Santo del Día

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El Dulce Nombre de María, 12 de septiembre.

El Dulce Nombre de María se celebra cada año el 12 de septiembre. Esta festividad destaca el profundo amor de la Virgen María hacia su hijo, Jesucristo. La veneración de su nombre es un acto de devoción que invita a los fieles a reflexionar sobre el papel de María como Madre del Redentor. Historia y Origen La celebración del Dulce Nombre de María tiene sus raíces en la victoria cristiana en la Batalla de Viena en 1683. El Papa Inocencio XI instituyó la festividad para conmemorar esta ocasión. Significado El nombre de María es sinónimo de amor y compasión. Su mención inspira fe y esperanza entre los creyentes, recordando su intercesión y protección. Devoción a la Madre del Redentor Legado El legado de la Virgen María sigue siendo una fuente de inspiración para millones de personas en todo el mundo, reafirmando su papel como guía espiritual. Historia La festividad del Dulce Nombre de María fue instituida tras la victoria en la Batalla de Viena en 1683 como agradecimiento por la intercesión de la Virgen. El Avemaría ya nos venía ayudando a bendecir el nombre de María, haciéndolo con siete alabanzas grandiosas, antes de llegar a pedirle su intercesión ante Dios: «ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte». Y también las Bendiciones en la adoración eucarística: «Bendito sea el nombre de María, Virgen y Madre». «Y el nombre de la virgen era María» «Fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David. Y el nombre de la virgen era María» (Lc 1,26-27). En escritos de exégesis se nos dice que sobre el nombre de María se han propuesto unas 60 etimologías distintas. Era nombre frecuente en la aristocracia femenina de Israel. San Lucas da la transcripción aramea del nombre maryam, de la raíz mar y mari: que significa señora, princesa. Parece ser éste el significado más seguro. El dulce nombre de María, con toda razón, está frecuentemente en los labios y el corazón de los fieles, al menos en quienes rezamos el Rosario, que en cada una de su cuatro partes incluye 50 Avemarías. Es frecuente en el nombre bautismal de las mujeres cristianas –María del Carmen, María de Luján, María de Guadalupe, etc– y también de los varones –José María, Luis María, Juan María… –Es, era, frecuente en el saludo tradicional de muchas regiones  de la Iglesia: Ave, María purísima… Sin  pecado concebida. –En algunas congregaciones de religiosos -cartujos, trapenses, dominicos, etc.- tienen o tenían por norma o por costumbre añadir al nombre propio, delante de él o detrás, el nombre de María. Por ejemplo, el monje escritor trapense Thomas Merton se llamaba Mary Louis Merton. El padre dominico, fundador de la Comunidad de San Juan, hace poco fallecido, tomó el nombre de Fr. Marie-Dominique Philippe. Los hijos de María bendecimos su dulce nombre porque es –glorioso, y «glorificado de tal modo que su alabanza está siempre en la boca de todos»; –santo, pues la «llena-de-gracia» (Lc 1,28) ha encontrado «gracia ante Dios» (1,31); –y maternal, porque el Crucificado así lo quiso, cuando dijo a San Juan, su discípulo amado, «he ahí a tu madre» (Jn 19,27) La devoción de los santos al nombre de María San Alfonso María de Ligorio (1696-1787), fundador de los redentoristas, declarado Doctor de la Iglesia (1871), en su libro tantas veces editado Las glorias de María, expresa su profunda devoción mariana comentando frase por frase la Salve Regina. Y en el último capítulo, el décimo –¡Oh dulce Virgen María! El nombre de María es dulcísimo en vida y en muerte–, ofrece una antología de preciosos textos de varios santos y maestros espirituales, que han invocado con especial elocuencia la devoción al nombre de María.

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Santos Proto y Jacinto, 11 de septiembre.

SANTOS PROTO Y JACINTO, Mártires Decapitados hacia el año 257 en Roma, Italia. Los dos hermanos, esclavos de Santa Eugenia, y bautizados con ella por el obispo Hilario, se dedicaron al estudio de las Sagradas Escrituras. Después de haber permanecido algún tiempo en un monasterio de Egipto, edificando allí a todos por su humildad y santidad, siguieron a Santa Eugenia hasta Roma. Llegados a esta ciudad bajo el reinado de Juliano, fueron detenidos, cruelmente flagelados y finalmente decapitados. Mártires durante la persecución de Valeriano. El día de su conmemoración anual se menciona en el «Depositio Martyrum» en la cronografía del 354 bajo el 11 de septiembre. La cronografía también menciona sus tumbas, en el Coemeterium de Basila en la Vía Salaria, después de la Catacumba de San Hermes. Los Itinerarios y otras autoridades primitivas dan este lugar de entierro. En 1845 el Padre Marchi descubrió la todavía imperturbada tumba de San Jacinto en una cripta de la antedicha catacumba. Era un nicho cuadrado y pequeño en el que estaban depositados las cenizas y fragmentos de huesos quemados, envueltos en restos de costosas telas. Evidentemente, el santo había sido quemado; probablemente, ambos mártires sufrieron muerte por el fuego. El nicho estaba cerrado por una plancha de mármol similar a la usada para cerrar un loculus, y llevaba la inscripción original que confirmaba la fecha en el martiriologio antiguo: En la misma cámara se encontraron los fragmentos de un arquitrabe perteneciente a una decoración posterior, con las palabras,: . . . S E P U L C R U M P R O T I M (artyris). . . (Sepulcro del Mártir Proto). Así que ambos mártires fueron sepultados en la misma cripta. El Papa San Dámaso I escribió un epitafio en honor de los dos mártires, parte del cual todavía existe. En el epitafio Dámaso llama hermanos a Proto y a Jacinto. Cuando el Papa San León IV trasladó los huesos de un gran número de mártires romanos a las iglesias de Roma, las reliquias de estos dos santos también debían ser trasladadas; pero, probablemente, a causa de la devastación de la cámara sepulcral, solo la tumba de San Proto fue encontrada. Sus huesos fueron transferidos a San Salvatore en el Palatino. Los restos de San Jacinto fueron ubicados (1849) en la capilla de la Propaganda. Más tarde, las tumbas de los dos santos y una escalera construida al final del siglo IV fueron descubiertas y restauradas. Fuente: ALLARD, Rome souterraine (2nd ed., Paris, 1877), 529 sqq.; MARUCCHI, Les catacombes romaines (2nd ed., Rome, 1903), 480 sqq.; Nuovo Bull. di arch. crist. (1895), 11 sqq.; (1898), 77 sqq.; Bibliotheca hagiographica latina, II, 1015; DUFOURCQ, Les Gesta martyrum romains, I, 222sq. J.P. KIRSCH Transcrito por Robert B. Olson. Traducido por José Luis Anastasio. L H M.

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San Nicolás de Tolentino, 10 de septiembre.

He aprendido a estar contento con lo que tengo, sé vivir en pobreza y sé vivir en abundancia: todo lo he probado y estoy ya hecho a todo. (Filipenses 4, 11-12) Hoy celebramos a San Nicolás de Tolentino, intercesor de las almas del purgatorio. Fraile, sacerdote y místico italiano; el primer miembro de la Orden de San Agustín (agustinos) en ser canonizado. San Nicolás vivió mucho tiempo en Tolentino, ciudad de Italia, y la ilustró con su muerte. A pesar de sus increíbles austeridades en la Orden de los Ermitaños de San Agustín, siempre tenía la sonrisa en los labios. Seis meses antes de su muerte, oía todas las noches los conciertos de los ángeles. Medita tres hermosas palabras de este santo: “El corazón que una vez gustó de Dios, ya nada encuentra en la tierra que le plazca; no hay que amar la vida, sino porque nos conduce a la muerte; en poco tiempo podemos ganar la eternidad”. Murió en 1315, a los 70 años de edad. Se dice que su madre, habiendo llegado a cierta edad, no había podido concebir. Por ese motivo, junto a su esposo, salió en peregrinación al Santuario de San Nicolás de Bari, para pedir la gracia de salir encinta. La mujer, que amaba profundamente al Señor, prometió que si Él le concedía tan inmenso favor, ella le entregaría con gusto a su hijo para que sea sacerdote. Dios, que mira con compasión a quienes piden con fe, le concedió a la mujer la bendición de salir embarazada. Llegado el tiempo, nacería un robusto niño al que bautizaron con el nombre de ‘Nicolás’, en honor a su santo patrono. Los años pasaron y mientras Nicolás crecía corporalmente, también iba creciendo en él una singular afinidad a las cosas de Dios y a los temas espirituales. A pesar de su juventud, el jovencito aprendería a dedicarle más tiempo a la oración del que podría esperarse de cualquier niño de su edad.  A Nicolás le gustaba pasar el tiempo hablando con Jesús, algo que fue alentado siempre por sus padres. El niño escuchaba con entusiasmo la Palabra de Dios y se deleitaba con las buenas lecturas. Además, despertó en él una sensibilidad peculiar frente al que sufre. Una de las cosas que más disfrutaba era llevar a su casa a alguna persona en necesidad que encontraba en el camino y compartir la mesa familiar con ella. Ya de adolescente, después de escuchar el sermón de un fraile ermitaño de la Orden de San Agustín, Nicolás decidió renunciar al mundo y hacerse agustino. Pronto sería aceptado en el convento de los ermitaños del pequeño pueblo de Tolentino. Realizaría su profesión religiosa antes de cumplir los 18 años; y, en 1271, sería ordenado sacerdote en el convento de Cingoli. Nicolás permanecería en Tolentino los siguientes 30 años de su vida, hasta que Dios lo llamó a su presencia. Allí predicó en las calles, administró los sacramentos a la población y visitó asiduamente el asilo de ancianos, el hospital y la prisión; pasó largas horas en oración y cuando no, era porque se había sentado en el confesionario, para atender las necesidades espirituales de la gente. Ante todos se hizo evidente que el buen fraile agustino vivía con sencillez y ascetismo; y como hombre desapegado a las cosas de este mundo, los ayunos y pequeños sacrificios corporales no le eran extraños. A San Nicolás se le atribuyen muchísimos milagros, tanto en vida como post mortem. Cuando por gracia de Dios obraba alguno, pedía a quienes lo habían presenciado que guardaran reserva y no comenten nada a nadie: “Denle las gracias a Dios, no a mí», solía decir. Los fieles, impresionados por las conversiones que se producían gracias al testimonio de vida del santo, le pedían constantemente que orara por las almas de quienes habían muerto sin estar listos para participar de la gloria de Dios. Esta tarea fue algo que Nicolás siempre hizo con diligencia y responsabilidad. Nicolás sabía que quienes morían sin haber purgado sus pecados no podían ingresar al cielo, y por ello necesitan la ayuda y solidaridad de quienes, permaneciendo aún en esta vida, pueden rezar e interceder por ellos.  Esto habría de ser para el santo una suerte de misión: salvar almas del purgatorio. No en vano le valió, muchos años después de su muerte, que la gente empiece a llamarlo “patrón de las santas almas” o “protector de las ánimas del purgatorio». Según cuentan los agustinos, una noche, Nicolás estaba durmiendo en su celda cuando oyó la voz de uno de sus compañeros frailes, fallecido recientemente. El fraile le dijo a Nicolás que estaba en el purgatorio y le pidió que celebrara la Eucaristía por él y por otras almas que estaban allí, para que fueran liberadas por la misericordia de Cristo. Después de que Nicolás celebrara la santa misa por esta intención durante siete días, el fraile volvió a hablarle, esta vez para darle las gracias y asegurarle que muchas almas, incluyendo la suya, ahora estaban con Dios. A San Nicolás de Tolentino también le tocó soportar dolores y situaciones muy duras. El fraile padeció por varios años de fuertes dolores de estómago, y por algunos períodos su salud se quebró completamente. Un día, estando gravemente enfermo, se le apareció la Virgen María y le dio ciertas instrucciones, con las que al final se obraría un milagro. La Madre de Dios le dijo que se hiciera de un trozo de pan, lo mojara en agua y se lo comiera, y que si lo hacía obedientemente, ella curaría sus dolencias -existe otra versión del relato que señala que fue la misma Virgen quien le dio de comer trocitos de pan-. Así, Dios curó a San Nicolás gracias a la intervención de la Virgen. A partir de estas experiencias, el santo empezó a bendecir trozos de pan y dárselos a los enfermos. A través de este sencillo gesto, muchos quedaron curados. Como recuerdo de aquellos milagros, el día de la festividad de San Nicolás se preparan los

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San Pedro Claver, 9 de septiembre.

El 9 de septiembre se celebra la festividad de san Pedro Claver, sacerdote jesuita, apóstol entre los negros deportados. Pedro, nacido en Verdú (Cataluña, España) el 25 de junio de 1581, no provenía de una familia noble. Hizo el noviciado en Tarragona, los estudios filosóficos en Palma de Mallorca, e inició los teológicos en Barcelona. Aún no los había terminado cuando fue destinado a la misión en Nueva Granada –antiguo nombre de Colombia-. El joven desembarcó en Cartagena en 1610, y fue ordenado sacerdote en 1616 en la misión en la que, durante 44 años, operó entre los esclavos afroamericanos, en un periodo de auge de la trata de seres humanos. Educado en la escuela del misionero Alfonso de Sandoval, Pedro hizo voto de servir siempre a los esclavos africanos, “Aethiopum semper servus” –ya que en la época todos ellos eran llamados “etíopes”-. Las costas en las que se desembarcaba a miles de personas, arrancadas sin piedad de su tierra y su propia vida, se convirtieron en el campo del apostolado del joven jesuita. Cada mes, cuando se anunciaba la llegada de nuevos esclavos hacinados en las naves, Pedro Claver salía a su encuentro con su barca para llevarles alimentos, socorro y consuelo. Despertaba en cada uno el sentido de la propia dignidad humana, llevaba la fe a los no bautizados, elevaba a todos al conocimiento y a la práctica de las virtudes evangélicas. Curaba sus heridas, y para alimentarlos y vestirlos llamaba a todas las puertas pidiendo limosna. Con el fin de instruirlos, aprendió la lengua de los angoleños, y se rodeó además de un grupo de 18 intérpretes. A causa de su incansable labor, fue acusado de “celo incauto” y de haber profanado los sacramentos al impartirlos a criaturas que “a duras penas poseen un alma”. En 1650 Pedro enfermó de peste; sobrevivió, pero durante el resto de su vida ya no pudo trabajar. Transcurrió los últimos cuatro años de su existencia terrena inmovilizado en la enfermería del convento. El hombre que había sido el alma de la ciudad, padre de los pobres y consolador de tantas desdichas, fue completamente olvidado por todos, y pasó el tiempo en oración. Pedro Claver murió el 8 de septiembre de 1654. Fue elevado a los altares el 16 de julio de 1850 por el Beato Pío IX, y canonizado el 15 de enero de 1888 por León XIII, junto con Alfonso Rodríguez. El 7 de julio de 1896 fue proclamado patrón de todas las misiones católicas entre los africanos.

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Natividad de la Santísima Virgen María, 8 de septiembre.

La Iglesia recuerda el día del nacimiento de la Virgen María cada 8 de setiembre. El Evangelio no nos da datos del nacimiento de María, pero hay varias tradiciones. Algunas, considerando a María descendiente de David, señalan su nacimiento en Belén. Otra corriente griega y armenia, señala Nazareth como cuna de María. La celebración de la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María, es conocida en Oriente desde el siglo VI. Fue fijada el 8 de septiembre, día con el que se abre el año litúrgico bizantino, el cual se cierra con la Dormición, en agosto. En Occidente fue introducida hacia el siglo VII y era celebrada con una procesión-letanía, que terminaba en la Basílica de Santa María la Mayor. La Natividad de la Virgen es una de las fiestas marianas más antiguas. Se cree que su origen está ligado a la fiesta de la dedicación, en el siglo IV, de una antigua basílica mariana de Jerusalén, sobre cuyas ruinas fue construida en el s. XII la actual iglesia de Santa Ana. La tradición dice que en este lugar estuvo la casa de los padres de María, Joaquín y Ana, donde nació la Virgen. La fiesta comenzó a celebrarse en Roma en el siglo VIII, con el Papa Sergio I. Es la tercera fiesta de la «natividad» en el calendario romano, que conmemora la Natividad de Jesús, el Hijo de Dios (25 de diciembre, Navidad); la de San Juan Bautista (24 de junio) y la de la Santísima Virgen María, el 8 de septiembre. En los Evangelios no hay datos que confirmen esta fecha ni los nombres de los padres de María, que la tradición toma del Protoevangelio de Santiago, un escrito apócrifo del siglo II. Del Evangelio según Mateo “Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no han vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: «La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel», que traducido significa: «Dios con nosotros»” (Mt 1,18-23). El acontecimiento fundamental en la vida de María sigue siendo la Anunciación. La Iglesia la mira como Madre de Dios, pero aún más como la discípula que mejor puede ofrecer el ejemplo y el modelo de vida cristiana con su fe, su obediencia a su Hijo, su servicio a los demás -a su prima Isabel y en las bodas de Caná, por ejemplo-. María es una mujer a imitar también por su confianza en los momentos más oscuros de la historia de su Hijo Jesús. Esto, y mucho más, explica por qué el pueblo de Dios sabe que en ella puede encontrar refugio y consuelo, ayuda y protección.

Nra.-Sra.-de-Regla
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Nuestra Señora de Regla, 7 de septiembre.

La historia de la Virgen de Regla se remonta al siglo IV, mezclándose la historia con las leyendas. Según la Historia Sacra, escrita por el P. Fr. Diego de Carmona Bohórquez, la imagen de la Virgen de Regla, fue mandada a construir o tallada por el mismo San Agustín, doctor de la Iglesia, siendo obispo de Hipona (Norte de África). El santo tenía la imagen en su oratorio. Trece años después de la muerte de San Agustín (443), Hipona era atacada por los Vándalos, por lo cual el diácono San Cipriano y otros monjes de la orden de los agustinos se vieron obligados a escapar a España. Al llegar colocaron la imagen frente al mar. Allí creció la devoción, llegando a ser el monasterio de Regla. La imagen de Nra. Señora de Regla, según se cree, siempre fue de color negro. En el siglo VIII los monjes tuvieron que huir por la invasión de los moros y ocultaron la imagen de Ntra. Sra. de Regla cerca del monasterio. En el siglo XIII, tras la victoria de Alfonso el Sabio, la Santísima Virgen, en una visión a un canónigo regular de la Catedral de León, le mostró el lugar donde se hallaba enterrada su imagen y le pidió que viniese a desenterrarla para retornarla a su antiguo santuario. El canónigo obedeció. Hoy día se rinde culto en España, Cuba, Estados Unidos, México, República Dominicana, Filipinas y los Países Bajos. Originalmente, la imagen fue tallada en una sola pieza, presumiblemente de ébano, pero con el incremento de la devoción entre los marineros, estos le comenzaron a arrancar pequeños pedazos para utilizarlos como resguardo contra las tormentas. Para que no continuara esta lamentable costumbre, se cubrió el cuerpo de la virgen con una chapa de plata, dejando solo descubierto el rostro. La imagen que hoy vemos es una copia exacta de la cabeza de la imagen original, que fue traida a Cuba en 1696 por el Sargento Mayor Don Pedro de Aranda y Avellaneda, dando así cumplimiento a una promesa. La procesión de la Virgen de Regla es la oportunidad que tenemos, cada 7 de septiembre, de caminar junto a María y también de pedirle aquello que más necesitamos: SALUD, UNIÓN FAMILIAR, PAZ.La Virgen de Regla nos escucha siempre, está atenta a nuestra súplica, pero es necesario llamarla por su nombre: Virgen de Regla.Hace muchos años la peregrinación hacía un recorrido mayor que al actual. Debe aclararse que el dia de la Virgen de Regla es el 8 de septiembre. La procesión se realiza el día 7 para que losfieles puedan asistir a la procesión de la Virgen de la Caridad, que se lleva a cabo el día 8. FUENTE: Boletin de la arquidiócesis de La Habana.

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San Zacarías. 6 de septiembre.

Cada 6 de septiembre se conmemora a San Zacarías el profeta, el último de los profetas bíblicos menores del Antiguo Testamento. Entre los menores, Zacarías destaca, ya que anunció la llegada de Jesucristo a Jerusalén con las siguientes palabras: “¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna”. Procede de una familia sacerdotal, por lo que está muy interesado e involucrado en el culto desde siempre. Vive en una época muy convulsa para los judíos, que fueron deportados a Babilonia y luego liberados por Ciro el Grande, rey de Persia. Bajo el liderazgo de Zorobabel y Josué, comenzaron a reconstruir el Templo de Jerusalén y a restablecer su vida religiosa y cultural en la Tierra Prometida. Su libro, que lleva también su nombre, está compuesto por una serie de visiones y profecías que abordan temas relevantes de la historia del cristianismo. Los principales vaticinios que realiza son sobre la restauración de Jerusalén, la llegada del Mesías y la alerta sobre el juicio divino. En la historia de la Iglesia este libro tiene mucha relevancia, pues el cristianismo considera cumplidas varias de sus profecías,en especial la de la llegada del Mesías subido a un burro, el sufrimiento de Jesús en la Cruz en su relato del “pastor herido” o la expansión del evangelio a nivel mundial, pues Zacarías anunció en su libro que todas las naciones acudirían a Jerusalén a adorar a Dios. Vivió alrededor de 500 años del nacimiento de Jesús, pero su legado ha sido muy venerado en la Iglesia.

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Santa Madre Teresa de Calcuta, 5 de septiembre.

Cada 5 de septiembre la Iglesia universal celebra la fiesta de Santa Teresa de Calcuta (1910-1997), figura protagónica del siglo XX -llegó a ser galardonada con el Premio Nobel de la Paz-, y ejemplo preclaro de liderazgo femenino desde la Iglesia. Ella, impregnada de los valores del Evangelio, se convirtió en servidora de “los más pobres entre los pobres” -según sus propias palabras- haciendo frente de manera efectiva a la indiferencia y el abandono que sufren los más débiles en el mundo moderno. La Madre Teresa fue una inagotable defensora de la dignidad del pobre y de la vida humana en todos sus estadíos -desde la concepción hasta la muerte natural-, así como una trabajadora incansable por la paz entre los pueblos. Su mayor ambición no fue, ni remotamente, alcanzar premios o reconocimientos, sino compartir el amor de Cristo a través de la caridad y el sacrificio por los que sufren: “Amad hasta que duela. Si duele es buena señal” (Sta. Teresa de Calcuta). La también fundadora de las Misioneras de la Caridad -orden religiosa nacida en la India- fue canonizada el 4 de septiembre de 2016 por el Papa Francisco en una Misa celebrada en la Plaza de San Pedro. La santa nacida en Albania murió hace 27 años, el 5 de septiembre de 1997, en la ciudad de Calcuta (India), a los 87 años de edad. La pobreza y el falso bienestar Teresa de Calcuta dio una lección a la humanidad de cómo entender la pobreza y cuál debe ser la forma de enfrentarla si se quiere acabar con esta: con caridad y solidaridad; tal y como Cristo lo hizo en su paso por la tierra. Teresa, por su entusiasmo y constancia, puede ser considerada como un auténtico don para la Iglesia de hoy: ella nos recuerda que el cristiano está obligado a amar Cristo en el que sufre (ver: Mt 25), es decir, en los pobres, los tristes, los abandonados, los enfermos, los que son marginados o desechados por la sociedad. Para ella, la pobreza más grande no fue necesariamente la que se encuentra en los barrios o zonas signadas por la precariedad -como, por ejemplo, la Calcuta en la que vivió-, sino más bien es esa que caracteriza a todos aquellos lugares donde el amor está ausente, donde la miseria moral corroe a las comunidades humanas, aún habiendo comodidades u opulencia. El caso típico de esto -y el más dramático- es el de las sociedades en las que el aborto está permitido, o donde se ‘cosifica’ de una u otra manera a los seres humanos. Misionera, sí, y de la caridad La Madre Teresa nació el 26 de agosto de 1910 en Skopje, en ese entonces parte de Albania y hoy territorio de Macedonia. Su nombre era Gonxha Agnes Bojaxhiu, pero adoptó el de ‘Teresa’ al ingresar al Instituto de la Bienaventurada Virgen María, su primera familia espiritual. Fue formada en un hogar católico: bautizada un día después de nacer, recibió la Primera Comunión a los cinco años y la Confirmación un año más tarde. Teresa ingresó a la Congregación de las Hermanas de Loreto en 1928; y al año siguiente se embarcó hacia la India, donde hizo sus primeros votos en 1937. Permaneció 20 años como miembro de dicha congregación, hasta que Dios le mostró que su camino debía ser otro . Así, el 7 de octubre de 1950 Teresa fundaría a las Misioneras de la Caridad, congregación poseedora de un carisma muy especial: entregarse a “los más pobres entre los pobres” con una radicalidad sin precedentes. En 1963, la Madre fundó la rama masculina de la congregación, los Hermanos Misioneros de la Caridad; en 1973 a las Hermanas Contemplativas y en 1979 a los Hermanos Contemplativos. En 1984 fundó a los Padres Misioneros de la Caridad y el movimiento Corpus Christi [Cuerpo de Cristo] para sacerdotes. Premio Nobel de la Paz En 1979, la Madre Teresa recibió el Premio Nobel de la Paz por su labor tendiendo puentes para acercar a pueblos y culturas. Ella, una mujer católica residente en un país de mayoría hindú y musulmana, había logrado unir a los pobladores de la India en torno a una causa común: la defensa del ser humano y su dignidad incondicional. La Madre impulsaba esta tarea con tal fuerza que logró conmover al mundo entero. Hizo visible al desamparado, al desprotegido, olvidado o rechazado, pero al mismo tiempo generó cadenas de solidaridad de dimensiones globales. Demostró que el discurso pierde valor si no se pasa a la acción, y que esa acción solo es posible si está sustentada en la oración, porque solo esta mantiene encendido el fuego del amor. Dado que vivimos en un mundo secularista, vuelto en contra del ser humano porque no conoce ni la fe ni la esperanza, Teresa de Calcuta se abocó de manera particular a ayudar a bien morir a muchas personas que habían quedado a su suerte en las calles, no solo carentes de los mínimos recursos materiales, sino abandonados en todo sentido. La muerte es un hecho inevitable y doloroso, pero duele más si se está en soledad, sin Dios, sin trascendencia, sin alguien que te recuerde que los seres humanos no estamos hechos para la muerte sino para la vida -la vida eterna-. Santa Teresa de Calcuta tenía bien en claro estas cosas y no se intimidó frente al horror que veían sus ojos. El amor de esta pequeña mujer cristiana logró remecer corazones y conciencias. Uno de los momentos más significativos, en los que la Madre Teresa pudo mostrar al mundo esta “lógica evangélica” e interpelar a la cultura (o anticultura) imperante, se produjo en la ceremonia de aceptación del premio Nobel. A continuación se citan algunos fragmentos de aquel célebre discurso. Sobre eso de lo que todos hablan: la paz “… El mayor destructor de la paz hoy en día es el llanto de un niño inocente no nacido. Si una madre puede matar a su propio hijo en su seno, ¿qué peor crimen puede haber

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San Moisés, 4 de septiembre.

El 4 de septiembre se celebra san Moisés, legislador y profeta.  La etimología del nombre Moisés significa “salvado de las aguas”, pero según otros estudiosos también significa “el que salva su pueblo”. En cualquier caso, en el nombre de uno de los mayores profetas del Antiguo Testamento, considerado santo por la Iglesia Católica, están sus orígenes y su destino. Moisés es hebreo de nacimiento, pertenece a la tribu de Leví, (Ex 2,1) pero en la época del Faraón Tutmosis III todos los primogénitos hebreos tenían que ser arrojados al Nilo para evitar que el pueblo hebreo superara en número y fuerza a los egipcios, (Ex 1,22). Moisés, sin embargo, fue salvado y recogido de las aguas por la hija del faraón que lo crió como suyo, (Ex 2,5-10). En la corte egipcia recibió la mejor educación. En el futuro legislador se fue formando una clara idea de la justicia: hay que defender siempre al más débil, tanto que no duda en matar a un egipcio que maltrata a un hebreo. Por esta razón será perseguido por la justicia del Faraón y se verá obligado a huir y encontrar refugio en el desierto, (Ex 2,11-15). Moisés vaga por el desierto del Sinaí, está cansado y deshecho, pero la soledad le hace comprender su propia pequeñez de frente a la inmensidad de la creación. La contemplación de las maravillas del creado despierta en su corazón una gran sed de Dios. Y es allí donde un día Dios lo llama mediante una misteriosa zarza ardiente que habla y nunca se consume. Moisés le pregunta su nombre y Dios responde: “Yo soy el que soy”, (Ex 3,14). Yahvéh le ordena volver al Faraón y pedirle que libere a los israelitas de la esclavitud para conducirlos a la Tierra Prometida, (Ex 3,10). Moisés tiene miedo y se resiste pues tiene deudas con la justicia y es tartamudo, pero Dios le da un bastón que manifiesta el maravilloso poder divino, (Ex 4,1-8). y con la ayuda de su hermano Aarón, que tenía el don de la palabra convincente, (Ex 4,10-17), los dos salieron acompañados por Seforá, su esposa, la hija del sacerdote di Madián con la cual Moisés se había casado durante su exilio en el desierto, (Ex 2,21-22). Con un género literario épico, antropomórfico y muy violento, que no hay que interpretar literalmente, en el libro de Éxodo se repite frecuentemente que Dios “había endurecido el corazón del faraón”: (Ex 7,13). para significar que para los hebreos de aquellos tiempos nada se movía en la historia sin la intervención divina y para poner de manifiesto que ni Moisés ni Aarón tuvieron una tarea fácil. El bastón convertido en serpiente y el agua del Nilo convertida en sangre no sirvieron de nada para convencer al Faraón, pues sus magos de la corte hicieron lo mismo, (Ex 7,8-13). Luego llegaron las famosas diez plagas de Egipto. El Faraón consentirá liberar a los hebreos, (Ex 12,31), pero cuando llegarán al Mar Rojo, de nuevo el Faraòn ya se habrá arrepentido (Ex 14,5-9): por eso, tan pronto como el pueblo de Israel ha atravesado el mar, el poder divino hizo que las aguas se abatieran sobre los soldados enviados por el Faraón. (Ex 14,23-31). Finalmente los hebreos están en camino hacia la Tierra Prometida, en camino a Canaán. En el desierto Dios los protege con las maravillas que hace obrar a Moisés. El propio Moisés por su infidelidad morirá sin haber entrado en la Tierra Prometida, pero podrá verla desde lo alto del Monte Nebo, (Dt 32,51-52). A la muerte de Moisés, Josué se hará cargo del liderazgo de Israel para combatir contra los pueblos de Canaan: (Jos 1, 1-5).

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San Gregorio Magno, 3 de septiembre.

Cada 3 de septiembre, la Iglesia Católica celebra a San Gregorio Magno (Papa Gregorio I), monje, místico y reformador, quien redefinió la figura del papado en el siglo VI al proclamarse como “siervo de los siervos de Dios”. La nota distintiva de San Gregorio, a quien llamaron “magno” (del latín magnus, grande), fue su sencillez. Siendo cabeza de la Iglesia y, por lo tanto, detentando un gran poder, se entendió a sí mismo como el más humilde servidor de todos. Precisamente, en eso radica su grandeza, en que supo hacerse pequeño para ser grande a la manera de Cristo. San Gregorio fue el sexagésimo cuarto Papa de la Iglesia católica; forma parte del grupo de los cuatro Padres de la Iglesia latina y se le cuenta entre los Doctores de la Iglesia. Asimismo, cabe mencionar que Gregorio I fue el primer monje que llegó a ocupar la sede de Pedro. Alguna vez sentenció: “Donde el amor existe se obran grandes cosas”; y, de muchas maneras su ejemplar vida fue testimonio de eso. “Hombre de consenso” San Gregorio Magno nació en Roma en el año 540, en el seno de una antigua familia romana de la que ya habían salido dos papas: Félix III (483-492), quien se cree fue su bisabuelo; y Agapito I (535-536), un pariente lejano. Siendo joven, ingresó en la carrera administrativa para la que había sido destinado, llegando a ocupar el cargo de prefecto hacia el año 573; no obstante, la abandonó para hacerse monje. Tras este giro, a la muerte de su padre (575), convirtió la casa familiar en un monasterio, conocido más tarde como el monasterio de San Andrés. De manera semejante, dispuso del resto de sus propiedades personales para beneficio de la Iglesia. Más adelante, el Papa Pelagio II lo nombró diácono y lo envió a Constantinopla como “apocrisiario” (lo que hoy equivale a un nuncio apostólico). Allí permaneció unos años hasta que fue llamado de regreso a Roma para ocupar el puesto de secretario pontificio. Años duros le tocó vivir allí, pues la Ciudad Eterna padecería desastres naturales, carestías a causa del asedio bárbaro y, finalmente, la peste. Esta última fue la que acabó con la vida de su predecesor, el Papa Pelagio. En tales circunstancias, Gregorio sería elegido “Obispo de Roma y Sumo Pontífice” gracias a la sintonía existente, en ese momento, entre el clero, el pueblo romano y el senado en torno a sus cualidades personales. Como Papa, San Gregorio se abocó a la tarea de entablar relaciones de fraternidad con todos los reinos y gobiernos posibles, con el deseo de que la Iglesia continuase con el anuncio del Evangelio en el mundo entero.  Magnus: un siervo en la Sede de Pedro (590-604) Una vez a cargo de la Sede de Pedro -asumió la sede el 3 de septiembre de 590-, se preocupó por la conversión de los pueblos considerados lejanos en aquella época, y de la nueva organización civil y política de la Europa posterior a la caída del imperio romano de Occidente. Al acceder al pontificado, San Gregorio Magno, desde Roma, tuvo que realizar una doble tarea: velar por su “ciudad” camino del cielo y, al mismo tiempo, por la Europa en proceso de reorganización social y política. La fragmentación del mundo conocido tras el debilitamiento progresivo del poder imperial había dejado sola a la Iglesia en cuanto al sostenimiento de la “unidad” entre los pueblos, o en todo caso, de cierta “estructura administrativa” que subsistía ahora con demasiada dificultad. Roma miraba a Bizancio y Bizancio no respondía. En ese contexto, el Papa Gregorio negoció con reyes, nobles, casas ancestrales, autoridades venidas a menos y las cabezas de los pueblos bárbaros. El santo fue figura crucial para conseguir cierta armonía cuando los pueblos de la Europa continental ya no esperaban más la reestructuración o recomposición del “orden perdido”. Los lazos que estableció San Gregorio favorecieron el encuentro entre distintos mundos al calor de un movimiento evangelizador. En especial cabe mencionar su preocupación por el mundo anglosajón insular (Inglaterra). El Papa envió misioneros a las islas británicas y puso al San Agustín de Canterbury a liderar aquella empresa. Por otro lado, se alió con las órdenes monásticas, pues veía en ellas la garantía de que la Iglesia habría de mantenerse sólida -un buen edificio descansa en cimientos sólidos, y esos para la Iglesia dependen de la oración-; mientras que, en lo político, frenó las ambiciones expansionistas de francos y lombardos. Renovarse siempre en el Amor El Papa “grande” de la Alta Edad Media hizo de la liturgia “la niña de sus ojos”. Ella es el núcleo de la vida cristiana porque es, por excelencia, el espacio de encuentro entre Dios y su pueblo. Uno de los aspectos más importantes de la celebración litúrgica es el canto, que, como se sabe, es una forma privilegiada de oración. Gregorio ordenó recopilar la música y las antiguas antífonas que se entonaban en la Iglesia e impulsó un estilo y una estructura musical que consideró propicias para la liturgia -cuyo centro es la Eucaristía-, herencia de lo que se conocía entonces como Schola Cantorum [Escuela de los que cantan]. Así contribuyó a la evolución de lo pasaría a llamarse, precisamente, “canto gregoriano”, como una forma de honrar la memoria del santo. En esta tarea, San Gregorio fue muy prolijo: logró recoger la larga tradición del canto cristiano -nacido en las catacumbas- y que ahora podía vibrar en los templos para beneplácito del espíritu humano. Lamentablemente buena parte de ese “antifonario” (registro musical) se fue perdiendo, hasta que a inicios del siglo XX fue recuperado por el Papa San Pio X, para convertirse en el “canto oficial de la Iglesia Católica” para siempre. Ecos en el siglo XXI Muchas otras cosas pueden escribirse sobre San Gregorio Magno, como por ejemplo su intervención en torno a la doctrina del “purgatorio”, tema comprometido con la teología de la salvación de distintas maneras. Baste por ahora recurrir a lo dicho por el Papa Benedicto XVI, quien en audiencia general del 28 de

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