Santo del Día

Sin categoría

San Sofronio, 11 de marzo.

Cada 11 de marzo, la Iglesia celebra a San Sofronio de Jerusalén, monje de origen sirio que ocupó el cargo de Patriarca de Jerusalén entre los años 634 y 638. San Sofronio fue un teólogo -se le considera entre los más grandes del siglo VII- quien enfrentó a la denominada herejía ‘monotelita’. Por su elocuencia y pulcritud en el discurso fue conocido como «el defensor de la fe, el de la lengua de miel». Por otro lado, el monotelismo fue una postura teológica según la cual en Cristo hay dos naturalezas, la humana y la divina, pero una única voluntad: la divina. La doctrina católica se apartó de esta posición sobre Cristo por cuanto, queriendo salvar la divinidad de Cristo, restaba perfección a su plena naturaleza humana. El monotelismo fue propuesto y difundido por Sergio, Patriarca de Constantinopla. San Sofronio nació en Damasco alrededor del año 550, en el seno de una familia cristiana. De joven fue un brillante profesor de retórica y se ganó el apelativo de “el sofista”. En esos tiempos, tal denominación no conllevaba necesariamente la carga negativa que hoy posee. Era simplemente una alusión a su capacidad de persuasión y a la claridad de su discurso. Cuando alcanzó la madurez, Sofronio descubrió el llamado de Dios a una vida de entrega en la oración y la práctica de la virtud. Se presentó al monasterio de San Teodosio, cerca de Jerusalén, donde llegaría a ser monje. Años después, realizó un viaje a Alejandría, donde conoció al asceta San Juan Moschou (Juan Mosco, ‘el abstemio’). Prontamente, se convirtió en su discípulo y juntos peregrinaron a través de los territorios de las actuales Siria, Palestina y Egipto, para luego tomar rumbo hacia Roma, capital del imperio. Después de la muerte de San Juan Moschou, acontecida en la Ciudad Eterna, San Sofronio volvió a Jerusalén, donde comenzó a enfrentar a los monotelitas, siendo el primero en percibir los peligros que suponía dicha doctrina. Sofronio fue elegido Patriarca de Jerusalén en el año 634, dedicando su primer discurso ante la asamblea de obispos a rechazar enérgicamente la enseñanza monotelita. El texto que escribió para la ocasión, por la calidad y contundencia de los argumentos empleados, fue enviado a modo de misiva al Papa Honorio, quien lo respaldó con vigor. Lamentablemente, la asimilación de las enseñanzas vertidas en el discurso de Sofronio contra la mencionada herejía tomaría mucho tiempo y no se produciría hasta varias décadas después. En aquel célebre discurso, Sofronio había incluido numerosas y pertinentes referencias a las fuentes patrísticas y a la Escritura, las que contribuyeron a consolidar la tesis de las dos naturalezas presentes en Cristo y a avizorar las nefastas consecuencias de aceptar el monotelismo. Para bien de los fieles, el punto de las dos voluntades y las dos naturalezas llegaría a ser esclarecido de manera definitiva en el III Concilio de Constantinopla (680-681), gracias a la acertada influencia del santo. El Concilio se haría eco de la tesis de Sofronio según la cual en Cristo hay dos voluntades, en consonancia con sus dos naturalezas, las que coinciden perfectamente cada vez que operan. Durante el patriarcado de Sofronio, los cristianos de Jerusalén gozaron de libertad de culto, por lo que podían acceder sin mayores dificultades a los lugares santos, pese a que la ciudad estaba en manos de los invasores árabes. El patriarca participó activamente en la lucha por la defensa de la ciudad y sus lugares santos en contra de los musulmanes. Penosamente, se vio forzado a mediar las condiciones de la rendición cuando la Ciudad Santa fue tomada por el califa Omar I en el año 637. Aun con todo, San Sofronio tuvo relativo éxito en la obtención de determinados derechos civiles y religiosos, entre los que se subraya la preservación de la iglesia del Santo Sepulcro. Sin embargo, a cambio, tendría que aceptar la imposición de un tributo anual a ser pagado por los cristianos de Jerusalén. San Sofronio murió el 11 de marzo del año 638. FUENTE: aciprensa

Sin categoría

San Víctor, 10 de marzo

Son varios los santos llamados Víctor que son venerados por la Iglesia, pero, con excepción de los «corposantos», este es sin duda del que tenemos menos información. De hecho, en honor a la verdad, de él tan sólo sabemos su nombre. Posidio, biógrafo de San Agustín, en su Indiculus -lista de obras de San Agustín- menciona un sermón dedicado a San Víctor mártir, pero es imposible saber a cuál de todos los santos mártires homónimos del África septentrional pudo referirse. Lo que sí sabemos con toda certeza es que el cardenal Baronio lo insertó en el Martyrologium Romanum del 10 de marzo. NOTA: Corposantos: Este término se le aplica aquellos cuerpos de santos desconocidos extraídos de las catacumbas o también de otros sitios, pero siempre a santos desconocidos.

Sin categoría

Santa Francisca Romana.

Esposa, madre, viuda y apóstol seglar.Francisca nació en Roma en el año 1384. Y en cada año, el 9 de marzo, llegan cantidades de peregrinos a visitar su tumba en el Templo que a ella se le ha consagrado en Roma y a visitar el convento que ella fundó allí mismo y que se llama «Torre de los Espejos». Sus padres eran sumamente ricos y muy creyentes (quedarán después en la miseria en una guerra por defender al Sumo Pontífice) y la niña creció en medio de todas las comodidades, pero muy bien instruida en la religión. Desde muy pequeñita su mayor deseo fue ser religiosa, pero los papás no aceptaron esa vocación sino que le consiguieron un novio de una familia muy rica y con él la hicieron casar. Francisca, aunque amaba inmensamente a su esposo, sentía la nostalgia de no poder dedicar su vida a la oración y a la contemplación, en la vida religiosa. Un día su cuñada, llamada Vannossa, la vio llorando y le preguntó la razón de su tristeza. Francisca le contó que ella sentía una inmensa inclinación hacia la vida religiosa pero que sus padres la habían obligado a formar un hogar. Entonces la cuñada le dijo que a ella le sucedía lo mismo, y le propuso que se dedicaran a las dos vocaciones: ser unas excelentes madres de familia, y a la vez, dedicar todos los ratos libres a ayudar a los pobre y enfermos, como si fueran dos religiosas. Y así lo hicieron. Con el consentimiento de sus esposos, Francisca y Vannossa se dedicaron a visitar hospitales y a instruir gente ignorante y a socorrer pobres. La suegra quería oponerse a todo esto, pero los dos maridos al ver que ellas en el hogar eran tan cuidadosas y tan cariñosas, les permitieron seguir en esta caritativa acción. Pronto Francisca empezó a ganarse la simpatía de las gentes de Roma por su gran caridad para con los enfermos y los pobres. Ella tuvo siempre la cualidad especialísima de hacerse querer por la gente. Fue un don que le concedió el Espíritu Santo. En más de 30 años que Francisca vivió con su esposo, observó una conducta verdaderamente edificante. Tuvo tres hijos a los cuales se esmeró por educar muy religiosamente. Dos de ellos murieron muy jóvenes, y al tercero lo guió siempre, aun después de que él se casó, por el camino de todas las virtudes. A Francisca le agradaba mucho dedicarse a la oración, pero le sucedió muchas veces que estando orando la llamó su marido para que la ayudara en algún oficio, y ella suspendía inmediatamente su oración y se iba a colaborar en lo que era necesario. Veces hubo que tuvo que suspender cinco veces seguidas una oración, y lo hizo prontamente. Ella repetía: «Muy buena es la oración, pero la mujer casada tiene que concederles enorme importancia a sus deberes caseros». Dios permitió que a esta santa mujer le llegaran las más desesperantes tentaciones. Y a todas resistió dedicándose a la oración y a la mortificación y a las buenas lecturas, y a estar siempre muy ocupada. Su familia, que había sido sumamente rica, se vio despojada su sus bienes en una terrible guerra civil. Como su esposo era partidario y defensor del Sumo Pontífice, y en la guerra ganaron los enemigos del Papa, su familia fue despojada de sus fincas y palacios. Francisca tuvo que irse a vivir a una casona vieja, y dedicarse a pedir limosna de puerta en puerta para ayudar a los enfermos de su hospital. Y además de todo esto le llegaron muy dolorosas enfermedades que le hicieron padecer por años y años. Ella sabía muy bien que estaba cosechando premios para el cielo. Su hijo se casó con una muchacha muy bonita pero terriblemente malgeniada y criticona. Esta mujer se dedicó a atormentarle la vida a Francisca y a burlarse de todo lo que la santa hacía y decía. Ella soportaba todo en silencio y con gran paciencia. Pero de pronto la nuera cayó gravemente enferma y entonces Francisca se dedicó a asistirla con una caridad impresionantemente exquisita. La joven se curó de la enfermedad del cuerpo y quedó curada también de la antipatía que sentía hacia su suegra. En adelante fue su gran amiga y admiradora. Francisca obtenía admirables milagros de Dios con sus oraciones. Curaba enfermos, alejaba malos espíritus, pero sobre todo conseguía poner paz entre gentes que estaban peleadas y lograba que muchos que antes se odiaban, empezaran a amarse como buenos amigos. Por toda Roma se hablaba de los admirables efectos que esta santa mujer conseguía con sus palabras y oraciones. Muchísimas veces veía a su ángel de la guarda y dialogaba con él. Francisca fundó una comunidad de religiosas seglares dedicadas a atender a los más necesitados. Les puso por nombre «Oblatas de María», y su casa principal, que existe todavía en Roma, fue un edificio que se llamaba «Torre de los Espejos». Sus religiosas vestían como señoras respetables. No tenían hábito especial. Nombró como superiora a una mujer de toda su confianza, pero cuando Francisca quedó viuda entró también ella de religiosa, y por unanimidad las religiosas la eligieron superiora general. En la comunidad tomó por nombre «Francisca Romana». Había recibido de Dios la eficacia de la palabra y por eso acudían a ella numerosas personas para pedirle que les ayudara a solucionar los problemas de sus familias. El Espíritu Santo le concedió el don de consejo, por el cual sus palabras guiaban fácilmente a las personas a conseguir la solución de sus dificultades. Cuando llegaban las epidemias, ella misma llevaba a los enfermos al hospital, lo atendía, les lavaba la ropa y la remendaba, y como en tiempo de contagio era muy difícil conseguir confesores, ella pagaba un sueldo especial a varios sacerdotes para que se dedicaran a atender espiritualmente a los enfermos. Francisca ayunaba a pan y agua muchos días. Dedicaba horas y horas a la oración y a la meditación, y Dios empezó

Sin categoría

San Juan de Dios.

Cada 8 de marzo, la Iglesia Católica celebra la fiesta de San Juan de Dios, fundador de la Orden de los Hermanos Hospitalarios, la que posteriormente se denominaría, en honor al santo, “Orden Hospitalaria de San Juan de Dios”. San Juan es un símbolo de la vocación de la Iglesia a hacerse ella misma caridad con aquellos que sufren en el cuerpo y también en el espíritu. San Juan de Dios O. H. nació en Montemor-o-Novo (Montemayor), Portugal, el 8 de marzo de 1495 y, coincidentemente, fue llamado a la Casa del Padre también un 8 de marzo, pero de 1550, en Granada (España). Su nombre de pila fue João Cidade Duarte, aunque el mundo lo ha conocido siempre como Juan, ‘Juan de los enfermos’. João, con tan solo 12 años, tomó rumbo hacia Toledo (España). Allí empezaría su curioso itinerario laboral que lo haría pasar del pastoreo -su primer empleo- a mercenario a los 27 años, cuando se enlista en la milicia del Emperador Carlos I de España (1500-1558). Poco le faltó para morir ahorcado a causa de un descuido suyo que comprometió a su compañía militar. Años después volvería a enrolarse para apoyar a Carlos I (Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico), esta vez no para luchar contra los franceses sino contra los turcos que habían sitiado Viena en 1532. Después de la milicia, decidió volver a su tierra, Portugal. En el camino conoció a una familia noble expulsada por el rey de Portugal a Ceuta, quienes lo contrataron como sirviente. Decidido a probar fortuna, empezó a trabajar como librero en Gibraltar, llegando a abrir una pequeña librería propia. Gracias a este oficio tuvo contacto con la literatura religiosa de la época, que dejó una huella imborrable en su corazón. Por épocas volvió a trabajar como sirviente, ejercitándose aún más en los dones y hábitos que Dios plenificaría más tarde, cuando Juan se convertiría en servidor de los enfermos para siempre. Finalmente, Juan se hizo enfermero por vocación y convicción, pues descubrió que el amor a los que sufren dolor era lo que más le movía y llenaba el corazón. Juan se quedó prendado de este noble oficio, con el que aprendió a tratar a diario con ‘ese’ Jesús sufriente, vulnerable, esperando ser atendido y consolado, y que siempre está presente en cada persona enferma. Juan, cuando trabajó como sirviente, aprendió aquello de que en el servicio el amor se hace palpable, visible. Cristo se hizo servidor de todos y fue quien más amó y es quien más nos ama. Movido por esa convicción, el santo fundó un hospital en Granada y, posteriormente, junto con su grupo de compañeros, constituyó la base de lo que sería la Orden Hospitalaria, dedicada a la pastoral de la salud. Los miembros de la Orden estarían dedicados por entero a atender a los pobres y necesitados. En aquel hospital, el Hermano Juan trabajaría casi sin descanso durante diez años. Fueron años duros, con muchas tribulaciones y dolores, que se hicieron más llevaderos -cuando no hermosos- gracias a la oración. Sin Cristo, nada hubiese sido posible, pensaba Juan: “Son tantos los pobres que aquí llegan, que yo mismo, muchas veces estoy espantado cómo se pueden sustentar, más Jesucristo lo provee todo y les da de comer”. El Hermano Juan, cada vez que podía, se ponía en presencia de Dios o renunciaba a alguna cosa que le agradaba para “mantener contento al Señor” durante la jornada y seguir exhibiendo la sonrisa que animaba a sus enfermos. Ellos, desorientados por el dolor, muchas veces pensaban que Dios los había abandonado y se veían caer en el abismo del desamparo, hasta que de pronto la sonrisa serena de Juan y sus ademanes llenos de cuidado y afecto les aliviaba el alma. Juan había interiorizado hasta el tuétano que amar al que sufre es razón suficiente para desvelos y sacrificios. Ni cuando su propia salud lo traicionaba -solía resfriarse constantemente- buscó su seguridad o comodidad, sino siempre primero el bienestar del que tenía enfrente. En una ocasión, se produjo un terrible incendio en su hospital y él, poniendo en riesgo su vida, se encargó personalmente de rescatar a los pacientes. Fue auténticamente milagrosa la manera como Juan de dios atravesó el lugar en llamas, una y otra vez, sin recibir quemadura alguna. Aquel día ni uno solo de sus pacientes sufrió algún daño. San Juan de Dios, además de ser patrono de hospitales y centros de salud, lo es de quienes trabajan en ellos en todas las áreas: médicos, enfermeros, administrativos y obreros; es decir, de todos los involucrados en preservar la salud y el valor de la vida humana. Asimismo -y no es poca cosa- es patrón de los que difunden libros en los que hay verdad, como los libros religiosos o de provecho espiritual. La salud es siempre cosa del cuerpo y del alma. Hoy su vida y ejemplo de entrega a los sufrientes cobran un sentido especial. Pidamos su intercesión por todos aquellos que se arriesgan en los hospitales y servicios de salud alrededor del mundo para servir a otros. Pidamos también por quienes padecen el dolor del deterioro corporal y la soledad que a veces acarrea la enfermedad. Actualmente, los religiosos hospitalarios de San Juan de Dios, sus hijos espirituales, continúan sirviendo en cientos de centros de salud en los cinco continentes. Ellos son testigos del valor único de la vida humana, que ha de respetarse de manera incondicional. ¡San Juan de Dios, intercede por el alma de los médicos y enfermeros que murieron en los años de pandemia y por quienes ahora dan la vida en las zonas de guerra! ¡Acompaña a quienes están enfermos y sufren soledad! ¡Asiste a quienes no solo están afectados físicamente, sino también a aquellos cuyas mentes o almas están heridas o desorientadas! Que por tu intercesión, todos recuperen el aliento, la paciencia y la esperanza, incluyendo a sus familias y a quienes los cuidan. ¡Que nadie se sienta abandonado por Dios! FUENTE: aciprensa

Sin categoría

Santas Perpetua y Felicidad.

Santas Perpetua y Felicidad fueron dos mártires cristianas que vivieron durante la temprana persecución de la Iglesia en África. Son patronas de las madres, las mujeres embarazadas, los mártires, los ganaderos y los carniceros e invocadas contra la esterilidad y la muerte infantil. Nuestra Iglesia celebra su fiesta cada 7 de marzo. Los primeros registros de martirio en el norte de África tuvieron lugar en el año 180 cuando doce cristianos fueron juzgados y ejecutados por su fe. Después de esos primeros mártires, la fe cristiana en el norte de África se fortaleció y los nuevos conversos se convirtieron en algo común. En un intento por frenar el crecimiento del cristianismo, el emperador romano Septimio Severo emitió un decreto que prohibía a los súbditos del Imperio Romano convertirse. Si lo hacían, se les daba la oportunidad de renunciar a su fe y honrar a los dioses romanos. Si se negaban, los ejecutaban. En el año 203, cinco catecúmenos que se preparaban para el bautismo fueron arrestados en la ciudad romana de Cartago (actual Túnez). Entre esos catecúmenos se encontraban las dos mártires cuya historia relatamos hoy. Dado que los detalles sobre las vidas de muchos de los primeros mártires no están claros y a menudo se basan en leyendas, debemos dar gracias a Dios de tener el registro real del coraje de Perpetua y Felicidad de la mano de la propia Perpetua, el diácono Sáturo y otros que las conocieron. Este relato, conocido como «La Pasión de Santa Perpetua, Santa Felicidad y sus Compañeros», fue muy popular en los primeros siglos y se leía durante las liturgias. En el año 203, Vibia Perpetua, una noble educada, tomó la decisión de seguir el camino de su madre y convertirse al cristianismo, aunque sabía que podía significar su muerte durante las persecuciones ordenadas por el emperador Severo. Su hermano sobreviviente (otro hermano había muerto cuando él tenía siete años) siguió su liderazgo y también se convirtió en catecúmeno, lo que significa que recibiría instrucción de un catequista en la fe cristiana católica y estaría preparado para el bautismo. Su padre pagano estaba frenético de preocupación y trató de disuadirla de su decisión. A los 22 años, esta mujer educada y alegre tenía todos los motivos para querer vivir, incluido un bebé al que todavía estaba amamantando. Sabemos que estaba casada, pero como nunca se menciona a su marido, muchos historiadores suponen que ya era viuda. La respuesta de Perpetua fue simple y clara. Señalando una jarra de agua, le preguntó a su padre: «¿Ves esa vasija tirada ahí? ¿Puedes llamarla por otro nombre además del que es?». Su padre respondió: «Por supuesto que no». Perpetua entonces dijo: «Tampoco puedo llamarme por ningún otro nombre que el que soy: cristiana». Esta respuesta molestó a su padre y la atacó. Perpetua confesó que después de ese incidente se alegró de estar separada de él por unos días, a pesar de que esa separación fue el resultado de su arresto y encarcelamiento. Perpetua fue arrestada con otros cuatro catecúmenos, incluidos dos esclavos: Saturnino, Secundulo, Felicidad y Revocato. Su instructor en la fe, Sáturo, decidió compartir su castigo y también fue encarcelado. Perpetua fue bautizada antes de ser llevada a prisión. Era conocida por su don de «la palabra del Señor» y por recibir mensajes de Dios. Ella contó que en el momento de su bautismo se le dijo que no orara por otra cosa que por resistencia ante sus pruebas.La prisión estaba tan abarrotada de gente que el calor era sofocante. No había luz por ninguna parte y Perpetua nunca había conocido tanta oscuridad. Los soldados que los arrestaron y custodiaron, los empujaban y zamarreaban sin preocupación alguna. Perpetua no tuvo problemas en admitir que tenía mucho miedo, pero durante todo este horror, su dolor más insoportable procedía de estar separada de su bebé. La joven esclava, Felicidad, estaba aún peor, porque ella sufrió el calor sofocante, el hacinamiento y el trato rudo mientras estaba embarazada de ocho meses. Dos diáconos que atendían a los prisioneros pagaron a los guardias para que colocaran a los mártires en una mejor parte de la prisión. Allí, su madre y su hermano pudieron visitar a Perpetua y traerle su bebé. Cuando recibió permiso para que su bebé se quedara con ella, recordó: «Mi prisión de repente se convirtió en un palacio para mí». Una vez más su padre se acercó a ella, le rogó que cediera, le besó las manos y se arrojó a sus pies. Ella le dijo: «No descansamos en nuestro propio poder, sino en el poder de Dios». Cuando ella y los demás fueron llevados para ser interrogados y sentenciados, su padre los siguió, suplicando a ella y al juez. El juez, por compasión, también intentó que Perpetua cambiara de opinión, pero cuando ella se mantuvo firme, fue sentenciada junto con los demás a ser arrojada a las fieras en la arena. Perpetua relató cómo su hermano le habló: «Hermana, ahora eres muy honrada, tan honrada que bien podrías orar para que una visión te muestre si te espera sufrimiento o liberación». Perpetua, que hablaba a menudo con el Señor, le dijo a su hermano que le contaría lo sucedido al día siguiente. Mientras oraba, a Perpetua se le mostró una escalera dorada de la mayor longitud, alcanzando hasta el cielo. En los costados de la escalera había espadas, lanzas, ganchos y dagas, de modo que si alguien no subía mirando hacia el Cielo, serían gravemente heridos. En el fondo de la escalera yacía un gran dragón tratando de asustar a aquellos que se aventuraban hacia el Cielo. Perpetua vio por primera vez subir a Sáturo. Después de llegar a lo alto de la escalera dijo: «Perpetua, te espero, pero ten cuidado de que el dragón no te muerda». A lo que ella respondió: «En el nombre de Jesucristo, él no me hará daño», y el dragón bajó la cabeza. Perpetua subió la escalera y vio un hermoso y vasto jardín con un hombre alto de cabello blanco vestido como un pastor y ordeñando ovejas. «Bienvenida, hija

Sin categoría

San Olegario.

San Olegario, nacido con el nombre de Olegario Bonestruga, nació en Barcelona en el seno de una familia noble. Fue presbítero y canónigo regular del capítulo de la Catedral de Barcelona y después canónigo regular de San Rufo de Aviñón, con residencia al convento de San Adrián de Besós. San Olegario  fue consejero de los condes Ramon Berenguer III y Ramon Berenguer IV. En el año 1116, bajo Ramon Berenguer III y el papa Pascual II, fue nombrado obispo de Barcelona. Con la conquista de Tarragona, fue investido arzobispo de Tarragona sin perder por ello la mitra barcelonesa, y a partir de entonces, actuó como metropolitano con plenos derechos, recibiendo además, como administrador eclesiástico, los territorios de la todavía no restaurada diócesis de Tortosa. Olegario era quien, con los grandes papas y reformadores como Gregorio VII y Calixto II y los abades de Cluny, impulsó una Reforma en la Iglesia, comenzando por sus diócesis de Barcelona y Tarragona. San Olegario es nombrado obispo de Barcelona en 1116, en tiempos en los que gobernaba Ramón Berenguer III, conde de Barcelona. Eran también los tiempos del pontificado de Pascual II. En 1117 visitó la ciudad de Roma con el propósito de encontrarse con el recientemente nombrado Papa Gelasio II y rendirle los honores del caso. Durante la reconquista de Tarragona, zona en manos de los árabes desde inicios del siglo VIII, fue investido arzobispo de esa región, sin dejar de ocupar la sede de Barcelona. Fueron largos días de prueba en los que un inmenso peso cayó sobre sus hombros, y en los que se aferró al Señor piadosamente. Sin que mediara descanso -era metropolitano de derecho pleno-, se le nombró también administrador eclesiástico de los territorios de la diócesis de Tortosa, jurisdicción golpeada por la ocupación árabe. Estas misiones concretas componían una pesada cruz, que Olegario ni nadie podría atreverse a cargar sin ponerse en manos de la Virgen María y la asistencia del Espíritu. El novel arzobispo de Tarragona fue hombre de Dios y buen hijo de su tiempo. Donde Dios lo envió, allí fue, siempre confiado en su Amor infinito. Por su nobleza de carácter se ganó el aprecio de figuras importantes e influyentes, incluyendo, por supuesto, las personalidades políticas. Ramón Berenguer III y Ramón Berenguer IV lo tuvieron por consejero y colaborador. Supo reconocer y cuidar con sabiduría los importantes límites entre el poder civil y el eclesiástico; sin caer en las trampas de la mutua exclusión o en el error de la confusión entre fueros. Desde su sede, Olegario contribuyó, en ese sentido, a la renovación de la Iglesia local y al fortalecimiento de su independencia. Eso lo convirtió en figura destacada del mundo medieval en general, cuando la transposición o invasión de fueros fue en muchos lugares moneda común. San Olegario, hizo también las veces de mediador, cuando así fue requerido. En diciembre de 1134, al lado de otros personajes civiles y eclesiásticos, arribó a Zaragoza y consiguió un acuerdo de paz entre el rey Ramiro II de Aragón y Alfonso VII de Castilla, ad portas de un enfrentamiento. Así como San Olegario se ocupó con corrección en asuntos terrenales y espirituales, también fue un servidor del Papa en asuntos propios de la jerarquía eclesiástica, sostén y protector de la vida de los fieles. Tomó parte en varios concilios: Tolosa, Reims, el I de Letrán (noveno de los concilios ecuménicos). Fue enviado más tarde por el Papa Inocencio II al segundo Concilio de Letrán, al que también asistió San Bernardo de Claraval. Durante las sesiones, la presentación de los argumentos en contra del antipapa Anacleto estuvieron a su cargo. Se dice que fue tal su elocuencia en cada una de sus intervenciones que el voto de condena (la excomunión) a Anacleto fue unánime. Murió el 6 de marzo de 1137 y fue canonizado oficialmente el año 1675. Su sepulcro de estilo barroco es obra de los escultores Francisco Grau i Dominico Rovira II. Conserva, no obstante, la escultura yaciente gótica esculpida por Pedro Sanglada en el año 1406. Cada 6 de marzo se puede visitar en la Catedral de Barcelona el camarín donde se ve la urna que contiene el cuerpo incorrupto de San Olegario, revestido con ropas de obispo. FUENTE: aciprensa

Sin categoría

San Teofilo y San Virgilio.

San Teófilo obispo de Cesarea , que en tiempo del emperador Septimio Severo brilló por su sabiduría e integridad de vida. San Virgilio obispo de Arlés, que recibió como huéspedes a san Agustín y a sus monjes, cuando viajaban hacia Inglaterra por encargo del papa san Gregorio I Magno (s. VII) La Iglesia Católica celebra el 5 de marzo a San Teófilo de Cesarea y San Virgilio de Arlés, dos obispos que vivieron en épocas distintas pero compartieron una profunda dedicación a la fe y al servicio pastoral. San Teófilo de Cesarea (siglo II) Obispo en tiempos de formación doctrinal (siglo II) San Teófilo fue obispo de Cesarea de Palestina, una ciudad clave en los primeros siglos del cristianismo. Vivió en una época marcada por la consolidación de la doctrina, la organización eclesial y los desafíos de la unidad entre las comunidades cristianas. Su nombre aparece en los registros de los debates sobre la fecha de celebración de la Pascua, conocidos como las controversias pascuales. En estos diálogos, San Teófilo defendió la necesidad de una celebración común, buscando fortalecer la comunión entre las Iglesias locales. Su actitud refleja una profunda conciencia de la importancia de la unidad litúrgica como signo de la unidad en la fe. Aunque no se conservan escritos suyos, su legado permanece como testimonio de prudencia y compromiso con la tradición apostólica. San Virgilio de Arlés († ca. 610) Pastor en la transición hacia la Edad Media († ca. 610) San Virgilio fue obispo de Arlés, ciudad situada en la actual Francia, en una época de transición entre la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media. Su episcopado se desarrolló en un contexto de reorganización social y expansión del cristianismo en Europa occidental. Aunque los detalles de su vida son escasos, la veneración que recibió desde antiguo revela su reputación de santidad y entrega pastoral. Fue un pastor cercano a su pueblo, celoso en la predicación del Evangelio y en la atención a los más necesitados. Su figura representa a tantos obispos que, en medio de cambios políticos y culturales, supieron mantener viva la llama de la fe y consolidar las estructuras eclesiales que sostendrían la Iglesia en los siglos venideros. Ambos santos son venerados por su fidelidad al Evangelio y su contribución a la vida de la Iglesia en momentos clave de su historia Testigos de la fe en tiempos de transformación Cada 5 de marzo, la Iglesia celebra la memoria de dos obispos que, aunque vivieron en contextos distintos, compartieron una misma pasión: custodiar la fe y guiar al pueblo de Dios en momentos decisivos. San Teófilo de Cesarea y San Virgilio de Arlés son faros de fidelidad, prudencia y celo pastoral, cuyas vidas nos invitan a redescubrir el valor del servicio episcopal en la historia de la Iglesia. Dos rostros de una misma misión San Teófilo y San Virgilio nos muestran que la santidad episcopal no se mide por la fama o la cantidad de escritos, sino por la fidelidad al Evangelio, la defensa de la unidad y el servicio generoso al pueblo de Dios. En ellos vemos reflejadas dos etapas de la historia de la Iglesia: la fundacional y la medieval, ambas marcadas por desafíos y por la acción del Espíritu Santo.

Sin categoría

San Casimiro.

En la vida de este joven príncipe resplandecieron de manera admirable todas las virtudes cristianas. Era el segundo hijo varón del rey Casimiro IV Jagellón, soberano de Polonia y de Lituania. Era su madre Isabel de Austria, hija del emperador Alberto II. En su vida ocupó un lugar destacado su preceptor Juan Dlugosz, canónigo de Cracovia, quien le infundió el amor al estudio, pero sobre todo la piedad y un enorme sentido de responsabilidad moral, que presidió toda su vida. De este preceptor no quería separarse, pues le tenía un afecto filial, y su influencia fue siempre benéfica al lado del joven príncipe. Desde los 17 años estuvo continuamente al lado de su padre, el rey Casimiro IV Jagellón metido en los asuntos públicos, y le acompañó a Lituania, de donde procedían los Jagellones. La vida cortesana no fue obstáculo para su dedicación a la espiritualidad más intensa, practicando con admiración de todos las más claras virtudes, como la fe, la caridad extrema con los pobres, una pureza inmaculada, una exquisita amabilidad y fraternidad con todos, la humildad, la prudencia, la modestia, la austeridad de vida, la penitencia y mortificación, etc. En 1483 quisieron casarlo con una hija del emperador Federico III de Austria, su pariente, pero Casimiro se negó a contraer matrimonio, habiendo tomado el propósito de vivir en celibato. Ya estaba enfermo de tisis, y los médicos de entonces le indicaron que sería bueno para su salud que contrajese matrimonio, pero el joven perseveró en su propósito de castidad perpetua. Estaba en el castillo de Grodno, en Lituania, cuando la tuberculosis lo llevó al sepulcro el 4 de marzo de 1484.Su cuerpo fue llevado a la catedral de Vilna, la capital de Lituania, donde se le ha tributado gran veneración, llegando a ser declarado patrono de Lituania, así como uno de los patronos de Polonia. Era admirable su devoción a la Virgen María y le recitaba cada día el himno: Omni die dic Mariae, cuyo texto se encontró copiado en su tumba cuando se abrió en 1604. Se llegó a pensar que era él el autor, pero posteriormente se ha podido probar que el himno es anterior al santo. San Casimiro es un modelo de fe y pureza para la juventud. Y así ha sido presentado desde el principio. José Luis Repetto Betes

Sin categoría

San Emeterio y Celedonio.

Santos Emeterio y Celedonio, los cuales, estando cumpliendo la milicia en los campamentos junto a León, en la provincia de Galicia, por confesar el nombre de Cristo al inicio de la persecución, fueron conducidos a Calahorra y allí coronados con el martirio. Calahorra (La Rioja, España) está unida a estos soldados por el hecho de su martirio y quizás también por ser el lugar de su nacimiento. Otros señalan a León como cuna por los libros de rezos leoneses -antifonarios, leccionarios y breviarios del siglo XIII- al interpretar «ex legione» como lugar de su proveniencia, cuando parece ser que la frase latina es mejor referida a la Legión Gemina Pia Felix a la que pertenecieron y que estuvo acampada cerca de la antigua Lancia, hoy León, según se encuentra en el documento histórico denominado «Actas de Tréveris» del siglo VII. En la parte alta de Calahorra está la iglesia del Salvador -probablemente en testimonio perpetuante del hecho martirial- por donde antes estuvo un convento franciscano y antes aún la primitiva catedral visigótica que debió construirse, según la costumbre de la época, junto a la residencia real, para defensa ante posibles invasiones y que fue destruida por los musulmanes en la invasión del 923, según consta en el códice primero del archivo catedralicio. No se conocen las circunstancias del martirio de estos santos; no las refiere Prudencio. ¡Qué pena que el emperador Diocleciano ordenara quemar los códices antiguos y expurgar los escritos de su tiempo! Con ello intentó, por lo que nos refiere Eusebio, que no quedara constancia ni sirviera como propaganda de los mártires y evitar que se extendiera el incendio. Tampoco hay en el relato nombres que faciliten una aproximación. ¿Fue al comienzo del siglo IV en la persecución de Diocleciano? Parece mejor inclinarse con La Fuente por la mitad del siglo III, en la de Valeriano, contando con que algún otro retrotrae la historia hasta el siglo II. Cierto es que Prudencio nació hacia el 350, deja escrita en su verso la historia antes del 401, cuando se marcha a Italia, hablando de ella como de suceso muy remoto y no debe referirse con esto al tiempo de Daciano (a. 304) porque esta época ya fue conocida por los padres del poeta. Es bueno además no perder de vista que el narrador antiguo no es tan exacto en la datación de los hechos como la actual crítica, siendo frecuente toparse con anacronismos poco respetuosos con la historia. El caso es que Emeterio y Celedonio -hermanos de sangre según algunos relatores- que fueron honrados con la condecoración romana de origen galo llamada torques por los méritos al valor, al arrojo guerrero y disciplina marcial, ahora se ven en la disyuntiva de elegir entre la apostasía de la fe o el abandono de la profesión militar. Así son de cambiantes los galardones de los hombres. Por su disposición sincera a dar la vida por Jesucristo, primero sufren prisión larga hasta el punto de crecerles el cabello. En la soledad y retiro obligados bien pudieron ayudarse entre ellos, glosando la frase del Evangelio, que era el momento de «dar a Dios lo que es de Dios» después de haberle ya dado al César lo que le pertenecía. Su reciedumbre castrense les ha preparado para resistir los razonamientos, promesas fáciles, amenazas y tormentos. En el arenal del río Cidacos se fija el lugar y momento del ajusticiamiento. Cuenta el relato que los que presencian el martirio ven, asombrados, cómo suben al cielo el anillo de Emeterio y el pañuelo de Celedonio como señal de su triunfo señero. Muy pronto el pueblo calagurritano comenzó a dar culto a los mártires. Sus restos se llevaron a la catedral del Salvador; con el tiempo, las iglesias de Vizcaya y Guipúzcoa con otras hispanas y medio día de Francia dispusieron de preciosas reliquias. Junto al arenal que recogió la sangre vertida se levanta la catedral que guarda sus cuerpos. Hoy Emeterio y Celedonio, los santos cantados por su paisano Prudencio, y recordados por sus compatriotas Isidoro y Eulogio son los patronos de Calahorra que los tiene por hermanos o de sangre o -lo que es mayor vínculo- de patria, de ideal, de profesión, de fe, de martirio y de gloria. FUENTE: catholic.net

Sin categoría

San Troadio Mártir.

Testigo de la Fe en la Persecución de Decio. San Troadio, un joven laico de la Iglesia de Neocesarea del Ponto, es un ejemplo de valentía y fe inquebrantable en medio de la persecución. Su historia, atestiguada por San Gregorio Taumaturgo, destaca su sacrificio y su contribución fundamental al establecimiento de la fe cristiana en su comunidad. Este artículo explorará la vida, la obra y el legado de este mártir, iluminando su trascendental influencia en la historia de la Iglesia. Acompáñenos en un viaje a través de su existencia, una oda a la fe que floreció en medio de la adversidad. Nacimiento y primeros años La información sobre los primeros años de San Troadio es escasa. Los textos históricos se centran en su actuación durante la persecución de Decio, no en su infancia o juventud. Se sabe que era un laico joven y frágil, una descripción que, lejos de debilitarlo, lo caracteriza con una fuerza interior insospechada y disposición a entregar su vida por su fe. No se tiene noticia de sus antecedentes familiares ni de su educación formal. Vocación y conversión La Iglesia de Neocesarea del Ponto era una comunidad relativamente nueva cuando estalló la persecución de Decio. En este contexto, la conversión de Troadio, al igual que la de muchos otros, se inscribe en el marco de la expansión del cristianismo en la región. La predicación enérgica y los milagros de San Gregorio Taumaturgo contribuyeron notablemente a la expansión del cristianismo en la región. Vida religiosa y obra La vida religiosa de San Troadio se materializó en su inquebrantable adhesión a la fe, concretada en el testimonio de su martirio. Su actuación en la persecución, lejos de ser un acto aislado, manifiesta la fuerza de la comunidad cristiana en el momento. No hay indicios de que realizara milagros o tuviera un ministerio público destacado, sino que su heroísmo radicó en su fidelidad a Cristo. La fuente principal sobre su vida es la Vida de San Gregorio Taumaturgo de San Gregorio de Nissa, que documenta su resistencia durante la persecución. Milagros y hechos extraordinarios La fuente no menciona milagros atribuidos a San Troadio. Su heroicidad reside en su valentía y su firmeza en la fe, demostrando la profundidad de su compromiso cristiano, y no en manifestaciones sobrenaturales. Su martirio es el milagro silencioso, la prueba irrefutable de su fe. Muerte y canonización San Troadio sufrió el martirio durante la persecución de Decio, bajo circunstancias que no se detallan. Su muerte es testimonio de su fe, y su sacrificio contribuyó a fortalecer la Iglesia de Neocesarea. Su canonización, aunque no es explicitada en la fuente como un evento cronológico, se ubica dentro de las primeras fases de la consolidación del culto a los mártires en la Iglesia primitiva. Elogios y culto posterior San Troadio es reconocido por la Iglesia como un mártir ejemplar, recordado por su firme adhesión a la fe en medio de la adversidad. Su historia, narrada en las vidas de los santos, se ha transmitido y valorado a lo largo de los siglos como un testimonio de la resistencia cristiana y una inspiración para los fieles. La tradición ha preservado su nombre y ejemplo, posicionándolo como un símbolo de la fe. «El amor de Cristo nos impulsa a resistir cualquier prueba»

Scroll al inicio