Santo del Día

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San Martín de Porres, 3 de noviembre.

Este 3 de noviembre la Iglesia Católica celebra la fiesta de San Martín de Porres, santo peruano que fue canonizado el 6 de mayo de 1962 en el Vaticano, hace poco más de 60 años. San Martín de Porres, que falleció el 3 de noviembre de 1639 besando la cruz de Cristo, hizo numerosos milagros en vida, pero nunca se los atribuyó. Se dice que curó a muchas personas, tenía el don de la bilocación o ubicuidad; que quiere decir que estaba en dos lugares al mismo tiempo. Algunos testimonios señalan que cuando se bilocaba y estaba en lugares lejanos al Perú, donde vivía en el convento dominico, curaba y acompañaba enfermos. Lo vieron en África y Japón, adonde quería ir para ser misionero. El escritor peruano Ricardo Palma relata en sus «Tradiciones peruanas» que San Martín  logró que comieran «en un plato perro, pericote (ratón) y gato». De acuerdo al historiador peruano Rafael Sánchez-Concha, San Martín podía profetizar el futuro en algunos casos y cuando moría un fraile en el convento de Santo Domingo podía intuir si estaba en el purgatorio y pedía rezar por él. Si intuía que estaba en el cielo, alentaba a imitarlo. El historiador dijo también en Willax TV que San Martín podía levitar o elevarse sin ningún tipo de ayuda, hasta 3 metros, algo de lo que dieron fe diversos testigos. En su homilía de la Misa de canonización, el Papa San Juan XXIII explicó que, ya siendo dominico, San Martín «se encendió en amor a Cristo crucificado, y al contemplar sus acerbos dolores, no podía dominarse y lloraba abundantemente». El santo peruano «amó también con especial caridad al augusto Sacramento de la Eucaristía al que, con frecuencia escondido, adoraba durante muchas horas en el sagrario y del que se nutría con la mayor frecuencia posible». «Amó de una manera increíble a la Virgen María, y la tuvo siempre como una Madre querida. Además, San Martín, siguiendo las enseñanzas del Divino Maestro, amó con profunda caridad, nacida de una fe inquebrantable y de un corazón desprendido a sus hermanos». «Amaba a los hombres porque los juzgaba hermanos suyos por ser hijos de Dios; más aún, los amaba más que a sí mismo, pues en su humildad juzgaba a todos más justos y mejores que él. Amaba a sus prójimos con la benevolencia propia de los héroes de la fe cristiana», dijo entonces San Juan XXIII. «Excusaba las faltas de los demás; perdonaba duras injurias, estando persuadido de que era digno  de mayores penas por sus pecados; procuraba traer al buen camino con todas sus fuerzas a los pecadores; asistía complaciente a los enfermos», continuó. San Martín de Porres también «proporcionaba comida, vestidos y medicinas a los débiles; favorecía con todas sus fuerzas a los campesinos, a los negros y a los mestizos que en aquel tiempo desempeñaban los más bajos oficios, de tal manera que fue llamado por la voz popular Martín de la Caridad». Si bien fueron varios los milagros revisados para su canonización, dos fueron los que hicieron que el Beato Martín de Porres fuese declarado santo. El primero se dio en 1948 en Paraguay con una anciana de 89 años a la que le dieron pocas horas de vida tras sufrir un infarto. Una hija suya rezó al Beato y logró que al día siguiente la mujer sanara. El segundo milagro se dio en 1956 en las Islas Canarias en España, donde el niño Antonio Cabrera Pérez se curó de la gangrena que tenía en la pierna izquierda. Rafael Sánchez-Concha explicó que el niño «sufrió un golpe terrible, la pierna se iba a gangrenar y los médicos la iban a amputar. Los padres pusieron una estampita del Beato Martín y al día siguiente amaneció curado».

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Conmemoración de todos los fieles difuntos.

La Iglesia, ya desde sus mismos orígenes, vive con la convicción de su comunión con los fallecidos y por ello ha mantenido con gran piedad la memoria de los difuntos. La comunión de los que aún «peregrinan» en la tierra con los fieles que han muerto se consolida en la comunicación de bienes espirituales. El sentido pascual de la muerte de los fieles es muy evidente y su luz se debe reflejar en los formularios y en la piedad de los fieles ante la celebración de la conmemoración de los difuntos. La fe de los cristianos en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y en su acción creadora, salvadora y santificadora, culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al final de los tiempos para la vida eterna. Por ello los justos, después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado, cuando él los resucitará en el último día. Efectivamente, como afirma San Pablo, si el Espíritu de aquel que ha resucitado a Cristo de los muertos habita en nosotros, así aquel que ha resucitado a Cristo de entre los muertos, dará la vida también a nuestros cuerpos mortales por medio del Espíritu que habita en nosotros. Cristo es el principio y causa de nuestra futura resurrección (cf. Rm 8, 11; ICo 15, 20-22; 2Co 5, 15). Dios, que de hecho puede crear de la nada, puede también dar la resurrección, la vida del cuerpo, pues es él mismo el que cía la vida a los muertos y llama a la existencia lo que todavía no existe (Rm 4, 17; Flp 3, 8-11). La Iglesia, ya desde sus mismos orígenes, vive con la convicción de su comunión con los difuntos y por ello ha mantenido con gran piedad la memoria de los difuntos, ofreciendo por ellos sus sufragios. Esto se afirma ya en el Antiguo Testamento: Es una idea piadosa y sana rezar por los difuntos para que sean liberados del pecado» (2M 12, 45). Nuestra oración por ellos se actúa especialmente por el ofrecimiento del sacrificio de la Eucaristía (CM’, n. 1371). También son sufragios las limosnas, las obras de penitencia y las indulgencias, que tienen su eficacia a partir del ministerio de la Iglesia, cuando aplica en casos concretos los méritos o satisfacción de Cristo y de los santos (CIC, nn. 1471, 1476). De esta forma la Iglesia puede no sólo ayudar a los difuntos, desgravándoles de la pena temporal debida por los pecados para que puedan llegar a la visión beatífica de Dios, sino también hacerlos eficaces intercesores por los que aún viven (CIC, nn. 958, 1032, 1414, 2300). De hecho, la comunión de los que aún «peregrinan» en la tierra («parroquianos») con los fieles que han muerto en la paz de Cristo, no sólo no se rompe, sino que, conforme a la fe perenne de la Iglesia, se consolida en la comunicación de bienes espirituales. La fe ante la muerte no incluye solamente el hecho de que se puede ayudar a los difuntos que están todavía purificándose antes de poder entrar en la visión beatífica, sino que debe recordar fuertemente la venida final de Cristo glorioso y nuestra resurrección corporal. En ese «momento» se llevará a cabo la restauración de todas las cosas, como afirman San Pedro y San Pablo (lIch 3, 19-21; Rm 11, 15) y la resurrección de los cuerpos, y se hará el juicio a los vivos y a los muertos, revelando el secreto de las conciencias y dando, conforme a las obras hechas, la gloria o la condena. Será entonces cuando se forma definitivamente el Cristo total (Ef 4, 13). El centro de nuestra fe es la resurrección de Cristo y, por lo tanto, nuestra resurrección personal (1Co 15, 12-14.20). La historia de esta afirmación central de la fe cristiana ha tenido una revelación progresiva. Consta claramente en la afirmación del segundo libro de los Macabeos (7, 9-14), que se fundamenta en el hecho de ser Dios creador del hombre todo entero, cuerpo y alma y, asimismo, por su alianza con Abrahán y su descendencia, como Dios de vivos y no de muertos (Mc 12, 24.27). Cristo en su buena noticia insiste numerosas veces en que él es la resurrección y la vida (Jn 11, 25). Es Jesús el que resucitará en el último día a los que han creído en él y habrán participado de su Cuerpo y de su Sangre. Aunque, después de la muerte, el cuerpo se deshaga en el polvo, el alma va al encuentro con Dios. Dios en su omnipotencia, por la misma fuerza que actuó en la resurrección de Cristo, restituirá nuestro cuerpo definitivamente a una vida incorruptible, uniendo a él de nuevo el alma que lo «espera». Todos los hombres resucitarán, los que hicieron el bien para una resurrección de vida y los que hicieron el mal para una resurrección de condena (Jn 5, 29). El cuerpo en la resurrección será tal como es el de Cristo resucitado, un cuerpo «glorioso»» como el que contemplaron físicamente los apóstoles de Cristo resucitado (Lc 24, 39; ICo 15, 35-37.42.53). Para resucitar con Cristo es necesario morir con Cristo, es necesario salir del cuerpo, como en exilio, y habitar junto al Señor (2Co 5, 8; Flp 1, 23). Después llegará el día de la resurrección de los muertos. Es necesario caer en la cuenta de que en el más allá no existe el tiempo tal como se «contabiliza», o se experimenta en la tierra, en nuestro mundo de ahora. Por tanto, por muchos miles de millones de años «nuestros» que esperemos la resurrección corporal, eso no cuenta mínimamente en la felicidad mayor o menor de los bienaventurados en el cielo, ni de los que se purifican en el purgatorio (Santo Tomás, Comm. IV Sent. D. 5, q. 3, a.2. r. 4). Todo este sentido positivo debe iluminar la conmemoración de los fieles difuntos, y nuestra fe, esperanza y caridad sobre el destino definitivo personal y el de todos los difuntos. El momento mismo de

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Todos los Santos.

El 1 de noviembre es la solemnidad litúrgica de Todos los Santos, que prevalece sobre el domingo. Se trata de una popular y bien sentida fiesta cristiana, que al evocar a quienes nos han precedido en el camino de la fe y de la vida, gozan ya de la eterna bienaventuranza, son ya -por así decirlo- ciudadanos de pleno derecho del cielo, la patria común de toda la humanidad de todos los tiempos. 1.- El día de Todos los Santos cuenta un milenio de popular y sentida historia y tradición en la vida de la Iglesia. Fueron los monjes benedictinos de Cluny quienes expandieron esta festividad. 2.- En este día celebramos a todos aquellos cristianos que ya gozan de la visión de Dios, que ya están en el cielo, hayan sido o no declarados santos o beatos por la Iglesia. De ahí, su nombre: el día de Todos los Santos. 3.- Santo es aquel cristiano que, concluida su existencia terrena, está ya en la presencia de Dios, ha recibido –con palabras de San Pablo- “la corona de la gloria que no se marchita”. 4.- El santo, los santos son siempre reflejos de la gloria y de la santidad de Dios. Son modelos para la vida de los cristianos e intercesores de modo que a los santos se pide su ayuda y su intercesión. Son así dignos y merecedores de culto de veneración. 5.- El día de Todos los Santos incluye en su celebración y contenido a los santos populares y conocidos, extraordinarios cristianos a quienes la Iglesia dedica en especial un día al año. 6.- Pero el día de Todos los Santos es, sobre todo, el día de los santos anónimos, tantos de ellos miembros de nuestras familias, lugares y comunidades. 7.- El día de Todos los Santos es igualmente una oportunidad para recordar la llamada a la santidad presente en todos los cristianos desde el bautismo. Es ocasión para hacer realidad en nosotros la llamada del Señor a que seamos perfectos- santos- como Dios, nuestro Padre celestial, es perfecto, es santo. Se trata de una llamada apremiante a que vivamos todos nuestra vocación a la santidad según nuestros propios estados de vida, de consagración y de servicio. En este tema insistió mucho el Concilio Vaticano II, de cuya clausura se celebran ahora los 40 años. El capítulo V de su Constitución dogmática «Lumen Gentium» lleva por título «Universal vocación a la santidad en la Iglesia». Y es que la santidad no es patrimonio de algunos pocos privilegiados. Es el destino de todos, como fue, como lo ha sido para esa multitud de santos anónimos a quienes hoy celebramos. 8.- La santidad cristiana consiste en vivir y cumplir los mandamientos. “El santo no es un ángel, es hombre en carne y hueso que sabe levantarse y volver a caminar. El santo no se olvida del llanto de su hermano, ni piensa que es más bueno subiéndose a un altar. Santo es el que vive su fe con alegría y lucha cada día pues vive para amar”. (Canción de Cesáreo Gabaraín). «El santo es aquel que está tan fascinado por la belleza de Dios y por su perfecta verdad que éstas lo irán progresivamente transformando. Por esta belleza y verdad está dispuesto a renunciar a todo, también a sí mismo. Le es suficiente el amor de Dios, que experimenta y transmite en el servicio humilde y desinteresado del prójimo». (Benedicto XVI) 9.- La santidad se gana, se logra, se consigue, con la ayuda de la gracia, en tierra, en el quehacer y el compromiso de cada día, en el amor, en el servicio y en el perdón cotidianos. “El afán de cada día labra y vislumbra el rostro de la eternidad”, escribió certera y hermosamente Karl Rhaner. El cielo, sí, no puede esperar. Pero el cielo –la santidad- solo se gana en la tierra. 10.- Por fin, el día de Todos los Santos nos habla de que la vida humana no termina con la muerte sino que abre a la luminosa vida de eternidad con Dios. El día de Todos los Santos es la catequesis y celebración de los misterios de nuestra fe relativos al final de la vida, los llamados “novísimos”: muerte, juicio, eternidad. Y por ello, al día siguiente a la fiesta de Todos los Santos, el 2 de noviembre, celebramos, conmemoramos a los difuntos. Es día de oración y de recuerdo hacia ellos. Es día para saber vivir la vida según el plan de Dios. Es día, como el día, en el que la piedad de nuestro pueblo fiel visita los cementerios. Todo el mes de noviembre está dedicado especialmente a los difuntos y a las ánimas del Purgatorio.

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San Quintín, 31 de octubre.

Cada 31 de octubre la Iglesia Católica recuerda a San Quintín, mártir, nacido en la antigua Roma, aunque no hay certeza ni sobre el año ni el lugar exacto donde nació. Sí la hay sobre el año de su muerte: 287 d.C. “Quintinus” o Quintín fue el hijo de un senador romano que se convirtió al cristianismo. La tradición sugiere que fue bautizado por el Papa San Marcelino (p. 296-304) y que acompañó a San Luciano de Beauvais (s. III) en su predicación por la Galia (región romana que comprendía la actual Francia y parte de Bélgica).  Por siglos se ha sostenido que San Quintín realizó curaciones milagrosas y tenía la potestad de expulsar demonios. Por su testimonio de amor a Cristo suscitó la conversión de muchos paganos, aunque despertó también las sospechas y la mala fe de las autoridades civiles del imperio.  Fue acusado de profesar el cristianismo y conducido a la fuerza ante el gobernador-prefecto Ricciovaro (Rictiovarus). Este le reprochó haberse puesto de lado de aquellos que proclamaban la fe en un crucificado, algo que el ciudadano común consideraba deshonroso, propio de delincuentes y cobardes. Quintín le contestó a Ricciovaro que hacerlo constituía para él el más elevado honor, incluso más grande que ser el hijo de un senador.  Ricciovaro consideró las declaraciones de Quintín como una afrenta a su investidura y lo mandó encadenar y azotar. Luego dispuso que el joven debía ser conducido rumbo a Reims para ser juzgado. Después de ser flagelado, el joven cristiano fue llevado a un calabozo, de donde escaparía milagrosamente aprovechando la oscuridad de la noche.  Libre de nuevo, Quintín retomó la predicación. Lamentablemente fue descubierto de nuevo, y apresado por segunda vez. Se le trasladó a “Augusta Veromanduorum” (hoy la ciudad francesa de Saint-Quentin, en Vermand, renombrada en honor al ilustre santo). Allí permaneció en una mazmorra esperando su ejecución.  San Quintín fue decapitado y sus restos arrojados al río Somme, de cuyas aguas serían rescatados por un grupo de cristianos, se dice, encabezados por Eusebia, una anciana poseedora de cierta riqueza. Corría el año 287.  Hoy sus reliquias permanecen en la basílica de la ciudad que lleva su nombre.  Curiosamente, el nombre de San Quintín evoca hasta hoy muchas cosas. No obstante hay un episodio histórico que lo ha hecho célebre en el habla popular.  A mediados del siglo XVI, las coronas francesa y española se enfrentaron en San Quintín (Saint-Quentin), la localidad que lleva el nombre del santo, ubicada en la región de Picardía, condado de Vermand (Francia). La victoria la obtuvieron los españoles, pero fue tal la violencia y crudeza de la batalla que el nombre del santo fue inmortalizado a través de una frase alusiva al sangriento episodio: “¡Aquí se armó la de San Quintín!”. San Quintín es el patrono de los capellanes y cerrajeros. 

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San Gerardo,30 de octubre.

San Gerardo de Potenza, obispo del siglo XII, es celebrado cada 30 de octubre por su santidad, liderazgo espiritual y protección hacia mujeres embarazadas y partos difíciles. Vida y Obras San Gerardo nació alrededor del año 1080 en Piacenza, Italia, en una familia de noble origen. Desde joven mostró una profunda vocación religiosa que lo llevó a trasladarse al sur de Italia y dedicarse al servicio espiritual en Potenza. La comunidad local lo eligió obispo en 1111, donde ejerció un episcopado de aproximadamente ocho años, destacándose por su humildad, austeridad y dedicación al apostolado, especialmente con la juventud. La fiesta de San Gerardo se celebra el 30 de octubre, día en que la comunidad local honra su legado y devoción. Además del día de su festividad, la Iglesia conmemora el traslado de sus restos el 30 de mayo en Potenza. Sus restos se conservan bajo el altar que lleva su nombre en la Catedral de Potenza, donde continúan siendo venerados por los fieles  San Gerardo de Potenza es considerado el patrono de las mujeres embarazadas y de los partos porque su vida estuvo marcada por milagros y protección hacia las madres, demostrando su intercesión en situaciones de riesgo durante el embarazo y el parto. A lo largo de su vida, enfrentó falsas acusaciones y desafíos personales con humildad y perseverancia, incluyendo un episodio en el que una mujer lo acusó falsamente de haberla embarazado, demostrando su virtud y paciencia frente a difamaciones, lo que fortaleció su reputación de santidad  Estas experiencias de compasión y defensa de la integridad ajena sentaron las bases de su posterior devoción como protector de embarazadas. San Gerardo es conocido por haber realizado numerosos milagros relacionados con embarazos y partos. Se cuentan historias de mujeres que, ante complicaciones graves durante la gestación o el parto, invocaron su intercesión y fueron salvadas, llegando a dar a luz con bienestar.  Por ejemplo, una leyenda relata que una mujer en peligro de morir durante el parto sostuvo un pañuelo dejado por San Gerardo y sobrevivió, dando a luz a un niño sano.  Estas cadenas de milagros consolidaron su posición como protector y guía espiritual para las madres. San Gerardo fue canonizado en 1904 por el Papa Pío X, reconociendo oficialmente la santidad de su vida y su intercesión en casos de necesidad, especialmente los relacionados con mujeres embarazadas y partos complicados  Su festividad se celebra el 16 de octubre, día en que es especialmente venerado por embarazadas, madres y recién nacidos. Actualmente, las mujeres embarazadas continúan recurriendo a San Gerardo mediante oraciones, novenas y la veneración de imágenes del santo, buscando su protección y guía durante la gestación y el nacimiento de sus hijos. La devoción a San Gerardo se ha mantenido viva en diversas comunidades católicas en todo el mundo, reflejando su legado de cuidado y protección hacia las madres y los niños. En resumen, San Gerardo de Potenza se convirtió en patrono de las embarazadas debido a su vida de santidad, su intercesión milagrosa en partos difíciles y su dedicación a proteger a las mujeres y los niños, convirtiéndose en un símbolo de fe y esperanza para quienes enfrentan los desafíos del embarazo y la maternidad. La celebración de San Gerardo el 30 de octubre es un momento para honrar su vida ejemplar, su liderazgo religioso y su protección sobre los fieles, especialmente mujeres embarazadas, manteniendo viva la tradición y el culto en Potenza y más allá.

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San Narciso de Jerusalén, 29 de octubre.

El 29 de octubre se celebra el día de San Narciso de Jerusalén, obispo venerado por su santidad, paciencia y numerosos milagros atribuidos durante su servicio a la Iglesia. Vida y obra de San Narciso San Narciso nació a finales del siglo I, probablemente en Jerusalén o en Grecia, y desde joven recibió educación en la fe cristiana. A los 80 años fue nombrado obispo de Jerusalén y se dice que vivió hasta los 116 años. Durante su episcopado, presidió el concilio de Cesarea, donde se estableció que la Pascua se celebrara siempre en domingo, unificando la festividad con la tradición romana.   En el desempeño de su misión, San Narciso se caracterizó por un apego estricto a las enseñanzas cristianas, lo que le generó enemistades y calumnias por parte de tres de sus sacerdotes. Ante ello, se retiró a la vida eremítica durante ocho años, siempre manteniendo una vida de oración y cercanía a los fieles. Al regresar, perdonó a sus detractores y continuó su labor pastoral, nombrando al obispo Alejandro como coadjutor por su avanzada edad  Milagros y tradiciones Entre los milagros atribuidos a San Narciso destaca la transformación de agua en aceite para encender las lámparas en la iglesia durante la Vigilia Pascual, asegurando la continuidad del culto. En Girona, es recordado como protector de la ciudad: durante un asedio francés, su intercesión habría provocado que una gran cantidad de moscas ahuyentara a los invasores.   Celebración y devoción Su festividad se celebra cada 29 de octubre y es recordado como modelo de humildad, paciencia y fe. Además de San Narciso, el santoral de este día incluye otros santos y beatos como San Gaudencio de Brescia, San Honorato de Vercelli, San Zenobio, San Dodón y la Beata Chiara Luce Badano. Para los devotos, es un día propicio para pedir sabiduría, fortaleza espiritual y perseverancia en la fe, siguiendo el ejemplo de vida y dedicación de San Narciso. En resumen, San Narciso de Jerusalén es venerado como un ejemplo de santidad y liderazgo pastoral, y su festividad del 29 de octubre invita a recordar su vida de servicio, milagros y perdón.

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Santos Simón y Judas (Tadeo) Apóstoles, 28 de octubre.

Los dos apóstoles Simón y Judas Tadeo están unidos por la misma festividad. Es posible que el motivo se deba a su apostolado común en Mesopotamia y Persia, donde fueron a proclamar el Evangelio. No tenemos mucha información cierta sobre ellos, lo que sabemos es lo que se encuentra en el Nuevo Testamento. Simón recibe los apodos de «cananeo» y «zelote» (Mateo, 10:4; Hechos, 1:13), quizá porque estaba muy apegado a la idea teocrática y mesiánica de los judíos y se oponía firmemente a los romanos. Según la tradición del siglo II, recogida por Egisipo, habría sido el sucesor de Santiago el Menor al frente de la comunidad de Jerusalén entre los años 62 y 107, cuando fue martirizado bajo Trajano. Judas es el apóstol con el sobrenombre de Tadeo (Magnánimo), para distinguirlo del otro Judas, el traidor. Tadeo fue quien en la Última Cena preguntó a Jesús por qué se había manifestado sólo a los discípulos y no al mundo (cf. Jn 14,22). Los dos Apóstoles son nombrados entre los «hermanos del Señor» (Mt 13,55), pero no hay certeza de que sean efectivamente los dos Simón y Judas. Según una tradición, Judas evangelizó Palestina, Siria y Mesopotamia y murió mártir en Edesa. Las reliquias de Simón y Judas Tadeo se veneran desde el 27 de octubre de 1605, en la basílica de San Pedro, en el altar central del transepto izquierdo o tribuna de los Santos Apóstoles Simón y Judas, que desde 1963 está dedicado a San José Patrono de la Iglesia Universal.

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San Bartolomé de Bregantia.

Nació hacia el año 1200 en la ciudad italiana de Vicenza. Integrante de la familia de los condes de Bragança, fue formado en consonancia con su alcurnia. Estudió en Padua y tuvo la fortuna de conocer en plena juventud a santo Domingo de Guzmán, quien acababa de fundar en Vicenza. Tenía alrededor de 20 años cuando él le impuso personalmente el hábito dominico. Después de haber sido ordenado sacerdote, a Bartolomé le encomendaron sucesivas e importantes misiones. Una de sus cualidades destacadas era la predicación. Hábil y certero en sus argumentos, salía victorioso en su lucha contra los herejes. Por eso, aunque inicialmente había impartido Sagradas Escrituras, conociendo su inteligencia y virtud, fue enviado a diversos lugares. Celoso defensor de la paz y artífice de reconciliación, que ya había instaurado en zonas habitadas por la discordia como las regiones italianas de Lombardía y Emilia, aún dio un paso más. Y en 1233, mientras predicaba junto al P. Juan de Vicenza en Bolonia, fundó la Milicia de Jesucristo (conocida también como «fratres gaudentes») con el objetivo de restaurar la paz y defender la fe y libertad eclesiales. Inspirada en ella, hacia mediados de siglo un grupo de laicos perteneciente a la aristocracia, que procedían de las ciudades de Parma, Bolonia, Reggio Emilia y Modena, ante la urgente necesidad detectada de contrarrestar el empuje de movimientos como la Congregación de los Devotos (flagelantes), revitalizaron la Milicia retomándola con el nombre de Orden de los Caballeros de Santa María Gloriosa. Fue confirmada por Urbano IV en 1261 a través de una bula, y suprimida por Sixto V en 1559. En ella se integraron los miembros de la Milicia. Es decir que Bartolomé fue artífice indirecto de esta Orden. Él fue quien redactó los estatutos de esta fundación que fue aprobada por Gregorio IX en 1234 y se escindió en torno a 1260. El beatofue maestro regente de teología y consejero de este pontífice. En 1235, dos años despuésde haber fundado la Milicia, el capítulo general de la Orden efectuado en Bolonia lo designó Maestro del Sacro Palacio como sucesor de Domingo de Guzmán. Fue prior en distintos conventos que dirigió con sabiduría y prudencia.Al igual De la Orden de Predicadores que había hecho Gregorio IX, el papa Inocencio IV también contó con él, eligiéndole para acompañarle como teólogo al Concilio de Lyon en 1245.En 1248, siendo en esos momentos confesor del rey san Luís IX de Francia, este Santo Padre lo nombró obispo Nicosia, Chipre, juzgando esencial su presencia de hombre virtuoso allí, dado el conflicto existente en los Santos Lugares. Precisamente en esa época, el monarca francés encabezaba una expedición para combatir a los opositores de la fe en defensa de Tierra Santa, y Bartolomé le visitó en Palestina. Regresó con la invitación del rey para volver a verse en Francia. En 1254 el pontífice Alejandro IV lo designó prelado de Vicenza. Pero a causa de la persecución antirreligiosa impulsada por el violento Ezzelino III da Romano, que lideraba el movimiento gibelino pro imperial del norte de Italia, contrario al papa, no pudo asumir la misión plenamente, ya que por defender a los aterrados ciudadanos frente a este sanguinario dictador, tuvo que dejar la ciudad. A finales de ese año viajó a Inglaterra como legado pontificio. Reinaba entonces Enrique III que tenía la sede en Aquitania, y Bartolomé le acompañó a él y a la reina, en su viaje a París; entonces visitaron al rey Luís. En el transcurso de este encuentro, el santo monarca obsequió al beato con una preciadísima reliquia: una espina de la corona de El Salvador. En 1256 Alejandro IV volvió a encomendarle la sede de Vicenza. Pero Ezzelino continuaba su particular cruzada en contra de la Iglesia, y aunque Bartolomé se incorporó a la diócesis, el jefe de los gibelinos le obligó a abandonarla. A finales de 1259 murió Ezzelino, y unos meses más tarde, entrado ya el año 1260, pudo regresar a su sede. Con redoblados bríos ejerció su misión pastoral. Restituyó la paz en la región del Véneto, levantó las iglesias que habían sido destruidas y confirmó a todos en la fe. En ese tiempo mandó erigir la conocida iglesia de la Santa Corona, donde se venera la espina de la corona de Cristo que le regaló el monarca francés. En medio de tanto quehacer, Bartolomé escribió varios textos entre los cuales se conservan Expositio Cantici Canticorum y De venatione divini amoris, que tiene como trasfondo el pensamiento del Pseudo-Dionisio. Tuvo la gracia de participar en la segunda traslación de los restos de santo Domingo, que se produjo en 1267, dedicándole un panegírico. Y unos cuatro años más tarde de la misma, a finales de 1270 o a mediados de 1271, falleció en Vicenza con fama de santidad.

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San Evaristo, 26 de octubre.

San Evaristo sucedió a Clemente en la sede romana durante el reinado de Trajano. Se desconoce su fecha de nacimiento; murió alrededor del 107. En el Catálogo Liberiano su nombre aparece como Aristo. En los catálogos papales del siglo II usados por San Ireneo y San Hipólito, él aparece como el cuarto sucesor de San Pedro, inmediatamente después del Papa San Clemente. La misma lista le concede ocho años de pontificado, que cubren desde fines del siglo I hasta comienzos del siglo II (desde alrededor de 98 ó 99 hasta cerca de 106 ó 107). Las fuentes históricas más antiguas no ofrecen información auténtica sobre él. En su “Historia Eclesiástica” Eusebio de Cesarea dice meramente que él sucedió a Clemente en el episcopado de la Iglesia Romana, dato que era ya conocido de San Ireneo. Este orden de sucesión es indudablemente correcto. El “Liber Pontificalis” dice que Evaristo provenía de una familia helénica, y que era hijo de un judío de Belén. También le atribuye el reparto de iglesias definidas como tituli a los presbíteros romanos, y la división de la ciudad en siete diaconias o diaconatos; en esta declaración, sin embargo, el “Liber Pontificalis” atribuye arbitrariamente al tiempo de Evaristo una institución más tardía de la Iglesia Romana. Más confiable es la afirmación del “Liber Pontificalis” de que fue enterrado in Vaticano cerca de la tumba de San Pedro. El martirio de Evaristo, aunque tradicional, no está probado históricamente. Su fiesta se celebra el 26 de octubre. Los dos decretales atribuidos a él por Pseudo-Isidoro son falsificados.

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Santos Crisanto y Daría, 25 de octubre.

Los santos Crisanto y Daría fueron dos mártires del siglo III, quienes vivieron en tiempos del emperador Numeriano. De acuerdo a la tradición, Crisanto nació en Alejandría y fue hijo de Polemio, un patricio romano. Crisanto fue enviado por su padre a Roma, para que se entrene en las artes retóricas y la dialéctica. En la Ciudad Eterna se familiariza con las lecturas cristianas y los Santos Evangelios, y con la ayuda del presbítero Carpóforo se convirtió al cristianismo y pidió ser bautizado. Cuando su padre tomó noticia de su conversión intentó quebrar su voluntad para que regrese al culto pagano, pero no tuvo suerte. Molesto por lo sucedido, el padre mandó encerrar a Crisanto en un calabozo y empezó a enviarle mujeres a su celda. Una de esas fue Daría, esclava vestal que había conservado su virginidad. Crisanto le habló a Daría de Jesucristo y logró que esta se convirtiera. Entonces Crisanto le propuso matrimonio, pero con la condición de mantenerse castos y dedicarse a anunciar la Buena Noticia. Cuando Crisanto recuperó su libertad, la pareja se casó y dieron un gran testimonio. La tradición da cuenta de las innumerables conversiones logradas por Crisanto y Daría, empezando la de setenta soldados de la guarnición que los tenían custodiados. Toda una familia de nobles romanos también fue convertida por los esposos. Por tales motivos, Crisanto y Daría fueron condenados a morir. Diversas técnicas de tortura fueron aplicadas, y se les intentó matar de varias maneras. Como dichos intentos fracasaron, finalmente se decidió que fueran enterrados vivos. Se les condujo a la Vía Salaria donde fueron ejecutados.​ Sus restos posteriormente fueron trasladados para ser enterrados en la Vía Salaria Nova, en las catacumbas de Roma. Lamentablemente, dadas las condiciones en las que vivía la comunidad cristiana, o quizás por el deseo de extender la veneración de estos mártires, sus restos fueron reubicados en varias oportunidades. En el año 2008, durante las obras de restauración de la catedral de Reggio Emilia, fueron encontrados debajo del altar principal los esqueletos de una joven pareja romana. Los estudios con la prueba del carbono 14 arrojaron una datación entre los años 80 y 340 después de Cristo. Las osamentas además indicaban que se trataba de una pareja perteneciente a la nobleza de la antigua Roma. Dada la veneración con la que fueron enterrados es posible que se trate de los restos de los mártires Crisanto y Daría.

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