Santo del Día

Sin categoría

Santa Bernadette Soubirous, 16 de abril.

Cada 16 de abril, la Iglesia Católica celebra a Santa Bernadette Soubirous (María-Bernarda Sobirós), más conocida como Santa Bernardita de Lourdes, mística y religiosa francesa, vidente de las apariciones marianas de Lourdes. “Sí, Madre querida, tú te has abajado hasta la tierra para aparecerte a una débil niña… Tú, reina del cielo y la tierra, has querido servirte de lo que había de más humilde según el mundo» (Santa Bernardita). Bernardita nació en Lourdes (Francia), el 7 de enero de 1844, en el seno de una familia muy pobre. Su padre era un sencillo molinero y eventualmente se dedicaba al recojo de basura; mientras que su madre se dedicaba a las labores del hogar y hacía trabajos de costura esporádicamente. Bernardita fue la mayor de nueve hermanos. Al ser bautizada, la santa recibió el nombre de Marie-Bernard (María Bernarda), pero tanto sus familiares como sus amigos empezaron a llamarla con el diminutivo “Bernardette” (Bernardita) como expresión de cariño. Las difíciles condiciones económicas por las que atravesaba la familia Soubirous obligaron a sus miembros a permanecer la mayor parte del tiempo trabajando en el campo, por lo que la pequeña Bernardette quedó a cargo de una nodriza. Una vez que creció y podía valerse mínimamente por sí misma, también fue enviada a pastorear ovejas -era muy común que los niños en la campiña francesa, dadas las carencias de la época, tuviesen que trabajar desde muy pequeños-. A Bernardette se le hacía muy difícil el trabajo, no porque no quisiera ayudar a su familia, sino porque le impedía prepararse para recibir la Primera Comunión -algo que se había convertido, a su pesar, en una suerte de “sueño inalcanzable”-: era la única niña del pueblo con casi 14 años que no había recibido aún la Eucaristía. En parte, que la hubiesen dejado así se debía a que era muy buena pastora y por eso la forzaban a permanecer más tiempo con las ovejas. Sin embargo, llegó el momento en que Bernardette ya no quiso esperar más. Sentía que su vida espiritual no debía ser postergada más tiempo, más aún cuando su corazón deseaba ardientemente recibir a Cristo en la Eucaristía y llevarlo en el pecho. Entonces, pidió a sus padres retornar a casa y recibir la debida preparación para su Primera Comunión, largamente postergada. Sus padres aceptaron y la jovencita empezó la catequesis con incomparable entusiasmo. El 11 de febrero de 1858 se produjo la primera aparición de la Virgen. En casa de los Soubirous se había terminado la leña y Bernadette se ofreció para recoger un poco en los alrededores, junto a Toinette y Juana Abadie, dos de sus hermanas. Las tres niñas caminaron hasta Masse-Vieille. De pronto, Bernadette oyó un fuerte rumor del viento, sin que nada raro pudiera divisarse alrededor. Luego se produjo un segundo ventarrón, y, entonces, dirigiendo la mirada hacia la pequeña gruta que estaba cerca, divisó la figura de una mujer joven en el interior. Era la Virgen María. Esa sería la primera de dieciocho apariciones consecutivas, cuya decimosexta quizás sea la más célebre gracias al auspicioso contenido de su revelación: la Virgen María se presentaba a sí misma como la “Inmaculada Concepción”. Fueron seis meses de apariciones consecutivas, de dolores y alegrías, en los que Bernadette recibió numerosas revelaciones de la Virgen María en la pequeña gruta de Masse-Vieille (Massabielle). Bernardita hizo su Primera Comunión el 3 de junio de 1858, día del Corpus Christi. Habían pasado varias semanas desde la primera vez que vio a la Madre de Dios y sentía que Ella había hecho posible que su sueño se hiciera realidad. No obstante, la cercanía con la Madre de Dios no le ahorró ni dolores ni tribulaciones: igual que muchos otros santos, Bernardita sería blanco de incomprensiones y burlas. Su salud tampoco le jugó a favor: padecía de dolores en los huesos, vómitos, asma crónica, tuberculosis, problemas gástricos, abscesos en los oídos y, al final, un tumor en una rodilla. Parecía el cumplimiento -a cabalidad- de lo que la Virgen le dijo en uno de sus encuentros: “No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el próximo” El 16 de abril de 1879, en el marco de la Semana Santa, Bernardita pidió a sus hermanas religiosas que rezaran juntas el Rosario. Durante la oración la santa entregó su último aliento, adornada por su serena sonrisa, de esas que siempre regaló cuando estaba en presencia de María. De acuerdo al testimonio de quienes la acompañaron en el momento del tránsito, la santa alcanzó a decir: “Santa María, Madre de Dios, ruega por mí, pobre pecadora… pecadora”. Esas fueron sus últimas palabras. Hoy, su cuerpo permanece incorrupto en la capilla que le ha sido dedicada en Nevers (Francia), ciudad donde falleció.

Sin categoría

Santa Anastasia, 15 de abril.

Anastasia Palabra que procede del verbo anisthmi (anístemi), que significa «hacer levantar», «resucitar». El nombre de la Resurrección de Cristo es entre los griegos AnastasiV (Anástasis) y el saludo pascual en toda la iglesia ortodoxa, equivalente a nuestro «felices pascuas» es «AlhqvV CristoV anesth (Alezós Jristós anéste), «En verdad, Cristo ha resucitado». El nombre Anastasia hace referencia a la Resurrección de Cristo; es un nombre de gran relevancia, que procede del imperio bizantino, donde la fiesta más importante del año, por conmemorarse en ella el principal dogma cristiano, es la Pascua de Resurrección. Tiene la peculiaridad este nombre, de tener también forma masculina, siendo ambas formas independientes, cada una con su historia y sus santos patronos. Santa Anastasia fue una ilustre matrona romana, discípula de los apóstoles san Pedro y san Pablo. Su vida y su muerte están vinculadas a las vidas de los dos grandes pilares de la Iglesia naciente. Y a la de su compañera santa Basilisa, que sufrió con ella el martirio. El episodio más importante de su vida, por el que la Iglesia la recuerda, es porque, fiel a su nombre, sostenía la fe en la resurrección de los muertos, por lo que puso todo su afán en recuperar los cuerpos de ambos santos después que sufrieron martirio, para enterrarlos dignamente. Pero he aquí que siendo la voluntad de Nerón acabar radicalmente con los cristianos, perseguía con especial encarnizamiento a los que cuidaban de conservar la memoria y el culto de los mártires. Denunciada, pues, Anastasia ante el prefecto de la ciudad por haber recuperado las reliquias de tan insignes mártires, fue conducida a su presencia. El prefecto intentó por todos los medios que Anastasia, insigne romana, negase las acusaciones que sobre ella se le habían presentado. Pero ésta, no sólo no quiso aprovechar las facilidades que le ofrecía el prefecto, sino que confesó con toda energía que era cristiana y que seguiría siéndolo. Aumentó la presión con la tortura, cada vez más cruel, y finalmente, en vista de que se mantenía firme en su fe, mandó degollarla. Hacia el año 300 otra matrona romana, Apolonia, convirtió un palacio en iglesia dedicada a venerar a santa Anastasia y guardar sus reliquias. El templo fue restaurado desde sus cimientos en 795 por el papa León III, y más adelante por Sixto IV, Urbano VIII (que renovó la fachada según los planos de Luis Arrigucci), Pío VII y León XII. Las Anastasias celebran su onomástica el 15 de abril (la santa que recuperó las reliquias de s. Pedro y s. Pablo); el 9 de septiembre (santa Anastasia Virgen); el 28 de octubre (santa Anastasia mártir romana, en tiempo de Valeriano; sufrió martirio el año 249). Y el 25 de diciembre (santa Anastasia mártir del tiempo de Diocleciano en 304. Tiene el privilegio de ser conmemorada en una de las tres misas que se celebran el día de Navidad). Es éste un nombre distinguido, por ser de origen griego, con una carga significativa de primerísimo orden (la humanidad sueña en la Resurrección) y ennoblecido por dignísimos personajes. ¡Felicidades!

Sin categoría

San Lamberto de Zaragoza, 14 de abril.

En la noche del 13 al 14 de agosto de 1808 volaba, con horrísono estruendo, la fábrica secular del monasterio de Santa Engracia, de Zaragoza. Los franceses dejaban ese triste recuerdo al tener que levantar el sitio. Conservamos una descripción contemporánea, en la que se nos narra la pena de los zaragozanos cuando, al día siguiente, contemplaron aquel espectáculo de desolación y de horror. La voladura había arrastrado consigo la destrucción de valiosísimos elementos arqueológicos y de un archivo que nos podría ilustrar sobre muchos aspectos de la historia de la gloriosa sede cesaraugustana. No obstante, aunque, como consecuencia de tan triste acontecimiento, la actual cripta de la parroquia de Santa Engracia no presente prácticamente nada de su primitiva planta ni casi de sus primeros materiales, sabemos que se trata de uno de los templos más antiguos y venerables de la cristiandad. Se construyó la cripta en época constantiniana, para recoger en ella los restos de los mártires zaragozanos. Un sarcófago del siglo IV, en el que arqueólogos y teólogos quieren ver la primera representación iconográfica del misterio de la Asunción de Nuestra Señora, es testimonio de la gran antigüedad de la cripta. En ella se conservaban, y se conservan, las cenizas de los mártires de Zaragoza, las «santas masas», junto a las de Santa Engracia y a las de San Lamberto. De todos estos mártires hace mención el 16 de abril el martirologio romano. No obstante, la fiesta de San Lamberto se celebra en la diócesis de Zaragoza y en algunas otras de Aragón el día 19 de junio, impedida como está la fecha del 16 de abril, por la fiesta misma de Santa Engracia. Por otra parte, en este mismo día 19 se encontraba su fiesta en alguno de los antiguos martirológios, incluido el romano, en sus primeras ediciones. Esta coincidencia en una misma fecha de la conmemoración de los mártires de Zaragoza y de San Lamberto dio pie a una antigua leyenda, que, según los Bolandos. y según el unánime criterio de todos los historiadores modernos, en manera alguna puede sostenerse, falta por completo del más mínimo apoyo documental o arqueológico. Según ella, San Lamberto, por los mismos días de Daciano, había sido decapitado por odio a su religión cristiana. Tomando entonces su cabeza entre las manos, había marchado al lugar en que estaban las cenizas de los mártires, y su cuerpo se había unido a ellas, conservándose únicamente la cabeza. Ni el nombre de Lamberto, de clara estirpe nórdica y desusado, por tanto, en la España romana, ni el corte de la narración, claramente inspirada en una errónea interpretación de la costumbre medieval de presentar a los mártires decapitados con su cabeza entre las manos, ni la debilidad del fundamento de dar algún martirologio su nombre el mismo día que el de los otros mártires, permiten tomar esta leyenda en serio. Nos queda, pues, bien poca cosa. La existencia de un mártir llamado Lamberto. La época probable de su martirio, muy verosimilmente cuando Zaragoza gemía bajo la dominación de los moros. El dato de que ese martirio ocurrió en Zaragoza. Y la tradición, que parece tener cierto fundamento, de que se trataba de un labrador. Esto es todo. El caso de San Lamberto no es único, ni mucho menos, en el martirologio. Son legión los mártires de los que solo nos ha quedado la mención escueta de sus nombres. Y aun algunos ni eso nos han dejado. Santos hay, como los cuatro coronados, que han pasado incluso al mismo culto litúrgico universal sin que sepamos cómo se llamaban. Fenómeno este que se presta a muy provechosas reflexiones. Limitar la santidad únicamente a los santos de los que se ha tenido pormenorizada noticia y cuyo martirio o heroicas virtudes constan de forma plena y con todos los trámites jurídicos, sería hacer grande injuria a la verdad que todos los días presenciamos. En el siglo XX nos consta la existencia de martirios, tras el telón de acero, por ejemplo, de los que nunca llegará a saberse con exactitud qué es lo que ocurrió. Dígase lo mismo de las virtudes heroicas. ¡En cuántas diócesis y en cuántas casas religiosas se conserva viva la memoria del olor de santidad que tras sí dejaron sacerdotes, seglares o religiosos, que luego, por circunstancias a veces de orden político, en ocasiones de tipo económico, en otras ocasiones de simple descuido humano, no se llegó a recoger y plasmar jurídicamente! La Iglesia recuerda a todos ellos en la fiesta de Todos los Santos. Y conserva con cariño la mención que la Historia le ha legado de algunos desconocidos, como San Lamberto, en su universal martirologio. Los modernos hagiógrafos nos explican lo sucedido en estos casos. Lamberto era un labrador santo que dio su sangre por Cristo. A los primeros destinatarios del martirologio que recogió su nombre no hacía falta decirles más. Unos le recordarían personalmente: otros habrían oído hablar de él a sus padres o amigos. La simple mención de su martirio, el día de su natalicio para el cielo, bastaba. Pero los años pasaron; las circunstancias, que antes eran tan conocidas, se fueron borrando de la memoria de los hombres, y la hermosa y edificante historia del santo labrador quedó reducida a solo su nombre en el martirologio. Es decir, no a eso sólo, porque Lamberto gozaba ya en el cielo del premio a su heroísmo e interponía su mediación en favor de quienes, corno los labradores de las tierras de Teruel, se refugiaban bajo su glorioso patrocinio. Para el cristiano, su nombre, como el de tantos otros a quienes pudiéramos llamar «santos sin historia”, es fuente de gran consuelo. Lo que al tender a la santificación buscamos no es una gloria humana, efímera y frágil, como lo demuestra el caso de estos hombres que un día hicieron actos heroicos que hoy desconocemos por completo, sino una gloria mil veces más firme y duradera. Lo que hoy no sabemos lo supo y lo sigue sabiendo Dios, que es quien se lo premia.

Sin categoría

San Martín I: Papa y Mártir del Siglo VII

Defensor de la Fe y Víctima del Exilio. San Martín I fue un papa del siglo VII que defendió la fe católica contra la herejía monotelita. Fue arrestado y desterrado por el emperador Constante II, muriendo en el exilio. San Martín I, conocido por su firme defensa de la ortodoxia cristiana, fue elegido papa en el siglo VII. Durante su papado, condenó la herejía monotelita en el Concilio de Letrán. Papa martirizado, son más de 40 los pontífices que han sufrido el martirio. Nació en Todi, Italia, y se distinguió entre los sacerdotes de Roma por su santidad y su sabiduría. Fue elegido Papa el año 649 y poco después convocó a un Concilio o reunión de todos los obispos, para condenar la herejía de los que decían que Jesucristo no había tenido voluntad humana, sino solamente voluntad divina (Monotelitas se llaman estos herejes). Como el emperador de Constantinopla Constante II era hereje monotelita, mandó a un jefe militar con un batallón a darle muerte al pontífice. Pero el que lo iba a asesinar, quedó ciego en el momento en el que lo iba a matar, y el jefe se devolvió sin hacerle daño. Luego envió Constante a otro jefe militar el cual aprovechando que el Papa estaba enfermo, lo sacó secretamente de Roma y lo llevó prisionero a Constantinopla. El viaje duró catorce meses y fue especialmente cruel y despiadado. No le daban los alimentos necesarios y según dice él mismo en sus cartas, pasaron 47 días sin que le permitieran ni siquiera agua para la cara.Lo tuvieron tres meses padeciendo en la cárcel destinada a los condenados a muerte, y luego lo sacaron de la cárcel por una petición que hizo el Patriarca Arzobispo de Constantinopla poco antes de morirse, pero lo enviaron al destierro. Sus sufrimientos eran tan grandes que cuando alguien lo amenazó con que le iban a dar muerte, exclamó: «Sea cual fuere la muerte que me den, seguramente no va a ser más cruel que esta vida que me están haciendo pasar». En su última carta, dice así San Martín: «Estoy sorprendido del abandono total en que me tienen en este destierro los que fueron mis amigos. Y más me entristece la indiferencia total con la que mis compañeros de labores me han abandonado. ¿Qué no tienen dinero? ¿Pero no habría ni siquiera unas libras de alimento para enviarlo? ¿O es que el temor a los enemigos de la Iglesia les hace olvidar la obligación que cada uno tiene de dar de comer al hambriento? Pero a pesar de todo, yo sigo rezando a Dios para que conserve firmes en la fe a todos los que pertenecen a la Iglesia». Murió más de padecimientos y de falta de lo necesario que de enfermedad o vejez, en el año 656. En Constantinopla donde había sido tan humillado, fue declarado santo y empezaron a honrarlo como a un mártir de la religión. Y en la Iglesia de Roma se le ha venido honrando entre el número de los santos mártires. Arresto y Destierro El emperador Constante II, enfurecido por sus acciones, ordenó su arresto. Fue llevado a Constantinopla y posteriormente desterrado al Quersoneso, donde murió tras sufrir grandes penurias. Legado San Martín I es venerado como mártir por su valentía y sacrificio en defensa de la fe. Su festividad se celebra el 13 de abril. Historia San Martín I fue papa desde 649 hasta 653. Su pontificado fue marcado por su lucha contra la herejía monotelita, que sostenía que Cristo tenía una sola voluntad. Milagros No se le atribuyen milagros en vida, pero su firmeza en la fe y martirio son considerados actos de santidad. Más Información

Sin categoría

Divina Misericordia.

El segundo domingo de Pascua celebramos la fiesta de la Divina Misericordia, que Juan Pablo II instauró en el comienzo del milenio: «En nuestros tiempos, muchos son los fieles cristianos de todo el mundo que desean exaltar esa misericordia divina en el culto sagrado y de manera especial en la celebración del misterio pascual, en el que resplandece de manera sublime la bondad de Dios para con todos los hombres. Acogiendo pues tales deseos, el Sumo Pontífice Juan Pablo II se ha dignado disponer que en el Misal Romano, tras el título del Segundo Domingo de Pascua, se añada la denominación «o de la Divina Misericordia» (Fragmento del Decreto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, de 5 de mayo de 2000). Hay unas Indulgencias anejas: «Se concede la indulgencia plenaria, con las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Sumo Pontífice) al fiel que, en el domingo segundo de Pascua, llamado de la Misericordia divina, en cualquier iglesia u oratorio, con espíritu totalmente alejado del afecto a todo pecado, incluso venial, participe en actos de piedad realizados en honor de la Misericordia divina, o al menos rece, en presencia del santísimo sacramento de la Eucaristía, públicamente expuesto o conservado en el Sagrario, el Padrenuestro y el Credo, añadiendo una invocación piadosa al Señor Jesús misericordioso (por ejemplo, «Jesús misericordioso, confío en ti»)». Santa Faustina promovió esta devoción, y Juan Pablo II al canonizarla la extendió a toda la Iglesia, como dijo en la homilía de la basílica de la misericordia: «hoy en este santuario quiero realizar un solemne acto de consagración del mundo a la misericordia divina”, con el deseo de que el mensaje del amor misericordioso de Dios, que fue aquí proclamado por medio de santa Faustina, se extienda por toda la tierra. La santa así lo vio: «La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia» (Diario, 300). La Fiesta de la Divina Misericordia tiene como fin principal hacer llegar a los corazones de cada persona el siguiente mensaje: Dios es Misericordioso y nos ama a todos … «y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia» (Diario, 723). En este mensaje, que Nuestro Señor nos ha hecho llegar por medio de Santa Faustina, se nos pide que tengamos plena confianza en la Misericordia de Dios, y que seamos siempre misericordiosos con el prójimo a través de nuestras palabras, acciones y oraciones… «porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil» (Diario, 742). Con el fin de celebrar apropiadamente esta festividad, se recomienda rezar la Coronilla y la Novena a la Divina Misericordia; confesarse -para la cual es indispensable realizar primero un buen examen de conciencia-, y recibir la Santa Comunión el día de la Fiesta de la Divina Misericordia. La esencia de la devoción se sintetiza en cinco puntos fundamentales: 1. Debemos confiar en la Misericordia del Señor. Jesús, por medio de Sor Faustina nos dice: «Deseo conceder gracias inimaginables a las almas que confían en mi misericordia. Que se acerquen a ese mar de misericordia con gran confianza. Los pecadores obtendrán la justificación y los justos serán fortalecidos en el bien. Al que haya depositado su confianza en mi misericordia, en la hora de la muerte le colmaré el alma con mi paz divina». 2. La confianza es la esencia, el alma de esta devoción y a la vez la condición para recibir gracias: «Las gracias de mi misericordia se toman con un solo recipiente y este es la confianza. Cuanto más confíe un alma, tanto más recibirá. Las almas que confían sin límites son mi gran consuelo y sobre ellas derramo todos los tesoros de mis gracias. Me alegro de que pidan mucho porque mi deseo es dar mucho, muchísimo. El alma que confía en mi misericordia es la más feliz, porque yo mismo tengo cuidado de ella. Ningún alma que ha invocado mi misericordia ha quedado decepcionada ni ha sentido confusión. Me complazco particularmente en el alma que confía en mi bondad». 3. La misericordia define nuestra actitud ante cada persona: «Exijo de ti obras de misericordia que deben surgir del amor hacia mí. Debes mostrar misericordia siempre y en todas partes. No puedes dejar de hacerlo ni excusarte ni justificarte. Te doy tres formar de ejercer misericordia: la primera es la acción; la segunda, la palabra; y la tercera, la oración. En estas tres formas se encierra la plenitud de la misericordia y es un testimonio indefectible del amor hacia mí. De este modo el alma alaba y adora mi misericordia». 4. La actitud del amor activo hacia el prójimo es otra condición para recibir gracias: «Si el alma no practica la misericordia de alguna manera no conseguirá mi misericordia en el día del juicio. Oh, si las almas supieran acumular los tesoros eternos, no serían juzgadas, porque la misericordia anticiparía mi juicio». 5. El Señor Jesús desea que sus devotos hagan por lo menos una obra de misericordia al día. «Debes saber, hija mía que mi Corazón es la misericordia misma. De este mar de misericordia las gracias se derraman sobre todo el mundo. Deseo que tu corazón sea la sede de mi misericordia. Deseo que esta misericordia se derrame sobre todo el mundo a través de tu corazón. Cualquiera que se acerque a ti, no puede marcharse sin confiar en esta misericordia mía que tanto deseo para las almas». Santa Faustina Kowalska consiguió lo que había querido: Juan Pablo II en su canonización anunció: «En todo el mundo, el segundo domingo de Pascua recibirá el nombre de domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al genero humano en los años venideros» (la encíclica dedicada a Dios Padres se llamó «Dives in misericordia», “Rico en misericordia”). La liturgia del segundo domingo

Sin categoría

San Julio, 12 de abril.

Dos cosas caracterizan en conjunto el pontificado de San Julio I (337-352): la defensa de la ortodoxia católica frente a las impugnaciones y tergiversaciones de los arrianos, y la protección decidida de San Atanasio, víctima de toda clase de vejaciones y calumnias de parte de los mismos, por ser considerado como la columna más firme de la fe de Nicea. En todo ello mostró San Julio I una firmeza extraordinaria, fruto del temple elevado de su espíritu y del intenso amor que sentía por la Iglesia y la verdad. No tenemos noticia ninguna sobre su vida anterior a su elevación al solio pontificio. Sólo sabemos por el Liber Pontificalis que era romano de origen, y que su padre se llamaba Rústico. Después de cuatro meses de sede vacante a la muerte del papa San Marcos, tuvo lugar su elevación el 6 de febrero del año 337. No mucho después, en mayo del mismo año, murió el emperador Constantino el Grande, a quien siguieron sus tres hijos Constantino II, Constante y Constancio. Ahora bien, sea porque la significación de estos emperadores fuera mucho menor que la de su padre, sea porque la figura de Julio I fuera mucho más eminente que la de sus predecesores, el hecho es que con él volvió a su verdadera significación el Papado, que anteriormente había permanecido en la penumbra. Uno de los primeros problemas en que tuvo que intervenir fue la defensa de San Atanasio, que se identificaba con la defensa de la fe y llenó todo su pontificado. Después de la muerte de Constantino, dióse inmediatamente a todos los obispos desterrados licencia para volver a sus diócesis. De este modo San Atanasio pudo volver a Alejandría, donde fue acogido con gran satisfacción por el episcopado y el pueblo en masa. Pero el partido arriano urdió toda clase de intrigas contra él, pretextando que había sido depuesto por el sínodo de Tiro el año 335. Por eso mismo habían nombrado para sucederle a un partidario suyo, llamado Pisto. Sin embargo, a pesar del apoyo que les otorgaba Constancio, emperador de Oriente, no pudieron impedir que Atanasio volviera a su diócesis. Entonces, pues, vióse el nuevo papa Julio I asediado por los dos partidos en demanda de apoyo; pero, gracias a su elevado espíritu y a la valentía de su carácter en defensa de la justicia y de la verdad, se puso decididamente de parte de Atanasio. En efecto, los arrianos, cuyo jefe a la sazón era Eusebio de Nicomedia, que había logrado apoderarse de la Sede de Constantinopla, enviaron una embajada ante el Papa, a cuya cabeza iba el presbítero Macario. Por su parte Atanasio, consciente de la gravedad del momento y que se trataba, no de su persona, sino de la defensa de la fe ortodoxa, había celebrado un gran sínodo, después del cual envió las actas a Roma, en las que se contenía la más decidida condenación del arrianismo y la más explícita profesión de fe. Así, pues, informado ampliamente por ambas partes, Julio I, con su acostumbrada energía y discreción, decidió inmediatamente celebrar en Roma un gran sínodo, según habían pedido los mismos arrianos. Así lo comunicó en sendas cartas dirigidas a Atanasio y a sus acusadores, en las que convocaba a ambas partes para que presentaran sus respectivas razones. Pero no era esto lo que deseaban los arrianos, a pesar de que anteriormente habían declarado al obispo de Roma, juez y árbitro de la contienda. Sin esperar ninguna solución continuaron practicando toda clase de violencias. A la muerte de Eusebio de Cesarea colocaron al frente de esta importante diócesis a uno de sus partidarios, llamado Acacio. Celebraron en 340 un sínodo en Antioquía, y en él renovaron la deposición de San Atanasio, en cuyo lugar nombraron al arriano Gregorio de Capadocia. A viva fuerza fue éste introducido en Alejandría, que hubo de ser tomada con la ayuda de las fuerzas del emperador Constancio. Atanasio fue arrojado de su propio palacio y anduvo errante algún tiempo por los alrededores de la ciudad; pero finalmente se dirigió a Roma. Poco antes habían sido desterrados igualmente Marcelo de Ancira y otros obispos, fieles a la fe de Nicea. Julio I, modelo de espíritu paternal, acogió a los perseguidos con muestras de verdadera compasión como héroes en defensa de la verdad católica; y como los arrianos no sólo no enviaban sus representantes para la celebración del anunciado concilio, sino que, por el contrario, acababan de celebrar su falso sínodo de Antioquía, y continuaban cometiendo violencias y atropellos, envióles de nuevo una carta por medio de los presbíteros Elpidio y Filoxeno, en la que les exhortaba a comparecer en Roma. Pero ellos, en vez de obedecer al Papa, le remitieron una respuesta en la que se excusaban de no acudir a Roma, a causa de la situación de inferioridad en que los colocaba en su convocatoria. Ante esta posición rebelde y retadora de los arrianos decidióse el papa Julio I a celebrar el anunciado sínodo el año 341, rodeándolo de la mayor solemnidad. Tomaban parte en él más de cincuenta obispos. Hallábanse presentes San Atanasio y Marcelo, objeto de las acusaciones de los adversarios. Lejos de asistir a este sínodo, los arrianos dieron orden de ausentarse de Roma a su representante Macario. Así, pues, Julio I hizo examinar con toda calma la causa de los perseguidos, y, bien estudiados los informes de ambas partes, declaró solemnemente la inocencia de San Atanasio y Marcelo de Ancira, previa para éste una clara profesión de fe. En nombre del sínodo dirigió entonces Julio I una encíclica a los obispos de Oriente, en la que les comunicaba la decisión tomada. Con verdadera dignidad, y sin expresión ninguna mortificadora, pondera el Papa el tono desconsiderado del escrito enviado por ellos a Roma, donde rechazaban su participación en un concilio que ellos mismos habían reclamado. Finalmente, con plena conciencia de su autoridad y de la primacía de la Sede romana, declara que, aunque Atanasio y los demás hubieran sido culpables, antes de dar ellos ningún fallo

Sin categoría

San Estanislao, 11 de abril.

Nació el 26 de julio del año 1036 en Polonia. Sus padres eran nobles; habían vivido mucho tiempo sin hijos, hasta que Dios les concedió a Estanislao, en respuesta a sus oraciones, por lo que consagraron a Dios a su hijo desde el día de su nacimiento. Fue ordenado sacerdote por Mons. Lamberto Zula, Obispo de Cracovia, quien lo hizo canónigo de la catedral y más tarde lo nombró predicador y archidíacono suyo. La elocuencia y el ejemplo del joven sacerdote produjeron grandes frutos de reforma de costumbres entre sus penitentes, clérigos y laicos. A la muerte de Mons. Zula, el santo fue consagrado Obispo de Cracovia en 1072, siendo un celoso apóstol, infatigable en la predicación, estricto en el mantenimiento de la disciplina y muy cumplido con las visitas pastorales. En aquella época, gobernaba Polonia el rey Boleslao II, monarca de grandes cualidades pero extremadamente disoluto y cruel. Tuvo muchos enfrentamientos con el santo quien fue el único que le hizo frente ante sus injusticias y tiranías. Enfurecido por sus palabras, el monarca hostigó y amenazó al santo lo que motivó que San Estanislao lo excomulgara. Esta decisión encolerizó aún más al rey, enviando a sus soldados a que matasen al Obispo pero al fracasar por intervención divina, el rey lo mató.

Sin categoría

San Terencio y compañeros mártires, 10 de abril.

En Africa Proconsular, actual Túnez, santos Terencio, Africano. Máximo, Pompeyo, Alejandro, Teodoro, Zenón y cuarenta compañeros más, todos mártires, que en tiempo del emperador Decio murieron por la fe cristiana. († c.250) San Terencio es cabeza de un grupo de mártires de origen oriental, muertos en Cartago por orden del «Prefecto de África», Fortunaciano, en tiempos del emperador Decio. Éste había promulgado un decreto de persecución y condena a la tortura contra todos aquellos que no hubieran renegado del cristianismo. Así es que hubo muchas defecciones, pero Terencio y otros treinta y nueve compañeros se decidieron a no ceder, con lo que fueron arrestados y llevados ante los tribunales; tampoco allí, aunque fueron invitados y torturados con varios suplicios, dejaron su fe, sino que el propio Terencio respondió en representación de todos con una pública profesión de fe cristiana, por lo cual el prefecto los condenó a muerte por decapitación. Se conocen los nombres de algunos compañeros de martirio, tal vez los más importantes: Africano. Máximo, Pompeyo, Alejandro, Teodoro. Al fin del siglo IV, bajo el emperador bizantino Teodosio el Grande, sus cuerpos fueron trasladados a Constantinopla. Al menos ocho fuentes hagiográficas narran su pasión, colocando la celebración litúrgica ya el 5 de abril, ya el 11, pero el día más mencionado es el 10 de abril.

Sin categoría

San Hugo de Ruen, 9 de abril.

En el monasterio de Jumiéges, en Neustria, hoy en territorio de Francia, san Hugo, obispo de Rouen, el cual gobernó a la vez el cenobio de Fontenelle y las iglesias de París y Bayeux, y finalmente, tras renunciar a estos cargos, estuvo al frente del monasterio de Jumiéges († 730). La historia ha conservado pocos detalles sobre la vida de san Hugo de Rouen, cuya fama se debió principalmente a las nobles familias con las que estaba emparentado. Era hijo de Drogo, duque de Borgoña; nieto paterno de Pipino de Heristal y sobrino de Carlos Martel. Fue nombrado «primicerius» de la iglesia de Metz; más tarde la influencia de su tío Carlos le llevó a ocupar las sedes de París, Rouen y Bayeux, así como los cargos de abad de Fontenelle y Jumiéges. En aquellos tiempos, por desgracia, no era raro que una persona gozase de varios beneficios eclesiásticos; pero Hugo, en vez de enriquecerse con las rentas de sus beneficios, gastó su propia fortuna, que era muy considerable, en enriquecer las iglesias que gobernó. La crónica de Fontenelle, que es nuestra fuente principal, habla largamente de los generosos dones que el santo obispo hizo a la abadía. San Hugo murió en la abadía de Jumiéges, el año 730.

Sin categoría

Santa Julia, 8 de abril.

Santa Julia, venerada en la Iglesia Católica como mártir, es un emblema de valentía y fe inquebrantable. Originaria de Cartago, su historia se remonta al siglo V, durante el dominio del imperio romano. Fue esclava, pero nunca dejó su devoción cristiana, sufriendo un martirio por mantenerse fiel a sus creencias. La vida de Santa Julia es un espejo de coraje y compromiso con la fe católica, convirtiéndola en una fuerte influencia para los fieles de todo el mundo. Santa Julia: La Valiente Mártir de Córcega y su Inquebrantable Fe Católica fue una figura clave en la historia del cristianismo. Nacida en el seno de una noble y distinguida familia, decidió desde muy joven dedicar su vida a Dios y al servicio de los demás. La historia de Santa Julia es un excepcional ejemplo de valor y convicción. La historia cuenta que fue esclavizada por los invasores vándalos. A pesar de su situación, Santa Julia nunca renunció a su fe. En lugar de esto, mantuvo una increíble fortaleza y convicción en sus creencias, resistiéndose a cualquier intento de convertirla a la religión de sus captores. Una vez que llegaron a Córcega, quiso evitar participar en los rituales paganos y por ello, fue sometida a torturas. Santa Julia prefirió enfrentar la muerte antes que negar su fe. Sus captores, furiosos ante su inquebrantable resistencia, decidieron crucificarla. Su muerte fue un testimonio heroico de fe inmutable y resistencia ante la persecución. Desde entonces, Santa Julia ha sido venerada como mártir en la Iglesia Católica. Su legado pervive como un ejemplo de valentía y fidelidad hasta la muerte. Los fieles católicos celebran su fiesta el 23 de mayo. En Córcega, donde fue martirizada, Santa Julia es especialmente honrada. Su imagen puede ser vista en numerosas iglesias y capillas en toda la isla. La vida y muerte de Santa Julia de Córcega es un poderoso recordatorio de la fortaleza que puede encontrarse en la fe. A través de su ejemplo, los católicos de todo el mundo pueden encontrar inspiración para permanecer firmes en sus propias creencias, sin importar las dificultades que puedan encontrar en su camino.

Scroll al inicio