Redacción: Jorge Luis Nodal Cordero. Fotos: Ana Carolina Suárez Sarduy.

La Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María quedará desde este 15 de agosto de 2026 grabada de manera especial en la historia reciente de la Diócesis de Cienfuegos. Mientras la Iglesia contemplaba a María elevada al cielo, dos jóvenes que durante años fueron madurando su vocación y aprendiendo a entregar la vida al servicio de los demás dieron también su sí definitivo al Señor. Eduardo Ernesto Torres Alonso y Yurisan Veliz Santana fueron ordenados sacerdotes para servir a Dios y a su pueblo.
Una vez más, la Santa Iglesia Catedral de la Purísima Concepción vistió sus mejores galas. Desde temprano fueron llegando familiares, amigos y fieles procedentes de distintas comunidades, muchos de ellos testigos cercanos del camino recorrido por Eduardo y Yurisan desde aquellos primeros pasos de inquietud vocacional hasta su servicio más reciente como diáconos transitorios.

La Eucaristía fue presidida por nuestro Obispo, Monseñor Domingo Oropesa Lorente, acompañado por la mayoría de los sacerdotes que desarrollan su labor pastoral en tierras cienfuegueras. Fue hermoso contemplar al presbiterio reunido alrededor de su Obispo para recibir a dos nuevos hermanos. Allí estaban quienes los habían acompañado durante su formación, quienes compartieron con ellos diferentes momentos del camino y quienes, desde ahora, caminarán a su lado en la hermosa y exigente misión sacerdotal.
La celebración de la Asunción puso un sello profundamente mariano a la jornada. María, la mujer del sí, la que confió incluso cuando no podía comprenderlo todo, parecía señalar también el camino a los dos nuevos sacerdotes: confiar, permanecer y entregar la vida. Si el Evangelio de esta solemnidad nos muestra a una Virgen que se pone en camino para servir, también el sacerdote está llamado a ponerse en camino una y otra vez, allí donde exista una comunidad que acompañar, un enfermo que consolar, una familia que necesite esperanza, un pecador que busque reconciliación o un altar donde partir el Pan de la Vida.

En su homilía, Monseñor Domingo hizo sentir precisamente la grandeza de ese llamado. Sus palabras estuvieron marcadas por la invitación a no entender el sacerdocio como un privilegio, sino como una vida entregada; a permanecer cerca de Dios para poder estar verdaderamente cerca del pueblo y a no olvidar nunca que las manos consagradas del sacerdote son, ante todo, manos para servir, bendecir, perdonar y levantar al hermano caído.
En una jornada colocada providencialmente bajo la mirada de la Virgen, el Obispo invitó también a los nuevos presbíteros a aprender de María la fidelidad y la disponibilidad: que sepan decir cada mañana un nuevo “sí” al Señor, también cuando lleguen el cansancio y las dificultades; que no pierdan la alegría de la vocación recibida y que encuentren siempre en la Madre de Jesús refugio y compañía para su ministerio. Porque el sacerdote, como María, está llamado a llevar a Cristo consigo y entregarlo a los demás.

Cada momento estuvo marcado por una profunda solemnidad. Particularmente conmovedor fue ver a Eduardo y Yurisan postrados en el suelo de la Catedral mientras la Iglesia invocaba la intercesión de los santos. Después vendrían la imposición de las manos de su Obispo y de los sacerdotes presentes, la oración de consagración, la unción de sus manos y, finalmente, el abrazo de quienes desde ese instante ya no solamente serían sus formadores, párrocos o compañeros de camino, sino también sus hermanos en el sacerdocio.
Y en medio de todo cuanto se vivió, dos frases parecían resumir silenciosamente las historias que habían conducido a ambos jóvenes hasta aquel altar. Eduardo llegaba para entregar definitivamente su vida convencido de que “hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4,16). Es el amor primero de Dios, descubierto y experimentado a lo largo del camino, el que encuentra ahora respuesta en una vida ofrecida enteramente a su servicio.

Yurisan, por su parte, llegaba sosteniendo su vocación sobre una certeza que hoy adquiere una dimensión todavía mayor: “Mi fuerza y mi poder es el Señor, Él fue mi salvación” (Ex 15,2). No las propias fuerzas, no las seguridades humanas, sino el Señor como sostén para comenzar un ministerio que tendrá días luminosos y también momentos de cruz, pero en el que nunca caminará solo.
Al término de la celebración, la Iglesia de Cienfuegos tenía dos nuevos sacerdotes. Dos hijos de esta Iglesia particular que ahora son enviados a gastar la vida entre su pueblo, a celebrar la Eucaristía, anunciar el Evangelio, ofrecer el perdón de Dios y acompañar las alegrías, dolores y esperanzas de las comunidades que les sean confiadas.


No pudo ser más hermoso el día escogido. En la fiesta de aquella que pronunció el sí que cambió la historia, Eduardo y Yurisan pronunciaron también el suyo. Y mientras la Iglesia levantaba los ojos al cielo para contemplar a María Asunta, Cienfuegos daba gracias a Dios mirando con esperanza hacia el futuro, porque en medio de esta tierra que tanto necesita consuelo, fe y esperanza, el Señor continúa llamando.
Que María Santísima, Madre de los sacerdotes, los cubra siempre con su manto. Y que aquel sí pronunciado ante Dios y ante su pueblo permanezca vivo cada día de sus vidas: un sí para servir, un sí para amar y un sí para llevar a Cristo hasta el último rincón donde sean enviados.
