Santo del Día

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Santo Domingo Savio, 6 de mayo.

Nace en Riva de Chieri, Italia, en la humilde casita de los esposos Carlos y Brígida, el 2 de abril de 1842. Al año siguiente toda su familia se traslada a las colinas de Murialdo. Es un niño del pueblo, nacido en una familia profundamente cristiana y joven, pobre y repetidamente probada. El 8 de abril de 1849 hace su Primera Comunión. Muy temprano, vestido de fiesta, domingo se dirige a la Iglesia parroquial de Castelnuovo. Es el primero en entrar al templo y el último en salir. Aquel día fue siempre memorable para él. Arrodillado al pie del altar, con las manos juntas y con la mente y el corazón transportados al cielo, pronuncia los propósitos que venía preparando desde hacía tiempo: «Propósitos que yo, Domingo Savio, hice el año de 1849, a los siete años de edad, el día de mi Primera Comunión: 1. Me confesaré muy a menudo y recibiré la Sagrada Comunión siempre que el confesor me lo permita.2. Quiero santificar los días de fiesta.3. Mis amigos serán Jesús y María.4. Antes morir que pecar”.Estos recuerdos fueron la norma de todos sus actos hasta el fin de su vida. El 2 de octubre de 1854 conoce a Don Bosco. Este santo sacerdote lo guiará por el camino de la santidad juvenil, convirtiéndose en su padre, maestro y amigo. Lo lleva a estudiar a Turín. Tiene en ese momento 12 años y medio. Allí pasa su adolescencia, viviendo como pupilo con los muchachos pobres que el mismo Don Bosco recoge en su Oratorio. El 1 de marzo de 1857 su delicada salud se agrava. El médico aconseja que vaya a su casa y allí se reponga. Al despedirse de Don Bosco y de sus compañeros les dice: “Nos veremos en el paraíso”. Intuía que muy pronto iba a morir. Efectivamente, el 9 de marzo, postrado en la cama, en un momento se incorpora y le dice a su papá que lo asiste: “Papá, ya es hora”, y va repitiendo las oraciones de los moribundos que entre sollozos lee el papá. Luego parece adormecerse. Pasados algunos minutos entreabre los ojos y con voz clara y sonriente exclama: “Adiós, querido papá, adiós. ¡Oh, qué hermosas cosas veo!”, y expira con las manos juntas sobre el pecho, tan dulcemente que su padre cree que se adormece de nuevo. Tenía 14 años y 11 meses. A los dos años de su muerte, Don Bosco escribe un librito narrando la vida de este su querido alumno. De los hechos allí narrados son testigos todos sus compañeros; pero lo que no todos ellos conocen bien son las grandes motivaciones de la fe que orientaron la vida de Domingo Savio, cosa que sí conoce Don Bosco, ya que lo atendía en el sacramento de la Confesión y en la dirección espiritual. ¡Adolescente santo, de sólo 15 años de edad! El primero que a tan corta edad, sin ser mártir, fue declarado santo por el Papa Pío XII el 12 de junio de 1954. En esa ocasión el mismo Papa dijo: “Con admiración se descubren en él los maravillosos caminos de la gracia, y una adhesión permanente y sin reservas a las cosas del cielo que su fe percibía con rara intensidad”. Su antecesor, el Papa Pío XI dijo de él: “Pequeño, mejor aún, gran gigante del espíritu”. ¿Qué hizo de extraordinario este niño y adolescente para que la Iglesia lo eleve al honor de los altares y lo proponga como modelo de vida cristiana? Veamos los rasgos de su santidad Perfil de su niñez:Una vida en la presencia de Dios, a quien sentía vivo y presente en todo momento. Algunos ejemplos: Se levanta de la mesa y no quiere comer porque un invitado se sienta y empieza a comer sin rezar antes. Los domingos es el primero en llegar a la iglesia, y si la encuentra cerrada se arrodilla junto a la puerta para rezar, haya buen tiempo o esté nevando; y luego su mayor alegría es poder hacer de monaguillo en la santa misa; y su compostura durante la oración es objeto de admiración de los que lo ven: manos juntas, ojos fijos en el sagrario, absorto en la presencia de Jesús. Al recorrer solo y a pie, entre matorrales, los 18 kilómetros para ir diariamente a la escuela, un tío le pregunta: ¿No tienes miedo de ir solo? La respuesta de Domingo, de 10 años, no se hace esperar: “Yo no estoy solo; me acompaña el Ángel de la Guarda”. El amor personal a Cristo y a su Madre: Esta vida en la presencia de Dios es puesta en evidencia desde su temprana Primera Comunión, con aquel propósito que es la clave de otros tres: “Mis amigos serán Jesús y María”. Los otros tres los hizo como medios para mantener y acrecentar dicha amistad, y son el leit-motiv en sus momentos más importantes. Las lágrimas que vierte tienen su fuente en este precoz concepto del pecado: así por ejemplo pide perdón a su mamá en vísperas de su Primera Comunión; pide perdón cuando cree haber herido su amistad con Cristo por haber cedido ante la invitación de algunos compañeros a darse un baño en un arroyo, motivo por el que lloró repetidamente, y no cedió nunca más a otras invitaciones, como cuando lo invitaban a “hacerse la rabona” y no concurrir a la escuela. Por eso decide elegir a amigos que no le impidan mantener su amistad con Jesús y con la Virgen María. El cumplimiento heroico del humilde deber cotidiano: A sus padres no les daba sino “satisfacciones”. Para ir a la escuela recorría, con sus 10 años de edad, 18 kilómetros diarios, con cualquier tiempo. Domingo era un chico de recia voluntad, sostenida por la gracia de la amistad con Jesús y María. Don Bosco escribe: “Domingo no se ha hecho notorio en los primeros tiempos del Oratorio por cosa alguna, fuera de su perfecta docilidad y de una exacta observancia de las reglas de la casa… y una exactitud en el

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San Máximo el Confesor, 5 de mayo.

Se celebra la festividad de San Máximo de Jerusalén Confesor, Obispo (siglo IV) el día 5 de Mayo. Murió en 350. Jerusalén, Israel. Conmemoración de san Máximo, obispo de Jerusalén, el cual fue condenado por el césar Maximino Daya a trabajos forzados en las minas, después de que le hubieran arrancado un ojo y quemado un pie con un hierro candente. Alcanzada la libertad, pudo marchar de allí y fue nombrado obispo de la Iglesia de Jerusalén, en donde, con el prestigio de su gloriosa confesión, descansó en paz (c. 350). San Máximo el Confesor fue un monje, teólogo y filósofo cristiano del siglo VII, reconocido por su defensa de la doctrina calcedoniana sobre las dos voluntades de Cristo: humana y divina. Su firme postura contra el monotelismo le llevó a ser perseguido, torturado y finalmente exiliado, pero su enseñanza fue confirmada por el Tercer Concilio de Constantinopla. Aunque su festividad principal se celebra el 13 de agosto, en algunas tradiciones se le recuerda también el 5 de mayo. Su legado teológico sigue siendo fundamental en la Iglesia, especialmente por su profunda reflexión sobre la unión entre Dios y la humanidad.

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San Silvano y compañeros mártires

San Silvano de Gaza fue un santo y mártir cristiano que vivió en el siglo IV en la región de Gaza, en Palestina. Nacido en una familia cristiana, desde joven mostró una profunda devoción por su fe y una gran valentía para defenderla, incluso en medio de la persecución de los cristianos que se vivía en la época. Se sabe que San Silvano fue ordenado diácono y se dedicó a servir a la comunidad cristiana de Gaza, predicando el Evangelio y ayudando a los necesitados. Su labor pastoral y su ejemplo de vida piadosa inspiraron a muchos a convertirse al cristianismo, lo que despertó la ira de las autoridades romanas, que veían en la fe cristiana una amenaza para el orden establecido. En el año 311, durante el reinado del emperador Maximino Daia, se desató una brutal persecución contra los cristianos en Palestina. San Silvano y varios de sus compañeros fueron arrestados y sometidos a crueles torturas con el objetivo de hacerles renunciar a su fe. Sin embargo, ellos se mantuvieron firmes en su convicción y se negaron a renegar de Cristo. Finalmente, San Silvano y sus compañeros fueron condenados a muerte y llevados al martirio. Fueron torturados, flagelados y finalmente decapitados por su firmeza en la fe cristiana. Su valentía y su testimonio de fidelidad hasta la muerte conmovieron a muchos, que se convirtieron al cristianismo al presenciar su martirio. La memoria de San Silvano de Gaza y sus compañeros mártires se ha mantenido viva a lo largo de los siglos, siendo venerados como santos y mártires en la Iglesia Católica y en otras tradiciones cristianas. Su ejemplo de fidelidad y valentía en medio de la persecución sigue siendo una inspiración para los cristianos de hoy, recordándonos la importancia de mantenernos firmes en nuestra fe, incluso en medio de las adversidades. Que la vida y el martirio de San Silvano de Gaza y sus compañeros mártires nos inspiren a seguir su ejemplo de valentía y fidelidad a Cristo, incluso en los momentos más difíciles. Que su intercesión nos fortalezca en nuestra fe y nos ayude a perseverar en medio de las pruebas y persecuciones que podamos enfrentar en nuestra vida cristiana. Curiosidades de San Silvano de Gaza y compañeros mártires 1. San Silvano de Gaza fue un monje ermitaño del siglo V que vivió en el desierto de Gaza, en Palestina. 2. Se dice que San Silvano fue conocido por su estricta vida de oración y penitencia, y por su devoción a los pobres y necesitados. 3. San Silvano fue martirizado junto con sus compañeros misioneros, los santos Leoncio, Libio y Trifón, por negarse a renunciar a su fe cristiana durante la persecución del emperador Juliano el Apóstata en el año 363. 4. La fiesta de San Silvano de Gaza y compañeros mártires se celebra el 4 de enero en la Iglesia Católica. 5. San Silvano es considerado un ejemplo de santidad y valentía en la defensa de la fe cristiana, y es venerado como un mártir y un intercesor poderoso en la tradición cristiana. 6. La vida y martirio de San Silvano de Gaza y sus compañeros han sido objeto de veneración y devoción a lo largo de los siglos, y su memoria sigue siendo honrada por los fieles de la Iglesia Católica y de otras tradiciones cristianas. Valores que nos enseña San Silvano de Gaza y compañeros mártires Algunos de los valores que nos enseña San Silvano de Gaza y sus compañeros mártires son: 1. Fe inquebrantable en Dios: San Silvano y sus compañeros demostraron una profunda confianza en Dios y estaban dispuestos a dar sus vidas por su fe. 2. Valentía y perseverancia: A pesar de la persecución y el martirio, San Silvano y sus compañeros se mantuvieron firmes en su fe y no renegaron de ella. 3. Solidaridad y fraternidad: Los mártires cristianos de Gaza se apoyaron mutuamente en tiempos difíciles y se mantuvieron unidos en su testimonio de fe. 4. Humildad y sacrificio: San Silvano y sus compañeros renunciaron a sus propias vidas por amor a Dios y al prójimo, demostrando un profundo espíritu de humildad y sacrificio. 5. Perdón y misericordia: A pesar de ser perseguidos y martirizados, los mártires de Gaza demostraron un espíritu de perdón y misericordia hacia sus opresores. En resumen, San Silvano de Gaza y sus compañeros mártires nos enseñan valores como la fe, la valentía, la solidaridad, la humildad, el sacrificio, el perdón y la misericordia, que son fundamentales en la vida cristiana.

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Santos Felipe y Santiago – 3 de mayo

Cada 3 de mayo, la Iglesia celebra a Felipe y Santiago, quienes formaron parte del grupo de discípulos más cercanos a Jesús, los Apóstoles. Ambos coronaron sus vidas, consagradas al anuncio de la Buena Nueva, en el martirio. Ese fue el signo de su santidad y fidelidad absoluta a Jesús de Nazaret, Dios hecho hombre. Felipe nació en Betsaida y antes de seguir a Jesús fue discípulo de Juan el Bautista. Fue uno de los primeros a los que llamó el Señor. Felipe aparece en varios pasajes de la Escritura: fue él quien preguntó al Señor: “¿Cómo vamos a darle de comer a tanta gente?” (Jn 6, 5-7), preocupado por aquellos que seguían al Maestro y no tenían qué comer. A él se dirigió un grupo de paganos que deseaban conocer al Señor (Jn 12, 20-22). Además, Felipe fue quien le pidió a Cristo que le “muestre al Padre” (Jn 14, 8-11) mientras compartían la última cena. Después de la Ascensión del Señor a los Cielos, junto al resto de apóstoles y la Virgen María, Felipe recibió el Espíritu Santo en Pentecostés. De ahí partió a la región de Frigia (ubicada hoy entre Turquía, Hungría, Ucrania y el Este de Rusia) para anunciar la Buena Noticia a las gentes de esas tierras. San Felipe murió apedreado y crucificado en Hierápolis (Turquía), la antigua ciudad helenística reconstruida por los romanos. Sus reliquias fueron conservadas y en el siglo VI fueron llevadas a Roma y colocadas en la Basílica de los Doce Apóstoles. En la versión antigua del Martirologio romano su fiesta era el 1 de mayo, pero fue desplazada en el Novus Ordo al día tercero del mes. Santiago, el menor En la Escritura Santiago recibe el sobrenombre de “el Hijo de Alfeo”; también se le llama “primo del Señor” porque su madre era pariente de la Virgen María. A él se le atribuye la autoría de la primera epístola católica. En está se encuentra consignado uno de los principios más importantes de la vida cristiana: “La fe sin obras, está muerta” (Sant. 2, 26). En los Hechos de los Apóstoles se le describe como un personaje muy querido de la Iglesia de Jerusalén, a quien se le llamaba con frecuencia “el obispo”. San Pablo lo menciona en su Carta a los Gálatas, poniéndolo al lado de San Pedro y San Juan. Además, el Apóstol de Gentes cuenta que después de su conversión quiso entrevistarse con Pedro, pero no encontró en la ciudad a ningún discípulo sino a Santiago. En su última visita a la Ciudad Santa, el mismo Pablo fue directamente a casa de Santiago, donde se reunió con todos los jefes de la Iglesia de Jerusalén (Hech. 21,15). A veces se designa a Santiago como “el que intercede por el pueblo”. Según la tradición este apóstol recibe este sobrenombre debido a que oraba siempre pidiendo perdón a Dios por los pecados de su pueblo. La misma tradición conserva el relato de un episodio en el que Santiago fue causa de  escándalo entre fariseos y escribas. El sumo sacerdote, Anás II, aprovechando la concurrencia que se presentaba en la fiesta judía, lo interpeló diciendo: “Te rogamos que ya que el pueblo siente por ti grande admiración, te presentes ante la multitud y les digas que Jesús no es el Mesías o Redentor”. Ante este pedido, Santiago respondió: “Jesús es el enviado de Dios para salvación de los que quieran salvarse. Y lo veremos un día sobre las nubes, sentado a la derecha de Dios».

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San Atanasio – 2 de mayo

Cada 2 de mayo recordamos a San Atanasio de Alejandría, padre de la Iglesia de Oriente y doctor de la Iglesia, obispo de los siglos III y IV, defensor de las doctrinas de la Trinidad y la Encarnación del Verbo. Atanasio fue obispo de Alejandría (Egipto), ciudad donde nació y creció. Fue una de las figuras más importantes de los primeros siglos del cristianismo gracias a su defensa de la ortodoxia contra el arrianismo, una de las más potentes herejías de la antigüedad. Precisamente por su fidelidad a la doctrina fue víctima de la persecución y padeció el exilio en repetidas oportunidades. A pesar de ello, jamás desistió de proclamar a Cristo ni se apartó de la Iglesia. San Atanasio fue Patriarca de Alejandría entre los años 328 y 373, año de su fallecimiento. Defensor de la Encarnación Atanasio nació en Alejandría el año 295, y desde niño tuvo noticia de las sangrientas persecuciones emprendidas por el Imperio romano contra los cristianos. En el año 326 fue ordenado sacerdote por el Obispo Alejandro, a quien sirvió como secretario. Tuvo una elevada formación en filosofía, gramática y teología. Dominaba el griego en sus distintas variantes, así como el copto. Desde joven demostró talento para escribir -don que supo utilizar después como teólogo y pastor de almas-. Sus dos primeros escritos fueron Contra los paganos y la Encarnación del Verbo. Con todo, lo que hizo célebre a Atanasio fue la controversia que libró contra los “arrianos” o “arrianistas”. Esta doctrina calificada de herética tuvo por autor a Arrio, presbítero del norte de Alejandría, quien sostenía que Cristo no era verdadero Dios sino una creatura, excepcional, por supuesto, verdadero hijo de Dios Padre, también, pero de ninguna manera eterno (no consubstancial con él). Una postura de este tipo tiene consecuencias terribles para la comprensión de Dios, Uno y Trino, y para la comprensión de la obra salvífica de Dios. Contra la herejía El obispo de Alejandría por aquellos días, Alejandro, llevó consigo a Atanasio para que participara con él en el Concilio Ecuménico de Nicea, con el propósito de combatir a los partidarios de Arrio y pedirle a este una retractación. Aunque al principio Atanasio jugó un papel secundario en el Concilio, su elocuencia lo llevó presentar una refutación pública de los argumentos de Arrio, quien no se retractaría y por ello sería excomulgado. Atanasio envió numerosas cartas a los obispos de Oriente en las que advertía del peligro que suponía tergiversar la doctrina sobre Cristo, advirtiendo, además, que asumir las posiciones heréticas devendría en la excomunión del que profese o defienda la herejía. El exilio En el año 356, cinco mil soldados rodearon el templo donde vivía San Atanasio con el propósito de arrestarlo. El obispo logró escapar y huyó al desierto donde fue acogido por monjes anacoretas. Desde el destierro siguió escribiendo a los fieles de Alejandría y redactó la biografía de San Antonio Abad, su amigo y compañero. En el año 362 el nuevo emperador, Juliano el Apóstata, emitió un edicto en el que pedía el regreso de todos los obispos exiliados. Sin embargo, los consejeros de Juliano percibían a Atanasio como un hombre peligroso y lograron que el emperador lo enviara de nuevo al destierro. El santo se escondió en el desierto hasta que Juliano murió. Entonces, volvió a Alejandría por mandato del nuevo monarca, Valente. El santo volvería a ser enviado al exilio el año 365. Pese a estas tribulaciones, Atanasio se mantuvo firme en la doctrina y su enseñanza. Su regreso definitivo a Alejandría se produjo por aclamación popular, ya que la ciudad lo reclamó siempre como su verdadero obispo. San Atanasio murió el 2 de mayo del año 373, luego de haber servido como obispo durante 45 años, y tras haber pasado, en total, 18 años lejos de su tierra y de su sede.

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San José Obrero – 1 de mayo

Cada 1 de mayo, la Iglesia Católica celebra la fiesta de San José Obrero, Padre y Custodio del Señor, a quien hoy recordamos como “el Patrono de los trabajadores”. San José, esposo de la Virgen y padre adoptivo de Jesús, conoció muy bien el mundo del trabajo: fue carpintero (y muy probablemente también albañil), y con su sudor procuró el sustento diario para su hogar, la casa de la Sagrada Familia. Día mundial del trabajo La fiesta de San José Obrero coincide con el ‘Día Internacional de los Trabajadores’, llamado en ciertos lugares simplemente ‘Primero de Mayo’. En este día se conmemora la fundación del movimiento obrero mundial, ‘Día Mundial del Trabajo’. El Venerable Papa Pío XII instituyó la fiesta de San José Obrero en 1955, en presencia de un grupo numeroso de obreros reunidos en la Plaza de San Pedro en el Vaticano. El Santo Padre pidió en esa oportunidad que “el humilde obrero de Nazaret, además de encarnar delante de Dios y de la Iglesia la dignidad del obrero manual, sea también el próvido guardián de vosotros y de vuestras familias”. Pío XII quiso también que el Custodio de la Sagrada Familia “sea, para todos los obreros del mundo, especial protector ante Dios, y escudo para la tutela y defensa en las penalidades y en los riesgos del trabajo”. Santidad y trabajo Por su parte, San Juan Pablo II, en su encíclica “Laborem exercens” [Al ejercer el trabajo], sobre el trabajo humano, destacaba que “mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido ‘se hace más hombre’”. Con estas palabras, el Papa Peregrino subrayaba entre líneas la importancia de San José en la comprensión y santificación del trabajo, es decir, cómo la figura del padre adoptivo de Jesús es inspiración, ejemplo y compañía en el camino que los seres humanos recorremos para santificarnos y realizarnos, a través del trabajo concreto que toque desempeñar. Posteriormente, durante el Jubileo de los Trabajadores del año 2000, el Papa polaco añadiría: “Queridos trabajadores, empresarios, cooperadores, agentes financieros y comerciantes, unid vuestros brazos, vuestra mente y vuestro corazón para contribuir a construir una sociedad que respete al hombre y su trabajo… El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. Cuanto se realiza al servicio de una justicia mayor, de una fraternidad más vasta y de un orden más humano en las relaciones sociales, cuenta más que cualquier tipo de progreso en el campo técnico”. San José, poderoso intercesor en las dificultades laborales San José es modelo e inspiración para todo ser humano que desea asumir el trabajo desde una perspectiva espiritual. En ese sentido, el trabajo debe ser siempre una actividad auténticamente humana, que brinde realización y satisfacción al corazón humano y no sea solo medio para producir “cosas”. Sin su sentido sobrenatural, el trabajo se convierte en ocasión de viejas y nuevas esclavitudes, instrumentalización o manipulación. Por eso, como San José, cada persona que trabaja o da trabajo debe mirar al cielo y trascender lo puramente material, que siendo importante no agota toda la realidad. Es Dios quien corona todo esfuerzo en búsqueda del bien común y la plenitud. San José, obrero y trabajador, es poderoso intercesor frente a la injusticia, auxilio para que no falte lo necesario y asistencia para quienes están desempleados o en búsqueda de un nuevo empleo.

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San Pío V, 30 de abril.

Cada 30 de abril la Iglesia celebra al Papa San Pío V, quien ocupó un lugar protagónico en defensa de la Iglesia y de la Europa cristiana del siglo XVI. San Pío V fue el organizador de las fuerzas militares que detuvieron la invasión musulmana del Viejo Continente en la famosa batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571). La victoria conseguida en Lepanto tuvo un enorme significado en el proceso de preservación de la cultura cristiana en Europa, e hizo posible el decrecimiento del área de influencia del Islam en ese Continente, que parecía condenado a ser sometido. El Papa Pio V, en agradecimiento a Dios por la victoria alcanzada, dedicó el triunfo cristiano a la Virgen del Rosario. La mano de Dios Antonio Ghislieri -nombre de pila de San Pío V- nació en Bosco (Italia) en 1504. De niño fue cuidador de ovejas y ayudante de las labores del campo. En la adolescencia conoció a una generosa familia que decidió financiar sus estudios en gesto de agradecimiento, una vez que se percataron de que el hijo más rebelde y holgazán había empezado a comportarse mejor desde que entabló amistad con el santo. Gracias a ese apoyo económico, Antonio pudo estudiar con los dominicos y descubrir más adelante su vocación religiosa. Ya más maduro, pidió ser recibido en la Orden de Predicadores, con quienes había iniciado su formación escolar. Los dominicos tuvieron a bien recibirlo y Antonio fue integrándose con alegría y naturalidad a la vida conventual. Con el correr del tiempo asumiría diferentes puestos de servicio y responsabilidades dentro de la Orden, hasta que un día, el Pontífice en persona lo convocó y lo ordenó obispo y, posteriormente, lo nombró inquisidor y comisario eclesiástico. El santo recorrió a pie innumerables pueblos y ciudades alertando a los fieles sobre los errores y herejías provocadas por luteranos y protestantes. Eso lo convirtió en blanco de amenazas y hasta conspiraciones para matarlo. Sin embargo, Antonio siguió predicando la verdad. El Papa Pio IV lo nombró cardenal y le encargó ser la cabeza que guíe a la Iglesia en defensa de la recta doctrina. A la muerte del Papa Pío IV, San Carlos Borromeo (1538-1584) sugirió el nombre de Antonio Ghislieri como “papable” a muchos de los cardenales electores, presentándolo como el hombre más apropiado para asumir la Sede de Pedro. El cónclave votó a su favor, razón por la cual, el hasta ese momento, monseñor Ghislieri se convirtió en el nuevo Papa, tomando el nombre de ‘Pío V’. Desde el inicio de su pontificado, San Pío V dio muestras de su vocación de servicio a los más pobres. Pidió que no se realicen más banquetes en su honor y que el dinero ahorrado se use para ayudar a los mendigos de Roma. Por otro lado, el nuevo Papa se empeñó en dar muestras de cercanía al pueblo católico. Gustaba de caminar por las calles de la ciudad sin mayor ostentación, conversando con la gente que encontraba en el camino, visitando barrios y calles. En una oportunidad, se encontró con su viejo amigo de la infancia -el de la familia que pagó sus estudios- y, advertido de su buena fe y disposición, lo nombró gobernador del cuartel pontificio. Antonio -el caballero tenía su mismo nombre- era un hombre honesto e inteligente, y el pueblo lo sabía muy bien. Así que el nombramiento como gobernador fue una suerte de gesto de reciprocidad o gratitud, muy del agrado de la gente, pues evidenciaba la humildad del Papa que carecía de la necesidad de ocultar sus humildes orígenes. Así Pío V conquistó el corazón del pueblo para siempre. El Papa tenía una devoción profunda a la Eucaristía y al rezo del Santo Rosario, su oración favorita, la que consideraba la expresión más patente de piedad filial a la Madre de Dios. El Pontífice, desde la Cátedra de Pedro, se encargó de impulsar ambas devociones entre los fieles. Por otro lado, ordenó que los obispos y párrocos residan efectivamente en los territorios o diócesis que se les encargaba, ya que muchos descuidaban sus responsabilidades espirituales por comodidad o interés.

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Santa Catalina de Siena, 29 de abril.

Cada 29 de abril, la Iglesia Católica celebra a Santa Catalina de Siena (1347-1380), mística, virgen y Doctora de la Iglesia. Catalina fue una mujer extraordinaria en todo sentido, poseedora de una sencillez única, que combinó muy bien con su fuerza espiritual: siendo integrante de la Tercera Orden de Santo Domingo, se convirtió en la gran defensora del papado en tiempos críticos para la Iglesia. Fue proclamada en 1999 ‘Copatrona de Europa’ por el Papa San Juan Pablo II. Ostenta dicho patronazgo junto a San Benito de Nursia, San Cirilo y San Metodio; Santa Brígida de Suecia y Santa Teresa Benedicta de la Cruz. Hacer del mundo un lugar cálido y luminoso Alguna vez Catalina escribió: “Si somos lo que debemos ser, prenderemos fuego al mundo entero”; palabras que encierran un profundo significado y cuyos ecos resuenan hoy más que nunca. Catalina estaba convencida del llamado que Dios hace a cada uno, para el que hemos y seremos provistos adecuadamente por su gracia y misericordia. Si cada cual -pensaba la santa- hace con su vida aquello que Dios espera, el mundo habrá de transformarse: se “encenderá” de amor y dejará de ser un lugar frío y abandonado. Habrá de convertirse en un lugar acogedor y luminoso, anticipo del Reino de Dios. “Encender el mundo”, además de ser una frase que identifica a Catalina, es una expresión que evoca, de manera particular, el papel de las mujeres hoy y siempre, en conexión con aquello que San Juan Pablo II denominaba el “genio femenino”; es decir, el llamado de Dios a que sea la feminidad, entendida dentro del plan divino, la llamada a aportar la cuota de humanidad que resulta decisiva para la Iglesia y la sociedad en general. Catalina Benincasa -nombre de pila de la santa- nació en Siena (Italia) en 1347. Sus padres fueron personas de intensa piedad, lo que favoreció que ella creciera desarrollando una relación personal, íntima, con Dios. El calor de la vida familiar significó para Catalina el primer encuentro con ese “calor” con el que el Señor enciende los corazones y los llama a vivir la caridad. Catalina gustaba mucho de la oración y de aprender cada día algo nuevo sobre las cosas de Dios. Con solo siete años, pero con un entendimiento iluminado por el Espíritu, prometía a Cristo permanecer virgen toda la vida. La pequeña niña sabía bien lo que quería: vivir solo para Él. No obstante, años más tarde, sus padres intentaron comprometerla en matrimonio. Sin embargo, ella se resistió, como era de esperar. No deseaba otra cosa que mantener la promesa hecha, pues, además, había entendido que Dios la quería para una misión distinta y de inmensa importancia. Su compromiso con Jesús era, además, un compromiso con los que padecen. La santa fue aprendiendo a ver en cada ser humano sufriente el rostro de Cristo mismo, a quien quería entregarse por entero. Esa generosidad de Catalina impactó en muchas personas de su entorno, animándolos a que se pongan también al servicio de los demás. Así, la vida de Catalina quedaría para siempre vinculada a los pobres y enfermos, a los que amó profundamente, sin dejar espacio para escrúpulos o falsos conflictos entre la vida contemplativa y la acción. Con pasión y humildad, dejó que Jesús sea su maestro en darle a cada cosa su debido tiempo y trajín. Matrimonio místico A los 18 años, Catalina recibió el hábito de la Tercera Orden de Santo Domingo. Asumió, con ello, la tarea de encarnar la espiritualidad dominica en la vida secular. En ese esfuerzo, Catalina sufrió numerosas dificultades y tentaciones. Los ataques del demonio para que abandonara su propósito arreciaron, y no pocas veces fueron causa de dolor, angustia y confusión. Afortunadamente, Catalina se sabía frágil, necesitada y dependiente de Jesús, por lo que pudo aprender a reconocer que toda fortaleza en última instancia viene de lo alto. En 1366, la santa experimentó el llamado “matrimonio místico” con Cristo. La joven estaba en su habitación orando cuando vio frente a sí al Señor Jesús acompañado de su Madre y un cortejo celestial. La Virgen María tomó la mano de Catalina y la juntó a la de su Hijo, quien le puso un anillo, haciéndola “su esposa”. Luego el Señor le prometió que estaría bajo su cuidado y protección por el resto de sus días, pues el camino que le tocaba vivir era el de la cruz.

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San Pedro Chanel, 28 de abril.

El 28 de abril celebramos la memoria del martirio de san Pedro Chanel, padre marista. Fue enviado a la misión de Oceanía junto con Monseñor Pompallier y, en 1841, estando destinado en la isla de Futuna, junto con el hermano Marie Nizier, fue martirizado.Publicamos a continuación una biografía de san Pedro Chanel escrita por el hermano Manuel Herrero. Pedro María Chanel nació en una familia humilde y numerosa en la aldea de la Potière, cerca de la ciudad de Cuet, Francia, el 12 de julio de 1803. Dicha familia estaba formada por los padres y sus ocho hijos.Desde niño colaboraba en los pequeños trabajos de la casa, una granja familiar, alimentando a las gallinas con cebada y avena y como sencillo pastorcito cuidando a sus tres vacas, cuatro corderos y dos cabras. Iba siempre acompañado de su fiel perro, un sólido bastón en la mano y el bolso con su frugal comida del mediodía. Siendo adolescente comenzó a estudiar el latín para prepararse bien y llegar un día a ser sacerdote hacia donde se sentía atraído. Ya desde joven edificaba a todos con su piedad y modestia. Tras cinco años en el seminario menor y tres en el seminario mayor, fue ordenado sacerdote el 15 de julio de 1827. Pronto se unió a un grupo de sacerdotes amigos quienes se habían consagrado a la Virgen Nuestra Señora de Fourvière, en Lyon, y más tarde formaron la “Sociedad de Maria” llamada también de los Padres Maristas. Estos, recibieron la aprobación de la Sociedad por parte de la Santa Sede, y con el previo acuerdo del P. Colin, Superior General, aceptaron el encargo de ser misioneros en Oceanía. Para cumplir con esta recomendación del Papa, el 24 de diciembre de 1836 partió desde Francia el primer grupo marista compuesto por Mons. Pompallier, consagrado obispo, y nombrado vicario apostólico de Oceanía occidental, con cuatro sacerdotes y tres hermanos, como valientes aventureros del Evangelio hacia su destino al que llegaron después de 11 meses de travesía. Mons. Pompallier era el jefe de la misión y al finalizar el itinerario se distribuyeron por Nueva Zelanda y otras islas del Pacífico. Entre ellos estaba el Padre Chanel quien con el hermano marista Marie Nizier fueron destinados a la isla de Futuna para trabajar en ella tratando de evangelizar y convertir a los nativos al cristianismo, misión que les llevaría casi 4 años. No obstante lo breve de esta narración, conviene detallar los preparativos y el viaje azaroso y sacrificado de esos primeros misioneros maristas rumbo a la Polinesia, sector occidental de Oceanía. La aventura marista La aprobación de la Sociedad de María, largamente esperada y obtenida a pesar de las dificultades y después de numerosas gestiones, suscitó un entusiasmo fácil de entender. Los preparativos relacionados con el envío de los misioneros, constituyó una preocupación importante para los responsables de la Sociedad; era necesario, lo antes posible, responder a la confianza de las autoridades romanas. Fue primordial elegir y designar el grupo de Sacerdotes y de hermanos misioneros, prever el mobiliario, los recursos financieros indispensables y reunir el material necesario… sin contar los múltiples trámites que hubo que realizar con las autoridades civiles. Este primer grupo estaba formado por Mons. Pompallier, como ya hemos dicho, los Padres Chanel, Bataillon, Servant y Bret y los hermanos Marie Nizier, Miguel y José Javier. En el Hermitage, el P. Champagnat manifestaba mucha alegría y al mismo tiempo cierta pena por no poder él mismo partir hacia Oceanía. Pero tenia la satisfacción de haber preparado a dos de sus hijos espirituales para tan lejana misión como eran los hermanos Marie Nizier y Miguel. Serían acompañados por el hermano José Javier Luzy que procedía de Belley donde estaba al servido de los Padres maristas. Durante un tiempo este hermano estuvo preparándose también en el Hermitage para completar la tan delicada y responsable delegación misionera. Misionero de alma El Padre Chanel llegó a Lyon el 5 de octubre de 1836 con el fin de organizar la partida del grupo misionero elegido. Desde aquí realizá una visita al Hermitage y habló a todos los hermanos durante el retiro espiritual. Luego partió a Lyon con los dos jóvenes maristas que le acompañaban: el hermano Marie Nizier y el hermano Miguel, alojándose en la residencia religiosa ”Providencia del Camino nuevo”. Después de despedirse de la Virgen, Ntra. Sra. de Fourvière, los misioneros salieron hacia París en una “diligencia”, vehículo especial que se usaba por entonces para los viajes largos. Pero ellos viajaron en la segunda clase. En París se encontraron con el grupo de Mons. Pompallier que había llegado unos días antes. Todos se alojaron en el seminario de “Misiones extranjeras”, beneficiándose de su generosa hospitalidad. De París viajaron a El Havre, puerto desde donde embarcarían. Allí debieron permanecer casi dos meses. El Padre Chanel escribió en su diario: “El 27 de octubre llegamos a El Havre, nos alojamos en casa de la Sra. Dodard en Ingouville. Quedamos cómodamente instalados, con calefacción y bien alimentados sin que tuviéramos que pagar ni un centavo”. Afuera, llovía y nevaba. “Esta señora, escribe el hermano Marie Nizier, es muy buena y se considera honrada de recibir a los misioneros. Hace 16 años que los recibe.” La Sra. Dodard, octogenaria, cayó enferma mientras los Maristas se encontraban alojados en su casa y la asistieron en su última enfermedad. Mons. Pompallier le administró los últimos sacramentos y murió algunos días después de la partida de los misioneros. El embarque estaba previsto para el15 de noviembre, pero se retrasó porque no habían llegado aún todas las mercaderías y el tiempo tampoco era favorable. Por fin, el 24 de diciembre, víspera de Navidad, pudieron embarcar en el navío llamado “Delphine”.No era muy grande, pero estaba “bien arreglado, limpio y bonito”. ¿Cómo nos imaginamos dicho barco? ¿Con qué comodidades contaría para un viaje tan largo? Verdaderamente nuestros misioneros, debieron ser valientes y decididos. Sólo la gloria de Dios y la salvación de las almas los alentaban. ¡Unos héroes! EI comienzo del viaje tuvo

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Nuestra Señora de Montserrat.

La Virgen de Montserrat, conocida popularmente como «La Moreneta» es la patrona de Cataluña y es una de las siete Patronas de las Comunidades Autónomas de España. Está situada en el Monasterio de Montserrat, es un símbolo para Cataluña y se ha convertido en un punto de peregrinaje para creyentes y de visita obligada para los turistas. Según la leyenda, la primera imagen de la Virgen de Montserrat la encontraron unos niños pastores en el año 880. Tras ver una luz en la montaña, los niños encontraron la imagen de la Virgen en el interior de una cueva. Al enterarse de la noticia el obispo, intentó trasladar la imagen hasta la ciudad de Manresa pero el traslado fue imposible ya que la estatua pesaba demasiado. El obispo lo interpretó como el deseo de la Virgen de permanecer en el lugar en el que se la había encontrado y ordenó la construcción de la ermita de Santa María, origen del actual monasterio. La imagen que en la actualidad se venera es una talla románica del siglo XII realizada en madera de álamo. Representa a la Virgen con el niño sentado en su regazo y mide unos 95 centímetros de altura. En su mano derecha sostiene una esfera que simboliza el universo; el niño tiene la mano derecha levantada en señal de bendición mientras que en la mano izquierda sostiene una piña. Con excepción de la cara y de las manos de María y el niño, la imagen es dorada. La Virgen, sin embargo, es de color negro, lo que le ha dado el apelativo popular de La Moreneta (la morenita). Pertenece al grupo de las llamadas virgen negra que tanto se extendió por la Europa románica y cuyo significado ha dado lugar a múltiples estudios. Si bien en este caso su color parece ser el resultado de la transformación del barniz de su cara y de sus manos a causa del paso del tiempo. El 11 de septiembre de 1844, el Papa León XIII declaró oficialmente a la Virgen de Montserrat como patrona de la diócesis de Cataluña. Se le concedió también el privilegio de tener misa y oficios propios. Su festividad se celebra el 27 de abril. La Virgen de Montserrat fue la primera imagen mariana de España en recibir la Coronación Canónica ya en 1881, seguida de la Virgen de la Merced de Barcelona (1886), la Virgen de la Candelaria de Tenerife, Patrona de Canarias (1889), la Virgen de los Reyes de Sevilla (1904) y la Virgen de la Misericordia de Reus (1904). A la Virgen de Montserrat se la conoce popularmente como «La Moreneta» (La Morenita). En España existen otras vírgenes negras conocidas con el nombre de «morenita» o «moreneta», como la Virgen de Lluc (Mallorca) o la Virgen de Candelaria (Tenerife). Más réplicas de la imagen se encuentran en Canarias (España), Perú, Guatemala, Colombia, El Salvador, Venezuela, Brasil, México y Argentina.

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