Santo del Día

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Santa Lidia de Tiatira, 3 de agosto.

Primera Cristiana de Europa y Mujer de Fe. Santa Lidia de Tiatira es una de las figuras más destacadas del cristianismo primitivo, recordada como la primera persona en Europa en convertirse al cristianismo. Su historia, relatada en el Libro de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a una mujer valiente, generosa y abierta a la gracia de Dios. Su testimonio sigue siendo una inspiración para todos los que buscan vivir su fe con autenticidad y entrega. Santa Lidia era originaria de Tiatira, una ciudad de Asia Menor (actual Turquía), conocida por su industria textil y especialmente por la producción de telas teñidas de púrpura, un color reservado para la realeza y la élite. Lidia se trasladó a Filipos, en Macedonia, donde se estableció como comerciante de púrpura, lo que sugiere que era una mujer de recursos económicos y con una posición destacada en la sociedad. Además de ser una mujer emprendedora, Lidia era una temerosa de Dios, es decir, una gentil que simpatizaba con el judaísmo y adoraba al Dios de Israel sin haberse convertido completamente al judaísmo. Encuentro con San Pablo y conversión El momento más importante en la vida de Lidia ocurrió cuando el apóstol Pablo llegó a Filipos en su segundo viaje misionero. Según el relato de los Hechos de los Apóstoles (Hechos 16, 13-15), Pablo y sus compañeros solían predicar en las afueras de la ciudad, junto al río, donde las mujeres se reunían para orar. Lidia escuchó atentamente la predicación de Pablo y, en ese instante, el Señor abrió su corazón para recibir el mensaje del Evangelio. Conmovida por la palabra de Dios, pidió el bautismo para ella y toda su familia, convirtiéndose en la primera cristiana de Europa. Una mujer hospitalaria y generosa Tras su conversión, Lidia no solo abrazó la fe con alegría, sino que abrió las puertas de su casa para Pablo y sus compañeros, ofreciendo hospitalidad y apoyo en su misión evangelizadora. Su hogar se convirtió en el primer centro cristiano en Filipos, donde los nuevos creyentes se reunían para orar y compartir la fe. Este gesto de Lidia refleja su corazón generoso y su papel fundamental en la expansión del cristianismo en Europa. Su casa probablemente se convirtió en una de las primeras iglesias domésticas, que fueron esenciales en los primeros tiempos de la Iglesia. Últimos años y legado Aunque el Nuevo Testamento no menciona más detalles sobre la vida de Lidia después de su conversión, la tradición sostiene que continuó apoyando a la comunidad cristiana en Filipos y que su testimonio de fe dejó una huella imborrable. Su ejemplo como mujer creyente, emprendedora y hospitalaria sigue siendo una inspiración para la Iglesia hasta el día de hoy. Día de Santa Lidia de Tiatira y su significado La Iglesia celebra la fiesta de Santa Lidia de Tiatira el 3 de agosto. Esta fecha nos recuerda su papel clave en la evangelización de Europa y su testimonio de fe, generosidad y apertura a la gracia de Dios. Santa Lidia es considerada patrona de los tintoreros, comerciantes de telas y mujeres emprendedoras, y su historia nos enseña que Dios llama a cada persona, sin importar su condición, a formar parte de su Reino. Oración a Santa Lidia de Tiatira Oh Santa Lidia, mujer de fe y de corazón generoso,tú que escuchaste la voz del Señor y abriste tu corazón a su gracia,enséñanos a estar atentos a su Palabray a responder con amor y entrega a su llamado. Tú que recibiste el bautismo con gozoy acogiste a los discípulos en tu hogar,danos un espíritu de hospitalidad y servicio,para que sepamos compartir nuestra fe con los demásy construir comunidades de amor y fraternidad. Intercede por todos aquellos que buscan a Dios,para que sus corazones se abran a la verdad del Evangelio.Protege a las mujeres trabajadoras y emprendedoras,para que encuentren en su labor un medio de santificación y testimonio cristiano. Oh Santa Lidia,fortalece nuestra fe,danos un corazón generoso y abierto,y ayúdanos a ser luz en medio del mundo,para gloria de Dios y salvación de nuestras almas.Amén. Santa Lidia de Tiatira es un testimonio vivo de cómo Dios actúa en la vida de las personas que están abiertas a su gracia. Su historia nos invita a escuchar la Palabra de Dios con el corazón dispuesto, a vivir la fe con generosidad y a ser instrumentos de evangelización en nuestro entorno. Que su intercesión nos ayude a vivir con fervor y alegría nuestro llamado cristiano. ¡Santa Lidia de Tiatira, ruega por nosotros! 

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Nuestra Señora de los Ángeles, 2 de agosto.

Cada 2 de agosto se celebra a Nuestra Señora de los Ángeles, patrona de Costa Rica. Si bien es cierto los orígenes de esta advocación mariana provienen de Europa, la devoción a la Virgen de los Ángeles puede considerarse como propia de América desde hace ya varios siglos, desde los tiempos de la conquista española. Aunque su presencia y sus devotos están distribuidos en todo el Continente, su arraigo en Costa Rica ha llegado a ser tal que el Congreso de la República de ese país la declaró oficialmente “Patrona de Costa Rica” en 1824. Posteriormente, dicho patronazgo ha sido ratificado hasta en dos oportunidades por el parlamento costarricense: en 1924 y 2002. Dos años después de la primera ratificación, el Papa Pio XI le concedió a Nuestra Señora de los Ángeles la Coronación Pontificia (1926). Este año 2024 se celebra el 389 aniversario del hallazgo, en Cartago (Costa Rica), de la estatuilla que despertó el amor especialísimo que los costarricenses profesan a la Madre de Dios. La imagen La imagen original de la Patrona de Costa Rica es pequeña (de unos 20 cm) y está hecha de roca volcánica, grafito y jade. Es de color negro y por eso sus devotos la llaman cariñosamente ‘la Negrita’. La combinación de minerales de la estatuilla será siempre motivo de curiosidad: de acuerdo a fuentes científicas, si se toma en cuenta el periodo histórico en el que la imagen fue encontrada, no hay cómo explicar con precisión la presencia de grafito en ella (este material no se conocía en América) y, al mismo tiempo, de roca volcánica (prácticamente sin uso en la Europa de ese tiempo). Por eso, ‘la Negrita’ puede ser considerada un símbolo del mestizaje, en el que están fusionados elementos de dos mundos que empezaban a conocerse. Ella es expresión de la unidad americana que se gestó gracias a la fe. Según la tradición, el 2 de agosto de 1635, una mujer a quien la historia ha denominado ‘Juana Pereira’, encontró sobre una roca una imagen de la Virgen María con el Niño Jesús en brazos. El lugar del hallazgo se llamaba Puebla de los Pardos (una alusión a la población de raza negra) en la zona de Cartago (Costa Rica), donde hoy está la Basílica consagrada a esta advocación.   La historia popular afirma que aquella mujer, tras el hallazgo, trasladó la imagen a su casa, y al día siguiente la encontró en el mismo lugar de donde la tomó. Primero pensó que se trataba de una segunda imagen, pero grande fue su sorpresa al percatarse que el lugar donde había dejado la estatuilla el día anterior estaba vació. Volvió a guardar la imagen en un lugar seguro, y lo mismo sucedió al tercer día. Todo indicaba que la imagen era la misma y que por alguna misteriosa razón por sí sola regresaba al mismo lugar. Juana decidió entonces llevarla a la parroquia cerca de su casa, a pedido del sacerdote local. Sin embargo, la imagen siempre desaparecía del lugar donde era llevada y aparecía de nuevo sobre la roca donde fue encontrada por primera vez. Los lugareños interpretaron esto como un signo de que la Madre de Dios deseaba que se construyera un templo en aquel lugar. Primero se construyó una ermita y posteriormente, a inicios del siglo XX, la Basílica. Con el transcurso de los años la veneración a la santa imagen se fue extendiendo en todo el país. La gente empezó a llamarla Nuestra Señora de los Ángeles, por haber aparecido el día en que la Iglesia (particularmente los franciscanos) celebra a la Virgen bajo esa advocación. En el alma de Costa Rica. Desde finales del siglo XIX, miles de personas peregrinan una vez al año al santuario de la Virgen de los Ángeles. Los fieles acompañan el traslado de la imagen desde allí hasta la Catedral de Nuestra Señora del Carmen, donde permanece hasta inicios de septiembre, cuando es devuelta a la basílica en un nuevo traslado. En ambas romerías llegan a participar de dos a tres millones de peregrinos, nacionales y extranjeros. Hoy, día central de las celebraciones, se sienten los ecos de la carta que envió el Papa Benedicto XVI en honor de Nuestra Señora de los Ángeles a todos los católicos de Costa Rica -un gesto que se produjo en el marco de la clausura del Año Jubilar 2011-. En la misiva el Papa afirmó que esta devoción mariana “es un signo sagrado de la religión cristiana y la fe en Latinoamérica”. El Papa recordó, además, que «existen innumerables signos sagrados capaces de difundir la religión cristiana sobre la tierra y de acrecentar la devoción de los fieles», y entre estos testimonios «está también la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles conservada en la Basílica de Cartago». Rastreando los orígenes: San Francisco de Asís y la Virgen de los Ángeles Además de la basílica de Cartago, existen otras muchas basílicas dedicadas a esta advocación mariana en el mundo, especialmente en Italia, donde se encuentran tres de las más importantes. La principal está ubicada en la ciudad de Asís, donde la Virgen se le apareció a San Francisco en 1208, año en el que “recibió su vocación”. En 1216, en una visión, San Francisco le pidió al Señor, que se encontraba al lado de la Virgen y sus ángeles, que le concediera una indulgencia a cuantos visitasen la Iglesia dedicada a la Virgen bajo la advocación de María de los Ángeles. El Señor aceptó y le ordenó al santo que se dirigiese a Perugia, para obtener del Papa el favor deseado. Esta indulgencia es conocida como «la indulgencia de la Porciúncula» o «el Perdón de Asís», y fue aprobada por el Papa Honorio III en el siglo XIII.

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San Alfonso María de Ligorio, 1 de agosto.

Hoy, 1 de agosto, se celebra el día de San Alfonso María de Ligorio según el santoral católico. ¿Quién era este personaje y por qué fue santificado? Sacerdote italiano que llegó a obispo y fundador de los redentoristas, siendo uno de los religiosos más conocidos en la Iglesia Católica, considerado un renovador de la moral de su tiempo. Vida y obra Alfonso María de Ligorio, nació en 1696 en el seno de una familia noble napolitana. Hijo de José de Ligorio y Ana María Catalina Cavalieri de Ligorio, fue el primero de 7 hermanos. Su infancia estuvo marcada por una bendición profética de San Francisco de Jerónimo, quien le predijo una larga vida, su nombramiento como obispo y su impacto positivo en la sociedad. Desde temprana edad, Alfonso se unió a la Hermandad de la Nobleza y comenzó su formación intelectual, dominando idiomas como el español, francés, griego y latín. Además, estudió geografía, literatura, matemáticas, gramática, música, arquitectura, pintura y arte bajo la tutela de prestigiosos maestros, incluido el pintor Francesco Solimena, quien le enseñó los fundamentos del arte. A los 12 años, Alfonso fue a la Universidad de Nápoles, y con solo 16 años, se doctoró en derecho civil y canónico tras examinarse con el renombrado filósofo e historiador Giambattista Vico. Empezó su carrera como abogado a los 16 años, logrando varios éxitos en su práctica. Sin embargo, su carrera dio un giro cuando, en un caso contra el duque de Toscana, se vio obligado a firmar una declaración en la que admitía un error inexistente. Este episodio lo llevó a retirarse de la abogacía, dedicándose a la oración y la reflexión. El 9 de noviembre de 1732, Alfonso fundó la Congregación del Santísimo Redentor, conocida hoy como los Redentoristas. La congregación, inicialmente llamada «Congregación del Santísimo Salvador», comenzó en un pequeño hospicio de las monjas de Scala. Aunque Alfonso era el fundador, la dirección general fue asumida inicialmente por el obispo de Castellammare di Stabia. Solo después de la muerte de este, el 20 de abril de 1743, Alfonso fue nombrado formalmente Superior General. La Regla y el Instituto para hombres fueron aprobados por el Papa Benedicto XIV en 1749, consolidando el carácter misionero de la orden. En 1762, el Papa nombró a Alfonso obispo de la pequeña diócesis de Agatha dei Goti, cargo que asumió con reticencia. Durante su ministerio episcopal, se destacó por sus esfuerzos para reformar la administración diocesana y mejorar la formación del clero. Sin embargo, este período también marcó el inicio de una artrosis cervical progresiva que afectó su salud. En 1775, debido a su delicado estado de salud, el Papa Pío VI accedió a sus peticiones de renuncia, permitiéndole regresar a la casa redentorista de Pagani. A pesar de su debilitada condición, sus últimos años estuvieron llenos de desafíos. Alfonso enfrentó intensos sufrimientos físicos y tormentos espirituales, además de luchar por el reconocimiento de su congregación y lidiar con divisiones internas. Su salud declinante y su ceguera casi total no fueron impedimento para que, en 1780, fuese expulsado de su propia orden debido a la firma de un documento crucial sin haberlo leído previamente. A pesar de esta amarga experiencia, Alfonso nunca desafió la autoridad de Roma y falleció el 1 de agosto de 1787 en Pagani. Tras su muerte, las divisiones en su congregación cesaron, y los Redentoristas obtuvieron reconocimiento y se expandieron por Europa y América del Norte. Su reputación de santidad fue reconocida rápidamente, y el proceso de su canonización comenzó pocos meses después de su fallecimiento. El 20 de febrero de 1807, la Iglesia católica declaró la heroicidad de sus virtudes. Fue beatificado el 15 de septiembre de 1815 y canonizado por el Papa Gregorio XVI el 26 de mayo de 1839. En 1871, el Papa Pío IX lo declaró Doctor de la Iglesia, siendo el único caso en que una persona recibió este título a menos de un siglo de su muerte. En 1950, el Papa Pío XII lo proclamó patrono de los confesores, moralistas y de Pagani. La ciudad de Nápoles lo honra como su santo patrón, junto con San Jenaro y Tomás el Apóstol.

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San Ignacio de Loyola, 31 de julio.

San Ignacio nació en 1491 en el castillo de Loyola, en Guipúzcoa, norte de España, cerca de los montes Pirineos que están en el límite con Francia. Su padre Bertrán De Loyola y su madre Marina Sáenz, de familias muy distinguidas, tuvieron once hijos: ocho varones y tres mujeres. El más joven de todos fue Ignacio. El nombre que le pusieron en el bautismo fue Iñigo. Carrera militar Entró a la carrera militar, pero en 1521, a la edad de 30 años, siendo ya capitán, fue gravemente herido mientras defendía el Castillo de Pamplona. Al ser herido su jefe, la guarnición del castillo capituló ante el ejército francés. Los vencedores lo enviaron a su Castillo de Loyola a que fuera tratado de su herida. Le hicieron tres operaciones en la rodilla, dolorosísimas, y sin anestesia; pero no permitió que lo atasen ni que nadie lo sostuviera. Durante las operaciones no prorrumpió ni una queja. Los médicos se admiraban. Para que la pierna operada no le quedara más corta le amarraron unas pesas al pie y así estuvo por semanas con el pie en alto, soportando semejante peso. Sin embargo, quedó cojo para toda la vida. A pesar de esto Ignacio tuvo durante toda su vida un modo muy elegante y fino para tratar a toda clase de personas. Lo había aprendido en la Corte en su niñez. Mientras estaba en convalecencia pidió que le llevaran novelas de caballería, llenas de narraciones inventadas e imaginarias. Pero su hermana le dijo que no tenía más libros que «La vida de Cristo» y el «Año Cristiano», o sea, la historia del santo de cada día. Impacto de las lecturas Y le sucedió un caso muy especial. Antes, mientras leía novelas y narraciones inventadas, en el momento sentía satisfacción, pero después quedaba con un sentimiento horrible de tristeza y frustración. En cambio, ahora, al leer la vida de Cristo y las Vidas de los santos, sentía una alegría inmensa que le duraba por días y días. Esto lo fue impresionando profundamente. Y mientras leía las historias de los grandes santos, pensaba: «¿Y por qué no tratar de imitarlos? Si ellos pudieron llegar a ese grado de espiritualidad, ¿por qué no lo voy a lograr yo? ¿Por qué no tratar de ser como San Francisco, Santo Domingo, etc.? Estos hombres estaban hechos del mismo barro que yo. ¿Por qué no esforzarme por llegar al grado que ellos alcanzaron?». Y después se iba a cumplir en él aquello que decía Jesús: «Dichosos los que tienen un gran deseo de ser santos, porque su deseo se cumplirá» (Mt. 5,6), y aquella sentencia de los psicólogos: «Cuidado con lo que deseas, porque lo conseguirás». Mientras se proponía seriamente convertirse, una noche se le apareció Nuestra Señora con su Hijo Santísimo. La visión lo consoló inmensamente. Desde entonces se propuso no dedicarse a servir a gobernantes de la tierra, sino al Rey del cielo. Visita al Santuario de la Virgen de Montserrat Apenas terminó su convalecencia se fue en peregrinación al famoso Santuario de la Virgen de Montserrat. Allí tomó el serio propósito de dedicarse a hacer penitencia por sus pecados. Cambió sus lujosos vestidos por los de un pordiosero, se consagró a la Virgen Santísima e hizo confesión general de toda su vida. Y se fue a un pueblecito llamado Manresa, a 15 kilómetros de Monserrat, a orar y hacer penitencia, allí estuvo un año. Cerca de Manresa había una cueva y en ella se encerraba a dedicarse a la oración y a la meditación. Allá se le ocurrió la idea de los Ejercicios Espirituales, que tanto bien iban a hacer a la humanidad. Después de unos días en los cuales sentía mucho gozo y consuelo en la oración, empezó a sentir aburrimiento y cansancio por todo lo que fuera espiritual. A esta crisis de desgano la llaman los sabios «la noche oscura del alma». Es un estado dificultoso que cada uno tiene que pasar para que se convenza de que los consuelos que siente en la oración no se los merece, sino que son un regalo gratuito de Dios. Luego le llegó otra enfermedad espiritual muy fastidiosa: los escrúpulos. O sea el imaginarse que todo es pecado. Esto casi lo lleva a la desesperación. Discreción de espíritus Pero iba anotando lo que le sucedía y lo que sentía y estos datos le proporcionaron después mucha habilidad para poder dirigir espiritualmente a otros convertidos y según sus propias experiencias poderles enseñar el camino de la santidad. Allí orando en Manresa adquirió lo que se llama «Discreción de espíritus», que consiste en saber determinar qué es lo que le sucede a cada alma y cuáles son los consejos que más necesita, y saber distinguir lo bueno de lo malo. A un amigo suyo le decía después: «En una hora de oración en Manresa aprendí más a dirigir almas, que todo lo que hubiera podido aprender asistiendo a universidades». En 1523 se fue en peregrinación a Jerusalén, pidiendo limosna por el camino. Todavía era muy impulsivo y un día casi ataca a espada a uno que hablaba mal de la religión. Por eso le aconsejaron que no se quedara en Tierra Santa donde había muchos enemigos del catolicismo. Después fue adquiriendo gran bondad y paciencia. A los 33 años empezó como estudiante de colegio en Barcelona, España. Sus compañeros de estudio eran mucho más jóvenes que él y se burlaban mucho. El toleraba todo con admirable paciencia. De todo lo que estudiaba tomaba pretexto para elevar su alma a Dios y adorarlo. Ingreso a la Universidad de Alcalá Después pasó a la Universidad de Alcalá. Vestía muy pobremente y vivía de limosna. Reunía niños para enseñarles religión; hacía reuniones de gente sencilla para tratar temas de espiritualidad, y convertía pecadores hablándoles amablemente de lo importante que es salvar el alma. Lo acusaron injustamente ante la autoridad religiosa y estuvo dos meses en la cárcel. Después lo declararon inocente, pero había gente que lo perseguía. El consideraba todos estos sufrimientos

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San Pedro Crisólogo, 30 de julio.

Crisólogo significa: el que habla muy bien. Este santo ha sido uno de los oradores más famosos de la Iglesia Católica. Nació en Imola (Italia) y fue formado por Cornelio obispo de esa ciudad. Este santo prelado lo convenció de que en el dominio de las propias pasiones y en el rechazar los malos deseos reside la verdadera grandeza, y que este es un medio seguro para conseguir las bendiciones de Dios. Pedro gozó de la amistad del emperador Valentiniano y de la madre de este, Plácida, y por recomendación de ellos dos, fue nombrado Arzobispo de Ravena. También gozó de la amistad del Papa San León Magno. Arzobispo de Ravena Cuando empezó a ser arzobispo de Ravena, había en esta ciudad un gran número de paganos. Y trabajó con tanto entusiasmo por convertirlos, que cuando él murió ya eran poquísimos los paganos en esta capital. A la gente le agradaban mucho sus sermones (y por eso le pusieron el sobrenombre de crisólogo). Su modo de hablar era conciso, sencillo y práctico. Sabía explicar muy claramente las principales verdades de la fe. A ratos se entusiasmaba tanto mientras predicaba, que la misma emoción le impedía seguir hablando, y el público se contagiaba de su entusiasmo y empezaban muchos a llorar. En los dos meses más calurosos del verano dejaba de predicar y explicaba así jocosamente a sus oyentes el porqué de esta determinación: «en este tiempo de calores tan bochornosos no les predico, porque ustedes se apretujan mucho para escucharme y con estas temperaturas tan altas llegan los ahogos y trastornos, y después le echan toda la culpa de ello a mis sermones». La gente se admiraba de que en predicaciones bastante breves, era capaz de resumir las doctrinas más importantes de la fe. Se conservan de él, 176 sermones, muy bien preparados y cuidadosamente redactados. Por su gran sabiduría al predicar y escribir, fue nombrado Doctor de la Iglesia, por el Papa Benedicto XIII. Recomendaba la comunión frecuente y exhortaba a sus oyentes a convertir la Sagrada Eucaristía en su alimento diario. Murió el 30 de julio del año 451. Quiera nuestro buen Dios concedernos que muchos predicadores y catequistas de nuestro tiempo merezcan también el apelativo de Crisólogos: los que hablan muy bien.

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Santa Marta, María y Lázaro, 29 de julio.

Marta significa: «señora; jefe de hogar». En Betania, un pueblecito cercano a Jerusalén, vivía una familia de la cual dice el Evangelio, era hermosísima: «Jesús amaba a Marta, a María y a su hermano Lázaro». Difícil encontrar un detalle más simpático acerca de alguna familia: eran muy amados por Jesús. Los dos primeros años de su apostolado, Jesús estuvo la mayor parte del tiempo en la provincia de Galilea, al norte de su país. Pero en el tercer año se trasladó a Judea, en el sur, y con él sus discípulos. En Jerusalén era bastante peligroso el quedarse por las noches porque los enemigos le habían jurado guerra a muerte y buscaban cualquier ocasión propicia para matar al Redentor. El hogar de Marta, María y Lázaro A cuatro kilómetros de Jerusalén, había un pueblecito tranquilo y amable y en él un hogar donde Jesús se sentía bien. Era el hogar de Marta, María y Lázaro. En esta casa siempre había una habitación lista y bien arreglada para recibir al Divino Maestro, cualquier día a la hora en que llegara. Y tres corazones, verdaderamente amigos de Jesús, le esperaban con afecto fraternal. Allí Jesús se sentía como en su casa. (S. Marta es la patrona de los hoteleros, porque sabía atender muy bien). Con razón dice el Evangelio que Jesús amaba a Marta, a María y a Lázaro. Que bueno fuera que de cada uno de nuestros hogares se pudiera decir lo que la Biblia afirma del hogar de estas tres afortunadas personas. Famosa se ha hecho la escena que sucedió un día en que Jesús llegó a Betania con sus 12 apóstoles y las santas mujeres (mamás de algunos apóstoles, etc.) Marta corría de allá para acá, preparando los alimentos, arreglando las habitaciones, llevando refrescos para los sedientos viajeros. Jesús, como siempre, aprovechando aquellos instantes de descanso, se dedicó a dar sabias instrucciones a sus discípulos. Oír a Cristo es lo más hermoso que pueda existir. El estaba sentado en un sillón y los demás, atentísimos, sentados en el suelo escuchando. Pregunta de Marta a Jesús Y allí, en medio de todos ellos, sentada también en el suelo, estaba María, la hermana de Marta, extasiada, oyendo tan formidables enseñanzas. De pronto Marta se detiene un poco en sus faenas y acercándose a Jesús le dice con toda confianza: «Señor, ¿Cómo te parece que mi hermana me haya dejado a mí sola con todo el oficio de la casa? ¿Por qué no le dices que me ayude un poco en esta tarea?». Y Jesús, con una suave sonrisa y tono bondadoso, le responde: «Marta, Marta, te afanas y te preocupas por muchas cosas. Sólo una cosa es necesaria. María ha escogido la mejor parte, la que no le será quitada». Marta entendió la lección y arremangándose el delantal, se sentó también allí en el suelo para escuchar las divinas instrucciones de El Salvador. Ahora sabía que todos los afanes materiales no valen tanto como escuchar las enseñanzas que vienen del cielo y aprender a conseguir la eterna salvación. Narración de San Juan Narra San Juan en el capítulo 11 «Sucedió que un día Lázaro se enfermó, se agravó y empezó a dar señales muy graves de que se iba a morir. Y Jesús estaba lejos. Las dos hermanas le enviaron un empleado con este sencillo mensaje: Señor, aquel que tú amas, está enfermo. Que bello modo de comunicarle la noticia. Sabemos que lo amas, y si lo amas lo vas a ayudar. Pero Jesús (que estaba al otro lado del Jordán) no se movió de donde estaba. Un nuevo mensajero y Jesús no viene. A los apóstoles les dice: «Esta enfermedad será para gloria de Dios». Y luego les añade: «Lázaro nuestro amigo, ha muerto. Y me alegro de que esto haya sucedido sin que yo hubiera estado allí, porque ahora vais a creer». A los cuatro días de muerto Lázaro, dispuso Jesús dirigirse hacia Betania, la casa estaba llena de amigos y conocidos que habían llegado a dar el pésame a las dos hermanas. Tan pronto Marta supo que Jesús venía, salió a su encuentro y le dijo: Oh Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano; pero aún ahora yo sé que cuánto pidas a Dios te lo concederá. Jesús le dice: «Tu hermano resucitará». Marta le contesta: Ya sé que resucitará el último día en la resurrección de los muertos. Yo soy la resurrección y la vida. Todo el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. Jesús añadió: Yo soy la resurrección y la vida. Todo el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá ¿Crees esto? Marta respondió: Sí Señor; yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo. Maravillosa profesión de fe hecha por esta santa mujer. Dichosa Marta que hizo decir a Jesús verdades tan formidables. Jesús dijo: «¿Dónde lo han colocado?» Y viendo llorar a Marta y a sus acompañantes, Jesús también empezó a llorar. Las gentes comentaban: «Mirad cómo lo amaba». Y fue al sepulcro, que era una cueva con una piedra en la entrada. Dijo Jesús: «Quiten la piedra». Le responde Marta: «Señor ya huele mal, porque hace cuatro días que está enterrado». Le dice Jesús «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». Quitaron la piedra y Jesús dijo en voz alta: «Lázaro ven afuera». Y el muerto salió, llevando el sudario y las vendas de sus manos. Santa Marta, bendita, no dejes de rogar a Jesús por tantos Lázaros muertos que tenemos en nuestras familias. Son los que viven en pecado mortal. Que Cristo el Salvador venga a nuestros hogares y resucite a los que están muertos por el pecado y los libre de la muerte eterna, por medio de una verdadera conversión. Dijo Jesús: si crees, verás la gloria de Dios. Fuente: www.ewtn.com

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Santos Nazario y Celso, 28 de julio.

El bienaventurado san Nazario nació en Roma, y fué hijo de un caballero africano y de una señora romana, los dos nobles y muy ricos. Fué discípulo del apóstol san Pedro y bautizado por Lino su coadjutor. Como iba creciendo en mocedad, iba juntamente creciendo en virtudes, y llegó a tanto la fama de su santidad, que muchos acudían a él para pedirle consejo y remedio en sus trabajos, y resplandecía en Roma como una estrella del firmamento. Por inspiración del Señor determinó salir de ella: y habiendo allegado de su hacienda alguna cantidad de dineros, se puso en camino. Predicaba a Jesucristo a los pueblos por donde pasaba, y hacía largas limosnas a los pobres necesitados, juntando en uno la misericordia espiritual y corporal. Vino a Placencia, y de allí a Milán, donde fué preso por mandato del presidente Anolino porque predicaba a Cristo. Quiso persuadirle a que adorase a sus falsos dioses, y no habiéndolo podido acabar con él, le mandó dar en su venerable rostro muchas bofetadas y echar de la ciudad. Tuvo Nazario esta afrenta por mucha honra, por haberla padecido por Cristo. Salió de Milán, y por divina revelación pasó a Francia, derramando por todas partes los resplandores del Evangelio.    Estando en una ciudad de aquel reino, llamada Melia, una mujer principal por nombre Marianila, le trajo un niño suyo de pequeña edad, y poniéndosele en las manos le dijo: Este niño lo seguirá adonde quiera que fueres, hasta que contigo se presente delante del divino acatamiento: y dejándole a Nazario la madre se fué. Nazario tomó el niño: le bautizó y le puso el nombre Celso, y lo trajo siempre consigo, y padeció muchos trabajos, penas y tormentos con él. En la misma Francia fueron presos por un presidente llamado Dinovan, y el niño azotado cruelmente; y sufriendo con ánimo de varón los azotes, con palabras balbucientes dijo al juez: Dios, a quien yo sirvo, te juzgará. Después de esto, habiendo sido avisado el emperador Nerón, que Nazario apartaba de la adoración de los dioses a la gente, y que predicaba que Jesucristo era Dios del cielo y de la tierra, y que muchos le creían y recibían su doctrina en Francia, le mandó prender y traer a Roma, donde el mismo emperador le procuró persuadir que adorase a los ídolos: y visto que estaba firme en no hacerlo, le mandó echar en el mar y con él el niño Celso. Los llevaron al puerto de Ostia, y puestos en un navío los echaron bien dentro en el mar.    Al tiempo que los ministros del emperador, pensaron haber ido al fondo y ser manjar de los peces, los vieron andar sobre las aguas con grande admiración; y movidos de este milagro, comenzaron a tener con gran veneración a los que antes querían quitar la vida, y tomaron por maestro á Nazario y se juntaron con él: y con esto Nazario, viéndose libre, pudo volver a predicar por las ciudades de Italia, y vino a parar a Milán, donde de nuevo fué preso por el mismo presidente Anolino, que antes le había preso, maltratado y desterrado; el cual, habiéndolo primero consultado con el emperador (por ser Nazario ciudadano y romano, y hombre principal), le mandó juntamente con Celso degollar.  Fueron martirizados estos dos santos a los 28 de julio: cerca de los años del Señor de 68; aunque algunos ponen su fiesta al 12 de junio, por ser el dia en que san Ambrosio halló sus cuerpos en Milán: los cuales en aquella ciudad fueron reverenciados y colocados con gran devoción, y después repartidas sus sagradas reliquias, como un precioso y riquísimo Tesoro, por diversas partes del mundo, como lo notó el cardenal Boronio en sus anotaciones del Martirologio romano.

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San Celestino, 27 de julio.

Papa del 10 de septiembre de 422 al 27 de julio de 432 Nada se conoce de su historia antigua, excepto que fue un romano y que el nombre de su padre fue Priscus. Se dice que vivió durante un tiempo en Milán con San Ambrosio. La primera noticia, sin embargo, que está consignada en un documento de San Inocencio I, en el año 416, indica que Celestino habría sido un diácono. En 418, San Agustín le escribió de una manera reverencial. El sucedió a San Bonifacio I, como papa, el 10 de septiembre de 422 (de conformidad con Tillemont, aunque los bollandistas indican como fecha el 3 de noviembre). Murió el 26 de julio de 432, habiendo cumplido en el pontificado nueve años, diez meses y dieciséis días. A pesar de los tiempos tumultuosos de Roma, fue electo sin ninguna oposición, tal y como se dice en una carta de San Agustín (Epist., cclxi). La misma fue escrita al pontífice muy poco después de haber sido nombrado como tal. En ella, el gran doctor le pide su asistencia en arreglar las dificultades con Antonio, Obispo de Fessula en África. Sucesor de Bonifacio I San Celestino I, sucesor de Bonifacio I, era un hombre de mucha energía y al mismo tiempo de conmovedora liberalidad. Mientras se preocupaba por la restauración de Roma, no perdía de vista los intereses espirituales de toda la cristiandad. Defendía el derecho del Papa y de recibir apelaciones por parte de cualquier fiel, laico o clérigo, y respondía con solicitud. Al Papa se le pedía sobre todo establecer normas según las cuales todo fiel tenía que conformar su propia conducta. De estas respuestas, que se conocen con el nombre de Decretales, tomó forma el primer embrión del derecho canónico. Escribió cartas a los obispos para corregir abusos, disipar dudas doctrinales, combatir herejías, o simplemente para prohibir a los obispos llevar el cinturón o el manto propios de los monjes. Tuvo correspondencia con el amigo obispo de Hipona, San Agustín, cuya doctrina, a un año de la muerte, defendió calurosamente en la disputa antipelagiana, con palabras que consagraron definitivamente la autoridad y la santidad. Últimos días de pontificado Los últimos días del pontificado de Celestino se caracterizaron por la lucha en el este en contra de la herejía de Nestorius. Nestorius quien había llegado a ser Obispo de Constantinopla en 428, primero dio una gran satisfacción, tal y como podemos ver en una carta dirigida por él a Celestino. Pronto se levantaron sospechas de su ortodoxia por recibir amablemente a los pelagianos, que habían sido rechazados por el papa en Roma. Poco después, rumores sobre sus enseñanzas acerca de la personalidad dual de Cristo, llegaron a Roma. Celestino comisionó a Cirilo de Alejandría para que investigara e hiciera un reporte. Cirilo encontró que Nestorius profesaba abiertamente sus herejías y envió un recuento completo de la situación a Celestino. En un Sínodo en Roma (430) el Papa condenó solemnemente los errores de Nestorius, y ordenó a Cirilo que en su nombre, procediera contra el hereje quien fue incomunicado y depuesto, a menos que en diez días hiciera una declaración por escrito mediante la cual se retractara de sus errores. En cartas escritas en el mismo día a Nestorius, a los clérigos, la gente de Constantinopla, Juan de Antioquia, Juvenal de Jerusalem, Rufus de Thessalonica, y Flavian de Filipi, Celestino anuncia la sentencia contra Nestorius y comisiona a Cirilo para que ejecute la decisión. De manera simultánea, restaura a todos los que habían sido incomunicados o privados de derechos por Nestorius. Concilio general de Efeso Cirilo envía la sentencia papal y su propio anatema a Nestorius. El emperador ahora establece un concilio general que ser reunirá en Efeso. A este concilio Celestino envía como delegados a Arcadius, y Projectus, obispos, y a Filipo, un sacerdote, quienes deben actuar en coordinación con Cirilo. Sin embargo, ellos no estuvieron involucrados en discusiones, sino que debían juzgar las opiniones de otros. Celestino en todas sus cartas asume que su propia decisión es ya la final, y Cirilo y el concilio se manifiesta “compelido por los cánones sagrados y las cartas de Nuestro Más Santo Padre, Celestino, Obispo de la Iglesia Romana.” El último acto oficial de Celestino, fue enviar a San Patricio a Irlanda, quizá sobrepasando todas las expectativas en esta acción de grandes consecuencias para el bien. Ya había enviado con anterioridad (431) a Palladius como obispo de los “Scots (i.e. irlandeses) creyentes en Cristo.” Pero Palladius abandonó pronto su misión en Irlanda y murió al año siguiente en Bretaña. El Papa Celestino I murió el 27 de julio del año 432, y fue sepultado en el cementerio de Priscila, en una capilla adornada con frescos que representaban los episodios del reciente Concilio de Éfeso, que había proclamado solemnemente la maternidad divina de María. En el año 817 las reliquias del Santo Pontífice fueron trasladadas a la basílica de Santa Práxedes, y parte de ellas parece que fueron llevadas a la catedral de Mantua. Fuente: https://www.es.catholic.net

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Santos Joaquín y Ana, 26 de julio.

Una antigua tradición, datada ya en el siglo II, atribuye los nombres de Joaquín y Ana a los padres de la Virgen María. El culto aparece para Santa Ana ya en el siglo VI y para San Joaquín un poco más tarde. La devoción a los abuelos de Jesús es una prolongación natural al cariño y veneración que los cristianos demostraron siempre a la Madre de Dios. La antífona de la misa de hoy dice: «Alabemos a Joaquín y Ana por su hija; en ella les dio el Señor la bendición de todos los pueblos». Los Padres de la Santísima Virgen María La madre de nuestra Señora, la Virgen María, nació en Belén. El culto de sus padres le está muy unido. El nombre Ana significa «gracia, amor, plegaria». La Sagrada Escritura nada nos dice de la santa. Todo lo que sabemos es legendario y se encuentra en el evangelio apócrifo de Santiago, según el cual a los veinticuatro años de edad se casó con un propietario rural llamado Joaquín, galileo, de la ciudad de Nazaret. Su nombre significa «el hombre a quien Dios levanta», y, según san Epifanio, «preparación del Señor». Descendía de la familia real de David. Moraban en Nazaret y, según la tradición, dividían sus rentas anuales, una de cuyas partes dedicaban a los gastos de la familia, otra al templo y la tercera a los más necesitados. Llevaban ya veinte años de matrimonio y el hijo tan ansiado no llegaba. Los hebreos consideraban la esterilidad como algo oprobioso y un castigo del cielo. Se los menospreciaba y en la calle se les negaba el saludo. En el templo, Joaquín oía murmurar sobre ellos, como indignos de entrar en la casa de Dios. Oraciones por la gracia de un hijo Joaquín, muy dolorido, se retira al desierto, para obtener con penitencias y oraciones la ansiada paternidad. Ana intensificó sus ruegos, implorando como otras veces la gracia de un hijo. Recordó a la otra Ana de las Escrituras, cuya historia se refiere en el libro de los Reyes: habiendo orado tanto al Señor, fue escuchada, y así llegó su hijo Samuel, quien más tarde sería un gran profeta. Y así también Joaquín y Ana vieron premiada su constante oración con el advenimiento de una hija singular, María. Esta niña, que había sido concebida sin pecado original, estaba destinada a ser la madre de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado. Desde los primeros tiempos de la Iglesia ambos fueron honrados en Oriente; después se les rindió culto en toda la cristiandad, donde se levantaron templos bajo su advocación. Aunque el culto de la madre de la santísima Virgen María se había difundido en Occidente, especialmente desde el siglo XII, su fiesta comenzó a celebrarse en el siglo siguiente. Cada 26 de julio la Iglesia Católica celebra a San Joaquín y Santa Ana, padres de la Santísima Virgen María y abuelos del Señor Jesús. A través de ellos, la tradición nos ayuda a ser más conscientes de cuán valioso es estar en contacto con la ‘familia grande’ (abuelos, tíos, primos, etc.) y, en particular, como nos enseñó el fallecido Papa Francisco, de la importancia de los abuelos con quienes se da «el encuentro y el diálogo intergeneracional… El Documento conclusivo de Aparecida nos lo recuerda: “Niños y ancianos construyen el futuro de los pueblos. Los niños porque llevarán adelante la historia, los ancianos porque transmiten la experiencia y la sabiduría de su vida” (n. 447)». La responsabilidad de ser padres Joaquín y Ana —santos patronos de los abuelos— fueron personas de profunda fe y confianza en las promesas de Dios. Ambos educaron a la Virgen María en la fe del Pueblo de Israel, alimentando en Ella el amor hacia el Creador y contribuyendo de manera singular a que Nuestra Madre estuviera lista para su singular vocación. Es a través de sus padres como María se suma a esa porción del pueblo escogido que espera la llegada del Salvador de la humanidad, el Mesías. El inmenso don de ser abuelos El Papa Benedicto XVI, un día como hoy de 2009, resaltaba a través de las figuras de San Joaquín y Santa Ana, el tesoro que constituyen los abuelos dentro de la familia, especialmente en el aspecto educativo. El Papa decía que los abuelos “son depositarios y con frecuencia testimonio de los valores fundamentales de la vida”. En 2013, el Papa Francisco, también con ocasión de esta fiesta, celebrada en el marco de la Jornada Mundial de la Juventud Río 2013 (Brasil), destacaba que “los santos Joaquín y Ana forman parte de esa larga cadena que ha transmitido la fe y el amor de Dios, en el calor de la familia, hasta María, que acogió en su seno al Hijo de Dios y lo dio al mundo, nos los ha dado a nosotros. ¡Qué precioso es el valor de la familia, como lugar privilegiado para transmitir la fe!”. Fuente: https://www.es.catholic.net/

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Santiago Apóstol, 25 de julio.

El nombre Santiago, proviene de dos palabras Sant Iacob. Porque su nombre en hebreo era Jacob. Los españoles en sus batallas gritaban: «Sant Iacob, ayúdenos». Y de tanto repetir estas dos palabras, las unieron formando una sola: Santiago. Fue uno de los 12 apóstoles del Señor. Era hermano de San Juan evangelista. Se le llamaba el Mayor, para distinguirlo del otro apóstol, Santiago el Menor, que era más joven que él. Con sus padres Zebedeo y Salomé vivía en la ciudad de Betsaida, junto al Mar de Galilea, donde tenían una pequeña empresa de pesca. Tenían obreros a su servicio, y su situación económica era bastante buena pues podían ausentarse del trabajo por varias semanas, como lo hizo su hermano Juan cuando se fue a estarse una temporada en el Jordán escuchando a Juan Bautista. Formó parte del grupo de los tres preferidos de Jesús, junto con su hermano Juan y con Simón Pedro Santiago formó parte del grupo de los tres preferidos de Jesús, junto con su hermano Juan y con Simón Pedro. Después de presenciar la pesca milagrosa, al oír que Jesús les decía: «Desde ahora seréis pescadores de hombres», dejó sus redes y a su padre y a su empresa pesquera y se fue con Jesucristo a colaborarle en su apostolado. Presenció todos los grandes milagros de Cristo, y con Pedro y Juan fueron los únicos que estuvieron presentes en la Transfiguración del Señor y en su Oración en el Huerto de Getsemaní. ¿Por qué lo prefería tanto Jesús? Quizás porque (como dice San Juan Crisóstomo) era el más atrevido y valiente para declararse amigo y seguidor del Redentor, o porque iba a ser el primero que derramaría su sangre por proclamar su fe en Jesucristo. Que Jesús nos tenga también a nosotros en el grupo de sus preferidos. Cuenta el santo Evangelio que una vez al pasar por un pueblo de Samaria, la gente no quiso proporcionarles ningún alimento y que Santiago y Juan le pidieron a Jesús que hiciera llover fuego del cielo y quemara a esos maleducados. Cristo tuvo que regañarlos por ese espíritu vengativo, y les recordó que El no había venido a hacer daño a nadie sino a salvar al mayor número posible de personas. Santiago no era santo cuando se hizo discípulo del Señor. La santidad le irá llegando poquito a poco. Petición de los hijos de Zebedeo Otro día Santiago y Juan comisionaron a Salomé, su madre, para que fuera a pedirle a Jesús que en el día de su gloria los colocara a ellos dos en los primeros puestos: uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús les dijo: «¿Serán capaces de beber el cáliz de amargura que yo voy a beber?» Ellos le dijeron: «Sí somos capaces». Cristo añadió: «El cáliz de amargura sí lo beberán, pero el ocupar los primeros puestos no me corresponde a Mí el concederlo, sino que esos puestos son para aquellos para quienes los tiene reservado mi Padre Celestial». Los otros apóstoles se disgustaron por esta petición tan vanidosa de los dos hijos de Zebedeo, pero Jesús les dijo a todos: «El que quiera ser el primero, que se haga el servidor de todos, a imitación del Hijo del hombre que no ha venido a ser servido sino a servir». Seguramente que con esta lección de Jesús, habrá aprendido Santiago a ser más humilde. El primero de los apóstoles que derramó su sangre por proclamar la religión de Jesús Resucitado Después de la Ascensión de Jesús, Santiago el Mayor se distinguió como una de las principales figuras entre el grupo de los Apóstoles. Por eso cuando el rey Herodes Agripa se propuso acabar con los seguidores de Cristo, lo primero que hizo fue mandar cortarle la cabeza a Santiago, y encarcelar a Pedro. Así el hijo de Zebedeo tuvo el honor de ser el primero de los apóstoles que derramó su sangre por proclamar la religión de Jesús Resucitado. Antiguas tradiciones (del siglo VI) dicen que Santiago alcanzó a ir hasta España a evangelizar. Y desde el siglo IX se cree que su cuerpo se encuentra en la catedral de Compostela (norte de España) y a ese santuario han ido miles y miles de peregrinos por siglos y siglos y han conseguido maravillosos favores del cielo. El historiador Pérez de Urbel dice que lo que hay en Santiago de Compostela son unas reliquias, o sea restos del Apóstol, que fueron llevados allí desde Palestina. Es Patrono de España y de su caballería. Los españoles lo han invocado en momentos de grandes peligros y han sentido su poderosa protección. También nosotros si pedimos su intercesión conseguiremos sus favores. Apóstol Santiago: pídele a Jesús que seamos muchos, muchos, los que como tú, nos dediquemos con toda valentía y generosidad a propagar por el mundo la religión de Cristo. Fuente: https://www.ewtn.com

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