Santo del Día
San Matías, 14 de mayo.
Cada 14 de mayo, la Iglesia conmemora a San Matías Apóstol, el discípulo elegido para ocupar el lugar que el traidor, Judas Iscariote, había dejado entre los Apóstoles. A San Matías se le considera patrono de los carniceros y de los arquitectos. En los Hechos de los Apóstoles es posible encontrar señales inequívocas del aprecio del que gozaba Matías entre los miembros de la Iglesia primigenia. San Lucas, autor del relato de su elección para completar a los Doce, deja esto en evidencia, especialmente cuando recoge, una a una, las palabras del Apóstol Pedro (como se verá a continuación). Los candidatos fueron José, llamado Barsabás, cuyo sobrenombre era ‘Justo’, y Matías. Después de la Ascensión del Señor, los Apóstoles, junto con María y algunos discípulos, se encontraban a la espera del Espíritu Santo, cuya llegada había sido anunciada por Jesús resucitado. En esos días de oración y expectativa, Pedro invitó a la comunidad a que se pronuncie sobre quién debía reemplazar a Judas Iscariote: “Es necesario que uno de los que han estado en nuestra compañía durante todo el tiempo que el Señor Jesús permaneció con nosotros, desde el bautismo de Juan hasta el día de la ascensión, sea constituido junto con nosotros testigo de su resurrección” (Hch 1, 21-22). Acto seguido, señala Lucas: “Se propusieron dos nombres: José, llamado Barsabás, de sobrenombre ‘el justo’, y Matías. Y oraron así: ‘Señor, tú que conoces los corazones de todos, muéstranos a cuál de los dos elegiste para desempeñar el ministerio del apostolado, dejado por Judas al irse al lugar que le correspondía’. Echaron suertes, y la elección cayó sobre Matías, que fue agregado a los once Apóstoles” (Hch 1, 23-26). No se sabe con certeza mucho más sobre San Matías, salvo que se mantuvo fiel hasta el final de sus días. Se cree que murió apedreado o crucificado en Cólquida (actual Georgia) a donde habría llegado para anunciar a Cristo. Su muerte se habría producido hacia el año 80 d. C. El Papa Benedicto XVI, en el año 2006, compartió una hermosa reflexión que tenía como base la figura del santo, y que constituye una clave para comprender y enfrentar el pecado y el mal dentro de la Iglesia: “De aquí [del ejemplo de San Matías] sacamos una última lección: ‘Aunque en la Iglesia no faltan cristianos indignos y traidores, a cada uno de nosotros nos corresponde contrarrestar el mal que ellos realizan con nuestro testimonio fiel a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador’» (Benedicto XVI, Audiencia General, 18 de octubre de 2006).
San Francisco de Gerónimo, 11 de mayo.
San Francisco de Gerónimo (también, Francisco de Jerónimo S.J.) fue un misionero jesuita natural Grottaglie, Tarento (Italia) quien vivió dedicado a la predicación y al servicio apostólico en el desaparecido Reino de Nápoles. Precisamente por esa razón se le suele llamar «el apóstol de Nápoles». Francisco se hizo célebre por su incansable trabajo en favor de la conversión de los pecadores, a quienes buscó a ejemplo del Buen Pastor, Jesucristo, que va en busca de la oveja perdida del rebaño. No temió ni las calles peligrosas ni acercarse a aquellos cuya reputación o indignidad eran motivo de rechazo. En ese sentido, Francisco dejó que a través de su noble corazón pobre, enfermos y oprimidos pudieran conocer el amor de Dios, y miró con compasión y amor fraterno a los pecadores empedernidos e irredentos, y precisamente entre ellos conquistó muchas almas para Dios, devolviéndoles el sentido de la vida. Jesús, a quien Francisco adoró en la Eucaristía y frecuentó en la oración, fue quien moldeó su alma y lo animó a anunciar su Palabra ‘a tiempo y a destiempo’. Francisco respondió al amor de Dios con su vida disciplinada y ejemplar. Francisco de Gerónimo nació el 17 de diciembre de 1642 en Grottaglie, una ciudad del sur de Italia. A los 16 años entró al colegio de Tarento, donde estuvo bajo la tutela de la Compañía de Jesús. En aquella institución estudió humanidades y filosofía, con tal éxito que el obispo lo envió a Nápoles para que asistiera a conferencias de Teología Canónica en el famoso colegio Gesu Vecchio [El colegio antiguo de Jesús], que por aquel entonces rivalizaba con las más grandes universidades de Europa. El 1 de julio de 1670 ingresó al noviciado de la Compañía de Jesús. Al final de su primer año de prueba, fue enviado como misionero a un lugar cercano al municipio italiano de Otranto, para poner en práctica su habilidad para la predicación. Allí confirmó su llamado a ser una voz que anuncia la alegría del Evangelio. Quiso ser enviado a lugares lejanos, pero sus superiores no aceptaron sus pedidos y prefirieron que permaneciera en Nápoles. Francisco, obediente, entendió que el Señor lo quería donde estaba y dejó de insistir. Después de 4 años predicando en pequeños pueblos y de culminar sus estudios de teología, sus superiores lo nombraron predicador de la iglesia del Gesú Nuovo [La iglesia nueva de Jesús] en Nápoles. Sus sermones elocuentes, breves y enérgicos, llegaron a conmover a muchos, removiendo conciencias estancadas y despertando el sentido de la fe. Muchas conversiones obró el Señor a través de sus palabras, especialmente de personas que tenían el corazón endurecido y no sentían culpa alguna por sus malas obras. En algunas ocasiones pasó por no menos de cinco aldeas en un solo día, predicando en calles, plazas públicas e iglesias. La gente que lo conocía solía decir que convertía por lo menos a unos 400 pecadores al año. Una de sus obras de caridad habituales fue visitar hospitales y cárceles. Y cientos de veces fue en busca de algún alma perdida por calles peligrosas o lugares de mala reputación. Eso le valió más de una paliza a manos de delincuentes, pero no por eso dejó de insistir en el llamado a la conversión, sabiéndose él mismo un pecador perdonado. Ayudó mucho en su difícil misión, su aspecto ascético y a veces severo, siempre en actitud orante y de atención con los que sufren. San Francisco murió a los 74 años de edad y fue sepultado en la Iglesia de la Compañía de Nápoles. Fue beatificado en 1758 por Benedicto XIV y canonizado en 1839 por el Papa Gregorio XVI.
San Juan de Ávila, 10 de mayo.
Nacido en Almodóvar del Campo, Ciudad Real (España), el 6 de enero de 1499 ó 1500. El año 1513 fue a estudiar leyes a Salamanca. Regresó a casa después de cuatro años y, aconsejado por un franciscano, estudió filosofía y teología. Al poco tiempo murieron sus padres. Fue ordenado sacerdote el año 1526. A su primera misa asistieron doce pobres que comieron a su mesa. El padre Juan de Ávila repartió sus bienes a los pobres y se entregó a la oración y a la enseñanza del catecismo. El año 1535, llamado por el obispo, marchó a Córdoba donde conoció a fray Luis de Granada. Allí organizó predicaciones por los pueblos obteniendo muchas conversiones de personas importantes. Dedicó también mucho tiempo al clero para quien fundó centros de estudios como los colegios de San Pelagio y de la Asunción. Al año siguiente, se desplazó a Granada a donde fue llamado para ayudar al arzobispo Gaspar de Ávalos en la fundación de la universidad. En esa ciudad tuvo lugar la conversión de san Juan de Dios, quien después de haber escuchado la predicación del padre Juan de Ávila decidió dedicar su vida a los pobres, enfermos y menesterosos. El grupo sacerdotal de Juan de Ávila se formó en Granada hacia el año 1537. Los sacerdotes operarios, que se dedicaban a la predicación, vivían en comunidad, bajo la obediencia del maestro Ávila. Él les aconsejaba robustecer su vida interior: recibir frecuentemente la confesión y comunión, hacer dos horas de oración de mañana y tarde, y estudiar el Nuevo Testamento. Juan acudió a Baeza (Jaén) en 1539, donde ayudó en la fundación de la Universidad, quizá su fundación más célebre. En todas las ciudades por donde pasaba, Juan de Ávila procuraba dejar la fundación de algún colegio o centro de estudios para sacerdotes: tres colegios mayores o universidades y once colegios. Desde 1551 comenzó a sentirse enfermo. Las molestias de su enfermedad le obligaron a residir en Montilla hasta su muerte. Su retiro le dio la posibilidad de escribir con calma sus cartas y preparar mejor sus sermones y tratados. Las cartas de Juan de Ávila llegaban a todo rincón de España e incluso de Roma. De todas partes le pedían consejo obispos, personas de gobierno, sacerdotes y seminaristas, discípulos, conversos, personas humildes, enfermos, religiosos y religiosas. Estuvo relacionado con grandes santos del siglo de oro español: Juan de Dios, Ignacio de Loyola, Francisco de Borja, Teresa de Jesús. Esta última le dio a examinar el libro de su vida. Una de las virtudes principales del padre Juan de Ávila fue su gran amor a la Eucaristía. Ya enfermo, quiso ir a celebrar misa a una ermita, pero por el camino se sintió imposibilitado. Entonces, el Señor se le apareció, en figura de peregrino, y le animó a llegar hasta la meta. En una de las últimas ocasiones en que celebró la misa le habló el crucifijo: “Perdonados te son tus pecados”. El 7 de octubre de 2012 su nombre fue agregado a la lista de Doctores de la Iglesia por el Papa Benedicto XVI.
San Isaías, 9 de mayo.
Isaías, el Profeta, es una de las figuras más influyentes de la historia judía y cristiana. Vivió en el siglo VIII a.C. y sus enseñanzas siguen inspirando a la gente hoy en día. Isaías era conocido por sus mensajes de esperanza, justicia y fidelidad a Dios. A pesar de enfrentarse a persecuciones y desafíos a lo largo de su vida, Isaías se mantuvo firme en sus creencias y dedicó su vida a difundir la palabra de Dios. Su legado sigue vivo, incluso después de su muerte, y sus enseñanzas siguen siendo estudiadas y veneradas por millones de personas de todo el mundo. Un reto concreto al que se enfrentó Isaías fue el reinado del rey Manasés, conocido por su crueldad e idolatría. A pesar de ello, Isaías se mantuvo fiel a sus creencias y siguió predicando la palabra de Dios. En este artículo, exploraremos la vida y las enseñanzas de Isaías, incluida su misión, sus profecías y su legado. ¿Quién era Isaías? Isaías, el célebre profeta, está considerado una de las figuras más influyentes del Antiguo Testamento. Sus escritos han influido en las creencias y prácticas religiosas de innumerables personas de todo el mundo. Pero, ¿quién era Isaías? Para comprender la magnitud de sus enseñanzas, es esencial desvelar sus antecedentes y su vida en los primeros tiempos. Nacido en Jerusalén durante el siglo VIII a.C., Isaías fue un profeta de inspiración divina que transmitió los mensajes de Dios al pueblo de Israel. De joven, tuvo una visión de Dios en el Templo, iniciando así su camino para convertirse en profeta. La misión de Isaías como profeta era comunicar la voluntad de Dios al pueblo de Israel. Condenó las injusticias y la prevaricación de la clase alta, y exhortó a volver a adorar a Dios. Sus palabras no siempre fueron bien recibidas, y se enfrentó a la persecución y al exilio por sus sermones. A pesar de estas adversidades, Isaías se mantuvo firme en su vocación y siguió denunciando los pecados de su pueblo. Una de las facetas más destacadas de las enseñanzas de Isaías fue su énfasis en el advenimiento de un mesías. Predijo un futuro gobernante que recuperaría Israel e iniciaría una nueva época de armonía y riqueza. Este mesías era percibido como una figura salvadora que traería la liberación al pueblo de Israel. Las profecías de Isaías sobre el mesías han tenido un profundo efecto en la teología cristiana, y muchos de sus discursos siguen siendo leídos y venerados por los creyentes en la actualidad. El legado de Isaías como profeta sigue motivando y desafiando a la gente hoy en día. Sus enseñanzas sobre la equidad social, la lealtad a Dios y la llegada del mesías siguen siendo pertinentes y significativas en nuestro mundo moderno. Aunque vivió hace miles de años, el mensaje de Isaías sigue resonando en personas de todas las creencias y procedencias. Si perseveramos en el examen de sus enseñanzas y reflexionamos sobre su vida, podremos obtener una comprensión más profunda de lo que significa ser un devoto siervo de Dios. La misión de Isaías La misión de Isaías era una parte vital de su ministerio profético. Como mensajero de Dios, Isaías tenía la misión de alertar a los habitantes de Jerusalén del desastre inminente que les sobrevendría si no cambiaban de conducta. Su proclamación fue clara y directa, pidiendo al pueblo que se apartara de su conducta inmoral y abrazara el camino de la rectitud. A pesar de enfrentarse a la oposición y la persecución de quienes no deseaban aceptar sus palabras, Isaías se mantuvo firme en su fe y siguió transmitiendo el mensaje de Dios. Esta misión está documentada en el Libro Isaías, texto considerado uno de los libros más significativos del Antiguo Testamento. La misión de Isaías no era sólo una advertencia sobre las consecuencias de las acciones de Jerusalén, sino también una fuente de esperanza y redención. Sus profecías no trataban sólo del castigo, sino también de un futuro en el que los habitantes de Jerusalén podrían volver a conectar con Dios y existir en paz y prosperidad. Por tanto, la misión de Isaías era un mensaje tanto de juicio como de tranquilidad, que recordaba al pueblo que Dios no era sólo un Dios de venganza, sino también un Dios de misericordia. A través de su misión, Isaías dio forma a las creencias y prácticas religiosas del pueblo de Jerusalén, dejando un legado que sigue inspirando y guiando a otros en la actualidad. Isaías fue un profeta extraordinario enviado por Dios para transmitir importantes mensajes al pueblo de Israel. Su misión era advertirles de las consecuencias de sus actos y ofrecerles esperanza y redención a través de sus profecías. El legado de Isaías sigue inspirando a personas de todo el mundo, y sus palabras han sido fuente de consuelo y guía para generaciones. Al reflexionar sobre la vida y las enseñanzas de Isaías, recordemos su mensaje de fe, esperanza y amor. Fue verdaderamente un mensajero de Dios, enviado dios.
Domingo de Resurrección, 20 de abril.
El Domingo de Resurrección o de Pascua es la fiesta más importante para todos los católicos, ya que con la Resurrección de Jesús es cuando adquiere sentido toda nuestra religión. Cristo triunfó sobre la muerte y con esto nos abrió las puertas del Cielo. En la Misa dominical recordamos de una manera especial esta gran alegría. Se enciende el Cirio Pascual que representa la luz de Cristo resucitado y que permanecerá prendido hasta el día de la Ascensión, cuando Jesús sube al Cielo. La Resurrección de Jesús es un hecho histórico, cuyas pruebas entre otras, son el sepulcro vacío y las numerosas apariciones de Jesucristo a sus apóstoles. Cuando celebramos la Resurrección de Cristo, estamos celebrando también nuestra propia liberación. Celebramos la derrota del pecado y de la muerte. En la resurrección encontramos la clave de la esperanza cristiana: si Jesús está vivo y está junto a nosotros, ¿qué podemos temer?, ¿qué nos puede preocupar? Cualquier sufrimiento adquiere sentido con la Resurrección, pues podemos estar seguros de que, después de una corta vida en la tierra, si hemos sido fieles, llegaremos a una vida nueva y eterna, en la que gozaremos de Dios para siempre. Si Jesús no hubiera resucitado, sus palabras hubieran quedado en el aire, sus promesas hubieran quedado sin cumplirse y dudaríamos que fuera realmente Dios. Pero, como Jesús sí resucitó, entonces sabemos que venció a la muerte y al pecado; sabemos que Jesús es Dios, sabemos que nosotros resucitaremos también, sabemos que ganó para nosotros la vida eterna y de esta manera, toda nuestra vida adquiere sentido. La Resurrección es fuente de profunda alegría. A partir de ella, los cristianos no podemos vivir más con caras tristes. Debemos tener cara de resucitados, demostrar al mundo nuestra alegría porque Jesús ha vencido a la muerte. La Resurrección es una luz para los hombres y cada cristiano debe irradiar esa misma luz a todos los hombres, haciéndolos partícipes de la alegría de la Resurrección por medio de sus palabras, su testimonio y su trabajo apostólico. Debemos estar verdaderamente alegres por la Resurrección de Jesucristo, nuestro Señor. En este tiempo de Pascua que comienza, debemos aprovechar todas las gracias que Dios nos da para crecer en nuestra fe y ser mejores cristianos. Vivamos con profundidad este tiempo. Con el Domingo de Resurrección comienza un Tiempo pascual, en el que recordamos el tiempo que Jesús permaneció con los apóstoles antes de subir a los cielos, durante la fiesta de la Ascensión. ¿Cómo se celebra el Domingo de Pascua? Se celebra con una Misa solemne en la cual se enciende el cirio pascual, que simboliza a Cristo resucitado, luz de todas las gentes.En algunos lugares, muy de mañana, se lleva a cabo una procesión que se llama “del encuentro”. En ésta, un grupo de personas llevan la imagen de la Virgen y se encuentran con otro grupo de personas que llevan la imagen de Jesús resucitado, como símbolo de la alegría de ver vivo al Señor.
Miércoles de Ceniza.
El Miércoles de Ceniza es el inicio de la Cuaresma El Miércoles de Ceniza es el primer día de la Cuaresma. Según el Misal Romano, “en la Misa de este día se bendice y se impone la ceniza hecha de ramos de olivo o de otros árboles”. Es un rito con siglos de historia. En el Antiguo Testamento, las cenizas simbolizan luto (Jer 6,26), petición de ayuda a Dios (Dan 9,3) y arrepentimiento (Jud 4,11). La tradición cristiana de imponer ceniza se remonta a la Iglesia primitiva. La Enciclopedia Católica indica que, en Jueves Santo, los primeros cristianos se cubrían de ceniza como signo de penitencia pública. No fue hasta el siglo XI que se implementó el rito de la imposición de la ceniza el Miércoles de Ceniza. Hoy, otras denominaciones cristianas como anglicanos, luteranos y metodistas también realizan este gesto, aunque con diferencias en sus ritos. La imposición de cenizas es un gesto que abre a la conversión. La ceniza es un símbolo de humildad y penitencia. El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (n. 125) explica: “Propio de los antiguos ritos con los que los pecadores convertidos se sometían a la penitencia canónica, el gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios”. “Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. Se debe ayudar a los fieles, que acuden en gran número a recibir la Ceniza, a que capten el significado interior que tiene este gesto, que abre a la conversión y al esfuerzo de la renovación pascual”, añade. Las cenizas tienen más de un significado. La palabra ceniza, que proviene del latín “cinis”, representa el producto de la combustión de algo por el fuego. Esta adoptó tempranamente un sentido simbólico de muerte, caducidad, pero también de humildad y penitencia. La ceniza también le recuerda al cristiano su origen y su fin: “Dios formó al hombre con polvo de la tierra” (Gn 2,7); “hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste hecho” (Gn 3,19). Durante una audiencia general, Benedicto XVI explicó que el gesto de la imposición de la ceniza representa también “una inmersión más consciente e intensa en el misterio pascual de Cristo, en su muerte y resurrección, mediante la participación en la Eucaristía y en la vida de caridad, que nace de la Eucaristía y encuentra en ella su cumplimiento”. También aseguró que permite el “compromiso de seguir a Jesús, de dejarnos transformar por su misterio pascual, para vencer el mal y hacer el bien, para hacer que muera nuestro ‘hombre viejo’ vinculado al pecado y hacer que nazca el ‘hombre nuevo’ transformado por la gracia de Dios”. Las cenizas se consiguen a partir del último Domingo de Ramos El Misal Romano indica que las cenizas se obtienen de la quema de las palmas del Domingo de Ramos del año anterior. En algunos países, se mezclan con agua bendita o aceite de crisma para formar una pasta aromatizada con incienso. La imposición de la ceniza tiene un rito especial durante la Misa El rito tiene lugar al finalizar la homilía. Según el Misal romano, el sacerdote, de pie y con las manos juntas, dice: “Queridos hermanos, pidamos humildemente a Dios Padre que bendiga con su gracia esta ceniza que, en señal de penitencia, vamos a imponer sobre nuestra cabeza”. Luego, el sacerdote o ministro rocía la ceniza con agua bendita, sin decir nada. Seguidamente, impone la ceniza a todos los presentes que se acercan con él, y dice a cada uno: “Conviértete y cree en el Evangelio (Mc 1, 15)” o “Recuerda que eres polvo y al polvo has de volver (Cfr. Gn 3, 19)”. Según el Misal romano, no hay respuesta obligatoria por parte del fiel. Se recomienda retirarse en silencio, meditando el significado del gesto. La ceniza también puede imponerse sin necesidad de la Misa En ausencia de un sacerdote, los laicos pueden imponer la ceniza en un rito sin Misa, preferiblemente precedido por una liturgia de la palabra. Sólo un sacerdote o diácono puede bendecirla previamente. Las cenizas pueden ser recibidas por no católicos Cualquier persona, incluso no católica, puede recibir la ceniza. Según el Catecismo (n. 1670), los sacramentales no confieren la gracia del Espíritu Santo como sí lo hacen los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia estos “preparan a recibirla y disponen a cooperar con ella”. No es obligatorio recibir la ceniza El Miércoles de Ceniza no es día de precepto, por lo que no es obligatorio recibir la ceniza ni asistir a Misa. Sin embargo, es recomendable participar. El Miércoles de Ceniza es un día de ayuno y abstinencia obligatoria El Miércoles de Ceniza es día de ayuno y abstinencia, al igual que el Viernes Santo. El ayuno es obligatorio para fieles de entre 18 y 60 años y consiste en una única comida fuerte. La abstinencia de carne aplica a partir de los 14 años. Los viernes de Cuaresma también son de abstinencia obligatoria, aunque en algunos países puede sustituirse por otra penitencia. Los demás viernes del año también, aunque según el país puede sustituirse por otro tipo de mortificación u ofrecimiento como el rezo del Rosario. FUENTE: aciprensa
San Pedro Damián
Cada 21 de febrero la Iglesia universal celebra a San Pedro Damián (1007-1072), Doctor de la Iglesia. Inicialmente, vivió como monje benedictino, pero, sensible a las necesidades de su tiempo, aceptó ser ordenado obispo y luego creado cardenal. Pedro Damián (en italiano, Damiani) realizó una importantísima contribución a la renovación eclesial del siglo XI que tuvo en la reforma gregoriana su momento cumbre. San Pedro Damián fue un hombre de profunda oración y recogimiento. Precisamente por ello, supo distinguir muy bien aquellas cosas que son esenciales para alcanzar la perfección de la caridad de aquellas que no lo son. En otras palabras, el impulso reformista que lo caracterizó a lo largo de su vida brotaba de una vida interior auténtica, del trato asiduo con Dios y con su propio interior. Este santo era muy consciente de que para seguir a Cristo hay que formar y fortalecer el alma, en particular la mente. Así lo expresa, bellamente, él mismo: “Que la esperanza te levante ese gozo, que la caridad encienda tu fervor. Así tu mente, bien saciada, será capaz de olvidar los sufrimientos exteriores y progresará en la posesión de los bienes que contempla en su interior”. El santo nació en 1007 en Rávena (Italia). Perdió a sus padres de muy niño y quedó al cuidado de uno de sus hermanos, quien no lo trató debidamente. No obstante, para su fortuna, otro de sus hermanos, arcipreste de Rávena, se compadeció de él y se encargó de su educación. A su lado, Pedro, se sentía como un hijo, por eso decidió tomar su nombre: “Damián” (Damiani). Conforme Pedro iba creciendo, iría mostrando una inclinación cada vez mayor a la oración, a las vigilias de meditación y al ayuno; y, al mismo tiempo, a ser generoso con quienes Dios más ama. El santo compartía sus alimentos con quienes padecían hambre, a quienes solía acoger en su casa y servirles. El Papa Alejandro II envió a San Pedro Damián a resolver un problema a Rávena, donde el arzobispo se había declarado en franca rebeldía y había incurrido en excomunión. Lamentablemente, el santo llegó cuando el prelado había muerto, pero fue tal su ejemplo de justicia y caridad en la corrección fraterna que los cómplices del rebelde reconocieron su error, asumieron su penitencia y reformaron sus conductas. De camino de regreso a Roma, Pedro Damián cayó enfermo durante su estancia en un monasterio en las afueras de Faenza. Allí murió el 22 de febrero de 1072. Dante Alighieri, autor de La Divina Comedia, en el canto XXI del Paraíso, coloca a San Pedro Damián en el cielo de Saturno, destinado a los elevados espíritus contemplativos. Fue declarado Doctor de la Iglesia en 1828 por el Papa León XII.
Santos Jacinta y Francisco Marto
Santos Jacinta y Francisco Marto, quienes junto a su prima Lucía, vieron a la Virgen en varias ocasiones entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917 en Cova de Iría, cerca de Ajustrel. En el pequeño pueblo situado a unos ochocientos metros de Fátima, Portugal, nacieron los pastorcitos que vieron a la Virgen María: Francisco y Jacinta, hijos de Manuel Pedro Marto y de Olimpia de Jesús Marto. También nació allí la mayor de los videntes, Lucía Dos Santos, quien murió el 13 de febrero de 2005. Desde muy temprana edad, Jacinta y Francisco aprendieron a cuidarse de las malas relaciones, y, por tanto, preferían la compañía de Lucía, prima de ellos, quien les hablaba de Jesucristo. Los tres pasaban el día juntos, cuidando de las ovejas, rezando y jugando. Entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917, a Jacinta, Francisco y Lucía, les fue concedido el privilegio de ver a la Virgen María en el Cova de Iría. A partir de esta experiencia sobrenatural, los tres se vieron cada vez más inflamados por el amor de Dios y de las almas, que llegaron a tener una sola aspiración: rezar y sufrir de acuerdo con la petición de la Virgen María. Si fue extraordinaria la medida de la benevolencia divina para con ellos, extraordinario fue también la manera como ellos quisieron corresponder a la gracia divina. Los niños no se limitaron únicamente a ser mensajeros del anuncio, de la penitencia y de la oración, sino que dedicaron todas sus fuerzas para ser de sus vidas un anuncio, más con sus obras que con sus palabras. Durante las apariciones, soportaron con espíritu inalterable y con admirable fortaleza las calumnias, las malas interpretaciones, las injurias, las persecuciones y hasta algunos días de prisión. Durante aquel momento, tan angustioso en que fue amenazado de muerte por las autoridades de gobierno si no declaraban falsas las apariciones, Francisco se mantuvo firme por no traicionar a la Virgen, infundiendo este valor a su prima y a su hermana. Cuantas veces les amenazaban con la muerte, ellos respondían: «Si nos matan, no importa; vamos al cielo.» Por su parte, cuando a Jacinta se la llevaban supuestamente para matarla, con espíritu de mártir, les indicó a sus compañeros, «No se preocupen, no les diré nada; prefiero morir antes que eso.»
San Álvaro de Córdoba
La semblanza del Álvaro, cuya memoria hoy celebramos, responde a la de un hombre excepcional, como podemos ver a través de su obra, en la que quedó plasmado lo más puro de su alma grande. Álvaro ingresó en la Orden de Santo Domingo de Guzmán (Los Dominicos) y llegó a ser durante unos años profesor en la Universidad de Salamanca, pero al nacer el siglo XV, abandonó la cátedra, movido por la urgencia de apostolado. Recorrió las ciudades y caminos de España, Provenza, Saboya e Italia y será conocido como el maestro virtuoso, maduro y emprendedor, de la reforma en España. Dada su virtud y sabiduría, todos le tenían como santo y hombre ilustrado. Siendo llamado para ser confesor de Catalina de Lancaster, reina consorte, esposa del rey Enrique III de Castilla y de su hijo, el rey Juan II. Fray Álvaro de Córdoba moriría con algo más de setenta años, el día 19 de febrero de 1430 en su santo lugar, debido a una lenta y penosa enfermedad, bastante mayor para aquella época, siendo enterrado en el Santuario de Santo Domingo de Scala Coeli, que dista unos 10 kilómetros de Córdoba. El 22 de septiembre de 1714 fue beatificado por Benedicto XIV.










