Santo del Día

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San Camilo de Lelis, 14 de julio.

Hoy es fiesta de San Camilo de Lelis, patrono de los enfermos y los trabajadores de salud. Cada 14 de julio, la Iglesia Católica celebra a San Camilo de Lelis, santo italiano del siglo XVII, fundador de la Congregación de Ministros de los Enfermos y Mártires de la Caridad, conocidos hoy como los Padres Camilos o Camilianos. San Camilo es el patrono de los profesionales de la salud y de los hospitales. Los ‘Padres Camilos’, bajo la inspiración de su fundador, han sido quienes dieron origen a lo que hoy conocemos como “enfermería”, particularmente a través de la figura de los “enfermeros o enfermeras de guerra”. En otras palabras, esta noble profesión apareció al menos dos siglos antes que cualquiera de las instituciones de asistencia modernas, como, por ejemplo, la “Cruz Roja” -organización también de inspiración católica surgida en la segunda mitad del siglo XIX-. Camilo de Lelis nació en Bucchianico (Chieti, Italia) en 1550. Quedó prontamente huérfano de madre. Su padre tampoco le duraría mucho, pues siendo militar y mercenario, murió pocos años después. Camilo, siguiendo el ejemplo paterno, se integró al ejército veneciano que luchó contra los turcos. Estando en campaña contrajo una enfermedad que afectó una de sus piernas, mal que lo aquejaría el resto de su vida. Dicha dolencia le produciría abscesos en el pie que reaparecían una y otra vez. Tras verse imposibilitado, fue ingresado al hospital de San Giacomo de Roma, donde años más tarde colaboraría en calidad de criado. Lamentablemente, aquella experiencia no terminó muy bien, pues pasados unos meses fue despedido a causa de su espíritu indómito. Así, con el fracaso sobre los hombros, Camilo retornaría a las filas del ejército veneciano para enfrentar nuevamente a los turcos. Eso tampoco duró mucho tiempo. Camilo se retiró de la vida militar, encontrando refugio en el juego. Los juegos de azar se convirtieron en su mayor debilidad y en vicio incontrolable. Cierta vez llegó a perderlo todo en una partida de cartas, incluso hasta la camisa que llevaba puesta. Luego, sumergido en la miseria, consiguió trabajo en la construcción de un convento capuchino en Manfredonia. Su nueva labor se volvió el medio perfecto para que el Señor toque su corazón. Camilo empezó a escuchar las prédicas en el templo y a asistir a la liturgia. Poco a poco su interior fue abriéndose a la gracia, hasta que llegó el día en que admitiría que era esclavo de sus pecados. Así también pudo conocer la misericordia de Dios. Reconoció de corazón que había vivido muy mal, y que, a pesar de ello, Jesús le daba una oportunidad que no había previsto: vivir plenamente, sirviéndolo a Él y a los demás. Durante aquel tiempo fuerte, el joven Camilo se apoyó mucho en los padres capuchinos y llegó a pensar que Dios lo llamaba a ser uno de ellos. Ingresó a la Orden de los Frailes Menores, pero no pudo profesar voto alguno a causa del problema con su pierna. Entonces, retornó al hospital de San Giacomo y se dedicó al cuidado de los enfermos. Hizo tan buena labor allí que fue nombrado superintendente del hospital. Las innumerables necesidades espirituales y materiales que padecían los ingresados en aquel recinto despertaron en Camilo la idea de fundar una asociación integrada por todo aquel que deseara consagrarse al cuidado de los enfermos. Mientras tanto, con el acompañamiento espiritual de uno de sus coetáneos más célebres, San Felipe Neri, se fue preparando para recibir el Orden sagrado. El Padre Camilo, junto a dos de sus compañeros, fundó la Congregación de los Siervos de los Enfermos en 1582. El grupo fundacional dejó el Hospital de San Giacomo y se trasladó al Hospital del Espíritu Santo. Todos los días los “camilos” atendían allí a los pacientes, procurando hacerlo como si cada uno fuese el mismo Cristo. No se preocuparon sólo de su salud física, sino que empezaron a dar catequesis y administrar los sacramentos necesarios. El servicio de la congregación se fue ampliando y aparecieron nuevos llamados: los camilos asumieron la atención de los enfermos en las prisiones y, al mismo tiempo, comenzaron a hacer rondas de visitas a los que no podían salir de sus casas. El siguiente reto de San Camilo fue enviar religiosos al lado de las tropas del ejército para que, llegado el momento, atendieran a los heridos. Muchos religiosos murieron en este sacrificado servicio, fuera a consecuencia de los combates o contagiados por la peste. San Camilo y sus hermanos permanecieron heroicamente al lado de los soldados incluso en medio de las circunstancias más extremas. Las noticias sobre la encomiable labor de los camilos llegó a oídos del Papa San Gregorio XIV, quien en 1591 les concede el estatus de orden religiosa con la denominación de Orden de los Ministros de los Enfermos. El nombre fue elegido por San Camilo para indicar que los miembros de la institución tenían como modelo exclusivamente a Cristo, aquel que dijo: “No he venido para ser servido, sino para servir y dar la vida” (Mt 20,28). El santo patrono de los enfermos padeció siempre a causa de su pierna, que por periodos mejoraba y por periodos volvía a hacerlo sufrir. Hubo una época en la que le aparecieron dos dolorosas llagas en las plantas de los pies, las que permanecieron abiertas por años. Finalmente, se sumaron las náuseas y la dificultad para comer en la última etapa de su vida. Aún así, San Camilo no dejaría de preocuparse por “sus hijos”, los enfermos. En 1607 renunció a la dirección de la Orden. Partió a la Casa del Padre unos años después, el 14 de julio de 1614, a los 64 años de edad. El Papa León XIII lo proclamó patrono de los enfermos junto con San Juan de Dios, y el Papa Pío XI lo declaró patrono y modelo de los trabajadores de la salud.

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San Enrique, 13 de julio.

No se puede comprender a fondo su vida prescindiendo de la fuerte formación cristiana recibida desde su primera infancia. Hijo del duque de Baviera, Enrique nace en Bamberga en el 973 y crece en un ambiente profundamente cristiano. Es educado por los canónigos de Hildesheim y después en Ratisbona, por el obispo San Wolfgango. Sucede al padre y luego al primo Otón III transformándose en el 1002 en rey de Alemania y, dos años después, también de Italia, mientras su hermano Bruno renuncia a la vida de corte para transformarse en obispo de Augusta; una de sus hermanas se hace monja mientras la otra se desposa con el quien será San Esteban de Hungría. En el 2014, el Pontífice Benedicto VIII consagra a Enrique Emperador del Sacro Imperio Romano. Su aporte a la reforma moral que nace de la abadía de Cluny es importante. Una reforma que no involucró sólo a la vida monástica sino que afectó a toda la Iglesia, ayudándola a combatir la simonía, es decir, la adquisición de cargos eclesiásticos por remuneración y a volver a dar centralidad al celibato de los sacerdotes. Entre los consejeros de Enrique II estuvo precisamente San Odilón, abad de Cluny, de quien el monarca apoyó la reforma. En el 1022, Enrique preside junto al Pontífice el Concilio de Pavía que emana 7 cánones contra el concubinato de los sacerdotes y en defensa de la integridad de los patrimonios eclesiásticos. Restaura también sedes obispales, funda la diócesis de Bamberga y hace edificar la catedral donde, junto a la esposa está sepultado. Su interés por los aspectos litúrgicos-eclesiales se percibe también en las solicitaciones a introducir la recitación del Credo en la Misa dominical. Enrique es también un gobernante de elecciones decididas. Antes que nada, refuerza el reino interno combatiendo diversos señores rebeldes. Se alía después con las tribus eslavas paganas para combatir contra el duque Boleslao que apuntaba al trono de Polonia, pero al final, debe reconocer la independencia de Polonia. Un hecho este que le hace ganar diversas críticas por haberse aliado con poblaciones no cristianas. Se dirige a Italia para derrotar a Arduino de Ivrea, a quien los señores italianos habían elegido como rey y para combatir contra los bizantinos en Apulia. El amor por Santa Cunegunda Uno de los aspectos que más impactantes de su vida fue su profunda unión con la esposa, Santa Cunegunda. No lograron tener hijos. Algunos pensaron que fue por una elección de castidad de los cónyuges, otros, en cambio, consideran que la causa fue la esterilidad, como escribía el contemporáneo Rodolfo Glabro, uno de los mayores cronistas del Medioevo. Diversamente de lo que sucedía a menudo en la Alta Edad Media en casos similares, Enrique se niega a repudiar a Cunegunda haciendo una elección que contribuye a su fama de santidad y que, probablemente, tenía su origen también en los comportamientos de sus predecesores: los Otones observaron siempre una estricta monogamia, no tuvieron hijos ilegítimos, ni repudiaron. Una elección que testimonia, sin lugar a dudas, un profundo respeto por el Sacramento del matrimonio y amor por su esposa. Enrique II fue canonizado en el 1146 por el Papa Eugenio III.

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Santos Luis y Zelia Martin, 12 de julio.

Los santos Luis y Celia Martin, padres de Santa Teresa de Lisieux, tienen una bella historia de amor marcada por la confianza en Dios, una intensa vida piadosa y la enfermedad. Ambos fueron canonizados el 18 de octubre de 2015, convirtiéndose en el primer matrimonio declarado santo en la misma fecha. Su fiesta se celebra hoy 12 de julio, en su aniversario de bodas. Luis nació en 1823 en Burdeos (Francia) y Celia vino al mundo ocho años después. Ambos crecieron en el seno de familias militares y católicas. Una biografía publicada por la Santa Sede describe que el padre de Luis, Pierre-François Martin, era capitán del ejército francés. Por ello el futuro santo y sus cuatro hermanos gozaron de los beneficios de quienes eran hijos de militares. Después de que el padre se jubiló, la familia se mudó a Alençon en 1831. Allí, Luis estudió con los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Al culminar su formación, aprendió el oficio de relojero en varias ciudades de Francia. Los padres de Celia Guérin fueron exigentes, autoritarios y rudos. En una de sus cartas a su hermano Isidore, describió que su madre era «demasiado severa; era muy buena, pero no sabía darme cariño, así que sufrí mucho». También afirmó que su infancia y juventud fueron «tristes como una mortaja». En su biografía, la Santa Sede señaló que Celia era «inteligente y comunicativa por naturaleza» y que su hermana Marie Louise fue como una segunda madre. La familia de Celia también se trasladó a Alençon tras la jubilación del padre, aunque en 1844. Los Guérin atravesaron muchas dificultades económicas, especialmente porque el mal carácter de la madre afectaba el desarrollo de sus negocios. Celia ingresó al internado de las religiosas de la Adoración Perpetua, donde aprendió a confeccionar el punto de Alençon, uno de los encajes más famosos de la época, y para especializarse entró en la «Ecole dentellière». Con su trabajo, Celia contribuyó a la economía familiar. Tanto Luis como Celia sintieron durante su juventud el deseo de consagrarse a Dios a través de la vida religiosa. Cuando tenía 22 años, Luis pidió ser admitido en el monasterio del Gran San Bernardo, pero fue rechazado porque no sabía latín. Por su parte, Celia quiso ingresar a la congregación de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, pero tampoco fue aceptada. Dios tenía otros planes para ellos. Años más tarde, Luis abrió una relojería y Celia un taller de encaje. Luis y Celia se cruzaron por primera vez en abril de 1858 en el puente San Leonardo. Ella quedó impresionada por ese «joven de noble fisonomía, semblante reservado y dignos modales», y sintió que una voz interior le decía que ese era su futuro esposo. Se enamoraron y se casaron ese mismo año. La boda civil se celebró en el municipio de Alençon a las 10:00 p.m. del día 12 y la religiosa a la medianoche, como era costumbre en ese tiempo, en la iglesia de Nuestra Señora. Las cartas de Celia reflejan el amor que sentía por Luis: «Tu mujer que te ama más que a su vida» y «Te abrazo tanto como te amo». Ambos llevaron una intensa vida espiritual. Asistían a Misa diaria, oraban en forma personal y comunitaria, se confesaban con frecuencia y participaban en las actividades parroquiales. Tuvieron nueve hijos, de los cuales sobrevivieron cinco niñas: Paulina, María, Leonia, Celina y Teresa. A todas les transmitieron el amor a Dios y al prójimo. Además, sus negocios no fueron impedimento para que pasaran tiempo de calidad con ellas. Cuando tenía 45 años, Celia se enteró de que tenía un tumor en el pecho. «Si Dios quiere curarme, estaré muy contenta, pues, en el fondo de mi corazón, deseo vivir; lo que me cuesta es dejar a mi marido y a mis hijas. Pero, por otra parte, me digo: si no me curo es que, quizá, será más útil que yo me vaya», escribió en una carta. La santa vivió esta enfermedad con firme esperanza cristiana hasta que falleció el 28 agosto de 1877 rodeada de su esposo y su hermano Isidore. Luis se trasladó a Lisieux, donde vivía Isidore, y la tía Celina lo ayudó a cuidar de sus cinco hijas. Años más tarde, todas se hicieron religiosas, cuatro en el Carmelo y una en la Visitación. Su mayor sacrificio fue separarse de Teresa, a quien llamaba «su reinecita», y que ingresó a la vida religiosa a los 15 años. Luis contrajo una enfermedad que lo fue mermando hasta perder sus facultades mentales. Fue internado en el sanatorio del Buen Salvador en Caen. Durante los períodos de alivio se ofreció como víctima de holocausto a Dios, hasta que murió el 29 de julio de 1894. Su hija Teresa fue proclamada santa el 17 de mayo de 1925 por el Papa Pío XI. Luis y Celia fueron canonizados el 18 de octubre de 2015 por el Papa Francisco durante el Sínodo de la Familia. En julio del mismo año se abrió la causa de beatificación de Leonia, hermana de Santa Teresa de Lisieux.

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San Benito, 11 de julio.

Cada 11 de julio la Iglesia Católica celebra a San Benito de Nursia, fundador del monacato occidental, patriarca de los monjes de Occidente y patrono de Europa. También se le conoce como San Benito, Abad. La máxima de vida de San Benito -con la que ha inspirado a la cristiandad a lo largo de los siglos- fue “ora et labora” (ora y trabaja), síntesis perfecta de su propuesta de vida y un llamado a la unidad entre contemplación y acción. El legado de este gran santo ha influido de manera definitiva en la formación y desarrollo del monacato -para aquellos hombres y mujeres llamados a buscar a Dios en la soledad y el silencio-, y hoy, tras muchos siglos, sigue inspirando a quienes asumen la tarea de hacer de la oración acción, y de la acción oración. El ideal de San Benito siempre fue la entrega completa del monje a Dios: una entrega a tiempo completo. San Benito nació en Nursia (Italia), en el año 480. Tuvo una hermana melliza, Escolástica, quien también alcanzaría la santidad. Después de haber estudiado retórica y filosofía en Roma, Benito se retiró a la ciudad de Enfide (actual Affile) para dedicarse con mayor profundidad al estudio y la disciplina ascética. No conforme con lo logrado hasta entonces, con 20 años el santo marchó hacia el monte Subiaco para vivir en absoluta soledad. Allí se instaló en una cueva. Más tarde se haría de la guía espiritual de un ermitaño. Años después, como parte de su búsqueda, se unió a los monjes de Vicovaro, quienes lo eligieron prior en virtud de su espíritu disciplinado. En Vicovaro brotaron las primeras animadversiones contra Benito, aparecidas en los corazones de los monjes que no estaban de acuerdo con la disciplina impuesta por el santo. Algunos de sus hermanos en el monasterio llegaron incluso a conspirar para asesinarlo. Cuenta la tradición que un día, a la hora de los alimentos, uno de los monjes le sirvió a Benito un vaso con agua envenenada. El abad lo recibió y lo puso sobre la mesa frente a sí. Antes de beber, como de costumbre, hizo la señal de la cruz y sin querer golpeó la copa, que cayó al suelo, haciéndose pedazos. Un sospechoso alboroto se produjo tras el hecho que acabó con los conspiradores, quienes quedaron en evidencia. Esto precipitó que San Benito se aleje de aquel monasterio definitivamente, no sin antes reprochar a aquellos “hombres de Dios” la gravedad de sus actos. Pasado aquel triste episodio, acompañado de un grupo de jóvenes animados por su enseñanza, Benito se dedicó a la fundación y organización de otros monasterios por diversos lugares de la Europa central, entre los que destacó el construido en Monte Cassino (Italia). Convencido de que la vida monástica requiere orden y armonía, se animó a escribir su famosa Regla, que ha servido de apoyo para un sin fin de otros reglamentos de comunidades religiosas a lo largo del tiempo. Paralelamente, el abad trabajó en hacer de sus monasterios auténticos centros de formación humana y espiritual, en los que se preservaba la cultura y la tradición. Gracias a estas notas características, su proyecto cobró forma y se convirtió en una suerte de red cultural y espiritual que enlazó a la Europa de aquel entonces. El estilo de vida monástico suscitó tal entusiasmo que miles de cristianos se descubrieron llamados a dejar el mundo atrás para dedicarse a Dios en los silenciosos claustros de un monasterio. El monacato europeo sirvió de base para la expansión de la cultura cristiana en el Viejo Continente. La red de monasterios repartidos por todos lados fue semilla de los sistemas educativos y se convirtió en la reserva cultural de Occidente. La mayoría de ciudades importantes de la Europa de hoy surgieron alrededor de algún monasterio, o se organizaron siguiendo su ritmo e inspiración. Siempre que se presta atención a la figura de San Benito se debe hacer con respeto y cuidado. La tentación de reducir su gesta a un intento puramente organizacional resultado de cierta obsesión con la disciplina constituye un error. Incurrir en una simplificación de esa magnitud sólo puede conducir a una seguidilla de malas interpretaciones. Nada más lejos que identificar la belleza de la vida religiosa con sacrificios exteriores carentes de sentido. Se debe tener presente que Benito, padre del monacato, fue antes que cualquier cosa un hombre de oración, una persona consciente de que el tiempo dedicado a Dios es indispensable para transformar la vida y construir el bien común. La práctica de la caridad debe ir siempre unida a la relación íntima con Dios. Ciertamente, Benito fue un hombre exigente, pero también reconocido por su trato amable y su generosidad. Su día a día empezaba de madrugada, cuando se levantaba para rezar los salmos y meditar la Escritura. Sólo salía a predicar después de haber cumplido con sus deberes en el monasterio. Gustaba de practicar el ayuno y tenía la convicción de que los monjes debían ocupar su tiempo en algún tipo de esfuerzo físico. El trabajo era para él un honroso camino hacia la santidad. San Benito realizó muchos milagros en vida: curó enfermos y resucitó muertos. Se enfrentó al demonio personalmente y practicó exorcismos, siempre con la cruz en la mano -de allí la devoción a la Cruz de San Benito-. Recolectó limosna para asegurar el alimento a sus hermanos y ayudar a los necesitados. Consoló a muchos que se hundieron en la tristeza y les devolvió el ánimo. El gran abad murió el 21 de marzo del año 547, pocos días después de su hermana, Santa Escolástica. San Benito murió en la capilla de su monasterio, con las manos levantadas al cielo, en gesto orante, como haciendo eco de algo que él mismo repetía: «Hay que tener un deseo inmenso de ir al cielo».

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Santa Amalia, 10 de julio.

Santa Amalia, también conocida como Santa Amalberga o Amelia, fue una santa cristiana reconocida en la Iglesia Católica y en la Iglesia Ortodoxa. Aunque no es tan conocida como otras santas, su historia y devoción siguen siendo importantes para muchos fieles. La historia de Santa Amalia se remonta al siglo VII. Nació en la región de Maubeuge, que se encuentra actualmente en Bélgica o Francia, en una familia noble. Desde muy joven, Amalia dedicó su vida a Dios y eligió consagrarse como virgen y monja. Amalia fundó un monasterio donde vivió junto con varias mujeres que también deseaban servir a Dios. Allí, se dedicaron a la oración, al estudio de las Escrituras y al servicio a los necesitados. Se dice que Amalia era una mujer piadosa, generosa y amorosa, que siempre mostraba compasión hacia los demás. El nombre Amalia, del cual deriva Santa Amalia, tiene un origen germánico y significa «trabajo» o «esfuerzo». Esto refleja la dedicación y compromiso que Amalia tenía hacia su vida religiosa y su servicio a Dios. La festividad de Santa Amalia se celebra el 10 de julio, aunque no es una festividad ampliamente conocida, hay algunas ciudades y regiones donde se celebra con especial devoción. Entre ellas se encuentran Maubeuge, en Francia, y algunas partes de Bélgica y los Países Bajos. Durante este día, los fieles asisten a misas especiales en honor a Santa Amalia y se realizan procesiones y actividades festivas en su nombre. La vida y el legado de Santa Amalia continúan siendo una fuente de inspiración para los creyentes. Ella nos recuerda la importancia de vivir una vida dedicada a Dios, de ser compasivos y de trabajar por el bienestar de los demás. Aunque su historia puede no ser tan conocida como otras, su impacto y ejemplo perduran a lo largo del tiempo. Santa Amalia fue una santa dedicada al servicio de Dios y a la ayuda a los demás. Su vida y devoción siguen siendo relevantes hoy en día, y su festividad se celebra el 10 de julio en diversas ciudades y regiones de Europa. A través de su historia, podemos aprender sobre el valor del compromiso espiritual y el amor al prójimo.

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Santa Verónica, 9 de julio.

Ursula Giuliani nació en Mercatello de Urbino, en 1660. En 1667, la joven ingresó en el convento capuchino de Cita de Castello, en Umbría, donde tomó el nombre de Verónica. Después de la profesión, aumentó todavía más su devoción a la Pasión de Cristo; a raíz de una visión de Nuestro Señor con la cruz a cuestas, Verónica empezó a sufrir de un agudo dolor en el costado. En 1693, tuvo otra visión en la que el Señor le dio a gustar el cáliz; Verónica lo aceptó y, desde aquel momento, los estigmas de la Pasión comenzaron a grabarse en su cuerpo y en su alma. Al año siguiente las marcas de la corona de espinas aparecieron sobre su frente y las huellas de las cinco llagas se formaron en sus miembros el Santo de 1697. Durante 34 años desempeñó en su convento el cargo de maestra de novicias. Once años antes de su muerte, fue elegida abadesa. Formaba a sus novicias con el «Ejercicio de Perfección y Virtudes Cristianas» del P. Rodriguez. Al fin de su vida, Santa Verónica, que durante casi 50 años había sufrido con admirable paciencia, resignación y aún gozo, se vio atacada de una apoplejía. Murió el 9 de julio de 1727. Dejó escrito un relato de su vida y sus experiencias místicas, que fue de gran utilidad en el proceso de beatificación. Antes de su muerte, había dicho a su confesor que los instrumentos de la Pasión del Señor estaban impresos en su corazón. Le dibujó su corazón, representando estos instrumentos, pues decía que los sentía porque cambiaban de posición. Al hacerle la autopsia, en la que estuvo presente el obispo, el alcalde y varios cirujanos, se puso al descubierto una serie de objetos minúsculos, que correspondían a los que la santa había dibujado.

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Santos Aquila y Priscila, 8 de julio.

El 8 de julio se celebra la festividad de los santos Aquila y Prisca, discípulos de San Pablo. Una vida juntos, en movimiento, con la mirada fija en Cristo. Es el dinamismo lo que golpeó en el testimonio de fe de Aquila y Priscila, íntimos amigos de Pablo de Tarso. Los pocos datos concernientes a ellos provienen de los elogios que el Apóstol de los Gentiles ha tejido en los Hechos y en las cartas. Aquila es judío, nació en Ponto, la actual Turquía: emigrante a Roma, conoce, se enamora y se casa con una mujer romana llamada Priscilla. Juntos abren una tienda de cortinas, juntos se convierten al cristianismo. En la Ciudad Eterna no pueden permanecer por mucho tiempo: el decreto promulgado por el emperador Claudio en el 49 prevé la expulsión de todos los judíos, acusados de fomentar disturbios. Se mudan a Corinto, una ciudad cosmopolita donde el culto de Afrodita está prosperando. Aquí conocen a Pablo, lo reciben en su casa y lo hacen trabajar con ellos para que pueda proporcionar lo necesario para su vida sin ser ningún peso para nadie. En la capital de Achaia, el Apóstol elige como lugar de culto y predicación la habitación del prosélito Tizio Giusto, ubicada cerca de la de los padres. La amistad arraigada en Jesús no se interrumpe incluso cuando Pablo decide regresar a Siria. Los esposos lo acompañan durante un tramo del viaje y se detienen en Éfeso. En la ciudad jónica de Anatolia, centro de intercambios culturales, religiosos y comerciales, los tres se encontrarán de nuevo. Pablo, de hecho, se estableció por más de dos años, fundando una Iglesia allí. Aquila y Priscilla, sin abandonar nunca la actividad comercial, lo ayudan en la formación de nuevos convertidos: en particular, se ocupan de la iniciación cristiana de Apolo, un judío alejandrino, muy versado en las Escrituras, edificado y fascinado por su catequesis, creíble por el testimonio de la reciprocidad y la oblación conyugal. La gran casa de Efeso adquirida por el matrimonio pronto se convirtió en un punto de referencia para la neo-comunidad que se reúne aquí para escuchar la Palabra y celebrar la Eucaristía. El apóstol les recibe siempre recordando con gratitud la cariñosa bienvenida de dos amigos que, para salvar su vida – escribe a los romanos- “han arriesgado la cabeza”. Una vez cesada la prohibición imperial de la expulsión de los judíos, Aquila y Priscila regresan a Roma, siempre atentos al impulso misionero y al testimonio del Resucitado. No se sabe nada sobre la muerte de los dos. Hay quienes identifican a Priscilla en Prisca, la primera mujer mártir, decapitada y venerada en la iglesia homónima del Aventino. Otros, identifican a Priscilla como la propietaria de las Catacumbas en la Via Salaria en Roma. A éstas fue vinculada la gens Acilia, a la que algunos estudiosos conducen de nuevo el nombre de Aquila.

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San Fermín, 7 de julio.

De acuerdo al santoral católico, cada 7 de julio se conmemora la vida y obra de San Fermín de Amiens, considerado el primer obispo de Amiens (Francia) y el copatrón de Navarra, junto a San Francisco Javier. Fue un misionero cristiano nacido en Pompaelo (actualmente Pamplona). Fue hijo de un alto funcionario pagano de la administración romana que gobernó Pamplona, en el siglo III. Estudió religión y oratoria en Francia, ordenándose como sacerdote católico a los 18 años de edad. Regresó a Pamplona para iniciar su larga y fructífera labor evangelizadora. Posteriormente, fue designado como el primer Obispo de Amiens (región ubicada al norte de Francia), cuando cumplió 24 años. Debido a su rol cristianizador fue perseguido y decapitado el 25 de septiembre de 303. En el siglo XII el obispo Pedro de Artajona trajo a Pamplona la primera reliquia de este mártir, siendo venerado por los lugareños cada 10 de octubre. Posteriormente, en 1591 la celebración de este santoral se trasladó al 7 de julio. ¿Sabías Qué? Conoce algunas curiosidades y datos interesantes sobre San Fermín: San Fermín. Toda una Leyenda Este santo se considera una leyenda, dado que no se han encontrado registros históricos que certifiquen su existencia. Parte de la leyenda ancestral de San Fermín establece que su cuerpo fue sepultado por los cristianos de la época en un lugar oculto. De acuerdo a la tradición, en el siglo 615 San Salvio encontró parte del cuerpo del santo navarro en Amiens, guiado por un rayo de luz. En la catedral de Pamplona se conservan fragmentos de su cabeza en un busto de plata y en un copón antiguos. También se guarda una arqueta relicario que contiene el fragmento de fémur del santo. Oración a San Fermín Glorioso mártir San Fermín, por el gran amor que has tenido a Jesús y a María, alcánzanos la gloria de conocer, amar y servir a Dios como tú lo hiciste. Por la singular limpieza de corazón y alma con que viviste, enséñanos a huir de todo pecado. Por la confianza que tuviste en Dios, enséñanos a aceptar siempre su voluntad. Por tu dichosa muerte, alcánzanos la gracia de vivir y morir cristianamente amando la cruz hasta el final. Oh Dios, que nos has dado en el glorioso mártir San Fermín, un insigne defensor de la fe católica, concédenos la gracia de predicar el Evangelio como él hizo, llevando una vida intachable, humilde, de acuerdo con el mensaje de la fe y amor que anunciamos.

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Santa María Goretti, 6 de julio.

Cada 6 de julio celebramos la fiesta de Santa María Goretti, la niña italiana de once años que fue asesinada por resistirse a ser ultrajada. María se defendió de su atacante con todas sus fuerzas y este, en represalia, le asestó varias puñaladas que la dejaron muy mal herida. Un día después fallecería en el hospital al que fue trasladada. Contra lo que podría haberse esperado, una agonizante María -a imitación de Nuestro Señor Jesucristo en la cruz- le concedió el perdón al joven que la atacó. El sacrificio de Santa María Goretti en defensa de la virtud cristiana y su actitud misericordiosa conmovieron al Papa Pío XII, quien la canonizó en 1950. El Pontífice la llamó “pequeña y dulce mártir de la pureza”. Marietta (María) Goretti Carlini nació en 1890, en Corinaldo, provincia de Ancona (Italia). Fue hija de Luigi Goretti y Assunta Carlini, siendo la tercera de los siete hijos de la pareja. Sus padres la bautizaron al día siguiente de su nacimiento y, según la costumbre, la consagraron a la Virgen María. Los Goretti carecían de bienes terrenales significativos, pero atesoraban el don de la fe y el deseo de que sus hijos vivieran cristianamente. La familia solía reunirse a diario para la oración en común y especialmente para el rezo del Santo Rosario. Y, como corresponde, sin excepción alguna, todos los domingos acudían juntos a Misa. Un día, María se encontraba sola en casa ayudando en los quehaceres domésticos. Su padre había fallecido hacía cierto tiempo y su madre había salido al campo a trabajar como todos los días. Entonces, un jovenzuelo de 18 años llamado Alessandro Serenelli, hijo de un conocido de su padre, aprovechó las circunstancias para ingresar furtivamente en la casa. Alessandro, presa de sus bajos deseos, intentó abusar de María, pero dada la férrea resistencia de la niña, el agresor decidió acabar con ella y la apuñaló sin compasión -el parte médico daba constancia de hasta catorce puñaladas-. María fue llevada al hospital, pero los médicos no pudieron hacer mucho. La pequeña permanecería unas horas más en agonía, en las que recibió la Santa Comunión y la Unción de los enfermos. Luego, momentos antes de morir, expresó su última voluntad: perdonar de corazón al hombre que la había atacado y por el que estaba perdiendo la vida. Aquel gesto quedó perennizado como testamento de misericordia para la humanidad entera. Fue el 6 de julio de 1902. Alessandro Serenelli fue condenado a 30 años de cárcel. Sin embargo, no dio signos de arrepentimiento por años hasta que una noche tuvo un sueño en el que vio a María recogiendo flores en un prado y que al verlo se le acercó para entregárselas en las manos. Desde ese día Alessandro empezó a cambiar y comportarse mejor. Con 27 años de condena cumplidos fue puesto en libertad por su buen comportamiento. Y lo primero que hizo fue buscar a la madre de María y pedirle perdón por lo que había hecho. La mujer, igual que la pequeña mártir, también lo perdonó. En el año 2003, el Papa San Juan Pablo II, con ocasión de la celebración de la niña mártir, dijo: “Marietta, como era llamada familiarmente, recuerda a la juventud del tercer milenio que la auténtica felicidad exige valentía y espíritu de sacrificio, rechazo de todo compromiso con el mal y disponibilidad para pagar con el propio sacrificio, incluso con la muerte, la fidelidad a Dios y a sus mandamientos“. “Hoy -continuó el Santo Padre- se exalta con frecuencia el placer, el egoísmo, o incluso la inmoralidad, en nombre de falsos ideales de libertad y felicidad. Es necesario reafirmar con claridad que la pureza del corazón y del cuerpo debe ser defendida, pues la castidad ‘custodia’ el amor auténtico”. Los mártires, a lo largo de la historia de la Iglesia, murieron por amor a Cristo. El caso de Santa María Goretti no deja de tener el mismo carácter testimonial, con la particularidad de que su sacrificio se produjo en defensa de la virtud de la pureza o castidad, muchas veces desestimada, incomprendida o, incluso, despreciada por el mundo de hoy, pero sin la que es imposible entender, amar y encarnar a Cristo, cualquiera sea la época o circunstancia.

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San Antonio María Zaccaria, 5 de julio.

Cada 5 de julio la Iglesia Católica celebra a San Antonio María Zaccaria, médico y sacerdote italiano, fundador de los Clérigos Regulares de San Pablo (Barnabitas), las Hermanas Angélicas de San Pablo y los Laicos de San Pablo. San Antonio María forma parte del extraordinario grupo de santos fundadores del siglo XVI. Antonio María Zaccaria nació en Cremona (Italia), en 1502. Quedó huérfano de padre antes de cumplir un año y fue su madre quien se dedicó completamente a proporcionarle los cuidados necesarios y a sembrar en él la semilla de la fe cristiana. Gracias a ella, el niño creció cada vez más consciente del amor y la providencia de Dios. A los 22 años se graduó de médico, lleno de expectativas y del deseo de servir a otros con su profesión. Tenía la ilusión de salvar muchas vidas y, por qué no, almas. Aunque sin saberlo en ese momento, Antonio María había empezado a andar el camino de servicio que lo conduciría al sacerdocio. Unos años después, animado por su director espiritual, empezó a estudiar filosofía y teología. Con el tiempo, ya con el corazón dispuesto para responder al llamado de Dios, se ordenó sacerdote. Antonio María se había hecho médico de cuerpos y almas. Más adelante se trasladó a Milán. Allí fundó a los Clérigos Regulares de San Pablo (conocidos como ‘Barnabitas’, porque se congregaban en la Iglesia de San Bernabé), las Hermanas Angélicas de San Pablo y los Laicos de San Pablo. También se atribuye al santo haber instituido la ‘Adoración de las 40 horas’, movido por su gran amor a la Sagrada Eucaristía. Esta celebración litúrgica, también llamada ‘Festividad de las Cuarenta horas’, consiste en una jornada de oración frente al Santísimo Sacramento que empieza el Viernes Santo y concluye el Domingo de Resurrección, “repasando” las cuarenta horas que el Cuerpo de Jesús permaneció en el Santo Sepulcro. Los tiempos de San Antonio María Zaccaria fueron muy difíciles para la Iglesia: fueron los años de la revuelta protestante proclamada en Alemania por Martín Lutero y extendida por buena parte de Europa. Zaccaría fue uno de los que con su enorme labor apostólica preparó el terreno de la gran ‘Contrarreforma’ que la Iglesia Católica impulsaría con el Concilio de Trento (1545-1563). San Antonio María Zaccaria falleció el 5 de julio de 1539 a los 36 años. Algunos de sus biógrafos coinciden en calificar su labor apostólica de ‘magna’ o ‘monumental’, tanto que algunos sugieren que es como si el santo hubiera vivido 30 años más de los que finalmente vivió. Aunque murió joven, su vida fue una plasmación de aquel versículo del libro de la Sabiduría, en el Antiguo Testamento, que dice: «El justo, aunque muera prematuramente, hallará descanso;porque la edad venerable no consiste en tener larga vidani se mide por el número de años.Las verdaderas canas del hombre son la prudenciay la edad avanzada se mide por una vida intachable» (Sab 4, 7-9). El Papa León XIII lo proclamó santo el 15 de mayo de 1897. Su Fiesta se celebra el 5 de julio de cada año.

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