admiración a la joven mártir, pidieron su intercesión para que se detenga la furia de la naturaleza. Milagrosamente, el mar de roca encendida y ceniza que empezó a desplazarse jamás alcanzó la ciudad. En agradecimiento, Catania y otras ciudades aledañas eligieron a Águeda como santa patrona. Hoy, los devotos de Santa Águeda piden que interceda por las mujeres que tienen partos complicados o problemas con la lactancia. También la invocan quienes sufren dolencias en el pecho. Asimismo es considerada protectora de las mujeres y patrona de las enfermeras. En la iconografía tradicional, Santa Águeda suele ser representada con la palma del martirio -la palma de la victoria- en la mano, o sosteniendo la bandeja en la que colocaron sus pechos.

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San Juan de Britto.

Siendo muy joven, pidió ser admitido en la Comunidad de los Padres Jesuitas. En los estudios del seminario brilló por su gran inteligencia y por su dedicación total a la preparación para el sacerdocio, y luego de su ordenación, recibió del rey y, de muy altas personalidades, la petición de quedarse en Portugal. Sin embargo, el santo, deseando imitar a San Francisco Javier, pidió y obtuvo ser enviado como misionero a la India, y con 16 compañeros emprendió el larguísimo viaje por mar. Desde 1673 hasta 1693, por veinte años, estuvo misionando incansablemente en la India. Y fue tanto el entusiasmo con el cual se dedicó a las actividades misioneras que lo nombraron superior de las Misiones de la India. Logró ganarse la simpatía de todas las clases sociales, y obtuvo notables éxitos espirituales en toda clase de personas. Los sacerdotes paganos de estas tierras eran muy fanáticos y atacaban sin piedad a San Juan y a sus cristianos; muchas veces lo echaron a la cárcel y le hicieron padecer feroces torturas. El 4 de febrero de 1693 un gran gentío se reunió para ver la ejecución del santo misionero, a quien se le acusaba de enseñar doctrinas que no eran las de los sacerdotes de los dioses de ese país. El gobernador estuvo varias horas demorando la sentencia porque sentía miedo de ordenar semejante crimen. Pero al fin movido por los fanáticos enemigos del cristianismo, mandó que le cortaran la cabeza.

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San Blás.

San Blas, protector de los enfermos y patrono de los otorrinolaringólogos. Cada 3 de febrero se celebra a San Blas de Sebaste (… – 316), mártir, patrono de quienes padecen enfermedades o afecciones a la garganta, así como de los otorrinolaringólogos. Ejerció la medicina de su tiempo, y está incluido en el grupo de los ‘catorce santos auxiliadores’ de la Iglesia Católica (estos son llamados así porque se les considera eficaces intercesores contra determinados males del cuerpo o del alma). San Blas es patrono de la República del Paraguay y su devoción está muy difundida en Hispanoamérica, donde no solo es muy querido sino que ha suscitado innumerables tradiciones populares. San Blas fue obispo de Sebaste, Armenia, muy popular entre sus coetáneos por haber obrado numerosas curaciones milagrosas. Vivió como eremita incluso después de haber sido nombrado obispo, convirtiendo la cueva en la que vivía -ubicada en el bosque del monte Argeus- en su sede episcopal. Cuenta la tradición que cierto día San Blas salvó a un niño que se había atragantado con una espina de pescado. De ahí la antigua costumbre de bendecir las gargantas de los devotos el día de su fiesta (3 de febrero). Ese mismo hecho también le valió convertirse en patrono de los otorrinolaringólogos y de quienes padecen alguna afección a la garganta. Otras historias hablan de su amor por los animales, a quienes también curaba. De acuerdo a un antiguo relato medieval, animales enfermos o heridos se acercaban a su cueva en el monte Argeus para que los cure. Estos, en retribución, no le hacían daño ni lo molestaban cuando oraba. Los días de San Blas terminaron cuando Agrícola, gobernador de Capadocia, inició una de las últimas persecuciones contra los cristianos. Cuando un grupo de sus cazadores fue a buscar animales al bosque de Argeus para los ‘juegos de la arena’, encontraron a muchos de ellos agrupados fuera de la cueva de San Blas. El santo se encontraba orando en ese momento y fue tomado prisionero. Puesto en presencia de Agrícola, se le exigió con amenazas que reniegue de la fe cristiana, pero él rechazó la propuesta de plano. Inmediatamente fue encerrado en una mazmorra, donde permaneció algunos días predicando entre los cautivos y condenados a muerte. En ese lugar, también curó enfermos y bautizó a quienes querían hacerse cristianos.  De acuerdo a las Actas de San Blas, el obispo eremita fue condenado a morir por ahogamiento pero, cuando fue arrojado a las aguas, empezó a caminar sobre estas, como alguna vez hizo el mismo Jesucristo. Entonces fue conducido al cadalso, torturado y, finalmente, decapitado. Murió mártir el año 316 D. C, en tiempos del emperador romano Licinio.

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Presentación del Señor.

Cada 2 de febrero la Iglesia universal celebra la fiesta de la Presentación del Señor Jesús en el Templo. Santa María y San José llevan a Jesús recién nacido al templo, lugar sagrado, casa de Dios. La presentación del hijo primogénito equivale a su “consagración”, es un acto de agradecimiento por el don recibido de manos del Creador, fuente de la vida. En el templo se produce el encuentro de la Sagrada Familia -Jesús, María y José- con dos ancianos, fieles cumplidores de la ley de Dios: Simeón y Ana. Aquel sencillo acontecimiento encierra un profundo simbolismo cristiano: es el abrazo del Señor con su pueblo, quienes aguardan al Mesías. Por eso la liturgia canta: “Tú eres, Señor, la luz que alumbra a las naciones y la gloria de tu pueblo, Israel” (Aclamación antes del Evangelio, Lc 2, 32). En este día, simultáneamente, se recuerda la purificación ritual de la Santísima Virgen María, después de haber dado a luz al Salvador. Según la antigua costumbre del pueblo de Israel, cuarenta días después de haber nacido un primogénito, este debía ser llevado al templo para su presentación. Así procedieron María y José con el Niño Jesús, en cumplimiento con lo ordenado por la Ley de Moisés. Por esta razón, la Iglesia cuenta cuarenta días después del día de Navidad (25 de diciembre) para celebrar la ‘Presentación del Señor’ (2 de febrero). Dice la escritura: «Transcurrido el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, ella y José llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”, y también para ofrecer, como dice la ley, un par de tórtolas o dos pichones» (Lc 2, 22-23). Al llegar al templo, los padres de Jesús con el niño en brazos se encontraron con Simeón, el anciano al que el Espíritu Santo prometió que no moriría sin antes ver al Salvador del mundo. Fue el mismo Espíritu quien puso en boca de este profeta que ese pequeño niño sería el Redentor y Salvador de la humanidad: “Este niño está destinado a provocar la caída de muchos en Israel, y también el ascenso de muchos otros. Fue enviado como una señal de Dios, pero muchos se le opondrán. Como resultado, saldrán a la luz los pensamientos más profundos de muchos corazones, y una espada atravesará tu propia alma” (Cántico de Simeón: Lc 2, 22-40, conocido como Nunc dimitis por las palabras en latín con el que empieza: “Ahora dejas”). “También aquel día se encontraba en el Templo la hija de Fanuel, de la Tribu de Aser, llamada Ana. Ella era una mujer de edad muy avanzada; había enviudado solo siete años después de haberse casado y permaneció así hasta los 84 años. Ana andaba día y noche en el Templo, adorando a Dios, ofreciendo ayunos y oraciones. Ella, al ver al niño, lo reconoció y empezó a proclamar a todos los que esperaban la redención de Jerusalén que la Salvación había llegado” (Lc 2, 36-40).

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San Severo de Ravena.

SAN SEVERO DE RAVENA, del latín, «austero» (siglo IV). Obispo. Se carece de datos precisos anteriores a su edad adulta, cuando ejerció el oficio de tejedor de lana. Estaba casado. Tenía Fama de honesto y era piadoso en la fe de Cristo. Por su ejemplo de vida y según la legislación de la Iglesia en los primeros siglos del cristianismo (cuando los obispos eran varones laicos de notables cualidades), fue designado obispo de la diócesis de Ravena, Italia. Por humildad, no quería aceptar el cargo; sin embargo, para obedecer la voluntad de Dios, lo hizo. Ejerció su misión con celo pastoral, se enfrentó con valor a las herejías de Arrio (280-336) -quien sostenía que Jesús era un alma excelsa, superior, pero carente de divinidad-, y participó en el concilio de Sárdica (Bulgaria), efectuado de 342 a 343. Con fama de santidad murió en su sede episcopal hacia el año 389. Su veneración se pierde en la memoria de los tiempos.

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