Santo del Día

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San Mauricio de Agauno y compañeros, 22 de septiembre.

San Mauricio de Aguano, reconocido como el patrón de los armeros, sastres, tintoreros y soldados de infantería, es conmemorado en el santoral este domingo 22 de septiembre de 2024 por la Iglesia Católica. Su vida y obra son recordadas como símbolo de fe y valentía en tiempos de persecución religiosa. San Mauricio el Tebano, al mando de la legión Tebea en el siglo III, fue testigo de la conversión al cristianismo de un grupo de soldados durante una revuelta en Las Galias. A pesar de la orden del emperador Diocleciano de condenarlos a muerte, Mauricio decidió no obedecer y se retiró junto con sus compañeros. Sin embargo, su acto de desobediencia tuvo graves consecuencias, ya que fueron diezmados sin piedad. San Mauricio (llamado también Maurice, Moritz o Mauritius). Era el comandante de la Legión Tebana y murió martirizado a principios del siglo III. La Legión Tebana, integrada sólo por cristianos procedentes de Egipto, recibió órdenes de partir hacia Galia para auxiliar al emperador Maximiano. Aunque combatieron valientemente, rehusaron obedecer la orden imperial de perseguir a los cristianos, por lo que fueron diezmados. Al negarse por segunda vez, todos los integrantes de la Legión Tebana fueron ejecutados. El lugar en que supuestamente tuvieron lugar estos hechos, conocido como Agaunum, es ahora la sede de la abadía de Saint Maurice, en el cantón suizo de Valais. Esta es la historia que conocemos gracias a la carta que Eucherius, arzobispo de Lyon (c. 434 – 450) dirigió al también obispo Salvius. La ejecución de los soldados, incluyendo a San Mauricio, tuvo lugar en Agaunum (Aguano), donde se encuentra hoy en día la abadía suiza de Saint Maurice, en Valais. Esta trágica historia en la que Mauricio y sus compañeros dieron su vida por su fe les valió el reconocimiento y la devoción de muchas personas a lo largo de la historia. San Mauricio es considerado un protector de la salud. Se le atribuye la capacidad de proteger a las personas de enfermedades como los calambres y la gota. Su figura se mantiene viva en la memoria y es honrada por su intercesión en estos aspectos. Además de su papel como patrón de los armeros, sastres, tintoreros y soldados de infantería.

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San Mateo, 21 de septiembre.

Cada 21 de septiembre la Iglesia Católica celebra a San Mateo, apóstol y evangelista. San Mateo vivió en Cafarnaún, a orillas del lago de Galilea, y fue elegido por Jesús para integrar el grupo de los doce. Considerado un personaje corrupto y abusivo por sus coetáneos, su corazón encontró en Jesús la libertad que anhelaba su alma. Al lado del Señor conoció el camino de la redención que lo llevó de la condición de ‘pecador público’ a ‘hombre justo’, según la Ley de Dios, es decir, el mandato del Amor. Leví, el recaudador de impuestos Mateo fue hijo de Alfeo y llevó el nombre ‘Leví’ antes de su conversión, según lo atestiguan San Marcos y San Lucas en sus respectivas narraciones del Evangelio. Leví ejerció el oficio de ‘publicano’, es decir, se desempeñó como recaudador de impuestos. Los publicanos solían ser personajes acaudalados, pero, al mismo tiempo, objetos del repudio general: primero, porque los impuestos que recaudaban eran considerados excesivos e injustos por los judíos (el caudal mayor iba a manos de los romanos invasores); y, segundo, porque a través de su oficio se enriquecían a costa de la miseria de su propio pueblo. Ambas razones eran motivo más que suficiente para que fuesen considerados “pecadores públicos” y personajes corruptos según la Ley de Israel. Mateo, el apóstol No obstante, nada de lo que acaba de ser mencionado pareció importarle mucho a Jesús, quien, un día mientras caminaba, vio a Mateo sentado cobrando el impuesto, se le acercó y le dijo: “Sígueme”. Al escuchar el llamado del Maestro, sin titubeos, Mateo se levantó y lo siguió (cfr. Mt 9, 9ss). Este significativo episodio aparece relatado también en los otros dos evangelios sinópticos (Mc 2, 14ss; Lc 5, 27ss). La tradición, por su parte, sugiere que fue Cristo quien le cambió de nombre de ‘Leví’ a ‘Mateo’, que quiere decir “don de Dios”. Siempre aparece en el grupo de los doce. En su propio relato se incluye en la lista de los apóstoles (ver: Mt 10, 2-3); y después de poner su nombre, ensaya una descripción de sí mismo: “Mateo, el recaudador de impuestos” y “el publicano”. En los evangelios de San Marcos y San Lucas -en los que hay también listados de los doce- Mateo aparece en el séptimo lugar (Mc. 3, 13; Lc 6, 14). Mientras que en los Hechos de los Apóstoles (Hch 1, 13), aparece también en la lista, pero ocupando el octavo lugar, seguido de Jacobo (Santiago), a quien en ese pasaje curiosamente es llamado “hijo de Alfeo”, razón por la que se cree que ambos apóstoles fueron hermanos. Testigo de Cristo Después de la Ascensión del Señor a los cielos, Mateo permaneció predicando en Judea, aunque también lo hizo en tierras cercanas de Oriente. Se cree que su evangelio fue escrito en arameo, probablemente entre los años 80 y 90 d.C. Más tarde sería traducido al griego. En los primeros años de la Iglesia primitiva, el apóstol estuvo en contacto con la comunidad cristiana de Judea, y, en consecuencia, tuvo que lidiar con los conflictos entre los judios que querían seguir a Jesus y aquellos que, por el contrario, se aferraban a la Ley antigua. Es por eso que su evangelio está articulado consistentemente por aseveraciones en torno a por qué Cristo es el Mesías esperado. Patronazgo San Mateo es considerado patrono de quienes trabajan en la banca, de los contadores, de las instituciones financieras y de los financistas. También lo es de los que recaudan impuestos y de los servidores públicos. Es patrono de algunas ciudades, como es el caso de Salerno, en Italia. Se le suele representar con un libro en las manos, haciendo cuentas. Su símbolo es la figura de un hombre alado. San Mateo y el Papa Francisco Un día como hoy, pero de 1953, Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco, experimentó, tras confesarse, la llamada a la vida religiosa dentro de la Compañía de Jesús. En ese entonces el Pontífice tenía 17 años. En honor al apóstol, el escudo pontificio de Francisco lleva inscrito el lema: «Miserando atque eligendo» [Lo miró con misericordia y lo eligió], palabras inspiradas en el Evangelio y que describen el momento preciso del encuentro de Jesús con el apóstol San Mateo. Estas fueron escritas por San Beda el Venerable (ca. 672-735), el cual, en una de sus homilías, comentado el evangelio de Mateo, escribió «Vidit ergo lesus publicanum et quia miserando atque eligendo vidit, ait illi Sequere me» [Vio entonces Jesús a un publicano y mirándolo con misericordia, lo eligió y le dijo: sígueme).

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San Andrés Kim y Pablo Chong, 20 de septiembre.

Cada 20 de septiembre la Iglesia celebra a San Andrés Kim, primer sacerdote católico coreano, martirizado a causa de la fe en 1846. San Andrés Kim Taegon nació en Solmoe (hoy Corea del Sur) en 1821, en el seno de una familia yangban; esto es, perteneciente a la nobleza y, por lo tanto, parte de la clase gobernante del país. De pequeño, Andrés fue víctima de la intolerancia. Junto a sus padres tuvo que trasladarse a Kolbaemasil (provincia de Gyeonggi), en el intento de huir de la persecución que los grandes señores del país habían organizado contra los cristianos, nacionales y extranjeros. La sociedad coreana era en su gran mayoría confucionista, y marcadamente enemiga de todo tipo de influencia foránea, especialmente la que ejercía la Iglesia Católica. Heredero de un mártir El padre de Andrés, San Ignacio Kim, era un converso al catolicismo que hizo de su familia y su hogar una “pequeña iglesia”. En esta, otros cristianos pudieron encontrar apoyo y refugio espiritual. San Ignacio Kim moriría mártir en 1839, víctima del odio contra los católicos. Andrés recibió el bautismo antes de la muerte de su padre, a los 15 años de edad. Años más tarde, gracias a un grupo de misioneros franceses, sería enviado al seminario de Macao, colonia portuguesa (hoy parte de China) para formarse para el sacerdocio. En 1845 Andrés se traslada a Shanghai, en China continental, donde fue ordenado por el obispo Jean Joseph Ferréol, de origen francés, convirtiéndose en el primer sacerdote originario de Corea. Misionero en su propia tierra Como sacerdote regresó a Corea con la finalidad de facilitar el ingreso de más misioneros a su país, donde había sido prohibida toda forma de inmigración extranjera. A pesar de las amenazas, el Padre Kim se dedicó a anunciar a Cristo, predicando y bautizando a los conversos, muchos de ellos tocados por su testimonio de caridad. Kim fue arrestado al tratar de hacer ingresar a la península coreana a un grupo de misioneros franceses provenientes de China. Después de pasar varios meses en prisión, fue condenado a muerte y finalmente ejecutado en 1846. El santo murió decapitado junto con otros mártires. De acuerdo a las palabras recogidas en el libro Construyendo puentes: ¿Hay esperanza para Corea del Norte? de Alton, David y Chidley, Rob (2013), Kim alcanzó a decir antes de morir: “Es por él que yo muero. Mi vida inmortal está en su punto inicial. Conviértanse al cristianismo si desean la felicidad…”. Andrés Kim, modelo para los cristianos de Asia San Andrés tenía solo 25 años cuando se le aplicó la pena de muerte. Fue canonizado por el Papa San Juan Pablo II el 6 de mayo de 1984 junto a otros 102 mártires de Corea, entre los que también estuvo San Pablo Chong Hasang (1795-1839). La ceremonia de canonización se llevó a cabo durante la visita del Papa polaco a Corea del Sur. San Andrés junto al numeroso grupo de mártires coreanos constituyen hoy por hoy no solo modelos de virtud y santidad, también son símbolos de la unidad entre las dos Coreas (antaño una sola nación), la del norte, cuya Iglesia sufre las imposiciones del control estatal, y la del sur, que trabaja por extenderse y fortalecerse. Pablo Chöng Hasang y compañeros, mártires en Corea. El 20 de septiembre se veneran en común celebración todos los ciento tres mártires que en aquel país testificaron intrépidamente la fe cristiana, introducida fervientemente por algunos laicos y después alimentada y reafirmada por la predicación y celebración de los sacramentos por medio de los misioneros. Todos estos atletas de Cristo —tres obispos, ocho presbíteros, y los restantes laicos, casados o no, ancianos, jóvenes y niños—, unidos en el suplicio, consagraron con su sangre preciosa las primicias de la Iglesia en Corea (1839-1867). Pablo Chong Ha-Sang nació en el año 1795 en Mahyon (Corea) siendo miembro de una noble familia tradicional. Después del martirio de su padre, Agustín Chong Yakjong, y de su hermano mayor Carlos, ocurridos en el año 1801, la familia sufrió mucho. Pablo tenía siete años. Su madre, Cecilia Yu So-sa, vio cómo confiscaban sus bienes y les dejaban en extrema pobreza. Se educó bajo los cuidados de su devota madre. A los veinte años dejó su familia para reorganizar la iglesia católica en Seúl y pensó en traer misioneros. En el año 1816 viajó a Pekín para solicitar al obispo algunos misioneros; se le concedió uno que falleció antes de llegar a Corea. Él y sus compañeros escribieron al papa para que enviara misioneros. Finalmente gracias a los ruegos de los católicos, el 9 de septiembre de 1831 se estableció el vicariato apostólico de Corea y se nombró su primer obispo encargando a la Sociedad de las Misiones Extranjeras de París la evangelización de Corea. Pablo introdujo al obispo Ímbert en Corea, lo recibió en su casa y lo ayudó durante su ministerio. Monseñor Ímbert pensó que Pablo podía ser sacerdote y comenzó a enseñarle teología… Mientras tanto brotó una nueva persecución. El obispo pudo escapar a Suwon. Pablo, su mamá y su hermana Isabel fueron arrestados en el año 1839. Aguantó las torturas hasta que fue decapitado a las afueras de Seúl el 22 de septiembre. Poco después también su madre y su hermana sufrieron el martirio.

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San Genaro, 19 de septiembre.

Cada 19 de septiembre la Iglesia Católica celebra la fiesta de San Genaro mártir, cuya sangre, preservada por siglos en un relicario, se licúa todos los años en fechas específicas, de gran significación para la Iglesia en Italia. San Genaro, o “Jenaro”, es el patrón por antonomasia de Nápoles, ciudad del sur italiano en la que nació el 21 de abril de 272. Fue obispo de Benevento, Campania, diócesis ubicada al lado de su Nápoles originaria.  Testigo de sangre En los años de la persecución organizada por el emperador romano Diocleciano, conocida como la “Gran persecución” (303-313), Genaro fue hecho prisionero junto a un grupo de compañeros cristianos, y sometido a terribles torturas.  El obispo y sus amigos se negaron a aceptar las exigencias de sus perseguidores, quienes exigían que abdicaran de la fe y rindan culto a los dioses. A pesar de los crueles maltratos a los que fueron sometidos, ninguno fue doblegado, por lo que todos serían condenados a muerte.  Primero, se intentó quemarlos vivos en el horno, pero el fuego no les hizo daño alguno. Después, los hombres serían arrojados a las fieras; los leones sólo rugieron y ni siquiera se les acercaron. Hasta ese momento Genaro y sus amigos habían logrado salir ilesos milagrosamente. Entonces, los romanos decidieron aplicar el último recurso del que disponían: cortarles la cabeza. El 19 de septiembre de 305, el obispo y sus amigos fueron ejecutados cerca de Pozzuoli.  Allí fueron enterrados sus restos. Licuefacción de la sangre Por varios siglos, las reliquias de San Genaro fueron trasladadas por diferentes ciudades de Italia, hasta que finalmente retornaron a Nápoles en 1497, donde permanecen hasta hoy.  Allí se preserva una ampolla de vidrio en la que se guarda un coágulo de sangre del obispo (una pequeña masa de sangre seca) que se torna líquida en ciertas ocasiones. A este fenómeno se le denomina ‘licuefacción’; y dado que no se realiza mediante intervención física o química, el hecho se reconoce como un milagro.  Algunos lo cuestionan, aunque nadie ha podido explicar con certeza cómo o por qué medios se produce semejante fenómeno. Tres veces al año La sangre de San Genaro se vuelve líquida en tres oportunidades a lo largo del año: el día en que se conmemora la traslación de sus restos a Nápoles (el sábado anterior al primer domingo de mayo); el día de su fiesta litúrgica (cada 19 de septiembre); y el día en el que sus devotos agradecen su intercesión para amainar los efectos de la erupción del volcán Vesubio, acontecida el 16 de diciembre de 1631. En cada uno de estos tres días, el Obispo de la ciudad, o un sacerdote que procede en su nombre, presenta el relicario con la ampolla de sangre, de pie, frente a la urna que contiene el cráneo del santo. El acto se realiza siempre en presencia de los fieles. Pasado un lapso de tiempo, quien preside la liturgia alza el relicario, lo vuelve de cabeza y, en ese momento, la masa de sangre se vuelve líquida. Entonces el celebrante hace el anuncio: “¡Ha ocurrido el milagro!”. Si no acontece la licuefacción  Cuando la sangre no se licúa en los días indicados, los napolitanos piensan que se trata de un signo de mal augurio -una posible desgracia o calamidad de grandes proporciones-.  Y no faltan razones para que piensen así. La sangre no se licuó, por ejemplo, en septiembre de 1939, 1940, 1943, años terribles de la Segunda Guerra; tampoco hubo licuefacción en 1973 o en 1980. Algo semejante sucedió en 2016.  La reliquia también permaneció en estado sólido el año en que Nápoles eligió a un alcalde comunista, pero se licuó espontáneamente cuando el fallecido arzobispo de Nueva York, Cardenal Terence Cooke, visitó el santuario de San Genaro en 1978.  El milagro de la licuefacción y los Papas En el año 2015, mientras el Papa Francisco se reunía con los religiosos, sacerdotes y seminaristas de Nápoles, la sangre del santo se licuó nuevamente. La última vez que la licuefacción se produjo en presencia de un Pontífice fue en 1848, siendo Papa Pío IX. Durante las visitas de San Juan Pablo II (octubre de 1979) y del Papa Benedicto XVI (octubre de 2007) al Duomo de San Genaro la sangre no sufrió cambio alguno. 

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San José de Cupertino, 18 de septiembre.

 José nació el 17 de junio de 1603 en el pequeño pueblo italiano llamado Cupertino (Lecce). Sus padres eran muy pobres. El niño vino al mundo en un pobre cobertizo pegado a la casa, porque el papá, un humilde carpintero, no había podido pagar las cuotas que debía de su casa y se la habían embargado. A los 17 años pidió ser admitido a la orden franciscana pero no fue aceptado. Pidió que lo recibieran en los capuchinos y fue aceptado como hermano lego, pero después de ocho meses fue expulsado porque era en extremo distraído. Dejaba caer los platos cuando los llevaba para el comedor. Se le olvidaban los oficios que le habían asignado. Parecía que estaba siempre pensando en otras cosas. Por no cumplir bien con sus deberes tuvo que dejar el convento. Al verse desechado, José buscó refugio en casa de un familiar suyo que era rico, quien declaró que este joven «no era bueno para nada», y lo echó a la calle. Se vio entonces obligado a volver a la miseria y al desprecio de su casa. La mamá le rogó insistentemente a un pariente que era franciscano, para que le recibieran al muchacho como mandadero en el convento de los frailes. ConversiónSucedió entonces, que en José se obró un cambio que nadie había imaginado. Lo recibieron los frailes como obrero y lo pusieron a trabajar en el establo y empezó a desempeñarse con notable destreza en todos los oficios que le encomendaban. Pronto con su humildad y su amabilidad, con su espíritu de penitencia y su amor por la oración, se fue ganando la estimación y el aprecio de los religiosos, y en 1625, por votación unánime de todos los frailes de esa comunidad, fue admitido como religioso franciscano. Dificultad en los estudios.Lo pusieron a estudiar para prepararse al sacerdocio, pero le sucedía que cuando iba a presentar exámenes se trababa todo y no era capaz de responder. Llegó uno de los exámenes finales y el pobre Fray José la única frase del evangelio que era capaz de explicar completamente bien era aquella que dice: «Bendito el fruto de tu vientre Jesús». Estaba asustadísimo, pero al empezar el examen, el jefe de los examinadores dijo: «Voy a abrir el evangelio, y la primera frase que salga, esa será la que tiene que explicar». Y salió precisamente la única frase que Fray Copertino se sabía perfectamente: «Bendito sea el fruto de tu vientre».  Llegó al fin el examen definitivo en el cual se decidía quiénes serían ordenados. Y los primeros diez que examinó el obispo respondieron tan maravillosamente bien todas las preguntas, que el obispo suspendió el examen diciendo: «¿Para qué seguir examinando a los demás si todos se encuentran tan formidablemente preparados?». José, que era el próximo en turno y estaba atemorizado, se libró de tener que pasar el examen. Es por eso que nuestro santo es el patrón de los estudiantes, especialmente de los que, como el, encuentran dificultades en sus estudios. El santo se complace en ayudarles. En su santuario de Osimo sigue creciendo la documentación que testifica su intercesión. Sacerdote de oración y penitenciaFue ordenado sacerdote el 18 de marzo de 1628 y se dedicó a tratar de ganar almas por medio de la oración y de la penitencia. Sabía que no tenía cualidades especiales para predicar ni para enseñar, pero entonces suplía estas deficiencias ofreciendo grandes penitencias y muchas oraciones por los pecadores. Jamás comía carne ni bebía ninguna clase de licor. Ayunaba a pan y agua muchos días. Se dedicaba con gran esfuerzo, consagrado a los trabajos manuales del convento (que era para lo único que se sentía capacitado). Éxtasis y milagrosSus éxtasis, curaciones milagrosas y sucesos sobrenaturales eran tan frecuentes que no se conocen en semejante cantidad en ningún otro santo.  Levitación. Se conoce de más de 200 santos que experimentaron levitación. Este don extraordinario consiste en la elevación del cuerpo humano sin la participación de ninguna fuerza física. Se ha considerado como un regalo que Dios hace a ciertas almas muy espirituales. San José de Copertino tuvo numerosísimas levitaciones, es decir volaba por los aires. Un domingo, fiesta del Buen Pastor, se encontró un corderito, lo echó al hombro, y al pensar en Jesús Buen Pastor, se fue elevando por los aires.  Quedaba en éxtasis con mucha frecuencia durante la santa Misa, o cuando rezaba los Salmos. Durante los 17 años que estuvo en el convento de Grotella, sus compañeros de comunidad lo observaron 70 veces en éxtasis. El más famoso sucedió cuando diez obreros deseaban llevar una pesada cruz a una alta montaña y no lo lograban. Entonces Fray José se elevó por los aires con la cruz y la llevó hasta la cima del monte. Cuando estaba en éxtasis lo pinchaban con agujas, le daban golpes con palos, y hasta le acercaban a sus dedos velas encendidas y no sentía nada. Lo único que lo hacía volver en sí, era oír la voz de su superior que lo llamaba a que fuera a cumplir con sus deberes. Cuando regresaba de sus éxtasis pedía perdón a sus compañeros diciéndoles: «Excúsenme por estos ataques de mareos que me dan». Los animales sentían por él un especial cariño. Pasando por un campo, se ponía a rezar y las ovejas se iban reuniendo a su alrededor y escuchaban muy atentas sus oraciones. Las golondrinas en grandes bandadas volaban alrededor de su cabeza y lo acompañaban por cuadras y cuadras. Como estos sucesos tan raros podían producir verdaderos movimientos de exagerado fervor entre el pueblo, los superiores le prohibieron celebrar misa en público, ir a rezar en comunidad con los demás religiosos, asistir al comedor cuando estaban los otros allí, y concurrir a las procesiones u otras reuniones públicas de devoción. Un día llegó el embajador de España con la esposa y mandaron llamar a Fray José para hacerle una consulta espiritual. Este llegó corriendo. Pero cuando ya iba a empezar a hablar con ellos, vio un cuadro de la Virgen que estaba en lo más alto

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San Roberto Belarmino, 17 de septiembre.

Un distinguido teólogo Jesuita, escritor y cardenal, nacido en Montepulciano, el 4 de Octubre de 1542; fallecido el 16 de Setiembre de 1621. Su padre fue Vincenzo Bellarmino, su madre Cinthia Cervini, hermana del Cardenal Marcello Cervini, posteriormente Papa Marcelo II. Fue llevado al colegio Jesuita recientemente fundado en su ciudad, y entró en la Compañía de Jesús el 20 de Setiembre de 1560, siendo admitido a sus primeros votos al día siguiente. Pasó los siguientes tres años estudiando filosofía en la Universidad Romana, después de lo cual enseñó humanidades, primero en Florencia, luego en Mondovi. En 1576 comenzó su teología en Padua, pero en 1569 fue enviado a finalizarla en Lovaina, donde podría obtener una mas completa familiarización con las herejías predominantes. Habiendo sido ordenado allí, pronto obtuvo reputación como profesor y como predicador, con esta última cualidad arrastró a su púlpito tanto a Católicos como a Protestantes, aún de sitios distantes. En 1576 fue llamado a retornar a Italia, y se le confió el profesorado de Controversias recientemente fundado en la Universidad Romana. Probó estar a la altura de la ardua tarea, y las conferencias dictadas dieron sus frutos en el trabajo «De Controversiis» el cual, entre otros muchos más, de excelencia, constituye el título principal de su grandeza. Este trabajo monumental fue el más temprano intento de sistematizar las variadas controversias de su tiempo, y produjo una inmensa impresión a través de Europa, el impacto asestado al Protestantismo fue tan agudamente sentido en Alemania e Inglaterra que fueron fundados profesorados especiales con el objeto de proveer respuestas al mismo. No ha sido aún superado como el libro clásico en su materia, aunque, como era de esperar, el progreso de la crítica ha afectado el valor de algunos de sus argumentos históricos. En 1588 Bellarmine fue hecho Padre Espiritual de la Universidad Romana, pero en 1590 fue como teólogo, con el Cardenal Gaetano, a la embajada que Sixto V estaba entonces enviando a Francia, para proteger los intereses de la Iglesia en medio de los problemas ocasionados por las guerras civiles. Mientras estaba allí le llegaron noticias de que Sixto, que había aceptado calurosamente la dedicatoria de sus «De Controversiis», estaba proponiendo poner su primer volúmen en el Index. Esto fue así porque había descubierto que asignaba a la Santa Sede sólo un poder indirecto y no directo sobre los asuntos temporales. Bellarmine, cuya lealtad a la Santa Sede era intensa, sintió esto grandemente en su corazón; fue, sin embargo, desviada la atención por la muerte de Sixto, y el nuevo papa, Gregorio XIV, hasta concedió la distinción de una especial aprobación al trabajo de Bellarmine. Entonces finalizó la misión de Gaetano, Bellarmine reasumió su trabajo como Padre Espiritual, y tuvo el consuelo de guiar los últimos años de San Aloysius (Luis) Gonzaga, quien murió en la Universidad Romana en 1591. Muchos años después tuvo el consuelo adicional de promover exitosamente la beatificación del santo joven. Murió, sin embargo, antes de su promulgación, y su sucesor inmediato procedió rápidamente a quitar los errores y retirar de circulación la defectuosa impresión defectuosa. La dificultad consistía entonces en cómo sustituirla con una más correcta edición sin adjuntar un estigma al nombre de Sixto, y Bellarmine propuso que la nueva edición debía continuar a nombre de Sixto, con una explicación preliminar que, teniendo en cuenta la aliqua vitia vel typographorum vel aliorum que se había deslizado, Sixto mismo había resuelto que debía emprenderse una nueva impresión. La sugerencia fue aceptada, y el propio Bellarmine escribió el prefacio, aún prefijada a la edicion Clementine desde entonces en uso. Por otra parte, en cambio, ha sido acusado de falsedad al afirmar que Sixto había resuelto sobre una nueva impresión. Pero su testimonio, como no hay evidencia en contrario, debería ser aceptado como decisivo, teniendo en cuenta cuán conciente persona era considerado por sus contemporaneos; y más aún desde que no puede ser impugnado sin derramar verguenza sobre el carácter sus compañeros de comisión quienes aceptaron su sugerencia, y de Clemente VIII que con pleno conocimiento de los hechos dio sanción al prefacio de Bellarmine, prefijado a la nueva edición. Además, el mismo Angelo Rocca, Secretario de la comisión revisora de Sixto V y de los pontífices que le sucecieron, escribió un borrador de prefacio para la nueva edición, en el cual hace las mismas afirmaciones: (Sixto) «dum errores ex typographib ortos, et mutationes omnes, atque varias hominum opiniones recognoscere , ut postea de toto negotio deliberare atque Vulgatam editionem, prout debebat, publicare posset, morte prfventus quod cœperat perficere non potuit». Aún existe este borrador de prefacio, sobre el cual prevaleció el de Bellarmine, como adjunto a la copia de la edición Sixtina en la cual se señalan las correcciones de Clementine, y puede ser observado en la Biblioteca Angélica de Roma. En 1592 Bellarmine fue hecho Rector de la Universidad Romana, y en 1595 Provincial de Nápoles. En 1597 Clemente VIII lo llamó de vuelta a Roma y lo hizo su propio teólogo y adicionalmente Examinador de Obispos y Consultor del Santo Oficio. Más tarde, en 1599 lo hizo Cardenal-Pastor del título de Santa María in viâ ,alegando como razón para esta promoción que «la Iglesia de Dios no tenía otro igual en erudición». Fue designado entonces, junto con el Cardenal Dominico d’Ascoli, como asesor del Cardenal Madruzzi, el Presidente de la Congregación de Auxiliis, que había sido instituido poco antes para solucionar la controversia que había aparecido recientemente entre los Tomistas y los Molinistas concerniente a la naturaleza de la armonía entre la gracia eficaz y la libertad humana. Desde el principio el consejo de Bellarmine fue que la cuestión teológica no debía ser decidida autoritariamente, sino dejada para posteriores discusiones en las escuelas, prohibiendo estrictamente a los contendientes de ambas partes permitirse censuras o condenas a sus adversarios. Al principio Clemente VIII se inclinó por este punto de vista pero luego lo cambió completamente y resolvió sobre una definición doctrinal. Se hizo entonces embarazosa la presencia de Bellarmine y lo

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San Cornelio y San Cipriano, 16 de septiembre.

Cornelio fue el papa número 21 en la Iglesia católica. Nació en Roma en torno al año 180 y murió mártir en Civitavecchia en junio del año 253. Ejerció su papado entre el 251 y el 253. Cornelio era consciente desde el primer momento de que ser Papa era estar en situación de peligro. El emperador romano Decio había ordenado matar al papa Fabián. Después de una larga espera de 18 meses en la que Decio intensificó la persecución contra los cristianos, fue elegido Cornelio. Así, cuando Cornelio emprende su andadura como sucesor de Pedro, se encuentra con una Iglesia en la que algunos cristianos han apostatado por miedo o vergüenza ante la sociedad y las autoridades. Son los lapsi, “caídos” en latín, ante los que se genera la duda de si aceptar o no que hayan vivido como impostores y que regresen a la Iglesia como si nada importante hubiera sucedido después de renegar de la fe en el pasado. Esto llegará a crear un cisma durante el pontificado de Cornelio. San Cornelio se unió al entonces obispo de Cartago (en África del Norte), que era san Cipriano, para afirmar que era preferible ser misericordiosos con los “caídos” y readmitir a los que habían apostatado, pero pedían el regreso a la Iglesia. En el lado opuesto se encontraba el presbítero romano Novaciano, muy docto y que está considerado el primer teólogo que escribe sus tratados en latín. Este sacerdote promulgaba que en la Iglesia solo cabían los santos y que, en consecuencia, había que rechazar a los lapsi. Esta doctrina acaba siendo herética, ya que niega la posibilidad de redención de las personas que han cometido pecado mortal. Es lo que se llama Novacianismo. Fue tal el enfrentamiento de Novaciano con el papa san Cornelio, que llegó a hacerse nombrar papa por tres obispos y fundó la “Iglesia de los puros”, que en griego se llaman “katharoi”, cátaros. Se hacían llamar también “los hombres buenos”. Esta corriente se extendió sobre todo por el sur de la actual Francia y en el norte de la actual Italia. En otoño del año 251 se convocó un sínodo en el que se condenó la doctrina novacianista y se excomulgó a Novaciano. Sin embargo, la fuerza con que penetró la doctrina cátara hizo que perdurara hasta el siglo VII. En el año 252, ya con el emperador Treboniano Galo, arreció la persecución contra los cristianos. San Cornelio fue desterrado a Civitavecchia porque se le acusó de ofender a los dioses romanos y haber provocado así una epidemia en Roma. San Cornelio, además, fue encarcelado por estas razones y sufrió martirio. A consecuencia de ello murió en junio del año 253. De san Cipriano sabemos que se llamaba Tascio Cecilio Cipriano y era de origen bereber o tal vez púnico. Nació en torno al año 200 y falleció mártir el 14 de septiembre del año 258. Fue sacerdote y un gran escritor romano gracias a que había recibido una excelente educación clásica. Se habla, por ejemplo, de la “peste cipriana” por la descripción de que disponemos gracias a él y está considerado uno de los grandes autores cristianos hasta la aparición de san Jerónimo y san Agustín. Se convirtió al cristianismo siendo adulto, a los 35 años, y fue nombrado obispo de Cartago catorce años después, en el 249. Allí entregaría su vida. De san Cipriano destacaron su garra al hablar de Dios y su fortaleza a la hora de tratar la herejía novaciana que tanto daño hacía a la vida de la Iglesia. Por lo que respecta al martirio de este santo, consta que era consciente de la persecución a la que el emperador iba a someter a los cristianos y, como buen pastor, preparó espiritualmente a los fieles con su De exhortatione martyrii. El 30 de agosto de 257, ante el procónsul romano Aspasius Paternus se negó a realizar sacrificios a las divinidades paganas y profesó firmemente su fe en Cristo. Entonces el procónsul Paterno, por orden del emperador Valeriano, le desterró a Curubis. San Cipriano tuvo una visión que le anunció cómo iba a morir. Al año se le dejó regresar aunque con arresto domiciliario, a la espera de medidas más severas que iba a imponer el emperador. Y, efectivamente, llegaron órdenes de matar a todos los sacerdotes cristianos por lo que él quedaba incluido en la condena. El 13 de septiembre del año 258 fue apresado por el nuevo procónsul, Galerio. Este enfermó y la ejecución se retrasó un día, pero el 14 de septiembre ocurrió el desenlace. Cuando fueron a leer a san Cipriano el castigo que se le imponía, solo dijo «¡Gracias a Dios!». Lo trasladaron entonces fuera de la ciudad y lo siguió una multitud. Él sencillamente se quitó sus prendas sin ayuda de nadie, se arrodilló y rezó. Después le vendaron los ojos y un verdugo lo decapitó con una espada. Los cristianos acudieron esa misma noche al lugar del martirio y trasladaron el cadáver de su obispo santo al cementerio del procurador Macrobio Candidiano, con una procesión de cirios y antorchas. Ese cementerio estaba situado junto a los depósitos de agua de la ciudad. Allí se construirían tiempo después iglesias que más tarde arrasaron los vándalos. Una tradición no comprobada afirma que Carlomagno se llevó los huesos de san Cipriano a Francia y hoy tanto en Lyon como en Arlés, Venecia, Compiegne y Roenay se dice que hay reliquias del mártir. El día de los santos Cornelio y Cipriano se celebra el 16 de septiembre.

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Nuestra Señora de los Dolores, 15 de septiembre.

Los siete dolores de la Santísima Virgen que han suscitado mayor devoción son: la profecía de Simeón, la huida a Egipto, los tres días que Jesús estuvo perdido, el encuentro con Jesús llevando la Cruz, su Muerte en el Calvario, el Descendimiento, la colocación en el sepulcro. Simeón había anunciado previamente a la Madre la oposición que iba a suscitar su Hijo, el Redentor. Cuando ella, a los cuarenta días de nacido, ofreció a su Hijo a Dios en el Templo, dijo Simeón: «Este niño debe ser causa tanto de caída como de resurrección para la gente de Israel. Será puesto como una señal que muchos rechazarán y a ti misma una espada te atravesará el alma» (Lc 2,34). El dolor de María en el Calvario fue más agudo que ningún otro en el mundo, pues no ha habido madre que haya tenido un corazón an tierno como el de la Madre de Dios. Cómo no ha habido amor igual al suyo. Ella lo sufrió todo por nosotros para que disfrutemos de la gracia de la Redención. Sufrió voluntariamente para demostrarnos su amor, pues el amor se prueba con el sacrificio. No por ser la Madre de Dios pudo María sobrellevar sus dolores, sino por ver las cosas desde el plan de Dios y no del de sí misma, o mejor dicho, hizo suyo el plan de Dios. Nosotros debemos hacer lo mismo. La Madre Dolorosa nos echará una mano para ayudarnos. La devoción a los Dolores de María es fuente de gracias sin número porque llega a lo profundo del Corazón de Cristo. Si pensamos con frecuencia en los falsos placeres de este mundo, abrazaríamos con paciencia los dolores y sufrimientos de la vida. Nos traspasaría el dolor de los pecados. La Iglesia nos exhorta a entregarnos sin reservas al amor de María y llevar con paciencia nuestra cruz acompañados de la Madre Dolorosa. Ella quiere de verdad ayudarnos a llevar nuestras cruces diarias, porque fue en el calvario que el Hijo moribundo nos confió el cuidado de su Madre. Fue su última voluntad que amemos a su Madre como la amó Él. La Palabra de Dios «Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! – a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.» Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él. Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el Niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.» Lc 2, 34-45 «Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando.» Lc 2, 48 «Vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante al dolor que me atormenta,» Lam 1, 12 Oración propia de la Novena ¡Santísima y muy afligida Madre, Virgen de los Dolores y Reina de los Mártires! Estuviste de pie, inmóvil, bajo la Cruz, mientras moría tu Hijo. Por la espada de dolor que te traspasó entonces, por el incesante sufrimiento de tu vida dolorosa y el gozo con que ahora eres recompensada de tus pruebas y aflicción, mírame con ternura Madre, ten compasión de mí que vengo a tu presencia para venerar tus dolores. Deposito mi petición con infantil confianza en el santuario de tu Corazón herido. Te suplico que presentes a Jesucristo, en unión con los méritos infinitos de su Pasión y Muerte, lo que sufriste junto a la Cruz, y por vuestros méritos me sea concedida esta petición (Mencione el favor que desea). ¿A quién acudiré yo en mis necesidades y sufrimientos, sino a ti, Madre de misericordia? Tan hondo bebiste del cáliz de tu Hijo que puedes compadecerte de los sufrimientos de quienes están todavía en este valle de lágrimas. Ofrece a nuestro divino Salvador lo que Él sufrió en la Cruz para que su recuerdo le mueva a compadecerse de mí, pecador. Refugio de pecadores y esperanza de la humanidad, acepta mi petición y escúchala favorablemente, si es conforme a la voluntad de Dios.Señor Jesucristo, te ofrezco los méritos de María, Madre tuya y nuestra, que ganó bajo la Cruz. Por su amable intercesión pueda yo obtener los deliciosos frutos de tu Pasión y Muerte. Ofrecimiento María, Virgen Santísima y Reina de los Mártires, acepta el sincero homenaje de mi amor infantil. Recibe mi pobre alma dentro de tu corazón, traspasado por tantas espadas. Tómala por compañera de tus dolores al pie de la Cruz, donde Jesús murió para redimir al mundo. Contigo, Virgen de los Dolores, quiero sufrir gustosamente todas las pruebas, sufrimientos y aflicciones que Dios se complazca en mandarme. Los ofrezco en memoria de tus dolores. Haz que todos mis pensamientos y latidos del corazón sean un acto de compasión y amor por ti. Madre amadísima ten compasión de mí, reconcíliame con Jesús, tu divino Hijo, manténme en su gracia y asísteme en mi última agonía, para que

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Exaltación de la Santa Cruz, 14 de septiembre.

Cada 14 de septiembre se celebra la Exaltación de la Santa Cruz, en la que recordamos y honramos la Cruz en la que murió nuestro Señor Jesucristo. Esta evoca el misterio del amor divino, entregado sin medida para salvación del género humano. Es la Cruz “en la que se muere para vivir; para vivir en Dios y con Dios, para vivir en la verdad, en la libertad y en el amor, para vivir eternamente”, como dijo alguna vez San Juan Pablo II. De acuerdo a la tradición, en el siglo IV, la emperatriz Santa Elena encontró el madero en el que murió Cristo Redentor en Jerusalén. Posteriormente, hacia el año 614, la reliquia sería sustraída de esa ciudad por los Persas, como trofeo de guerra. Más adelante, el emperador Heraclio la rescató y el madero retornó a la Ciudad Santa el 14 de septiembre de 628. Desde entonces, cada día 14 del mes de septiembre se celebra este acontecimiento, instituido como festividad litúrgica. Al llegar de nuevo la Santa Cruz a Jerusalén, el emperador dispuso que fuese llevada en solemne procesión. Para acompañar el cortejo se revistió de todos sus ornamentos imperiales. Estos llegaron a ser tantos y tan pesados que se le hizo imposible avanzar. Entonces, el Arzobispo de Jerusalén, Zacarías, le dijo: «es que todo ese lujo de vestidos que lleva están en desacuerdo con el aspecto humilde y doloroso de Cristo, cuando iba cargando la cruz por estas calles». El emperador se despojó de su lujoso manto y de su corona de oro, y, descalzo, empezó a recorrer las calles acompañando la procesión. Posteriormente, el Santo Madero fue dividido. Un fragmento fue llevado a Roma, otro a Constantinopla, mientras que un tercero se quedó en Jerusalén. El pedazo restante fue reducido a astillas que serían distribuidas por iglesias de distintas partes del mundo. A estas reliquias se les denominó de la “Veracruz” (verdadera cruz). En las narraciones de la vida de los santos se cuenta que San Antonio Abad hacía la señal de la cruz cada vez que era atacado por el demonio con horribles visiones y tentaciones. La señal bastaba para que el enemigo huya. Así, los cristianos adoptaron la costumbre de santiguarse para pedir la protección de Dios ante la presencia del mal y los peligros que acechan.

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San Juan Crisóstomo, 13 de septiembre.

Cada 13 de septiembre la Iglesia Católica celebra a San Juan Crisóstomo (347-407), patriarca de Constantinopla, Padre y Doctor de la Iglesia, patrono de los que predican el Evangelio. El apelativo “crisóstomo” empezó a usarse para hablar de Juan de Antioquía -nombre con el que se le conocía al santo- aproximadamente un siglo después de su muerte, como un reconocimiento a su elocuencia, a la belleza y profundidad de su predicación, y a la potencia retórica de sus escritos. “Crisóstomo” puede traducirse como “boca de oro” (yuxtaposición de dos términos griegos: chrysós, ‘oro’, y stoma, ‘boca’). San Juan de Antioquía fue obispo (patriarca) de Constantinopla y es considerado uno de los cuatro grandes Padres de la Iglesia de Oriente. Al mismo tiempo, se le ha reconocido habitualmente como uno de los más excelsos oradores de todos los tiempos. San Juan Crisóstomo nació en Antioquía en el año 347, y se bautizó a los 23 años. Después de haber vivido como eremita, en el silencio contemplativo, fue ordenado sacerdote, y empezó a hacerse conocido por sus sermones. Animado por la buena reputación de Juan, Arcadio -emperador romano de Oriente- solicitó a Teófilo, Patriarca de Alejandría, que lo nombrara obispo de Constantinopla. Como pastor se dedicó a enseñar la recta doctrina, con el celo y cuidado debidos, al tiempo que criticó duramente las formas judaizantes del cristianismo, así como los lujos e indiferencia de los emperadores frente a los pobres. Se deshizo de bienes superfluos adquiridos irresponsablemente por algunos miembros de la Iglesia, y con las riquezas obtenidas atendió las necesidades de muchos postergados. Exigió vestir con sencillez a los sacerdotes y monjes, así como comer con moderación; pidió recato a las mujeres y, a todos, piedad dentro de los templos. Asimismo, se preocupó por la formación catequética de los fieles. Recordaba el Papa Benedicto XVI en audiencia general del 26 de septiembre de 2007: “Por su solicitud en favor de los pobres, San Juan fue llamado también ‘el limosnero’. Como administrador atento logró crear instituciones caritativas muy apreciadas. Su espíritu emprendedor en los diferentes campos hizo que algunos lo vieran como un peligroso rival… … Sin embargo, como verdadero pastor, trató a todos de manera cordial y paterna. En particular, evidenció un profundo respeto a la mujer y dedicaba una atención especial al matrimonio y a la familia. Invitaba a los fieles a participar en la vida litúrgica, que hizo espléndida y atractiva con creatividad genial”. La firme actitud de Crisóstomo y su celo pastoral le causaron roces con gente influyente e incomprensiones entre los propios cristianos. Es verdad que se hizo de enemigos poderosos -entre los que estuvo Eudoxia, esposa del emperador Arcadio-, pero fundamentalmente del cariño y el respeto del pueblo cristiano. Vivió sus últimos días en el destierro y murió el 14 de septiembre de 407. Quienes lo acompañaron en su agonía testificaron sus últimas palabras: “Sea dada gloria a Dios por todo”. Un mensaje para el sacerdote de hoy: “¡Tu servicio es el más grande!” Dijo San Juan Crisóstomo: “Si te encuentras en el camino con un sacerdote y un ángel, ve a besar la mano del sacerdote, ya que los ángeles, aunque quieren ser capaces de administrar el Sacramento de la Eucaristía, no pueden; ya que esto es propio sólo de seres humanos”. Querido San Juan Crisóstomo, ¡ruega por nosotros! ¡Intercede por todos tus hijos sacerdotes!

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