Santo del Día

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San Leandro.

Nació en Cartagena, hacia el año 540. Pertenecía a una familia de santos: sus hermanos Isidoro (que le sucedería como Obispo de Sevilla), Fulgencio (Obispo de Écija) y Florentina, le acompañan en el santoral. Elegido Obispo de Sevilla, creó una escuela, en la que se enseñaban no sólo las ciencias sagradas, sino también todas las artes conocidas en aquel tiempo. Entre los alumnos, se encontraban Hermenegildo y Recaredo, hijos del rey visigodo Leovigildo. Allí comenzó el proceso de conversión de Hermenegildo, que lo llevaría a abandonar el arrianismo y a abrazar la fe católica. Y, también, el enfrentamiento con su padre, que desembocaría en una guerra. A consecuencia de esta guerra, a Leandro le tocó ir al destierro. Cuando mejoró la situación, pudo volver a Sevilla. Hermenegildo había sido ajusticiado por orden de su padre. Pero este, en los últimos años de su vida, influenciado, sin duda, por el testimonio del hijo mártir, aconsejó bien a su otro hijo, Recaredo, que le sucedería en el trono. El nuevo rey, aconsejado por Leandro, convocó el Concilio III de Toledo, en el que rechazó la herejía arriana y abrazó la fe católica. A Leandro le debemos no sólo la conversión del rey, sino también el haber contribuido al resurgir de la vida cristiana por todos los rincones de la Península: se fundaron monasterios, se establecieron parroquias por pueblos y ciudades, nuevos Concilios de Toledo dieron sabias legislaciones en materias religiosas y civiles… Se ha dicho que Leandro fue un verdadero estadista y un gran santo. Y es verdad. Porque, al mismo tiempo que desarrollaba esa vasta labor como hombre de Estado, nunca olvidaba que, como obispo, su ministerio le exigía una profunda vida religiosa y una dedicación pastoral intensa a su pueblo. Predicaba sermones, escribía tratados teológicos, dedicaba largos ratos a la oración, a la penitencia y al ayuno… Murió el Obispo Leandro, en Sevilla, hacia el año 601. Su fiesta se celebra el 13 de noviembre.

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San Josafat.

Cada 12 de noviembre la Iglesia Católica celebra a San Josafat, mártir de la cristiandad, quien fuera obispo greco-católico ruteno (originario de la antigua y desaparecida “Rus de Kiev”) en el siglo XVII. San Josafat de Lituania -como también es conocido- es considerado el patrono de la vuelta a la unidad entre cristianos ortodoxos y católicos, divididos por un cisma histórico (1054) que pese al paso de los siglos clama por una reconciliación definitiva. Josafat (Juan) Kuncewicz nació en Volodimir de Volinia, ducado de Lituania, en 1580. Hijo de padres ortodoxos, vivió en tiempos en los que la Iglesia ortodoxa tradicional y la Iglesia greco-católica bielorrusa de rito griego se encontraban en una pugna constante. Esta última -de la que formaría parte Josafat- llegó a restablecer la plena comunión con Roma durante el Concilio de Florencia (1451-1452), reconociendo oficialmente el primado de Pedro sobre el resto de obispos. Josafat se integró así al catolicismo y fue admitido en la Orden de San Basilio. Recibió el orden sacerdotal en el rito bizantino y posteriormente sería nombrado arzobispo de Polotsk (actual Bielorrusia). Es claro que al Arzobispo San Josafat le tocó vivir tiempos turbulentos. El cisma seguiría siendo una herida abierta en el corazón de la cristiandad: muchos templos fueron destruidos y se hallaban en ruinas, mientras se acrecentaba la crisis del clero secular católico debido a la presencia de sacerdotes casados -entre ellos incluso algunos polígamos- y una vida monástica en franco declive. San Josafat convocó a un sínodo a los pastores bajo su mando con la intención de enfrentar la crisis, publicó un catecismo, dispuso ordenanzas sobre la conducta del clero y buscó acabar con las interferencias del poder secular en los asuntos de la iglesia local. A la par, trabajó incansablemente por asistir a sus feligreses fortaleciendo la administración de los sacramentos y la atención a los más necesitados, pobres, enfermos y prisioneros. Su celo pastoral le acarreó calumnias, críticas malintencionadas e incomprensiones. Se hizo de enemigos “externos”, pero también de inesperados enemigos “internos”, puesto que muchos católicos querían evitar el imperio de la disciplina espiritual y las exigencias propias de la caridad -que deben prevalecer siempre en la jerarquía-. De esta forma, Josafat se convirtió en blanco de una serie de conspiraciones para defenestrarlo, e incluso asesinarlo. El santo, en respuesta al peligro inminente sobre su vida, declaró: “Estoy pronto a morir por la sagrada unión, por la supremacía de San Pedro y del Romano Pontífice». El 12 de noviembre de 1623, al grito de “¡Muerte al papista!”, San Josafat fue atacado por la turba extremista ortodoxa y luego asesinado -cayó atravesado por una lanza-. El Beato Pío IX, en 1867, fue el encargado de canonizar a San Josafat, convirtiéndolo en el primer santo de la Iglesia Católica de Oriente que pasó por un proceso formal de canonización. Durante el Concilio Vaticano II, y a solicitud del Papa San Juan XXIII, los restos de San Josafat fueron puestos en el altar de San Basilio, en la Basílica de San Pedro. El Papa Pío XI, en su Carta Encíclica “Ecclesiam Dei” [La Iglesia de Dios] escribió que San Josafat “comenzó a dedicarse a la restauración de la unidad, con tanta fuerza y tanta suavidad a la vez y con tanto fruto que sus mismos adversarios lo llamaban ‘ladrón de almas’”.

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San Martín de Tours.

Cada 11 de noviembre la Iglesia Católica celebra la fiesta de San Martín de Tours (siglo IV), el soldado romano convertido al cristianismo que llegó a ser obispo, y que quedó inmortalizado en la memoria de la Iglesia por uno de sus gestos de caridad. San Martín de Tours es patrono de iglesias, asociaciones, iniciativas y diversos lugares alrededor del mundo. Martín nació en Panonia (actual Hungría) alrededor del año 316. Fue hijo de padres paganos. Su padre fue militar y él, siguiendo la tradición familiar, ingresó a los 15 años a la guardia imperial romana. Mientras integraba el ejército, se convirtió al cristianismo y fue admitido como catecúmeno. Martín dejó así de ser ‘soldado del emperador’, para ‘defender a otro Señor’ y ‘extender’ su Reino en la tierra. Algo sin duda mejor, muy por encima de los habituales anhelos de gloria y honor que rigen este mundo. Aunque algunos hagan mofa del lenguaje ‘bélico’ -sin duda metafórico- que se usa para explicar ciertos aspectos de la vida cristiana, o vean en este las supuestas trampas del belicismo, que creen inherente a la religión, el cristianismo va en otra dirección: el Reino de Dios no es de este mundo (ver: Jn 18, 33-37). Y el Reino de Dios descansa sobre la justicia y la misericordia divinas y no sobre el capricho humano. Por eso, en la Tradición y en la Escritura -“La vida del hombre sobre la tierra es milicia” (Jb 7,1-4.6-7)- abundan las analogías o símiles entre el campo de batalla, la disciplina militar y el combate real que se ha de librar contra el pecado y el mal, empezando por el propio interior, por el propio corazón. El ‘soldado’ no es per se alguien carente de juicio, empatía o humanidad, una suerte de asesino amparado en el poder de algunos. La razón de ser del soldado es defender una causa noble, con un nivel de compromiso que puede poner en juego la propia vida, con tal de hacer el bien a los demás. Esa es la esencia del ‘soldado’, o, en todo caso, esa debería ser siempre. La corona del buen soldado es la victoria sobre el mal. ¡Victoria! canta el cielo por Martín. El vínculo de Martin con la carrera militar hizo que la tradición católica lo eligiera como patrono de la Guardia Suiza, el llamado “ejército del Papa”, que alguna vez cumplió funciones convencionales -propias de las campañas militares-, defendiendo en siglos pasados los Estados Vaticanos, pero que hoy sólo custodia la Ciudad del Vaticano y a quienes residen o transitan por su pequeño territorio. Hacia el año 337, encontrándose Martín con las huestes romanas en Amiens, al norte de Francia, vio a un mendigo recostado junto a la puerta de la ciudad, tiritando de frío. El noble soldado al verlo en esas condiciones, espada en mano, dividió su capa en dos: una mitad la conservó por respeto a quien se la otorgó -el Imperio al que servía- mientras que la otra la usó para cubrir el cuerpo casi congelado del mendigo, dándole el cobijo y abrigo que necesitaba. El gesto dejó atónitos a quienes lo presenciaron, pues los oficiales romanos, por regla, jamás debían mostrar compasión o piedad por nadie, menos hacia los débiles. Días después de lo que hizo, Martín tuvo un sueño en el que Cristo se aparecía diciéndole a los ángeles: “Martín, siendo todavía catecúmeno, me ha cubierto con este vestido”. Cristo mismo le confirmaba así al santo que «En verdad os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis» (Mt 25, 40). Ese gesto de amor por el prójimo, de desprendimiento, de valentía y de justicia, ha quedado perennizado. El arte, en óleos y frescos, lo ha representado innumerables veces como puede constatarse fácilmente si se revisa la iconografía del santo, aunque mención aparte merece la impresionante pintura que hizo el Greco (1541-1614) representando a San Martín sobre su caballo, cortando su capa para dársela a un hombre desnudo. Una vez que Martin renunció a la milicia, se unió a los discípulos de San Hilario de Poitiers y adoptó el modo de vida ascético y de oración constante. Lamentablemente, Hilario tuvo que exiliarse y abandonar Poitiers, por lo que Martin decidió también dejar la ciudad y asentarse en Milán. Allí se reencontró con su madre, a quien convirtió al cristianismo. Lamentablemente no tendría la misma suerte con su padre. Cuando Hilario regresa a Poitiers, Martin decide ir a su encuentro. De vuelta a la ciudad francesa, se dedicó a impulsar la construcción de un monasterio en Ligugé -el primero en construirse en Europa-. Allí vivió como monje durante una década bajo la dirección espiritual de Hilario, su preceptor espiritual. Este lo prepararía para el diaconado y el sacerdocio. Tras recibir el orden sacerdotal, Martin fue elegido obispo de la ciudad de Tours. Como obispo, Martin se dedicó a la evangelización y a combatir la influencia pagana dentro de la Iglesia, en especial la producida por el gnosticismo. En ese propósito tuvo que enfrentar al obispo hispanorromano Prisciliano (inspirador de la doctrina herética de índole ascética conocida como priscilianismo, cercana al maniqueísmo). Martin estuvo permanentemente en disputa con Prisciliano en el campo doctrinal, pero aún con eso, no dudó en mostrar su abierto rechazo al encarcelamiento y condena a muerte de Prisciliano, ordenadas por Magno Máximo, emperador romano, a consecuencia de las presiones políticas ejercidas por Idacio, obispo de Mérida. Martín intercedió por Prisciliano ante el emperador, pero este no le hizo caso y se inclinó a favor de Idacio. Martín, golpeado por estos tristes sucesos, rompería todo vínculo con el obispo de Mérida hasta el epílogo de sus vidas, cuando se reconciliaron. El obispo Martín fundó una comunidad denominada “Maius Monasterium” (monasterio mayor), también conocida como Marmoutier (Francia). Además, en su afán evangelizador, dedicó los últimos 25 años de su vida a viajar por las regiones de Turena, Chartres, París, Autun, Sens y Vienne.​ La muerte lo encontró en

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San León Magno.

Cada 10 de noviembre, la Iglesia Católica celebra a uno de los pontífices más importantes de la antigüedad cristiana, cuya influencia fue determinante en la consolidación de la autoridad espiritual de la Sede de Pedro frente al poder terreno: San León Magno (‘El Grande’), Doctor de la Iglesia. Fue el pontífice número 45, y gobernó la Iglesia entre los años 440 y 461 (siglo V). San León Magno nació en Toscana (hoy parte de Italia), alrededor del año 390. Llegó a ser secretario de los Papas San Celestino (p. 422-432) y Sixto III (p. 432-440). Este último lo envió, en el año 440, como su representante en misión diplomática en la Galia (hoy Francia) con el objetivo de evitar el enfrentamiento entre dos autoridades imperiales: el jefe militar de la provincia, Aecio, y el tribuno consular de aquella región, Albino. Fue durante el cumplimiento de este encargo eclesial que León recibió la noticia de que había sido elegido Sumo Pontífice. Como sucesor de Pedro, León destacó por ser un gran pastor, siempre atento a las necesidades de su grey. Fue un fervoroso predicador, famoso por sus homilías en las fechas litúrgicas especiales, además de un prolífico escritor. Sus cartas a los cristianos de las periferias de Occidente son un buen ejemplo de la habilidad de su pluma. Se conservan muchos de sus sermones y misivas, considerados auténticos tesoros doctrinales. “El que ama a Dios se contenta con agradarlo, porque el mayor premio que podemos desear es el mismo amor; el amor, en efecto, viene de Dios, de tal manera que Dios mismo es el amor”, escribió el Papa León en uno de sus sermones. Para León la vida cristiana puede interpretarse como una invitación a arrebatar el premio más grande, que es Dios mismo; en consecuencia, la santidad debe ser el propósito natural de la vida, ya que no hay nada que se desee más que el amor verdadero. Durante sus 21 años de pontificado (440 – 461), el santo trabajó incesantemente por la unidad e integridad de la Iglesia. Luchó contra algunas herejías muy peligrosas como el “nestorianismo”, que afirma que en Jesús hay dos personas de distinta naturaleza, una divina y otra humana; el “monofisismo”, que sostiene que en Cristo solo hay naturaleza divina; el “maniqueísmo”, que sostiene que el espíritu del hombre es de Dios y el cuerpo del demonio; y el “pelagianismo”, que sostiene que el pecado original no es tal y por lo tanto la redención se obtiene por mérito individual, sin necesidad de la gracia (con lo que la redención obrada por Cristo perdería su sentido). La tradición señala al Papa León como un pontífice lúcido y sabio, cuya autoridad era reconocida por todos, incluso por quienes ostentaban algún poder secular. Esta noble consideración no es fruto del azar. La Iglesia Católica, desde su fundador, Jesucristo, ha mostrado con la palabra y la acción que la autoridad no es carta libre para el uso y abuso del poder, sino una puesta en servicio a todos los hombres. Quien ostenta autoridad, como el Maestro, se pone de rodillas y le lava los pies a sus discípulos, o a quienes están bajo su mando (ver: Jn 13). En un episodio memorable, acaecido durante el Concilio de Calcedonia (451), cuarto concilio ecuménico, los 600 obispos congregados en asamblea se pusieron de pie, en señal de adhesión, luego de haber escuchado la carta que San León les había dirigido (Carta dogmática a Flaviano, Tomus Leonis). En ella, el Pontífice hacía referencia a la plena divinidad de Cristo y a su plena humanidad. Contra la herejía cristológica del momento, el Papa León afirmó la total consustancialidad de Cristo con el Padre, por su divinidad, y su total consustancialidad con nosotros, por su humanidad (unión hipostática). Ergo, Cristo no podía ser considerado menos que el Padre en el orden divino; ni menos, ni más, que cualquiera de los seres humanos. La cristología del Papa León se articulaba sobre la certeza de que en Cristo hay una sola persona “sin confusión ni división”. La aclamación de la asamblea fue tal que muchos empezaron a decir que “San Pedro había hablado por boca de León”. Tal elogio se popularizó tanto entre los Padres conciliares que quedaron consignadas en la declaración dogmática del concilio. Por otro lado, en tiempos del Papa León, la estructura del Imperio Romano de Occidente se hallaba resquebrajada, y se deterioraba con suma rapidez, siendo motivo de gran inestabilidad. El Papa León tuvo que cumplir en consecuencia un papel decisivo en el ordenamiento de la vida civil y política. Cuando los hunos, liderados por Atila (395-453), habían ocupado el norte de la península itálica, la amenaza de la invasión y destrucción de Roma empezaron a sentirse como inminentes (año 451). Entonces, el Papa salió al encuentro del líder de los hunos, Atila, para disuadirlo de sus planes. Providencialmente el Pontífice logró convencerlo: Atila tomó la decisión de no entrar a Roma. Así, el más temido de los bárbaros se replegó hacia Hungría, probablemente convencido de que una campaña contra Roma no podría ser afrontada con huestes golpeadas por carencias y enfermedades. Años después, en 455, San León se vio obligado a negociar con otro feroz bárbaro, Genserico (389-477), jefe de los vándalos, y aunque no pudo evitar el saqueo de la capital del Imperio, logró que la Ciudad Eterna no fuese incendiada, ni sus habitantes masacrados. San León I murió el 10 de noviembre de 461, ya con el apelativo de “Magno” (Magnus, El Grande) ganado por su amor al pueblo, en honor a su sabiduría y por su grandeza espiritual. Fue canonizado más de mil años después, en 1574. “Las mismas divinas palabras de Cristo nos atestiguan cómo es la doctrina de Cristo, de modo que los que anhelan llegar a la bienaventuranza eterna puedan identificar los peldaños de esa dichosa subida” (San León Magno). ¡San León Magno, ruega por la Iglesia para que se mantenga siempre lejos de la confusión y cerca a la verdad que serviste!

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Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

Cada 9 de noviembre, la Iglesia celebra la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, la primera Basílica en ser construida en la ciudad de Roma, mucho antes que la Basílica de San Pedro. Así lo recordaba el Papa Benedicto XVI en noviembre del 2008: “Esta Basílica fue la primera en ser construida después del edicto del emperador Constantino, el cual, en el año 313, concedió a los cristianos la libertad de practicar su religión… El mismo emperador donó al Papa Melquíades la antigua propiedad de la familia de los Laterani y allí hizo construir la Basílica, el baptisterio y patriarquío. Es decir, la residencia del Obispo de Roma, donde vivieron los Papas hasta el período aviñonés”. La Basílica de San Juan de Letrán fue consagrada por el Papa San Silvestre el 9 de noviembre del 324. Se le llama Basílica “de San Juan” porque tiene dos capillas importantes, una en honor a San Juan Bautista y otra en honor de San Juan Evangelista. También se le conoce como “Basílica del Divino Salvador”, ya que en el año 787, cuando fue nuevamente consagrada, una imagen del Divino Salvador milagrosamente derramó sangre. La fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán empezó siendo una celebración local, circunscrita a la ciudad de Roma, pero que luego se extendió a toda la Iglesia de rito romano con el propósito de honrar a la iglesia “madre y cabeza de todas las iglesias de la urbe y el orbe”. Para los católicos es muy importante conservar en el calendario litúrgico celebraciones como la dedicación de una Basílica, porque son una referencia directa al culto que realiza  la Iglesia, así como a la memoria de quienes nos precedieron en esta tierra y a la historia del peregrinar de la fe a lo largo de los siglos. “Honrando el edificio sagrado, se quiere expresar amor y veneración a la Iglesia romana que, como afirma San Ignacio de Antioquía, ‘preside en la caridad’ a toda la comunión católica” (Papa Benedicto XVI).

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San Godofredo.

En Soissons, de Francia, muerte de san Godofredo, obispo de Amiens, que educado en la vida monástica desde los cinco años, padeció mucho en su labor incansable de dar solución a las luchas en la ciudad entre señores y plebeyos, así como por su dedicación a la reforma del clero y del pueblo. Día celebración: 8 de Noviembre.Lugar de origen: Soissons, Francia.Fecha de nacimiento: 1066.Fecha de su muerte: 8 de noviembre de 1115. A los cinco años de edad, Godofredo fue entregado al cuidado del abad de Mont-Saint-Quentin. Con el tiempo, este santo abrazó la vida religiosa y fue ordenado sacerdote. Luego, fue designado abad del monasterio de Nogent en Champagne, el cual estaba en un estado deplorable tanto en términos de edificaciones como de disciplina monástica. Bajo la guía de San Godofredo, el monasterio comenzó a prosperar. Impresionados por su éxito, el arzobispo de Reims y su consejo intentaron persuadir al santo para que asumiera el liderazgo de la prestigiosa abadía de San Remigio. Godofredo interrumpió las conversaciones con vehemencia y argumentó: «Que Dios no permita que yo abandone a una esposa pobre para casarme con una rica.» No obstante, en 1104, fue elegido obispo de Amiens. A pesar de su nuevo estatus, San Godofredo mantuvo una vida de gran humildad y simplicidad, siempre recordando su origen monástico. En efecto, vivía con gran modestia; en una ocasión, cuando sintió que su cocinero lo trataba demasiado bien, se dirigió a la cocina, tomó los mejores platos y los distribuyó entre los necesitados y los enfermos. En su papel de obispo, San Godofredo ejercía un gobierno firme, severo y absolutamente justo en su diócesis. En una ocasión, durante la misa de Navidad en presencia del conde de Artois en Saint-Omer, se negó a aceptar regalos de la nobleza hasta que estos acordaron vivir de manera más austera y sencilla. San Godofredo también defendió con firmeza los derechos de una religiosa que fue maltratada injustamente por las abadesas de San Miguel de Doullens, llegando a obligar a una de las abadesas a caminar a pie desde su abadía hasta Amiens para recibir una reprimenda. Se dice que el santo luchó tenazmente por obtener jurisdicción sobre la abadía de Saint-Valéry, debido a la negativa de los monjes de permitir que el obispo bendijera los manteles de los altares de su iglesia. San Godofredo también combatió enérgicamente la simonía y promovió el celibato entre el clero en su diócesis, lo que lo hizo impopular entre aquellos que llevaban una vida poco ejemplar. Su rigor en algunos casos llevó a Godofredo a considerar la renuncia y la vida cartujana. Es importante señalar que, en ocasiones, su severidad fue notable, como cuando prohibió el consumo de carne los domingos durante la Cuaresma. En noviembre de 1115, partió para tratar asuntos con su metropolitano y falleció durante el viaje en Soissons, donde fue sepultado. Oración a San Godofredo Oh Dios, que otorgaste a San Godofredo la gracia de ser un pastor fiel, humilde y firme en la verdad, concédenos por su intercesión un corazón limpio, una fe inquebrantable y un amor ardiente por tu Iglesia. San Godofredo, defensor de la justicia, modelo de austeridad y caridad, tú que no temiste corregir el error ni denunciar el pecado, ayúdanos a vivir con coherencia el Evangelio, a amar la verdad y a servir con alegría a los más pequeños. Intercede por nosotros ante el trono de Dios, para que seamos fortalecidos en la tribulación y encontremos en Cristo nuestra esperanza y salvación. Amén.

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San Ernesto.

Hoy, 7 de noviembre, se celebra el día de San Ernesto según el santoral católico. ¿Quién era este personaje y por qué fue santificado? Ernesto de Zwiefalten fue un monje de la abadía benedictina de Zwiefalten que vivió entre los siglos XI y XII y que murió mártir, considerado además santo por la Iglesia Católica. Saint Ernest, fallecido en 1148, fue abad de la Abadía Benedictina de Zwiefalten en Alemania entre 1141 y 1146. Su participación en la Segunda Cruzada, que se libró entre 1146 y 1149, le llevó a unirse al esfuerzo cristiano de recuperar la Tierra Santa tras la toma de Edesa, un enclave de gran valor estratégico, por el atabeg turco Zengi en 1144. El nombre Ernest, de origen germánico, significa severo. Aunque se sabe poco de la vida de este santo, es conocido que nació en una familia noble de Steisslingen, Alemania. Él y sus 2 hermanos fueron destacados benefactores de monasterios reformados en la región de Suabia. Sin detalles claros sobre su ingreso en la vida monástica, un registro de donaciones de los 3 hermanos a Zwiefalten en 1131 sugiere que pudieron haber tomado votos monásticos hacia esa época. No obstante, una biografía posterior de Ernesto, la Vita Ernusti, sostiene que fue ofrecido al monasterio como oblato infantil. Dado que la regla de Hirsau, a la que se sometía Zwiefalten, no permitía oblaciones infantiles, esta tradición puede haber sido inventada posteriormente. Cuando San Bernardo instó a la participación en la Segunda Cruzada para defender el Reino Latino y recuperar los territorios ocupados por Zengi en Siria, el rey alemán Conrado III, junto a numerosos nobles y miembros de la Iglesia, respondió al llamamiento, incluyendo a Ernest. Este se unió a una comitiva de peregrinos y guerreros liderada por el obispo Otto de Freising, hermano del rey. Sin embargo, la campaña resultó un fracaso. Las fuerzas alemanas sufrieron graves pérdidas en su travesía por Asia Menor, y aquellos que lograron unirse a las tropas del rey francés Luis VII en Tierra Santa se vieron obligados a retirarse después del desastroso intento de sitiar Damasco en julio de 1148. El grupo de Otto de Freising avanzó por la costa suroccidental de Anatolia, desde Éfeso hasta Laodicea, antes de alcanzar la costa y conseguir transporte marítimo hacia Antioquía. Durante el trayecto, las fuerzas de Otto padecieron hambre extrema y otros infortunios, además de ataques constantes por parte de fuerzas turcas que capturaron o mataron a numerosos cristianos. Ernest no alcanzó Jerusalén. Si bien no existen relatos de testigos oculares ni crónicas contemporáneas detalladas de lo ocurrido, una hagiografía del siglo XII, la Vita S. Ernusti abbatis, escrita en Zwiefalten, relata cómo fue capturado en una emboscada por los sarracenos. Según el relato, él y otros 40 cristianos jóvenes y de apariencia destacada fueron llevados a La Meca y presentados ante el «rey de Persia». La historia describe cómo este monarca exigió que Ernest y sus compañeros veneraran sus deidades, algo que Ernest rehusó categóricamente. Tras soportar crueles torturas, fue llevado nuevamente ante los ídolos y se le ordenó adorarles; sin embargo, Ernest respondió lanzando piedras contra ellos y destruyéndolos. La Vita narra que tras este acto, Ernest fue brutalmente ejecutado, con sus vísceras sacadas a través del ombligo y enrolladas en un bastón. Aunque el relato presenta varios elementos de ficción, reproduce la visión medieval popular de los musulmanes como idólatras, una concepción que el propio Otto de Freising se esforzó por refutar en su crónica ‘Sobre la Historia de las Dos Ciudades’.

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Beato José López Piteira.

«Joven cubano de ascendencia española. Un agustino que pudo haberse liberado de la muerte que pendía sobre él por su condición religiosa, pero eligió derramar su sangre por Cristo siendo mártir en la guerra española de 1936» La divina Providencia quiso que este joven, primer beato cubano, defendiendo su fe en Cristo viniese a derramar su sangre en España, la tierra de sus antepasados, aunque llevó clavada en su corazón hasta su postrer aliento la isla caribeña que le vio nacer. Pero un apóstol es ciudadano del mundo, un vastísimo territorio que se conquista palmo a palmo, entregándolo todo, como Cristo exige en el evangelio, de modo que cualquier lugar al que se vea conducido en aras de la voluntad divina se convierte en un destino amado e irrenunciable. Y esto que José tuvo presente en todo momento, unido a la gracia divina que le alumbró, hizo que no tambalease lo más mínimo, justamente cuando se enfrentó a la muerte brutal que otros le impusieron. No es tan mundialmente conocido como otros mártires, pero forma parte por derecho propio de quienes supieron hacer frente con toda valentía a ese cruel instante que se cernía sobre ellos, y que generosamente dieron su vida dejando tras de sí un admirable legado de amor. Un día de primeros del siglo XX su humilde familia abandonó la noble tierra gallega para ganarse el sustento, como hicieron tantos compatriotas. Allí quedaron, bajo la custodia de los abuelos, dos de sus hijos, de los que se despedirían con inmenso dolor. En su equipaje portaban la fe heredada de sus padres como un preciado tesoro que habrían de transmitir a su numerosa prole. José nació en Jatibonico, Cuba, el 2 de febrero de 1912. Fue el quinto de los hijos que vinieron al mundo en ese hogar creado por Emilio y Lucinda, y segundo de los varones; después nacerían cinco vástagos más. En plena niñez, poco antes de cumplir sus cinco primeros años de vida, José regresó junto a sus progenitores a España. Aunque apenas existen datos de su infancia, debió ser uno de esos niños que no crean problemas. Cursó estudios en régimen de internado con los benedictinos de Santa María de San Clodio, del municipio de Leiro, Orense, dando así sus primeros pasos hacia la vida religiosa. A buen seguro que sus padres habrían puesto grandes esperanzas en él. Finalizados sus estudios, se integró con los agustinos de Leganés, Madrid. Profesó con ellos en 1929, y prosiguió su formación en el monasterio de san Lorenzo del Escorial. Se han destacado las cualidades que apreciaron en él en esa época de su vida, subrayando su «carácter bondadoso y tratable, entusiasta y observante». Y efectivamente no sería mal religioso cuando un año antes de convertirse en sacerdote, momento que aguardaba gozoso, ya estaba decidido su futuro como vicario apostólico de Hai Phòng, en Vietnam. Sus superiores habían vislumbrado en él las cualidades y virtudes que iban configurándole como un gran apóstol. No llegó a partir y tampoco pudo recibir el sacramento del orden. Sus sueños se truncaron violentamente al ser apresado el 6 de agosto de 1936 junto a sus hermanos religiosos en medio de la fratricida contienda española. El antiguo colegio madrileño de San Antón, que había sido propiedad de los padres escolapios, donde tantos alumnos fraguaron y compartieron su fe –entre otros Fernando Rielo, fundador de los misioneros y misioneras identes–, convertido entonces en cárcel, fue el escenario donde se desenvolvieron los preámbulos del particular calvario de José. Cuando llegaron a buen puerto las gestiones realizadas por sus atribulados familiares ante las autoridades cubanas, en un gesto de valentía y coherencia, el beato declinó la oferta de su liberación. Y su temple apostólico, lleno de caridad, se puso de manifiesto en su inquebrantable voluntad de dar hasta el final los mismos pasos de sus hermanos de comunidad: «Están aquí todos ustedes que han sido mis educadores, mis maestros y mis superiores, ¿qué voy a hacer yo en la ciudad? ¡Prefiero seguir la suerte de todos, y sea lo que Dios quiera!». Así lo determinó, con rotundidad, dispuesto a cumplir la voluntad divina. Los rostros de sus superiores y formadores le contemplaban conmovidos. Y con ellos compartió numerosos sufrimientos en cerca de cuatro meses marcados por las privaciones y la angustia, hasta que entregó su alma a Dios en Paracuellos del Jarama, Madrid. Fue ajusticiado el 30 de noviembre de 1936, junto a otros 50 religiosos agustinos, exclamando: «¡Viva Cristo Rey!», al tiempo que renovaba el supremo acto de perdón aprendido del Redentor hacia quienes le privaban de su vida; así le franqueaban las puertas del cielo. Tenía 24 años. Fue beatificado el 28 de octubre de 2007, junto a 497 mártires de la persecución, por el cardenal Saraiva, como Delegado de Benedicto XVI.

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San Zacarías y Santa Isabel.

Cada 5 de noviembre recordamos a Zacarías e Isabel, padres de San Juan Bautista y tíos de Jesús. “Ambos eran justos a los ojos de Dios y seguían en forma irreprochable todos los mandamientos y preceptos del Señor”, nos recuerda San Lucas en su Evangelio (Lc 1, 6), dejando en claro que eran miembros fieles del pueblo de Israel, respetuosos de la Ley de Dios. La Iglesia Católica los recuerda y venera en virtud al lugar que ambos ocupan en la historia de la salvación. Para empezar, Zacarías e Isabel conforman la segunda pareja de santos esposos de los que da cuenta el Nuevo Testamento, a través de los cuales Dios deja en evidencia que para Él nada es imposible. Los primeros son evidentemente José y María, padres del Señor Jesús. Según el relato de Lucas, Zacarías pertenecía a la clase sacerdotal de Abías, mientras que Isabel era descendiente de Aarón. Ambos eran de edad avanzada y no habían podido tener hijos porque Isabel era estéril, algo que en el contexto hebreo de la época era motivo de marginación y causa de un dolor inmenso para los esposos. Cierto día, a Zacarías le tocó ingresar al Sancta Sanctorum (la parte más sagrada del tabernáculo y del templo de Jerusalén, al que solo accedían los sacerdotes), para ofrecer la oración. De pronto, un ángel se le apareció y le dijo que su esposa tendría un hijo, al que llamarían Juan. “Precederá al Señor con el espíritu y el poder de Elías, para reconciliar a los padres con sus hijos y atraer a los rebeldes a la sabiduría de los justos, preparando así al Señor un Pueblo bien dispuesto” (Lc 1, 17), continuó el ángel. Zacarías de inmediato preguntó al ángel cómo podía estar seguro de lo que decía, si él y su esposa ya eran ancianos. A lo que este contestó: “Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena nueva… Mira, te vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no diste crédito a mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo» (Lc 1, 19-20). Por haber dudado, Zacarías quedó mudo en el acto. No mucho después, Isabel quedaría embarazada, de manera que la que habían llamado estéril, ahora exultaba de gozo y gratitud a Dios: “Esto es lo que el Señor ha hecho por mí, cuando decidió librarme de lo que me avergonzaba ante los hombres” (Lc 1, 25). Luego de que el ángel Gabriel se le apareció a la Virgen María, esta fue a casa de su prima Isabel con el deseo de ayudarla. Ella, al verla, exclamó: “¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor” (Lc 1, 42-45). Cuando Juan nació, todos se alegraron en casa de Zacarías por la acción misericordiosa de Dios. El día de la circuncisión de Juan, los familiares de Zacarías pidieron que el recién nacido fuera llamado como su padre, de acuerdo a la costumbre hebrea. Sin embargo, Isabel se opuso y dijo que se llamaría “Juan”, según lo había requerido Zacarías, quien imposibilitado de hablar, escribió el nombre que llevaría su hijo en una tablilla. Una vez hecho esto, Zacarías recuperó el habla al instante -tal y como el ángel había predicho- y pronunció su célebre cántico, incorporado por la Iglesia en la Liturgia de las Horas (específicamente en las Laudes, la oración de la mañana): Cántico de Zacarías (Benedictus) «Bendito sea el Señor, Dios de Israel,porque ha visitado y redimido a su pueblo,suscitándonos una fuerza de salvaciónen la casa de David, su siervo,según lo había predicho desde antiguopor la boca de sus santos profetas.Es la salvación que nos libra de nuestros enemigosy de la mano de todos los que nos odian;realizando su misericordiaque tuvo con nuestros padres,recordando su santa alianzay el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.Para concedernos que, libres de temor,arrancados de la mano de los enemigos,le sirvamos con santidad y justicia,en su presencia, todos nuestros días.Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,porque irás delante del Señora preparar sus caminos,anunciando a su pueblo la salvación,el perdón de los pecados.Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,nos visitará el sol que nace de lo alto,para iluminar a los que viven en tinieblasy en sombra de muerte,para guiar nuestros pasospor el camino de la paz».(Lc 1, 68-79). Una vida ejemplar Muchas cosas más se podrían considerar en torno a los santos esposos Zacarías e Isabel, y, con toda certeza, extraer mayores frutos espirituales. Basta recordar, por ejemplo, la delicadeza espiritual de Isabel al recibir a Maria, haciéndose eco del gozo infinito de aquel que llevaba en el vientre. Juan, sin haber nacido, fue capaz de reconocer la presencia de Dios en la Persona del Verbo Encarnado, quien estaba justo frente a sí. Zacarías e Isabel formaron y educaron a Juan con la conciencia de que eran una pareja a la que Dios había elegido y acompañado con paciencia. Por su parte, Juan, en el epílogo de su vida, daría prueba prístina de aquella fe que recibió de sus padres, de cuál era su linaje. ¡Zacarías e Isabel, rogad por las familias cristianas!

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San Carlos Borromeo, 4 de noviembre.

Cada 4 de noviembre la Iglesia Católica celebra a San Carlos Borromeo, arzobispo de Milán y personaje importantísimo de la contrarreforma católica del siglo XVI, junto al fundador de la Compañía de Jesús, San Ignacio de Loyola. El Papa San Juan Pablo II el Grande le tenía un gran aprecio y devoción, y lo consideraba su santo patrono. San Carlos Borromeo nació en Milán, Italia, el 2 de octubre de 1538, en el seno de una familia noble. Estudió derecho civil y canónico en la Universidad de Pavía, donde se doctoró en 1559. Su tío fue Giovanni Medici, el Papa Pío IV (p.1559-1565), quien lo mandó llamar de Milán a Roma apenas graduado, para que lo asista en la administración de su pontificado. Pio IV lo ordenó diácono en 1560 y a partir de ese momento lo hizo ocupar altos cargos eclesiásticos en los que Carlos se desempeñó con eficiencia y pulcritud. En 1561 Borromeo fue nombrado secretario de Estado y luego gobernador. También formó parte del Santo Oficio. Por órdenes del Papa, participó en la organización y desarrollo de la tercera sesión del Concilio de Trento (1545-1563) de 1562, haciendo una importante contribución desde la Secretaría de Estado del Vaticano. Independientemente de la parte organizativa, Borromeo participó en la reforma de los cánones arquitectónicos y artísticos de la Iglesia, haciendo sentir su influencia sobre algunos aspectos de la música sacra o litúrgica. Como funcionario eclesial, se preocupó mucho por la formación de los sacerdotes. Destituyó a muchos presbíteros indignos y los reemplazó por personas que cumplían con las condiciones de honorabilidad y fidelidad a la Iglesia. Su vida, en medio de todas estas responsabilidades dio un giro que terminaría en su asension al episcopado. El 17 de julio de 1563 fue ordenado sacerdote y en la víspera de la Inmaculada Concepción, en diciembre, recibió la ordenación episcopal. Once meses después (noviembre de 1564) sería creado cardenal cuando ya ocupaba hacía unos meses (desde mayo) la sede arzobispal de Milán. En este proceso de conversión y renovación espiritual profunda jugaron un papel muy importante los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, y, por supuesto, la compañía de sus buenos amigos jesuitas. Por su diligencia y celo evangélico, de la misma manera como cosechó abundantes frutos para Dios, se hizo de peligrosos enemigos. Incluso, en alguna oportunidad, su vida corrió  peligro, cuando un grupo de miembros de la Orden de los Humiliati -poseedora de monasterios, tierras y otras propiedades- intentaron desprestigiarlo ante el Papa. Los Humiliati fueron suprimidos posteriormente por bula papal en 1571. Al no conseguir su cometido, tres priores de la mencionada Orden organizaron una conspiración para matarlo. Jerónimo Donati, sacerdote de los Humiliati, aceptó el encargo de darle muerte a cambio del pago de 20 monedas de oro. Donati llegó a dispararle a Borromeo mientras rezaba en la capilla de su casa, pero providencialmente la bala no llegó a darle de lleno y solo quedó herido. Durante la peste que se propagó en Milán, San Carlos se puso al cuidado de los enfermos. Fue el organizador del clero y las órdenes religiosas que salieron al encuentro de los contagiados, necesitados de asistencia médica y espiritual. Borromeo atendió personalmente a cientos de moribundos, y fue gestor de la ayuda económica a las víctimas y sus familias. Borromeo fue amigo de mucha gente de bien y servidores de la Iglesia, algunos de ellos santos, como es el caso de San Francisco de Borja, San Felipe Neri, San Pío V, San Félix de Cantalicio, San Andrés Avelino, entre otros. Como un dato hermoso, se sabe que fue San Carlos Borromeo quien le dio la primera comunión a un adolescente San Luis Gonzaga. Carlos Borromeo murió el 4 de noviembre de 1584. Durante los últimos años de su vida siguió dedicado a la implementación de las reformas establecidas en el Concilio de Trento. En esa tarea siempre había encontrado fuerte oposición, al punto de que fue acusado ante los tribunales eclesiásticos de Roma y Madrid. A los 46 años, durante el retiro anual que realizaba en Monte Varallo, cayó enfermo; y el posterior viaje de retorno a Milán no hizo más que empeorar las cosas. Finalmente fue llamado a la presencia de Dios. San Juan Pablo II, en audiencia del 4 de noviembre de 1981, realizada meses después de sufrir aquel trágico atentado a manos del turco Ali Agca (13 de mayo de ese mismo año), resaltó ciertos detalles que lo asemejaban a San Carlos Borromeo y que, de hecho, lo unieron espiritualmente mucho a él. El Papa empezó su discurso diciendo: “He aquí el papel que San Carlos realiza en mi vida y en la vida de todos los que llevan su nombre… ”. Se trataba de un primer detalle, relacionado precisamente con su nombre de pila: “Karol” [Wojtila] es “Carlos”. San Juan Pablo II había recibido de sus padres el nombre del santo en el bautismo. Un segundo detalle los unió aún más: ambos habían sido víctimas de atentados contra sus vidas, y, claro está, habían sobrevivido milagrosamente. Así como se pretendió acabar de un disparo con la vida del arzobispo de Milán en el siglo XVI, el Papa Peregrino recibió cuatro disparos en el cuerpo en mayo de 1981. Ambos lograron sobrevivir a aquellas circunstancias, y aunque sus vidas corrieron serio peligro, tuvieron la gracia de una ‘segunda oportunidad’, una ‘segunda vida’. Juan Pablo II se refería a esta experiencia así: “(Haber sobrevivido permite) mirar la vida de modo nuevo: esta vida (…) está unida a la memoria de mis padres y simultáneamente al misterio del bautismo, y al nombre de San Carlos Borromeo”. El tercer detalle está en la relación de ambos santos con Concilios importantísimos. San Carlos Borromeo participó en el Concilio de Trento y San Juan Pablo II del Concilio Vaticano II. Al igual que su santo patrono, el Papa Peregrino también fue un gran difusor de las enseñanzas del concilio, trabajando por llevar a la práctica sus intuiciones. A lo reflexionado aquella vez por el Santo Padre, es posible añadir

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