Santo del Día

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Santa Rosa de Lima, 23 de agosto.

Santa Rosa de Lima partió al cielo un 24 de agosto de 1617, en la fiesta de San Bartolomé Apóstol, tal como ella lo había predicho. Entonces, ¿por qué se le celebra el 23 de agosto en unos lugares y el 30 en otros? No se trata de una equivocación, sino de un calendario y de una costumbre especial. De acuerdo al historiador José Antonio Benito, colaborador de la Enciclopedia Católica, el Papa Clemente X, quien canonizó a Santa Rosa de Lima en 1671, fijó su fiesta en la Iglesia universal para el 30 de agosto. Aunque usualmente la conmemoración de un santo coincide con el día de su partida al cielo, no se le podía dar el 24 porque ya era fiesta de San Bartolomé.  La fecha más cercana libre en el calendario de la Iglesia era el 30, de modo que se optó por ese día.  Por otro lado, según el historiador, tras el Concilio Vaticano II se reordenó el calendario litúrgico, y en 1969 se aprobó uno nuevo. Se mantuvo, no obstante, el principio de que la fiesta de cada santo debía celebrarse en la fecha en que murió, salvo que la Conferencia Episcopal del país vea oportuno otro día. De esta manera, se dispuso que a Santa Rosa de Lima se le conmemore el 23 de agosto, probablemente porque era el día más cercano a la fecha de su fallecimiento. Además, el 24 continuó siendo día de San Bartolomé.  Sin embargo, en el Perú y en muchos otros países la tradición estaba tan arraigada que se decidió conservar el 30 de agosto como fiesta solemne de la primera santa de América.

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Santa María Reina, 22 de agosto.

Cada 22 de agosto la Iglesia Católica celebra la memoria de “Santa María, Reina de los cielos y la tierra”. En algunos lugares, a esta efemérides se le concede el rango de fiesta, tal y como estaba establecido en el vetus ordo (ordenamiento previo al Concilio Vaticano II) por el Papa Pio XII. Después de la reforma conciliar, el día establecido para esta celebración universal pasó del 31 de mayo al 22 de agosto, con el rango de “memoria obligatoria”. Realeza de la Santísima Virgen e institución de su fiesta Fue el Venerable Papa Pío XII quien instituyó en 1954 un día dedicado a celebrar a María como reina de todo lo creado. En la encíclica “Ad Caeli Reginam” (A la Reina del Cielo, n. 15), sobre la dignidad y realeza de María, Pío XII señalaba los siguiente: “Cristo, el nuevo Adán, es nuestro Rey no sólo por ser Hijo de Dios, sino también por ser nuestro Redentor… Así, según una cierta analogía, puede igualmente afirmarse que la Beatísima Virgen es Reina, no sólo por ser Madre de Dios, sino también por haber sido asociada cual nueva Eva al nuevo Adán”. María Reina, en el corazón de los Papas En 1997, el querido Papa San Juan Pablo II, con motivo de esta celebración, señalaba: “La devoción popular invoca a María como Reina. El Concilio, después de recordar la asunción de la Virgen «en cuerpo y alma a la gloria del cielo», explica que fue «elevada (…) por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte» (Lumen gentium, 59)”. Por su parte, el Papa Benedicto XVI en el día de María Reina del año 2012 afirmaba: “[María] es Reina precisamente amándonos y ayudándonos en todas nuestras necesidades, es nuestra hermana y sierva humilde». En el año 2021, el Papa Francisco, a través de su cuenta de Twitter (hoy, X), afirmaba: “¡Con Dios nada se pierde! En María se alcanza la meta y tenemos ante nuestros ojos la razón por la que caminamos: no para conquistar las cosas de aquí abajo, que se desvanecen, sino la patria allá arriba, que es para siempre”. ¡Que viva Santa María Reina!

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San Pío X, 21 de agosto.

Cada 21 de agosto la Iglesia Católica celebra al Papa San Pio X, pontífice entre los años 1903 y 1914, en los albores del siglo XX. Gobernó en tiempos de profundos cambios que sirvieron, tristemente, de antesala de auténticos fracasos para la humanidad, como es el caso de la Revolución Rusa y la Primera Guerra Mundial. Precisamente, en este duro contexto Pio X supo enrumbar a la Iglesia dentro de los cauces de la fidelidad al Evangelio, de manera que esta pudiese afrontar con esperanza los grandes retos de los nuevos tiempos. “Instaurar todo en Cristo” Pio X asumió la sede de San Pedro tras la muerte del Papa León XIII en 1903. Inmediatamente se abocó a promover un compromiso mayor de los fieles con la Eucaristía. Animó a que estos se acerquen asiduamente a ella, si es posible que cultiven la costumbre de la misa diaria. Por ahí empezó su “reforma”, muy acorde con el lema que escogió para su pontificado: “Instaurar todo en Cristo”; es decir, para transformar el mundo -cada vez más alejado de Dios- hay que construir sobre el más seguro de los cimientos: Cristo. Sin Él toda empresa humana está condenada a fracasar. Un hijo de su tiempo Giuseppe Melchor Sarto nació el 2 de junio de 1835, en Riese, Italia; hijo de un cartero e integrante de una familia humilde. Fue un niño que creció bajo las condiciones de la clase trabajadora italiana de fines del s. XIX. A pesar de las dificultades siempre fue un chico alegre, sensible e inteligente. Mientras crecía, su inquieto espíritu lo fue moviendo a profundizar en su fe y vocación. Lo que más deseaba era amar a Dios y a los hermanos, así que llegó el momento más serio: se planteó ser sacerdote. Años más tarde, a los 23, recibiría el orden sacerdotal en la provincia de Treviso, Venecia (Italia). Vertiginosa carrera eclesiástica En 1867 fue nombrado arcipreste de Salzano, un importante municipio de la diócesis de Treviso, donde restauró la iglesia y ayudó a la ampliación y mantenimiento del hospital. A la par, trabajó para que los estudiantes de las escuelas públicas pudieran recibir instrucción religiosa. En noviembre de 1884 fue nombrado obispo de Mantua, una sede muy difícil. Al asumir el cargo, su principal preocupación era la formación del clero, por lo que empezó a trabajar en el seminario, encargándose personalmente de enseñar teología dogmática. Más adelante, para su sorpresa, el Papa León XIII lo creó cardenal en consistorio secreto de junio de 1893, otorgándole el título de “San Bernardo de las Termas”. Tres días después, en consistorio público, fue preconizado “Patriarca de Venecia”, conservando el título de Administrador Apostólico de Mantua. Sin embargo, el ahora Cardenal Sarto tuvo que esperar 18 meses para poder tomar posesión de su diócesis, ya que el gobierno italiano se negaba a concederle reconocimiento oficial. Una vez que pudo ser erigido como Patriarca de Venecia, concentró su atención nuevamente en el seminario, donde organizó la facultad de derecho canónico. Espíritu renovador Años después, ya como pontífice, hizo importantes reformas a tono con los tiempos y las necesidades de los fieles. Una de ellas fue publicada mediante decreto de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, “Quam Singulari” (Cuán singular). El Papa recomendaba allí que la Primera Comunión sea administrada a los niños pequeños apenas tuviesen uso de razón. Por el quincuagésimo aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, Pio X publicó la encíclica “Ad diem Illum laetissimum” (Hasta aquel alegre día) en el marco del congreso mariano en el que coronó la imagen de la Inmaculada Concepción que está ubicada en la Basílica de San Pedro. A través de esta encíclica, el Papa le dio un nuevo impulso a la devoción a María Madre de Dios. En relación a la enseñanza de la doctrina cristiana publicó la encíclica “Acerbo nimis” (Demasiado amargo), en la que planteaba que la catequesis fuera dirigida también a los adultos. Además promovió la publicación de un nuevo catecismo para la diócesis de Roma. Igual que cuando fue obispo, siempre preocupado de la formación de los sacerdotes, como Papa intervino a través del magisterio: publicó la encíclica «Pieni l’animo» (Lleno el ánimo), dirigida al Episcopado italiano (1906), en donde hacía énfasis en la necesidad de tener mayor cuidado en la ordenación de sacerdotes, llamando la atención de los obispos sobre el hecho de que, entre los clérigos más jóvenes, se manifestaba cada vez con mayor frecuencia un espíritu de independencia poco compatible con la disciplina eclesiástica. Por otra parte, ordenó que los seminarios italianos fueran visitados frecuentemente por los obispos. Cristianismo y modernidad Otra de sus grandes preocupaciones fue preservar la pureza de la fe, por eso, en 1907, publicó el decreto “Lamentabili” (llamado también el “Syllabus de Pío X”), en el que 65 proposiciones modernistas fueron condenadas. La mayor parte de ellas se referían a las Sagradas Escrituras y su inspiración, la doctrina de Jesús y los apóstoles; mientras que otras se relacionaban con el dogma, los sacramentos y la primacía del Obispo de Roma. Poco después, el 8 de Septiembre de 1907, publicó la encíclica “Pascendi Dominici gregis” (Apacentar la grey del Señor), en donde exponía y condenaba el sistema del modernismo, destacando sus peligros en relación con la filosofía, apologética, exégesis, historia, liturgia y disciplina, y muestra la contradicción entre esa corriente de pensamiento y la fe. El Papa teólogo Durante toda su vida, San Pio X había sido un gran enamorado de la música sacra, por lo que siendo pontífice publicó un motu proprio para el empleo de la música sacra en las iglesias. Ordenó que el canto gregoriano se utilizara en todas partes y dispuso que los libros de cantos se imprimieran con el mismo tipo de fuente que se usa en el Vaticano, bajo la supervisión de una comisión especial. Como el estudio de la Biblia es importantísimo para la teología, el Papa Pío X deseaba fundar en Roma un centro

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San Bernardo, 20 de agosto.

Cada 20 de agosto la Iglesia Católica celebra a San Bernardo de Claraval, monje francés que vivió entre los siglos XI y XII. Fue una de las figuras más relevantes de su tiempo, y su contribución a la teología y espiritualidad católicas ha sido determinante, especialmente en lo que respecta a la piedad filial a la Virgen Maria. La tradición lo ha llamado ‘cazador de almas y vocaciones’ y ‘oráculo de la cristiandad’; y las razones para esto son múltiples, aunque generalmente concurren en torno a su fortaleza de carácter y su aguda inteligencia.  Una personalidad arrasadora Bernardo fue el primer y más famoso abad del monasterio de Claraval, célebre abadía cisterciense por su influencia cultural y sus abundantes frutos de santidad. En ese sentido, Bernardo es reconocido como uno de los grandes impulsores del renacimiento de la vida monástica a inicios del segundo milenio.  Poseedor de un gran celo por la verdad y de una notable capacidad de persuasión, Bernardo fue también un hombre de voluntad férrea. Y es en este punto donde no se debe prescindir, si queremos conocer al santo, de la capacidad de su fe para encender su corazón apasionado: Bernardo fue fundamentalmente alguien que supo poner sus dones y habilidades al servicio del Evangelio. Fue un hombre de servicio y de entrega a los demás. Libró numerosas batallas intelectuales y convirtió a muchos a Cristo, incluyendo a varios miembros de su propia familia.  Fue consejero de reyes y papas, escribió varios libros y es el autor de una de las oraciones a la Virgen María más hermosas que existen.  Amor filial Bernardo de Fontaine -por su nombre de pila- nació en 1090 en el castillo de Fontaine-les-Dijon, ubicado en la región de Borgoña (Francia). Su familia pertenecía a la nobleza gala. Su padre, Tescelino, fue uno de los caballeros del duque de Borgoña; y su madre, Alice, era hija de un poderoso señor feudal llamado Bernardo de Montbard. Bernardo fue el tercero de siete hermanos. Desde niño tuvo una relación muy estrecha con su madre. Ella decía que, estando embarazada, había tenido una visión sobre la vida de su hijo como un santo. Bernardo era un niño sensible y habitualmente reservado. Recibió una esmerada educación, al igual que sus hermanos.  Cuando murió su madre, el pequeño Bernardo dirigió la mirada hacia la Virgen María, fuente de sus consuelos y por quien profesó una fuerte devoción toda su vida. Expresión de ese cariño especial a la Madre de Dios es el “Acordaos”, una de sus oraciones marianas más hermosas jamás escritas.  La “huída” del mundo Durante su juventud forjó un temperamento vigoroso, pero también se dejó seducir por las cosas del mundo, entre amistades superficiales y la vanagloria. En el fondo, Bernardo se sentía vacío y hastiado. La noche de Navidad del año 1111, Bernardo se quedó dormido. En sueños se le apareció la Virgen llevando al Niño Jesús en brazos y mirándolo se lo ofreció para que lo amara e hiciera que otros lo amen también. Después de aquel sueño decidió consagrarse a Dios y alcanzar la santidad. “Cazador de vocaciones” En 1112 Bernardo ingresó al monasterio cisterciense de Citeaux, fundado por tres grandes santos: San Roberto, San Alberico y San Esteban Harding. En aquel momento, el monasterio se había convertido en centro de un movimiento de renovación eclesial impulsada por la idea de ‘una vuelta a los orígenes’: allí se practicaba con rigor la regla de San Benito (regla instituida por San Benito de Nursia en el siglo VI). San Esteban Harding, que era el prior de Citeaux, aceptó con inusitada alegría a Bernardo y a todos quienes se presentaron con él a la puerta de la abadía: no habían recibido vocaciones por quince años. El empeño que puso Bernardo para alcanzar la santidad a través del espíritu originario de la vida monacal hizo que sus superiores confiaran en él para liderar un proyecto ambicioso.  Con solo 25 años fue enviado a fundar, con otros doce monjes, un nuevo monasterio en Champagne, al que llamó “Clairvaux” -es decir, Claraval, que en francés significa “valle claro”-. El primer abad sería él. Bernardo llevaba una vida rigurosa y exigente. Su oración constante y su preocupación por ser fiel a Cristo en todo atrajo a muchos a la vida monástica. Se ganó el apelativo de “el cazador de almas y vocaciones”. Se dice que las jovencitas temían que el santo hablara con sus novios porque terminaban pidiendo ser admitidos en la abadía.  Bernardo visitó y predicó en escuelas, universidades, pueblos y campos para hablar sobre las bondades de la vida religiosa. Fundó cerca de 300 monasterios y consiguió que 900 hombres profesaran sus votos. Uno de sus discípulos, Bernardo de Pisa, llegó a ser papa, con el nombre de Eugenio III. La familia que alcanzó a Cristo Bernardo no solo fue parte de una familia noble. Bernardo perteneció a una familia santa. Su madre, la Beata Alice de Montbard, fue una mujer caritativa y entregada a la voluntad de Dios. Formó en la fe cristiana a sus siete hijos y murió rezando el santo rosario. Su padre, el venerable Tescelino, le perdonó la vida a un caballero que lo retó a duelo. El buen hombre quiso así inculcar a sus dos hijos mayores -el Beato Gerardo y el Beato Guy- la importancia de la misericordia. Sin embargo, todo proceso rumbo a la santidad tiene altos costos: cuando San Bernardo manifestó a su familia el deseo de hacerse monje, encontró una fuerte oposición. A pesar de esto, el santo consiguió que las cosas cambiaran. No solo venció aquella oposición inicial, sino que terminó llevando consigo a sus cuatro hermanos mayores: Gerardo, Guy, Andrés y Bartolomé -todos ellos futuros beatos-; así como a uno de sus tíos y a 31 compañeros.  Cuando Bernardo y sus hermanos -cuenta la tradición- dejaron la casa familiar, Nivardo, el hermano menor -otro que sería beatificado-, les dijo: “¡Ajá! ¿Conque ustedes se van a ganarse el cielo y a mí me dejan aquí en

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San Juan Eudes, 19 de agosto.

Cada 19 de agosto la Iglesia celebra a San Juan Eudes, sacerdote misionero francés, fundador de la Congregación de Jesús y María -los llamados “eudistas”- y de la Orden de Nuestra Señora de la Caridad del Refugio. Es considerado uno de los grandes maestros de la llamada escuela francesa de espiritualidad que se desarrolló durante el siglo XVII. El Papa León XIII lo consideraba el «autor del culto litúrgico del Sagrado Corazón de Jesús y del Santo Corazón de María». “La caridad exige que emplee sus grandes dones” (Card. Berulle) Juan Eudes nació el 14 de noviembre de 1601, en Ri, Normandía (Francia), en el seno de una familia de granjeros. Se educó con los jesuitas en la ciudad portuaria de Caen y a los 21 años se unió al Oratorio de Jesús (Oratorio francés). En su búsqueda personal influyeron dos grandes maestros espirituales: en primer lugar, Pierre de Bérulle, fundador del Oratorio; y, en segundo, el asceta contemplativo Charles de Condren. Fue ordenado sacerdote el 20 de diciembre de 1625. Poco después contrajo una enfermedad que lo mantuvo en cama por meses, hasta 1626. En el transcurso de 1625 se había desatado en Normandía una terrible epidemia de peste y Juan, al año siguiente, ya recuperado, se ofreció para asistir a sus compatriotas. El Cardenal de Bérulle le envió al obispo de Séez con una carta de presentación, en la que decía: «La caridad exige que (Jean) emplee sus grandes dones al servicio de la provincia en la que recibió la vida, la gracia y las órdenes sagradas, y que su diócesis sea la primera en gozar de los frutos que se pueden esperar de su habilidad, bondad, prudencia, energía y vida». Misionero en Normandía Durante los siguientes diez años, Juan se dedicó a la prédica y a las misiones parroquiales, las que empezaban a organizarse en la forma como las conocemos hoy. San Juan Eudes se distinguió entre los misioneros. En cuanto acababa de predicar, se sentaba a confesar, ya que, según él, «el predicador agita las ramas, pero el confesor es el que caza los pájaros». Defensor de la dignidad de la mujer Juan también fue un auténtico defensor de las mujeres. Dedicó muchos de sus esfuerzos pastorales a acoger a aquellas que habían caído en las garras de la prostitución y que deseaban cambiar de vida, o que simplemente se encontraban en situación de vulnerabilidad extrema. Durante algún tiempo, el P. Eudes hacía que fueran alojadas en las casas de las familias piadosas, hasta que en 1671 abrió la primera casa albergue. Más adelante, el Eudes recurrió a la ayuda de religiosas (las visitandinas) para fortalecer la atención y recuperación de las mujeres en abandono. Preocupación por el clero Después de mucho orar, reflexionar y consultar, San Juan Eudes abandonó la Congregación del Oratorio en 1643. La experiencia le enseñó que el clero necesitaba reformarse antes que los fieles y que la congregación sólo podría conseguir su fin mediante la fundación de seminarios. Entonces el Juan decidió formar una asociación de sacerdotes diocesanos, cuyo fin principal sería la creación de seminarios para formar un clero parroquial mucho más cuidadoso. La nueva asociación fue fundada el día de la Anunciación de 1643, en Caen, con el nombre de Congregación de Jesús y María. Sus miembros, como los del oratorio, eran sacerdotes diocesanos que no estaban obligados por ningún voto. El distintivo de la congregación era el Corazón de Jesús, en el que estaba incluido místicamente el de María. En 1650, mientras se hallaba en misión, el P. Eudes recibió la noticia de que el obispo de Bayeux acababa de aprobar la congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad del Refugio, formada por las religiosas que atendían a las mujeres arrepentidas de Caen. En 1653, San Juan fundó en Lisieux un seminario, al que siguió otro en Rouen en 1659. Entonces el santo se dirige a Roma a tratar de conseguir la aprobación pontificia para su congregación, pero fracasó. Un año después, una bula de Alejandro VII aprueba la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad del Refugio. Maestro de espiritualidad Al año siguiente, San Juan Eudes publicó un libro titulado «La Devoción al Adorable Corazón de Jesús». La obra incluía el propio de una misa y un oficio dedicados al Sagrado Corazón de Jesús. Ya antes, el santo había instituido para su congregación la fiesta del Santísimo Corazón de María, celebrada por primera vez el 31 de agosto de 1670 en la capilla del seminario de Rennes. Pronto la observancia de esta fiesta se extendió a las diócesis cercanas. Aunque San Juan Eudes no fue el primero en propagar la devoción al Sagrado Corazón, fue él «quien introdujo el culto (litúrgico) del Sagrado Corazón de Jesús y del Santo Corazón de María» (Papa León XIII, 1903). Durante los últimos años de su vida, el P. Eudes escribió su tratado sobre la Virgen: «El Admirable Corazón de la Santísima Madre de Dios», obra que concluyó solo un mes antes de morir. «Muy gustosamente gastaré y me desgastaré” (2 Cor 12, 15) Su última misión fue la que predicó en Sain-Lo, en 1675, en plena plaza pública, con un frío glacial. La misión duró nueve semanas. El esfuerzo enorme acabó con su salud y a partir de entonces se retiró de la vida activa. Su muerte se produjo el 19 de agosto de 1680. San Juan Eudes fue canonizado en 1925 y su fiesta incluida en el calendario de la Iglesia Occidental en 1928.

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Santa Elena, 18 de agosto.

Santa Elena (Helena), emperatriz romana, fue la madre de Constantino I, el emperador que detuvo la persecución a los cristianos y les concedió la libertad de culto dentro de las fronteras del imperio. A Santa Elena se le atribuye el hallazgo, en Jerusalén, de la Santa Cruz en la que Cristo murió. Santa Elena también es conocida como ‘Helena de Constantinopla’ o ‘Santa Elena de la Cruz’. A ella recurren los fieles cristianos cuando algo o alguien se ha extraviado, para que con su ayuda lo perdido sea encontrado. Rechazada por su esposo, encontró al Dios verdadero Elena nació alrededor del año 246, en Bitinia, antigua provincia del Imperio Romano, ubicada al noroeste de Asia Menor, al suroeste del mar Negro (actual Turquía). Aunque su origen fue humilde -se dice que fue hija de un sirviente-, estuvo casada con Constancio Cloro, quien se convertiría en emperador con el nombre de Constancio I. Ambos fueron los padres de Constantino I el Grande. En tiempos del emperador Maximiano, Constancio Cloro ya era reconocido como un militar destacado. Cuando el emperador se percató de su capacidad, lo invitó a ser su colaborador más cercano, pero con una condición: que repudiara a su esposa, Elena, y se casara con su hija. Dejándose llevar por la ambición, Constancio repudió a Elena. La santa sufriría, como consecuencia, un humillante abandono durante 14 años. Sin embargo, en medio de la soledad, conoció a Dios y se convirtió al cristianismo, muy probablemente por influencia de su hijo, futuro emperador, quien abrazó el cristianismo antes que ella. El ascenso de Constantino A la muerte de Constancio Cloro, Constantino fue proclamado emperador por el ejército romano. Estando en el campamento militar del puente Milvio en Roma, antes de la batalla de Saxa Rubra (año 313), Constantino tuvo un sueño en el que Cristo le mostraba la cruz y le decía: “Con este signo vencerás”. A la mañana siguiente, el emperador ordenó que una cruz encabezara la formación de sus huestes. Así se hizo durante el combate y Constantino consiguió la victoria. Tras aquel triunfo, Constantino decretó la libre profesión del cristianismo -la religión católica-, y, habiendo él mismo abrazado esa fe, se propuso contribuir a hacerla crecer en todo el imperio. Buscó y halló: la Cruz Constantino amaba y respetaba inmensamente a su madre, Elena, y la nombró “Augusta” (emperatriz). Mandó acuñar monedas con su rostro, y le dio plenos poderes para que empleara el dinero del imperio en las obras de caridad que ella quisiera. Elena, comprometida con la causa cristiana, decidió emprender un viaje a Jerusalén con el propósito de recuperar todo vestigio dejado por Jesús de Nazaret. Es así que, movida por la devoción al Dios que muere por amor a los hombres, se propuso encontrar la Santa Cruz de nuestro Señor. Para tal empresa llevó consigo un numeroso grupo de obreros, quienes realizaron excavaciones en el monte Calvario, donde de acuerdo a la tradición fue encontrado el madero santo. Scala sancta Posteriormente, en el año 326, Santa Elena mandó traer a Roma la “Escalera Santa” (Scala sancta) desde el palacio de Poncio Pilato en Jerusalén. La Escalera Santa fue transportada posteriormente en su integridad. De acuerdo a la tradición, Cristo subió por aquella escalera el Viernes Santo hacia el lugar donde sería juzgado; y sobre ella derramó su sangre. Hoy, la escalera está ubicada frente a la Basílica de San Juan de Letrán en la Ciudad Eterna. En 1723, la “Scala” fue recubierta con madera de nogal como una forma de preservarla del desgaste. Como es natural, miles y miles de peregrinos se acercan al lugar en el que está ubicada hoy con la intención de venerarla. A lo largo de los siglos ha quedado establecida la costumbre de subir por ella de rodillas como signo de sentida devoción. Una mujer humilde y de gran voluntad San Ambrosio de Milán, en el siglo IV, se refería a Santa Elena, resaltando que, a pesar de ser la madre del emperador, vestía con sencillez, se mezclaba con los pobres y utilizaba las riquezas que su hijo le daba para ayudarlos. Santa Elena hizo construir tres templos en Tierra Santa: uno en el monte Calvario, otro en el monte de los Olivos y el tercero en Belén. Ella es considerada patrona de las sociedades o hermandades de la Vera Cruz y se pide su intercesión cuando un objeto importante se encuentra extraviado. Santa Elena de la Cruz murió alrededor del año 330 de nuestra era.

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San Jacinto de Cracovia, 17 de agosto.

San Jacinto de Cracovia, nacido en Silesia en 1183, se destacó como un ferviente evangelizador y un puente entre las Iglesias de Oriente y Occidente. Su vida, dedicada a la expansión de la fe cristiana y a la promoción de la unidad eclesial, lo convirtió en una figura central en la historia de la Iglesia. Jacinto, nieto del obispo de Cracovia, abrazó desde joven una vida de devoción y servicio que lo llevaría a recorrer extensos territorios, llevando el mensaje de Cristo a pueblos y culturas que apenas conocían el cristianismo. Su canonización en 1594 fue un reconocimiento a su extraordinaria labor misionera y su compromiso inquebrantable con la fe. Los primeros años de Jacinto: una vida de fe y aprendizaje Jacinto nació en el seno de una familia noble en Silesia, una región que en ese tiempo formaba parte del Reino de Polonia. Desde su infancia, mostró una notable inclinación hacia la vida religiosa, influenciado en gran parte por su familia, especialmente por su abuelo, el obispo de Cracovia. Este entorno piadoso cultivó en Jacinto un profundo amor por la Iglesia y una disposición natural para el servicio a los demás. Durante su juventud, Jacinto recibió una educación esmerada, estudiando en las principales escuelas de su tiempo. Su brillantez académica lo llevó a Roma, donde conoció a Santo Domingo de Guzmán, el fundador de la Orden de Predicadores, más conocidos como los dominicos. Este encuentro cambió radicalmente su vida. Impresionado por el carisma y la misión de los dominicos, Jacinto decidió unirse a la orden, entregando su vida a la predicación y la evangelización. La misión de evangelizar: Polonia y el Este como horizontes Tras su ingreso en la Orden de Predicadores, Jacinto recibió una misión clara: evangelizar Polonia y extender el mensaje cristiano hacia el Este de Europa. Regresó a Polonia con la tarea de fundar monasterios dominicos y fortalecer la fe en su tierra natal. Su trabajo no se limitó a su país; pronto amplió su misión hacia los vastos territorios de Europa del Este, llevando la fe cristiana a regiones que hasta entonces permanecían en gran medida alejadas del catolicismo. Jacinto se convirtió en un verdadero misionero itinerante, viajando incansablemente a través de Polonia, Lituania, Rusia y Ucrania. En cada lugar, predicaba con fervor y lograba que numerosas personas abrazaran el cristianismo. Su carisma y su profunda espiritualidad le permitieron ganar la confianza y el respeto de las comunidades que visitaba, y su capacidad para conectar con las personas lo hizo excepcionalmente efectivo en su labor. Además de predicar, Jacinto se dedicó a la fundación de monasterios dominicos en toda la región. Estos monasterios no solo sirvieron como centros de fe y formación, sino que también fueron puntos estratégicos para la propagación del cristianismo en territorios que se encontraban bajo la influencia de la Iglesia Ortodoxa. Jacinto vio en su misión no solo la evangelización de nuevas almas, sino también la promoción de la unidad entre las Iglesias de Oriente y Occidente, una tarea que consideraba crucial para el fortalecimiento del cristianismo en Europa. Un puente entre Oriente y Occidente: la visión de Jacinto Uno de los aspectos más destacados de la vida de San Jacinto fue su compromiso con la unión de las Iglesias de Oriente y Occidente. En un tiempo en que las divisiones entre ambas tradiciones cristianas eran profundas, Jacinto trabajó incansablemente para acercar a las dos comunidades. Creía firmemente que la unidad cristiana era esencial para enfrentar los desafíos que amenazaban a la fe en el continente. Jacinto realizó numerosas misiones en Kiev, un importante centro del cristianismo oriental, donde predicó y estableció vínculos con la comunidad ortodoxa. Su enfoque no era de confrontación, sino de diálogo y entendimiento mutuo, buscando siempre puntos en común que pudieran servir como base para la reconciliación. Aunque no vivió para ver la completa unidad entre las Iglesias, su labor sentó las bases para futuros esfuerzos en este sentido. En su misión de unir Oriente y Occidente, Jacinto enfrentó numerosos desafíos, incluyendo la resistencia de aquellos que temían que el acercamiento con la Iglesia occidental pudiera erosionar sus propias tradiciones. Sin embargo, su persistencia y su fe en la importancia de la unidad lo llevaron a seguir adelante, confiando en que sus esfuerzos, aunque no plenamente realizados en su tiempo, darían frutos en el futuro. El legado de San Jacinto: un modelo de evangelización y unidad San Jacinto de Cracovia dejó un legado que ha perdurado a lo largo de los siglos. Su vida ejemplifica el compromiso con la evangelización y la importancia de la unidad dentro de la diversidad cristiana. Su trabajo incansable en la fundación de monasterios y la conversión de almas, así como su esfuerzo por acercar a las Iglesias de Oriente y Occidente, lo convierten en un modelo para los misioneros y los líderes eclesiásticos de todas las épocas. En 1594, la Iglesia reconoció oficialmente la santidad de Jacinto mediante su canonización. Este acto no solo celebró su vida y sus logros, sino que también subrayó la importancia de su misión en un tiempo de grandes divisiones dentro del cristianismo. San Jacinto se erigió como un símbolo de la posibilidad de encontrar unidad en la fe, y su ejemplo continúa inspirando a quienes buscan construir puentes en un mundo a menudo fragmentado. San Jacinto, un santo para tiempos de división y esperanza San Jacinto de Cracovia no solo fue un ferviente evangelizador, sino también un constructor de paz y unidad en un tiempo de profundas divisiones. Su vida dedicada al servicio de Cristo y su incansable labor por unir a las Iglesias de Oriente y Occidente lo han convertido en un santo cuyo ejemplo sigue siendo relevante en el mundo actual. En una era donde las diferencias religiosas y culturales a menudo generan conflictos, la vida de San Jacinto nos recuerda que la fe puede ser un puente que une, en lugar de una barrera que separa. Su compromiso con la evangelización, combinado con su visión de unidad, ofrece una lección poderosa sobre el poder de la fe y la

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San Esteban, 16 de agosto.

Cada 16 de agosto la Iglesia recuerda a San Esteban I, padre fundador de Hungría, nación que bajo su liderazgo se constituyó como tal, al calor del cristianismo. Se le conoce como “el Santo” o “el Grande” -el último gran príncipe entre los húngaros-. Una familia unida por Cristo Esteban nació en Esztergom, Principado de Hungría, en el último cuarto del siglo X -no ha podido establecerse la fecha exacta de su nacimiento-. “Vajk” -nombre pagano del santo- fue hijo del príncipe Géza de Hungría y de la reina Sarolta. Al ser bautizado, le fue cambiado el nombre por el de “Esteban”, después de que toda la familia real abrazase el cristianismo. El joven príncipe recibió una educación cristiana y aprendió latín nada menos que con San Adalberto de Praga. Contrajo matrimonio con Gisela de Baviera, hermana del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, San Enrique II. Esta, mujer de probada virtud, sería reconocida más adelante como beata. Ascensión al trono y fortalecimiento de la cultura cristiana A la muerte de Géza, rey de los húngaros, el trono recae sobre el príncipe Esteban. Eran tiempos en los que el pueblo húngaro aún rendía culto a deidades paganas y mantenía tradiciones inhumanas. Esteban se propuso dar el ejemplo y difundir la fe cristiana, consiguiendo que muchos de sus súbditos se conviertan. En ese propósito recurrió al Papa Silvestre II para que, a través suyo, Occidente reconociera su reino. El Pontífice envió a San Anastasio, discípulo de San Adalberto, para que fuera quien lo coronara. Desde el trono, organizó la vida política y religiosa de la nación. Entre sus más cercanos colaboradores estuvieron los monjes de la Orden de San Benito, de la que formaron parte los primeros obispos del nuevo reino: San Anastasio, San Beszteréd, San Buldo, San Gerardo Sagredo, San Beneta, el Beato Sebastián de Esztergom, entre otros. Esteban buscó que las cabezas de la Iglesia fueran propias, no dependientes de la estructura del Sacro Imperio; quería de esta manera que la Iglesia católica en Hungría se desarrollara libremente, sin injerencias políticas imperiales. Así es que estableció un arzobispado en Budapest, apoyado por seis obispados. Pensando en la cristianización de la población, ordenó construir también tres monasterios benedictinos. Esteban prefirió el anuncio a la imposición, aunque en algunos casos se recurrió a esta. A la luz de los siglos, los efectos duraderos del proceso de cristianización hablan sin duda de un pueblo que acogió el Evangelio por voluntad propia. El dolor de un padre San Esteban, junto a su hijo San Emerico, defendió a su pueblo de la invasión comandada por Conrado II, rey y posteriormente emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Padre e hijo lograron expulsar a los invasores en el año 1030. Emerico era el único hijo sobreviviente de Esteban -los había perdido a todos cuando eran pequeños-, por lo que era su consuelo. Trágicamente, Emerico -quien también sería proclamado santo- murió un año después en un accidente de caza. A partir de entonces, Esteban se aferró mucho más a Dios: su fe lo sostuvo para poder enfrentar las dificultades de sus últimos años, incluyendo las disputas que la sucesión de su reino traería. El descanso para un noble corazón San Esteban murió el 15 de agosto de 1038 y fue sepultado en la Basílica de Székesfehérvár, edificio que él mismo había construido y que llegó a ser una de las más grandes e importantes iglesias de Europa. El santo rey de Hungría fue canonizado por el Papa San Gregorio VII en 1083 y su fiesta se celebra cada 16 de agosto en todo el mundo, salvo en la misma Hungría, donde se celebra el día 20 del mismo mes.

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Asunción de la Virgen María, 15 de agosto.

La solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María fue fijada en el 15 de agosto ya en el siglo V, con el sentido de «Nacimiento al Cielo» o, en la tradición bizantina, «Dormición» de Nuestra Señora. En Roma, la fiesta se celebra desde mediados del siglo VII, pero hubo que esperar hasta el 1 de noviembre de 1950, con Pío XII, para que se proclamara el dogma dedicado a María asunta al cielo en cuerpo y alma. En el Credo Apostólico profesamos nuestra fe en la «Resurrección de la carne» y en la «vida eterna», fin y sentido último del camino de la vida. Esta promesa de fe se cumple ya en María, como «signo de consuelo y esperanza segura» (Prefacio). Este privilegio de María está estrechamente ligado al hecho de ser la Madre de Jesús: dado que la muerte y la corrupción del cuerpo humano son una consecuencia del pecado, no era conveniente que la Virgen María -libre de pecado- se viera afectada por ellos. De ahí el misterio de la «Dormición» o «Asunción al Cielo». El hecho de que María esté ya en el cielo en cuerpo y alma es para nosotros un motivo de alegría, de felicidad, de esperanza. Una criatura de Dios -María- ya está en el cielo: con ella y como ella estaremos también nosotros, criaturas de Dios, un día. El destino de María, unida al cuerpo transfigurado y glorioso de Jesús, será el destino de todos los que están unidos al Señor Jesús en la fe y en el amor. Es interesante constatar que la liturgia -a través de los textos bíblicos tomados del libro del Apocalipsis y de Lucas, con el canto del Magnificat– nos lleva a orar más que a reflexionar. El Evangelio, en efecto, nos sugiere que leamos el misterio de María a la luz del Magnificat: el amor gratuito que se extiende de generación en generación y la predilección por los últimos y los pobres encuentran en María su mejor fruto, su obra maestra, un espejo en el que todo el pueblo de Dios puede mirar sus propios rasgos. La solemnidad de la Asunción al Cielo de la Santísima Virgen María en cuerpo y alma es el signo elocuente de que no solo el alma, sino también el cuerpo son «cosa muy hermosa» (Gn 1,31), hasta el punto de que, como en la Virgen María, nuestra carne será asumida en el cielo. Esto no nos exime de comprometernos con la historia; al contrario, es precisamente la mirada hacia la meta, hacia el cielo, nuestra patria, la que nos impulsa a comprometernos en nuestra vida presente siguiendo la línea del Magnificat: alegres por la misericordia de Dios y atentos a todos los hermanos que encontramos en el camino, empezando por los más débiles y frágiles. El dogma definido por Pío XII «Después de elevar a Dios repetidas súplicas y de haber invocado la luz del Espíritu de Verdad, para la gloria de Dios Todopoderoso que otorgó a la Virgen María Su especial benevolencia en honor de Su Hijo, Rey Inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte, para mayor gloria de su augusta madre y para alegría y regocijo de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los santos apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos como dogma revelado por Dios que: la inmaculada Madre de Dios, la siempre virgen María, habiendo completado el curso de la vida terrena, fue asumida en cuerpo y alma a la gloria celestial” (Pío XII, Munificentissimus Deus, 1 de noviembre de 1950). Del Evangelio de san Lucas: “En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor». María dijo entonces: «Mi alma proclama la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque miró con bondad la humildad de su sierva. En adelante, todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque el Todopoderoso he hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen.Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes.Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre». María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa”. (Lc 1,39-56) Alabar al Señor La Virgen María, con su Magnificat, nos enseña a alabar a Dios. Es una invitación a través de la cual Nuestra Señora, que hoy contemplamos en la gloria, nos anima a actuar y a ir más allá de nuestra costumbre de exagerar los problemas y las dificultades. No se trata de vivir como si no hubiera problemas, sino de valorar lo bello y lo bueno que hay en la vida, y de saber dar gracias a Dios por ello. De este modo, los problemas se colocan en su justa perspectiva. Dios sorprende Otro aspecto que merece ser destacado en este día es el hecho de que María era virgen e Isabel era estéril. Dios va «más allá», sorprende con su acción providencial de salvación.María está ahora en la gloria de Dios; ha llegado al Destino donde un día nos encontraremos todos. Por eso es hoy un signo de

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San Maximiliano Kolbe, 14 de agosto.

Cada 14 de agosto la Iglesia Católica celebra a San Maximiliano María Kolbe (1894-1941), sacerdote y fraile franciscano conventual que murió voluntariamente en el campo de concentración de Auschwitz (Polonia) durante la II Guerra Mundial. El P. Kolbe pidió ser intercambiado por un prisionero a punto de ser ejecutado. San Maximiliano Kolbe fue un gran promotor de la devoción al Inmaculado Corazón de María y uno de los fundadores de la “Ciudad de la Inmaculada», un complejo religioso construido cerca de Varsovia que contaba con un seminario, un monasterio, una editorial y una estación de radio. Dos coronas: una blanca y otra roja Maximiliano, cuyo nombre de pila fue Raimundo, nació el 8 de enero de 1894 en la ciudad de Zdunska Wola, Reino de Polonia (en ese momento parte del Imperio Ruso). De acuerdo al relato de su madre -registrado después de la muerte del santo-, cuando Raimundo era niño, hizo una travesura que ella reprochó enérgicamente: “Niño mío, ¡quién sabe lo que será de ti!”. Días después, la madre vio que el pequeño Raimundo había cambiado de actitud y que oraba llorando con frecuencia ante un pequeño altar que tenía entre dos roperos. Ella le pidió que le contara qué le sucedía. Entonces, con los ojos llenos de lágrimas, Raimundo contestó: “Mamá, cuando me reprochaste, pedí mucho a la Virgen que me dijera lo que sería de mí. Lo mismo en la Iglesia, le volví a rogar. Entonces se me apareció la Virgen, teniendo en las manos dos coronas: una blanca y otra roja. La blanca significaba que perseveraría en la pureza y la roja que sería mártir. Contesté que aceptaba las dos. Entonces la Virgen me miró con dulzura y desapareció”. Este hecho marcó la vida de Maximiliano, quien a partir de entonces profesó la más grande de las devociones a la Virgen Inmaculada. Caballero de la Inmaculada, hijo de San Francisco Años más tarde, Raimundo se descubrió llamado a la vida religiosa e ingresó a la Orden de los Franciscanos Conventuales. En el noviciado (1910) cambió su nombre por el de “Maximiliano” en honor a San Maximiliano de Celeia, mártir. En 1911 profesó sus primeros votos y en 1914 los votos finales. Es entonces cuando adopta el nombre adicional de “María”, en honor a la madre de Jesús. Como estudiante de filosofía y teología en Roma (Pontificia Universidad Gregoriana), fundó la “Milicia de la Inmaculada” con la finalidad de promover el amor y el servicio a la Virgen y la conversión de las almas a Cristo. En 1918 fue ordenado sacerdote. De regreso a Polonia, publica la revista mensual “Caballero de la Inmaculada” y en 1929 funda la «Ciudad de la Inmaculada» en Niepokalanów, a 40 kilómetros de Varsovia. Luego se ofreció como misionero en Asia. Establecido en Japón, funda una nueva «Ciudad de la Inmaculada» (Mugenzai No Sono) y publica la revista “Caballero de la Inmaculada” en japonés. La vuelta a Polonia y el inicio de la Guerra Maximiliano regresa a Polonia unos años antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, cuando el clima social y político ya se encontraba convulsionado. Allí se encontró con que “El Caballero de la Inmaculada” -la publicación que fundó y dirigió- se había alejado de su línea estrictamente religiosa, dando un giro inadecuado hacia lo político. Maximiliano, retoma la dirección para enderezar lo que se había torcido, y no pierde la oportunidad de criticar desde la publicación las ideas nacionalsocialistas, es decir, las esgrimidas por el partido nazi, totalmente contrarias a la fe. Con esto, el P. Kolbe quedó expuesto a la persecución de los nazis. Mientras tanto, continuaba con su servicio sacerdotal heroicamente: alentaba a la gente a mantener la fe y a acercarse al Señor. En solidaridad con el pueblo judío, se negó a ser registrado en la lista de los “alemanes” -su padre era alemán, su madre polaca-, con lo que se hubiese librado de posteriores problemas u hostigamientos. Sin embargo, su opción fundamental era el respeto por la humanidad toda, sin exclusiones. Maximiliano mantuvo una posición firme contra el nacionalsocialismo. Luego de algunos enfrentamientos verbales con los nazis, es apresado y enviado a los  campos de concentración. Asignado en Auschwitz, destinado a las barracas, quiso ser signo del amor de Dios en un lugar que todos creían precisamente abandonado por Dios. El amor más grande: dar la vida Cierto día un prisionero del campo de concentración logró escapar y los soldados alemanes, en represalia, y como muestra de severidad, seleccionaron a 10 prisioneros para que mueran de hambre en los calabozos. El décimo número le tocó al sargento Franciszek Gajowniczek, polaco también, quien exclamó: “Dios mío, yo tengo esposa e hijos”. Ante esto, el P. Maximiliano se ofreció para ser intercambiado por el condenado a muerte. El sacerdote fue llevado a un subterráneo, donde alienta a los demás prisioneros a mantenerse unidos en oración. Después de varios días, sin comida ni agua, todos han muerto y solo él queda vivo. Para desocupar el lugar, los soldados decidieron aplicarle veneno, procedimiento que se conoce como “inyección letal». El P. Maximiliano rezó así hasta el final: “Concédeme alabarte, Virgen santa, concédeme alabarte con mi sacrificio. Concédeme por ti, solo por ti, vivir, trabajar, sufrir, gastarme, morir…”. Murió el 14 de agosto de 1941, a los 47 años de edad. El Papa San Pablo VI lo declaró Beato al P. Kolbe en 1971. Fue canonizado por San Juan Pablo II -su compatriota- en 1982. En la ceremonia el Papa polaco lo honró con estas palabras: “Maximiliano Kolbe hizo como Jesús, no sufrió la muerte sino que donó la vida”. Visita a Auschwitz El 19 de julio de 2016, el Papa Francisco visitó la “celda del hambre” -lugar donde fue encerrado San Maximiliano Kolbe hasta el día de su muerte-. La visita se realizó durante la visita papal al campo de concentración de Auschwitz, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud, realizada ese año en Polonia.

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