Pascua infantil vicarial en La Habana: una mañana de fe y alegría
En Cuba, un pueblo está sediento de un mensaje de Dios, de vida y esperanza. Las familias cubanas buscaron espacios que les permitan respirar y reencontrarse con Jesús en la celebración de la pascua infantil vicarial.

La mañana del 16 de mayo despertó distinta en la Vicaría San Agustín, en La Habana. No era un sábado cualquiera. Desde temprano, risas, cantos y pasos pequeños comenzaron a llenar el teatro de la parroquia Santa Cruz de Jerusalén. Allí, entre colores, voces y esperanza, se celebró la pascua infantil vicarial, un encuentro donde la fe se hizo vida en los más pequeños bajo un lema que resonaba con fuerza en cada rincón: “Jesús vive en mí”.
Inicio festivo en la parroquia Santa Cruz de Jerusalén
A las nueve en punto, el encuentro abrió con una acogida cálida y alegre que marcó el tono de toda la jornada. Los niños de la comunidad anfitriona ofrecieron una coreografía llena de entusiasmo y creatividad, convirtiendo el escenario en un espacio de expresión viva de la fe.

No fue solo un momento artístico, sino una verdadera proclamación: la Pascua no es un recuerdo lejano, sino una experiencia presente que transforma el corazón.

Participación de comunidades de la Vicaría San Agustín
Representantes de diversas comunidades —San Jerónimo, Loreto, Punta Brava, Nazareno, Marianao, Salvador, San Francisco Javier, Jesús de Miramar, San Agustín y la propia Santa Cruz de Jerusalén— se hicieron presentes, aportando la riqueza de sus vivencias y carismas.

Aunque no todas las comunidades de la vicaría pudieron asistir, la comunión se hizo visible en la diversidad de los participantes. Cada grupo, cada niño, cada catequista aportó su granito de arena para construir una jornada marcada por la fraternidad.
La Palabra y la alegría de la Pascua infantil
La animación continuó con cantos que hablaban de vida nueva, de luz que vence la oscuridad, de esperanza que renace. En medio de la música y la alegría, la Palabra de Dios ocupó un lugar central, iluminando el sentido profundo de la celebración.
Los textos del Evangelio de Lucas (24, 1-6) y de la carta a los Colosenses (3, 1; 12-14) recordaron a todos los presentes que Cristo ha resucitado y que esa verdad transforma la vida cotidiana. Para los niños, este mensaje se tradujo en gestos sencillos: amar, compartir, perdonar y vivir con alegría.

Talentos infantiles que anuncian: Jesús vive en mí
El escenario se convirtió luego en un mosaico de talentos. Canciones, poesías y presentaciones preparadas por los niños de diferentes comunidades llenaron el ambiente de entusiasmo y creatividad.

Dos audiovisuales —uno animado y otro de reflexión— ayudaron a profundizar en el misterio pascual desde un lenguaje cercano y comprensible. Cada recurso, cada actuación, tenía un mismo hilo conductor: anunciar que Jesús está vivo.
Uno de los momentos más esperados fue la actuación de los titiriteros, que durante cuarenta y cinco minutos lograron captar la atención de grandes y pequeños. Entre risas y silencios atentos, el mensaje se fue sembrando con delicadeza en los corazones: Jesús camina con nosotros y habita en cada uno.

Un llamado a vivir la fe en comunidad
Más allá de las actividades, la jornada tuvo también un fuerte sentido evangelizador. Se invitó a los niños y a sus familias a acercarse más a la Iglesia, a participar en la catequesis y a crecer en la vida comunitaria.
En un contexto donde muchas veces la esperanza se pone a prueba, estos espacios se convierten en semilla de futuro. Los niños no solo reciben un mensaje, sino que lo encarnan y lo transmiten con naturalidad.
Cierre fraterno de la pascua infantil vicarial
La jornada fue cerrando entre alegría compartida y espíritu de comunidad. Una rifa, una oración final y un ambiente de gratitud marcaron el envío. Ya cerca del mediodía, el encuentro continuó en el área deportiva con un brindis sencillo pero lleno de fraternidad, donde niños, catequistas y familias compartieron como una gran familia.

Así concluyó esta pascua infantil vicarial en La Habana, dejando una huella profunda en todos los participantes. No fue solo un evento, sino una experiencia viva de fe que reafirma el papel de la Iglesia como espacio de encuentro, esperanza y vida.

Porque en cada canto, en cada juego, en cada oración, quedó sembrada una verdad que los niños proclamaron con fuerza y alegría: Jesús vive en mí.
