
San Olegario, nacido con el nombre de Olegario Bonestruga, nació en Barcelona en el seno de una familia noble. Fue presbítero y canónigo regular del capítulo de la Catedral de Barcelona y después canónigo regular de San Rufo de Aviñón, con residencia al convento de San Adrián de Besós.
San Olegario fue consejero de los condes Ramon Berenguer III y Ramon Berenguer IV. En el año 1116, bajo Ramon Berenguer III y el papa Pascual II, fue nombrado obispo de Barcelona. Con la conquista de Tarragona, fue investido arzobispo de Tarragona sin perder por ello la mitra barcelonesa, y a partir de entonces, actuó como metropolitano con plenos derechos, recibiendo además, como administrador eclesiástico, los territorios de la todavía no restaurada diócesis de Tortosa.
Olegario era quien, con los grandes papas y reformadores como Gregorio VII y Calixto II y los abades de Cluny, impulsó una Reforma en la Iglesia, comenzando por sus diócesis de Barcelona y Tarragona. San Olegario es nombrado obispo de Barcelona en 1116, en tiempos en los que gobernaba Ramón Berenguer III, conde de Barcelona. Eran también los tiempos del pontificado de Pascual II. En 1117 visitó la ciudad de Roma con el propósito de encontrarse con el recientemente nombrado Papa Gelasio II y rendirle los honores del caso.
Durante la reconquista de Tarragona, zona en manos de los árabes desde inicios del siglo VIII, fue investido arzobispo de esa región, sin dejar de ocupar la sede de Barcelona. Fueron largos días de prueba en los que un inmenso peso cayó sobre sus hombros, y en los que se aferró al Señor piadosamente. Sin que mediara descanso -era metropolitano de derecho pleno-, se le nombró también administrador eclesiástico de los territorios de la diócesis de Tortosa, jurisdicción golpeada por la ocupación árabe.
Estas misiones concretas componían una pesada cruz, que Olegario ni nadie podría atreverse a cargar sin ponerse en manos de la Virgen María y la asistencia del Espíritu. El novel arzobispo de Tarragona fue hombre de Dios y buen hijo de su tiempo. Donde Dios lo envió, allí fue, siempre confiado en su Amor infinito. Por su nobleza de carácter se ganó el aprecio de figuras importantes e influyentes, incluyendo, por supuesto, las personalidades políticas. Ramón Berenguer III y Ramón Berenguer IV lo tuvieron por consejero y colaborador.
Supo reconocer y cuidar con sabiduría los importantes límites entre el poder civil y el eclesiástico; sin caer en las trampas de la mutua exclusión o en el error de la confusión entre fueros. Desde su sede, Olegario contribuyó, en ese sentido, a la renovación de la Iglesia local y al fortalecimiento de su independencia. Eso lo convirtió en figura destacada del mundo medieval en general, cuando la transposición o invasión de fueros fue en muchos lugares moneda común.
San Olegario, hizo también las veces de mediador, cuando así fue requerido. En diciembre de 1134, al lado de otros personajes civiles y eclesiásticos, arribó a Zaragoza y consiguió un acuerdo de paz entre el rey Ramiro II de Aragón y Alfonso VII de Castilla, ad portas de un enfrentamiento. Así como San Olegario se ocupó con corrección en asuntos terrenales y espirituales, también fue un servidor del Papa en asuntos propios de la jerarquía eclesiástica, sostén y protector de la vida de los fieles. Tomó parte en varios concilios: Tolosa, Reims, el I de Letrán (noveno de los concilios ecuménicos). Fue enviado más tarde por el Papa Inocencio II al segundo Concilio de Letrán, al que también asistió San Bernardo de Claraval.
Durante las sesiones, la presentación de los argumentos en contra del antipapa Anacleto estuvieron a su cargo. Se dice que fue tal su elocuencia en cada una de sus intervenciones que el voto de condena (la excomunión) a Anacleto fue unánime.
Murió el 6 de marzo de 1137 y fue canonizado oficialmente el año 1675.
Su sepulcro de estilo barroco es obra de los escultores Francisco Grau i Dominico Rovira II. Conserva, no obstante, la escultura yaciente gótica esculpida por Pedro Sanglada en el año 1406. Cada 6 de marzo se puede visitar en la Catedral de Barcelona el camarín donde se ve la urna que contiene el cuerpo incorrupto de San Olegario, revestido con ropas de obispo.
FUENTE: aciprensa
