
Redacción: 𝗥𝗼𝘀𝗮 𝗡𝗼𝘁𝗮𝗿𝗶𝗼
En el año 1979, durante la celebración de la convivencia sacerdotal en la que se reflexionaba sobre la III Conferencia del CELAM —recién celebrada en Puebla de los Ángeles, México— y sobre la esperanza, monseñor Fernando Azcárate, s. j., antiguo obispo auxiliar de La Habana, propuso «hacer nuestro pueblita». Lo que era o parecía una quijotada, fue acogida por todos. Estaba soplando el Espíritu.
En la década de los años ochenta se produjo un éxodo masivo por el puerto del Mariel; más de cien mil cubanos abandonaban el país. ¿Frustración, pérdida de la «esperanza»? Actos de repudio… tristes días. Era una Iglesia con escasos recursos, tanto materiales como de agentes de pastoral, aunque no se cerraron los templos y se seguía celebrando y transmitiendo la fe a las nuevas generaciones.
Entre 1981 y 1985, lustro fértil de la REC, comienza el trabajo preparatorio. Se crean subcomisiones de estudio, reflexión e investigación. Se elaboraron preguntas para consultar a las comunidades, para conocer el sentir de los fieles sobre la situación de la Iglesia, sus logros, sus deficiencias, preocupaciones y dificultades. Se inicia así un proceso de reflexión eclesial que hace vibrar a nuestras comunidades. Fueron los aportes con que se elaboró el documento para el debate de las asambleas parroquiales, vicariales y diocesanas, en las que se iba enriqueciendo la REC; sin saberlo, hacíamos lo que hoy conocemos como «sinodalidad».
Del 17 al 23 de febrero de 1986, el ENEC experimentó una semana de gozo y esperanza, pues se pudo compartir con fraternidad, oración y reflexión un documento de trabajo que recogía cinco años de estudio y meditación de toda la comunidad católica que peregrinaba en Cuba. Este documento sirvió de base para el debate y la elaboración del Documento Final (DF), que recogería las dos ilusiones con que nació y que estaban presentes en los encuentros parroquiales, vicariales y, finalmente, diocesanos: ser imagen de nuestro Maestro Jesucristo y de la Iglesia.
De Él, el DF recibe su esencia y su misión. Y brota también con la ilusión de servir a nuestro pueblo, del que somos parte inseparable, porque juntos nacimos. Un pueblo que necesitaba y sigue necesitando volver a las raíces de su cultura; que surgió al calor de la fe cristiana; que necesita encontrar la «esperanza» que no defrauda.
En este febrero de 2026 han transcurrido cuatro décadas. La Iglesia hoy quiere recordar y celebrar el acontecimiento, sin dudas, más importante del pasado siglo. Se recuerda el escenario y se intenta comparar los dos ambientes, de ayer y hoy. Nos precede nuevamente un gran éxodo, mucho mayor que el de hace cuarenta años, y que ha afectado a toda la nación, a la familia cubana y a la comunidad cristiana. Nuestras comunidades las integran hoy fieles que no vivieron, no solo la REC, sino los complejos años anteriores; los agentes de pastoral son nuevos, incluso muchos venidos de otras tierras, y se encuentran con una realidad algo inédita. La Iglesia desarrolla pastorales que eran impensables en aquel momento.
Por estos cuarenta años celebraremos, haremos memoria, compartiremos experiencias, habrá encuentros, rezaremos juntos y participaremos en una Eucaristía de acción de gracias. Pero no olvidemos que hoy, como nunca, debemos volver al mensaje final: ser una Iglesia misionera que escucha la voz de su Maestro que la llama, y la envía a llevar su mensaje en diálogo con todos. Ser una Iglesia orante, abierta a la acción del Espíritu. Una Iglesia encarnada, que comparte con el pueblo sus luchas y sus logros, sus angustias y sus gozos, y que en los tiempos que corren nos presenta las complejas relaciones de la fe cristiana en el medio político y social, y el actuar del cristiano.
TOMADO DE Vida Cristiana.
