

Este 26 de marzo, la Iglesia en La Habana celebró con solemnidad la Misa Crismal en la Santa Iglesia Metropolitana Catedral, presidida por el Cardenal Mons. Juan de la Caridad García, arzobispo de La Habana, junto a su obispo auxiliar Mons. Eloy Ricardo. A esta celebración litúrgica, que reviste un profundo significado eclesial, asistieron el clero de la arquidiócesis, así como numerosos religiosos, religiosas y fieles laicos.

“El Cardenal Juan de la Caridad García recordó en su homilía que la historia sacerdotal de Cuba está llena de luces que siguen iluminando la vida de la Iglesia y de la Patria. Invitó a dar gracias por los sacerdotes que han marcado nuestra vida y a reconocer que cada uno es obra del Espíritu Santo.”




La Misa Crismal, tradicionalmente celebrada en la Semana Santa, es una expresión viva de la unidad de los sacerdotes con su obispo. En ella se consagran y bendicen los óleos sagrados: el Santo Crisma, el óleo de los catecúmenos y el óleo de los enfermos, que serán utilizados durante todo el año en los sacramentos del Bautismo, Confirmación, Orden Sacerdotal y Unción de los Enfermos, así como en otros ritos litúrgicos.

El Cardenal Juan de la Caridad García comenzó su homilía diciendo que «En nuestra historia sacerdotal hay muchas luces que iluminan la historia de la Iglesia y de nuestra Patria. Luces que permanecen luminosas para todos y cada uno de nosotros». Hizo así un recorrido mencionando figuras sacerdotales cubanas que han marcado la vida de la Iglesia y de la nación, presentándolos como “luces” que iluminan el presente. Destacó a través de estos nombres ilustres y sus obras, que los sacerdotes ejercen múltiples servicios, no solo espirituales, sino también humanos y sociales, mostrando la amplitud del compromiso pastoral.


El Cardenal quiso transmitir que el sacerdocio en Cuba es una historia de fidelidad y entrega, marcada por hombres que, en distintos contextos, han sido testigos de Cristo y servidores del pueblo. En su mensaje resaltó que cada sacerdote es fruto del Espíritu Santo y que su misión se prolonga en la vida concreta de la comunidad.
La celebración fue también ocasión para que los sacerdotes renovaran públicamente sus promesas sacerdotales, reafirmando su compromiso de servicio y fidelidad a Cristo y a la Iglesia.



Esta celebración litúrgica no solo consagra los óleos que acompañarán la vida sacramental de la Iglesia durante todo el año, sino que también renueva el corazón del ministerio sacerdotal. En comunión con su obispo, los presbíteros reafirmaron su vocación como servidores configurados con Cristo, Pastor y Siervo. La Misa Crismal se convierte así en un signo luminoso de unidad eclesial, una fuente de gracia que impulsa a toda la comunidad a vivir el Triduo Pascual con renovada esperanza y a abrir caminos nuevos en la misión evangelizadora.

