Santo del Día

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San Francisco Javier.

Cada 3 de diciembre la Iglesia celebra a San Francisco Javier (1506-1552), paradigmático sacerdote jesuita y misionero español del siglo XVI. La tradición suele referirse a él como el “Gigante de la Historia de las Misiones”, debido a su ímpetu evangelizador y a la fuerza espiritual con la que condujo empresas apostólicas extremadamente difíciles. Fue él quien se propuso llevar el Evangelio a Oriente, concretamente a Asia, en la que sería una de las expediciones misioneras más ambiciosas de aquel entonces. Francisco Javier estuvo tanto en la India como en Japón; no obstante, Dios lo llamó a su presencia antes de que pueda alcanzar las costas de China continental, el último de sus destinos apostólicos. San Francisco Javier nació en 1506, en el Castillo de Javier en Navarra, cerca de Pamplona (España). De familia de alcurnia, a los 18 años fue enviado a estudiar a la Universidad de París (Francia), donde tuvo como compañero al beato jesuita Pedro Favre, quien lo puso en contacto con el entonces estudiante Íñigo de Loyola, el futuro San Ignacio de Loyola. Francisco entabló una profunda amistad con él, de manera que terminaría integrando el pequeño grupo de compañeros que luego se convertiría en el núcleo fundacional de  la Compañía de Jesús, una de las Órdenes religiosas más numerosas e importantes. Finalizados sus estudios, Francisco hizo los Ejercicios Espirituales bajo la dirección de Ignacio y, más tarde, los primeros votos. De cara a Cristo, el joven Francisco llegó a comprender aquello que su amigo Ignacio le había dicho alguna vez: «Un corazón tan grande y un alma tan noble no pueden contentarse con los efímeros honores terrenos. Tu ambición debe ser la gloria que dura eternamente». Atrás quedarían los planes y las aspiraciones terrenas, y así el santo haría su consagración definitiva en la Compañía de Jesús en 1534. Años después, Francisco sería ordenado sacerdote en Venecia (Italia), para después enrumbar a Roma junto a San Ignacio. En la Ciudad Eterna, colaboraría con el General de los Jesuitas en la redacción de las Constituciones de la Compañía. En la primera expedición misionera de la Compañía, Francisco fue enviado a la India. En camino hacia dicho país, permanece una temporada en Lisboa (Portugal), donde se reúne con el Padre Rodríguez, quien tenía la misión de acompañarlo. Durante aquella estancia, el rey Juan III de Portugal les tomó mucha estima a ambos sacerdotes, en buena parte por la calidez con la que habían tratado a su pueblo y el fervor con el que predicaban y practicaban la caridad. Así, se tomó la decisión de que el P. Rodríguez permanezca en Portugal y que Francisco continúe con el viaje a las colonias portuguesas en India. Poco antes de zarpar, Francisco recibe de boca del rey una inesperada noticia: el Papa lo había nombrado Nuncio Apostólico en Oriente. Luego de una larga travesía, que solo se detuvo por unos días en Mozambique, Francisco Javier y otros dos compañeros jesuitas llegan a Goa, capital de la India portuguesa, el 5 de mayo de 1542. En Goa, los jesuitas, encabezados por Francisco Javier, se toparon con una situación terrible. La decadencia moral campeaba entre los portugueses y muchos bautizados se habían alejado de su fe. Entre otros males, los colonos ejercían un trato cruel con los nativos. Entonces, el santo emprendió la ardua tarea de detener los abusos e impartir la catequesis a los aborígenes. Francisco Javier atendía a los enfermos, muchos de ellos con lepra, enseñaba a los esclavos a leer y administraba los sacramentos. Fueron tantas las conversiones entre los paravares, habitantes de esa zona, que el santo trabajaba sin descanso atendiendo espiritualmente a unos y otros. Alguna vez, Francisco Javier escribiría una carta a sus hermanos jesuitas en Europa en la que relataba cómo se quedaba a veces sin fuerzas, casi sin poder mover los brazos, por la cantidad de bautizos que hacía en un solo día. Al mismo tiempo, muy a su estilo -el santo gozaba de un peculiar temperamento-, no tuvo ningún temor o reparo en escribirle al rey de Portugal denunciando el mal comportamiento de muchos de sus súbditos y exigiendo que cambie el régimen hacia los esclavos. Lamentablemente, como en tantos otros casos, fue poco lo que se consiguió. Predicador hasta la muerte El santo permaneció en India hasta que en 1549 partió rumbo a Japón. En la Isla del Sol Naciente las cosas no le resultaron nada fáciles. Cierto que algunos de sus habitantes se convirtieron, pero en general los cristianos no eran bien vistos ya que no seguían las costumbres locales, además de proclamar a un Dios completamente ajeno a sus tradiciones, en las que no había, por ejemplo, lugar para el perdón o la misericordia. Por un tiempo, Francisco Javier retornó a la India para después trasladarse a Malaca (hoy parte de Malasia), donde empezó a hacer los preparativos para el viaje a la China, cuyo territorio era considerado inaccesible para los extranjeros. El santo logró formar una expedición y llegar hasta la isla desierta de Sancián o Sanchón (Shang-Chawan, de São João, San Juan), cerca a la costa de China continental, a unos cien kilómetros al sur de Hong Kong. Allí cayó gravemente enfermo. El 3 de diciembre de 1552, Francisco Javier muere sin poder llegar al país que soñó evangelizar. Epílogo: la santidad El cuerpo de San Francisco Javier fue puesto en un féretro lleno de barro para ser trasladado. Después de diez semanas el barro fue retirado y los restos del santo fueron hallados incorruptos. Se decidió entonces llevar los restos a Malaca primero y después a Goa (India), donde permanecen sepultados, en la Iglesia del Buen Jesús, hasta hoy. San Francisco Javier fue canonizado el 12 de marzo de 1622. Aquel glorioso día también serían canonizados otros grandes santos: San Ignacio de Loyola, su amigo, Santa Teresa de Ávila, San Felipe Neri y San Isidro Labrador.

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Santa Bibiana.

Cada 2 de diciembre celebramos a Santa Bibiana -o, “Viviana”-, virgen y mártir romana de tiempos del emperador romano Juliano II, el Apóstata (siglo IV). Santa Bibiana es patrona de epilépticos e intercesora frente al dolor físico, especialmente aquellos relacionados a la cabeza, y se le invoca cuando alguien sufre convulsiones. Los cristianos trataban a Juliano de ‘apóstata’ porque al ascender al poder rompió con el régimen establecido por su predecesor, Constantino, converso y autor del Edicto de Milán, y por haber renegado públicamente del cristianismo, declarándose pagano. Por estas razones, el periodo de Juliano II (361-363) significó un serio revés para el fortalecimiento de la joven Iglesia y su eventual expansión. El sucesor de Constantino intentó restablecer los antiguos cultos del imperio e inició una nueva persecución. Bibiana Se desconocen detalles sobre la vida de Santa Bibiana, pero su nombre está registrado en el Liber Pontificalis o Libro de los Pontífices, donde se precisa que el Papa San Simplicio (siglo V) mandó edificar en Roma una basílica dedicada a ella, en la que reposan sus reliquias hasta hoy. Santa Bibiana nació alrededor del año 347 en el ambiente sereno de una familia cristiana. Sus padres fueron Flaviano, prefecto de Roma, y Dafrosa, una mujer perteneciente a la nobleza romana; Bibiana tuvo además una hermana llamada Demetria. Con la llegada al poder de Juliano II en el año 361, Flaviano, padre de Bibiana y ferviente cristiano, fue depuesto de su cargo y en su lugar fue nombrado Aproniano, un pagano muy cercano al nuevo emperador. El prefecto, forzado a retirarse de la vida pública, se dedicó entonces al cuidado de los necesitados y perseguidos, así como a asegurar que los cristianos sacrificados en el martirio pudiesen tener siempre una sepultura decorosa, de acuerdo al mandato de la caridad. Lamentablemente, en cuanto Aproniano se enteró de esta tarea asumida por su predecesor, lo mandó a asesinar. Muerto Flaviano, Dafrosa y sus dos hijas se deshicieron de sus bienes y pasaron a vivir en la clandestinidad. Las tres se mantuvieron escondidas, dedicadas a la oración constante y viviendo con la mayor modestia. Sabían muy bien que los tiempos eran malos y debían estar preparadas para soportar lo que viniese. “La sangre de tu hermano me pide a gritos que yo haga justicia” (Gén 4, 10) Pese al esfuerzo por permanecer ocultas, las mujeres fueron ubicadas y obligadas infructuosamente a renegar de su fe en Cristo. Entonces, Aproniano mandó ejecutar primero a Dafrosa, quien murió decapitada el 6 de enero de 362. Poco después, el cruel prefecto haría un nuevo intento por forzar a Bibiana y Demetria a cometer apostasía; esta vez, echando mano de otro repudiable “método”: las encerró en una celda y les retiró todo alimento. Demetria murió de hambre antes de que pudiesen someterla a otra terrible prueba. Bibiana, que no corrió la misma suerte que su hermana, fue llevada a la presencia de Aproniano quien, para debilitar su voluntad, decidió no ejecutarla y la entregó en manos de una proxeneta para prostituirla. Como al final este sinuoso plan también fracasó, Aproniano ordenó que Bibiana fuera atada a una columna y flagelada hasta morir. Coronada por Cristo Llena de llagas en todo el cuerpo, habiendo soportado dolores indecibles, Bibiana entregó su alma a Dios en el altar del martirio, por amor a la fe. Aunque los soldados echaron su cuerpo a los perros, un grupo de cristianos lo rescataron y lo sepultaron junto a las tumbas de sus padres y de su hermana, muy cerca de la casa en la que había vivido. Poco tiempo después, cuando la persecución acabó, los cristianos hicieron del lugar un sitio de culto, donde iban a rezar. Décadas más tarde, el Papa Simplicio (p.468-483) ordenó la construcción in situ de la actual basílica dedicada a la santa, ubicada sobre el monte Esquilino (una de las siete colinas de Roma).

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San Eligio.

Nacido alrededor del 588, originario de Chaptelat en Limousin, el “buen San Eligio” pertenecía a una familia acomodada de campesinos, que trabajaban su propia tierra a diferencia de tantos propietarios terratenientes, que se lo encargaban a los esclavos. Dejó a uno de sus hermanos al cuidado de la tierra y entró como aprendiz de orfebrería en un taller donde se fundía la moneda real según los antiguos métodos romanos. Ahorró una parte de los réditos provenientes de su familia, y los utilizó para la caridad con pobres y esclavos. Era tan hábil con los esmaltes como con la fundición del oro. Estas cualidades profesionales iban aparejadas con una honestidad escrupulosa. Cuando le pidieron que realizara un trono de oro para el rey Clotario II (613-629), le hizo otro con el oro sobrante, que no retuvo para sí. Al servicio del rey. Este gesto, extraordinario para la época, le valió la confianza del rey que le pidió que se quedara en París como orfebre real, funcionario de la Tesorería real y consejero de la corte. Nombrado “monetario” en Marsella, rescatará a muchos de los esclavos que se vendían en el puerto. Cuando Dagoberto fue proclamado rey en el 629, es reclamado a París, donde dirige los talleres del reino franco en los que se acuña la moneda, que se encuentran sobre el Quai des Orfèvres, junto a la Rue de la Monnaie actual. Recibe entre otros, el encargo de embellecer la tumba de Santa Genoveva y San Denis. Realiza relicarios para San Germán, San Severino, San Martín y Santa Colomba, y numerosos objetos litúrgicos para la abadía de San Denis. Gracias a su honestidad, a su franqueza privada de adulación, y a su capacidad de juicio pacífico, obtiene la confianza del rey, que frecuentemente lo hacía llamar a su lado, hasta confiarle una misión de paz con el rey bretón Judicaël. Obispo de Noyon. Eran grandes la piedad y la vida de oración de este laico, que frecuentemente participaba en los oficios monásticos. En el 632 funda el monasterio de Solignac en el sur de Limoges. En vida suya, el monasterio cuenta ya con más de 150 monjes que respetan dos reglas: la de San Benito y la de San Colombano; el monasterio queda bajo la protección del rey y no de la del obispo. El fervor religioso y el ardor en el puesto de trabajo lo convierten en uno de los monasterios más prósperos de su tiempo. Un año después de la fundación de Solignac, funda en su casa de L’Ile de la Cité, el primer monasterio femenino de París, cuya dirección confía a Santa Aurea. Después de la muerte de Dagoberto, al cual asiste en los últimos momentos de su vida, Eligio deja la corte junto a San Audeno, que había desempeñado el cargo de consejero y canciller. Como él, sigue la carrera eclesiástica y es ordenado sacerdote; el mismo día, el 13 de mayo del 641, reciben el episcopado: San Audeno, obispo de Rouen y Eligio obispo de Noyon y Tournai. Eligio puso todo su celo en la misión apostólica. Muere en el 660, la vigilia de su partida hacia Cahors. La santa reina Batilde, había emprendido el viaje para saludarlo, pero llegará demasiado tarde. Una Iglesia de San Eligio en París En París, se le dedica una Iglesia en el barrio de los herreros, de los ebanistas; la Iglesia de san Eligio, reconstruida en 1967. Una Iglesia destruida en 1793, le había sido dedicada en la Rue des Orfèvres junto a la “Casa de la moneda”. En la Catedral de Notre-Dame, en la capilla de Santa Ana, una vez sede de su confraternidad, los orfebres y joyeros de París, han ubicado su estatua y restaurado su altar.

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San Andrés Apóstol.

Cada 30 de noviembre se celebra la fiesta de San Andrés Apóstol, hermano de San Pedro y patrono de la Iglesia Ortodoxa, el primero de los apóstoles en ser llamado a la misión (Prōtoklētos). Andrés es patrono de los pescadores y fabricantes de cuerda. San Andrés nació en Betsaida, fue primero discípulo de Juan el Bautista y luego siguió a Jesús. Por intermedio de él, Pedro, su hermano, conoció al Señor. Dice al respecto San Juan Crisóstomo: «Andrés, después de permanecer con Jesús y de aprender de él muchas cosas, no escondió el tesoro para sí solo, sino que corrió presuroso en busca de su hermano, para hacerle partícipe de su descubrimiento. Fíjate en lo que dice a su hermano: Hemos encontrado al Mesías que significa Cristo… Son las palabras de un alma que desea ardientemente la venida del Señor, que espera al que vendrá del cielo, que exulta de gozo cuando se ha manifestado y que se apresura a comunicar a los demás tan excelsa noticia». En los Evangelios, Andrés es mencionado varias veces. Por ejemplo, es él quien escucha decir a Felipe que hay unos griegos que quieren conocer al Señor, y decide acompañarlo para presentarlos a Jesús (ver: Jn 12, 20-41). Andrés también protagoniza el episodio del milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Es él quien lleva ante Jesús al muchacho que tenía los cinco panes y los dos peces (ver: Jn 6, 8-14). La tradición señala que el apóstol San Andrés, después de Pentecostés, fue a predicar la Buena Nueva entre los griegos y, de acuerdo a ciertos relatos, habría llegado hasta Kiev (Ucrania) en el ejercicio de su predicación. Se le considera el fundador de la Iglesia en Constantinopla -hoy, Estambul, Turquía-. Son precisamente los herederos del cristianismo oriental quienes lo llaman “Prōtoklētos” (Πρωτόκλητος), que en griego quiere decir “el primer llamado”. El apóstol murió crucificado en Acaya (Grecia). De acuerdo a la tradición, fue puesto sobre una cruz en forma de una “X”. De aquí surge la llamada “cruz aspada”, conocida popularmente como la “Cruz de San Andrés”. Esta cruz sigue formando parte de la simbología occidental, como es posible notar en estandartes y banderas nacionales, siendo la bandera de Escocia uno de los casos más emblemáticos. El Papa Francisco, en noviembre de 2014, tuvo un encuentro con Bartolomé, Patriarca de Constantinopla, cabeza de la Iglesia Ortodoxa y sucesor de San Andrés. Los patriarcas ortodoxos se reclaman sucesores de San Andrés de manera semejante a como los Papas señalan ser sucesores de Pedro. Aquel encuentro marcó un hito en la larga historia de acercamientos entre cristianos ortodoxos y católicos, involucrados en la tarea de reconstruir la unidad del Pueblo de Dios perdida por el Gran Cisma (1054). Uno de los momentos más emotivos de aquella histórica visita papal tuvo lugar en las vísperas de la Fiesta de San Andrés, cuando el Papa Francisco le pidió la bendición a Bartolomé e inclinó la cabeza para recibirla. El Patriarca, quien en varias oportunidades llamó a Francisco «hermano», lo bendijo y lo besó en la cabeza.

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San Saturnino.

Cada 29 de noviembre la Iglesia Católica celebra a San Saturnino, obispo de Tolosa (Toulouse), Galia (actual Francia) en el siglo III, fallecido alrededor del año 257. Saturnino predicó en las Galias, el Pirineo y la península ibérica, por lo que es uno de los santos más populares y queridos en Francia y España. También se le conoce con los nombres de ‘Serenín’, ‘Sernin’ o ‘Cernin’. Saturnino nació a inicios del siglo III en Patras, Grecia. Fijó su residencia en Tolosa (actual Toulouse) en el año 250, en tiempos del consulado de Decio y Grato. En esos años, en Galia había pocas comunidades cristianas, con escaso número de fieles, mientras que los templos paganos estaban llenos de gente que tradicionalmente realizaba sacrificios a los ídolos, de acuerdo a la costumbres promovidas por Roma. Saturnino, que había llegado a Tolosa proveniente de Oriente, congregaría los primeros frutos de su predicación en una comunidad no muy numerosa, pero muy viva. Pronto llegaría a ser obispo de esa ciudad, atrayendo progresivamente a un mayor número de ciudadanos a la fe en Cristo. El santo obispo, para llegar a un pequeño oratorio de su propiedad, pasaba todas las mañanas frente al ‘Capitolio’ -nombre con el que se designaba al principal templo pagano de la ciudad- dedicado a Júpiter Optimus Maximus (Júpiter Capitolino). Según la costumbre, en su interior, los sacerdotes ofrecían en sacrificio un toro al dios con el deseo de congraciarse con éste y obtener su favor. Llegó entonces un tiempo en el que los cultores de Júpiter empezaron a sentirse defraudados, pues no obtenían favor alguno del dios, mientras que a los cristianos se les veía contentos, en paz y prósperos en sus labores. Entonces, los sacerdotes paganos culparon al obispo Saturnino del silencio de Júpiter, quien habría sido ofendido por las conversiones de tantos y tantos al cristianismo. El malestar contra los cristianos fue en aumento y cierto día una multitud rodeó amenazante a Saturnino y le increpó a que participe del sacrificio de un toro sobre el altar del dios, como correspondía a cualquier ciudadano romano. Saturnino se negó a hacerlo y alzó la voz, desafiante, contra los adoradores de Júpiter, señalando que no temía sus supuestos castigos, ni los rayos que pudieran caer del cielo para fulminar a los que ellos llamaban “traidores”. Luego emplazó al pueblo gritando que Júpiter no era un dios verdadero. Entonces la turba se fue contra él, y entre muchos hombres, enfurecidos, lo ataron al cuello del toro que habría de ser sacrificado, al que ‘picaron’ para que corriera escaleras abajo del Capitolio y arrastre al obispo. Los violentos golpes que sufrió el santo no le dejaron un hueso sano, y murió solo un rato después. Su cuerpo fue arrojado a la calle y abandonado como signo de desprecio. Quiso Dios que dos piadosas mujeres recogieran el cadáver y le dieran cristiana sepultura «en una fosa muy profunda», de acuerdo a lo que señala el martirologio. Sobre esa tumba, un siglo después, San Hilario de Poitiers (315-367) construyó una capilla de madera que fue destruida posteriormente, perdiéndose su ubicación por algún tiempo, hasta que, en el siglo VI, el duque Leunebaldo encontró las reliquias del mártir bajo los restos de la iglesia derruida. En ese mismo lugar el duc (duque) hizo edificar un nuevo templo dedicado a San Saturnino, Saint-Sernin-du-Taur (San Sernín de Tour), que más tarde tomaría el actual nombre de Notre-Dame du Taur (Nuestra Señora de Taur).

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Santa Catalina Labouré.

Fundadora de las Hijas de la Caridad. Al llegar a la sala del convento, vio allí el retrato de San Vicente de Paúl y se dió cuenta de que ese era el sacerdote que había visto en sueños. Nació en Francia, de una familia campesina, en 1806. Al quedar huérfana de madre a los 9 años le encomendó a la Stma. Virgen que le sirviera de madre, y la Madre de Dios le aceptó su petición. Como su hermana mayor se fue de monja vicentina, Catalina tuvo que quedarse al frente de los trabajos de la cocina y del lavadero en la casa de su padre, y por esto no pudo aprender a leer ni a escribir. A los 14 años pidió a su papá que le permitiera irse de religiosa a un convento pero él, que la necesitaba para atender los muchos oficios de la casa, no se lo permitió. Ella le pedía a Nuestro Señor que le concediera lo que tanto deseaba: ser religiosa. Y una noche vio en sueños a un anciano sacerdote que le decía: «Un día me ayudarás a cuidar a los enfermos». La imagen de ese sacerdote se le quedó grabada para siempre en la memoria. Al fin, a los 24 años, logró que su padre la dejara ir a visitar a la hermana religiosa, y al llegar a la sala del convento vio allí el retrato de San Vicente de Paúl y se dió cuenta de que ese era el sacerdote que había visto en sueños y que la había invitado a ayudarle a cuidar enfermos. Desde ese día se propuso ser hermana vicentina, y tanto insistió que al fin fue aceptada en la comunidad. El 27 de noviembre de 1830 estando Santa Catalina rezando en la capilla del convento, la Virgen María se le apareció totalmente resplandeciente, derramando de sus manos hermosos rayos de luz hacia la tierra. Ella le encomendó que hiciera una imagen de Nuestra Señora así como se le había aparecido y que mandara hacer una medalla que tuviera por un lado las iniciales de la Virgen María «M», y una cruz, con esta frase «Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti». Y le prometió ayudas muy especiales para quienes lleven esta medalla y recen esa oración. Catalina le comentó a su confesor esta aparición, pero él no le creyó. Sin embargo el sacerdote al darse cuenta de la santidad de Catalina, intercedió ante el Arzobispo para obtener el permiso para hacer las medallas y por ende, los milagros. Desde 1830, fecha de las apariciones, hasta 1876, fecha de su muerte, Catalina estuvo en el convento sin que nadie se le ocurriera que ella era a la que se le había aparecido la Virgen María para recomendarle la Medalla Milagrosa. En los últimos años obtuvo que se pusiera una imagen de la Virgen Milagrosa en el sitio donde se le había aparecido. Al fin, ocho meses antes de su muerte, fallecido ya su antiguo confesor, Catalina le contó a su nueva superiora todas las apariciones con todo detalle y se supo quién era la afortunada que había visto y oído a la Virgen. Por eso cuando ella murió, todo el pueblo se volcó a sus funerales. En 1947 el santo Padre Pío XII declaró santa a Catalina Labouré. Santa Catalina Labouré. Fue la santa que tuvo el divino honor de que la Santísima Virgen madre de Jesús se le apareciera para así encomendarle que realizara la Medalla Milagrosa. Sería la Santa que festejamos el 28 de noviembre.

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Virgen de la Medalla Milagrosa.

Cada 27 de noviembre los fieles católicos celebran el día de la Virgen de la Medalla Milagrosa, advocación mariana nacida en Francia, cuya devoción se ha extendido por todo el mundo. Los devotos de la Medalla Milagrosa se unen hoy en espíritu de oración en recuerdo de aquel 27 de noviembre de 1830 en el que la Madre de Dios se apareció a Santa Catalina Labouré (1806-1876). Ese día la Virgen María le ordenó a la joven religiosa: «Haz que se acuñe una medalla según este modelo. Todos cuantos la lleven puesta recibirán grandes gracias. Las gracias serán más abundantes para los que la lleven con confianza». Santa Catalina Labouré Catalina Labouré fue una religiosa francesa perteneciente a las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Era una mujer de oración penetrante, poseedora de un alma mística. Según la descripción de la santa, la Virgen María se le apareció de la siguiente manera: “Estaba vestida con una túnica blanca y un velo del mismo color que la cubría desde la cabeza hasta los pies. Su rostro era bellísimo. Los pies aparecían apoyados encima de una esfera o globo, mientras pisaban a una serpiente. Sus manos, a la altura del corazón, sostenían una pequeña esfera de oro, coronada con una cruz. Los dedos de las manos estaban adornados con anillos con piedras preciosas, desde las que salían destellos de luz”. La Medalla Milagrosa La Medalla Milagrosa es una medalla devocional, un objeto de piedad cuya finalidad es disponer a los devotos a acoger la gracia de Dios; un signo visible del deseo de cada devoto a cooperar con esa gracia, secundando a María en la misión que Dios le ha encomendado en el mundo. El diseño fue realizado por el orfebre Adrien Vachette, de acuerdo a las indicaciones de Santa Catalina Labouré. Le dijo la Virgen a Catalina: “Este globo que ves (a mis pies) representa al mundo entero, especialmente a Francia, y a cada alma en particular. Estos rayos simbolizan las gracias que yo derramo sobre los que las piden. Las perlas que no emiten rayos son las gracias de las almas que no las piden”. En ese momento, la esfera o globo de oro que tenía la Virgen en las manos -prosigue el relato de Catalina- se desvaneció, y sus brazos se extendieron, abiertos, mientras los rayos de luz continuaban cayendo sobre el globo blanco a sus pies. De pronto apareció una forma ovalada en torno a la figura de la Virgen, con una inscripción en el borde interior que decía: «María sin pecado concebida, ruega por nosotros, que acudimos a ti». Estas palabras formaban un semicírculo que empezaba a la altura de la mano derecha de la Virgen, pasaba por encima de su cabeza y terminaba a la altura de la mano izquierda. María, mostrándose de esa manera, le pide a Catalina que acuñe una medalla según la imagen que estaba contemplando. Entonces, la imagen de la Virgen giró y Catalina pudo ver el reverso. En este estaba inscrita la letra “M”, con una cruz que se alzaba desde la mitad. Por debajo de la inscripción estaban el Corazón de Jesús, circundado con una corona de espinas, y el Corazón de María, traspasado por una espada. Alrededor, formando un contorno, aparecían doce estrellas. La Inmaculada Concepción Esta manifestación se repitió a finales del mes siguiente, en diciembre de 1830, y en los primeros días de enero de 1831. En un principio, los devotos de la medalla la llamaron “Medalla de la Inmaculada Concepción”, pero con la difusión de la devoción -fortalecida e impulsada por las numerosísimas gracias y milagros- los fieles empezaron a llamarla “La Medalla Milagrosa”, tal y como se sigue haciendo en nuestros días.

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San Conrado.

En Constanza, de Suabia, hoy Alemania, san Conrado, obispo, óptimo pastor de su grey, el cual hizo generosa providencia de sus bienes en favor de la Iglesia y de los pobres. († 975) Fecha de canonización: En 1123 por el Papa Calixto II. San Conrado pertenecía a la gran familia de los güelfos. Era el segundo hijo del conde Enrique de Altdorf, quien fundó la abadía de Weingarten, en Würtemberg, que todavía existe. Conrado hizo sus estudios eclesiásticos en la escuela catedralicia de Constanza. Poco después de su ordenación sacerdotal, fue nombrado preboste de la catedral. El año 934, a la muerte del obispo, fue elegido para sucederle. San Ulrico, obispo de Augsburgo, que había favorecido su elección, solía visitarle frecuentemente, y llegó a unirlos una amistad muy íntima. San Conrado, que había renunciado a todo lo que no fuese Dios, cambió a su hermano sus posesiones por unas tierras más próximas a Constanza. Con sus rentas construyó y dotó tres hermosas iglesias en honor de San Mauricio, San Juan Evangelista y San Pablo, restauró muchas otras y repartió el resto de sus bienes entre su diócesis y los pobres. En aquella época eran muy frecuentes las peregrinaciones a Jerusalén. San Conrado visitó tres veces los Santos Lugares y supo hacer de sus viajes verdaderas peregrinaciones de penitencia y devoción. A esto se reduce prácticamente todo lo que dicen de cierto las biografías del santo, que fueron escritas mucho después de su muerte. Suele representarse al santo con un cáliz y una araña. La razón es la siguiente: Un día de Pascua, mientras celebraba la misa, una araña cayó en su cáliz. Entonces se creía que todas las arañas, o por lo menos la mayoría, eran venenosas; sin embargo, san Conrado se tragó la araña por devoción y respeto a los santos misterios, y ello no le hizo ningún daño. Murió al cabo de más de cuarenta años de episcopado, en el 975; fue canonizado en 1123, en el I Concilio de Letrán. Para la época en que vivió, se mantuvo bastante alejado de la política, sin embargo, consta que acompañó al emperador Otón I a Italia el año 962. ¡Felicidades a quien lleve este nombre!

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Santa Catalina de Alejandría.

Cada 25 de noviembre la Iglesia Católica celebra a Santa Catalina de Alejandría, mártir de los primeros siglos de la era cristiana (nació a finales del siglo III). Es considerada patrona de los filósofos, las estudiantes, las mujeres solteras y de los oficios que se relacionan con el uso de la rueda. También lo es de los enfermeros y los predicadores. La tradición recoge sus palabras antes de entregar la vida en el martirio: «¡Señor Jesús, te suplico me escuches, a mí y a cuantos a la hora de su muerte, recordando mi martirio, invoquen tu nombre!». Catalina vivió en el siglo IV, pero no sería hasta dos siglos después de su muerte que su culto se extendería por Europa, llegando a ser muy popular. Búsqueda de la verdad Santa Catalina de Alejandría nació en Egipto, en el seno de una familia noble, hacia el año 290. Fue hija del rey Costo y desde muy pequeña destacó por su inteligencia. Dada su condición de princesa recibió una esmerada educación, y en virtud a su habilidad y perspicacia llegó a codearse con filósofos y poetas. Su conversión al cristianismo empezó con un sueño en el que se le apareció Jesús, tras el cual empezó a interesarse en la doctrina cristiana. A partir de entonces, tanto su mente como su corazón se fueron transformando; Catalina pidió el bautismo y quiso consagrar su vida al Señor. En el año 310, el emperador romano Majencio visitó Alejandría, ciudad donde vivía la santa, para presidir las ceremonias dedicadas a los dioses. Empezadas las festividades, el emperador ordenó que se ofrecieran sacrificios según la costumbre. Cuando le tocó el turno de presentar su ofrenda, Catalina se negó a hacerlo y en vez de reverenciar a los dioses se santiguó delante del Emperador. Este, enfurecido, la mandó llamar. Una vez que fue llevada a su presencia, Majencio cuestionó su conducta. Acto seguido, Catalina lo retó a debatir sobre el Dios verdadero. Tal fue la contundencia de las palabras de la santa que el emperador quedó impresionado por su sabiduría y belleza. Entonces, mandó llamar a un grupo de sabios para que debatan con ella. Cuando se llevó a cabo la confrontación, Catalina no solo logró salir airosa de los cuestionamientos de maestros, sino que argumentó con tal excelencia sobre Dios que ellos decidieron también abrazar la sabiduría que la santa poseía. Como muchos otros que trataron con Catalina, aquellos hombres se hicieron cristianos. El emperador, al enterarse de lo sucedido, ordenó que fueran ejecutados. Cristo se abre paso en los corazones Después, Majencio, en plan de darle a Catalina una última oportunidad, le propuso que fuera una de las doncellas acompañantes de la emperatriz. La santa rechazó la oferta, por lo que sería azotada y luego encerrada en un calabozo, sin alimento. La consorte del emperador, conmovida, acudió a verla a su celda en compañía de uno de los generales de Majencio, Porfirio, para llevarle aliento y consuelo. Ellos fueron testigos de la aparición de unos ángeles que acompañaban y curaban las heridas de Catalina. La joven explicó que aquello venía de Dios, que es siempre compasivo y misericordioso; les habló de Cristo y ellos convirtieron sus corazones al Señor. Martirio El emperador tomó lo sucedido como la mayor de las afrentas y mandó torturar a Catalina. Un grupo de soldados construyó un artefacto que tenía una rueda con clavos y cuchillas. Cuando sujetaron a Catalina, ella oró al Señor y el mecanismo saltó en pedazos matando a algunos de los presentes. Entonces, para asegurar que la santa muriera, se preparó la decapitación. El golpe de la espada del verdugo cercenó su cabeza en el acto. Cuenta la tradición que los restos de Catalina no llegaron a ser profanados porque unos ángeles se los llevaron al Monte Sinaí (hoy se veneran en ese lugar). Dos siglos más tarde, el emperador Justiniano (e. 527-565), quien era cristiano, erigió sobre el Sinaí un monasterio en honor a Santa Catalina, mártir, considerado uno de los más antiguos del mundo. Patronazgos A los patronazgos ya mencionados se suman los de ‘patrona de apologistas’; ‘artesanos’ que usan ruedas en su trabajo, como alfareros, hilanderos, molineros; así como de los archivistas; abogados; juristas; bibliotecarios. Por la juventud con la que fue conducida al martirio y la resistencia exhibida durante este es patrona de las personas en trance de muerte. Por su habilidad retórica y perspicacia siendo una jovencita es patrona de los educadores, las jóvenes solteras, las estudiantes, los maestros. Debido a la tradición iconográfica que la representa se la asocia también a los oficios en los que se usan instrumentos afilados o hechos de metal: afiladores de cuchillos; mecánicos; torneros; taquígrafos y secretarias. En España es patrona de la Real Universidad de Toledo. En América Latina es patrona de ciudades y localidades de Colombia, Cuba, El Salvador, Guatemala, México, Nicaragua, Venezuela, Brasil, Perú, Panamá.

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San Andrés Dung-Lac.

Cada 24 de noviembre la Iglesia Católica recuerda a San Andrés Dung-Lac y compañeros -los 117 mártires de Vietnam- quienes consagraron sus vidas al anuncio del Evangelio y murieron víctimas del odio a la fe. La historia de la evangelización en los actuales territorios de Vietnam empezó en el siglo XVI. Misioneros provenientes de Europa llegaron a esas tierras con el deseo de anunciar la Buena Nueva entre los naturales y abrir para ellos el camino de la Iglesia y la salvación. Entre los vietnamitas fueron muchos los que acogieron con alegría el mensaje de Cristo; sin embargo, en la medida en que el cristianismo se fue fortaleciendo e iba generando un mayor impacto en la vida social y la cultura, otros tantos escogieron la ruta del repudio y la violencia contra los conversos y los llegados de otras tierras. Especialmente los siglos XVIII y XIX fueron cruentos en este sentido y la sangre de numerosos cristianos fue derramada. Probados en la batalla, fieles al Señor En el siglo XIX, los reyes Minh Mang y Tu Duc organizaron una larguísima persecución que duró décadas. En 1833, Minh Mang emitió una orden que prohibía la actividad misionera y obligaba a todo aquel que se reconocía cristiano a renegar públicamente de su fe, bajo amenaza de severos castigos -la cárcel o la muerte-. Este gobernante y su sucesor, llamado Tu Duc, pretendieron imponer el confucianismo de manera excluyente. Lo peor ocurrió a mediados del siglo antepasado. Entre 1848 y 1860 fueron proclamados hasta seis edictos acusando a los cristianos de conspiradores y representantes de intereses políticos foráneos. Esos 12 años representaron la radicalización de lo que ya venía pasando en Vietnam desde la llegada de los primeros evangelizadores en el siglo XVI. El resultado de estas medidas anticristianas y de casi 300 años de persecución fueron miles de vietnamitas y extranjeros -en su mayoría europeos- martirizados y asesinados. Entre ellos había un número mayor entre obispos, sacerdotes y religiosos, pero también hubo laicos. Paulatinamente, a lo largo del siglo XX, la Iglesia Católica, que hace todo lo posible por preservar la memoria de sus mártires, ha reconocido la santidad y entrega de quienes murieron en Vietnam por odio a la fe. Es cierto que algunos pueden haber quedado en el anonimato, pero muchos otros han sido debidamente identificados y hoy integran la lista de los fieles cuyo testimonio fortalece a la Iglesia local y universal. Estos 117, encabezados por San Andrés Dung-Lac (sacerdote muerto el 21 de diciembre de 1839), fueron canonizados por San Juan Pablo II en 1988. De los 117 mártires, 75 fueron decapitados, 22 estrangulados, 6 quemados vivos, 5 condenados al desgarro de sus miembros y 9 murieron en la cárcel a causa de las torturas. El número de personas canonizadas (117) en una sola ceremonia no tenía precedentes en la historia de la Iglesia. Esta es la lista oficial encabezada por San Andrés Dung-Lac (están incluidos junto a los originales de Vietnam, los misioneros españoles y franceses): Al día siguiente de la canonización, el Papa San Juan Pablo II dijo sobre los nuevos santos: “Sí, el verdadero motivo de nuestra alegría hoy es saber que estamos en comunión con estos hombres que llevaron el Evangelio, fundaron la Iglesia en la tierra de Vietnam y respondieron sin reservas al llamado de Cristo. Habían abandonado sus provincias sin esperanzas de regresar. Ahora están presentes para todos sus hermanos en el mundo, tanto para los de Vietnam como para los de su patria. La Iglesia venera en ellos a servidores fieles que han entrado en la alegría del Maestro, intercesores y ejemplos para las generaciones venideras” (Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a los peregrinos franceses y españoles que participaron en la Canonización de 117 Mártires de Vietnam, 20 de Junio ​​de 1988).

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