Santo del Día

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Solemnidad de María Santísima, Madre de Dios.

El 1 de enero, primer día del año civil, es también un día de júbilo para la Iglesia Católica: el mundo cristiano celebra la Solemnidad de María Santísima, Madre de Dios. Con esta celebración, la Iglesia se encomienda, desde el primer día del año, a los cuidados maternales de María. La Virgen, quien tuvo la dicha de concebir, dar a luz y criar al Salvador de la humanidad, es aquella que protege a todos sus hijos en Cristo, los asiste y acompaña mientras peregrinan en este mundo. A continuación se presentan algunos datos que pueden ayudar a entender cómo es que desde los tiempos de la Iglesia primitiva se empieza a emplear el nombre Theotokos para hacer referencia a la Virgen María, y cómo desde los primeros siglos de la cristiandad los fieles se apropiaron de él y lo defendieron. Lo primero que hay que señalar es que la celebración dedicada a “María, Madre de Dios” es la más antigua que se conoce en Occidente. En las catacumbas de la ciudad de Roma -los subterráneos que sirvieron de refugio a los cristianos perseguidos y donde estos se reunían para celebrar la Eucaristía- han sido halladas numerosas inscripciones y pinturas que dan cuenta de la antigüedad de esta celebración mariana. Por otro lado, de acuerdo a un antiguo escrito del siglo III, los cristianos de Egipto también se dirigían a María como “Madre de Dios”, usando las siguientes palabras, hoy hechas oración: «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios: no desoigas la oración de tus hijos necesitados; líbranos de todo peligro, oh, siempre Virgen gloriosa y bendita». Esta plegaria está recogida en la ‘Liturgia de las Horas’ y el ‘Oficio divino’ desde tiempos inmemoriales, dada su riqueza teológica y espiritual. Para el siglo IV, el título de “Madre de Dios” ya estaba incorporado en la oración de los fieles y se usaba con frecuencia, tanto en la Iglesia de Oriente (con el griego Theotokos) como en la de Occidente (con el latín Mater Dei). Para entonces, era parte del sentir común de la cristiandad dirigirse a la Virgen María como “Madre de Dios”. Dicho en otras palabras, los cristianos habían hecho suya esa forma de reverenciar y honrar a la Virgen, considerando dicho trato como parte integral de su tradición e identidad. María, elevada por encima de toda controversia A pesar de la mencionada convicción de los fieles, en el siglo V, Nestorio, patriarca de Constantinopla, cuestionó que María pudiese ser llamada ‘Madre de Dios’, porque -a su modo de ver- no lo era realmente: “¿Entonces Dios tiene una madre? En consecuencia no condenemos la mitología griega, que les atribuye una madre a los dioses”, sugería el patriarca de origen sirio. Lo que quizás Nestorio (c. 386-c. 451) no logró avizorar, arrastrado por el error, fue que el cuestionamiento a la maternidad divina de María tenía implicancias cristológicas, es decir, no solo deshonraba a la Virgen María al poner en entredicho que fuese efectivamente madre de la “persona” de Cristo, uno y único; sino que su celo desmedido por “proteger” la divinidad del Señor le terminó jugando en contra: su postura hacía insostenible la integridad de Cristo, en el que se unen lo divino y lo humano de manera perfecta. Claramente, Nestorio había incurrido en un gravísimo error que desembocó en los mares turbulentos de la herejía. El Patriarca de Constantinopla había introducido una separación -o más bien una ‘ruptura’- entre las dos naturalezas –divina y humana– presentes en Jesús. Para la Iglesia, María no podía ser solo “madre” de la humanidad de Cristo, y no serlo simultáneamente de su divinidad sin que quede escindido el ser más íntimo del Señor Jesús, Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Si se asumen los supuestos nestorianos se puede ir aún más lejos en el error y, con ello, distorsionar incluso toda comprensión de la obra salvífica, desde el hecho mismo de la Encarnación. Los obispos de aquel tiempo reunidos en el Concilio de Éfeso (año 431), afirmaron la subsistencia de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única persona del Hijo; y declararon: «La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios». Aquel día, los padres conciliares, acompañados por el pueblo, realizaron una gran procesión por la ciudad, iluminada por cientos de antorchas encendidas, al canto de: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén». Desarrollos mariológicos del Magisterio reciente San Juan Pablo II, en noviembre de 1996, señalaba lo siguiente: “La expresión Theotokos, que literalmente significa ‘la que ha engendrado a Dios’, a primera vista puede resultar sorprendente, pues suscita la pregunta: ¿cómo es posible que una criatura humana engendre a Dios? La respuesta de la fe de la Iglesia es clara: la maternidad divina de María se refiere solo a la generación humana del Hijo de Dios y no a su generación divina”. Luego el santo pontífice añadía: “El Hijo de Dios fue engendrado desde siempre por Dios Padre y es consustancial con él. Evidentemente, en esa generación eterna María no intervino para nada. Pero el Hijo de Dios, hace dos mil años, tomó nuestra naturaleza humana y entonces María lo concibió y lo dio a luz”. Asimismo, el Santo Padre señalaba que la maternidad de María “no atañe a toda la Trinidad, sino únicamente a la segunda Persona, al Hijo, que, al encarnarse, tomó de ella la naturaleza humana”. Además, “una madre no es madre sólo del cuerpo o de la criatura física que sale de su seno, sino de la persona que engendra”, subrayaba San Juan Pablo II. ¡Intercede por nosotros, Madre Nuestra! Para terminar, es importante recordar que María no es sólo Madre de Dios, sino que también es madre nuestra, porque así lo quiso Jesucristo, voluntad expresada en su testamento desde la cruz al apóstol Juan. Por ello, pidámosle a María, al comenzar el nuevo año, que nos ayude a ser cada vez más como su Hijo, el Señor Jesús. FUENTE:

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San Silvestre.

San Silvestre, con ese aire de despedida del año viejo, tiene una significación especial en la historia de la Iglesia, no ya sólo por sus virtudes, sino también por la época difícil y maravillosa, a su vez, que le tocó vivir. Debido a esta circunstancia, no es extraño que su venerable figura haya ido recogiendo a través de los siglos una multitud de leyendas piadosas, haciendo difícil distinguir entre ellas lo que pueda haber de falso o de verdadero. De San Silvestre nos hablan, casi por encima, los primeros historiadores cristianos: Eusebio de Cesarea, Sócrates y Sozomeno. Más noticias encontramos en la relación de los papas que trae el Catalogo Liberiano y, sobre todo, en la multitud de detalles con que adorna su vida el famoso Pontifical Romano. Fue compuesta esta obra en diversos tiempos y por diversos autores, y en lo que toca a San Silvestre, recoge de lleno sus célebres actas, elaboradas durante el siglo V, y que, a pesar de ser admitidas por algunos Padres antiguos, fueron siempre consideradas como espúreas por la Iglesia de Roma. El hecho de mezclar lo verídico con lo fabuloso, dieron a las actas de San Silvestre un gran predicamento durante toda la Edad Media, aunque pronto fueron cayendo en desuso, teniendo en cuenta, sobre todo, los dos hechos principales que en ellas se mencionan: la curación y conversión de Constantino y la donación que el emperador hace al papa Silvestre, no ya sólo de Roma, sino también de Italia y, como algunos llegaron a suponer, de todo el Imperio de Occidente. Baronio, el autor de los Anales Eclesiásticos, supone la autenticidad de las mismas y recurre al testimonio del papa Adriano I, que en el siglo VIII las tiene como tales en una carta a los emperadores Constantino e Irene, cuando la lucha por las imágenes. Son citadas a su vez en la primera decretal del Concilio II de Nicea, y autores no muy lejanos de la época, como San Gregorio de Tours y el obispo Hincmaro, traen a colación el bautismo de Constantino cuando narran el no menos famoso de Clodoveo. La leyenda del bautismo parece estar tomada de una vida romanceada de San Silvestre, cuya fecha y patria se desconocen, pero que bien pudieran ser de la segunda mitad del siglo V. Duchesne la hace venir de Oriente, por el camino que trajeron todas las que se referían a la invención de la Santa Cruz, a Santa Elena y al mismo Constantino. Para otros, sin embargo, toda la leyenda tiene un carácter netamente romano. Eusebio, el nada escrupuloso panegirista del emperador, nos dice con toda sencillez que Constantino fue bautizado al fin de su vida en Helenópolis de Bitinia, y nada menos que por un obispo arriano, Eusebio de Nicomedia. De ser cierto lo de las actas, no lo hubiera pasado por alto de ninguna de las maneras, pues vendría muy bien para exaltar la figura de aquel emperador, a quien hace lo posible por presentar como un príncipe simpatizante en todos sus hechos con el cristianismo. La costumbre, sin embargo, de aquellos tiempos, y, sobre todo, las disposiciones en que se encontraba el mismo Constantino, parecen convencer en seguida de lo contrario. Es verdad que manifiesta una verdadera simpatía por la nueva religión, pero no por eso deja de vivir en su juventud el paganismo depurado de su padre, Constancio Cloro. Cuando se proclama emperador en el año 306, adopta con la diadema el culto a la tetrarquía romana, y especialmente el de Júpiter y Hércules. Su contacto con los cristianos le lleva a un monoteísmo especial, que se concreta en el culto del sol invictus. Más tarde, cuando vence a su rival Majencio en el 312, Constantino aparece identificado del todo con el cristianismo; pero este es supersticioso y con gran reminiscencia pagana. De hecho, nunca abandona las atribuciones de pontífice máximo, concibe el cristianismo como una religión imperial, semejante a la anterior, y en su misma vida no ofrece nunca las características de un auténtico convencido. Algo semejante ocurre en lo que se refiere a la «Donación Constantiniana». Ya el emperador Otón III, por el siglo XI, afirmaba que, a pesar de ser tan popular, había de tenerse el documento como falso. Esto lo demuestra con buenas razones el humanista del siglo XV Lorenzo Valla, y hoy aparece claro cómo la noticia se inventó entre los siglos VIII y IX con el fin de justificar en Roma la donación que de las tierras conquistadas a los lombardos hacen a diversos papas Pipino el Breve y Carlomagno. Sólo teniendo en cuenta estas apreciaciones podemos conocer lo que de verdad hay sobre San Silvestre, sin temor a desvirtuar por ello su recia personalidad. Nace San Silvestre alrededor del año 270, en época de relativa paz para la Iglesia. Su padre, Rufino, le pone desde niño bajo la dirección del prudente y piadoso presbítero romano Cirino, y en seguida se empieza a distinguir por una abnegada caridad, ofreciendo su casa a todos los peregrinos que acudían a visitar la tumba de los apóstoles. En una ocasión llama a su puerta Timoteo de Antioquía, gran apóstol de la palabra y de santa vida. Pronto se dan cuenta de ello los paganos, y una noche, cuando vuelve cansado a la casa de Silvestre, es apresado por las turbas y condenado a morir entre los más horribles tormentos. Silvestre no se atemoriza ante el peligro, y poco después, aprovechando las sombras de la noche, se apodera de las reliquias y les da honrosa sepultura. Sospechando el prefecto de Roma, Tarquinio Perpena de aquel celoso muchacho, y creyendo que acaso guardaba las riquezas que suponía tener Timoteo le manda llamar a su presencia, y entre ambos se entabla este diálogo, que nos han conservado las actas: – Adora al instante a nuestros dioses -le dice el prefecto- y deposita en sus altares los tesoros de Timoteo, si es que quieres salvar tu vida.

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Santa Judit.

Hoy 30 de diciembre, la Iglesia católica homenajea a Santa Judit. Su origen hebreo (Yehudit), puede tener varios significados: judía, mujer de Judea o aquella que alaba a Dios. En el Libro de Judit se escribe la vida de una joven viuda, hija de Merari, de gran belleza de y carácter valiente. Cuando el general Holofernes rodeó la ciudad de Betulia con su ejército con la intención de dominar todo el territorio israelí. Fue entonces cuando se personó ante él una viuda llamada Judit y les dijo: «Dios nos está probando, pero no nos ha abandonado. Yo voy a hacer en estos días algo cuyo recuerdo se prolongará por muchos siglos». Se personó ante Holofernes y su gran belleza le deslumbró. Así le invitó a cenar en un gran banquete.. Cuando toda la tropa quedó adormecida por el alcohol, Judit cogió un cuchillo y le cortó la cabeza. Desde allí fue hasta Betulia y mostró ante el pueblo la cabeza del general, despertando el entusiasmo y alegría de todos los presentes. SANTORAL DE HOY, 30 DE DICIEMBRE El santoral católico es el conjunto de personas reconocidas por la Iglesia como santos o beatos en una fecha concreta. El Martirologio Romano es el documento que nombra y distribuye en el calendario los casi 7.000 santos y beatos reconocido por la Iglesia. Los santos y santas, son hombres y mujeres destacados en las diversas tradiciones religiosas por sus relaciones especiales con las divinidades o por una particular elevación ética. Mientras que la consideración de beato constituye el tercer paso en el camino de la canonización.

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Santo Tomás Becket.

Nació en Londres en 1170. Era hijo de un empleado oficial, y en sus primeros años fue educado por los monjes del convento de Merton. A los 24 años consiguió un puesto como ayudante del Arzobispo de Inglaterra (el de Canterbury) quien se dio cuenta que Tomás tenía cualidades excepcionales para el trabajo, así que le fue confiando poco a poco oficios más difíciles e importantes. Lo ordenó de diácono y lo encargó de la administración de los bienes del arzobispado. Lo envió varias veces a Roma a tratar asuntos de mucha importancia. Tomás como buen diplomático había obtenido que el Papa Eugenio Tercero se hiciera muy amigo del rey de Inglaterra, Enrique II, y éste en acción de gracias por tan gran favor, nombró a nuestro santo (cuando sólo tenía 36 años) como Canciller o Ministro de Relaciones Exteriores. Tras la muerte del Arzobispo Teobaldo en 1161, el rey Enrique II de inmediato pensó en Santo Tomás como el mejor candidato para ocupar dicho cargo, pero nuestro santo se negó muy cortésmente alegando que él no era digno para tan honorable puesto. Sin embargo, un Cardenal de mucha confianza del Sumo Pontífice Alejandro III lo convenció de que debía aceptar, y al fin aceptó. Cuando el rey empezó a insistirle en que aceptara el oficio de Arzobispo, Santo Tomás le hizo una profecía o un anuncio que se cumplió a la letra. Le dijo: «Si acepto ser Arzobispo me sucederá que el rey que hasta ahora es mi gran amigo, se convertirá en mi gran enemigo». Enrique no creyó que fuera a suceder así, pero sucedió. Ordenado de sacerdote y luego consagrado como Arzobispo, pidió a sus ayudantes que en adelante le corrigieran con toda valentía cualquier falta que notaran en él. Como él mismo lo había anunciado, los envidiosos empezaron a calumniar al arzobispo en presencia del rey. Dicen que en uno de sus terribles estallidos de cólera, Enrique II exclamó: «No podrá haber más paz en mi reino mientras viva Becket. ¿Será que no hay nadie que sea capaz de suprimir a este clérigo que me quiere hacer la vida imposible?». Al oír semejante exclamación de labios del mandatario, cuatro sicarios se fueron donde el santo arzobispo resueltos a darle muerte. Estaba él orando junto al altar cuando llegaron los asesinos. Era el 29 de diciembre de 1170. No opuso resistencia. Murió diciendo: «Muero gustoso por el nombre de Jesús y en defensa de la Iglesia Católica». Tenía apenas 52 años. El Papa Alejandro III lanzó excomunión contar el rey Enrique, el cual profundamente arrepentido hizo penitencia durante dos años, para obtener la reconciliación en 1172.

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Santos Inocentes.

Cada 28 de diciembre la Iglesia Católica celebra la fiesta de los Santos Inocentes, aquellos niños que murieron asesinados por órdenes del rey Herodes: “Cuando Herodes se dio cuenta de que los magos lo habían engañado, se puso furioso y mandó matar, en Belén y sus alrededores, a todos los niños menores de dos años, conforme a la fecha que los magos le habían indicado” (ver Mt 2,13-18). Herodes pensó que con esta cruel medida se libraría de Cristo, el Mesías esperado. Estaba dispuesto a hacer lo que sea para mantener su poder, y ciertamente las noticias sobre el nacimiento de un rey que habría de gobernar a su pueblo lo aterrorizaban. Aun con todo en contra, el Hijo de Dios logró salvarse gracias a los cuidados de San José y Santa María. Trágicamente la sangre de estos inocentes fue derramada para que Cristo viva, y aunque no lo supieran en aquel momento, Dios Padre los constituyó “mártires”, es decir, testigos del sacrificio de su propio Hijo. En un antiguo sermón, exclamaba San Quodvultdeus con perfecta elocuencia: “Todavía no hablan, y ya confiesan a Cristo. Todavía no pueden entablar batalla valiéndose de sus propios miembros, y ya consiguen la palma de la victoria”. Mártires auténticos De acuerdo al relato de San Mateo, unos sabios venidos de Oriente advirtieron al rey Herodes del inminente nacimiento del Mesías, de quien estaba profetizado que llegaría a ser rey de Israel. Estos sabios o “reyes magos” habían viajado desde muy lejos para adorar a aquel niño, y por eso se presentaron ante quien consideraban la máxima autoridad de esas tierras. Herodes entonces les pidió que, después de adorar al recién nacido, regresen y le revelen dónde se hallaba para él también “ir a adorarlo”. Sin embargo, en secreto, el rey temía que ese recién nacido llegara a quitarle el poder algún día, así que hizo planes para matarlo. Para asegurar que el niño no sobreviva, Herodes mandó a asesinar a todos los niños menores de dos años que vivían en Belén y sus alrededores. Aquel fue el primer derramamiento de sangre desatado a causa de Jesucristo: un crimen horrendo producto de la soberbia y la ambición desmedidas, un pecado cuyas víctimas carecían de mancha o reproche. Por eso, la muerte de aquellos seres inocentes se convirtió en anticipo de la muerte del Salvador, víctima inocente por excelencia, porque nunca hubo mancha alguna en su ser. Víctimas del odio y de las pasiones de este mundo Profundiza aún más San Quodvultdeus, obispo de Cartago y Padre de la Iglesia del siglo V: “¿Qué temes, Herodes, al oír que ha nacido un Rey? Él no ha venido para expulsarte a ti, sino para vencer al Maligno. Pero tú no entiendes estas cosas, y por ello te turbas y te ensañas, y, para que no escape el que buscas, te muestras cruel, dando muerte a tantos niños… … Matas el cuerpo de los niños, porque el temor te ha matado a ti el corazón. Crees que, si consigues tu propósito, podrás vivir mucho tiempo, cuando precisamente quieres matar a la misma Vida… Los niños, sin saberlo, mueren por Cristo; los padres hacen duelo por los mártires que mueren. Cristo ha hecho dignos testigos suyos a los que todavía no podían hablar”. En el siglo IV fue instituida la fiesta en honor de los Santos Inocentes. La tradición oriental los recuerda el 29 de diciembre, mientras que la tradición latina, los celebra el día 28. Desde que el crimen del aborto está más extendido por el mundo y ya no existe el respeto debido a la vida por nacer, mueren a diario miles y miles de otros “inocentes”, rechazados, invisibilizados, porque “desbaratan” o “ponen en riesgo” los cálculos humanos, o porque “no encajan” en los esquemas egoístas o individualistas de los ‘nuevos herodes’. Recordemos y recemos en este día, de manera especial, por las víctimas del aborto y por la conversión de aquellos que se han alejado de la verdad y atropellan los derechos de los no nacidos o de los niños en general. ¡Santos Inocentes, rogad por nosotros!

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Fiesta de la Sagrada Familia.

Dios quiso nacer dentro de una familia y así ha santificado la familia humana. 27 de diciembre 2015. En la festividad de la Sagrada Familia, recordamos y celebramos que Dios quiso nacer dentro de una familia para que tuviera alguien que lo cuidara, lo protegiera, lo ayudara y lo aceptara como era. Al nacer Jesús en una familia, el Hijo de Dios ha santificado la familia humana. Por eso nosotros veneramos a la Sagrada Familia como Familia de Santos. ¿Cómo era la Sagrada Familia? María y José cuidaban a Jesús, se esforzaban y trabajaban para que nada le faltara, tal como lo hacen todos los buenos padres por sus hijos. José era carpintero, Jesús le ayudaba en sus trabajos, ya que después lo reconocen como el “hijo del carpintero”. María se dedicaba a cuidar que no faltara nada en la casa de Nazaret. Tal como era la costumbre en aquella época, los hijos ayudaban a sus mamás moliendo el trigo y acarreando agua del pozo y a sus papás en su trabajo. Podemos suponer que en el caso de Jesús no era diferente. Jesús aprendió a trabajar y a ayudar a su familia con generosidad. Él siendo Todopoderoso, obedecía a sus padres humanos, confiaba en ellos, los ayudaba y los quería. ¡Qué enseñanza nos da Jesús, quien hubiera podido reinar en el más suntuoso palacio de Jerusalén siendo obedecido por todos! Él, en cambio, rechazó todo esto para esconderse del mundo obedeciendo fielmente a María y a José y dedicándose a los más humildes trabajos diarios, el taller de San José y en la casa de Nazaret. Las familias de hoy, deben seguir este ejemplo tan hermoso que nos dejó Jesús tratando de imitar las virtudes que vivía la Sagrada Familia: sencillez, bondad, humildad, caridad, laboriosidad, etc. La familia debe ser una escuela de virtudes. Es el lugar donde crecen los hijos, donde se forman los cimientos de su personalidad para el resto de su vida y donde se aprende a ser un buen cristiano. Es en la familia donde se formará la personalidad, inteligencia y voluntad del niño. Esta es una labor hermosa y delicada. Enseñar a los niños el camino hacia Dios, llevar estas almas al cielo. Esto se hace con amor y cariño. “La familia es la primera comunidad de vida y amor el primer ambiente donde el hombre puede aprender a amar y a sentirse amado, no sólo por otras personas, sino también y ante todo por Dios.” (Juan Pablo II, Encuentro con las Familias en Chihuahua 1990). El Papa Juan Pablo II en su carta a las familias nos dice que es necesario que los esposos orienten, desde el principio, su corazón y sus pensamientos hacia Dios, para que su paternidad y maternidad, encuentre en Él la fuerza para renovarse continuamente en el amor. Así como Jesús creció en sabiduría y gracia ante Dios y los hombres, en nuestras familias debe suceder lo mismo. Esto significa que los niños deben aprender a ser amables y respetuosos con todos, ser estudiosos obedecer a sus padres, confiar en ellos, ayudarlos y quererlos, orar por ellos, y todo esto en familia. Recordemos que “la salvación del mundo vino a través del corazón de la Sagrada Familia”.La salvación del mundo, el porvenir de la humanidad de los pueblos y sociedades pasa siempre por el corazón de toda familia. Es la célula de la sociedad. Oración “Oremos hoy por todas las familias del mundo para que logren responder a su vocación tal y como respondió la Sagrada Familia de Nazaret.Oremos especialmente por las familias que sufren, pasan por muchas dificultades o se ven amenazadas en su indisolubilidad y en el gran servicio al amor y a la vida para el que Dios las eligió” (Juan Pablo II) “Oh Jesús, acoge con bondad a nuestra familia que ahora se entrega y consagra a Ti, protégela, guárdala e infunde en ella tu paz para poder llegar a gozar todos de la felicidad eterna.” “Oh María, Madre amorosa de Jesús y Madre nuestra, te pedimos que intercedas por nosotros, para que nunca falte el amor, la comprensión y el perdón entre nosotros y obtengamos su gracia y bendiciones.” “Oh San José, ayúdanos con nuestras oraciones en todas nuestras necesidades espirituales y temporales, a fin de que podamos agradar eternamente a Jesús. Amén.” Consulta también La Sagrada Familia: Jesús, María y José Consulta también  La sagrada famiia: Jesús, María y José en Preguntas Santoral Por la Familia Cristiana

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San Juan, apóstol y evangelista.

Juan es definido en su Evangelio como el discípulo a quien Jesús amaba (cf. Jn 13,23). Gracias a los signos especiales de predilección que Jesús le manifestó en momentos muy significativos de su vida, Juan fue estrechamente ligado a la Historia de la salvación. El primer signo que le demostró el grande afecto de Jesús consistió en que fue llamado a ser su discípulo junto con Andrés, el hermano de Pedro, por medio de Juan el Bautista que bautizaba en el río Jordán y de quien ya eran discípulos. En efecto, cuando Jesús pasaba, el Bautista se lo presentó como «el Cordero de Dios» y de inmediato lo siguieron. Juan se quedó tan impresionado por su encuentro personal con Jesús que nunca olvidó que fue hacia las cuatro de la tarde que Jesús los invitó a seguirlo (cf. Jn 1,35-41). La segunda señal de predilección fue el haber sido un testigo directo de algunos hechos de la vida de Jesús, que luego él reelaboró en el cuarto evangelio, en un modo teológico muy distinto a los evangelios sinópticos (cf. Jn 21,24 ). Y el tercer momento en el cual Jesús mismo le hizo sentir su amistad y su hermandad tan particular fue cuando Jesús, a punto de entregar su espíritu (cf. Jn 19,30), lo quiso asociar de un modo privilegiado al misterio de la Encarnación, confiándolo expresamente a su madre: «aquí tienes a tu hijo»; y encargándole expresamente a su madre: «aquí tienes a tu madre». (cf. Jn 19,26-27). Algunos datos históricos sobre la vida de Juan Las fuentes de las que se han extraído los datos de la vida de Juan como apóstol, como evangelista y como «hijo adoptivo» de María, no siempre coinciden. Algunas fuentes son más convergentes y otras son más dudosas o apócrifas. De los evangelios sabemos que junto con su hermano Santiago -que también será un apóstol- los dos eran pescadores originarios de Galilea, de una zona del lago Tiberíades, y que juntos fueron apodados «los hijos del trueno» (cf. Mc 3,17). Su padre era Zebedeo y su madre Salomé. A Juan lo encontramos en el círculo estrecho de los apóstoles que acompañaron a Jesús cuando realizó algunas de las «señales» más importantes (cf. Jn 2,11) de su progresiva revelación como un tipo de Mesías muy distinto del que el pueblo de Israel se esperaba (Lc 9,54-55). En efecto, cuando Jesús resucitó a la hija de Jairo (cf. Lc 8,51), cuando se transfiguró en el Monte Tabor (cf. Lc 9,28 ), y durante la agonía en Getsemaní (cf. Mc 14,33), Jesús trataba de hacerles entender que debían transformar su mentalidad ligada a la esperanza en un Mesías violento, semejante a Elías pues, en cambio, él era el Hijo amado del Padre (cf. Lc 9,35), él era el Mesías venido del cielo para comunicar la vida divina en abundancia (cf. Jn 10,10), y que también iba a sufrir el rechazo y las injusticias de parte de los jefes religiosos de su pueblo (cf. Mt 16,21). En el evangelio de Juan, Jesús aparece como el Maestro que también intenta, inutilmente, hacer comprender a los judios la lógica paradójica del Reino de Dios (cf. Jn 8, 13-59). Los discípulos, por su parte, son invitados a nacer de nuevo (cf. Jn 3,1-21) para adorar al Padre en Espíritu y en Verdad (cf. Jn 4,23-24); Jesús ora por ellos para que permanezcan unidos por el Amor divino (cf. Jn 17,21) y para que sean alimentados por el Pan de la Vida (cf. Jn 6, 35). Juan, testigo de Jesús crucificado y resucitado Durante la Última Cena, Juan se había recostado sobre el pecho de Jesús y le había preguntado: Señor, ¿quién es el que te va a entregar? (cf. Jn 21,20). Juan fue el único de los apóstoles que acompañó a Jesús al pie de la Cruz con María (cf. Jn 19, 26-27). Juan fue el primero que creyó en el anuncio de la resurrección de Jesús hecho por María Magdalena (cf. Mt 28,8): corrió de prisa a la tumba vacía y dejó entrar primero a Pedro para respetar su precedencia (cf. Jn 20,1-8). La tradición añade que algunos años después se trasladó con María a Éfeso, desde donde evangelizó el Asia Menor. También parece que sufrió la persecución de Domiciano y que fue desterrado a la isla de Patmos. Finalmente, gracias al advenimiento de Nerva como emperador, (96-98) volverá a Éfeso para terminar allí sus días como ultracentenario, hacia el año 104. El Evangelio atribuido a Juan fue llamado así por Orígenes. También ha sido llamado el «Evangelio espiritual» o «Evangelio del Logos». Su estilo y su género literario está lleno de «señales», de símbolos y de figuras que no deben ser interpretados literalmente. En el prólogo de su evangelio, Juan usa un refinado lenguaje teológico para mostrar como al inicio de la Nueva creación, en el Nuevo principio ya preexistía el «Logos» divino; logos que significa la Palabra eterna creadora del Padre, que luego fue traducida al latín como «Verbum». En el prólogo del cuarto evangelio Jesús es presentado como la «Palabra divina», la «Luz de la vida» y «la Sabiduría de Dios preexistente» (cf. Jn 1,1-18). Este evangelio invita a aceptar por medio de una fe llena de estupor y de agradecimiento, la sorprendente revelación que el Verbo de Dios, que nadie había visto, se hizo carne y ha puesto su morada en medio a su pueblo. (cf. Jn 1,14). Por ello, la palabra «creer» se repite casi 100 veces, pues Dios quiere que todos los hombres se salven (cf. 1Tim 2,4) y tengan vida abundante por la fe en Jesucristo, Dios hecho carne (cf. Jn 11,25). La identidad de María y la relación filial de Juan hacia ella El Evangelio de Juan también nos presenta en dos episodios muy emblemáticos la identidad de María y la especial relación de Juan como su «hijo adoptivo»: en las bodas de Caná y en el Calvario. En la narración de la señal del agua transformada en el Vino

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San Esteban Protomártir.

Cada 26 de diciembre la Iglesia Católica celebra a su primer mártir, San Esteban. Precisamente por haber sido el primero en derramar su sangre por Cristo se le denomina “protomártir”. La palabra ‘protomártir’ está formada por los términos griegos πρῶτος (protos, primero) y μάρτυς, μάρτυρος (martyros, «testigo»). San Esteban murió apedreado (esta pena se le conoce como ‘lapidación’) tras ser condenado a muerte por el Sanedrín. Esteban había enfrentado y criticado a las autoridades judías por no querer reconocer al Mesías y, peor aún, por haberlo asesinado. En represalia, las autoridades judías ordenaron que fuese arrastrado hasta las afueras de la ciudad de Jerusalén, donde sería ejecutado (cfr. Hch 7, 54-55). San Esteban, mientras recibía el impacto de las piedras, alcanzó a decir con fortaleza: «Señor Jesús, recibe mi espíritu», y con su último aliento, puesto de rodillas, exclamó: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado», abogando por aquellos que le arrebataban la vida. Un sacrificio unido a Cristo Muchos se preguntarán por qué recordar a un mártir en medio de la Octava de Navidad, ¿no es la alegría lo que debe imperar en estos días? ¿Se trata de algún tipo de contradicción o desatino? Para resolver interrogantes como estas, dejemos que sean los propios pontífices quienes respondan: En la celebración de San Esteban en el año 2014, el Papa Francisco afirmó que «con su martirio, Esteban honra la venida al mundo del Rey de los reyes, da testimonio de Él y ofrece como don su vida, como lo hacía en el servicio a los más necesitados. Y así nos muestra cómo vivir en plenitud el misterio de la Navidad». Por su parte, el Papa Benedicto XVI, el 26 de diciembre de 2012, se refirió a San Esteban con estas palabras: «¿De dónde sacó el primer mártir cristiano la fuerza para hacer frente a sus perseguidores y llegar hasta la entrega de sí mismo? La respuesta es simple: de su relación con Dios, de su comunión con Cristo, de la meditación sobre la historia de la salvación, de ver la acción de Dios, que alcanza su cumbre en Jesucristo». ¡Viva San Esteban, cuyo sacrificio embellece la Octava de Navidad! ¡Feliz día de San Esteban, el primer mártir!

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Navidad del Señor.

Al inicio, los primeros cristianos celebraban lo que el Señor Jesús había realizado para la salvación de la humanidad: lo hacían todos los domingos en la «Pascua semanal», y, además, en la fiesta anual de la Pascua, que tenía lugar el domingo siguiente a la primera luna llena de primavera. A partir del siglo IV, el calendario litúrgico empezó a cambiar para recoger también los momentos más importantes de la vida terrena de Jesús: el Viernes Santo para conmemorar su muerte, el Jueves Santo para la Última Cena, etc. Dentro de esta dinámica, el primer testimonio de la celebración del nacimiento de Jesús, la Navidad, data del año 336. Poco después se introducirá también la fiesta oriental de la Epifanía, el 6 de enero. La fecha del 25 de diciembre estaba vinculada a la fiesta civil pagana de la «Natividad del sol invicto» (Natale Solis Invicti), que el emperador Aureliano introdujo en el año 274 en honor a la deidad siria del Sol de Emesa.La solemnidad de la Navidad es la única celebración con cuatro Misas: la de la vigilia, la de la noche, la de la aurora y la del día, y los textos son los mismos para los tres años litúrgicos, con el fin de profundizar en el Acontecimiento que cambió el curso de la historia: Dios se hizo hombre. Lecturas del Evangelio Vigilia: Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham (…) Matán, padre de Jacob. Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo. (Mt 1,1-25). Noche: (…) El ángel les dijo: “No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre».  (Lc 2,1-14). Aurora: Cuando los ángeles volvieron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado». Fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. (…) Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido. (Lc 1,15-20). Día: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios (…) Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. (Jn 1,1-18). Hoy la Luz ha entrado en el mundo. Hoy, como hace más de dos mil años, la Luz atraviesa las tinieblas de la noche y la oscuridad, y nos ilumina. Esa Luz tiene un rostro y un nombre para nosotros: Jesucristo, anunciado por el profeta Isaías: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz» (Misa de Noche buena, Is 9,1-6). Él es la Luz del mundo que ilumina las tinieblas (Jn 1,9.3.19, Evangelio del día de Navidad); Él es la Esperanza que no defrauda (Rom 5,5); Jesús, raíz y estirpe de David ( 2Sam 7,8ss, promesa de Dios al rey David, IV de Adviento; Ap 22,16); Jesús es la estrella radiante de la mañana (Ap 22,16). El Acontecimiento Esto es Navidad: un hecho, un acontecimiento que ha cambiado el curso de la historia. Dios se hizo hombre para hacernos hijos de Dios (San Ireneo). Un acontecimiento tan importante, tan decisivo, que la liturgia nos deja recrearnos en  él casi a cámara lenta, ofreciéndonos no una, sino cuatro Misas de Navidad: la Misa de la vigilia (en torno a las 18 horas), la Misa de la noche (normalmente entre las 21 y las 24 horas), la Misa de la aurora (entre las 7 y las 9 horas) y la Misa del día (entre las 10 y las 18 horas). Cuatro misas para saborear toda la alegría de este Acontecimiento que sorprendió y desbarató los planes humanos.Esta es la alegría de la Navidad: «Hoy les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor » (Lc 2,11, Evangelio de la noche). El Señor Jesús se acerca a nosotros para decirnos que no tengamos miedo, que rompamos la indiferencia de los unos hacia los otros, porque Dios, en su Hijo Jesús, se ha comprometido con la humanidad herida por el pecado para salvarnos. Detalles históricos El texto de Lucas, que escuchamos en la Misa de la noche, es rico en detalles cronológicos e históricos: «Un decreto de César Augusto ordenó que se hiciera un censo de toda la tierra… se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria…». (Lc 2,1-2). Detalles que pueden dejarnos indiferentes, tan ansiosos estamos por llegar a la noticia de que Jesús ha nacido; pero no son detalles secundarios, porque indican que el nacimiento de Jesús no pertenece al mundo de las fábulas, sino que es un hecho plenamente insertado en la historia. Árbol genealógico En la misma línea, el Evangelio de la víspera inserta a Jesús en un árbol genealógico concreto que no es perfecto, vistos los personajes que encontramos. Sin embargo, Él acepta entrar en esa historia familiar. En la larga lista se nombran los patriarcas, luego los reyes de antes y después del exilio en Babilonia. Aparecen reyes fieles y otros idólatras, inmorales y asesinos. Entre ellos, el rey David, en quien se entremezclan la fidelidad a Dios y los pecados (recordemos el crimen que confesó en el Salmo 50, después de hacer matar a Urías).La finalidad de la genealogía es testimoniar y confirmar que Jesús es del «linaje de David» (cfr. Mt 1,6ss), y que la promesa que Dios hizo a David de construirle «una casa» (cfr. 2Sam, IV de Adviento) ha encontrado su plenitud en Jesús. La genealogía nos muestra que formamos parte de una historia mayor, y esto se aplica a Jesús como Hombre que inaugura una nueva historia. Detrás de cada nombre hay una historia a través de la cual Dios ha hecho algo posible; detrás

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Santos antepasados de Jesús.

Los santos antepasados de Jesús son «los padres que agradaron a Dios y fueron hallados justos y murieron en la fe sin haber recibido las promesas, pero viéndolas de lejos y saludándolas, de los cuales nació Cristo según la carne». Así lo afirma el Martirologio Romano; pero cuando cada año por estas fechas se leen en Misa las genealogías de Jesucristo son habituales las caras de extrañeza. ¿Qué tendrá que ver con la Buena Noticia esa larga lista de nombres, la mayoría desconocidos, que se hunden en páginas del Antiguo Testamento que quizá pocos han leído alguna vez en su vida? Los Evangelios recogen dos genealogías de Jesús, una en Mateo y otra en Lucas, las dos muy diferentes entre sí. El primero la elabora desde Abrahán hasta el Señor y el segundo en sentido inverso, desde el Mesías hasta Adán. Mateo coloca la suya ya al principio de su libro, mientras que Lucas espera a contar la infancia del Señor y luego la sitúa entre el bautismo en el Jordán y las tentaciones en el desierto. Una curiosidad es que Mateo menciona a la Virgen María, mientras que Lucas, el evangelista mariano por excelencia, ni siquiera la nombra en su listado. Además, mientras la de Lucas parece un elenco sin mayor afán, la de Mateo tiene una disposición muy ordenada, con tres grupos de 14 nombres cada uno: primero desde Abrahán hasta David, luego desde este hasta el destierro de Babilonia y después hasta Jesús. Es como si Mateo quisiera entroncar a Cristo con el gran patriarca y con el gran rey de Israel; y, al aludir al destierro, subrayara su venida como Mesías. Ante estas divergencias y el hecho de que no todos los nombres coincidan, surge la pregunta sobre la verosimilitud de ambas. Es complicado darle respuesta desde un punto de vista científico e histórico. Hay autores que defienden que Lucas sigue el linaje legal mientras que Mateo lo hace con el biológico; también los hay que sostienen que Lucas registra la genealogía de María y Mateo registra la de José; y otros subrayan que uno quiso resaltar la estirpe sacerdotal de Cristo mientras que el otro quiso destacar su linaje real. Todo ello hace dudar en un primer acercamiento. Pero Tomás Olábarri, sacerdote madrileño autor de una tesina para la Universidad San Dámaso sobre las genealogías de Jesús, dice que «aunque no es posible rastrear su veracidad hasta el último detalle, sí hay muchos nombres que aparecen en la Biblia», por lo que «tampoco se debe descartar del todo su autenticidad». Más allá de estas disonancias, el motivo de que los evangelistas decidieran incluir estas listas es «hacernos entender que Cristo no vino al mundo de una manera extraña, sino que lo hizo como cada uno de nosotros». Este modo de encarnarse «muestra que no se desentiende de lo que le ha precedido, sino que se hace uno de nosotros del modo más normal, con todas las consecuencias». Así, el árbol genealógico de Jesús está lleno de pecadores —mentirosos, traidores, prostitutas, adúlteros y asesinos—, lo cual avala el hecho de que Cristo, sin cometer pecado, al encarnarse como descendiente suyo, asumió entrar hasta el fondo en el pecado de la humanidad para salvarnos de él. Las cinco mujeres En el mundo judío, el que otorgaba al niño el apellido y la vinculación con su familia era el padre. Por eso llama la atención que Mateo mencione en su listado a cinco mujeres: Tamar, Rahab, Ruth, Betsabé y la Virgen María. A lo largo de la historia de la exégesis se han dado diferentes explicaciones a este hecho y se ha buscado un denominador común a todas ellas. Se ha señalado, en línea con lo dicho más arriba, que todas eran pecadoras, pero «esa es una explicación que se queda corta, porque dejaría fuera del grupo a la madre del Señor», afirma Olábarri. Una segunda teoría es que todas eran paganas, subrayando la llamada universal a la salvación, «pero eso tampoco se puede decir de todas ellas». La conclusión de Tomás Olábarri es que, «siguiendo atentamente la historia de cada una de estas mujeres se puede decir que todas constituyen un modelo de justicia, entendiendo esta expresión en su sentido bíblico». Es decir, estas cinco mujeres, con sus acciones, hacen avanzar los designios de Dios. Sus avatares permiten que «cumpla su plan de salvación para el pueblo de Israel y para toda la humanidad». En este sentido, se entiende que la genealogía de Mateo incluya a María, «por su actitud abandonando sus planes y dejándose hacer por Dios. Fue eso lo que permitió que la redención entrara en nuestra historia y es lo que celebramos estos días».

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