Santo del Día

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Santos Ponciano e Hipólito, 13 de agosto.

Al llegar Ponciano a la Cátedra de Pedro, en el año 230, encontró a la Iglesia dividida por un cisma, cuyo autor era el sacerdote Hipólito, un maestro afamado por su conocimiento de la Escritura y por la profundidad de su pensamiento. Hipólito no se había avenido a aceptar la elección del diácono Calixto como papa (217) y, a partir de ese momento, se había erigido en jefe de una comunidad disidente, estimando que él representaba a la tradición, en tanto que Calixto y sus sucesores cedían peligrosamente al último capricho. El año 235 estalló la persecución de Maximiano. Constatando que los cristianos de Roma se apoyaban en los dos obispos, el emperador mandó que arrestasen a ambos, y les condenó a trabajos forzados. Para que la Iglesia no se viera privada de cabeza en circunstancias tan difíciles, Ponciano renunció a su cargo e Hipólito hizo otro tanto. Deportados a Cerdeña, se unieron en una misma confesión de fe, y no tardaron en encontrar la muerte. Después de la persecución, el papa Fabián (236-250), pudo llevar a Roma los cuerpos de ambos mártires. El 13 de agosto es precisamente el aniversario de esta traslación. Pronto se echó en olvido que Hipólito había sido el autor del cisma. Sólo se tuvo presente al mártir y doctor, hasta tal punto que un dibujo del siglo IV asocia sus nombres a los de Pedro y Pablo, Sixto y Lorenzo.

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Santa Juana Francisca de Chantal, 12 de agosto.

Santa Juana Francisca de Chantal nació en una familia noble en el siglo XVI, una época en la que las mujeres de su posición social disfrutaban de una vida de privilegios. Desde temprana edad, demostró una profunda fe y un amor genuino por aquellos que la rodeaban. Aunque su vida parecía destinada a los lujos y las comodidades propias de su estatus, Juana Francisca sentía un llamado más profundo, un deseo de servir a Dios y a los demás. El amor y la pérdida: un punto de inflexión Juana Francisca contrajo matrimonio con el barón de Chantal, un hombre a quien amaba profundamente. Como baronesa, se destacaba no solo por su elegancia y gracia, sino también por su compasión hacia los más necesitados. Cuando su esposo estaba ausente, Juana dejaba de lado los vestidos elegantes y dedicaba su tiempo a servir a los pobres de su comunidad. Este gesto de humildad y generosidad revelaba una profunda conexión con la enseñanza cristiana de amar al prójimo. Sin embargo, la tragedia golpeó cuando su amado esposo falleció en un accidente de caza, dejándola viuda y con cuatro hijos a su cargo. Esta pérdida devastadora marcó un antes y un después en la vida de Juana. En lugar de rendirse al dolor, decidió consagrar su vida a Dios, buscando una manera de canalizar su sufrimiento en servicio y devoción. El encuentro con Francisco de Sales: una alianza divina En su búsqueda espiritual, Juana Francisca encontró guía y consuelo en Francisco de Sales, un obispo y futuro santo. La relación entre ambos fue una alianza espiritual que trascendió las fronteras de la amistad. Francisco de Sales se convirtió en su mentor y confidente, ayudándola a encontrar su camino en medio de la adversidad. Juntos, concibieron la idea de fundar una nueva orden religiosa que se diferenciara de las existentes. A diferencia de otras órdenes estrictamente monásticas, la visión de Juana Francisca y Francisco de Sales era crear una comunidad abierta, dedicada tanto a la contemplación como al servicio activo. Así nació la Orden de la Visitación de Santa María, un refugio para mujeres que deseaban servir a Dios atendiendo a los enfermos, a los pobres y a los más vulnerables. La fundación de la Orden de la Visitación La Orden de la Visitación, fundada en 1610, se convirtió rápidamente en un faro de caridad y compasión en Europa. Juana Francisca, como su fundadora, trabajó incansablemente para establecer las bases de la orden y asegurar que sus miembros vivieran de acuerdo con los principios cristianos de amor y servicio. La orden no requería que las mujeres hicieran votos perpetuos de clausura, lo que permitía a las hermanas realizar obras de caridad fuera del convento, algo innovador para la época. El carisma de la Visitación se centraba en la humildad, la sencillez y la dedicación a los demás. Las hermanas se comprometían a vivir en comunidad, apoyándose mutuamente y extendiendo su compasión a quienes lo necesitaban. Bajo la dirección de Juana Francisca, la orden creció rápidamente, estableciendo conventos en varias ciudades y atrayendo a mujeres de todas las clases sociales que compartían su deseo de servir a Dios a través del servicio a los demás. Juana Francisca: una vida de ejemplo y santidad La vida de Juana Francisca de Chantal no fue fácil. Además de la pérdida de su esposo, enfrentó la muerte de varios de sus hijos y las dificultades de dirigir una nueva orden en una sociedad a menudo hostil hacia las mujeres que optaban por una vida religiosa activa. Sin embargo, su fe nunca vaciló. Su perseverancia y dedicación a Dios y a su comunidad la convirtieron en un modelo a seguir para todos aquellos que la conocieron. La influencia de Juana Francisca se extendió más allá de las paredes del convento. Su ejemplo inspiró a muchas mujeres a buscar una vida de servicio, y su amistad con Francisco de Sales dio lugar a una de las alianzas espirituales más importantes de la Iglesia católica. Juntos, dejaron un legado que perdura hasta hoy, no solo en la Orden de la Visitación, sino en la espiritualidad salesiana, que continúa influyendo en la vida de los cristianos en todo el mundo. El legado de la Orden de la Visitación La Orden de la Visitación ha sobrevivido a los siglos y sigue siendo una comunidad vibrante dedicada al servicio de los demás. Las hermanas continúan la misión iniciada por Juana Francisca de Chantal, trabajando en hospitales, escuelas y otros ministerios donde pueden ayudar a los necesitados. El espíritu de la Visitación, con su énfasis en la humildad y la caridad, sigue siendo relevante en un mundo que a menudo olvida la importancia de estos valores. El legado de Juana Francisca no se limita a la orden que fundó. Su vida es un testimonio de cómo una mujer, a pesar de las dificultades y las tragedias, puede transformar su dolor en una fuente de esperanza y compasión para otros. En una época en la que las opciones para las mujeres eran limitadas, Juana Francisca rompió moldes, demostrando que la fe y la determinación pueden superar cualquier obstáculo. Reflexión final Santa Juana Francisca de Chantal nos recuerda la importancia de la fe, la perseverancia y el servicio a los demás. Su vida, marcada por la pérdida y el sufrimiento, fue una vida de profunda devoción y entrega a Dios. En un mundo donde las tragedias personales a menudo llevan a la desesperación, la historia de Juana Francisca es un recordatorio de que el dolor puede ser transformado en amor y servicio. Hoy, la Orden de la Visitación sigue siendo un faro de esperanza, llevando adelante el legado de su fundadora. En cada obra de caridad, en cada acto de compasión, el espíritu de Juana Francisca continúa vivo, inspirando a las generaciones futuras a seguir su ejemplo de fe y servicio inquebrantable. Su vida, su obra y su legado siguen siendo una fuente de inspiración para todos aquellos que buscan vivir una vida de significado y propósito.

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Santa Clara de Asís, 11 de agosto.

Hoy celebramos a Santa Clara de Asís, sierva de los pobres, patrona de la televisión. Cada 11 de agosto, la Iglesia Católica celebra a Santa Clara de Asís, fundadora junto a San Francisco de Asís, de la Orden de las Hermanas Pobres, conocidas póstumamente como “clarisas” en honor a ella. Santa Clara de Asís es considerada patrona de la televisión y las telecomunicaciones.  La Orden de las Hermanas Pobres es un instituto perteneciente a la Segunda Orden de los “hermanos menores” o franciscanos. Las clarisas constituyen así la rama femenina de los franciscanos. Francisco de Asís, su hermano Santa Clara, cuyo nombre evoca pureza y luminosidad, nació el 16 de julio de 1194 en Asís (Italia), en el seno de una de las familias nobles de la ciudad. Desde muy pequeña se esforzó en adquirir y crecer en la virtud: acudía con asiduidad a la oración y la penitencia; solía ocuparse de las tareas más difíciles del hogar y cuidaba de los detalles más pequeños. A los 18 años acudió como de costumbre a la iglesia de San Giorgio de Asís para la misa. Ese día, San Francisco hizo la prédica en torno a la Cuaresma. Clara, después de escucharlo, le pidió al santo que la ayudara a vivir también “según el modo del Evangelio”. Desde ese momento, él se convirtió en su preceptor espiritual y cultivaron una santa amistad. Clara, conforme se iba comprometiendo más con el Señor, se sentía cada día más atraída por una vida sencilla y de entrega a los pobres: ese era, precisamente, el camino que Jesús le señalaba.  La noche del Domingo de Ramos de 1212, Clara dejó su casa y se encaminó a la Porciúncula, al lado de la cual vivían los frailes menores (hoy esta pequeña capilla franciscana permanece al interior de la Basílica de Santa María de los Ángeles).  Esa misma noche, frente al Cristo de San Damián, Clara renunció para siempre a las cosas del mundo «por amor hacia el santísimo y amadísimo Niño envuelto en pañales y recostado sobre el pesebre». Se le entregó el hábito de los hermanos menores y el mismo Francisco cortó sus cabellos dorados. Desde ese instante la santa empezó a ser parte de la Orden de los Hermanos Menores.  El milagro del pan Santa Clara vivió casi toda su vida religiosa en el monasterio de San Damián. Cierto día, en la alacena no había más que un solo pan y había que alimentar a cincuenta. Santa Clara lo bendijo e hizo rezar a todas el padrenuestro. Un segundo después se produjo el milagro: Clara multiplicó el pan y lo repartió a sus hermanas. Incluso sobró, y mandó la mitad sobrante a los hermanos menores. Entonces dijo: «Aquél que multiplica el pan en la Eucaristía, el gran misterio de fe, ¿acaso le faltará poder para abastecer de pan a sus esposas pobres?». Una de sus frases más conocidas es: “El amor que no puede sufrir no es digno de ese nombre”. Y, de hecho, su vida fue una vida llena de amor: alegrías inconmensurables, felicidad profunda, aunque con mortificaciones, ayuno y oración. Solía decir que para ella todo era “su amado Jesús”, fuente de su alegría. Era evidente que la vida de Clara se había transformado: toda ella se había hecho ternura.   Para Dios nada es imposible Uno de los episodios más conocidos de su vida sucedió el día de la Solemnidad de la Natividad de Cristo. Estando gravemente enferma, fue transportada milagrosamente desde su cama a la iglesia de San Francisco. Allí asistió a todo el oficio de los maitines y a la Misa de medianoche, además recibió la santa comunión; después, apareció de nuevo en su celda, sobre su cama.  Ciertamente Clara jamás había gozado de buena salud -se dice incluso que estuvo enferma durante 27 años, mientras vivía en el monasterio-. Debido a esto, gran parte de su vida religiosa estuvo marcada por sufrimientos e incomodidades, los que supo sobrellevar de manera heroica.  El Sumo Pontífice, Inocencio III (1198-1216), la visitó en el monasterio hasta en dos ocasiones, en alguno de los peores momentos de su enfermedad. En una de esas oportunidades, después de verla, el Papa exclamó: «Ojalá yo tuviera tan poquita necesidad de ser perdonado como la que tiene esta santa monjita». Patrona de las telecomunicaciones y la TV Muchas ciudades, santuarios y templos alrededor del mundo llevan su nombre, generalmente en lugares donde está presente la familia franciscana. A finales de la década de los 50 del siglo pasado, la televisión emergió como una de las formas de comunicación más importantes de la sociedad moderna. En atención a ello, el Papa Pío XII bendijo la nueva tecnología, y ofreció la compañía y protección de la Iglesia Católica para encauzar esta nueva herramienta dentro de los límites de lo rectamente humano.  Así, en 1958, Pio XII publicó una Carta Apostólica proclamando a Santa Clara Patrona de la Televisión. Por extensión, se le considera también patrona de todas las telecomunicaciones en general.  En el documento se expresa que la Iglesia apoya la innovación tecnológica y recomienda el uso de la tecnología moderna para proclamar el Evangelio. Además, se reconoce críticamente que la televisión es tan capaz de producir bienes como de lo contrario -lo mismo puede decirse de toda forma de telecomunicación o transferencia de información o data-, por lo que se hace necesario que esta tecnología tenga un santo patrono para la protección espiritual de quienes la utilizan.  Esa es precisamente Santa Clara, la mujer que fue transportada milagrosamente desde “un punto a otro”, es decir, desde su habitación al altar de la capilla del monasterio.    En el corazón del Pueblo de Dios En septiembre del 2010, el Papa Benedicto XVI, comentó que la vida de Santa Clara es un ejemplo de cuán importantes son las mujeres en la vida eclesial. Para el entonces Primado de la Iglesia, Clara había demostrado con creces “cuánto debe toda la Iglesia a las mujeres valientes y ricas de fe como ella, capaces de dar

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San Lorenzo de Roma, 10 de agosto.

Cada 10 de agosto la Iglesia celebra a San Lorenzo de Roma, mártir, patrono de los diáconos, inmortalizado por la forma en la que se ejecutó su martirio -uno de los más antiguos que están documentados-: fue colocado, vivo, sobre una parrilla incandescente. San Lorenzo, además de ser patrono de los archiveros (o archivistas) lo es de los tesoreros, patronazgos que ostenta en virtud de su servicio diaconal. En el siglo V a los diáconos les era encomendada la tarea del registro y cuidado de los bienes de la Iglesia de Roma, así como la administración de los recursos para ayudar a los pobres. San Agustín (354-430) destacó su labor como diácono en uno de sus sermones: “La Iglesia de Roma nos invita hoy a celebrar el triunfo de San Lorenzo, que superó las amenazas y seducciones del mundo, venciendo así la persecución diabólica. Él, como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono de aquella Iglesia. En ella administró la sangre sagrada de Cristo, en ella, también, derramó su propia sangre por el nombre de Cristo”. Con estas palabras, San Agustín coloca a San Lorenzo como ejemplo de entrega total al Señor, al punto de imitarlo entregando la propia sangre. El Papa San Sixto II, mártir San Lorenzo nació en Huesca, Hispania (España), alrededor del año 225. Fue uno de los siete diáconos “regionarios” de Roma, es decir, tenía a su cargo una de las “regiones” o “cuarteles” de la ciudad. Los diáconos tenían la tarea de asistir al Papa, obispo de Roma, en el cuidado pastoral de los fieles. Lorenzo, gracias a su servicio, gozó de la cercanía del Papa de aquel entonces, San Sixto II, quien moriría también martirizado. De acuerdo a la tradición, el Papa Sixto II fue ejecutado tres días antes que Lorenzo por manos de los soldados del emperador. El Pontífice había sido apresado mientras celebraba la Eucaristía en uno de los cementerios de la Ciudad Eterna -práctica específicamente prohibida por el emperador bajo amenaza de muerte-. El emperador Valeriano (253-260) había iniciado una de las persecuciones más desconcertantes. Estaba preocupado por el financiamiento de las campañas romanas y se le ocurrió que los bienes y posesiones de los cristianos debían cubrir cierto déficit en ciernes. La primera medida que tomó fue la confiscación de sus cementerios. Poco después el Senado respaldó a Valeriano con un conjunto de medidas adicionales: todas las manifestaciones públicas cristianas quedaban prohibidas y las autoridades eclesiales debían ser ejecutadas sin consideración. La tradición cuenta que San Lorenzo, al ver que iban a matar a Sixto II, le dijo: “Padre mío, ¿te vas sin llevarte a tu diácono?” y el Santo Padre le respondió: “Hijo mío, dentro de pocos días me seguirás”. Estos son los tesoros de la Iglesia Entonces, Lorenzo, considerando que moriría pronto, juntó todos los bienes de la Iglesia de los que disponía en ese momento -como diácono tenía esa potestad-, y empezó a venderlos y repartir el dinero entre los necesitados. La autoridad imperial encargada de la ciudad sabía muy bien que Lorenzo era el administrador de los bienes eclesiales y lo mandó llamar. Una vez que Lorenzo estuvo en su presencia, el prefecto le exigió que entregue las riquezas a su cargo para costear la próxima campaña militar del emperador. El santo le pidió tres días de plazo para cumplir el cometido, a lo que el prefecto asintió. Con esto, Lorenzo quería ganar tiempo suficiente para deshacerse de todo. El joven diácono mientras tanto convocó a los pobres de Roma: lisiados, mendigos, huérfanos, viudas, ancianos, mutilados, ciegos y leprosos -a los que habitualmente ayudaba con limosnas-, reuniendo un número significativo de ellos. Una vez congregados se presentó con ellos ante la autoridad y le dijo: “Estos son los tesoros más preciados de la Iglesia de Cristo”. Assum est [asado está] Por esta acción, considerada una afrenta, Lorenzo fue condenado a muerte en el acto por el prefecto. La orden era que muriese lenta y dolorosamente. Se le colocaría sobre una parrilla de hierro encendida hasta que muera. Sería la paga por haber desafiado la autoridad del emperador. El relato de su martirio da cuenta del esplendor de su rostro ante la muerte, y la leyenda señala que podía sentirse un aroma agradable en medio de la cruel escena. Ese mismo relato añade las palabras que Lorenzo, fortalecido por la gracia, alcanzó a pronunciar mientras se quemaba, para sorpresa de sus verdugos: “Assum est, inqüit, versa et manduca” [“Asado está, parece, dale la vuelta y come”]. San Lorenzo murió ese 10 de agosto del año 258. Tenía unos 33 años. La sangre de los mártires, semilla de cristianos El martirio de San Lorenzo produjo un crecimiento del número de bautizados y un golpe muy fuerte para los enemigos de la Iglesia. Por su testimonio, muchos paganos abrazaron la fe en Cristo. La devoción a este gran santo se ha expandido por todo el mundo y muchos pueblos y ciudades hoy llevan su nombre. En Roma, la Basílica de San Lorenzo es considerada la quinta en importancia en la ciudad. San Lorenzo y el Papa Francisco El 10 de agosto de 2019, el Papa Francisco dedicó un breve mensaje en redes sociales dedicado a San Lorenzo: “El testigo cristiano, en el fondo, anuncia solo esto: que Jesús vive y es el secreto de la vida. #SanLorenzoMártir”. Como dato anecdótico, el club de fútbol favorito del Papa Francisco lleva el nombre del diácono mártir: el Club Atlético San Lorenzo de Almagro. Dicho nombre fue puesto por uno de los fundadores de la institución, el sacerdote salesiano P. Lorenzo Massa.

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Santa Edith Stein, 9 de agosto.

Cada 9 de agosto la Iglesia Católica celebra a Santa Edith Stein, carmelita descalza, filósofa, mística judío alemana y mártir. Edith -quien adoptaría el nombre religioso de Sor Teresa Benedicta de la Cruz- nació en Breslau el 12 de octubre de 1891, en tiempos en los que dicha ciudad era todavía una provincia alemana, que posteriormente pasaría a formar parte de Polonia. Amor a la sabiduría Edith nació en el seno de una familia judía y fue educada como tal. Sin embargo, durante su adolescencia y los primeros años de juventud empezó a cuestionar su religión paulatinamente hasta que terminó abrazando el ateísmo. Años más tarde, convertida en prominente estudiante de filosofía de la universidad de Gotinga (Alemania), tomó contacto con la “fenomenología” -novedosa perspectiva filosófica en ese momento-, caracterizada por la pretensión de base de renovar las ciencias y el saber. Edith destacó como estudiante gracias a su penetración intelectual. Enterado de ello, el filósofo Edmund Husserl -padre de la fenomenología- la escogió como asistente de cátedra. Edith ocupó ese puesto incluso antes que Martín Heidegger, otro de los más importantes filósofos del siglo XX. Tras superar las dificultades relativas a su condición de mujer dentro del mundo académico del momento, Edith obtuvo el título de Filosofía de la Universidad de Friburgo. La Primera Guerra y la Cruz Roja La joven filósofa poseía un elevado sentido de la solidaridad. Desatada la Primera Guerra Mundial, se enlistó en la Cruz Roja como enfermera y fue destacada a un hospital de campaña. Los años siguientes fueron muy duros: Edith conoció de manera directa la tragedia de la guerra y experimentó con creces lo que significa la fragilidad humana. En medio de las terribles circunstancias que la rodearon, ella se esforzó por ser siempre  amable, generosa y servicial. El encuentro con Cristo a través de Santa Teresa de Ávila Terminada la guerra, en 1921, Edith decide visitar a una amiga que había quedado viuda, con el propósito de hacerle compañía. Grande fue su sorpresa al encontrarla con una serenidad y resignación fuera de lo común: quedó impactada por la paz y la fe que irradiaba aquella mujer, a pesar del dolor a causa de su pérdida. Su amiga, entonces, le confesó que lo que la sostenía era la fe en Dios. Casi de inmediato, Edith se interesa en la fuente de aquella paz espiritual que anhelaba: el cristianismo. Luego lee la autobiografía de Santa Teresa de Jesús. Por ese entonces, varios de sus amigos y colegas del círculo fenomenológico pasaban por experiencias similares. Más de uno se había convertido al catolicismo, lo que aumentó la intensidad de su interés. Aquel acercamiento intelectual y espiritual a la vida de Teresa de Ávila la transformó profundamente. Un radical cuestionamiento sobre el sentido de la propia vida y la búsqueda de la verdad culminaron en el “abrazo” a la fe católica. “Como católica me siento más judía” (Edith Stein) Después de un tiempo de purificación personal pidió ser bautizada. Buscó la ayuda de un sacerdote y, después de una etapa de preparación, recibió el sacramento de la iniciación en 1922. Edith había encontrado por fin aquello que siempre buscó desde lo hondo de su ser. No era raro escucharla decir -ya siendo religiosa- que al haberse hecho católica, de una manera muy peculiar, “se sentía más judía”: el pueblo judío había esperado por un mesías, y ella lo había encontrado. Jesucristo era ahora el sentido de su fe y vida. Vocación religiosa Paulatinamente fue brotando otro cuestionamiento: la inquietud vocacional. Edith continúa su itinerario personal acompañada de un director espiritual. Ingresa a trabajar como profesora en la escuela de formación de maestras de las dominicas de Santa Magdalena; dicta conferencias, traduce libros, destaca profesionalmente, y, cada vez que puede, se escapa para encontrar la paz que necesita. Su lugar favorito era la abadía benedictina de Beuron. Mientras tanto, la situación política en Alemania empeora -son años de deterioro moral en su país-. El régimen nacional-socialista la identifica y le prohíbe la enseñanza. A pesar de ello, Edith no se desanima. Su fe ha madurado y se descubre llamada a la vida religiosa: ingresa al Carmelo en Colonia como postulante. Con ese paso, rompe definitivamente con su pasado, y renuncia al prestigio y la fama del mundo académico. El 15 de abril de 1934 toma el hábito carmelita y cambia su nombre a Teresa Benedicta de la Cruz. Un mundo sin Dios Para ese entonces, la situación de los judíos se había tornado dramática y Edith pide ser trasladada de monasterio para no poner en riesgo la vida de sus compañeras. Es enviada a una comunidad en Holanda junto con su hermana Rosa, quien también se había convertido al cristianismo y servía como hermana lega. Los nazis amenazan con deportar a los judíos de Europa, incluyendo a los conversos. El derrotero tomado por el partido ya generaba el rechazo del mundo libre y la condena internacional. La Iglesia Católica, a través de las gestiones del Papa Pío XII se convierte en bastión de defensa del pueblo judío. A pesar de las innumerables presiones que recibe, Pio XII se mantiene firme del lado de los perseguidos y maltratados. El camino de la Cruz Las fuerzas nazis de ocupación en Holanda declaran a todos los católicos judíos como “apátridas”, por lo que deberán ser detenidos y deportados. Así, un contingente militar nazi ingresa al convento carmelita donde viven Edith y Rosa y se las llevan. Ambas son trasladadas al campo de concentración de Westerbork (Países Bajos). Edith, en medio de aquella situación extrema, se preocupa por ayudar y consolar a sus compañeros de prisión. Las condiciones en las que viven incluyen humillaciones, tortura y, por supuesto, la muerte. Semanas después, Edith y Rosa son enviadas al campo de concentración de Auschwitz (territorio de ocupación en Polonia). Forman parte de un grupo de unos mil judíos. Las hermanas Stein arriban el 9 de agosto de 1942. Después solo sucede lo inevitable: los prisioneros recién llegados son organizados para

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Santo Domingo de Guzmán, 8 de agosto.

Cada 8 de agosto la Iglesia Católica celebra a Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores. En cuna de santos Domingo nació el 8 de agosto de 1170, en Caleruega, Burgos (España). Su madre fue la Beata Juana de Aza, y su padre, el Venerable don Félix Núñez de Guzmán. De los 14 a los 28 años Domingo vivió en Palencia, donde recibió una cuidadosa educación en artes (humanidades), filosofía y teología. Posteriormente, en dicha ciudad, se desempeñó como profesor de la escuela catedralicia por un periodo de cuatro años. Generosidad y desprendimiento Para 1190, Domingo ya había terminado la carrera y recibido la tonsura. Por ese entonces en la Península Ibérica se vivía un clima de tensión: a la presencia bélica de los moros -la población árabe-musulmana- en España, se añadían continuos enfrentamientos entre los príncipes y señores cristianos. En la región de Palencia se produjo entonces una gran hambruna. Tal situación tocó profundamente a Domingo quien, compadecido por la miseria en la que muchos vivían, decidió ponerse al servicio de los más necesitados. Se deshizo de gran parte de sus pertenencias y de su biblioteca personal con el propósito de reunir algún dinero y donarlo. Hacer de uno mismo una ofrenda Cierto día, se presentó ante Domingo una mujer con el rostro cubierto de lágrimas. Ella le relató al santo cómo su hermano había caído prisionero de los moros y cómo estos se lo habían llevado. Domingo, de inmediato, decidió ofrecerse a sí mismo en rescate por aquel hombre. Ese solo gesto, lleno de valentía y generosidad, hizo que los captores del muchacho desistieran del propósito de retenerlo. Al final, no fue ni siquiera necesario que Domingo se entregara. La determinación que había mostrado fue suficiente y le valió el reconocimiento popular. Anunciar al Señor con propiedad Domingo, a los 24 años de edad, fue llamado por el obispo de Osma para ocupar el cargo de canónigo de la catedral, y, un año después, fue ordenado sacerdote. Más adelante, el prelado tuvo que viajar a Dinamarca por encargo del rey Alfonso VIII y decidió llevar a Domingo consigo. Durante el viaje, el santo quedó impactado por el alcance que tenía la herejía albigense (catarismo) en aquellas tierras. Eso lo llevó al convencimiento de que una buena predicación del Evangelio era indispensable, y que si se predicaba de manera didáctica sería posible apartar del error a los incautos, y así fortalecer la fe del pueblo. La Orden de los predicadores Para 1207, Santo Domingo se encontraba completamente dedicado a su labor misionera y apostólica. Junto a él se había formado un grupo de compañeros que compartían el deseo de ser buenos predicadores. Como Domingo, ellos también habían dejado atrás todo tipo de comodidades y vivían ahora de la limosna. Domingo se aboca a la formación de sacerdotes para que prediquen con locuacidad la sana doctrina. Más tarde fundaría la Orden de Predicadores (cuyos miembros serían después conocidos como ‘dominicos’). La Orden fue constituída en Toulouse (Francia), durante la denominada Cruzada albigense, luego sería confirmada por el Papa Honorio III, el 22 de diciembre de 1216.​ A lo largo de su vida, Domingo recibió hasta tres pedidos papales para ser obispo, pero siempre declinó para ocuparse de la Orden que había fundado. Los años posteriores a 1216 fueron de un esfuerzo espiritual extenuante; el santo no descansaría hasta ver consolidada su fundación. El Rosario Según la tradición, respaldada por numerosos documentos pontificios, cierta noche, Santo Domingo, estando en oración tuvo una visión en la que la Virgen María aparecía en su auxilio y le entregaba el Rosario, refiriéndose a este como el arma más poderosa para ganar almas. La Virgen le enseñó a rezarlo y le pidió que hiciera lo mismo con todo aquél que pudiese. Ella hizo además una promesa: todo aquel que lo rezara obtendría gracias abundantes. Así, Domingo se convertiría en el más grande propagador de la oración a Nuestra Madre, el Santo Rosario, la oración mariana por excelencia. Santo Domingo de Guzmán, quien conoció y trató a San Francisco de Asís, fundador de los Frailes Menores -la otra gran orden mendicante-, partió a la Casa del Padre en Bolonia (entonces parte del Sacro Imperio Germánico, hoy Alemania) el 6 de agosto de 1221. Tenía 50 años. El Papa Gregorio IX lo canonizó en 1234. En su discurso, el Pontífice dijo de Domingo: “De la santidad de este hombre estoy tan seguro como de la santidad de San Pedro y San Pablo”. Órdenes mendicantes y espíritu misionero Los dominicos y franciscanos -ambas integrantes de las llamadas órdenes mendicantes- se convirtieron en los pilares que sostuvieron a la Iglesia durante las crisis del siglo XIII y la baja Edad Media. Hoy, con renovado ardor, los hijos de Santo Domingo siguen invitados a la hermosa aventura de predicar a Cristo. Hace solo unos años (2021) se celebró el VIII Centenario de la muerte de Santo Domingo de Guzmán. Con ocasión de ello, el Papa Francisco envió una carta a al hermano Gerard Francisco Timoner O.P., Maestro General de la Orden de Predicadores, en la que le decía: «En nuestro tiempo, caracterizado por grandes transformaciones y nuevos desafíos a la misión evangelizadora de la Iglesia, Domingo puede servir de inspiración a todos los bautizados, llamados, como discípulos misioneros, a llegar a todas las “periferias” de nuestro mundo con la luz del Evangelio y el amor misericordioso de Cristo. Hablando de las líneas temporales perennes de la visión y el carisma de santo Domingo, el Papa Benedicto XVI nos recordaba [Audiencia general, 3 de febrero de 2010] que ”en el corazón de la Iglesia debe arder siempre un fuego misionero”».

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Beato Jaime Armando Oscar Valdés, 7 de agosto.

Su vida Nace en La Habana, Cuba, el año 1891 e ingresa en la Orden en Ciempozuelos en el mes de febrero de 1913. Forma parte de las comunidades de Ciempozuelos y San Rafael, de Madrid; destinado a Colombia (1920), es nombrado superior de Bogotá (1928-1931), vicesuperior de Barcelona (1931) y pasa a Valencia (1934), donde se encarga de la farmacia y ropería. Decía: «Pelean Dios y Lucifer, y no han de salir con la suya». La noche del 7 de agosto, junto con el superior, es levantado de la cama y ejecutado, muriendo cerca del hospital mientras gritaba ¡Viva Cristo Rey! Tenía 45 años. No se conservan sus restos. Todos ellos tuvieron la oportunidad de abandonar los hospitales donde servían, y así salvar la vida, pero decidieron quedarse con los enfermos y niños a los que atendían. «Me quedo junto a los enfermos, pase lo que pase, y quiero correr la misma suerte que el resto de los Hermanos», se sabe que dijeron varios de ellos. También hay testimonios de perdón a los enemigos: «Vosotros me mataréis, pero yo rogaré por vosotros», dijo el Hermano Gumersindo a los milicianos que, poco antes, le habían detenido mientras servía la cena a los enfermos. Fue abandonado por sus progenitores en el torno de la Casa de Maternidad y Beneficencia de La Habana. Allí le bautizaron y le pusieron el nombre de Armando Óscar. Las religiosas Hijas de la Caridad que atendían aquella casa le enseñaron a descubrir que Dios es padre y madre de aquellos que se confían a Él. En los años de la Casa Cuna formó parte de la célebre banda de Beneficencia de La Habana y aprendió un oficio, zapatero, que le permitió sostenerse económicamente al salir de esa Institución. Durante aquellos años en su corazón surgió el deseo de consagrarse a Dios y dedicarse a la vida hospitalaria. Tras la muerte del querido fray José Olallo Valdés, en el hospital de Camagüey, la orden hospitalaria había desaparecido en Cuba. Para poder ser religioso hospitalario tuvo que abandonar su querida patria y trasladarse a Ciempozuelos, España. Allí empezó a identificarse con el carisma caritativo de San Juan de Dios: amar y servir a los enfermos. Al terminar su formación como enfermero, fue admitido a profesar en este instituto tan querido, para ello tomó el nombre de fray Jaime. Sus primeros destinos como religioso hospitalario fueron las casas en Ciempozuelos, Pamplona y San Rafael (Madrid). En 1920 la Orden hospitalaria de San Juan de Dios regresa a Colombia y se pedían misioneros para rehacer presencia en este país. Se ofreció así como voluntario y pronto fue enviado a esta tierra  como un religioso más. En 1928 fue destinado a prestar sus servicios en la Casa de Bogotá, ejerciendo el cargo de prior de este centro hospitalario. Después de darse sin medida en medio de los enfermos colombianos, fue llamado nuevamente a España, ahora al Hospital Infantil de Barcelona (1931). Después de una breve estancia en  Carabanchel Alto, la obediencia le destino a la comunidad del Asilo – Hospital de La Malvarrosa, Valencia (1936) encargado de la sección de la ropería y de la farmacia. Era una obra caritativa que acogía a  “niños escrofulosos, raquíticos, lisiados y huérfanos pobres”. En esta casa donde se atendían a niños discapacitados, conoció los horrores de la llamada Guerra Civil Española: arrestados en su propia casa, fueron asediados por los milicianos que registraron sus dependencias continuamente. En su afán de buscar armas que no existían, robando y destruyendo cuanto objeto religioso, que encontraron a su paso. No se dieron cuenta de que su única arma era ese Cristo crucificado que habían mutilado y destrozado.   El 7 de agosto de 1936 después de un riguroso registro con amenazas y groserías, escucho decir al prior: “Estaba convencido de que me mataban aquellos energúmenos; si esta vez no lo han hecho, no tardarán mucho en fusilarme, pero estoy muy conforme en dar la vida por el triunfo de la religión y de España” Nuevamente, regresaron los milicianos en la noche,  irrumpen para registrar una vez más el hospital, además de exigir todo el dinero que había quedado para pagar los suministros de la institución.   En esta ocasión obligan al superior de la casa a acompañarles; sin dudarlo, el beato Jaime se ofreció para acompañarle en aquella hora de las tinieblas. Pasando nuevamente por cada habitación y dependencia de la residencia, en su cuarto encuentran un aparato de tomar la presión que confunden con un aparato de trasmisión en clave Morse. Le acusan de espía y al buen superior, fray Leoncio, de cómplice. No hay manera de explicar a entender y son arrestados. Esa noche, en el campo llamado “Les Oliveretes”, muy cerca del Hospital caen martirizados  por las balas comunistas. Fecha de beatificación: 13 de octubre de 2013, durante el pontificado de S.S. Francisco. La Orden Hopitalaria de San Juan de Dios ha dado a España 95 mártires, 71 de ellos beatificados por el Papa Juan Pablo II, a los que se suman este grupo de 24 religiosos, cuyo martirio fue aprobado por el Papa Francisco el 5 de julio de 2013. ORACIÓNAcudimos a ti, Jesús,que eres el divino Samaritano y el mártir del Gólgota,recordando a los Mártires Hospitalarios de San Juan Dios.Tú prometiste confesar delante de tu Padre celestiala quién te confesara ante los hombres.Los Beatos Hno. Mauricio Íñiguez de Herediay 23 Hermanos compañeros mártirestestimoniaron, con su vida hospitalaria y con su muerte por la fe,la autenticidad del amor a ti en el servicio de los pobres y enfermos.Con la humildad y confianza, apoyados en tu palabra fielunida a los méritos de su sacrificio,te pedimos, por la intercesión de éstos tus bienaventurados mártires,nos concedas la gracia que ahora imploramospara gloria tuya y nuestra salvación. Así sea. Padre Nuestro, Ave María, Gloria

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Transfiguración del Señor, 6 de agosto.

Cada 6 de agosto la Iglesia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor, ocurrida en presencia de los apóstoles Juan, Pedro y Santiago.  Dos cosas definen el momento: la conversación entre Jesús con Moisés y Elías, y la voz de Dios que irrumpe desde una nube diciendo: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo” (Lc. 9, Mc. 9, Mt. 17). De acuerdo al relato evangélico, la Transfiguración ocurrió en un monte alto y apartado llamado Tabor, que en hebreo quiere decir “el abrazo de Dios”. En el Catecismo En referencia a este extraordinario episodio, el Catecismo de la Iglesia Católica (555) señala: “Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para ‘entrar en su gloria’ (Lc 24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén”. “Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías (cf. Lc 24, 27). La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre”, añade el Catecismo.  “Señor, ¡qué bien se está aquí!” San Jerónimo comenta el pasaje con expresiones que subrayan la predilección de Dios Padre por Jesús: “Este es mi Hijo, no Moisés ni Elías. Éstos son mis siervos; aquél, mi Hijo. Éste es mi Hijo: de mi misma naturaleza, de mi misma sustancia, que en Mí permanece y es todo lo que Yo soy. También aquellos otros me son ciertamente amados, pero Éste es mi amadísimo. Por eso escuchadlo (…) Él es el Señor, estos otros, los consiervos. Moisés y Elías hablan de Cristo. Son consiervos vuestros. No honréis a los siervos del mismo modo que al Señor: prestad oídos sólo al Hijo de Dios”, concluye la meditación del santo traductor de la Biblia. Por su parte, Santo Tomás de Aquino subraya el aspecto trinitario de esta teofanía [manifestación divina]: “Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa”. Finalmente, es importante ponderar la reacción de los testigos directos del milagro. Cuando la Transfiguración acabó, Pedro, quien había dicho “Señor, ¡qué bien se está aquí!” (Mt 17, 4), desciende del monte sin comprender lo que ha pasado. San Agustín, en un sermón, alude al apóstol con unas hermosas palabras que nos recuerdan, tal y como Jesús le recordó a Pedro, que la vida no puede detenerse, que estamos de paso y que la contemplación definitiva de Dios solo es posible en el cielo: “Desciende (tú, Pedro) para penar en la tierra, para servir en la tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el Camino desciende para fatigarse andando; la Fuente desciende para sentir la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir?” Llegará el día sin final, en el que diremos “¡qué bien se está aquí!” y permaneceremos en presencia del Transfigurado para siempre, en toda su gloria y esplendor.  La Transfiguración como «antídoto« Es posible decir que hoy, muchísima gente experimenta una sensación de declive en la vida social o en la cultura. Incluso, algunos han caído en la desesperanza o el agotamiento espiritual. Frente a estos fenómenos, Cristo aparece hoy, más ‘blanco’ que nunca, radiante, lleno de Luz. En Él renace nuestra confianza en que lo mejor siempre está por venir, y que aquello que está mal, siempre podrá ser transformado.  No caigamos en la tentación del desaliento, la vieja estrategia para olvidar las maravillas del amor de Dios, aun en las circunstancias más difíciles. El Papa Benedicto XVI señalaba, el 6 de agosto de 2013, a propósito de esta fiesta: «¡Cuánta necesidad tenemos, también en nuestro tiempo, de salir de las tinieblas del mal para experimentar la alegría de los hijos de la luz! Que nos obtenga este don María, a quien ayer, con particular devoción, recordamos en la memoria anual de la dedicación de la basílica de Santa María la Mayor». ¡Feliz fiesta de la Transfiguración del Señor!

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Virgen de las Nieves, 5 de agosto.

Cada 5 de agosto la Iglesia celebra la festividad de Nuestra Señora de las Nieves, advocación mariana que data de los primeros siglos de la era cristiana y que se halla muy extendida en países como España, Portugal e Italia. Asimismo, cuenta con innumerables devotos en Hispanoamérica. El origen de la devoción a la Virgen de las Nieves está vinculado al ícono Salus Populi Romani ‘Salud’ o ‘Salvación’ del pueblo romano], título con el que los cristianos del Imperio solían invocar a la Madre de Dios. Hasta el siglo XIV las festividades dedicadas a esta advocación se realizaban sólo en Roma, pero a partir del siglo XVII se extendieron universalmente por voluntad del Papa San Pío V (1566-1672). El amor de los esposos, don de la Iglesia De acuerdo a una antigua tradición, en el siglo IV, vivía en Roma una piadosa pareja de esposos cristianos, de origen noble. Ambos se reconocían bendecidos por la fe que habían acogido y porque Dios les había concedido abundantes bienes materiales. Sin embargo, algo les faltaba: no tenían hijos. Por años rezaron pidiendo al Señor que los bendijera con un hijo a quien amar y heredar sus posesiones, pero parecía que Dios no los escuchaba. Pasado el tiempo, tomaron una decisión: nombrar a la Virgen María como “heredera” y donar sus riquezas para que se extendiera su culto. En respuesta, la Madre de Dios se les apareció una calurosa noche de verano, un 4 de agosto, y les expresó su deseo de que se construyera una basílica en el Monte Esquilino, una de las siete colinas de Roma. La señal para encontrar el lugar propicio -dijo la Virgen- sería aquel que estuviera cubierto de nieve. Esto parecía poco menos que un absurdo -dadas las condiciones típicas del verano en el hemisferio norte-. Mientras tanto, la Virgen tocaba otros corazones: se le apareció también al Papa Liberio (352-366) dándole el mismo mensaje. Y la nieve fue la señal Al día siguiente, 5 de agosto, mientras el sol de verano hacía arder el suelo romano, la ciudad entera se quedó admirada al ver sobre el Monte Esquilino un área cubierta de nieve. Al lugar acudieron los esposos, llenos de gozo porque todo había sucedido como la Virgen lo había anunciado. Lo mismo hizo el Sumo Pontífice, quien llegó al monte en solemne procesión. La nieve cubría un área suficiente para albergar una gran edificación. Liberio, acto seguido, ordenó trazar el perímetro exacto que cubría la nieve, antes de que esta desapareciera. El mismo Papa ayudó en el trazo, así como, después, en la colocación de las primeras piedras de la futura Basílica. Los esposos ofrecieron al Pontífice contribuir financiando la construcción. Piedad filial: la Basílica de Santa Maria Maggiore Años después, en el siglo V, tras el Concilio de Éfeso (431), en que se proclamó a María como Madre de Dios, el Papa Sixto III (432-440) erigió la actual basílica sobre la iglesia precedente. Esta Basílica es la que hoy se conoce como Santa Maria Maggiore [Santa María, la Mayor] cuya dedicación también se celebra el 5 de agosto. A través del tiempo se han hecho remodelaciones, restauraciones, ampliaciones y modificaciones al templo, pero respetando el espíritu con el que aquellos esposos señalados por la tradición dieron su fortuna en honor a la Santísima Virgen. Hoy, los fieles, para conmemorar este famoso milagro, cada aniversario lanzan pétalos de rosas blancas desde la bóveda de la Basílica durante la celebración de la Eucaristía. Devoción Argentina, España, Francia, México, Perú, Colombia y Venezuela son algunos de los países en los que la Virgen de las Nieves es venerada y ejerce incontables patronazgos. En distintas regiones o zonas de estas naciones, cada 5 de agosto se celebran liturgias, procesiones, romerías o peregrinaciones. Todas estas en honor de la Virgen María, Nuestra Señora de las Nieves.

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San Juan María Vianney, 4 de agosto.

Cada 4 de agosto la Iglesia Católica celebra a San Juan Bautista María Vianney (1786-1859), el Santo Cura de Ars, patrono de todos los sacerdotes y, de manera especial, de aquellos que sirven como párrocos. A San Juan María Vianney se le conoce como el ‘Santo Cura de Ars’ -expresión que en francés se dice Curé d’Ars y que equivale también a ‘el párroco de Ars’-. Ars es el nombre del pueblo francés donde este gran sacerdote fungió precisamente de párroco: Ars-sur-Formans, localidad ubicada a 30 km de la ciudad de Lyon. Un difícil comienzo San Juan María Vianney nació en Dardilly (Francia), el 8 de mayo de 1786. Fue el tercero de seis hermanos, miembros de una familia de campesinos. Estudió por un breve tiempo en la escuela comunal de su pueblo. Luego, en 1806, ingresó a la recientemente creada escuela especial para aspirantes a eclesiásticos. Allí, lamentablemente, tuvo sus primeros sinsabores académicos: Juan María parecía bastante limitado para el estudio. Con mucho esfuerzo el santo logró adquirir los conocimientos mínimos de aritmética, historia y geografía como para permanecer en la institución, mientras que con el latín todo se le puso cuesta arriba. Para su mayor desventura, esta es la lengua eclesiástica por excelencia y, sólo por esa razón, sus maestros dudaban si era o no apto para la carrera eclesiástica. En otras palabras: estuvo en sus manos haberle cerrado las puertas de la formación. Sin embargo, Dios quiso que no fuera así. Uno de sus compañeros, Matthias Loras, futuro obispo de Dubuque, lo ayudó con las lecciones de la antigua lengua de Julio César, Cicerón y San Agustín, de manera que Juan Bautista María pudo salvar la materia. Ese mismo año, 1806, el santo recibiría la dispensa del servicio militar por ser aspirante al sacerdocio. Esa situación se mantuvo hasta 1809, año en que fue reclutado para el ejército de Napoleón y enviado a Lyon. Su destino sería integrar las fuerzas que se alistaban para invadir España. El 6 de enero de 1810, Juan Bautista desertó haciéndose pasar por un tal Jerónimo Vincent. Tuvo que ocultarse por un tiempo hasta que llegó, en octubre de ese mismo año, a casa de un sacerdote amigo, el P. Balley. El 28 de mayo de 1811, el santo recibiría la tonsura. Humilde sacerdote, sacerdote humilde A los 26 años, Juan María ingresó al Seminario Menor de Verrieres, donde podría llevar la filosofía en francés -lo que ablandaba los estudios-. Allí fue compañero de clase de San Marcelino Champagnat, fundador de los maristas. Juan María fue ordenado sacerdote el 13 de agosto de 1815 y enviado a Ecully como ayudante de Monseñor Don Balley, su viejo amigo, quien fuera el primero en animarlo en su vocación sacerdotal. Balley había hecho, tiempo atrás, hasta lo indecible por el joven sacerdote: lo había defendido tras ser expulsado del Seminario Mayor por falta de idoneidad académica (bajo rendimiento). Ahora, el P. Juan María estaba al lado de Don Balley, su preceptor y protector, listo para cooperar en el servicio. Años después, a la muerte de Balley, el P. Juan María Vianney fue enviado como clérigo a Ars, un pueblo pequeñito de 250 habitantes, casi todos pobres. Desde ese lugar, al que llamaba el “último de la diócesis y quizás de toda Francia”, el cura iniciaría una revolución espiritual que cambiaría para siempre a toda la nación. Arrebatar almas al demonio A San Juan María Vianney se le considera el paradigma de todo buen confesor. Poseía dones extraordinarios como la profecía o la capacidad para adentrarse en las profundidades del alma humana. Su espíritu intuitivo, compenetrado con la gracia de Dios, fue capaz de penetrar las intenciones ocultas de muchos de los corazones que se acercaban en busca de perdón, pero que no siempre eran humildes o transparentes. Al mismo tiempo, el P. Vianney fue un hombre de gran humildad y capacidad de discernimiento, virtudes indispensables que lo hicieron un pastor modélico. En repetidas oportunidades el Cura de Ars fue blanco de los ataques directos del demonio, a los que hizo frente exitosamente gracias a su alma ligera, siempre de cara al Cielo y fortalecida por la mortificación, el ayuno, la oración y el servicio. Con estas “armas” la gracia de Dios permanece sólida en el interior. Su celo pastoral -su auténtica pasión por la salvación de las almas- lo llevó a pasar largas horas en el confesionario, casi a diario, con el propósito -como él mismo solía decir- de “arrebatarle almas al demonio”. Rápido y ligero para asestar los golpes El santo párroco vivía muy desprendido de las cosas materiales, a las que trató con la libertad de los hijos de Dios: fue tan desapegado a todo que alguna vez llegó a regalar ¡su propia cama! (así fue como adquirió la costumbre de dormir en el suelo de su habitación). Llevó también una vida ascética: practicaba habitualmente el ayuno y cuando no, le bastaba comer algo muy sencillo. Solía decir que “el demonio no le teme tanto a la disciplina y a las camisas de piel, como a la reducción de la comida, la bebida y el sueño». Sin bajar la guardia jamás Son bastante conocidos los episodios en los que el demonio trató de amedrentarlo o distraerlo sin éxito: en una oportunidad hizo temblar su casa hasta por 15 minutos para que deje de orar; en otra ocasión quiso que abandonara la misa que estaba celebrando ocasionando un incendio en su habitación. El santo manejó con ejemplar serenidad ambos momentos: no detuvo su oración y no se movió del altar respectivamente. El día del incendio se limitó a pedirle a uno de los monaguillos que vaya y apague el fuego, mientras acababa de celebrar. Ciertamente, también hubo noches terribles en las que el demonio no dejaba de perturbarlo con fuertes ruidos que no le dejaban dormir, mientras se burlaba de él sugiriendo que abandonara el ayuno: “Ya es suficiente” era el grito que atormentaba su mente. Con todo, el Cura de Ars se mantuvo firme

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