Santo del Día

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San Antonio María Claret, 24 de octubre.

Cada 24 de octubre, la Iglesia celebra a San Antonio María Claret, religioso y misionero español, quien llegó a ser arzobispo en América y confesor de una reina. Su figura está muy vinculada a la educación católica gracias a sus esfuerzos por promover escuelas, bibliotecas y grupos de lectores o estudiosos. A eso se suma, también, el trabajo de sus hijos espirituales, los claretianos -los miembros de la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María-, continuadores de su obra. Nacido en Sallent, Barcelona (España) en 1807, en su juventud fue obrero textil, razón por la que se le considera patrón de los tejedores y de la industria textil de Cataluña. Su padre era dueño de unos telares, donde Antonio tuvo que trabajar por lo menos en dos periodos, aunque por dentro se descubría llamado al sacerdocio. Él había manifestado esa inquietud desde muy joven y por eso sus padres invirtieron dinero en su formación, pero los altibajos económicos que sufrió su familia impidieron que tuviera continuidad en los estudios. Como fuera, Antonio siempre fue reconocido como un precoz devoto de la Virgen María y un amante de la Eucaristía. Alcanzada la adultez, el santo profesaría una piedad muy profunda a Nuestra Señora, haciéndola parte central en su vida y obra misionera. Era el amor maternal de María lo que Antonio experimentaba y por eso la tuvo siempre como protectora y guía. Tanto la inclinación a la vida sacerdotal, como la idea -presente en un periodo- de hacerse monje cartujo, o, tras ser ordenado, la voluntad de servir como un buen pastor -vicario, párroco y finalmente arzobispo- fueron expresiones de sintonía con el Espíritu Santo, que, sin María, Antonio María no hubiese entendido ni acogido. “Oh Virgen y Madre de Dios… soy hijo y misionero vuestro, formado en la fragua de vuestra misericordia y amor” (San Antonio María Claret). Un día, siendo aún muy joven, Antonio salió de paseo con unos amigos rumbo a la playa. De pronto, mientras caminaba por la orilla, fue arrastrado mar adentro por una ola muy grande. Como no sabía nadar, empezó a ahogarse. Preso del pánico, luchando para no hundirse, alcanzó a gritar: “¡Virgen Santa, sálvame!”. De pronto, sin saber bien cómo, estaba de regreso en la orilla, sano y salvo. Cada vez que Antonio volvía sobre el episodio, decía que había sido la Virgen quien lo había salvado. Años después de aquella experiencia, el joven catalán logró ingresar al seminario; y, transcurrida la formación, en 1835, fue ordenado sacerdote. Inicialmente asumió un cargo parroquial, pero su deseo más grande era ser misionero. Una vez dispensado del cargo, salió a predicar el Evangelio, primero en las periferias de Cataluña y luego hasta las Islas Canarias (1840-1850). En 1849 fundó la Orden de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, hoy conocidos como “claretianos”. También fue fundador (1855) de la Congregación de Religiosas de María Inmaculada (misioneras claretianas). Presidió la junta encargada del Monasterio de El Escorial (1859-1868), donde abrió una comunidad para eclesiásticos, un seminario y un colegio de enseñanza secundaria. Poco después de la fundación de su Orden, recibió el nombramiento como arzobispo de Santiago de Cuba. Inicialmente pretendió declinar al cargo pero tras un breve discernimiento aceptó el pedido papal. Antonio María viaja a América en 1850 para asumir la sede episcopal como arzobispo de Santiago de Cuba. Allí trabajó en el reordenamiento de la vida eclesial -la arquidiócesis había estado sin pastor por más de una década-, mientras combatía las injusticias sociales del entorno. El arzobispo Claret se enfrentó a los europeos que maltrataban a los naturales y preparó una edición especial de las Leyes de Indias para facilitar su divulgación, ya que estas podían ser buen instrumento para mejorar el trato hacia los esclavos. «Claret en Cuba. La bahía de Santiago de Cuba fue testigo de un evento trascendental: la llegada de Antonio María Claret, el nuevo Arzobispo. Este momento, impregnado de fe y esperanza, quedó grabado en la memoria de quienes lo recibieron con alegría y buena voluntad. Legado de Renovación y Compromiso Social La labor de Antonio María Claret en Cuba se centró en la renovación espiritual y pastoral del clero, así como en la fundación de comunidades religiosas. Su visión abarcó la educación de la juventud y el cuidado de las instituciones asistenciales, promoviendo el establecimiento de los Escolapios, los Jesuitas y las Hijas de la Caridad en la isla. Además, junto a María Antonia París, fundó las Religiosas de María Inmaculada Misioneras Claretianas el 27 de agosto de 1855. Claret no dudó en luchar contra la esclavitud y creó una Granja-escuela para niños pobres, una Caja de Ahorros con carácter social y bibliotecas populares. Su compromiso con los más necesitados lo llevó a promover las cajas de ahorro en Cuba, ganándose el reconocimiento como patrón de estas instituciones». Claret, odiado por los esclavistas, fue blanco de numerosas amenazas. Incluso sufrió un atentado: un hombre intentó asesinarlo con un cuchillo. Providencialmente, el atacante solo logró cortarle parte del rostro y el brazo derecho. El santo quedó malherido por un largo periodo, pero una vez repuesto, inició otro más de sus recorridos por su extensa arquidiócesis. Claret prosiguió así hasta que llegó el momento de dejar la isla y volver rumbo a España por pedido expreso de la reina Isabel II. De regreso a Europa continuó escribiendo textos relacionados con la fe y doctrina, así como otros de índole más espiritual, propicios para la formación de sacerdotes y religiosos. En uno de estos escribe: “Rezadle el Santo Rosario todos los días con devoción y fervor, y veréis como María Santísima será vuestra Madre, vuestra abogada, vuestra medianera, vuestra maestra, vuestro todo después de Jesús». La reina de España, Isabel II, llamó expresamente a Mons. Antonio María Claret para que fuese su confesor, servicio que cumplió cuidadosamente, en respuesta a la devoción y piedad con que la reina vivía. Ese lazo espiritual a la larga le trajo un serio inconveniente. España había pasado años de conflictos internos

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San Juan de Capistrano, 23 de octubre.

Cada 23 de octubre, la Iglesia recuerda a San Juan de Capistrano (1386-1456), fraile franciscano nacido en la ciudad de Capistrano, antiguo Reino de Nápoles (Italia), el 24 de junio de 1386. Hijo de un prominente barón alemán, Juan fue abogado y después juez, incluso llegó a desempeñarse como gobernador de Perugia. Una vez consagrado completamente al servicio de Dios, se convirtió en misionero, predicador y defensor de la fe. A raíz de la intervención que tuvo al lado de las huestes cristianas durante el llamado ‘Sitio de Belgrado’ (1456), fue nombrado patrón de los capellanes militares en 1984. Habiendo desarrollado una promisoria carrera secular, a los 30 años, tuvo un sueño en el que vio a San Francisco de Asís que lo llamaba a ser parte de la Orden de los Frailes Menores. Para Juan aquel sueño fue la confirmación del deseo que le encendía el corazón: consagrarse al servicio de los más necesitados. Él mismo había sufrido la carencia de todo cuando tuvo que pasar un tiempo en prisión, en momentos en los que la ciudad había caído en manos de sus enemigos, la familia Malatesta. Ya como miembro de la Orden, Juan empezó a destacar como buen estudiante y orador. Tuvo como preceptores a santos formadores, entre los que destacaba su maestro de Teología, San Bernardino de Siena (1380-1444), quien se convirtió en su amigo, y a quien tuvo que defender años más tarde de un conjunto de injustas acusaciones. Como sacerdote, Juan de Capistrano se convertiría en un predicador querido y admirado. Combatió el denominado “fraticismo”, herejía que pretendía distorsionar el mensaje evangélico echando mano de la regla y la espiritualidad franciscana. Debido al santo celo que mostró en estas arenas, a San Juan le cayó el apelativo de “Columna de la observancia” llegando a integrar la lista de los principales reformadores de la Orden. Fray Juan de Capistrano viajó por casi toda Europa predicando el Evangelio. Anduvo por Alemania, Bohemia, Austria, Hungría y Polonia. Vivía de manera sencilla, comiendo y durmiendo lo estrictamente necesario. Se ganó, en vida, la fama de obrar milagros, al punto que era habitual que le llevaran enfermos para que los cure. Y aunque dicha fama nunca fue de su agrado, no se negó a atender a nadie, por el contrario, siempre acogía a los enfermos con amabilidad y los bendecía en nombre de Dios. En 1456 se produjo el llamado Sitio de Belgrado, en el que las fuerzas otomanas (musulmanes) invadieron la región de Serbia y se disponían a hacer lo mismo en tierra de los húngaros. El número de otomanos era muchísimo más grande que el de los locales cristianos. Cuando los defensores de la ciudad estaban por huir en retirada, San Juan de Capistrano, quien vivía en Hungría en ese momento, tomó la bandera con la cruz y los animó al grito de “Jesús, Jesús, Jesús, creyentes valientes, todos a defender nuestra santa religión». Los musulmanes cayeron vencidos aquel día y tuvieron que abandonar la región. San Juan de Capistrano fue aclamado entonces como un héroe. Lamentablemente, no mucho después, aunque Hungría había sido librada de la invasión, sufrió otro tipo de flagelo: una gran peste se extendió en el país y muchos contrajeron la enfermedad, entre ellos el santo. Juan de Capistrano murió, como consecuencia de la peste, el 23 de octubre de 1456, a la edad de 70 años. Fue canonizado por el Papa Alejandro VII en 1690. San Juan de Capistrano fue el nombre que tomó una de las más famosas misiones franciscanas del siglo XVIII, durante la colonización de la Alta California, actualmente perteneciente a Estados Unidos. La bella ciudad que se construyó sobre la base de la misión mantiene su nombre hasta hoy. ¡San Juan de Capistrano, ruega por la cristiandad! ¡Que por tu santa intercesión ella se vea fortalecida en el amor por el mundo entero!

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San Juan Pablo II, 22 de octubre.

Cada 22 de octubre, la Iglesia Católica celebra la fiesta de San Juan Pablo II, el Pontífice que viajó por el mundo entero llevando un mensaje de paz y reconciliación, el hombre que habiendo sufrido las consecuencias de los totalitarismos del siglo XX, puso a la Iglesia de cara al siglo XXI. San Juan Pablo II, como heredero del Concilio Vaticano II, contribuyó enormemente a su asimilación, desarrollando un nutrido y sólido magisterio. Con los pies puestos en el suelo firme de la Tradición de la Iglesia y el Evangelio, supo proyectarse al futuro convocando a todos a ser parte de una “Nueva Evangelización” para el Tercer Milenio. Juan Pablo II, el Papa Peregrino, fue también un defensor incansable de la vida y la familia en todos los frentes. Así lo testimonian sus palabras: “El matrimonio y la familia cristiana edifican la Iglesia. Los hijos son el fruto precioso del matrimonio». Fue ordenado sacerdote en 1946 y en 1958 se convirtió en obispo auxiliar de la arquidiócesis de Cracovia. Al ser ordenado obispo, Karol eligió como lema oficial la expresión latina “Totus Tuus” (Todo tuyo) en honor a María Santísima, lema que mantuvo durante su largo pontificado. Su labor como arzobispo se caracterizó por la promoción de la pastoral para los sordomudos y ciegos, creó además el “Instituto de familia” y un programa social para ayudar a madres solteras en peligro de abortar, el que hoy lleva el nombre de “S.O.S Cardenal Wojtyla”. Wojtyła participó activamente en las sesiones del Concilio Vaticano II (1962-1965). Fue importante su colaboración en la elaboración de las constituciones dogmáticas “Gaudium et Spes” y “Lumen Gentium”. En 1964 sería nombrado arzobispo metropolitano de Cracovia y posteriormente, el 29 de mayo de 1967, creado cardenal por el Papa San Pablo VI, convirtiéndose en el segundo más joven de aquella época, con solo 47 años de edad. A la muerte del recientemente beatificado Juan Pablo I, en 1978, Wojtyla es elegido Sumo Pontífice adoptando el nombre de “Juan Pablo II”, en honor a su predecesor. Realizó 104 viajes apostólicos fuera de Italia y 146 al interior de ese país. Su pontificado fue el segundo más largo de la historia: 26 años, 5 meses y 18 días (9,666 días en total), desde 1978 hasta 2005. A Juan Pablo II se le reconoce como uno de los artífices de la caída de los regímenes comunistas totalitarios de la Europa Oriental de la segunda mitad del siglo XX. Ejerció, en ese sentido, un liderazgo decisivo en la consecución de la paz mundial y la liberación de los pueblos de las ideologías. También fue un crítico de los excesos del sistema capitalista y un defensor de la clase trabajadora. Lamentablemente, el Papa Juan Pablo II fue víctima de la violencia: sufrió un atentado el 13 de mayo de 1981 (día de la Virgen de Fátima), del que salió muy mal herido aunque logró sobrevivir. Dio un gran ejemplo al mundo cuando, ya recuperado, visitó en la cárcel al hombre que le disparó, el ciudadano turco Mehmet Ali Ağca, concediéndole el perdón. San Juan Pablo II siempre estuvo preocupado por los jóvenes. Fue él quien impulsó las “Jornadas Mundiales de la Juventud», con las que congregó a millones de ellos, provenientes de todas partes del mundo. También fue el inspirador y promotor de los “Encuentros Mundiales de las Familias». El Papa peregrino partió a la Casa del Padre el 2 de abril de 2005, a los 84 años de edad. Fue beatificado por el Papa Benedicto XVI en 2011 y canonizado en abril de 2014 por el Papa Francisco. En la homilía de la ceremonia de canonización, Francisco dijo: “San Juan Pablo II fue el Papa de la familia. Él mismo, una vez, dijo que así le habría gustado ser recordado, como el Papa de la familia”. Hoy, quienes le tienen devoción, lo recuerdan así. ¡Feliz fiesta de San Juan Pablo II, el Grande!

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San Hilarión, 21 de octubre.

San Hilarión nació en Palestina por el 291 y en una familia pagana que lo envió a completar sus estudios a Alejandría. Allí se convirtió al cristianismo y se entusiasmó con la vida de los monjes egipcios que lo dejaban todo y se iban al desierto como ofrenda de sacrificio al Señor. Fue a conocer a San Antonio Abad y se quedó admirado por su bondad, los ayunos y mortificaciones que hacía. Más adelante regresó a su patria donde se enteró de la muerte de sus padres, distribuyó todos sus bienes y se entregó a una vida en soledad con penitencia y oración por amor a Dios, venciendo numerosas tentaciones. Se cuenta que cuando San Hilarión ya había cumplido 22 años en el desierto y su fama de monje se había difundido por varias ciudades, una mujer que era despreciada por su marido por su esterilidad se presentó ante él y arrojándose a sus pies le dijo: «Perdona mi atrevimiento, pero considera mi necesidad. ¿Por qué apartas tus ojos? ¿Por qué huyes de la que te suplica? No mires en mí a una mujer, sino a una afligida. Mi sexo engendró al Salvador. No son los sanos los que necesitan del médico, sino los enfermos». San Hilarión se volvió hacia ella y le preguntó la razón de sus lágrimas. Cuando le contó que no podía tener hijos, levantó los ojos al cielo y la animó a tener confianza. Luego, con lágrimas en los ojos, la despidió. Pasado un año San Hilarión la volvió a ver con un hijo. La fama del santo se hizo más célebre cuando una madre de familia, con su marido y sus tres hijos, se detuvo en Gaza después de haber visitado a San Antonio. Ellos contrajeron unas fiebres extrañas y los médicos no podían curarlos. La mujer entonces iba de hijo en hijo, casi muertos, sin saber por quién llorar primero. La señora, olvidando su rango de dama rica, fue donde San Hilarión y le dijo: «En el nombre de Jesús, nuestro misericordiosísimo Dios, te imploro por su cruz y por su sangre que me devuelvas a mis tres hijos y así sea glorificado el nombre del Señor Salvador en esta ciudad pagana». El santo se resistía diciendo que nunca había salido de su celda y que no estaba acostumbrado a entrar en ciudades, pero la madre de familia postrada en tierra repetía: «Hilarión, siervo de Cristo, devuélveme a mis hijos. Antonio los tuvo en brazos en Egipto, sálvalos tú en Siria». El monje fue a ver a los enfermos y haciendo la señal de la cruz sobre cada uno, invocó el nombre de Jesús, y de inmediato el sudor de la fiebre brotó de sus cuerpos y probaron alimento. Los hijos, reconociendo a su madre que lloraba, besaron las manos del santo, bendiciendo a Dios. Tiempo después San Hilarión viajó por diferentes lugares buscando vivir sólo con Dios y para Dios, lejos de la fama de santidad. De esta manera llegó a la isla de Chipre donde, sumergido en la oración y las meditaciones, partió a la Casa del Padre por el año 371. Es conocido como el santo de la abstinencia y del ayuno perpetuo, y se le recuerda cada 21 de octubre.

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San Artemio de Antioquía, 20 de octubre.

San Artemio de Antioquía, conocido como «el gran mártir» o «megalomártir», fue militar y prefecto del imperio romano en Egipto, durante el siglo IV de nuestra era. Anteriormente había servido como oficial en el imperio de Constantino I. Uso su elevada posición para difundir el cristianismo. Durante el reinado de Juliano el Apóstata fue un hereje arriano, cazando y persiguiendo monjes, religiosas y obispos, incluido San Atanasio de Alejandría. Sin embargo a través de la oración y debido al horror de las persecuciones Artemio se convirtió a la ortodoxia cristiana, apoyando la fe y volviéndose contra los paganos, incluido el emperador Juliano. Artemio fue decapitado en la ciudad de Antioquía en el año 363, a donde había sido llamado por el emperador Juliano por mala administración de su provincia. Los cargos provenían de su persecución de los paganos en Alejandría, y su uso de tropas en la captura y despojo del Templo de Serapis promovida por el obispo arriano Jorge de Laodicea. En base a su martirio es considerado santo.

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San Pablo de la Cruz, 19 de octubre.

Fundador de los pasionistas, apóstol de la Pasión. Cada 19 de octubre, la Iglesia Católica celebra a San Pablo de la Cruz (1694-1775), sacerdote y místico italiano, quien invitaba a obrar “de manera que todos vean que llevas, no sólo en lo interior, sino también en lo exterior, la imagen de Cristo crucificado, modelo de toda dulzura y mansedumbre”. San Pablo entendía que la Pasión de Cristo en la cruz es «el don más maravilloso del amor de Dios, la fuerza que puede transformar al hombre y al mundo entero». Con esa convicción, y después de una intensa búsqueda espiritual, fundó la Congregación de la Pasión, cuyos miembros son conocidos como pasionistas. De ese tronco, brotó la rama religiosa femenina y después la seglar, las que integran en conjunto la familia pasionista. San Pablo de la Cruz, cuyo nombre de pila fue Pablo Francisco Danei Massari, nació en Ovada (Italia) en 1694. Recibió de sus padres una esmerada educación en la fe. Mientras que su madre despertó en él la piedad cordial por la Cruz de Cristo, su padre le leía frecuentemente las vidas de los santos, con el propósito de que Pablo se sienta siempre animado a ser una persona mejor. La familia estaba dedicada al comercio y tenía una posición acomodada. A los 19 años, estando en misa, el santo escuchó cómo el sacerdote predicaba ardorosamente sobre la penitencia y la oración. Aquella homilía le tocó profundamente el alma y cambiaría su vida en muchos aspectos, sería el empujón espiritual que lo animó a consagrarse a Dios. Decidido y lleno de fervor, Pablo empezó a poner todos los medios a su alcance para vivir santamente. Fueron tiempos de intensa oración y de serena alegría juvenil. Dios, poco a poco, iba preparando su corazón para cosas mayores, que debían ser realizadas con espíritu de renuncia y humildad. De pronto, una noche Pablo tuvo una visión mientras dormía en la que se le aparecía la Virgen María y le mostraba un hábito con el emblema de una nueva comunidad religiosa que debería vivir bajo el modelo de Jesucristo crucificado. San Pablo le contó de aquel sueño a su obispo, Mons. Gattinara, quien le propuso hacer lo que la Virgen le pedía: mandó que vista un hábito igual al del sueño, todo de color negro -el llamado “hábito de la Pasión”-. Tras vivir como ermitaño en San Esteban por algunos años, Pablo sería revestido con el hábito que la Virgen le mostró el 22 de noviembre de 1720, a los 26 años. Posteriormente, en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma, haría los votos y una promesa: promover la memoria de la Pasión de Cristo en medio de un mundo que vivía a espaldas del valor del sacrificio de Cristo. Junto a su hermano, Juan Bautista, el santo emprendió la misión de establecer la nueva comunidad religiosa. Ambos ya estaban dedicados al servicio de los más necesitados y los abandonados bajo la denominación de ‘los Hermanos Pobres’, pero ahora Dios les pedía dar un paso más hacia adelante. Los hermanos, a través de su labor, habían dado una especial atención a los enfermos. Los “pasionistas” -como se les empezaría a llamar- pedían limosna para poder ayudar a quienes, con su dolor, se habían unido a Cristo sufriente. El dinero recaudado se utilizaba para atender a la gente en las enfermerías y poder darles algo de comer. Cuando la nueva familia espiritual empezó a tomar forma, Pablo pidió audiencia con el Papa Benedicto XIV (1740-1758), quien aprobaría los estatutos para esta novísima “Congregación de la Pasión”. Sus miembros se consagraban a la vida de oración, centrándose en la meditación de la Pasión del Señor, sello indudablemente contemplativo; y a la proclamación del misterio del sacrificio de Cristo, realizado por la humanidad. Poco después, en 1727, Pablo y su hermano -el Venerable Juan Bautista de San Miguel- fueron ordenados sacerdotes. El Papa Clemente XIV (P. 1769-1774), sucesor de Benedicto XIV, convocó a San Pablo de la Cruz para que sea su consejero personal y, como señal de patrocinio a la Orden que fundó, le entregó el convento y la Basílica de los Santos Juan y Pablo, la que se convertiría en la Casa Madre de los pasionistas. La Orden la conserva hasta el día de hoy. En 1771 San Pablo de la Cruz funda, junto a la Madre Crocifissa Constantini, la rama femenina de la Congregación. En ese lugar, Pablo de la Cruz pasó sus últimos días, hasta 1775, cuando fue llamado a la presencia de Dios, a los 80 años de edad. El 29 de septiembre de 2006, el Papa Benedicto XVI envió, a través del Card. Tarcisio Bertone, un mensaje a los hermanos pasionistas con motivo del capítulo general de la Orden, celebrado en Roma. Se lee a la letra: “San Pablo de la Cruz concebía la Pasión de Jesús como la manifestación más grande del amor de Dios, capaz de convertir los corazones más de lo que puede hacer cualquier otro argumento. En efecto, sólo a la luz de la cruz podemos acercarnos al misterio del Amor de Dios”. Los pasionistas han dado numerosos frutos de santidad a lo largo de su historia, entre los que están San Vicente María Strambi (1745-1824), San Gabriel de la Dolorosa (1838-1862) y Santa Gemma Galgani (1903). De los prófugos, para que recapaciten; de los pecadores que quieren cambiar de vida; de los confesores, de los comerciantes.

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San Lucas Evangelista, 18 de octubre.

Patrono de los médicos y artistas. Cada 18 de octubre la Iglesia celebra a San Lucas Evangelista, autor del tercero de los evangelios y de los Hechos de los apóstoles. Gracias al relato de Lucas sobre la vida de Jesús, plasmado en su evangelio, los cristianos podemos conocer mejor a la Virgen María, la Madre de Dios. San Lucas registró muchos más pasajes de la vida de María que cualquiera de los otros evangelistas. Esto puede deberse a su cercanía con el apóstol San Juan, el discípulo amado, quien se hizo cargo de la Madre de Dios por encargo del mismo Jesús, hecho explícito mientras agonizaba en la cruz (Jn 19, 27). La fecha de nacimiento de San Lucas es incierta, aunque hay más consenso sobre dónde nació, Antioquía. Su nombre, Loukas, alude a una región que hoy forma parte de Italia, Lucania, y parece guardar relación con el término griego Leukos que quiere decir ‘blanco’ o ‘luminoso’. Se convirtió a la fe en Jesucristo alrededor del año 40 y se sabe que no conoció personalmente al Señor, pero sí a San Pablo, de quien fue discípulo. Lucas fue un hombre instruido -a diferencia de la mayoría de los apóstoles- y de amplia cultura. Se dice que fue médico y conocía de algunas artes como la pintura; su lengua materna fue el griego. En su evangelio, San Lucas pone de relieve a quienes sufren en el cuerpo o en el alma, especialmente a los pobres y los pecadores arrepentidos. Además, nos recuerda constantemente la necesidad de la oración. Lucas es el único autor del Nuevo Testamento que no tuvo origen judío y cuyos escritos estuvieron pensados para llevar la Buena Nueva a los pueblos gentiles. De hecho, Lucas empleó el griego koiné, es decir, la variante de la lengua griega más extendida de la antigüedad, junto al latín. De acuerdo a la tradición, Lucas habría predicado en Macedonia, Acaya, Galacia y Beocia. Sobre su destino final, ocurrido con posterioridad a la muerte de Pedro y Pablo, no se dispone de certeza suficiente. Se debate si murió martirizado o si, de acuerdo al Prefatio vel argumentum Lucae [Prefacio o defensa de Lucas], murió siendo anciano. ​Existe, por otro lado, una tradición basada en Gaudencio (PL 20, 962) según la cual Lucas habría sido martirizado junto a Andrés, el apóstol, en la tierra de Patras, provincia romana de Acaya. De acuerdo a esta misma tradición, Lucas habría muerto colgado de un árbol. Generalmente, a Lucas se le representa con un libro en las manos, al lado de un toro o novillo. La figura del novillo o buey está inspirada en un pasaje del Libro de Ezequiel (Ez 1, 10) y en un pasaje del libro del Apocalipsis. En ambos casos se hace alusión a cuatro seres vivientes que están en presencia de Dios. En el libro del Apocalipsis ‘los cuatro’ aparecen delante del trono del Cordero (Ap 4). La tradición ha identificado a esos cuatro seres con los cuatro evangelistas a través de lo que se conoce como el Tetramorfos [cuatro imágenes o formas], estilo habitual de la iconografía de los siglos VII-VIII. Una de esas cuatro imágenes corresponde a Lucas, a quien se representa en forma de toro o becerro (Ap 4, 6-7). San Lucas es el patrono de médicos, cirujanos, carniceros, encuadernadores, escultores, notarios y artistas, esto último debido a que se asegura que pintó una imagen de la Virgen María.

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San Ignacio de Antioquía, 17 de octubre.

Cada 17 de octubre, la Iglesia Católica celebra a San Ignacio de Antioquía (35-ca.107), Padre de la Iglesia y discípulo de los apóstoles San Pablo y San Juan, por lo que ostenta también el título de “Padre Apostólico”. A San Ignacio de Antioquía se le atribuye haber introducido la designación “católica” para referirse a la Iglesia fundada por Jesucristo. En una de sus cartas pastorales más conocidas, escribe: «Donde está Jesucristo, allí está la Iglesia católica». El adjetivo femenino “católica” proviene del término griego “katholikós”, que quiere decir “universal”. En otras palabras, la pretensión de Ignacio fue explicitar lo que a todas luces se vivía entre los miembros de la “ekklesia”, la comunidad fundada por Cristo: su carácter “universal” o “para todos”, donde no hay lugar para la exclusión, a la que todos están invitados si desean ser como Jesús. Todos están llamados a formar parte de ella -una auténtica novedad para la época-: hombres y mujeres, judíos y gentiles, ricos y pobres, poderosos y débiles, libres y esclavos. Es decir, gente de cualquier origen y condición. Para ser parte de la Iglesia bastaba querer seguir los pasos de Cristo, quien pasó por el mundo haciendo bien, liberando al hombre del pecado y la muerte. Con el término “católica” también se quiere indicar que en la Iglesia subsiste la plenitud del Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza, Dios hecho hombre, lo que supone al mismo tiempo que ella recibe de Él «la plenitud de los medios de salvación». Por último, es «católica» porque ha sido enviada a predicar la Buena Nueva a todo el género humano, hasta los confines del mundo. Ignacio nació en Siria, probablemente en el año 35, y murió ejecutado en Roma, capital del imperio, posiblemente entre los años 107 y 110. Fue el tercer obispo de Antioquía (70-107 d.C.), ciudad ubicada en la actual Turquía y, aunque no abundan los detalles sobre su vida antes de ejercer su cargo episcopal, se sabe con certeza de su entrega servicial por quienes se reconocían como cristianos -de acuerdo a los Hechos de los apóstoles (Hch 11, 26) fue en Antioquía donde se empezó a emplear el vocablo “cristiano” o “cristiana” como sinónimos de seguidores de Cristo. Antioquía, la comunidad cristiana que Dios le encomendó a Ignacio, era una de las más numerosas y sólidas de aquellos tiempos. Solía llamársele la “madre de las iglesias de la gentilidad”; expresión cuyo significado Ignacio comprendió muy bien y que lo condujo a velar no solo por su sede sino por todo seguidor de Jesucristo. En tiempos del emperador romano Trajano, San Ignacio fue apresado y trasladado a Roma para ser ejecutado allí, debido a su condición de ciudadano romano. De camino a su martirio, Ignacio fue redactando una serie de cartas dirigidas a las diferentes iglesias cristianas, con ánimo de orientarlas y fortalecer su unidad en Cristo. Al empezar cada epístola, al lado de su nombre, escribe “Teóforo”, que en griego quiere decir “portador de Dios”, como indicación de la manera como entendía su propia misión. En una de esas cartas se describe como «un hombre al que ha sido encomendada la tarea de la unidad». El Papa Benedicto XVI lo llamó, por eso, “el Doctor de la Unidad”. Finalmente, en la epístola dirigida a los cristianos de Trales, refuerza bellamente lo expresado anteriormente: “Amaos unos a otros con corazón indiviso. Mi espíritu se ofrece en sacrificio por vosotros, no sólo ahora, sino también cuando logre alcanzar a Dios… Quiera el Señor que en Él os encontréis sin mancha”. De acuerdo a la tradición, San Ignacio de Antioquía murió devorado por las fieras hacia el año 107, junto a muchos otros cristianos, en la ciudad de Roma, poco después de haber concluído su traslado desde oriente. La iconografía recoge el momento del martirio y hace aparecer al santo generalmente al lado de dos leones, que en muchas imágenes, aparecen mordiéndolo: “Para ser trigo de Dios, molido por los dientes de las fieras y convertido en pan puro de Cristo”. (Ignacio de Antioquía, Ad Rom. 4, 1).

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Santa Margarita de Alacoque, 16 de octubre.

Cada 16 de octubre la Iglesia celebra a Santa María Margarita Alacoque (1647-1690), religiosa francesa de la Orden de la Visitación de Santa María, conocida por haber sido testigo y depositaria de las promesas y revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús. Las apariciones del Señor, en las que mostró su amoroso corazón a Margarita, se produjeron en el lugar donde hoy se encuentra la Basílica del Sagrado Corazón, Paray-le-Monial (Francia). Marguerite-Marie Alacoque -nombre de pila de la santa- nació en Verosvres (Francia) en 1647. Cuando tenía ocho años, en 1655, su padre murió y ella ingresó al internado de las hermanas clarisas, donde empezó a sentirse atraída por la vida en común que llevaban las religiosas. Margarita María recibió la Primera Comunión a los nueve años. A los once empezó a desarrollar una dolorosa enfermedad reumática que la obligó a guardar cama, por lo que tuvo que dejar el internado y regresar a la casa familiar. En esas circunstancias, Margarita buscaría consuelo en la Virgen María, a quien prometió que si le devolvía la salud, se haría una de sus hijas. Después de casi cuatro años postrada, la niña recuperó milagrosamente la salud -la santa le atribuiría esta curación a la Madre de Dios por el resto de su vida-. La infancia de Margarita también estaría marcada por las tensiones familiares. La muerte de su padre precipitó que su abuela paterna y dos de sus tías se mudaran con ella. Estas mujeres se apoderaron de la casa y comenzaron a maltratar a su madre. A Margarita no la dejaban salir a la iglesia con libertad, a no ser para la misa del domingo, lo que se convirtió para ella en fuente de profunda tristeza, porque gustaba de ir al templo todos los días. La madre de Margarita, ella y sus cinco hermanos quedaron entonces a expensas de las intrusas, en condición de semiesclavitud. Aquejada por los constantes maltratos, a Margarita le pareció que nuestro Señor le estaba pidiendo algo especial. Pensó que debía imitarlo lo mejor posible para sobrellevar las penas y dolores, como los que Él sufrió en su Pasión. Por eso, en adelante, Margarita empezaría a aceptar las dificultades con más paciencia, con el deseo de asemejarse a Cristo sufriente. Descubrió cuánto le atraí­a la idea de estar frente al Sagrario, donde está Jesús Sacramentado. Ella relata cómo el Señor se le manifestaba en aquellos momentos de oración: «Soy lo mejor que en esta vida puedes elegir. Si te decides a dedicarte a mi servicio tendrás paz y alegría. Si te quedas en el mundo tendrás tristeza y amargura». Margarita, entonces, decidió hacerse religiosa, aun cuando no contó con el apoyo de sus familiares. Así, en 1671 fue admitida en la comunidad de La Visitación, fundada por San Francisco de Sales. Entró al convento de Paray-le-Monial. Allí, no todo fue color de rosa para la jovencita, sino que pasó por momentos difíciles, algunos de ellos causados por la dureza de trato de sus superioras o por las personalidades conflictivas de algunas de sus hermanas. Con todo, se produciría un giro impredecible. El 27 de diciembre de 1673 a Margarita se le apareció por primera vez el Sagrado Corazón de Jesús. Ella había pedido permiso para ir los jueves de 9 a 12 de la noche a rezar ante el Santísimo Sacramento. Se trataba de un gesto de piedad en memoria de las tres horas que Jesús pasó orando y sufriendo en el Huerto de Getsemaní; cuando de pronto, se abrió el sagrario y se descubrió en la presencia del Señor Jesús, en su humanidad y divinidad. Nuestro Señor tenía expuesto, sobre el pecho, su Sagrado Corazón: este aparecía llagado, rodeado de flamas ardientes y con una corona de espinas encima. Entonces, Jesús, señalando su propio corazón con el dedo, dijo: «He aquí el corazón que tanto ha amado a la gente y en cambio recibe ingratitud y olvido. Tú debes procurar desagraviarme». Ese fue el pedido inicial de Dios para que Margarita, su vidente, se dedicara a propagar la devoción al Corazón de Jesús como forma de desagravio. El Corazón de Jesús se le apareció a la vidente durante 18 meses más. En estos encuentros, el Señor le pidió en repetidas oportunidades que se celebre una fiesta dedicada a su Sagrado Corazón. Dicha celebración debería realizarse el viernes de la semana siguiente a la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo (Corpus Christi). Además, Jesús le comunicó a Margarita un conjunto de promesas para quienes se hiciesen devotos de su Corazón. Ella lo relata así: «Bendecirá las casas donde sea expuesta y honrada la imagen de mi Sagrado Corazón. Dará paz a las familias. A los pecadores los volverá buenos y a los que ya son buenos los volverá santos. Asistirá en la hora de la muerte a los que me ofrezcan la comunión de los primeros viernes (del mes) para pedirme perdón por tantos pecados que se cometen». Por esas cosas de Dios, el sacerdote jesuita San Claudio de la Colombiere (1641-1682) fue nombrado capellán del convento donde vivía Margarita. Entre ambos santos nacería un vínculo espiritual de inmediato, el que después tomaría una dimensión mayor: a la larga, la Compañía de Jesús se convertiría en la mayor propagadora de la devoción al Corazón de Jesús en el mundo. En la última etapa de su vida, Margarita fue nombrada maestra de novicias. El Corazón de Jesús le dijo: «Si quieres agradarme confía en Mí. Si quieres agradarme más, confía más. Si quieres agradarme inmensamente, confía inmensamente en Mí». El 17 de octubre de 1690, en Paray-le-Monial, Margarita fue llamada a la Casa del Padre. Su muerte se produjo en paz, pues llegó a ver cómo su comunidad había crecido en frutos de santidad gracias al Sagrado Corazón, y cómo mucho del rechazo que inicialmente hubo contra la devoción que impulsó a lo largo de años había desaparecido. Santa Margarita María murió confiada en que estaría para siempre al lado de su amadísimo Señor, cuyo corazón había enseñado

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Santa Teresa de Jesús, 15 de octubre.

Cada 15 de octubre, la Iglesia Católica celebra la fiesta de Santa Teresa de Ávila, Virgen y Doctora de la Iglesia (1515-1582); fundadora de la Orden de las Carmelitas Descalzas y reformadora de la vida religiosa. En virtud al nombre que adoptó al consagrarse, también se le conoce como Santa Teresa de Jesús. Esta valiente mujer impulsó una de las reformas más impresionantes de la historia de las órdenes religiosas: la reforma del Carmelo. Mística y escritora de ascendencia judía es reconocida tanto por su contribución a la espiritualidad católica como a las letras españolas. Solo Dios basta “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: solo Dios basta”. Estas líneas pertenecen a uno de los poemas de Teresa: de alguna manera, son una acabada síntesis de la densidad de su obra -un auténtico itinerario espiritual-, fruto de su profundo amor por el Señor Jesús. “Nada te turbe” puede contarse entre las más hermosas plegarias que existen, ha sido traducida a numerosas lenguas y es oración de uso común para muchísimos católicos alrededor del mundo. Dada su santidad y sus dotes teológicos, Teresa ostenta el título de ‘Doctora de la Iglesia’. De hecho, fue la primera mujer en recibir tal distinción en la historia de la Iglesia. Y puede decirse, sin caer en ningún exceso, que fue la gran reformadora del siglo XVI, siglo que empezó con la revuelta protestante. Santa Teresa nació en Ávila (España) el 28 de marzo de 1515. Su nombre completo fue Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, aunque se hizo llamar generalmente ‘Teresa de Ahumada’. A los 18 años ingresó al Carmelo. Y muchos años después, a los 45, buscando responder a las gracias extraordinarias que recibía del Señor, emprendió la reforma de su propia Orden. Teresa de Jesús, como empezó a hacerse llamar, estaba llena de ansias de una auténtica renovación que recuperara el espíritu original del Carmelo, en buena parte perdido por esos años. Los monasterios carmelitas se hallaban, en su mayoría, contagiados de cierto aburguesamiento, y lejos de estar sometidos al mandato de Cristo, sus puertas y ventanas dejaron pasar vientos mundanos que soplaron por pasadizos y celdas, apoderándose de muchos corazones. Así, apoyada en otro exponente máximo de la mística española, San Juan de la Cruz (1542-1591), amigo y director espiritual, Teresa dio inicio a la reforma carmelitana. Al Monte Carmelo, a pie descalzo A pesar de las incomprensiones, el rechazo inmediato de muchos, las habladurías y las falsas acusaciones -algo que llevaría a la santa a comparecer ante la Inquisición-, Teresa no se detuvo en el proyecto que el Señor le había encomendado. Siempre con la orientación y guía de las autoridades eclesiales, así como de los directores espirituales que tuvo, Santa Teresa se empeñó en la fundación de nuevos conventos en los que reorganizó la vida de las religiosas de claustro, optando por un espíritu más austero, sin vanidades ni lujos. Algún tiempo atrás Teresa tuvo tanto un corazón apasionado como una inteligencia vivaz. Sin embargo, aun con eso, no se libró de pasar gran parte de su vida religiosa sumida en la mediocridad y el desasosiego, acentuados por enfermedades y dolencias físicas. Y cuando quiso hacer las cosas mejor, tampoco pudo evitar eso que San Juan de la Cruz llamó místicamente “la noche oscura del alma”. Dios permitiría que experimente todo esto en carne propia por largos periodos, aunque no sin sentido. A la mitad de sus cuarenta, cuando Teresa por fin se dejó conducir de veras por Dios -sea a través de la oración o la lectura espiritual-, su interior empezó a redescubrir el primer amor al Crucificado. Y eso sería solo el primer paso. En las largas horas de contemplación de cara a su amado Jesús, Teresa empezó a experimentar éxtasis y arrebatos místicos. Y, contra lo que cierto prejuicio podría sugerir, jamás perdió el sentido de lo práctico ni la habilidad para atender situaciones cotidianas. Es cierto que, como la mayoría de mujeres de su tiempo, tuvo escasa educación, pero eso no pareció ser impedimento alguno para mostrar un talento y sabiduría singulares. Tal era ese “saber” proveniente de Dios que personajes ilustres y poderosos se rendían ante ella y le pedían consejo. Al locutorio acudieron obispos, autoridades y miembros de la nobleza. Muchos de ellos, en gratitud, se hicieron sus cooperadores: cierto caudal de recursos materiales y financiamiento a su “reforma” empezarían a llegar. Dentro del corazón de Teresa, se iba confirmando eso que ella definió alguna vez como “el llamado dentro del llamado”. La santa carmelita sabía muy bien que toda obra de Dios es una tarea conjunta -Dios y su creatura- y que se requiere de mucha generosidad en todo sentido. Ella misma lo dice sin rodeos: «Teresa sin la gracia de Dios es una pobre mujer; con la gracia de Dios, una fuerza; con la gracia de Dios y mucho dinero, una potencia». ¡Doctora de la Iglesia! Los escritos de Santa Teresa de Ávila son guía segura en el camino de la vida espiritual y la virtud cristiana, una invitación a la perfección de la caridad: la santidad. Baste recordar algunos de sus títulos fundamentales: Vida (su autobiografía), Fundaciones, Camino de perfección, y, Las moradas del castillo interior. El Papa Benedicto XVI lo recordaba hace ya más de una década: “Santa Teresa de Jesús es verdadera maestra de vida cristiana para los fieles de todos los tiempos. En nuestra sociedad, a menudo carente de valores espirituales, Santa Teresa nos enseña a ser testigos incansables de Dios, de su presencia y de su acción” (Audiencia general, 2 de febrero de 2011). Teresa de Jesús partió a la Casa del Padre el 15 de octubre de 1582. Fue canonizada en 1622 por el Papa Gregorio XV y declarada Doctora de la Iglesia por San Pablo VI en 1970.

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