Santo del Día

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San Zenón de Nicomedia, 2 de septiembre.

Mártir del Siglo III. Un Testigo de Fe en la Antigua Bitinia San Zenón vivió en el siglo IV, durante el reinado del emperador Juliano el Apóstata (361-363), quien trató de restaurar el paganismo en el Imperio Romano tras la época de Constantino. Zenón, descrito como un cristiano piadoso y respetado en Nicomedia (actual Turquía), fue arrestado junto con sus dos hijos, Concordio y Teodoro, por negarse a rendir culto a los ídolos. Según la tradición, Zenón era un hombre de gran sabiduría y firmeza, que animó a sus hijos a no ceder ante las presiones del gobernador y a confesar su fe en Cristo incluso bajo amenaza de muerte. Los tres fueron sometidos a crueles torturas, permaneciendo constantes en su testimonio. Finalmente, Zenón y sus hijos fueron ejecutados, alcanzando así la palma del martirio. El martirio de San Zenón y su familia es símbolo de la transmisión de la fe entre generaciones, pues no solo defendió él mismo el cristianismo, sino que fortaleció a sus hijos para soportar la prueba. Por eso, es considerado patrono de los padres cristianos que buscan educar a sus hijos en la fe. En el arte cristiano primitivo se le representa como un hombre maduro, acompañado por dos jóvenes mártires (sus hijos), todos con la palma del martirio. Su memoria litúrgica se celebra el 2 de septiembre, y en algunas regiones del oriente cristiano se le recuerda también en conjunto con otros mártires de Nicomedia. San Zenón es recordado como mártir de la fe cristiana, víctima de las persecuciones contra los cristianos que tuvieron lugar en la antigua ciudad de Nicomedia, una de las principales metrópolis del Imperio Romano de Oriente, situada en el actual territorio de Turquía. Zenón era un soldado romano, estimado por su valentía y su fidelidad. Además de su entrega al emperador, era también un ferviente cristiano, y su fe era bien conocida entre sus compañeros de armas. Cuando el emperador Diocleciano, célebre por la dureza de sus persecuciones contra los cristianos, promulgó decretos en su contra, Zenón no dudó en profesar abiertamente su fe. Durante una ceremonia religiosa en honor de las divinidades paganas, Zenón, profundamente turbado por los sacrificios idolátricos, interrumpió el rito para proclamar su fe en Cristo y condenar la idolatría. Este gesto valiente condujo de inmediato a su arresto y a la condena a muerte.

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San Gil o Egidio, 1 de septiembre.

Cada 1 de septiembre la Iglesia celebra a San Gil, a quien se conoce también como San Egidio Abad.  Entre los “auxiliadores” San Gil (en latín: Aegidius, en francés: Gilles, en italiano: Egidio), a veces llamado Egidio el Eremita, fue un monje benedictino de origen griego que vivió entre los siglos VI y VII. La tradición lo ha erigido como ejemplo de bondad y espíritu misericordioso. Sus biógrafos suelen destacar en él la delicadeza y sabiduría con la que trataba a todo aquel que acudía a su presencia, así como su ánimo constante para llamar a todos a la conversión. Una antigua devoción germánica lo coloca entre los «catorce santos auxiliadores», es decir, entre aquellos bienaventurados famosos por “su eficacia” para responder a las solicitudes de sus devotos. Francia, tierra de santidad Egidio nació en Atenas (Grecia, en ese momento parte del Imperio Bizantino) en el seno de una familia noble y rica. La fecha exacta de su nacimiento es incierta, pero se cree que fue alrededor del año 640. Después de descubrir que Dios lo llamaba por el camino de la renuncia al mundo, Gil repartió el patrimonio que le correspondía entre los pobres. Luego marchó hacia Provenzal, al sur de Francia, tierra en la que se estableció y donde se consagró a la ascesis y la oración.  De acuerdo a una antigua tradición, el santo realizó allí muchos milagros: sanó enfermos de parálisis, curó a gente con mordeduras de serpientes, o a enfermos de fiebres; convirtió tierras estériles en fértiles y -según la leyenda- hasta resucitó muertos. Como esto le acarreó fama y veneración pública, decidió retirarse al bosque cercano a la desembocadura del río Ródano. Una vez establecido allí, vivió como eremita. Dios perdona todos los pecados, todos Un día en que el rey Childeberto I andaba de cacería –algunos señalan que en realidad se trató de Carlos Martel– vio a Egidio (San Gil) cerca de la ermita en la que vivía, alimentándose de la leche de una cierva que él pretendía cazar.  Entonces se produjo un encuentro entre los dos: un diálogo que devino en el inicio de la conversión del rey. Este le confesó un pecado gravísimo -se cree que incesto-, pero llegó a encontrar consuelo en las palabras de Egidio.  El monarca decidió reparar en la medida de lo posible el mal cometido y, como consecuencia de verse amado por Dios a pesar de su iniquidad, decidió brindar su ayuda al eremita. El rey mandó construir un monasterio en ese mismo paraje -conocido después como el “Bosque de San Egidio”-, en el que el santo sería nombrado primer abad. La regla que acogió el monasterio fue la benedictina.  Llevando la misericordia de Dios Pronto el lugar empezó a llenarse de peregrinos que buscaban al santo para que los cure de sus males, sean del cuerpo o del alma. San Gil permaneció en aquel monasterio por muchos años, acogiendo a quien lo necesitaba y, cada vez que podía, volviendo al silencio y la soledad en las que encontraba a Dios.  Ya anciano, se dirigió al Pirineo catalán donde, a los 84 años de edad, murió santamente (c. 720-725). Veneración San Egidio es llamado “abogado de los pecadores”; “protector de pobres, tullidos y arqueros” (según un relato medieval él mismo fue herido por una flecha alguna vez, se dice, porque unos cazadores quisieron matar a la cierva que le servía de compañía); “defensor contra las enfermedades”, especialmente contra el cáncer y la epilepsia -llamada por algunos el «mal de San Gil»-. Muchos lo consideran, también, patrono de los leprosos. Este santo goza de gran devoción en Europa. Iglesias, hospitales, altares e imágenes hechas en su honor pueden encontrarse en países como Francia, España, Inglaterra, Polonia, Italia y Alemania. Hermosos lugares del Viejo Continente y de América llevan su nombre. Ecos en nuestro tiempo Hoy se ha hecho conocida la Comunidad de San Egidio, institución fundada por el historiador italiano Andrea Riccardi en la ciudad de Roma en 1968.  Sus miembros, laicos todos, se organizan para llevar a cabo obras de gran impacto social: han luchado por la abolición de la pena de muerte, por el trato justo y adecuado a los enfermos de HIV/sida, o por la protección de la ancianidad abandonada. Su labor ha sido reconocida por los Papas San Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco.

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San Ramón Nonato, 31 de agosto.

Cada 31 de agosto la Iglesia celebra a San Ramón Nonato, religioso de la Orden de la Merced, nacido en 1204, en Portell, pueblo de la antigua Corona de Aragón (España). Patrono de los no nacidos. El apelativo “nonato”, término que proviene del latín nonnatus (no nacido), le fue dado por la manera en que Ramón llegó a este mundo: fue extraído, mediante cesárea, del útero de su madre cuando esta se hallaba muerta. En virtud de aquel singular hecho, la tradición le ha conferido a San Ramón el título de “patrón de las embarazadas, parturientas, parteras y recién nacidos”. Si hay alguien que haya pasado por el mismo trance o haya sufrido circunstancia relativa o semejante, sea madre, padre o hijo, no puede tener mejor amigo e intercesor que San Ramón. Lo mismo ha de decirse de los pequeños que por diversos motivos no pudieron o no los dejaron nacer. Redentor de los cautivos Ramón ingresó a la Orden Real y Militar de Nuestra Señora de la Merced y la Redención de los Cautivos, cuyos miembros son conocidos como mercedarios. La Orden de la Merced, como también se le conoce, fue fundada por San Pedro Nolasco en 1218 con un propósito concreto: rescatar a los cristianos tomados prisioneros por los musulmanes en el norte de África. Ramón fue ordenado sacerdote en 1222 y sirvió como superior en varias comunidades de su Orden durante varios años. Llegado el momento, fue enviado como “rescatador de cautivos” a África del Norte. Allí pagó rescate por varios cristianos hasta que se le acabó el dinero y, de acuerdo al cuarto voto mercedario, tuvo que ofrecerse él mismo a cambio de un prisionero. Un candado para que se calle… pero no se calló En cautiverio, Ramón se dedicó a anunciar al Señor y a dar consuelo a quienes, como él, estaban privados de su libertad, viviendo en condiciones infrahumanas. El santo se mantuvo firme en el encierro con un solo propósito: fortalecer la fe de aquellos a los que Cristo había puesto bajo su cuidado espiritual. Con su testimonio, suscitó muchas conversiones, incluso entre los no cristianos, algo que enfureció terriblemente a sus carceleros musulmanes, quienes lo mandaron torturar en diferentes oportunidades. Como castigo fue azotado públicamente más de una vez, y en una ocasión llegaron a perforarle los labios con hierro candente para colocarle un candado en la boca y deje así de hablar. Fueron ocho largos meses los que San Ramón Nonato tuvo que pasar en esta situación, hasta que Pedro Nolasco pudo enviar a otros miembros de la Orden a rescatarlo. De la mano de la Virgen de la Merced San Ramón Nonato, de regreso a España, fue nombrado cardenal por el Papa Gregorio IX. El santo asumió su cargo con sencillez y continuó viviendo con el mismo espíritu evangelizador de siempre. Aunque era ya un príncipe de la Iglesia, siguió vistiendo austeramente y nunca abandonó su humilde celda del convento de Barcelona. Posteriormente fue convocado a Roma por el Papa. Ramón emprendió el viaje, pero al llegar a Cardona, a unos diez kilómetros de Barcelona, le sorprendió una violenta fiebre que le quitó la vida. El buen “nonato” partió a la Casa del Padre el 31 de agosto de 1240, con solo 36 años. “Mujeres, recen a San Ramón Nonato” (Papa Francisco) El 31 de agosto de 2020, el Papa Francisco envió un mensaje a la comunidad mercedaria del Santuario San Ramón Nonato en Buenos Aires (Argentina) con motivo de su fiesta. En la misiva el Papa recomendaba a los matrimonios rezar a este santo cuando quieren tener un hijo: “Cuando en la Audiencia algún matrimonio me pide la bendición para que venga un hijo, les digo que recen a San Ramón Nonato, y si son de la Argentina les recomiendo que pasen por el santuario de la calle Cervantes. Como ven, los tengo presentes”, aseguró el Pontífice. ¡San Ramón Nonato, ruega por nosotros, en especial por los “no nacidos”!

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San Pamaquio, 30 de agosto

San Pamaquio perteneció a la familia de los Camilos cuyas posesiones en el norte de África les hacían inmensamente ricos. Probablemente, Pamaquio fue cristiano de toda la vida. Recibió una esmerada educación en retórica, elocuencia y literatura sagrada. Fue en la juventud compañero de Jerónimo y mantuvieron la amistad incluso más allá de la interrupción que supuso la marcha al desierto de Jerónimo en el año 370, fecha en torno a la cual pasa Pamaquio a formar parte del Senado. Quizá no entendió del todo aquel brote de generosidad en la oración y, posiblemente, juzgó como extremoso el rigor de la penitencia que el grupo jeronimiano propiciaba con tanto énfasis. De hecho, bastantes cristianos de Roma lo juzgaron excesivo y criticaron abundantemente al santo, bien por error, bien porque la incondicional actitud evangélica de un pequeño círculo cristiano era una crítica muda para su cómoda mediocridad. El caso es que contrajo matrimonio con Paulina, hija de santa Paula, aquella mujer asceta que siguió junto con Eustoquia al santo penitente al desierto. Con su olfato cristiano, Pamaquio detectó y puso de manifiesto los errores doctrinales de Joviniano y tuvo la valentía de exponerlos con claridad al papa Siricio, que se vio obligado a condenar la herejía unos años más tarde, en el 390. Para poder hacerse con seguridad cargo de los peligros que encerraba la enseñanza joviniana, se vio necesitado de recurrir frecuentemente con consultas específicas a Jerónimo. A la muerte de Paulina por un mal parto, en el año 393, cuando llevaban solamente cinco años de matrimonio, comenzó Pamaquio a desarrollar una caridad con obras altamente llamativas. Organizó un banquete para los pobres; no lloró, sino que se dedicó a hacer; no se lamentó, pero llenó sus días con obras de misericordia. Tomando lección de la Sagrada Escritura, meditada a diario, se convenció de que la caridad cubre la multitud de los pecados. Los cojos, ciegos, paralíticos y tullidos son los herederos de Paulina. Y como las voces vuelan, continuamente se le ve por Roma acompañado de una nube de pobres a su alrededor. Este hombre de la caridad levantó en el puerto romano un hospital para atender a los extranjeros, donde él mismo, con sus propias manos, curaba y atendía a los enfermos y moribundos. Quizá influyó en Pamaquio la clara y animosa ayuda de su amigo Jerónimo quien le dice por carta que no se contente con «ofrecer a Cristo tu dinero, sino a ti mismo. Fácilmente se desecha lo que solo se nos pega por fuera, pero la guerra intestina es más peligrosa; si ofrecemos a Cristo nuestros bienes con nuestra alma, los recibe de buena gana, pero, si damos lo de fuera a Dios y lo de dentro al Diablo, el reparto no es justo». Preocupado no solo por los cuerpos, sino principalmente de las almas, ejerció un ordenado apostolado epistolar, escribiendo frecuentes y sólidas cartas dirigidas a los que administran sus posesiones en Numidia y atienden sus tierras para sacarlos de la herejía de Donato, que había hecho estragos entre los cristianos poco cultos o débiles en la fe; fue una labor altamente encomiada por Agustín de Hipona que le agradece su intervención en una carta escrita en el año 401. Murió en el año 410, poco antes del dramático saco de Roma. Pamaquio permaneció seglar –laico– toda su vida, dando un testimonio claro de amor a Dios y de coherencia de fe cristiana. Prestó servicio a la sociedad desde los más altos cargos profesionales y administró rectamente los bienes patrimoniales no mirando solo el provecho propio, sino teniendo en cuenta las necesidades de sus contemporáneos. Un ejemplo para la mayor parte de los fieles cristianos de todos los tiempos.

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Martirio de San Juan Bautista, 29 de agosto.

Cada 29 de agosto la Iglesia Católica conmemora el Martirio de San Juan Bautista, precursor de Jesucristo, llamado a preparar los caminos del Señor: “Yo soy la voz que clama en el desierto: ‘enderezad el camino del Señor’, como dijo el profeta Isaías” (Jn 1, 23). Juan, primo de Jesús, fue condenado a muerte por haber anunciado la verdad del Mesías y denunciado aquellas conductas del pueblo de Israel que ofendían a Dios. Antigua y profunda veneración San Juan Bautista es el único santo al que se celebra tanto su nacimiento (24 de junio) como su muerte (29 de agosto), acontecida por medio del martirio. El Papa Benedicto XVI, en la audiencia general del 29 de agosto de 2012, recordaba que la memoria [del martirio] de Juan el Bautista “se remonta a la dedicación de una cripta de Sebaste, en Samaria, donde ya a mediados del siglo IV se veneraba su cabeza. Su culto se extendió después a Jerusalén, a las Iglesias de Oriente y a Roma, con el título de ‘Decapitación de San Juan Bautista’”. Luego, el Pontífice añadía: “En el Martirologio romano se hace referencia a un segundo hallazgo de la preciosa reliquia, transportada, para la ocasión, a la iglesia de San Silvestre en Campo Marzio, en Roma. Estas pequeñas referencias históricas nos ayudan a comprender cuán antigua y profunda es la veneración de San Juan Bautista”. El relato del martirio El relato del martirio de Juan el Bautista se encuentra en el Evangelio de San Marcos: «Herodes había mandado poner preso a Juan Bautista, y lo había llevado encadenado a la prisión, por causa de Herodías, esposa de su hermano Filipos, con la cual Herodes se había ido a vivir en unión libre. Porque Juan le decía a Herodes: ‘No le está permitido irse a vivir con la mujer de su hermano’. Herodías le tenía un gran odio por esto a Juan Bautista y quería hacerlo matar, pero no podía porque Herodes le tenía un profundo respeto a Juan y lo consideraba un hombre santo, y lo protegía y al oírlo hablar se quedaba pensativo y temeroso, y lo escuchaba con gusto» (Mc 6, 17 – 29). Llegó el día en que Herodes ofreció un banquete a los tribunos y principales de Galilea por su cumpleaños. Durante la fiesta, se presentó a bailar la hija de Herodías y fue tal el agrado que Herodes encontró en la danza de la joven que le prometió que cumpliría cualquier deseo que tuviese. Por eso ella, a sugerencia de su perversa madre, pidió la cabeza de Juan Bautista. Herodes sintió pena por Juan, al que escuchaba con gusto, pero no tuvo el valor de rechazar el pedido ni quiso verse comprometido frente a sus invitados. Al rato, la cabeza de Juan le fue entregada en una bandeja. San Juan Bautista, mártir de la verdad Benedicto XVI, en la audiencia mencionada anteriormente (2012), añadía: «La Iglesia celebra hoy la memoria del Martirio de san Juan Bautista, el precursor de Jesús, que testimonia con su sangre su fidelidad a los mandamientos de Dios. Su vida nos enseña que cuando la existencia se fundamenta sobre la oración, sobre una constante y sólida relación con Dios, se adquiere la valentía de permitir que Cristo oriente nuestros pensamientos y nuestras acciones». Además, destacó que «celebrar el martirio de san Juan Bautista nos recuerda también a nosotros, cristianos de nuestro tiempo, que no se puede descender a negociar con el amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad. La Verdad es verdad y no hay componendas». «La vida cristiana exige, por decirlo de alguna manera, el ‘martirio’ de la fidelidad cotidiana al Evangelio, es decir, el valor de dejar que Cristo crezca en nosotros y sea Él quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones. Pero esto sólo puede suceder en nuestra vida si la relación con Dios es sólida. La oración no es tiempo perdido, no es robar espacio a las actividades, incluso a las apostólicas, sino que es exactamente lo contrario: sólo si somos capaces de una vida de oración fiel, constante y confiada, será el mismo Dios quien nos dará la capacidad y la fuerza para vivir de modo feliz y sereno, para superar las dificultades y testimoniarlo con valor. Que san Juan Bautista interceda por nosotros, a fin de que sepamos conservar siempre la primacía de Dios en nuestra vida», agregó el entonces Papa.

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San Agustín, 28 de agosto.

Cada 28 de agosto, la Iglesia Católica celebra a San Agustín de Hipona (354-430), el célebre obispo de la antigüedad que encaminó la filosofía y la teología por la ruta de la cooperación, de tal manera que quedaron sentada la estructura y el modo de desarrollo de la doctrina cristiana como depositaria de la verdad -aquella que inquieta el corazón del ser humano y que se revela, en última instancia, en el encuentro con lo divino-. Poseedor de una fineza espiritual y una profundidad intelectual extraordinarias, Agustín de Hipona no solo ha dejado una huella indeleble en la tradición eclesiástica latina, sino que su pensamiento produjo un impacto decisivo en la ciencia y el saber occidentales. En San Agustín toda alma que anhela alcanzar la verdad encuentra a un amigo seguro y confiable, en el que no hay ambages. Por eso, es el santo patrono de «los que buscan a Dios”, sea porque nunca lo conocieron, sea porque erraron en el camino. A San Agustín de Hipona se le considera entre los Padres de la Iglesia, e integra la lista selecta lista de los Doctores de la Iglesia. Fue un brillante orador, filósofo y teólogo, autor de célebres textos entre los que se encuentran las Confesiones y La ciudad de Dios. Sirvió a la Iglesia como sacerdote y obispo. “Tarde te amé” (San Agustín) San Agustín de Hipona nació el 13 de noviembre del año 354 en la ciudad de Tagaste, ubicada al norte de África, en territorio que hoy pertenece a Argelia. Sus padres fueron Patricio Aurelio, ciudadano romano, y Mónica, mujer cristiana de probada virtud que alcanzaría la santidad por su abnegación y perseverancia, rezando y luchando por la conversión de su esposo y de su hijo. En su juventud, Agustín se entregó a una vida libertina, dada a los placeres mundanos. Convivió con una mujer durante catorce años, con la que tuvo un hijo de nombre Adeodato, quien moriría muy joven. Antes de su conversión al cristianismo, Agustín pretendió hacerse de fama y prestigio: pasó primero un tiempo en Cartago (antigua ciudad del norte de África) y luego se trasladó a Roma, capital del imperio. Sin duda, tanto su brillantez como inteligencia excepcionales lo ayudaron a convertirse en un ‘gran orador’ (algo así como los abogados defensores de hoy). Abrazó diversos tipos de doctrinas y creencias, y por largos años estuvo vinculado a la secta de los maniqueos, una de las tantas variantes del gnosticismo. Las cosas empezaron a cambiar en su vida cuando fue destacado como orador del emperador (retor) en Milán. Allí conoció a San Ambrosio, obispo de la ciudad, cuyo testimonio de sabiduría y habilidad discursiva lo dejaron impresionado como jamás lo había estado. Providencialmente, Agustín pudo reconocer gracias a aquel hombre santo tanto la luz de la Verdad -así, con mayúscula-, algo que venía buscando por años, como, por contraste, la oscuridad en la que se encontraba su errática existencia. Un día, cuando Agustín estaba en un jardín, sumido en una profunda melancolía, escuchó la voz de un niño que le decía: «Toma y lee; toma y lee» [Tolle, lege; tolle, lege]. El santo abrió, al azar, una biblia que tenía a mano. Sus ojos se posaron en lo primero que vio: el capítulo 13 de la carta de San Pablo a los romanos, que a la letra decía: «Nada de comilonas ni borracheras; nada de lujurias y desenfrenos…revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias» (Rom 13,13-14). El texto y las circunstancias le tocaron el alma y eso aceleró su proceso de conversión. Resolvió cambiar de vida según Cristo, y empezó por renunciar a los placeres de todo tipo que le obnubilaban el alma y a vivir castamente. Cuando esto finalmente sucedió, Agustín ya no era un jovencito. De ahí su célebre lamento: “Tarde te amé, oh Belleza siempre antigua, siempre nueva. Tarde te amé” (Confesiones, libro VII). Una madre excepcional: Santa Mónica En el año 387, Agustín fue bautizado en Milán junto a su hijo; tenía cumplidos los 33 años. Siempre consideró que su conversión fue tardía y que desperdició buena parte de su vida buscando lo más grande en cosas que son pura apariencia. La muerte de su madre, Santa Mónica, ese mismo año, le dejó un gran sinsabor con respecto al saber adquirido y que solía ostentar. Había tomado conciencia por fin de todo el amor y empeño que había puesto su madre en que él cambiase de vida y reciba a Cristo. Nunca antes había percibido con tanta claridad que su madre había sido una mujer de amor profundo por su familia, porque era una mujer llena de amor a Dios. Esta dura experiencia, que se combinaba con una gratitud insondable, marcaría a Agustín para el resto de su vida. África otra vez: Hipona De regreso a África, el santo se propuso llevar una vida de meditación y oración. Sin embargo, Dios tenía otros planes para él. Un día, asistiendo a la Eucaristía en Hipona, fue interpelado por el obispo Valerio, quien ya había recibido noticias sobre su conversión. Entonces, Valerio le dijo que necesitaba con urgencia un sacerdote que lo asistiera en su labor pastoral. Aunque la idea no le agradó inicialmente, Agustín tomó aquel cuestionamiento como un llamado del Señor. Así, después del tiempo y la preparación indicada, es ordenado sacerdote; y, cinco años después, obispo. Gobernó la diócesis de Hipona por 34 años, empleando sus dotes intelectuales y espirituales para atender las necesidades del rebaño que Dios le había encomendado. Combatió las herejías de su tiempo, debatió contra las corrientes contrarias a la fe, acudió a varios concilios de obispos en África y viajó constantemente con el propósito de hablar rectamente sobre el Evangelio. Aunque se había descubierto, tiempo atrás, llamado a una vida silenciosa alejada del aplauso de las gentes, su labor como obispo se lo impidió de varias maneras. No pudo evitar que su labor episcopal contribuyera a acrecentar su prestigio dentro y fuera de la

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Santa Mónica, 27 de agosto.

Cada 27 de agosto, la Iglesia celebra a Santa Mónica, patrona de las esposas, modelo de mujer y de madre. “¡Cuántas lágrimas derramó esa santa mujer por la conversión del hijo! ¡Y cuántas mamás también hoy derraman lágrimas para que los propios hijos regresen a Cristo! ¡No perdáis la esperanza en la gracia de Dios!”, dijo el Papa Francisco durante la homilía de la misa de apertura del capítulo general de la Orden de San Agustín, el 28 de agosto de 2013. El Santo Padre aludía así a la manera particular como Santa Mónica (331-387) se ganó el Cielo. Una esposa inteligente Mónica nació en Tagaste, norte de África (actual Túnez), el año 331. Siendo joven, por un arreglo que hicieron sus padres, se casó con Patricio, un hombre violento y mujeriego. Alguna vez le preguntaron por qué su marido nunca la golpeaba teniendo tan mal genio. Es lugar común en la tradición decir que ella, ante la pregunta de qué hacía si su esposo estaba de mal genio, solía responder que su estrategia era no dejarse llevar por el mal  humor: que si él gritaba, ella respondía con su silencio; pues para pelear se necesitan dos y que si lo más conveniente era no responder, se quedaba callada, sin caer en el juego de la provocación. Quizás hoy, una actitud así podría pasar por alguna forma de sumisión o pasividad, pero era algo muy distinto: Mónica hacía uso de cierta astucia y gran prudencia. Ella sabía muy bien que la violencia -verbal o física- no conduce sino a más violencia. Por eso, es más lógico pensar que ella escogió el mejor camino: el de la inteligencia, la perseverancia, el compromiso con el otro, la paciencia y la esperanza. Santa Mónica, como queda en evidencia, jugó un rol muy activo dentro de su familia. Nunca dejó de rezar y ofrecer sacrificios por la conversión de su esposo, un hombre lleno de amargura, cosa que finalmente logró. El padre de Agustín, Patricio, se bautizó poco antes de morir y dejó este mundo como cristiano. Una madre paciente Lamentablemente, el dolor de la santa no acabaría allí. Agustín, su hijo mayor, era un joven de actitudes egoístas e impetuosas, que llevaba una vida disoluta y no tenía ningún interés en la fe. Mónica sufría al ver a su hijo alejado de Dios, aunque guardaba la esperanza de que se convertiría como lo hizo su esposo. Ella siguió rezando y ofreciendo sacrificios espirituales por su hijo. La relación con este pasó por periodos muy difíciles, en los que hubo tensiones e incomprensiones que pusieron a prueba la paciencia y la fe de Mónica. Más de una vez pensó que sus esfuerzos eran inútiles, especialmente cuando veía a su hijo comportarse de manera inmoral, preso de los placeres y hambriento de fama y riquezas. Quien ama, espera Se dice que Mónica se apartó de él en varias oportunidades, incluso negándole que permaneciera en su casa. Desesperada, alguna vez se encontró -en palabras del mismo Agustín- con un “sacerdote, cierto obispo, educado en tu Iglesia y ejercitado en tus Escrituras” a pedirle que hable con Agustín y lo convenza de sus errores. Fue entonces que recibió aquella célebre respuesta de aquel pastor: “Esté tranquila, es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas” (Confesiones III, 12, 21). Dios le daba, de esa manera, el consuelo, la fuerza que le faltaba y la sabiduría necesaria para entender mejor que “nuestros tiempos” no son siempre los tiempos de Dios. Después de muchos años de incertidumbre sobre la salvación de su hijo, finalmente sus oraciones dieron el fruto esperado. Agustín, después de un largo itinerario espiritual e intelectual que lo había sumido en el vacío, recibió el bautismo en la Pascua del año 387. Mónica tuvo la dicha de estar durante ese periodo al lado de su hijo, pues lo había seguido desde Tagaste (Norte de África) hasta Milán (Italia), ciudad en la que Agustín abrazó el cristianismo, con el apoyo y guía espiritual de San Ambrosio (340-397). Modelo y consuelo para los padres No mucho tiempo después, cuando ambos -Mónica y Agustín- se encontraban de camino de regreso a Tagaste, la santa cayó enferma y muere en el puerto de Ostia Antica (actual Italia). Tenía 56 años. En el Ángelus del 27 de agosto del 2006, el Papa Benedicto XVI afirmó: “Santa Mónica y San Agustín nos invitan a dirigirnos con confianza a María, trono de la Sabiduría. A ella encomendamos a los padres cristianos, para que, como Mónica, acompañen con el ejemplo y la oración el camino de sus hijos”.

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Santa Teresa de Jesús Jornet, 26 de agosto.

Cada 26 de agosto, la Iglesia celebra a Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, religiosa española que se santificó en el servicio a los ancianos en estado de abandono. En 1873 fundó -junto al P. Saturnino López Novoa- la congregación religiosa de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, en la ciudad de Barbastro, Huesca (España). Su obra se extendió rápidamente, floreciendo y dando abundantes frutos, al punto de que a la muerte de la Madre Teresa la congregación estaba a cargo de 103 asilos para ancianos, repartidos estos entre España y América. El bien es difusivo Teresa Jornet nació en Aitona, Lérida (España), el 9 de enero de 1843, en el seno de una familia profundamente católica. Como muestra de ello están las numerosas vocaciones que florecieron dentro de la familia. Dos de sus hermanas fueron también religiosas: una de ellas, Josefa, ingresó a las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul y sirvió muchos años en un hospital de la Habana (Cuba); la otra se incorporó a la Congregación que Teresa fundó. Finalmente, tres de las hijas de su hermano también formaron parte de su comunidad. Inicialmente Teresa estudió para ser maestra en la ciudad de Lérida. Al graduarse fue invitada por un tío suyo, el Beato P. Francisco Palau y Quer -carmelita descalzo exclaustrado- a trabajar en el Instituto de las Hermanas Terciarias Carmelitas, que él había fundado. Teresa trabajó allí con esmero, pero sin considerar aún la vida religiosa como opción para su vida. “¿Qué quieres que haga por ti? (Mc 10, 51-52) El llamado vocacional vino después. Teresa se descubrió llamada a la vida contemplativa y solicitó el ingreso al monasterio de las clarisas de Briviesca en Burgos (España) en 1872. Sin embargo, no llegó a realizar los votos y volvió a la casa familiar. Tras estos acontecimientos, replantea su camino y decide hacerse carmelita terciaria para dedicarse a la enseñanza. En junio de ese mismo año, Teresa realizó un viaje junto a su madre a las aguas termales de Estadilla, Huesca. Durante el trayecto de regreso, Teresa se detuvo en Barbastro, localidad en la que conoció al Beato Saturnino López Novoa quien, con un grupo de sacerdotes amigos, se dedicaba al cuidado de ancianos abandonados. Teresa vió en aquella noble labor una señal, algo que le indicaba la ruta que había estado buscando. Quizás, por vez primera, el futuro aparecía más despejado y luminoso. Percibía  que era Cristo mismo quien le pedía entregarse a los demás de esa manera. La caridad asistencial y su sentido Poco después, el 11 de octubre de 1872, Teresa regresaría a Barbastro, esta vez para quedarse. Llegó acompañada de su hermana María y de la amiga de ambas, Mercedes Calzada. Su propósito era unirse al grupo de las primeras aspirantes, dirigidas por el P. Saturnino. Teresa sería nombrada superiora de esa primera comunidad femenina. Luego la santa recibe oficialmente, de manos del Beato Saturnino, las constituciones que habrían de regir la vida de aquellas mujeres. Unos meses más tarde, el 27 de enero de 1873, se realiza la fundación de la Congregación de Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Para mayo de 1873, las hermanitas llegan a Valencia, siempre acompañadas del P. Saturnino, a solicitud de la Asociación de Católicos de la ciudad. La idea era comenzar el trabajo de ayuda a los ancianos en abandono. La espiritualidad de esta Congregación, concebida y forjada por sus santos fundadores, consiste en acoger a los ancianos más pobres e integrarlos en un ambiente de familia, atendiendo sus necesidades materiales y espirituales. En palabras de Teresa, se trata de: “Cuidar los cuerpos para salvar las almas”. Teresa de Jesús Jornet e Ibars fue superiora general de su congregación hasta el día de su muerte, acontecida en Liria, Valencia, el 26 de agosto de 1897. Tenía 54 años. El sendero del amor a los más frágiles Teresa de Jesús Jornet e Ibars fue beatificada el 27 de abril de 1958 por el Papa Pío XII, solo cincuenta años después de su muerte. El Papa San Pablo VI la canonizó el 27 de enero de 1974. En la homilía de la misa de canonización, el Papa señaló: “Teresa Jornet tuvo algo, misterioso si se quiere, que nos atrae. A su lado se siente esa presencia inefable de la Vida que la sostuvo y la alentó en sus afanes de consagración a Dios y al prójimo, orientándola hacia la senda concreta de la caridad asistencial. El fruto de la ingente labor desplegada por tan humilde religiosa cuajó de manera admirable, pero sin clamor externo. El quehacer de la gracia será siempre algo misterioso”. En la actualidad, las Hermanitas de los Ancianos Desamparados tienen 204 hogares distribuidos en 19 países, entre los que se encuentran Alemania, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, España, Filipinas, Guatemala, México, Mozambique, Perú y Paraguay.

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San José de Calasanz, 25 de agosto.

Cada 25 de agosto la Iglesia Católica celebra a San José de Calasanz, sacerdote y educador español. Calasanctius, como era conocido, fue un gran defensor y propulsor de la educación en una época en la que estudiar era un privilegio. Precisamente, el santo fundó la primera escuela pública gratuita de Europa, propuesta educativa que replicó dando lugar a las denominadas ‘Escuelas Pías’. Fue además fundador de la Orden de los Clérigos Regulares Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías, cuyos miembros son conocidos como “escolapios”. “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis” José nació en Peralta de la Sal, Aragón (España), el 11 de septiembre de 1557. Sus padres fueron don Pedro de Calasanz -quien llegó a ser alcalde de Peralta- y doña María Gastón. Gracias a ellos recibió una educación esmerada desde el hogar, por la que adquirió una amplia cultura, desde muy niño, y una sólida formación cristiana. Posteriormente asistió a la escuela local de Peralta, donde continuó sus estudios. A los dieciséis años expresó su deseo de ser sacerdote. Inicialmente su padre no estuvo de acuerdo: la muerte de la madre y del hermano mayor de José hicieron pensar a don Pedro que el chico tenía que encargarse de la administración de los bienes familiares y de perpetuar el apellido. Providencialmente, el tiempo haría cambiar de opinión a don Pedro, de manera que José pudo estudiar Filosofía y Derecho Canónico en la Universidad de Lérida; y, después, Teología en las universidades de Valencia y Alcalá de Henares. En 1583, con 25 años, José sería ordenado sacerdote. Fue enviado a la Seu d’Urgell (Seo de Urgel), en la provincia de Lérida, cerca de los Pirineos catalanes. Por aquel entonces Urgel era una región convulsionada a causa del bandolerismo. José pasó algunos años allí, en los que tuvo que enfrentar un período sin obispo, por sede vacante. Fueron años difíciles en los que se desempeñó como secretario del capítulo catedralicio, y en los que también tuvo la oportunidad de conocer las necesidades y carencias de mucha gente. En 1591, se trasladó a Roma, en busca de un horizonte pastoral distinto, alentado por la idea de hacer carrera eclesiástica allí. Las Escuelas Pías: que ningún niño se quede sin estudiar En Roma no encontró lo que esperaba. Sin embargo, no perdió la esperanza y siguió pensando en hacer algo por la Iglesia y la gente necesitada. El P. José siempre había sido un hombre piadoso, dado a la oración, y sus circunstancias lo obligaron a que ponga aún más su confianza en Dios y la Virgen Santísima. Cuando comenzó a recorrer las calles y barrios de la Ciudad Eterna, vio cómo muchos niños estaban abandonados a su suerte, sin recibir aquello que él sí había recibido: primero, educación; y después, un trato amable y una fe. Esta experiencia fue el germen de la creación de las “Escuelas Pías”, abiertas a todos, gratuitas, concebidas a la luz del Evangelio. Las que el P. Calasanz fundó por esos días serían las primeras escuelas públicas -de matriz cristiana- de Europa. Una vez que el P. Calasanz tuvo maduras sus ideas, comenzó a buscar apoyo y financiamiento para su proyecto de escolarización. Lamentablemente nadie pudo apoyarlo. Por eso, en 1597 pidió utilizar la sacristía de la parroquia de Santa Dorotea en Roma -ubicada en una zona pobre de la ciudad- y allí empezó él personalmente a dar clases. Con el correr de los meses, las «Escuelas Pías» fueron aumentando, y con ello también creció el número de estudiantes. Afortunadamente también aumentó el número de colaboradores, a quienes se les empezó a llamar «escolapios». Sería con ese grupo inicial de colaboradores con el que San José formaría la Orden de los Clérigos Regulares de las Escuelas Pías, consagrados exclusivamente a la educación. Poner en el centro del proceso educativo al niño Tras comprobar los buenos resultados y la magnífica gestión de las escuelas, los escolapios recibieron el apoyo de la Santa Sede, así como el de muchas familias acomodadas que deseaban participar en la iniciativa. «En Roma he encontrado la manera definitiva de servir a Dios, haciendo el bien a los pequeños, y no lo dejaré por nada del mundo», decía San José de Calasanz. «Pues si desde la infancia el niño es imbuido diligentemente en la piedad y en las letras, ha de preverse, con fundamento, un feliz transcurso de su vida entera» (San José de Calasanz, Constituciones de las Escuelas Pías, 1622). En un mensaje dirigido a los escolapios en 2007, con ocasión de los 450 años del nacimiento de su fundador, el Papa Benedicto XVI señaló: “En el centro de la obra educativa él (San José de Calasanz) colocó el respeto a la personalidad de cada niño, en el que reconocía la imagen de Cristo. Reivindicó y fue el primero que promovió su derecho a la instrucción y a la educación, comenzando por los niños pobres”. San José de Calasanz murió el 25 de agosto de 1648 en Roma, a los 90 años. Fue canonizado en 1767 por el Papa Clemente XIII, y en 1948 Pío XII lo declaró “Patrono ante Dios de todas las escuelas populares cristianas del mundo”. Su gran obra, las Escuelas Pías, se encuentran hoy repartidas en los cinco continentes.

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San Bartolomé, 24 de agosto.

Cada 24 de agosto la Iglesia Católica celebra a San Bartolomé, uno de los doce apóstoles de Jesucristo. Después de la ascensión del Señor a los cielos y la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, Bartolomé se enrumbó, como la mayoría de apóstoles, hacia tierras lejanas. Igual que ellos, llevaba en el corazón el ferviente deseo de anunciar a Cristo a las naciones. Sobre Bartolomé dice el Martirologio romano: “Nacido en Caná de Galilea, fue presentado por Felipe a Cristo Jesús en las cercanías del Jordán, donde el Señor le invitó a seguirle y lo agregó a los Doce… es tradición que predicó el Evangelio en la India y que allí fue coronado con el martirio (s. I)”. De acuerdo a una antiquísima tradición, Bartolomé efectivamente se enrumbó hacia la India, estuvo en Medio Oriente y también en Armenia, y hay fuentes que señalan que su martirio tuvo lugar allí. Lamentablemente, no hay seguridad absoluta sobre el final de sus días. Patronazgo San Bartolomé tiene múltiples patronazgos, todos relacionados a la manera como murió de acuerdo a la tradición: se le arrancó la piel para torturarlo y luego fue decapitado. Por eso es el patrono de los carniceros, fabricantes de libros, guantes, pieles, zapateros y sastres. También es considerado patrono de los mercaderes de queso, viñadores y albañiles. Asimismo, y más recientemente, hay quienes piden su intercesión en las situaciones límite o para controlar los desórdenes nerviosos y ataques de pánico, en virtud al temple extraordinario que el apóstol mostró al morir. ¿Bartolomé o Natanael? En la Escritura, San Bartolomé aparece en los tres Evangelios sinópticos (Mt 10, 3; Mc 3, 18; Lc 6, 14), siempre en compañía de Felipe. También es mencionado en los Hechos de los Apóstoles (1, 13): Bartolomé es uno de los que estuvieron reunidos en torno a la Madre de Dios el día de Pentecostés. De acuerdo a la gran mayoría de estudiosos de la Tradición y la Escritura, Bartolomé aparece también en el Evangelio de Juan, pero no con el nombre que se usa en los sinópticos, sino con el de ‘Natanael’ (que significa «regalo de Dios»). Es altamente probable que esta interpretación sea la correcta dado que “Natanael” es quien está al lado de Felipe en las mismas ocasiones del “Bartolomé” de los sinópticos. Un “israelita de verdad” predicando en Asia Bartolomé nació en Caná de Galilea y fue convocado por Jesús a ser apóstol a través de Felipe (cfr. Jn 1, 45-51). Fue uno de los discípulos a quienes Jesús se apareció de noche junto al mar de Galilea, después de su resurrección (Jn 21, 2). De acuerdo a Eusebio de Cesarea, a quien se considera el padre de la historia de la Iglesia, Bartolomé marchó a predicar hacia la India, donde dejó una copia del Evangelio de Mateo escrita en arameo. Por otro lado, el pueblo armenio considera a San Bartolomé como el santo patrono de la Iglesia Apostólica Armenia, junto a San Judas Tadeo. Ambos apóstoles llegaron a la zona del Cáucaso en la que se ubica Armenia para anunciar por primera vez el Evangelio. Por esta razón se les llama también “cofundadores”. Muerte: desollado en Armenia Se cree que Bartolomé murió martirizado en Abanópolis (Armenia), ciudad ubicada en la costa occidental del Mar Caspio, después de haber predicado en lugares como Mesopotamia, Persia y Egipto. Habría sido en Abanópolis donde el rey Astyages de Derbent lo condenó a ser torturado y a morir. El castigo consistía en arrancarle la piel en vida y luego decapitarlo si sobrevivía a la tortura. Bartolomé ha sido muchas veces representado en el arte desollado y sosteniendo su piel con sus propias manos -dando la apariencia de llevar algún ropaje en las manos-; sin embargo, es más común verlo en la iconografía de pie, con barba, con un libro y un cuchillo en las manos. Sus reliquias están conservadas en la iglesia de San Bartolomé, en la Isla Tiberina, en Roma. “¿De qué me conoces?” Hace ya varios años, el Papa Benedicto XVI se refirió a la personalidad y vocación de este apóstol: «El evangelista nos dice que, cuando Jesús ve que Natanael se acerca, exclama: “Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño” (Jn 1,47). Se trata de un elogio que recuerda al texto de un Salmo: “Dichoso el hombre […] en cuyo espíritu no hay fraude” (Sal 32, 2), pero que suscita la curiosidad de Natanael, quien replica sorprendido: “¿De qué me conoces?” (Jn 1, 48a). La respuesta de Jesús no se entiende en un primer momento. Le dice: “Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi” (Juan 1, 48b)».

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