Santo del Día

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San Benjamín, 31 de marzo.

Cada 31 de marzo, la Iglesia celebra a San Benjamín de Argol, diácono y mártir. San Benjamín de Persia, como también es conocido, vivió entre los siglos IV y V, en tiempos del Imperio sasánida, ubicado en el actual territorio de Irán, en Asia occidental. A inicios del siglo V, dos reyes persas, primero, Yazdegerd I (Isdegerd) y, después, su hijo y sucesor, Varanes V, mantuvieron una cruel persecución contra los cristianos que duró alrededor de 40 años. Fueron décadas penosas en las que creer en Cristo conllevaba un riesgo tremendo. Ya años antes de iniciada esta persecución, el rey Sapor II había echado mano de la comunidad cristiana, sacrificando muchas vidas y dejando a la Iglesia local en escombros. Cuando parecía que la hostilidad era cosa del pasado, Yazdegerd -sucesor de Bahram IV- dio la orden de acabar con las manifestaciones cristianas y exigir que todo seguidor de la religión de Jesús de Nazaret apostatara públicamente so pena de muerte. Benjamín, quien había nacido alrededor del año 329, era en los días de Yazdegerd un joven diácono de gran celo apostólico y notable elocuencia, conocido por su espíritu caritativo con los más débiles. El diácono, a pesar de los peligros, había continuado con su servicio y llegó a hacerse de una extensa fama de santidad; había logrado muchas conversiones y, para cuando ya vestía canas, tuvo éxito incluso entre los sacerdotes de Zaratustra, el profeta fundador del mazdeísmo. Si bien el rey Yazdegerd I había detenido temporalmente la persecución iniciada por su abuelo, Sapor II, montó en cólera cuando un sacerdote cristiano de nombre Hasu y sus allegados incendiaron el «Templo del fuego», principal objeto del culto de los persas. Acusados de sacrilegio, fueron arrestados el obispo Abdas, los presbíteros Hasu e Isaac, un diácono y dos fieles laicos. Estos fueron condenados a muerte por negarse a reconstruir el templo destruido. La afrenta contra los persas dio inicio a la nueva persecución, esta vez , por orden de Yazdegerd. Dentro del grupo de hombres apresados estaba Benjamín, quien sería golpeado y luego enviado a prisión. El futuro mártir pasaría encerrado por un año, pese a no haber participado en el incendio. Ni los barrotes ni las paredes fueron excusa para dejar de hablar de Cristo. Benjamín no se arredró y siguió predicando, aun cuando fuese puesto en el más oscuro lugar de la prisión. Para él, la luz de Cristo era siempre capaz de iluminar las almas. Gracias a la buena fama de Benjamín, el emperador romano de Oriente, Teodosio II, envió un embajador desde Constantinopla para que intercediera por su libertad. El diácono fue liberado, pero a condición de abstenerse de predicar la religión, algo que para él era imposible cumplir. Benjamín continuó sirviendo a la comunidad cristiana hasta que fue nuevamente detenido.

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San Juan Clímaco.

Vivió en el siglo VII, de quien se saben pocas noticias, pero su ejemplo de vida y sus escritos son bien conocidos en la Tradición Cristiana. La fecha de su nacimiento está atestiguada en Siria en torno al 575. Con tan sólo dieciséis años, Juan ingresa al monasterio del Monte Sinaí y se convierte en discípulo del Abad Martirio. Cumplidos los veinte años decide vivir como un ermitaño en una cueva. Aquí, durante 40 años, estudia, medita las Escrituras y se dedica a la oración. En las montañas de Dios Los monjes del Monte Sinaí le piden que asuma el cargo de abad (guía) de su monasterio, por lo que Juan vuelve a la vida cenobítica. En este cargo, demuestra tanta sabiduría en asuntos de fe hasta el punto que su fama se extiende más allá de las paredes del monasterio e incluso en Roma. Incluso el Papa Gregorio Magno, en una carta, se encomienda a sus oraciones y otorga ayuda a los religiosos. Habiendo, entre otras cosas, ocupado el cargo de vicario del Papa en Constantinopla durante los años 579-585/6, tenía relaciones amistosas con muchos padres del Sinaí, con quienes mantuvo correspondencia. Juan deja el monasterio unos años después; nostálgico de la vida eremítica, decide retirarse en soledad. Muere después del 650. La Escala del Paraíso La obra, en griego, que lo ha dado a conocer en la cristiandad, Klimax tou Paradeisou (Escalera del paraíso), lo dio a conocer a la posteridad como Juan Clímaco. Se puede definir como un tratado de vida espiritual que explica cómo alcanzar el amor perfecto. Juan desarrolla un camino hecho de treinta pasos (tantos como los años de la vida privada de Cristo) que se divide en tres fases. La primera fase es la de romper con el mundo y regresar a la infancia evangélica, haciéndose niños en un sentido espiritual con inocencia, ayuno y castidad. La segunda fase es la de la lucha espiritual contra las pasiones: Clímaco enlaza cada paso con una pasión, indica la terapia y propone la virtud correspondiente, pero aclara que las pasiones no son malas en sí mismas, sino que se vuelven malas por el mal uso que hace la libertad del hombre. “Si se las purifica, las pasiones abren al hombre el camino hacia Dios con energías unificadas por la ascética y la gracia” indica. La tercera fase del camino hacia el «paraíso» es la perfección cristiana, que se desarrolla en los últimos siete pasos de La Escala, las etapas más elevadas de la vida espiritual, experimentadas por aquellos que alcanzan la tranquilidad y la paz interior. De los últimos siete pasos, los tres primeros son la simplicidad, la humildad y el discernimiento. En esta última Juan precisa: «Como guía y regla de todo, después de Dios, debemos seguir nuestra conciencia». El último paso de la Escala es la sobriedad del espíritu, alimentada por las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad. Esta última fase también se presenta como eros (amor humano) y, por lo tanto, unión matrimonial del alma con Dios, ya que el poder del amor humano puede reorientarse hacia Dios, y una experiencia intensa de él puede hacer avanzar el alma hacia el amor perfecto más que la dura lucha contra las pasiones. «La primera me parece como un rayo, la segunda luz, la tercera círculo», escribe Juan Clímaco en las últimas páginas de la Escalera del Paraíso y concluye ensalzando la caridad como «madre de la paz, fuente de sabiduría y raíz de inmortalidad y de gloria… estado de los ángeles y beneficio del siglo». LINK: https://w2.vatican.va/content/benedictxvi/it/audiences/2009/documents/hf_ben-xvi_aud_20090211.html

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San Eustacio, 29 de marzo.

Fecha de nacimiento desconocida; murió el 29 de marzo de 625. Fue segundo abad del monasterio irlandés de Luxeuil en Francia y en el martirologio celta su festividad se conmemora el 29 de marzo. Fue uno de los primeros compañeros de San Columbano, un monje de Bangor (Irlanda) que, junto a sus discípulos, contribuyó a la propagación del Evangelio en el centro y sur de Europa. Cuando Columbano, el fundador de Luxeuil, fue desterrado del Reino de Borgoña por haber censurado la moralidad del rey Tierrry, el abad exiliado recomendó a su comunidad la elección de Eustacio como sucesor suyo. Posteriormente, Columbano se estableció en Bobbio (Italia). Tres años después de su nombramiento (613), cuando Clotario II se convirtió en soberano del triple reino de Francia, se le encomendó al abad de Luxeuil, por la autoridad real, que se dirigiera a Bobbio con la misión de traer de vuelta a Columbano. Este, no obstante, exponiendo sus razones en una carta dirigida al rey, se negó a regresar, pero pidió a Clotario que tomara bajo su protección el monasterio de Luxeuil y a los hermanos. Durante los doce años siguientes, bajo la administración del abad Eustacio, el monasterio continuó adquiriendo renombre como centro de estudios y lugar de santidad. Gracias al patronazgo real, aumentaron los beneficios y las tierras del monasterio, pues anualmente el rey destinaba a su mantenimiento una cantidad de su renta personal. Eustacio y sus monjes se dedicaron a predicar en comarcas remotas, que aún no estaban evangelizadas, principalmente en el extremo noreste de la Galia. Su labor misionera llegó incluso hasta Baviera. Parece que entre el monasterio de Luxeuil en Francia y el de Bobbio en Italia (ambos fundados por San Columbano) se mantuvieron relaciones e intercambio durante mucho tiempo. Fuente: Cullen, John. «St. Eustace.» The Catholic Encyclopedia. Vol. 5. New York: Robert Appleton Company, 1909. 

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San Castor, 28 de marzo.

De san Cástor no tenemos más noticia que la inscripción, si bien esta es realmente muy antigua y persistente, en casi todas las variantes conocidas del Martirologio Jeronimiano, del siglo VI. Hay diferencias en el modo como aparece inscrito según las diferentes versiones de manuscritos: a veces acompañado de un san Doroteo, a veces en un grupo mucho mayor. Incluso por un error de copia, en el antiguo Martirologio Romano aparecía inscripto dos veces: el 28 de marzo y el 27 de abril. Sin embargo, a pesar de todo esto, su existencia y culto antiguo son innegables, aunque el nuevo Martirologio Romano ha preferido atenerse al único dato constante, y quitar la mención de los diferentes compañeros de martirio, así como mantener la fecha más extendida, la de hoy, 28 de marzo. Es imposible  establecer la época y circunstancias de su martirio.

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San Ruperto, 27 de marzo.

San Ruperto, apóstol de Baviera y Austria, es una importante figura del cristianismo europeo. Este noble obispo francés del siglo VII, conocido también como Ruperto de Salzburgo, destaca principalmente por su labor evangelizadora en regiones paganas durante la Edad Media. Con gran determinación, promovió la construcción de iglesias y la educación cristiana en los territorios que hoy son Austria y Alemania, dejando un imborrable legado religioso y cultural. San Ruperto, conocido también como Ruperto de Salzburgo, es una figura icónica dentro de la esfera de los santos católicos. Originario del siglo VII en la región francesa de Worms, este santo llevó a cabo un trabajo notable que está arraigado en la historia y las creencias religiosas de muchas personas todavía hoy. San Ruperto no solo fue un evangelizador ferviente, sino también un constructor notable que desempeñó un papel fundacional en la actual Austria. Propagó la fe cristiana en tierras aún paganas y estableció los cimientos para el desarrollo de una sólida infraestructura eclesiástica en esa región. Atribuido como el fundador de la ciudad de Salzburgo, San Ruperto también es reconocido por la fundación de la Abadía de San Pedro y el Monasterio de Nonnberg. Estos sitios se convirtieron en centros vitales para la enseñanza cristiana y la difusión de la fe en esa zona. Reconocido por su labor incansable en el servicio de la iglesia, San Ruperto fue consagrado obispo de Worms. Sin embargo, renunció a su puesto atraído por la misión evangelizadora que emprendió en la región de Baviera. Desde entonces, es considerado el santo patrón de la archidiócesis de Salzburgo, Alemania, y su fiesta se celebra anualmente el 27 de marzo. Con un ferviente compromiso hacia la fe y una pasión inquebrantable por la evangelización, el legado de San Ruperto perdura en la historia de la Iglesia Católica. El impacto de San Ruperto se siente hasta hoy, ya sea en la teología, la educación o la liturgia. Su vida y obra refleja un ejemplo de devoción, sacrificio y amor por Dios que ha dejado una huella imborrable en la sociedad, ejemplificando la verdadera esencia de lo que significa ser un santo.

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San Braulio Obispo, 26 de marzo.

Braulio significa: «espada de fuego». Fue discípulo y amigo del gran sabio San Isidro de Sevilla, al cual le ayudó mucho en la corrección y edición de sus libros. Al morir su hermano Juan, que era obispo de Zaragoza, el clero y los fieles lo eligieron para que lo reemplazara. Como obispo se preocupó mucho por tratar de que el pueblo se instruyera más en la religión y por extirpar y acabar con los errores y herejías que se habían propagado, especialmente el arrianismo, una doctrina hereje que negaba que Jesucristo sea Dios verdadero. Tan grande era la elocuencia de San Braulio y su capacidad para convencer a quienes le escuchaban sus sermones que la gente decía: «Parece que cuando está hablando, es el mismo Espíritu Santo el que le va diciendo lo que él tiene que decir». Los obispos de España lo encargaron de las relaciones episcopales con el Papa de Roma. En la catedral, y en el famosísimo santuario de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, pasaba varias horas cada día rezando con especial fervor. Aborrecía todo lo que fuera lujo y vanidad. Sus vestidos eran siempre pobres, y su comida como la de un obrero de clase baja. Todas las limosnas que le llegaban las daba para ayudar a los pobres. Y se dedicaba con mucho esmero a enseñar a los ignorantes. Las gentes decían que era difícil encontrar en el país uno que fuera más sabio que él. Y en sus cartas se nota que había leído muchos autores famosos. Había estudiado muy profundamente la S. Biblia. Y su estilo es elegante y lleno de bondad y de amabilidad. Se firmaba: «Braulio, siervo inútil de los santos de Dios». Los últimos años tuvo que sufrir mucho por la falta de la vista, algo que para él que era tan gran lector, era un verdadero martirio. Pero aprovechaba su ceguera para dedicarse a rezar y meditar. Tuvo como alumno a otro gran santo: San Eugenio, obispo. Poco antes de morir le pareció escuchar aquellas palabras de Jesús: «Ven siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, te pondré sobre lo mucho. Entra en el gozo de tu Señor». Y respondió entusiasmado: «Voy pronto, Señor, ya estoy listo». Y murió santamente. Era el año 651.

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Anunciación del Señor, 25 de marzo.

En Oriente se encuentran testimonios de esta fiesta del 25 de marzo ya a mediados del siglo VI. En Roma se celebra a partir del siglo VII. Al ser una fiesta ligada al Señor Jesús y a su entrada en la historia, el nuevo orden litúrgico prefirió nombrarla con el título de «Anunciación del Señor» -en lugar del más popular “Anunciación de María”-. La solemnidad de la Anunciación del Señor es una fiesta navideña, aunque esté fuera del tiempo de Navidad: nueve meses antes de su nacimiento, tiene lugar la encarnación de Jesús en el seno de la Virgen María. En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Angel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!». Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Angel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús;  él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin». María dijo al Angel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no conozco varón?». El Angel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios». María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». Y el Angel se alejó. (Lc 1,26-38) La Anunciación es la fiesta del Señor que se encarnó en el seno de María, iniciando una nueva historia. Es interesante observar que Dios no envía al ángel a Jerusalén, al templo, sino a Galilea, una región despreciada como refugio de paganos incrédulos. A Nazaret, una ciudad que no menciona el Antiguo Testamento. Ante el anuncio, María reflexiona, entra en diálogo consigo misma y con el ángel, y pregunta por el sentido de sus palabras y la forma en que se realizarán. María no se deja llevar por las emociones. Aparece como una mujer valiente que ante lo inaudito mantiene el autocontrol. Y, a la luz de Dios, evalúa y decide. Es el Espíritu quien reviste la vida de María, haciéndola apta para su misión. Lo hará aquí y lo hará en el Cenáculo: María, mujer revestida del Espíritu, gracias a la cual y en la cual todo se hace posible. El «Fiat» de María transforma su humilde casa en la Casa de Dios, y a ella misma en el Tabernáculo del Santísimo Jesús. Bastó un «Aquí estoy», una señal de disponibilidad, sabiendo confiar en la acción del Espíritu Santo. Y Dios entró en la historia aceptando hacerse historia en la vida de los que dijeron y seguirán diciendo «aquí estoy». La primera coordenada de María es creer: confiar y encomendarse a Dios, segura de que en Él nada es imposible. Dios no teme el tiempo del desconcierto, de la reflexión, de la comprensión: Dios no obliga a la libertad, sino que educa a la libertad, para que cada uno pueda decir su “Aquí estoy”. La segunda coordenada es aceptar entrar en el tiempo de Dios, en sus ritmos; un «tiempo», que no es simplemente el paso de las horas, sino que es el tiempo oportuno, el tiempo pleno, el tiempo de la oportunidad, el tiempo de la gracia. FUENTE: vatican news.

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San Oscar Arnulfo Romero, 24 de marzo.

Este 24 de marzo de 2024 se cumplen 44 años del martirio de san Oscar Arnulfo Romero, primer santo en este país, al ser asesinado “por odio a la fe” como reza el decreto de beatificación de 2015 del Papa Francisco, quien desbloqueo su causa. Un día como hoy – que se celebra el Domingo de Ramos – el testimonio de este santo nos recuerda, que “la liturgia es presencia, es signo de realidades y que a través de esa realidad Cristo Jesús está entrando a nuestra vida”. Dos meses antes de su asesinato, en una de sus homilías indicó a sus verdugos: “No me consideren juez o enemigo. Soy simplemente el pastor, el hermano, el amigo de este pueblo”. Según el Informe de la Comisión de la Verdad para el Salvador, fue Roberto d’Aubuisson, militar y político salvadoreño, responsable de la creación de los escuadrones de la muerte durante la guerra civil y autor intelectual del asesinato de san Romero. El 15 de agosto de 1917 nació Óscar Arnulfo Romero y Galdámez Núñez García Ruiz, en Ciudad Barrios. Segundo de 8 hermanos, hijos del matrimonio formado por Santos Romero y Guadalupe Galdámez. Fue bautizado el 11 de mayo de 1919 en la iglesia parroquial de su ciudad natal. Desde niño tuvo una salud muy frágil. En la escuela pública donde estudió, destacaba en materias humanísticas más que en matemáticas. Desde muy pequeño practicó la oración nocturna y la veneración al Inmaculado Corazón de María. Con solo 13 años ingresó al seminario menor de la ciudad de San Miguel, fundado el 30 de noviembre de 1915 e inaugurado en 1916, en ese momento estaba dirigido por sacerdotes claretianos. Luego en 1937, entró en el seminario mayor de San José de la Montaña de San Salvador. Ese mismo año, viaja a Roma, donde continuó sus estudios de teología en la Pontificia Universidad Gregoriana. Vivió en el colegio Pío latinoamericano (casa que alberga a estudiantes de Latinoamérica). Fue ordenado sacerdote el 4 de abril de 1942, en Roma, a los 24 años; podría afirmarse que tuvo una línea conservadora – como coinciden muchos de sus biógrafos –, pero el clima político y social de 1970 de opresión política y por las operaciones violentas contra trabajadores, campesinos y eclesiásticos comenzó a moldear su postura. A su regreso a El Salvador,en 1943, fue nombrado párroco de la ciudad de Anamorós en La Unión; después fue trasladado a la ciudad de San Miguel, donde sirvió como párroco en la Catedral de Nuestra Señora de La Paz y como secretario del obispo diocesano monseñor Miguel Ángel Machado. Así tuvo 20 años de labor pastoral en Anamorós, impulsando movimientos apostólicos como la Legión de María, los Caballeros de Cristo o los Cursillos de Cristiandad. Además desarrolló obras sociales como «Alcohólicos anónimos» o Cáritas; promovió la construcción de la Catedral de San Miguel y favoreció la devoción a la Virgen de la Paz. Durante esos años, su trabajo es el de un sacerdote dedicado a la oración y la actividad pastoral, pero todavía sin un compromiso social evidente. Mientras, el país vive sumido en un caos político: se suceden los golpes de estado en los que el poder queda casi siempre en manos de los militares. Fue el asesinato de su amigo Rutilio Grande, hoy beato, ocurrido un 12 de marzo de 1977, que lo llevó a plantar cara contra las estructuras de opresión y miedo instituidos en su país. “Y por eso lo mataron”, como rezan los versos de la canción de Javier Rodríguez Sotuela. Fue ese fatídico 24 de marzo de 1980. Un lunes. Por la mañana estuvo en un retiro organizado por el Opus Dei, un encuentro mensual de amigos sacerdotes dirigidos por monseñor Fernando Sáenz Lacalle. Ese mismo día por la tarde, a las 6:30 p.m. fue asesinado mientras celebraba una misa en la capilla del hospital Divina Providencia, en la colonia Miramonte de San Salvador, más conocido como el Hospitalito. Un disparo hecho por un francotirador desde un auto con capota de color rojo impactó en su corazón momentos antes de la consagración.​ Tenía 62 años.

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San Toribio de Mogrovejo.

Un descendiente de la noble familia Mongrovejo, Toribio nació en Mayorga de Campos, España, en 1538. Experto en derecho canónico, se ganó con razón su reputación de distinguido jurista. Era profesor en la Universidad de Salamanca cuando el Rey de España, Felipe II, decidió enviarlo al Perú como Obispo de la Ciudad de Los Reyes, que más tarde se convertiría en Lima, hoy capital del Perú. Un obispo enviado al fin del mundo Cuando el Rey lo llamó, en 1580, Toribio no era un clérigo sino un simple laico. En tiempo récord recibió todas las órdenes sagradas una tras otra hasta el sacerdocio y, finalmente, fue consagrado obispo. Cuando debió partir no estaba realmente muy entusiasmado, porque ya se imaginaba la situación que habría encontrado: Perú estaba sometido al duro dominio de los españoles desde hacía casi 50 años, pero no era el Virrey, enviado de la Corte de España quien gobernaba; eran los descendientes de los despiadados conquistadores los que efectivamente tomaban las decisiones de gobierno. Esa gente era quien imponía sus arbitrariedades injustas sin ninguna rémora moral. Eran ellos los que materialmente explotaban a los indígenas, con la excusa de una falsa evangelización que tenía muy poco que ver con el Evangelio: las condiciones de estas personas que el obispo encontró cuando llegó al Perú eran de un extremo empobrecimiento material, espiritual, cultural y humano. Los conquistadores, por el contrario, estaban muy satisfechos y eran muy celosos de sus propios privilegios adquiridos a expensas de los indígenas. Lo más triste era que también había muchos sacerdotes aburguesados, encadenados a sus privilegios eclesiásticos, ya que habían perdido la fuerza evangélica para denunciar las injusticias. «¡Cristo es la Verdad, no las apariencias!» En este clima de injustos contrastes comienzan los 25 años de episcopado de Toribio y su trabajo como gran reformador que llevará a la primera verdadera organización de la Iglesia peruana. Decidió comenzar desde los sacerdotes aburguesados, desde su recuperación, especialmente con su propio testimonio de santidad personal. Dedicaba muchas horas a la meditación y a la oración, consciente de que la vida espiritual de una persona crece en la medida en que dialoga con Dios. Enseguida, puso su afectuosa atención de pastor en los pueblos indígenas. Estudió sus idiomas, el quechua y el aymara, para poder hablar con ellos, pero sobre todo para trabajar en una «re-evangelización» que hablara el idioma del respeto de su dignidad. Obligó a todos los sacerdotes que trabajaban en Perú a estudiarlos e incluso consiguió publicar el Catecismo de la Iglesia Católica en los idiomas indígenas, así como en castellano. Por amor a todos y cada uno de los pueblos indígenas, durante unos 10 años recorrió y visitó cada rincón remoto de su vasto territorio – miles de kilómetros – mucho más allá de las actuales fronteras peruanas; convirtió a muchos de ellos, y dio la confirmación a tres futuros santos: san Martín de Porres, san Francisco Solano y santa Rosa de Lima. «Amar a las personas que nos han sido confiadas como se ama a Cristo» En el curso de su episcopado, Toribio fundó cien parroquias, convocó un Concilio Panamericano, dos consejos provinciales y doce sínodos diocesanos; cuando la peste llegó al Perú estuvo en primera línea entre los enfermos y les regaló todo lo que tenía. Obviamente, su opción preferencial por los descartados suscitó las antipatías del Virrey, que nunca lo vió asistir a las fastuosas ceremonias de la corte, y de los conquistadores, ya que a Toribio no le importaban en lo más mínimo. En cambio, los empobrecidos y abandonados indígenas eran sus ovejas privilegiadas, y con ellas y para ellas se comportó como un verdadero y buen pastor. Murió en uno de sus viajes a Saňa en 1606. Benedicto XIII lo canonizó en 1726; Juan Pablo II lo proclamó patrón del episcopado latinoamericano en 1983.

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San Bienvenido Scotivoli, 22 de marzo.

Bienvenido Scotívoli nació en Ancona en 1188; estudió derecho en Bolonia bajo la guía de San Silvestre Guzzolini, canónigo de Osimo, después fundador de los monjes Silvestrinos. Nombrado capellán pontificio, luego arcediano de Ancona. El 1 de agosto de 1263 fue nombrado administrador de la diócesis de Osimo, que había sido unida a la Numana por Gregorio IX en castigo por su adhesión al partido de Federico II. Restablecida la sede el 13 de marzo de 1264 Urbano IV le confió su gobierno a Bienvenido, que en 1267 fue también encargado por Clemente IV del gobierno de la Marca de Ancona. En este período ordenó sacerdote a san Nicolás de Tolentino. Fue devotísimo de San Francisco, acogió en su diócesis a los Hermanos Menores y pidió pertenecer a la primera Orden. Vistió con fervor el hábito y se empeñó en vivir el espíritu seráfico. Bienvenido fue un gran reformador. Por una disposición del 15 de enero de 1270 prohibió al monasterio de San Florencio de Pescivalle, del cual era administrador, enajenar los bienes. En un sínodo habido el 7 de febrero de 1273 prohibió la venta de las propiedades eclesiásticas y en 1274 puso en marcha las reforma del capítulo de la catedral y defendió los derechos de la diócesis sobre la ciudad de Cingoli. En su ministerio episcopal siempre tuvo como única meta promover la gloria de Dios, despreciar las riquezas y las cosas del mundo, trabajar intensamente por el bien de su alma y de las almas confiadas a sus cuidados. En su actuación sabía unir la fortaleza y la suavidad de los modales, para el triunfo de la justicia y de la paz en el vínculo del amor. Fue un verdadero y buen pastor de su rebaño y vigilante custodio de las leyes de Dios y de la Iglesia. Celoso en la predicación evangélica y en la instrucción catequística, muchas veces visitó la diócesis, celebró un sínodo diocesano en el cual dictó sabias normas para promover la disciplina eclesiástica. Promovió la cultura y la formación de los nuevos levitas, que preparaba para el sacerdocio, con palabra inspirada, con el buen ejemplo, y con su vida santa. Bienvenido murió el 2 de marzo de 1282, a los 94 años de edad. Fue sepultado en la iglesia catedral de Osimo en un noble mausoleo, por disposición del clero y el pueblo. Sobre su sepulcro tuvieron lugar gracias y milagros. Martín IV reconoció el culto en 1284, sin haber sido canonizado.

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