
Publicado en Vida Cristiana
Si tuviera que resumir en una sola frase qué es lo mejor del proceso de la REC y el ENEC —y al mismo tiempo cuál es el gran desafío que ese camino nos plantea hoy, en este momento tan difícil de nuestra historia— diría algo muy sencillo: lo más valioso fue el estilo de este proceso. Más allá de lo que se decidió, lo verdaderamente importante fue cómo se hizo.
La REC y el ENEC son hijas directas del Concilio y del camino que recorrió la Iglesia latinoamericana después de él. En aquel tiempo, la Iglesia cubana atravesaba una etapa especialmente dura: la salida o expulsión de muchos agentes de pastoral, la migración masiva de laicos tras la Revolución, comunidades debilitadas… En medio de esa situación, el Concilio nos ayudó a descubrir una nueva manera de comprendernos.
El Vaticano II quiso renovar la Iglesia volviendo a lo esencial, a sus tradiciones más profundas. Y en ese proceso recuperó algo fundamental que durante mucho tiempo había quedado en segundo plano: la importancia del bautismo. Durante siglos, la Iglesia se había identificado casi exclusivamente con la jerarquía, mientras que los laicos eran vistos más bien como espectadores silenciosos y pasivos o, en el mejor de los casos, el brazo ejecutor de sus decisiones. Había una división muy marcada: arriba quienes enseñaban, santificaban y gobernaban; abajo quienes aprendían, recibían y obedecían. La historia, sin embargo, nunca encajó del todo en ese esquema. Basta pensar en figuras decisivas para la renovación de la Iglesia que no pertenecían a la jerarquía: Francisco de Asís, Catalina de Siena, Teresa de Jesús, etc. Aun así, durante mucho tiempo se intentó que la realidad se ajustara a ese modelo.
El Concilio quiso superar claramente esa visión. Desde su primer documento puso en el centro la participación activa, consciente y fructífera de todos los fieles, una idea que iba mucho más allá de los cambios litúrgicos. No por casualidad, el documento sobre la Iglesia dedicó todo un capítulo al Pueblo de Dios y solo después a la jerarquía. Ese orden ayudó a subrayar algo esencial: lo que une a todos los bautizados es más profundo que las diferencias de ministerios o carismas que se dan en su interior. Toda la Iglesia —pastores y fieles— participa del mismo Espíritu que les permite adentrarse sin error en los contenidos de la fe y la reúne como un pueblo sacerdotal que celebra el misterio pascual, ofrece el pan y el vino y es digno de servirlo en su presencia (Plegaria Eucarística II).
La Iglesia cubana, y con ella la REC y el ENEC, asumieron esa nueva y antigua forma de entender la Iglesia. Tal vez al inicio por necesidad, pero luego se comprendió que también era la mejor manera de ser signo creíble de comunión en medio del pueblo. Muchos recuerdan aquellos años con frases muy sencillas: «nos conocíamos y nos queríamos, éramos una sola familia», que revelan un profundo contenido teológico. Habla de un espíritu que superaba rangos, títulos y dignidades para unir a todos como miembros de un único pueblo.
Gracias a ese espíritu fue posible un amplio proceso de oración, reflexión y consulta que implicó a la mayoría de las comunidades de la isla. Por eso no sorprende que en la presidencia del ENEC estuvieran sentados juntos un obispo, un laico, un sacerdote y una religiosa, con total naturalidad, sin tensiones de poder ni protagonismos.
No se trataba de adoptar un modelo democrático en su sentido político —porque los contenidos de fe no se deciden por mayoría de votos—, sino de comprender que la verdadera comunión significa participar todos de un mismo Espíritu. Una comunión que no aplasta la diversidad, ni funciona desde el verticalismo rígido de estructuras autoritarias. Ese espíritu de comunión y participación fue, sin duda, la gran perla de la REC y el ENEC. Los obispos sentían la necesidad de escuchar al pueblo; los fieles se reconocían en la voz de sus pastores; las congregaciones religiosas trabajaban unidas al clero diocesano; y todos valoraban la riqueza de cada carisma.
Si somos sinceros, tenemos que reconocer que hemos perdido mucho de ese modo. Poco a poco, formas más verticales y menos inclusivas se han ido colando en los distintos espacios de la Iglesia cubana. Pero esto no debería desanimarnos. Puede ser, más bien, una oportunidad de conversión y de esperanza. Porque Dios siempre precede y sostiene todo esfuerzo por acercarnos más a Él. Tal vez hoy, más que nunca, volver al espíritu de la REC y el ENEC podría ser el mejor bálsamo que la Iglesia cubana ofrezca a un pueblo herido, cansado, marcado por décadas de autoritarismo y uniformidad impuesta. Dios nunca abandona a su gente. Y esa certeza es la que nos mantiene —obstinadamente— esperanzados.
TOMADO DE Vida Crisitiana.
