Santo del Día

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San Cleto (Anacleto), 26 de abril.

Cada 26 de abril, la Iglesia Católica celebra a dos santos que vivieron en tiempos diferentes -con dos siglos de distancia entre ellos-, pero que comparten el haber sido Primados de la Iglesia. Ellos son los papas San Anacleto y San Marcelino. San Anacleto fue el tercer pontífice de la Iglesia, después de San Pedro y San Lino. Al Papa Anacleto se le conoce también como “Cleto”, “Anacleto” o “Anencleto” (variaciones de su nombre en latín y en griego, causa de algunas confusiones). Fue el apóstol San Pedro quien lo conoció, lo bautizó y lo ordenó sacerdote en Roma. Junto a Lino, Anacleto estuvo entre los principales discípulos del primer Papa y posteriormente fueron sus sucesores. Papa Anacleto o Cleto De acuerdo al Liber Pontificalis o “Libro de los papas”, “Cleto” ocupó la cátedra de San Pedro durante los imperios de Vespasiano y Tito. No se tiene certeza sobre si nació en Roma o en Atenas. Como pontífice se ocupó de los necesitados reuniendo la limosna, alentó a los cristianos en medio de la persecución y ordenó un número importante  de sacerdotes. El inicio de su pontificado se sitúa entre los años 76 y 80, mientras que el final del mismo suele determinarse entre el año 88 y el 92. El nombre de “Cleto” aparece en el Canon Romano (Plegaria Eucarística I) de la Santa Misa, siendo este nombre el más común para referirse a este Pontífice. La tesis de que sufrió el martirio se ve fortalecida precisamente por ser parte de la selecta lista del Canon. Su cuerpo se conserva en la basílica de San Pedro en el Vaticano.

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San Marcos Evangelista, 25 de abril.

Cada 25 de abril, la Iglesia Católica celebra la fiesta de San Marcos Evangelista, discípulo del apóstol San Pedro y autor del segundo Evangelio que aparece en el Nuevo Testamento. San Marcos es patrono de la ciudad de Venecia (Italia), de los abogados y de quienes hacen vitrales. El León Alado Como al resto de Evangelistas, la tradición ha caracterizado a San Marcos con uno de los símbolos o figuras tomados de un conocido pasaje del libro del Apocalipsis, texto escrito por el apóstol San Juan. Dice la Escritura: «El primer Ser Viviente se parece a un león, el segundo a un toro, el tercero tiene un rostro como de hombre y el cuarto es como un águila en vuelo» (Ap 4, 7). A San Marcos la tradición lo ha identificado simbólicamente con el león, el más fuerte entre los animales, representado además portando alas como si se tratase de un ave, con la muy probable intención de evocar elevación espiritual. La elección del león como figura parece aludir de manera directa a la forma como Marcos da inicio a su narración del Evangelio. El inicio del relato evangélico En primer lugar, Marcos nos presenta a Juan el Bautista, “la voz que clama en el desierto”, expresión que bien puede asociarse con la figura del león y su estruendoso rugido. En segundo lugar, el desierto al que alude el texto -en el que el Bautista predicó- es el que rodea al río Jordán, zona donde abundan las bestias y cuyo señor es el león. El desierto, por lo demás, compone el paisaje de fondo que rodea siempre la vida (obras) y dichos de Jesús de Nazaret en su paso por la tierra. Amistad y cercanía con los apóstoles Pedro y Pablo San Marcos fue originario de la zona de Jerusalén y, como tal, perteneció al pueblo judío. En los Hechos de los Apóstoles, Marcos aparece acompañando a Pablo y a Bernabé, su primo, rumbo a Antioquía, en el primer viaje misionero. Después los acompañaría también a la ciudad de Roma, capital del imperio. Posteriormente, Marcos vuelve a aparecer pero esta vez separado de ellos, en Perga, desde donde retornaría a casa. Más adelante, Bernabé también tomaría un rumbo distinto al de Pablo, en dirección a la isla de Chipre para reencontrarse con su primo, Marcos. Al parecer, como deja entrever el relato de San Lucas en los Hechos, el alejamiento de Marcos en ese viaje inicial no fue del total agrado de Pablo. Como sea, años después, el Apóstol de los gentiles y San Marcos se juntarían para emprender otro viaje misionero. El Evangelista Marcos, cabe resaltar, también hizo un largo periplo junto a San Pedro, acompañándolo hasta Roma. Quien fuera el primer Papa solía referirse a él como “mi hijo”, evidenciando la relación de confianza y cercanía que se tenían ambos. Los frutos de esa estrecha amistad pueden verse en la manera como Marcos elabora su relato sobre la vida de nuestro Señor. El santo logró plasmar de manera notable el testimonio directo del mayor de los apóstoles, Pedro, incluso con el dramatismo de sus aciertos y sus caídas. Así, el Evangelio de Marcos contribuye enormemente a la comprensión de la divinidad de Jesús, gracias al énfasis puesto en cómo el Señor era capaz de perdonar y en su pedagogía, plasmada en cada uno de sus milagros.

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San Fidel de Sigmaringa, 24 de abril.

Cada 24 de abril, la Iglesia recuerda a San Fidel de Sigmaringa (San Fidelis de Sigmaringen), sacerdote capuchino alemán, primer mártir de la “Sagrada Congregación de Propaganda Fide” (rebautizada por el Papa San Juan Pablo II como “Congregación para la Evangelización de los Pueblos”, debido a la connotación negativa que adquirió el término “propaganda” durante el siglo XX). A San Fidel se le conoce como el gran predicador del Evangelio en el país de los ‘grisones’ (hoy, uno de los cantones de Suiza), especialmente entre los seguidores de Ulrico Zuinglio, líder de la Reforma Protestante en esas tierras. Su vida religiosa estuvo marcada por su generosidad, acompañada de un espíritu constante de penitencia y servicio. En busca de la verdadera justicia: ‘el abogado de los pobres’ Fidel nació en 1577 en una pequeña ciudad alemana a orillas del Danubio llamada Sigmaringa. Dejó su país natal y se trasladó a Suiza, donde murió martirizado en 1622. Su nombre de pila fue Markus Rey (tenía ascendencia española). Perteneció a una familia  noble y recibió una educación privilegiada en la prestigiosa Academia Archiducal de Friburgo en Brisgovia. Allí destacó como estudiante, llegando a dominar el latín, el francés y el italiano. Se graduó muy joven como doctor en Derecho Civil y Canónico. Después de haber obtenido las licencias, se dedicó a abogar por aquellos que no podían costear una defensa legal, por lo que recibió el calificativo de “el abogado de los pobres». A los 35 años dejó la carrera de derecho tras una frustrante experiencia en la que se le ofreció un soborno, que rechazó, como correspondía, pero que le significó una decepción terrible sobre la justicia terrenal: corrupción, prebendas, juegos de interés, manipulación. Fidel -nombre que adquiriría en la vida religiosa- comenzó un acercamiento a Dios muy fuerte y decidió hacerse fraile capuchino. Después de recibir los votos en Friburgo (Alemania), siendo ya sacerdote, repartió sus bienes entre los pobres y la diócesis a la que fue adjudicado. Fidel organizó un fondo para costear los estudios de los seminaristas pobres. Que el hermano que está lejos, vuelva En Friburgo logró la conversión de muchos protestantes, en buena parte gracias a su predicación “elocuente, de buen sentido, concienzuda”, tal y como lo testimonian algunos de sus biógrafos. Gran impresión dejó entre la gente cuando la peste del cólera golpeó la ciudad, pues se dedicaba día y noche a asistir a los enfermos. Para el santo, la cuestión era hacer presente a Dios en esos momentos cuando justamente “parece” que no está. San Fidel alternó la predicación con el cargo de guardián. Sucesivamente trabajó en los conventos de Friburgo, Rheinfelden y Feldkirch. Presidiendo la comunidad de este último, fue destinado a la misión de la Alta Rezia en Suiza, donde encontraría el martirio. El 24 de abril del año 1622, después de reunirse a dialogar en Seewis con un grupo de líderes protestantes, habiendo predicado en aquella reunión con gran acierto, un grupo de hombres de la comuna lo emplazó violentamente y le exigió que abjurara de la fe católica. El santo se negó rotundamente a hacerlo y fue derribado a tierra desde el caballo que montaba. La turba enloqueció y el fraile terminó asesinado a puñaladas y golpes de espada. San Fidel de Sigmaringa fue canonizado el 26 de junio de 1746 por el Papa Benedicto XIV.

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San Jorge, 23 de abril.

Cada 23 de abril la Iglesia Católica celebra a San Jorge, santo de los primeros siglos de la cristiandad, cuya devoción está extendida universalmente. La fama de San Jorge creció durante la Alta Edad Media y hoy sigue evocando, como antaño, importantes aspectos de la virtud cristiana, especialmente aquellos necesarios para enfrentar la lucha diaria contra el maligno, como el valor y la fortaleza. San Jorge fue un soldado romano convertido a la fe en Jesucristo que terminó siendo ejecutado en Nicomedia (capital de Bitinia, hoy Turquía) a causa de su fe. Se cree que fue decapitado, por lo que se le cuenta entre los mártires. Vivió aproximadamente entre los años 275/280 y 303. Muchos se refieren a San Jorge como “el santo del Papa Francisco”, por la devoción que el Sumo Pontífice le profesa desde hace décadas. San Jorge es también Patrono de Armas de Caballería del Ejército de Argentina, país natal del Santo Padre. Protector en la lucha contra el mal San Jorge nació en Lydda, Palestina, la tierra de Jesús. Su padre fue un agricultor muy estimado. Ingresó al ejército imperial romano y, gracias a su carisma y capacidad de liderazgo, ascendió rápidamente en la milicia. Cuenta la tradición que el santo, llegado a una antigua ciudad en Oriente, se encontró con una población atemorizada por un gigantesco lagarto (o, quizás, un caimán o cocodrilo) que solía atacar los poblados cercanos y que se creía había devorado a algunos habitantes. Nadie se había atrevido a enfrentarlo. Cuando San Jorge tuvo noticia de este problema, buscó a la bestia, la enfrentó y la venció. Los lugareños, llenos de admiración por lo sucedido, vieron al soldado dar gracias a Dios e invocar el nombre de Jesucristo a quien ofreció la victoria, tras lo cual, muchos decidieron seguir su ejemplo y se hicieron cristianos. En ese entonces, el emperador Diocleciano -bajo cuyo mando estaba Jorge- inició una persecución contra los cristianos. Al enterarse de que Jorge y otros soldados se habían convertido a la “nueva religión”, ordenó que todos los miembros de la milicia adoraran a los ídolos romanos en público y prohibió que se reverencie a Jesucristo. Jorge desobedeció el mandato del emperador y declaró que nunca dejaría de amar y honrar a Jesús, su único Dios y Señor. La negativa del santo produjo una violenta reacción del emperador, quien lo condenó a muerte. Jorge fue llevado al templo y puesto frente a los ídolos a ver si se arrepentía de su actitud y finalmente los adoraba. Sin embargo, San Jorge no dio un paso atrás. Entonces el santo fue sometido al castigo. Mientras le daban de latigazos, empezó a recordar los azotes que recibió Jesús, y cómo el Señor nunca abrió la boca para proferir queja o insulto. Jorge aguantó cuanto pudo en completo silencio. Quienes presenciaron la agonía del santo quedaban impresionados por su fortaleza y decían entre sí: «En verdad vale la pena ser seguidor de Cristo». San Jorge, agonizante, al escuchar que le cortarían la cabeza, dio gracias a sus verdugos: sin desearlo aseguraban que iría al cielo, junto a Dios. Las huellas del guerrero A San Jorge se le representa generalmente montado en un caballo, con traje y armadura militar de estilo medieval, portando una palma, una lanza y un escudo. También se le representa al lado de una bandera blanca marcada con una cruz roja, estampada de extremo a extremo -ícono de los cruzados-. A veces, esa bandera aparece tallada en su escudo. Estos detalles son una constante en cuadros, pinturas y esculturas. Inglaterra tiene como estandarte la Bandera de San Jorge, símbolo de que el santo es patrono de la nación. También es patrono de los Boys Scouts; así como de los agricultores, arqueros, escultores, herreros, prisioneros, trabajadores circenses, montañeros, soldados, etc. entre otros numerosos patronazgos. En muchos lugares se le venera como el protector de los animales domésticos.

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San Leónidas de Alejandría, 22 de abril.

Fue un santo mártir cristiano, nacido en Alejandría a mediados del Siglo III, quien padeció persecución, martirio y muerte por orden del emperador Romano Séptimo Severo. Es el santo que conmemoramos el 22 de abril. San Leónidas de Alejandría, se destacó por haber sido un cristiano ejemplar y entregado a su fe, por su sabiduría y elocuencia a través de la cual se constituyó en un referente en la incipiente filosofía cristiana que apenas comenzaba a expandirse por los territorios dominados por el imperio Romano. La sabiduría y elocuencias de San Leónidas de Alejandría se hacían palpables a través de su dedicación religiosa, profesando la fe cristiana que impartía y proyectaba con el ejemplo diario, especialmente hacia su familia, de la cual, nacería uno de los Padres de la Iglesia y santo, llamado Orígenes, cuya vida santa y extraordinarios aportes a la iglesia, de seguro, tuvieron sustento en las enseñanzas de su generoso padre San Leónidas. Tras los decretos de persecución a los cristianos, impartidos por el emperador Romano Séptimo Severo, no escapó San Leónidas de Alejandría de ser blanco de tales persecuciones, por lo que Leto, entonces Gobernador de Egipto, emitió la orden de arresto en su contra, y al ejecutarla, incluiría igualmente, la confiscación de todos sus bienes, para dejar a su familia en la ruina. San Leónidas de Alejandría, padre de Orígenes, fue arrestado y llevado a ejecutar, y Orígenes, su hijo mayor, que contaba con 17 años, quiso seguirle, pero le fue impedido por su madre, una sabia decisión, ante lo que sería la misma suerte para padre e hijo y Orígenes, fue luego un extraordinario aporte para el cristianismo y las bases de la Iglesia Católica. “Fieles Siempre en Jesucristo, no te preocupes por nosotros”, fueron las sabias palabras de su Hijo Orígenes, cuando la guardia romana se llevaba preso a San Leónidas de Alejandría, quien, luego de encomendar su alma y sacrifico a Dios, murió como mártir cristiano, decapitado en el año 204.

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San Anselmo de Canterbury, 21 de abril.

Cada 21 de abril la Iglesia Católica celebra a San Anselmo de Canterbury, monje benedictino del siglo XI nacido en Aosta (Italia), quien llegaría a ocupar la sede de Canterbury, en Inglaterra, donde fue arzobispo entre 1093 y 1109. El Papa Benedicto XVI describía a Anselmo como un hombre movido por un intenso amor al conocimiento, y, al mismo tiempo, un pensador muy consciente de las limitaciones humanas: “La tradición cristiana [le] ha dado el título de ‘doctor magnífico’, porque cultivó un intenso deseo de profundizar en los misterios divinos, pero plenamente consciente de que el camino de búsqueda de Dios nunca se termina, al menos en esta tierra”. San Anselmo de Aosta -como también se le conoce- fue un destacado teólogo y filósofo, considerado “padre de la escolástica” y “fundador de la teología escolástica” (la escolástica fue un movimiento cultural y educativo que se sostiene en el principio de que la fe y la razón no son incompatibles). Fue proclamado Doctor de la Iglesia en el siglo XVIII en virtud a su brillante itinerario intelectual y espiritual, en el que logró establecer con maestría los puentes que unen a la fe y razón, o a la teología con la filosofía. Como teólogo, se le recuerda por su defensa de la Inmaculada Concepción y la Encarnación; y, como filósofo, por el desarrollo del célebre “argumento ontológico” para demostrar la existencia de Dios. «Dios, te lo ruego, quiero conocerte, quiero amarte y poder gozar de ti. Y si en esta vida no soy capaz de ello plenamente, que al menos cada día progrese hasta que llegue a la plenitud» (San Anselmo, Proslogion, cap. 14). Por su talla intelectual, Anselmo puede ser considerado como el poseedor de la mente más poderosa de la Edad Media hasta Santo Tomás de Aquino -de quien fue precursor en la discusión filosófica sobre la existencia de Dios-, puesto que la Iglesia no había tenido un pensador metafísico de tan alto nivel desde San Agustín (354-430). Es, además, uno de los autores más leídos y estudiados de todos los tiempos, especialmente entre lógicos y apologetas, o, simplemente, entre quienes desean dar razón de su fe o conocerla mejor. Anselmo nació en el año 1033, en Aosta del Piemonte (Alpes italianos). Su educación fue encargada a los monjes benedictinos. Tras la muerte de su madre y a consecuencia de una mala relación con su padre, Anselmo abandonó su casa y emigró al otro lado de los Alpes. En 1060, con 27 años, ingresó al monasterio de Bec (Normandía) donde se hizo discípulo y gran amigo de Lanfranco de Pavía, prior del monasterio, quien sería su predecesor como arzobispo de Canterbury (Inglaterra). Tres años más tarde, en 1063, Anselmo se convertiría en prior de Bec, después de que Lanfranco fuera enviado a hacerse cargo de la Abadía de los Hombres (Caen, Normandía). Dos alas para elevarse al conocimiento de la verdad: fe y razón Siendo prior de Bec, el santo compuso sus dos obras más conocidas, las que han servido por siglos como modelo de integración entre filosofía y teología, e inspiración en el desarrollo de la Teología Natural, disciplina filosófica: el Monologium (meditaciones sobre las razones de la fe), en el que están desarrolladas un conjunto de demostraciones metafísicas de la existencia de Dios; y el Proslogium (meditaciones de la fe que busca la inteligencia), obra dedicada a los atributos de Dios que pueden ser conocidos a través de la sola razón.

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Santa Inés de Montepulciano.

Cuando ella tenía 15 años, la superiora de aquella comunidad fue trasladada a fundar un convento en otra ciudad, y pidió que le dejaran llevar como principal colaboradora a Inés, porque era una joven de una extraordinaria responsabilidad en todo lo que hacía. Y sucedió por aquellos tiempos que las gentes de Montepulciano dispusieron crear unas casas para religiosas. Pidieron que les fuera enviada como superiora del nuevo convento la joven Inés, cuya santidad ya era notoria en todos los alrededores. Ella siendo tan joven, aceptó el cargo porque confiaba en que Dios le iba a ayudar de maneras sorprendentes. Y así sucedió. Estaba Inés pensando a qué comunidad religiosa debía ella confiar a las monjitas de su nuevo convento, cuando una noche en una visión se le aparecieron en el mar muchas barcas con distintos patronos, invitándola a navegar en ellas. Pero una barca tenía por piloto a Santo Domingo de Guzmán y este santo le decía: «Es voluntad de Dios que tú viajes en la barca de la Comunidad Dominicana». Desde entonces se propuso afiliar a sus religiosas a la Comunidad de padres Dominicos. Y así ella llegará a ser una de las glorias de esta comunidad, y lo mismo lo será su gran devota, Santa Catalina de Siena. Desde muy joven ayunaba casi todos los días y dormía en el duro suelo y tenía por almohada una piedra. Después la salud se le resintió y por orden del médico tuvo que suavizar esas mortificaciones. San Raimundo cuenta que Dios le permitía visiones celestiales, que un día logró ver cómo era Jesús cuando era Niño. Otra vez estando la despensa del convento desprovista y no habiendo alimentos para las monjas, ella rezó con fe y la despensa apareció llena de comestibles. La veían levantada por los aires mientras le llegaban los éxtasis de la oración. Un ángel se le apareció ofreciéndole un cáliz de amargura y le dijo: «Como Jesús, en esta tierra tendrás que beber el cáliz de la amargura, pero para la eternidad te espera la corona de gloria que nunca se marchita». Santa Catalina de Siena que fue a Montepulciano a visitar el cadáver de Santa Inés, el cual después de 30 años, todavía se encontraba incorrupto, profesaba una gran veneración a esta santa y en una carta que escribió a las religiosas de esa comunidad les dice: «Les recomiendo que sigan las enseñanzas de la hermana Inés y traten de imitar su santa vida, porque dio verdaderos ejemplos de caridad y humildad. Ella tenía en su corazón un gran fuego de caridad, regalado por el mismo Dios, y este fuego le producía un inmenso deseo de salvar almas y de santificarse por conseguir la salvación de muchos. Y después de la caridad lo que más admiraba en ella era su profunda humildad. Siempre oraba y se esforzaba por conservar y aumentar estas dos virtudes. Y lo que le ayudaba mucho a crecer en santidad era que se había despojado de todo deseo de poseer bienes materiales o de darle gusto a sus inclinaciones sensuales, y el dominar continuamente su amor propio. Su corazón estaba totalmente lleno de amor a Cristo Crucificado, y este amor echaba fuera los amores mundanos y los apegos indebidos a lo que es terrenal. Ella ofrecía en sacrificio a Dios su propia sensualidad. Para esta buena religiosa el mejor tesoro era Cristo crucificado, en quien meditaba siempre y a quien tanto amaba». Hermoso relato redactado por una gran santa, acerca de otra santa también muy admirable.San Raimundo cuenta que muchos testigos le declararon haber presenciado hechos milagrosos en la vida de Santa Inés. Cuando estaba moribunda, oyó que sus religiosas lloraban y les dijo emocionada: «Si en verdad me aman, alégrense de que voy al Padre Dios a recibir su herencia eterna. No se afanen que desde la eternidad las encomendaré siempre». Murió en el mes de abril del año 1317 a la edad de 49 años, y en su sepulcro se han obrado muchos milagros. 

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San Expedito.

Santo de la Causas Justas y Urgentes Es contemporáneo de Santa Filomena, y su martirio ocurrió el 19 de Abril del año 303. Vivió a principios del siglo IV bajo el imperio de Diocleciano, emperador que años más tarde lo mandaría a matar. Era el comandante de una legión de soldados romanos. Por orden del emperador Diocleciano, fue sacrificado en Melitene, sede de una de la Provincias Romanas en Armenia. Junto con él murieron sus compañeros de armas: Caio, Gálatas, Hermógenes, Aristónico y Rufo. A pesar de ser un soldado romano, encargado de defender el Imperio de Roma, cierto día, la gracia de Dios tocó su corazón y se convirtió al Cristianismo. Según dicen en el momento de la conversión un cuervo trató de persuadirlo que lo dejase para MAÑANA. Como buen soldado, san Expedito reaccionó enérgicamente aplastando al cuervo diciendo repetidas veces HOY. No dejaré nada para MAÑANA, a partir de HOY seré cristiano. San Expedito es reconocido por el Don para resolver necesidades urgentes pero también es Patrono de los Jóvenes, Socorro de los Estudiantes, Mediador en los Procesos y Juicios, Salud de los Enfermos, Protector en los Problemas de Familia, Laborales y Negocios, pudiendo ser invocado en otros casos.

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San Francisco Solano.

Francisco Solano, llamado «el Taumaturgo del nuevo mundo», por la cantidad de prodigios y milagros que obtuvo en Sudamérica, nació en 1549, en Montilla, Andalucía, España. Su padre era alcalde de la ciudad, y el jovencito desde muy pequeño se caracterizó por su habilidad en poner paz entre los que se peleaban. Cuando había algún duelo a espada, bastaba que Francisco corriera a donde los combatientes a suplicarles que no se pelearan más, para que hicieran las paces. De los tres santos canonizados que con su presencia santificaron estas tierras de América, San Luis Beltrán, San Pedro Claver y San Francisco Solano, este último es el que con más razón merece el título de apóstol de este Nuevo Mundo, tanto por la extensión de su labor misional como por las huellas que dejó de su paso. San Luis Beltrán no hizo sino abordar a las costas insalubres y deshabitadas de Santa Marta, evangelizó a las tribus errantes de los bordes del Magdalena y a los pocos años volvióse a España. San Pedro Claver se encerró dentro de los muros de Cartagena y allí vivió hasta su muerte, hecho esclavo de los esclavos. Solano, en cambio, recorrió gran parte del Perú de entonces y ha dejado recuerdos de su tránsito en cinco repúblicas de este continente. Había nacido el 10 de marzo de 1549 en la pequeña ciudad de Montilla, en la Andalucía, del matrimonio de Mateo Sánchez Solano y Ana Jiménez Hidalga. Sus padres eran acomodados y cuando el niño estuvo en edad de estudiar lo entregaron a los jesuitas, que tenían entonces un colegio en el lugar. Allí aprendió las letras humanas y allí también sintió despertarse su vocación. A los veinte años, en plena adolescencia, decide vestir el sayal franciscano y acude al convento de San Lorenzo, en las afueras, donde el guardián, fray Francisco de Angulo, le abre las puertas de aquel cenobio, en donde va a poner los fundamentos de su futura santidad. Dios, en efecto, le había escogido para santo. Por entonces los franciscanos habían sentido renovarse su fervor y anhelaban imitar más de cerca a Jesucristo, siguiendo las huellas del Pobrecillo de Asís. Solano, desde los primeros días de su vida religiosa, sintió en su corazón arder esta llama, se determinó a abrazarse estrechamente con Cristo, siguiendo desnudo al desnudo Jesús. Hizo su profesión el 25 de abril de 1570 y verdaderamente renunció a todo para vivir unido a su modelo. Unos años más tarde dejaba Montilla y se trasladaba al convento de Nuestra Señora de Loreto, en las proximidades de Sevilla, donde alternó el estudio de las ciencias sagradas con la oración y la penitencia. Escogió para vivienda la celda más pequeña e incómoda del convento, bien próxima al coro, en donde pasaba buena parte de su tiempo. Allí recibió la unción sacerdotal y un 4 de octubre cantó su primera misa en la capilla de la Virgen, hallándose presente su padre, que muy poco después dejaba este mundo. Como tenía buena voz y era muy aficionado a la música, arte que podemos decir cultivó toda su vida, le nombraron vicario de coro y predicador. La muerte de su progenitor y la ceguera de que adoleció su madre le obligaron a volver a Montilla, pero transformado en otro hombre. De su breve estancia en su ciudad natal quedó indeleble recuerdo. Aquel joven franciscano, «no hermoso de rostro, moreno y enjuto», como nos lo describe uno de sus contemporáneos, se atrajo las miradas de todos por el espíritu con que hablaba y la santidad que emanaba de todo su ser. Aún se cuenta que hizo varias curaciones, pero el más evidente indicio de su ascendiente sobrenatural nos lo da el hecho de haber pedido la marquesa de Priego, la señora del lugar, un hábito de fray Francisco para que le sirviese de mortaja. Tan sólidas eran ya sus virtudes que los superiores de la Orden le enviaron a Arrizafa, en las cercanías de Córdoba, a fin de que en esa recolección ejerciese el cargo de maestro de novicios. Nadie mejor que él para servir de guía a quienes aspiraban a realizar íntegramente el ideal del fraile menor. Tres años vivió en este convento y en 1581 pasa a San Francisco del Monte, monasterio escondido entre los breñales de la Sierra Morena. En aquella soledad su espíritu se expande y se une más estrechamente a Dios. No olvida, sin embargo, a sus hermanos, y, cuando la peste diezma a los vecinos de Montoro, acude solícito a ayudar a los enfermos a bien morir y a curar a los atacados del mal. Le acompaña un buen hermano lego, fray Buenaventura, que al fin sucumbe también a los rigores de la peste, y Solano continúa asistiendo a sus hermanos dolientes en la iglesia de San Sebastián, transformada en hospital, donde aún se conserva un cuadro que recuerda su caridad. Se le nombra guardián del convento y a los tres años se le envía al convento de San Luis de la Zubia, en la vega de Granada. Aquí termina su labor en España, porque en 1588 solicita pasar a América en compañía del padre comisario, fray Baltasar Navarro, que ha venido en busca de misioneros. Ciérrase entonces la primera etapa de su vida; la segunda le verá en las apartadas regiones del Tucumán, convertido en misionero de indios, hasta el año 1602, en que se le ordena volver al Perú, donde estaba la estricta observancia de los recoletos y donde fallece en 1610. Estas tres etapas en que podemos dividir su vida son bien marcadas y cada una de ellas tiene su carácter peculiar. En España ha alternado el estudio de la perfección religiosa con el de las ciencias y los cargos de gobierno con el ministerio apostólico, pero esto último lo hace sólo a intervalos y no de una manera metódica y continua. Es la etapa de preparación y en la cual se macizan sus virtudes. Cuando tome la carabela que le ha de conducir a

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Beata María de la Encarnación.

He aquí una madre de seis hijos, que pudo llevar a su país tres nuevas comunidades religiosas, y de llegar a tener tres hijas religiosas y un hijo sacerdote, además de dos hijos comprometidos en la fe católica y padres de familia. Nació en París en 1565 de noble familia. Sus padres deseaban mucho tener una hija y después de bastantes años de casados no la habían tenido. Prometieron consagrarla a la Sma. Virgen y Dios se la concedió. Tan pronto nació la consagraron a Nuestra Señora y poco después fueron al templo a dar gracias públicamente a Dios por tan gran regalo. De jovencita deseaba mucho ser religiosa, pero sus padres, por ser la única hija, decidieron que debería contraer matrimonio. Ella obedeció con humildad, y se casó con Pedro Acarí, esmerandose por ser la mejor esposa y madre, y educando a sus seis hijos en lo espiritual. Desde los primeros años de su matrimonio dispuso llevar una vida de mucha piedad en su hogar. Al personal de servicio le hacía rezar ciertas oraciones por la mañana y por la noche, y a la vez que les prestaba toda clase de ayudas materiales, se preocupaba mucho porque cada uno cumpliera muy bien sus deberes para con Dios. La bondad de su corazón alcanzaba a todos: alimentaba a los hambrientos, visitaba enfermos, ayudaba a los que pasaban situaciones económicas difíciles, asistía a los agonizantes, instruía a los que no sabían bien el catecismo, trataba de convertir a los herejes, a los que habían pasado a otras religiones y favorecía a todas las comunidades religiosas que le era posible. Su marido a veces se disgustaba al verla tan dedicada a tantas actividades religiosas y caritativas, pero después bendecía a Dios por haberle dado una esposa tan santa. Al fallecer su esposo, María empezó a dedicarse con más devoción a las labores espirituales, en especial a una, que le ha sido revelada por una visión divina de Santa Teresa: el tener que esforzarce para que la comunidad de las carmelitas logre llegar a Francia. Desde esa fecha, la beata se dedica a conseguir los permisos para que las Carmelitas puedan entrar a su país. Pero las dificultades que se le presentan son muy grandes, pues hay leyes que prohiben la llegada de nuevas comunidades. María habla con el rey y con el arzobispo, pero cuando todo parece ya estar listo, de nuevo se les prohibe la entrada. Una nueva aparición de Santa Teresa viene a recomendarle que no se canse de hacer gestiones para que las religiosas carmelitas puedan entrar a Francia, porque esta comunidad va a hacer grandes labores espirituales en ese país. Al llegar San Francisco de Sales a Francia, y al saber de las gestiones de María, se convierte en su mejor aliado y habla con las más altas personalidades para ayudarla a conseguir los permisos que necesitan. Finalmente, con la colaboración de todos, logran que el Papa Clemente VIII envie un decreto permitiendo la entrada de las hermanas a Francia. En 1604 llegaron a París las primeras hermanas Carmelitas. Iban dirigidas por dos religiosas que después serían beatas: la beata Ana de Jesús y la Madre Ana de San Bartolomé. María con sus tres hijas las estaba esperando en las puertas de la ciudad. Poco después las tres hijas de María ingresaron al convento de las monjas carmelitas y luego ella también decidió ingresar a la orden, dedicandose a los oficios más humildes y a obedecer en todo como la más sencilla de las novicias. Al ser nombrada su hija como superiora del convento, la mamá de rodillas le juró obediencia. Los últimos años de la hermana María de la Encarnación (nombre que tomó en la comunidad) fueron de profunda vida mística y de frecuentes éxtasis. En abril de 1618 enfermó gravemente y quedó paralizada, y el 16 de ese mes, luego de un último éxtasis, falleció.

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