Divina Misericordia.

El segundo domingo de Pascua celebramos la fiesta de la Divina Misericordia, que Juan Pablo II instauró en el comienzo del milenio: «En nuestros tiempos, muchos son los fieles cristianos de todo el mundo que desean exaltar esa misericordia divina en el culto sagrado y de manera especial en la celebración del misterio pascual, en el que resplandece de manera sublime la bondad de Dios para con todos los hombres. Acogiendo pues tales deseos, el Sumo Pontífice Juan Pablo II se ha dignado disponer que en el Misal Romano, tras el título del Segundo Domingo de Pascua, se añada la denominación «o de la Divina Misericordia» (Fragmento del Decreto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, de 5 de mayo de 2000). Hay unas Indulgencias anejas: «Se concede la indulgencia plenaria, con las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Sumo Pontífice) al fiel que, en el domingo segundo de Pascua, llamado de la Misericordia divina, en cualquier iglesia u oratorio, con espíritu totalmente alejado del afecto a todo pecado, incluso venial, participe en actos de piedad realizados en honor de la Misericordia divina, o al menos rece, en presencia del santísimo sacramento de la Eucaristía, públicamente expuesto o conservado en el Sagrario, el Padrenuestro y el Credo, añadiendo una invocación piadosa al Señor Jesús misericordioso (por ejemplo, «Jesús misericordioso, confío en ti»)».

Santa Faustina promovió esta devoción, y Juan Pablo II al canonizarla la extendió a toda la Iglesia, como dijo en la homilía de la basílica de la misericordia: «hoy en este santuario quiero realizar un solemne acto de consagración del mundo a la misericordia divina”, con el deseo de que el mensaje del amor misericordioso de Dios, que fue aquí proclamado por medio de santa Faustina, se extienda por toda la tierra. La santa así lo vio: «La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia» (Diario, 300). La Fiesta de la Divina Misericordia tiene como fin principal hacer llegar a los corazones de cada persona el siguiente mensaje: Dios es Misericordioso y nos ama a todos … «y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia» (Diario, 723). En este mensaje, que Nuestro Señor nos ha hecho llegar por medio de Santa Faustina, se nos pide que tengamos plena confianza en la Misericordia de Dios, y que seamos siempre misericordiosos con el prójimo a través de nuestras palabras, acciones y oraciones… «porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil» (Diario, 742). Con el fin de celebrar apropiadamente esta festividad, se recomienda rezar la Coronilla y la Novena a la Divina Misericordia; confesarse -para la cual es indispensable realizar primero un buen examen de conciencia-, y recibir la Santa Comunión el día de la Fiesta de la Divina Misericordia. La esencia de la devoción se sintetiza en cinco puntos fundamentales: 1. Debemos confiar en la Misericordia del Señor. Jesús, por medio de Sor Faustina nos dice: «Deseo conceder gracias inimaginables a las almas que confían en mi misericordia. Que se acerquen a ese mar de misericordia con gran confianza. Los pecadores obtendrán la justificación y los justos serán fortalecidos en el bien. Al que haya depositado su confianza en mi misericordia, en la hora de la muerte le colmaré el alma con mi paz divina». 2. La confianza es la esencia, el alma de esta devoción y a la vez la condición para recibir gracias: «Las gracias de mi misericordia se toman con un solo recipiente y este es la confianza. Cuanto más confíe un alma, tanto más recibirá. Las almas que confían sin límites son mi gran consuelo y sobre ellas derramo todos los tesoros de mis gracias. Me alegro de que pidan mucho porque mi deseo es dar mucho, muchísimo. El alma que confía en mi misericordia es la más feliz, porque yo mismo tengo cuidado de ella. Ningún alma que ha invocado mi misericordia ha quedado decepcionada ni ha sentido confusión. Me complazco particularmente en el alma que confía en mi bondad». 3. La misericordia define nuestra actitud ante cada persona: «Exijo de ti obras de misericordia que deben surgir del amor hacia mí. Debes mostrar misericordia siempre y en todas partes. No puedes dejar de hacerlo ni excusarte ni justificarte. Te doy tres formar de ejercer misericordia: la primera es la acción; la segunda, la palabra; y la tercera, la oración. En estas tres formas se encierra la plenitud de la misericordia y es un testimonio indefectible del amor hacia mí. De este modo el alma alaba y adora mi misericordia». 4. La actitud del amor activo hacia el prójimo es otra condición para recibir gracias: «Si el alma no practica la misericordia de alguna manera no conseguirá mi misericordia en el día del juicio. Oh, si las almas supieran acumular los tesoros eternos, no serían juzgadas, porque la misericordia anticiparía mi juicio». 5. El Señor Jesús desea que sus devotos hagan por lo menos una obra de misericordia al día. «Debes saber, hija mía que mi Corazón es la misericordia misma. De este mar de misericordia las gracias se derraman sobre todo el mundo. Deseo que tu corazón sea la sede de mi misericordia. Deseo que esta misericordia se derrame sobre todo el mundo a través de tu corazón. Cualquiera que se acerque a ti, no puede marcharse sin confiar en esta misericordia mía que tanto deseo para las almas». Santa Faustina Kowalska consiguió lo que había querido: Juan Pablo II en su canonización anunció: «En todo el mundo, el segundo domingo de Pascua recibirá el nombre de domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al genero humano en los años venideros» (la encíclica dedicada a Dios Padres se llamó «Dives in misericordia», “Rico en misericordia”). La liturgia del segundo domingo de Pascua y las lecturas del breviario siguen siendo las mismas, pero ya en ellas se ve esta devoción latente.

b) Aquí el texto rezuma optimismo, seguramente debido a la conducta ejemplar de algunos como Bernabé, que daban el tono que aquí se indica, de compartir todo. La Virgen, con el Espíritu Santo, es la gran protagonista de estos momentos (cf. J. M. Montforte): Desde la mañana de la resurrección, ella sin aparecer en el relato, constituye el ambiente de familia de la Iglesia con sus delicadezas maternales. Pienso que a quien primero se le aparece Jesús es a ella, en la intimidad de su corazón, como luego veremos. «¿Qué hizo María en esos cuarenta días que median entre la Resurrección y la Ascensión de Jesús? Sabemos por los relatos evangélicos las apariciones del Resucitado a sus discípulos tanto en Jerusalén, como en Judea y Galilea. La fe de los suyos, sin duda, tras haberse tambaleado, se robusteció. Jesús no era sólo el Redentor y Salvador de Israel, era también el Hijo de Dios. Antes le llamaban «Rabbí» (Maestro): ahora comienzan a llamarle -como lo hizo ya Tomás- «Señor mío» y «Dios mío»». Estaban con miedo, quizá también porque la acusación de profanar la tumba (robar el cuerpo del Señor) era grave, y estaba castigada con la muerte. Luego, las apariciones, Galilea y «tras la Ascensión, los discípulos y María vuelven a Jerusalén llenos de alegría. Ahora era distinto que en la Ultima Cena, porque sabían que el Señor les acompañaría siempre, aunque ya no podrían hablarle como hasta ahora… Ahora, María, la «Madre de Jesús» era para aquellos discípulos algo más, porque Él era ya «el Señor». Además para Ella fue un añadido a su alegría saber que muchos de los parientes y vecinos de Nazaret que «no habían creído» antes, están ahora en el grupo de los fieles. Para Ella ahora todos estos eran «hijos suyos», se unieron a María en el terreno espiritual. Con el encargo de su Hijo desde la Cruz… conocía los sentimientos y la misión de Jesús, de manera que todo el amor de María se concentró en la obra de Jesús. Cuando los discípulos comenzaron a rezar en la espera de la venida del Espíritu, Ella rezaba y se unía a la oración de los apóstoles en aquellas delicadas y decisivas circunstancias». Los Apóstoles, obedeciendo la orden recibida de Jesús antes de su partida hacia el Padre, se habían reunido allí y «perseveraban… con un mismo espíritu» en la oración. «Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que está cerca de Jerusalén, a la distancia de un camino permitido en sábado. Y cuando llegaron subieron al Cenáculo donde vivían Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón el Zelotes, y Judas el de Santiago» (Act 1,12-13). No estaban solos, pues contaban con la participación de otros discípulos, hombres y mujeres. «Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María la Madre de Jesús y sus hermanos» (Act 1,14). Con estas sencillas palabras el autor sagrado, señala la presencia de la Madre de Cristo en el Cenáculo, en los días de preparación para Pentecostés. «Fue nuevamente el Espíritu Santo quien elevó a María, en alas de la más ferviente caridad, al oficio de Orante por excelencia en el Cenáculo, donde los discípulos de Jesús estaban en espera del prometido Paráclito. Así es como Ella está presente con los Doce, «en el amanecer de los «últimos tiempos» que el Espíritu va a inaugurar en la mañana de Pentecostés con la manifestación de la Iglesia»».

«Pensemos ahora en aquellos días que siguieron a la Ascensión, en espera de la Pentecostés. Los discípulos llenos de fe por el triunfo de Cristo resucitado y anhelantes ante la promesa del Espíritu Santo, quieren sentirse unidos, y los encontramos «cum Maria matre Iesu», con María, la madre de Jesús. La oración de los discípulos acompaña a la oración de María: era la oración de una familia unida» (san Josemaría Escrivá). San Lucas nombra a María, la Madre de Jesús, entre estas personas que pertenecían a la comunidad originaria de Jerusalén, y lo hace sin añadir nada de particular respecto a Ella. «Esta vez quien nos transmite ese dato es San Lucas, el evangelista que ha narrado con más extensión la infancia de Jesús. Parece como si quisiera darnos a entender que, así como María tuvo un papel de primer plano en la Encarnación del Verbo, de una manera análoga estuvo presente también en los orígenes de la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo» (id.). Es decir, así como la venida al mundo del Hijo de Dios es presentada en estrecha relación con la persona de María, así también ahora se presenta el nacimiento de la Iglesia vinculado con Ella. La simple constatación de su presencia en el Cenáculo de Pentecostés basta para hacernos entrever toda la importancia que Lucas atribuye a este detalle. «María aparece, pues, en el libro de los Hechos como una de las personas que participan, en calidad de miembro de la primera comunidad de la Iglesia naciente, en la preparación para Pentecostés. En el momento de la Anunciación María ya experimentó la venida del Espíritu Santo y fue asociada de modo único e irrepetible al misterio de Cristo. Ahora, en el Cenáculo de Jerusalén, cuando mediante los acontecimientos pascuales el misterio de Cristo sobre la tierra llegó a su plenitud, María se encuentra en la comunidad de los discípulos para preparar una nueva venida del Espíritu Santo, y un nuevo nacimiento: el nacimiento de la Iglesia».

Unida a la Iglesia, formando en su corazón la nueva familia de Jesús, con los «discípulos» de su Hijo, es tipo y ejemplar acabadísimo de la misma Iglesia en la fe y en la caridad. La oración de María en el Cenáculo, como preparación a Pentecostés, tiene un significado especial, precisamente por razón del vínculo con el Espíritu Santo que se estableció en el momento del misterio de la Encarnación. Desde Pentecostés –donde «todos quedaron llenos del Espíritu Santo» (Act 2,4)- María quedó para siempre unida al camino de la Iglesia. “La comunidad apostólica tenía necesidad de su presencia y de aquella perseverancia en la oración, en compañía de la Madre del Señor. Se puede decir que en aquella oración «en compañía de María» se trasluce su particular mediación, nacida del Amor y de la plenitud de los dones del Espíritu Santo”. San Agustín lo expresaba así: «cooperó con su caridad para que nacieran en la Iglesia los fieles, miembros de aquella cabeza, de la que es efectivamente madre según el cuerpo». María, esposa del Espíritu Santo, imploraba Su venida a la Iglesia, nacida del costado de Cristo atravesado en la cruz, y ahora a punto de manifestarse al mundo. «Desde el primer momento de la vida de la Iglesia, todos los cristianos que han buscado el amor de Dios, ese amor que se nos revela y se hace carne en Jesucristo, se han encontrado con la Virgen, y han experimentado de maneras muy diversas su maternal solicitud. La Virgen Santísima puede llamarse con verdad madre de todos los cristianos» (san Josemaría).

c) Hoy vemos el testimonio de la Resurrección con el desprendimiento del dinero, el compartir los bienes y la atención a los hermanos reales, con la oración y la alegría. Hoy, domingo de la divina misericordia, vayamos con confianza a la Virgen, como escuchó san Josemaría en corazón que a ella se aplicaban las palabras de la Escritura, «vayamos con confianza al trono de la gracia para conseguir misericordia», sólo que escuchó en lugar de «gracia» «gloria», pues eso, «adeamus cum fiducia ad thronum gloriae…» Vayamos con alegría y confianza a María, Señora Nuestra, que es Trono de la gloria de Dios, «ut misericordiam consequamur»: para que tenga misericordia de la humanidad, de la Iglesia, y de cada uno de nosotros. La misericordia de Dios se extiende de generación en generación, como cantó María y recordaba en nuestra época Juan Pablo II: «Di gracias por lo que la divina misericordia ha realizado en el siglo XX, gracias a la intercesión materna de María. A la luz de las apariciones de Fátima, los acontecimientos de este período histórico tan convulso asumen una elocuencia singular. Por eso, no es difícil comprender mejor cuánta misericordia ha derramado Dios sobre la Iglesia y sobre la humanidad por medio de María».

La vida del hombre transcurre y se realiza entre sueños y realidades. Cualquier proyecto de vida lleva consigo una carga de utopía que luego puede contrastar con la realidad conseguida. Y aquí vemos ese sueño que con la Virgen, nuestra esperanza, se va haciendo realidad en la historia, el mandamiento nuevo del amor, el vínculo de la nueva familia de Jesús, de los hijos de Dios, en unidad de corazón y Espíritu.

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