Santo del Día

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Santa Isabel de Portugal, 4 de julio.

Hoy, 4 de julio, se celebra el día de Santa Isabel de Portugal según el santoral católico. ¿Quién era este personaje y por qué fue santificado? Isabel de Portugal nació en Zaragoza en 1282 y murió en Estremoz en 1336) también es conocida como Isabel de Aragón y fue la reina consorte de Portugal entre 1282 y 1325. Fue declarada santa por la Iglesia católica y su origen es español porque era hija del rey Pedro III de Aragón. Devota desde la infancia, Isabel de Aragón contrajo matrimonio con el rey Dionisio I de Portugal el 26 de junio de 1282. De esta unión nacieron 2 hijos: la infanta Constanza de Portugal, quien se casó con Fernando IV de Castilla y fue madre y regente de Alfonso XI de Castilla, y el infante Alfonso, quien sería conocido como Alfonso IV de Portugal. La reina Isabel dedicó gran parte de su tiempo a cuidar a enfermos, ancianos y mendigos, confeccionando ella misma la ropa para ellos. Durante su reinado, ordenó la construcción de hospitales, escuelas gratuitas y refugios para huérfanos, además de numerosos conventos. A pesar de que el rey Dionisio no compartía su misma devoción, respetaba profundamente a Isabel, permitiéndole vivir su fe cristiana libremente. De hecho, la reina distribuía regularmente las monedas del Tesoro Real entre los más necesitados. En varias ocasiones, Isabel acudió a los campos de batalla para poner fin a las disputas entre su marido y su hijo Alfonso. Se interponía entre ambos y rezaba fervientemente para que cesaran las hostilidades. En 1325, tras enviudar, emprendió una peregrinación a Santiago de Compostela. A su regreso, ingresó en el convento de Santa Clara-a-Velha en Coímbra, que ella misma había fundado, adoptando el hábito de las clarisas aunque sin hacer los votos de la orden, lo que le permitió seguir administrando su fortuna, la cual destinó a obras de caridad. Incluso en su retiro, Isabel tuvo que intervenir para mediar entre su hijo Alfonso y su nieto Alfonso XI de Castilla. Emprendió un viaje hacia el campo de batalla en Castilla con el fin de reconciliarlos. A su regreso, cayó enferma y falleció en Estremoz (Portugal) el 4 de julio de 1336. Sus restos fueron enterrados en el convento de Santa Clara-a-Velha en Coímbra, pero debido a que este convento fue anegado por las aguas del río Mondego, en el siglo XVII sus restos fueron trasladados al nuevo convento de Santa Clara-a-Nova . Tras su muerte, se le atribuyeron varios milagros. Isabel fue beatificada en 1526 y canonizada por el papa Urbano VIII en 1625. Su festividad se incluyó en el santoral católico, celebrándose el 4 de julio, día de su fallecimiento. Posteriormente, en 1694, el papa Inocencio XII trasladó la fiesta al 8 de julio para que no coincidiera con la celebración de la Octava de los santos Pedro y Pablo, que tiene lugar del 29 de junio al 6 de julio . En 1955, el papa Pío XII abolió la octava, y el Misal Romano de 1962 cambió la categoría litúrgica de la festividad de Santa Isabel de Portugal de «Doble» a «Tercera clase». Finalmente, la reforma del calendario litúrgico de 1969 reclasificó la festividad como «memoria libre» y la devolvió al 4 de julio.

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Santo Tomás apóstol, 3 de julio.

Hoy es la fiesta de Santo Tomás Apóstol, patrono de jueces, arquitectos y teólogos. Cada 3 julio la Iglesia Católica celebra la fiesta de Santo Tomás Apóstol, el sencillo pescador de Galilea a quien Jesús llamó a ser su discípulo y que la tradición ha perennizado por su incredulidad inicial frente a la Resurrección del Señor y su posterior acto de fe, al reconocer la divinidad de Jesús. A él le debemos precisamente aquellas hermosas palabras tomadas del Evangelio y que repetimos en cada misa de rodillas frente a Dios Eucaristía: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28) -reconocimiento de la presencia real de Cristo en el altar-. El apóstol Tomás pronunció aquellas palabras a los ocho días de la resurrección del Señor, cuando este se apareció nuevamente a sus discípulos. Jesús dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente» (Mt 28, 27). El Evangelio de San Juan da cuenta de la incredulidad de Santo Tomás. Los discípulos le habían dicho: «Hemos visto al Señor», sin embargo, Tomás que no estuvo con ellos cuando el Maestro apareció, no creyó y dijo: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré” (Jn 20, 25). Entonces, «… se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: “La paz con vosotros». Luego le dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente» (Jn 20, 27). Tomás respondió: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20, 28). La actitud inicial de Tomás refleja ciertamente las dudas que probablemente le agobiaban el alma, incluso quizás hasta un sentimiento de decepción, porque había creído en el Señor y había estado a su lado por mucho tiempo, y ahora todo se mostraba confuso, oscuro, incierto. Tomás había creído en el amigo y confiaba en Él, pero ahora tras la muerte del Maestro, andaba desorientado. A pesar de eso, Jesús en su bondad le da la oportunidad de redimirse y Tomás acepta la invitación. Sus palabras finales -como hemos visto- saldan la cuenta. Tomás, con la ayuda del Espíritu, logra vencer su falta de fe: “Señor Mío y Dios Mío”. Ahora está seguro de que es el mismo Jesús quien tiene enfrente, y que es verdadero Dios. Fue el primero en reconocer plenamente la divinidad de Cristo resucitado. Hubo un momento anterior entre Tomás y Jesús de características similares y que vale la pena recordar en este contexto: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”, dice Jesús revelando su naturaleza. Jesús se expresa así a propósito de una pregunta hecha por Tomás: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” (Jn 14, 5). Una vez que los Apóstoles fueron enviados por el Espíritu Santo a predicar la Buena Noticia a todas las naciones, Tomás se dirigió a Persia y sus alrededores, así como a Etiopía e India, donde la tradición da cuenta del final de su vida en el martirio. Al santo se le atribuye haber recibido el cinto de la Santísima Virgen María, con el que es a veces representado artísticamente. De acuerdo a una antigua tradición, Tomás tampoco creyó en la Asunción de la Virgen María, e hizo abrir la tumba donde algunos decían que se hallaba el cuerpo de la Virgen. Esa misma tradición señala que Tomás se encontró solo con las abundantes flores que llenaban la fosa y que la Madre de Dios, desde el cielo, se desató el cinturón y lo dejó caer en las manos del apóstol. Santo Tomás es considerado patrono de los arquitectos, constructores, jueces, teólogos y de las ciudades de Prato, Parma y Urbino en Italia. El Papa Francisco, en el día de la fiesta de Santo Tomás de 2013, hizo una profunda reflexión sobre el apóstol Tomás, y recordó a los fieles que “el Señor sabe por qué hace las cosas. A cada uno de nosotros le da el tiempo que él piensa que es mejor para nosotros. A Tomás le ha concedido una semana. Jesús se presenta con sus llagas: todo su cuerpo estaba limpio, hermoso, lleno de luz, pero las llagas estaban y están todavía, y cuando el Señor vendrá, al final del mundo, nos enseñará sus llagas (…)”. “Tomás, para creer, quería meter sus dedos en las llagas: era un testarudo. Pero el Señor quiso precisamente un testarudo para hacernos comprender algo más grande. Tomás vio al Señor, que le invitó a meter el dedo en la herida de los clavos, a poner su mano en el costado y no dijo: es verdad: el Señor ha resucitado. ¡No! Fue más allá. Dijo: ¡Dios! Es el primer discípulo que confiesa la divinidad de Cristo después de la resurrección, y que adora propiamente» (Papa Francisco).

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San Otón, 2 de julio.

San Otón fue obispo de Bamberg y es llamado el Apóstol de Pomerania. Nació en Suabia, Alemania, y vivió en el siglo XII. Huérfano de padre y madre, enfrentó muchas dificultades para costear sus estudios en filosofía y ciencias humanas. Partió a Polonia para ganarse la vida. Poco a poco se estableció y fundó una escuela que ganó prestigio y le dio buenas ganancias. Se hizo conocido y estimado en la corte polaca, amigo y consejero del emperador, que lo nombró obispo de Bomberg. San Otón, sin embargo, solamente quedó con la conciencia tranquila cuando fue consagrado obispo por el papa Pascual, alrededor del año 1106. Es considerado el evangelizador de la Pomerania; fundó allí numerosos monasterios. Y apoyado por Boleslao, duque de Polonia que dominaba la región, y por Vratislao, duque cristiano de Pomerania, recorrió todas las ciudades instruyendo a los gentiles y bautizando a los que se adherían a la fe, intercediendo ante el príncipe por la liberación de los prisioneros, exhortando a todos a abandonar los ídolos y a convertirse al Dios de Jesucristo. Esparció misioneros por toda la Pomerania. Se hizo conocido y estimado en la corte polaca , amigo y consejero del emperador Enrique IV, que lo nombró obispo de Bomberg. San Otón hizo lo que pudo por conseguir que se arrepintiese y se sometiese al Papa, se negó a aprobar el cisma y demás crímenes del emperador; sin embargo solamente quedó con la conciencia tranquila cuando fue consagrado obispo por el Papa Pascual II, alrededor del año 1106.

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San Aaron, 1 de julio.

El santo patrón asociado al nombre Aaron es San Aaron, cuya celebración se lleva a cabo el 1 de julio de cada año. San Aaron es reconocido como uno de los hermanos de Moisés en la tradición bíblica judía y cristiana. Según la Biblia, Aaron fue designado por Dios como el portavoz de Moisés y se le confirió la tarea de ser el primer sumo sacerdote de Israel. Como sumo sacerdote, Aaron desempeñó un papel fundamental en el culto y la adoración en el antiguo templo de Israel, realizando sacrificios y ofrendas para purificar a la comunidad y comunicarse con Dios en nombre del pueblo. En la tradición católica, San Aaron es considerado uno de los patriarcas y fundadores del sacerdocio. Es venerado como un símbolo de humildad, obediencia y dedicación al servicio de Dios. La vida de San Aaron nos enseña la importancia de humillarnos ante Dios y poner nuestras habilidades y talentos al servicio de los demás. Su ejemplo nos invita a ejercer el sacerdocio de todos los creyentes, sirviendo a nuestra comunidad y extendiendo la misericordia y el amor de Dios a través de nuestras acciones. En el día del santoral de Aaron, los creyentes pueden participar de diversas formas para rendir homenaje a San Aaron y reflexionar sobre su vida y enseñanzas. La vida y enseñanzas de San Aaron son una fuente de inspiración para todos los creyentes. En este día especial, te animo a reflexionar sobre su humildad y dedicación al servicio de Dios, y a llevar a cabo acciones de bondad y servicio en honor a este santo patrono. Que en este día del santoral de Aaron, podamos emular su ejemplo de humildad y buscar oportunidades para servir a los demás, compartiendo el amor y la misericordia de Dios en nuestras acciones diarias. ¡Celebremos el santoral de Aaron y vivamos su legado de fe y servicio!

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Santos Proto mártires romanos, 30 de junio.

Algunos de los primeros mártires cristianos, compañeros de los apóstoles Pedro y Pablo, fueron untados con brea y quemados vivos para dar luz a las noches de la capital del Imperio romano. Una de las pruebas que ofrece la apologética a favor de la hipótesis cristiana es el hecho de que unos rudos hombres de campo, muchos sin letras —refiriéndose a los apóstoles—, lo dejaron todo para dar la vida por aquello que habían visto y vivido: si Aquel que conocieron no fuera la Verdad, no habrían dado ese paso hacia la muerte. Si eso fue así en el caso de los primeros amigos de Jesús, cuánto más lo es en aquellos que ni siquiera lo conocieron en vida, como aquellos ciudadanos de Roma que dieron fe a las palabras de Pedro y Pablo y acabaron siendo mártires como ellos. Los santos protomártires romanos son un número desconocido de cristianos que fueron torturados hasta la muerte de la manera más cruel, después de que el emperador Nerón los acusara de provocar el incendio que devastó la capital del Imperio romano en el año 64. El origen de esta persecución fue el espectacular siniestro que empezó en la noche del 18 de julio y que duró seis días con sus seis noches en la zona del Circo Máximo. Cuando parecía ya extinguido, se desató otro foco de igual virulencia en el barrio Emiliano, en la finca del prefecto Ofonio Tigelino, uno de los hombres de confianza del emperador. En la retina de muchos pervive la escena de Quo vadis, en la que un genial Peter Ustinov toca la lira mientras ve la ciudad arder. Sin embargo, la responsabilidad de Nerón no está probada desde el punto de vista histórico. Hay quien asegura que el emperador ordenó arrasar la ciudad para poder levantar encima su espectacular Domus Aurea, un complejo palaciego de más de 50 hectáreas lleno de lujos. Otros historiadores defienden la inocencia de Nerón y proclaman que incluso llegó a dar cobijo y alimento a los numerosos afectados por el incendio. Lo que nadie pone en duda es que acusó a los cristianos de haber provocado intencionadamente ese desastre. Ya fuera por desviar la atención de su propia responsabilidad o por la necesidad de encontrar un cabeza de turco, Nerón culpó a los cristianos. Ocho años antes expulsó de Roma a aquellos judíos «liderados por un tal Cresto», en palabras del historiador Suetonio. Todavía a las incipientes comunidades cristianas se las veía como una secta judía idólatra sin relación con los dioses paganos y hasta se las acusaba de canibalismo por comer el Cuerpo de Cristo. En consecuencia, a los seguidores de Cristo se los consideraba entonces un desafío al orden establecido en el Imperio Romano por tener un sistema de creencias propio, distinto incluso al de su raigambre judía. Así, Suetonio los llega a denominar como «hombres llenos de supersticiones nuevas y maliciosas». En ese ambiente de confusión e indignación por el incendio, cuenta el también historiador romano Tácito que «Nerón buscó rápidamente un culpable para librarse de la acusación e infringió las más exquisitas torturas sobre un grupo odiado por sus abominaciones, a los que el populacho llama cristianos». Se refiere también a la nueva fe como una «dañina superstición» que consiguió llegar a Roma, «donde todos los vicios y los males del mundo hallan su centro y se hacen populares». Dice Tácito que los soldados de Nerón arrestaron en primer lugar a quienes no renunciaron a su fe al ser preguntados. Las torturas hicieron el resto. Al final, una «inmensa multitud» fue presa para ser llevada a la muerte. Todos ellos fueron ajusticiados en medio «variados tipos de mofas». Detalla Tácito que, «cubiertos con pieles de bestias, fueron despedazados por perros» hasta morir. Otros acabaron «crucificados o condenados a la hoguera», e incluso algunos fueron untados con brea y aceite y quemados como antorchas vivas «para servir de iluminación nocturna» a la ciudad. El sacerdote y hagiógrafo Alban Butler se refiere en su Vidas de los santos a estos sucesos como la primera gran persecución de la historia contra los cristianos y dice que estos discípulos «sirvieron de espectáculo y diversión para el pueblo». Fueron, concluye, «primicia de los innumerables mártires con los que el Imperio romano pobló el cielo».

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Santos Pedro y Pablo, 29 de junio.

Cada 29 de junio se celebra la Solemnidad de San Pedro y San Pablo Apóstoles. Ellos son las dos monumentales figuras sin las cuales la Iglesia Católica, fundada por Cristo, no hubiese podido organizarse ni cobrar la forma que ha adquirido a lo largo de los siglos. Por eso, con toda justicia, a Pedro y a Pablo se les considera sus “pilares” o “columnas”. Además, dado que ambos apóstoles fueron quienes fundaron la Iglesia de Roma, centro de la cristiandad, esta solemnidad es también “el día del Papa”. Llamar a estos santos mártires “pilares” de la Iglesia no es gratuito. Sobre ellos descansa el “peso” del rebaño de Cristo que peregrina en el mundo como si de columnas de un edificio se tratase. Sin ellos, el “edificio” se vendría abajo. Con ellos, siempre hay equilibrio o balance. Así lo aclara San Agustín en uno de sus sermones: “El día de hoy es para nosotros sagrado, porque en él celebramos el martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo… Es que ambos eran en realidad una sola cosa aunque fueran martirizados en días diversos”. En consecuencia, siguiendo al Obispo de Hipona, recordamos también que la unidad de la Iglesia se selló con la sangre del martirio. El primero en derramarla fue Nuestro Señor Jesucristo, quien quiso compartir su sacrificio de amor con los hombres, de la misma manera como puso en manos humanas la misión de conducir la barca que es la Iglesia: así, el Apóstol Pedro fue elegido por Cristo: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18). Y es que la obra de Dios requiere de la cooperación humana. Pedro es entonces “la roca” humilde que sirve de base al Cuerpo Místico de Cristo. Por esta razón, el Papa, Sucesor de Pedro y Vicario de Cristo en la tierra, es principio y fundamento visible de unidad, tanto de los obispos como de la multitud de fieles. El Obispo de Roma, el Papa, es Pastor de toda la Iglesia y tiene potestad plena, suprema y universal. Hoy se festeja, en particular, a quien encarna esa misión en la actualidad, el Sumo Pontífice Papa Francisco. Asimismo, en armonía con lo expresado desde antiguo por los fieles, hoy celebramos a San Pablo, el ‘Apóstol de los gentiles’: quien fuera por un tiempo perseguidor de cristianos, y que después daría un vuelco total de vida, convirtiéndose él después en el más ardoroso evangelizador, entregado a esa misión sin reservas. Pedro y Pablo: el sello de la unidad Tal como recordó el Papa Benedicto XVI en el año 2012: “La tradición cristiana siempre ha considerado inseparables a San Pedro y a San Pablo: juntos, en efecto, representan todo el Evangelio de Cristo… Aunque humanamente muy diferentes el uno del otro, y a pesar de que no faltaron conflictos en su relación, han constituido un modo nuevo de ser hermanos, vivido según el Evangelio, un modo auténtico hecho posible por la gracia del Evangelio de Cristo que actuaba en ellos. Sólo el seguimiento de Jesús conduce a la nueva fraternidad”. FUENTE: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Pablo.

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Inmaculado Corazón de María, 28 de junio.

El corazón de María nos evoca el mundo de sentimientos de la Madre del Señor. María es asimismo la creyente que guarda y medita en su corazón los momentos de la manifestación de Jesús; el corazón de María aparece entonces como la cuna de toda la meditación cristiana sobre los misterios de Cristo. La liturgia propone esta memoria al día siguiente de la gran fiesta del Corazón de Jesús. Así, tras la solemnidad en que se celebra el corazón abierto del Salvador, hacemos un recuerdo más discreto del corazón de la madre, la toda-santa, la obra primorosa del Espíritu. El corazón de María El símbolo «corazón de María» nos evoca el mundo de sentimientos de la Madre del Señor: ella conoce la alegría desbordante (cf. Lc 1, 28.47), pero también la turbación (cf. Lc 1, 29), el desgarro (cf. Lc 2, 35), las zozobras y angustias (cf. Lc 22, 48). María es asimismo la creyente que «guarda y medita en su corazón» los momentos de la manifestación de Jesús, ya en el nacimiento (Lc 2, 19), o más tarde en la primera Pascua del niño (2, 51); el corazón de María aparece entonces como «la cuna de toda la meditación cristiana sobre los misterios de Cristo» O. Mª Alonso). María es, además, modelo del verdadero discípulo, que escucha la Palabra, la conserva en el corazón y da fruto con perseverancia (Cf. Lc 8, 11-15.19-21 y 11, 27-28). María es, en fin, la mujer nueva que vive sin reservas ni cálculos el don y los afanes del amor: «el corazón de María es su amor»; «su corazón es el centro de su amor a Dios y a los hombres» (Antonio Mª Claret). Vamos a desarrollar este último punto, comenzando por el amor a Dios. Si a María le hubieran abierto alguna vez las venas, quizá le habría sucedido, y con más razón, lo que se cuenta de un místico: le abrieron las venas, y la sangre, al caer, en vez de formar un charco, trazaba unas letras, que iban componiendo un nombre, el nombre de Dios. Hasta ese punto lo llevaba metido en su propia sangre. Tan «perdidamente» enamorado de él estaba. María, bajo el título de su Corazón, nos muestra que la vida cristiana no estriba ante todo en someterse a una ley, asentir a un sistema doctrinal, cumplir un ritual en que se honra a Dios con los labios. Ser cristianos es vivir una relación de acogida, confianza y entrega al Dios vivo; es una adhesión personal a Cristo, Desde ahí se vivirá la obediencia a la voluntad de Dios, se acogerá la enseñanza del Evangelio, se adorará a Dios en espíritu y verdad. Sobre el amor de María a los hombres nos habla el Papa Juan Pablo II. Jesús —decía el Papa en la encíclica Dives in misericordia, n. 9— manifestó su amor «misericordioso» ante todo en el contacto con el mal moral y físico. En ese amor «participaba de manera singular y excepcional el corazón de la que fue Madre del Crucificado y del Resucitado… En ella y por ella, tal amor no cesa de revelarse en la historia de la Iglesia y de la humanidad. Tal revelación es especialmente fructuosa, porque se funda, por parte de la Madre de Dios, sobre el tacto singular de su corazón materno, sobre su sensibilidad particular, sobre su especial aptitud para llegar a todos aquellos que aceptan más fácilmente el amor misericordioso de parte de una madre». Pero el papa invita en otro lugar a destacar sobre todo el amor preferencial por los pobres: «La Iglesia, acudiendo al corazón de María, a la profundidad de su fe, expresada en las palabras del Magnificat, renueva cada vez mejor en sí la conciencia de que no se puede separar la verdad sobre Dios que salva, sobre Dios que es fuente de todo don, de la manifestación de su amor preferencial por los pobres y los humildes, que, cantado en el Magnificat, se encuentra luego expresado en las palabras y obras de Jesús» (Redempioris Mater, n. 37).El corazón de María se muestra así como un corazón dilatado y poblado de nombres, en especial de los nombres de los últimos. Por eso la presentarán algunos como la mujer toda corazón. Historia de la piedad y la liturgia Lo Santos Padres habían reflexionado ya sobre el corazón de la Madre del Salvador, pero será más tarde cuando aparezca la devoción cordimariana. Los primeros testimonios proceden del siglo VIII. […] San Juan Eudes (1601-1680) será el gran promotor de la devoción a los sagrados corazones de Jesús y de María. Sobre el objeto de la devoción a este último escribía: «Deseamos honrar en la Virgen madre de Jesús no solamente un misterio o una acción, como el nacimiento, la presentación, la visitación, la purificación; no sólo algunas de sus prerrogativas, como el ser madre de Dios, hija del Padre, esposa del Espíritu Santo, templo de la Santísima Trinidad, reina del cielo y de la tierra; ni tampoco sólo su dignísima persona, sino que deseamos honrar en ella ante todo y principalmente la fuente y el origen de la santidad y de la dignidad de todos sus misterios, de todas sus acciones, de todas sus cualidades y de su misma persona, es decir, su amor y su caridad, ya que según todos los santos doctores el amor y la caridad son la medida del mérito y el principio de toda santidad». Hacia 1643 empezó a celebrar la fiesta del Corazón de María, que años después aprobaron numerosos obispos, a pesar de la oposición de los jansenistas, y en 1668 confirmó el cardenal legado para Francia. En Roma se denegó la solicitud de que se estableciera la fiesta, por presentar ciertas dificultades doctrinales. En 1805 se concedió la celebración a todos los que lo solicitasen expresamente de Roma. En 1855 la Congregación de Ritos aprobó nuevos textos, pero con la misma restricción. El 31 de octubre de 1942, en el 25 aniversario de las apariciones de Fátima,

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Sagrado Corazón de Jesús, 27 de junio.

El día del Sagrado Corazón de Jesús es un solemnidad; es decir, una celebración del más alto rango en la Iglesia ¿Cuándo es el Día del Sagrado Corazón de Jesús? La Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús se conmemora cada año el viernes siguiente a la Octava de Corpus Christi; es decir, ocho días después del Jueves de Corpus. Se trata de una solemnidad; es decir, una celebración del más alto grado para la Iglesia Católica, reservada a los misterios más importantes de nuestra fe. Fue el beato Papa Pío IX quien designó que la solemnidad del Sagrado Corazón se celebraría universalmente el viernes después de la Octava de Corpus Christi cada año. ¿Qué día se celebra al Sagrado Corazón de Jesús en 2025? En el 2025 el día del Sagrado Corazón de Jesús se celebrará el 27 de junio; es decir, ocho días después del Jueves de Corpus Christi, que se conmemorará el jueves 19 de junio. Ambas celebraciones de la Iglesia Católica son movibles; en el caso de la solemnidad de Corpus Christi se celebra 60 días después del inicio de la Pascua, que en el año en curso se conmemoró el domingo 31 de marzo. Cabe señalar que, además del día del Sagrado Corazón de Jesús, la Iglesia Católica dedica todo junio a esta devoción, debido a una serie de acontecimientos relacionados con el mes: fue en junio de 1675 cuando Santa Margarita María Alacoque tuvo una revelación en la que Jesús le dijo que muchas personas no valoraban dicha devoción; y años más tarde, en junio de 1689, la misma santa escribió que Jesús pedía que el rey de Francia, Luis XIV, consagrara el país al Sagrado Corazón de Jesús. La devoción al Sagrado Corazón de Jesús también se conmemora nueve viernes al año: los nueve primeros viernes de cada mes, sin importar cuál sea el periodo, siempre que se tomen nueve meses consecutivos y sin interrupción. Lo anterior, debido a que Jesús le reveló a Santa Margarita María Alacoque su deseo de dar a conocer Su Sagrado Corazón encendido de amor por la humanidad, y prometió muchas gracias y bendiciones a quienes lo honrasen con devoción cada primer viernes de mes, durante nueve meses seguidos y en los términos anteriormente mencionados: asistir a la Misa completa y comulgar con un corazón limpio, en estado de gracia. Dijo la Santa al citar la promesa hecha por Jesús: “Yo te prometo, en la excesiva misericordia de Mi Corazón, que Su amor omnipotente concederá a todos aquellos que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: no morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus sacramentos, y Mi Corazón Divino será su refugio en aquel último momento”. Ir a Misa los nueve primeros viernes sin interrupción nos ayuda a darle a Dios prioridad. Mucha gente falta a Misa con cualquier pretexto; esta devoción al Sagrado Corazón de Jesús nos enseña a respetar el tiempo destinado a Él y captar que si lo ponemos Sus manos, Él nos ayuda a cumplir con lo que nos pide. Comulgar los nueve primeros viernes de mes en devoción al Sagrado Corazón de Jesús nos hace conscientes de cuál es la razón fundamental para asistir a Misa. Recibir a Jesús, que está realmente Presente en la Eucaristía. Es un error quedarse con la idea de que como ir a Misa es un mandamiento de la Iglesia, se trata simplemente de una obligación de “oír” Misa, sino también de llegar a la Comunión Eucarística-sacramental. Es una oportunidad, no solo para reunirnos en comunidad a cantar, orar y escuchar la Palabra de Dios (lo cual podríamos hacer en casa), sino para disfrutar del grandísimo privilegio de sentarnos a la mesa del Señor y ¡recibirlo a Él como alimento! Jesús nos pide comulgar nueve primeros viernes, no para que tomemos esto como un trámite que hay que cumplir, sino porque quiere entrar más y más en comunión íntima con nosotros y colmarnos con Su amor. ¿Cuál es el origen del Sagrado Corazón de Jesús? El origen de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús tiene que ver con la historia de santa Margarita María Alacoque, una religiosa francesa de la Orden de la Visitación que en el año 1675, durante la Octava de Corpus Christi tuvo una revelación divina que marcó su vida. Aunque había tenido antes muchas otras manifestaciones divinas, la que tuvo en esa ocasión fue para ella tan especial, que vivió una verdadera transformación: comenzó a destacar entre sus hermanas por su fervor ante el Santísimo Sacramento y por su obediencia en todos los encargos de su superiora, como el ayudar incondicionalmente a las hermanas de la enfermería. “Me emplearon en la enfermería -escribiría años más tarde Santa Margarita María Alacoque en su libro autobiográfico-, y sólo Dios conoce lo que tuve que sufrir allí. El demonio me hacía caer con frecuencia y romper cuanto tenía en las manos; y después se burlaba de mí, riéndose en mi misma cara, diciendo: ‘Torpe, jamás harás nada de provecho’. Me quedaba con tal tristeza que no sabía qué hacer, ya que con frecuencia me quitaba hasta el poder decírselo a nuestra Madre”. Santa Margarita María Alacoque buscaba en todo la mortificación: recogía, por ejemplo, los pedazos de pan mordidos que habían caído al suelo, y los llevaba a la cocina para que hicieran con ellos la sopa que ella habría de comer; era común en ella hacer cosas parecidas para vencer su natural aversión a la suciedad y a la poca limpieza. En cuanto a los trabajos comunes, era ella la primera en acudir, y se daba a ellos con tal entusiasmo que era necesario llamarla a la obediencia para retirarla de la labor. Además, era tan desprendida de todos los bienes materiales, que rechazó una pensión vitalicia que sus parientes quisieron darle. ¿Pero qué prodigiosa revelación divina llevó a Margarita María Alacoque a desear someterse a esas y muchas otras humillaciones y mortificaciones? Pues nada menos que ver al mismo Jesús -quien durante dos años se le había aparecido los primeros viernes de cada mes-, pero en esta ocasión se le manifestó señalando su Corazón

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San Pelayo, 26 de junio.

Hoy la iglesia celebra a San Pelayo, mártir. Pelayo (o Pelagio) es el mártir de la castidad en el umbral de la juventud. Nacido en Galicia, fue llevado a la cárcel de Córdoba con su tío Hermigio, obispo de Tuy. El califa se sintió atraído por su figura y, al no poder doblegar su virtud, lo hizo martirizar, a los catorce años de edad, el 26 de junio del año 925. Su cuerpo fue trasladado a León, y más tarde a Oviedo, donde se venera actualmente en el monasterio de benedictinos que lleva su nombre. La castidad sin la caridad no tiene valor. De las cartas de san Bernardo, abad. La castidad, la caridad y la humildad carecen externamente de relieve, pero no de belleza; y, ciertamente, no es poca su belleza, ya que llenan de gozo a la divina mirada. ¿Qué hay más hermoso que la castidad, la cual purifica al que ha sido concebido de la corrupción, convierte en familiar de Dios al que es su enemigo y hace del hombre un ángel? El hombre casto y el ángel son diferentes por su felicidad, pero no por su virtud. Y, si bien la castidad del ángel es más feliz, sabemos que la del hombre es más esforzada. Solo la castidad significa el estado de la gloria inmortal en este tiempo y lugar de mortalidad; solo la castidad reivindica para sí, en medio de las solemnidades nupciales, el modo de vida de aquella dichosa región en la cual ni los hombres ni las mujeres se casarán, y permite, así en la tierra la experiencia de la vida celestial. Sin embargo, aunque la castidad sobresalga de modo tan eminente, sin la caridad no tiene ni valor ni mérito. La castidad sin la caridad es una lámpara sin aceite; y, no obstante, como dice el sabio, qué hermosa es la generación casta, con caridad, con aquella caridad que, como escribe el Apóstol, brota del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sincera. Oración Señor, Padre nuestro, que prometiste a los limpios de corazón la recompensa de ver tu rostro, concédenos tu gracia y tu fuerza, para que, a ejemplo de san Pelayo, mártir, antepongamos tu amor a las seducciones del mundo y guardemos el corazón limpio de todo pecado.Por nuestro Señor Jesucristo. Sea siempre bendito, alabado, adorado, amado y reverenciado el Santísimo Sacramento, en todos los Sagrarios del mundo.Amén.

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Natividad de San Juan Bautista, 24 de junio.

Hoy la Iglesia celebra la solemnidad de la natividad de San Juan Bautista, y el 29 de agosto, la memoria de su martirio.  No hay ningún otro santo del que la Iglesia celebre el nacimiento y la muerte, como celebra los de Jesús, el Hijo de Dios (25 de Navidad y Viernes Santo) y la Virgen María (8 de septiembre y 15 de agosto). Normalmente sólo se celebra el «nacimiento al cielo». Pero el propio Jesús dijo de Juan: «En verdad os digo que entre los nacidos de mujer no hay otro mayor que Juan el Bautista» (Mt 11,11). Último de los grandes profetas de Israel, primer testigo de Jesús, iniciador de un bautismo para el perdón de los pecados y, en este contexto, bautista de Jesús; mártir por defender la ley judía. Ya en el siglo IV encontramos conmemoraciones litúrgicas de San Juan Bautista en fechas diversas. La del 24 de junio se fija según el Evangelio de San Lucas, 1,36a, cuando se dice que Isabel estaba ya en «su sexto mes»; por tanto, seis meses antes de la Navidad. Desde el siglo VI esta fiesta tiene una Víspera.  Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella. A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: «No, debe llamarse Juan». Ellos le decían: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre». Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió una pizarra y escribió: «Su nombre es Juan». Todos quedaronadmirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios. Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?». Porque la mano del Señor estaba con él. (Lc 1, 57-66.80) El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel. La gente se queda asombra ante este niño, pero también ante esta pareja estéril, avanzada en años, que ha tenido un hijo. Una maravilla iluminada por la fe, tanto que quienes se enteraron «guardaron en su corazón el recuerdo» de lo que oyeron y vieron, y alabaron a Dios. Un asombro acompañado de la conciencia de que no lo entendían todo: «¿Qué llegará a ser este niño?». “Todo el evento del nacimiento de Juan Bautista está rodeado por un alegre sentido de asombro, de sorpresa, de gratitud…  El pueblo fiel intuye que ha sucedido algo grande, aunque humilde y escondido, y se pregunta «¿Qué será este niño?». El pueblo fiel de Dios es capaz de vivir la fe con alegría, con sentido de asombro, de sorpresa y de gratitud… Y viendo esto preguntémonos: ¿Tengo sentido de la maravilla cuando veo las obras del Señor, cuando oigo hablar de la evangelización o de la vida de un santo? ¿Sé sentir las consolaciones del Espíritu o estoy cerrado a ellas?” (Papa Francisco, Ángelus del 24 de junio de 2018). Los que han venido para el rito de la circuncisión quieren ponerle al niño el nombre de su padre, Zacarías. Pero aquí es Isabel la que interviene, lo que es muy raro, y dice que el niño ha de llamarse Juan. Es el nombre que Dios mismo había indicado a través del ángel: «No temas Zacarías, tu oración ha sido escuchada y tu mujer Isabel te dará un hijo, al que llamarás Juan» (Lc 2,13). Zacarías manifestó su incredulidad, y por eso se quedó mudo. Ahora, obedece a lo que Dios le pidió escribiendo que el nombre del niño es Juan. Recupera así el habla y comienza una nueva historia. El texto nos hace comprender que se han abierto nuevas oportunidades: una mujer anciana y estéril da a luz un hijo; un hombre mudo habla. Dos signos que indican que allí donde las cosas parecen imposibles, Dios siempre tiene reservada una posibilidad, como nos recuerda el profeta Isaías: “Yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta?” (Is 43:19).

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