Santo del Día

Sin categoría

Santa Inés.

Cada 21 de enero, la Iglesia Católica celebra a Santa Inés de Roma, patrona de las mujeres jóvenes, las novias y las prometidas en matrimonio; así como de los jardineros y de quienes aspiran a vivir la virtud de la pureza. Ya desde su sencillo y hermoso nombre, Santa Inés evoca virtud y grandeza. El nombre “Inés” proviene del griego Ἁγνή (Hagnḗ), que significa “pura” o “santa”. De ahí llegará al italiano como “Agnese” y al francés como “Agnès” -de donde proviene el inglés “Agnes”; mientras que al español llegará como “Inés”. Para enriquecer aún más la etimología del nombre, habrá que considerar el curso que tomó el término griego en su transliteración al latín: “Agnes” o “Inés” vienen de “agnus”, cordero, figura que representa al Mesías, tal y como se consigna en el Evangelio (Cfr. Jn 1, 29). El cordero, el más dócil entre los animales, es símbolo de cosas como la nobleza, la mansedumbre, la ternura, la pureza, el abrigo, la sencillez, la delicadeza. No en vano es símbolo de Cristo. Esta riqueza simbólica se preserva de una manera especial en la liturgia, incluso de formas “silenciosas”. Por ejemplo, con la lana blanca del cordero se confecciona el “palio arzobispal”, ornamento distintivo de los arzobispos metropolitanos o del Papa cuando preside una celebración. Virgen y mártir De acuerdo a la tradición más conocida, Inés fue una hermosa joven romana que nació en el seno de una familia noble; se cree que alrededor del año 291. Desde muy joven fue pretendida por muchos ricos e influyentes jóvenes patricios. Al haberlos rechazado uno a uno aduciendo estar comprometida con Cristo, fue denunciada por desacatar las órdenes del emperador ante las autoridades civiles. Estas, de inmediato, dispusieron un execrable castigo -eran los tiempos del cruel Diocleciano-, muy común para sancionar a las doncellas que querían mantenerse vírgenes: Inés sería llevada a un prostíbulo para ser ultrajada hasta doblegar su voluntad. Sin embargo, contra lo que esperaban los romanos, la joven pudo escapar, según la tradición, ayudada por ángeles. Entonces, los hombres del emperador organizaron su recaptura. Al ser hallada, Inés entendió que lo que le esperaba inexorablemente era la muerte. Tenía tan solo 13 años. Primero fue llevada encadenada a la hoguera, pero las llamas no le hicieron daño alguno. Luego, ante el portentoso fracaso de sus verdugos, se decidió concluir el trance de manera “expeditiva”: Inés moriría decapitada. Era el año 304. “Inés” también quiere decir firmeza Se dice que el verdugo principal, inquieto por el monstruoso encargo de asesinar a una niña, hizo lo posible para convencerla de que acepte a alguno de los pretendientes, pero la jovencita se negó, según lo testimonia San Ambrosio de Milán: “Sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que no quiero”, increpó Inés. La santa oró y oró. Luego dobló la cerviz ante aquel que le daría muerte, uno al que le empezó a temblar la diestra antes de dar el golpe -mientras que la niña permanecía serena-. “En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la gloria del martirio”, concluye San Ambrosio. La niña mártir, fruto maduro de la Iglesia Como consta en el tratado de San Ambrosio sobre las vírgenes, Santa Inés murió con tan solo doce o trece años. Pese a su juventud dio ejemplo de inmensa fortaleza al permanecer firme durante el martirio. Dice el santo que Inés se mantuvo “inalterable, al ser arrastrada por pesadas y chirriantes cadenas” durante su suplicio. Añade el célebre arzobispo de Milán: “No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria… Resultó así que fue capaz de dar fe de las cosas de Dios una niña que era incapaz legalmente de dar fe de las cosas humanas, porque el Autor de la naturaleza puede hacer que sean superadas las leyes naturales”. Santa Inés en la tradición católica Años después de la muerte de Santa Inés, Constantina, hija del emperador Constantino, mandó a edificar una basílica en honor de la niña mártir en la Vía Nomentana de Roma. Su fiesta comenzaría a celebrarse recién a mediados del siglo IV. A Santa Inés se le suele representar como una niña o jovencita en posición orante, con una diadema en la cabeza y una especie de estola sobre los hombros, en alusión al palio -hecho de lana blanca-. A sus pies -o a veces entre sus brazos- aparece generalmente un cordero. Es frecuente que su figura se muestre rodeada de algunos objetos simbólicos que evocan el martirio: la pira, una espada, la palma o los lirios.

Sin categoría

San Sebastián.

Cada 20 de enero se celebra la fiesta de San Sebastián, mártir, patrono de la arquería, de los soldados y los atletas. Sebastián nació hacia el año 256 en Narbona, hoy territorio francés, pero que en ese momento era parte de Milán y, por lo tanto, del imperio romano. Siguió la carrera militar con éxito y llegó a ser jefe de la cohorte de la guardia imperial romana, cargo militar de altísimo rango que obtuvo, con seguridad, gracias a su fuerza, arrojo y astucia (las virtudes habitualmente ensalzadas en quienes formaban parte de las milicias romanas). Sin embargo, contra lo que podría esperarse de alguien al servicio directo del emperador Diocleciano, célebre perseguidor de cristianos, Sebastián se convirtió a la fe y abrazó la causa de Cristo. La sangre de los mártires Es muy probable que el santo haya quedado conmovido por el testimonio de tantos y tantos cristianos asesinados a manos del emperador. Como muchos otros, Sebastián debe haber sentido en algún momento el mismo rechazo contra aquellos que no creían en los dioses, no seguían las costumbres de los patricios o no compartían sus ambiciones. No obstante, su percepción del cristianismo tuvo que cambiar en algún momento. Quizás, como sucedió a muchos otros, ver morir o padecer a tantos invocando el nombre de Cristo debe haber interpelado sus convicciones, al punto que decidió buscar al Dios verdadero. Cristo es lo primero Señala la tradición que Sebastián continuó con su carrera militar, pero dejó de participar en los rituales y ofrecimientos a los dioses paganos. Convertido a Cristo, se hizo consciente del sufrimiento de sus hermanos perseguidos, y se dice que aprovechó su cargo militar para protegerlos y ayudar, en la medida de lo posible, a los que caían prisioneros, víctimas de la persecución de Diocleciano. Durante algún tiempo tuvo éxito en ese propósito, gracias a que cumplía con sus deberes militares con esmero y a que mantuvo en secreto su fe. Sin embargo, fue traicionado y denunciado ante Maximano por no participar en los rituales habituales, ni en las fiestas militares. Maximiano -emperador junto a Diocleciano- le ofreció el perdón a cambio de que renuncie a ser cristiano. Como Sebastián no aceptó la propuesta, fue degradado, castigado con crueldad y luego condenado a morir. Atravesado por las flechas El día de su ejecución, San Sebastián fue llevado al estadio, despojado de sus ropas, atado a un poste y ejecutado. Sus antiguos subordinados fueron los encargados de dirigir sus flechas contra su cuerpo. Aquella escena debió ser simplemente terrible, tanto que ha quedado inmortalizada y ha servido de inspiración para cientos de obras de arte a lo largo de la historia. Quizás también, ha contribuido a perennizar su devoción, dado su profundo dramatismo. De alguna manera, el cuerpo de San Sebastián, cubierto de sangre, atravesado por las flechas, constituye algo así como el paradigma del mártir o santo: un intercesor en los momentos más duros, cuando se es blanco de los ataques del maligno o de la perfidia de quienes odian o se ensañan con sus víctimas. San Sebastián, ruega por nosotros Su muerte aconteció el año 288. Existe una leyenda, que señala que sobrevivió a los flechazos y fue curado por Irene de Roma -santa cuya historicidad ha sido puesta en duda-. Recuperado, San Sebastián habría sido nuevamente denunciado y ejecutado a latigazos. A pesar de este relato, la tradición se inclina por el relato de su ejecución a manos de sus antiguos camaradas. Después de su muerte, su cadáver habría sido rescatado y enterrado en un sepulcro dentro de las catacumbas de la vía Apia, en la ciudad de Roma. Hoy puede visitarse la basílica construida en su honor en la Ciudad Eterna. Es bien sabido que San Sebastián es muy querido en todo el mundo. Prueba de ello son los cientos de lugares, obras de la Iglesia e instituciones que llevan su nombre; así como las festividades que se celebran en su honor alrededor del mundo. Se pide la intercesión de San Sebastián contra las plagas, las enfermedades, las heridas por flechas y las persecuciones.

Sin categoría

San Macario.

Conmemoración de san Macario el Grande, presbítero y abad del monasterio de Scete, en Egipto, que, considerándose muerto al mundo, vivía sólo para Dios, enseñándolo así a sus monjes (c. 390). Etimología: Macario = Aquel que ha encontrado la felicidad, es de origen griego. Este santo nació en Egipto por el año 300. Pasó su niñez como pastor, y en las soledades del campo adquirió el gusto por la oración y por la meditación y el silencio. Una mujer atrevida le inventó la calumnia de que el niño que iba a tener era hijo de Macario, el cual, según decía ella, la había obligado a pecar. La gente enardecida arrastró al pobre joven por las calles. Pero él le pidió al Señor en su oración que hiciera saber a todos la verdad, y sucedió que tal mujer empezó a sentir terribles dolores y no podía dar a luz, hasta que al fin contó a sus vecinos quién era el verdadero papá del niño. Entonces la gente se convenció de la inocencia de Macario y cambió su antiguo odio por una gran admiración a su humildad y a su paciencia. Para huir de los peligros del mundo, Macario se fue a vivir en un desierto de Egipto, dedicándose a la oración, a la meditación y a la penitencia, y allí estuvo 60 años y fueron muchos los que se le fueron juntando para recibir de él la dirección espiritual y aprender los métodos para llegar a la santidad. El obispo de Egipto ordenó de sacerdote a Macario para que pudiera celebrarles la misa a sus numerosos discípulos. Después fue necesario ordenar de sacerdotes a cuatro de sus alumnos para atender las cuatro iglesias que se fueron construyendo allí cerca donde él vivía, para los centenares de cristianos que se habían ido a seguir su ejemplo de oración, penitencia y meditación en el desierto. Macario quería cumplir aquella exigencia de Jesús: «Si alguno quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo», y se dedicó a mortificar sus pasiones y sus apetitos. Estaba convencido de que nadie será puro y casto si no les niega de vez en cuando a sus sentidos algo de lo que estos piden y desean. Deseaba dominar sus pasiones y dirigir rectamente sus sentidos. Sentía la necesidad de vencer sus malas inclinaciones, y notó que el mejor modo para obtener esto era la mortificación y la penitencia. Como su carne luchaba contra su espíritu, se propuso por medio del espíritu dominar las pasiones de la carne. A quienes le preguntaban por qué trataba tan duramente a su cuerpo, les respondía: «Ataco al que ataca mi alma». Y si a alguno le parecían demasiadas sus mortificaciones le decía: «Si supieras las recompensas que se consiguen mortificando las pasiones del cuerpo, nunca te parecerían demasiadas las mortificaciones que se hacen para conservar la virtud». En aquellos desiertos, con 40 grados de temperatura y un viento espantosamente caliente y seco, no tomaba agua ni ninguna otra bebida durante el día. En un viaje al verlo torturado por la sed, un discípulo le llevó un vaso de agua, pero el santo le dijo: «Prefiero calmar la sed, descansando un poco debajo de una palmera», y no tomó nada. Y a uno de sus seguidores les dijo un día: «En estos últimos 20 años jamás he dado a mis sentidos todo lo que querían. Siempre los he privado de algo de lo que más deseaban». Dominaba su lengua y no decía sino palabras absolutamente necesarias. A sus discípulos les recomendaba mucho que como penitencia guardaran el mayor silencio posible. Y les aconsejaba que en la oración no emplearan tantas palabras. Que le dijeran a Nuestro Señor: «Dios mío, concédeme las gracias que Tú sabes que necesito». Y que repitiera aquella oración del salmo: «Dios mío, ven en mi auxilio, Señor date prisa en socorrerme». Admirable era el modo como moderaba su genio y su carácter, de manera que la gente quedaba muy edificada al verlo siempre alegre, de buen genio y que no se impacientara por más que lo ofendieran o lo humillaran. A un joven que le pedía consejos de cómo librarse de la preocupación del qué dirán los demás, lo mandó a un cementerio a que les dijera un montón de frases duras a los muertos. Cuando volvió le preguntó Macario: Qué te respondieron los muertos? NO me respondieron nada, le dijo el joven. ¡Entonces ahora vas y les dices toda clase de elogios y alabanzas! El muchacho se fue e hizo lo que el santo le había mandado, y éste volvió a preguntarle: ¿Qué te respondieron los muertos? ¡Padre, nada me respondieron! «Pues mira», le dijo el hombre de Dios: «Tú tienes que ser como los muertos: ni entristecerte porque te critican y te insultan, ni enorgullecerte porque te alaban y te felicitan. Porque tú eres solamente lo que eres ante Dios, y nada más ni nada menos». A uno que le preguntaba qué debía hacer para no dejarse derrotar por las tentaciones impuras le dijo: «Trabaje más, coma menos, y no les conceda a sus sentidos y a sus pasiones el gusto al placer inmediato. Quien no se mortifica en lo lícito, tampoco se mortificará en lo ilícito». El otro practicó estos consejos y conservó la castidad. Macario le pidió a Dios que le dijera a qué grado de santidad había llegado ya, y Nuestro Señor le dijo que todavía no había llegado a ser como la de dos señoras casadas que vivían en la ciudad más cercana. El santo se fue a visitarlas y a preguntarles qué medios empleaban para santificarse, y ellas le dijeron que los métodos que empleaban eran los siguientes: dominar la lengua, no diciendo palabras inútiles o dañosas. Ser humildes, soportando con paciencia las humillaciones que recibían y la pobreza y los oficios sencillos que tenían que hacer. Ser siempre amables y muy pacientes, especialmente con sus maridos que eran muy malgeniudos, y con los hijos rebeldes y los vecinos ásperos y

Sin categoría

Santa Margarita de Hungría.

Cada 18 de enero la Iglesia Católica celebra a Santa Margarita de Hungría, religiosa dominica a quien Pío XII llamó “mediadora de la tranquilidad y la paz”. Margarita fue princesa de Hungría, hija del rey Bela IV y de María Láscaris -quien, por su parte, era hija del emperador de Constantinopla y ostentaba el título de princesa de Nicea-. La princesa Margarita nació el 27 de enero de 1242. Solo un año antes, su nación había caído en manos de los ejércitos mongoles, lo que había traído tristeza, hambre y destrucción. En esas trágicas circunstancias, Bela y María, pidiendo por la liberación de Hungría, prometieron a Dios que si les concedía una niña, esta sería consagrada a su servicio como monja. Poco después, se produjo la inesperada retirada de los mongoles de las tierras invadidas, tras la muerte del gran kan mongol Ogodei. Los bárbaros se replegaron hasta sus tierras de origen hasta que un nuevo líder fuera elegido. Cuando Margarita tenía solo tres años fue confiada a las dominicas de Veszprém. A los doce, sería trasladada al nuevo monasterio que su padre, el rey, había edificado en la pequeña isla del Danubio que está cerca de la Ciudad de Buda (Budapest). En ese monasterio la santa pasaría el resto de su corta vida. Allí profesó sus votos ante fray Humberto de Romans, maestro general de la Orden de Predicadores (dominicos) entre 1254 y 1263. Cada vez más enamorada de su vocación y de la misión que tenía con su patria, la joven princesa se dedicó con fervor heroico a recorrer el camino de la perfección. La ascesis conventual -silencio, soledad, oración y penitencia- se fue armonizando de a pocos con su celo por la paz, su valentía natural para denunciar la injusticia y el afecto hacia sus compañeras, a las que sirvió en las labores más humildes. El claustro se había convertido en el lugar perfecto para que Margarita viva y se desviva por la tierra de sus padres. Jesús y la Virgen habrían de escuchar siempre su oración. Margarita asumió como propia la decisión que sus padres tomaron en su nombre antes de que naciera. Llegó a serle claro, sin resquicio de duda, que si estaba en un monasterio era por amor al Señor y no para agradar a los hombres. Su permanencia allí, había dejado de ser voluntad humana y se evidenciaba como deseo divino; no era monja por la corona, lo era porque había descubierto su camino para ser feliz y agradar a Dios, su creador. En algunas oportunidades sus padres le enviaron fastuosos regalos, los que nunca quiso para sí. Apenas podía, se deshacía de ellos donándolos para beneficio de los pobres que estaban bajo el cuidado de su monasterio. Y cuando el rey y la reina quisieron dar marcha atrás y cambiar por completo la dirección de la vida de su hija -negando la promesa hecha al Señor- y quisieron casarla; ella, con toda libertad, se negó. No cambiaría por nada lo que le llenaba el alma y le daba el mayor consuelo: rezar, contemplar a Jesús crucificado, amar cada día más la Eucaristía y gozar de los cuidados de la Virgen María. Puede que hoy parezca incomprensible que una persona se someta a rigurosas penitencias -incluyendo cilicios- como las que puso en práctica Margarita. Este siempre será un tema difícil de abordar para las mentes modernas; en primer lugar, por la distancia en el tiempo y, segundo, por la dificultad que hoy tenemos para tolerar mínimamente lo que no nos produce agrado. No obstante, con un poco de apertura de espíritu nos es posible entender aquello que movió a Margarita a amar a Dios con tal intensidad. La santa había logrado percibir algo que nos es casi siempre ajeno: la gravedad de nuestras faltas y pecados. Ella quiso, a través del dolor físico, acompañar al Señor en su sacrificio redentor, la cruz, asumido por amor a la humanidad: a Cristo se le ama por completo, también con el madero a cuestas. Margarita procuró la paz para su patria desde el lugar que le tocaba: ayudando a cargar el peso de los pecados de sus compatriotas con su propio sacrificio. Esa vida de intensidad espiritual estuvo adornada con numerosas historias de milagros y hechos portentosos obrados por la joven monja. La mayoría de ellos aparecen en la Compilación medieval de los milagros de Santa Margarita. Santa Margarita de Hungría murió con solo 28 años, el 18 de enero de 1270. Su cuerpo permaneció sepultado en el monasterio donde vivió hasta 1526. Después de diversas vicisitudes, sus reliquias fueron reubicadas en la iglesia de las clarisas de Bratislava (1618), pero fueron removidas de allí, décadas más tarde, cuando la supresión del monasterio de las clarisas fue decretada por la corona en 1782. El proceso de canonización de la santa sufrió retrasos e interrupciones por siglos, hasta que el Venerable Papa Pío XII finalmente la canonizó el 19 de noviembre de 1943. En la homilía de la Misa de canonización, el Pontífice declaró a Santa Margarita “mediadora de la tranquilidad y la paz, fundadas en la justicia y la caridad en Cristo, no solo para su patria, sino para todo el mundo”.

Sin categoría

San Antonio Abad.

Cada 17 de enero se celebra la fiesta de San Antonio Abad, ilustre padre de los monjes cristianos y modelo de espiritualidad ascética. Antonio nació en Egipto, el 12 de enero de 251, en la llamada Heracleópolis Magna (parte del Egipto asimilado al Imperio romano), en el seno de una familia de labradores acaudalados. Murió a los 105 años, en 356. Tendría unos 18 o 19 años cuando, participando de la Eucaristía, escuchó que se estaba leyendo el Evangelio de San Mateo y quedó prendado de las palabras de Jesús: “Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres” (Mt 19, 21). El desierto: morir al mundo, vivir en Jesucristo Cuando murieron sus padres -Antonio había cumplido los 20 años- decidió llevar a la práctica aquel mandato de Jesús que le marcó el alma; entonces, repartió su herencia entre los pobres y se marchó al desierto. Allí vivió como ‘ermitaño’, en completa soledad, dedicado a la penitencia y la vida de oración. Por años vivió en la ‘ermita’ que él mismo construyó, una fosa ubicada al lado de un cementerio. Esa “cercanía con la muerte” -como le gustaba pensar- despertó en su corazón muchas reflexiones en torno a la vida del Señor Jesús. Rumiaba frecuentemente -allí en lo profundo del espíritu- aquella verdad insondable en torno a Jesús, vencedor de la muerte. Algunas de esas reflexiones fueron puestas por escrito y providencialmente han sobrevivido al tiempo, llegando hasta nosotros. “El que no trabaja que no coma” (II Tes 3, 10) San Atanasio Obispo, a quien Antonio conoció y que más tarde fuera uno de sus biógrafos (hagiógrafo), escribió: “[Antonio] Trabajaba con sus propias manos, ya que conocía aquella afirmación de la Escritura: ‘El que no trabaja que no coma’; lo que ganaba con su trabajo lo destinaba parte a su propio sustento, parte a los pobres”. El trabajo en la tradición y cultura cristianas dignifica al hombre y moldea su espíritu. Por el trabajo el ser humano se hace cooperador de Dios en la gran obra de la creación. San Antonio Abad interiorizó aquellas verdades a la perfección, de manera que animó al monje o ermitaño a trabajar, y hacer de su esfuerzo oración elevada al cielo. Padre del monaquismo Antonio Magno -como también es conocido nuestro santo- se convirtió en el organizador de algunas comunidades de varones con llamados semejantes al suyo, buscadores de Dios en la renuncia al mundo y el silencio. Muchos de esos hombres vivieron el mismo estilo ascético en el desierto, o hicieron de la soledad ‘espacio’ de encuentro y diálogo con Dios. Por eso, a San Antonio Abad se le considera uno de los precursores del monacato (también llamado monaquismo), si no el iniciador per se. La forma de vida monástica que puso en práctica se extendió muchísimo durante el primer milenio de la cristiandad, dejando una huella imborrable en la historia de la Iglesia. Hoy, después de siglos, dicha forma de vida subsiste en varios lugares del mundo, y ciertamente no son pocos los convocados hoy por el Señor para dedicarse a estos menesteres del espíritu. Contra el error San Antonio Abad, junto a San Atanasio, defendió la fe y la doctrina cristiana contra el arrianismo, la peligrosa herejía que negaba la divinidad de Jesucristo comprometiendo la naturaleza misma de la Santísima Trinidad. Además, de acuerdo a San Jerónimo de Estridón (342-420), Antonio el “Abad” (esto es “padre”) -como lo llamaban quienes lo seguían- conoció a San Pablo el Ermitaño, otro de los inspiradores del monacato. San Atanasio de Alejandría (328-373) decía de Antonio: “Oraba con mucha frecuencia, ya que había aprendido que es necesario retirarse para ser constantes en orar: en efecto, ponía tanta atención en la lectura, que retenía todo lo que había leído, hasta tal punto que llegó un momento en que su memoria suplía los libros”. Luego añade: “Todos los habitantes del lugar, y todos los hombres honrados, cuya compañía frecuentaba, al ver su conducta, lo llamaban ‘amigo de Dios’; y todos lo amaban como a un hijo o como a un hermano”. En la tradición y el arte: patrono de los animales San Antonio Abad murió en 356, en el monte Colzim, próximo al Mar Rojo. Se le venera como patrón de los tejedores de cestos, fabricantes de pinceles y carniceros; así como de los cementerios. Desde hace mucho tiempo, en el Vaticano, se celebra una bendición de los animales el día de su fiesta. Ciertamente, a San Antonio se le conoce también como “patrono de los animales”. Dos historias sustentan dicho patronazgo: a la muerte de Pablo el Ermitaño, Antonio era el único que estaba en el lugar y podía darle sepultura; sin embargo, las condiciones eran totalmente adversas y no tenía quien lo ayudara. De pronto, en medio del desierto, aparecieron dos leones acompañados de otros animales que ayudaron al santo a cavar el hoyo donde colocaría los restos de San Pablo. La segunda historia tiene que ver con una jabalina (cerdo salvaje) que encontró cerca de su ermita, cuyas crías nacieron todas ciegas; y que San Antonio Abad curó cuando se apiadó de ella. Se cuenta que el animal lo seguía a todas partes como el más fiel guardián, y jamás se apartó de su lado. Estas historias han sido fuente de inspiración para monjes de todas las épocas y también para una rica tradición iconográfica que suele representarlo acompañado por un jabalí. Brillantes pintores como Miguel Ángel, Tintoretto, Teniers, el Bosco, Cézanne y Dalí hicieron del Abad tópico de magníficas obras.

Sin categoría

San Marcelo Papa.

Cada 16 de enero celebramos a San Marcelo Papa, quien ocupa el puesto número 30 en la lista de los Pontífices que han gobernado la Iglesia Católica. San Marcelo fue vicario de Cristo por un breve periodo (mayo/junio 308 – enero 309), cuando le sobrevino la muerte en el destierro. La fecha de su nacimiento es incierta, aunque se sabe que nació en la ciudad de Roma. “Estaban angustiados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9, 36) San Marcelo padeció la terrible persecución de Diocleciano entre los años 303 y 305, a la que logró sobrevivir sin abandonar su sacerdocio, en medio de las circunstancias más extremas. En estos años, no fueron pocos los cristianos que habían incurrido en la apostasía o habían abandonado el culto por temor. En ese sentido, Marcelo se distinguió, como muchos otros, por su valor y fidelidad. Lamentablemente, la persecución dejaría un saldo doloroso: una gran inestabilidad dentro de la estructura de la Iglesia y mucho temor, que sólo empezaron a amainar con la elección de Marcelo, llevada a cabo en 308, con la participación del clero romano. Ciertamente la abdicación del emperador Diocleciano (305) y la ascensión de Majencio al trono (306) contribuyeron a la recuperación de la paz, pero igualmente el miedo al martirio alejó a muchos y había dejado acéfala la sede de Roma por un periodo de cuatro años. Apostasía y retorno a casa La Providencia divina, a pesar de todo, sostuvo a la comunidad cristiana y esta, en espíritu de unidad, escogió a Marcelo. Él, una vez que asumió la Sede de Pedro, decidió acoger a quienes habían abandonado la práctica del cristianismo o habían apostatado. A ellos les puso como condición el arrepentimiento público y la penitencia, de manera que todos tuvieran la opción de volver al seno de la Santa Madre Iglesia. Esta decisión no fue del agrado de los que deseaban volver, pero a condición de nada, amparándose en que las autoridades eclesiales habían permanecido “inactivas” por años. Es sabido, también, que los Papas que se inclinaron por el perdón recibieron otro tipo de críticas, especialmente por parte de aquellos que habían sido torturados, o que les habían confiscado sus bienes, o que vieron a muchos entregar la vida. Con todo, San Marcelo  acogió a quienes deseaban volver al redil. Para ello fue necesario trazar una ruta de acuerdo a la justicia y la caridad. Bien aconsejado por hombres santos, decretó el camino penitencial para todos aquellos que quisieron reconciliarse de corazón con Cristo y su Iglesia. “Rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Lc 10, 2) En paralelo, Marcelo ordenó la reconstrucción de los templos destruidos durante la persecución y se dedicó a reorganizar la estructura eclesial. Se dice que fue un hombre de carácter enérgico, pero moderado. Como organizador, dividió Roma en 25 sectores y puso al frente de cada uno a un presbítero. Muchos aceptaron la decisión del Pontífice con respecto a los apóstatas, pero otros promovieron protestas y lo acusaron de conspirar contra el emperador Majencio, quien excediéndose en su función civil, ordenó su destierro. De acuerdo al Libro Pontifical, el Papa San Marcelo, alejado de su Sede, se escondió en la casa de una mujer laica y, desde allí, siguió gobernando la Iglesia. Al enterarse de esto, el emperador lo mandó buscar y apresar, y lo envió a hacer trabajo forzoso en las caballerías y pesebres imperiales. El Papa Marcelo enfermó y falleció el 16 de enero del año 309. FUENTE: https://ec.aciprensa.com/wiki/Papa_San_Marcelo_I.

Sin categoría

San Arnoldo Janssen.

Arnoldo Janssen nació el 5 de noviembre de 1837 en Goch, una pequeña ciudad de la Baja Renania (Alemania). Segundo entre diez hermanos, aprendió de sus padres la dedicación al trabajo y una profunda religiosidad. El 15 de agosto de 1861 fue ordenado sacerdote para la diócesis de Münster y fue asignado a enseñar ciencias naturales y matemáticas en la escuela secundaria de Bocholt, donde adquirió fama de maestro estricto pero justo. Por su profunda devoción al Sagrado Corazón de Jesús fue nombrado director diocesano del Apostolado de la Oración. Desde este apostolado, Arnoldo buscó abrirse también a cristianos de otras denominaciones. Poco a poco creció su conciencia de las necesidades espirituales de la gente aún más allá de los límites de su propia diócesis, hasta convertirse en preocupación por la misión universal de la Iglesia. Decidió dedicar su vida a despertar en la iglesia alemana la conciencia de su responsabilidad misionera. Con este objetivo en mente, en 1873 renunció a su cargo docente y fundó «El pequeño mensajero del Corazón de Jesús». En esta revista mensual ofrecía noticias misionales y animaba a los católicos de lengua alemana a hacer más por las misiones. Eran tiempos difíciles para la iglesia en Alemania. Bismark había desatado el «Kulturkampf» («batalla por la cultura»), que implicaba una serie de leyes anti-católicas, la expulsión de sacerdotes y religiosos y aún el encarcelamiento de varios obispos. En esa situación caótica, Arnoldo Janssen sugirió que tal vez algunos de los sacerdotes expulsados podrían ser enviados a las misiones o ayudar en la preparación de misioneros. Poco a poco, y animado por el vicario apostólico de Hong Kong, Arnoldo fue descubriendo que era a él a quien Dios llamaba para esta difícil tarea. Muchos opinaban que no era el hombre indicado, o que los tiempos no estaban maduros. «El Señor desafía nuestra fe a realizar algo nuevo, precisamente cuando tantas cosas se están derrumbando en la Iglesia», fue la respuesta de Arnoldo. Con el apoyo de varios obispos, Arnoldo inauguró la casa misional en Steyl (Holanda) y dio comienzo a la Congregación de los Misioneros del Verbo Divino. Ya el dos de marzo de 1879 partieron los dos primeros misioneros hacia China. Uno de ellos era José Freinademetz. Consciente de la importancia de las publicaciones para atraer vocaciones y fondos, Arnoldo estableció la propia imprenta sólo cuatro meses después de inaugurada la casa. Miles de laicos generosos dedicaron tiempo y esfuerzos a la animación misional en los países de habla alemana distribuyendo las revistas de Steyl. De esta manera, la nueva congregación se desarrolló ya desde su inicio como comunidad de sacerdotes y hermanos. Los voluntarios que ayudaron en la casa misional no sólo fueron hombres. Prácticamente desde el comienzo, un grupo de mujeres se puso al servicio de la comunidad. Su deseo era servir a la misión como religiosas. Este deseo, los años de fiel servicio, y la conciencia de la importancia de las mujeres en las misiones, llevaron a Arnoldo a fundar la congregación de las «Siervas del Espíritu Santo» el 8 de diciembre de 1889. Las primeras Hermanas partieron hacia Argentina en 1895. En 1896, el P. Arnoldo eligió a algunas de las Hermanas para formar una rama de clausura, las «Siervas del Espíritu Santo de Adoración Perpetua». Su servicio a la misión sería la de rezar día y noche por la Iglesia y especialmente por las otras dos congregaciones misioneras, manteniendo un servicio ininterrumpido de adoración al Santísimo Sacramento. Arnoldo murió el 15 de enero de 1909. Su vida fue una permanente búsqueda de la voluntad de Dios, de confianza en la providencia divina y de duro trabajo. Testimonio de la bendición divina sobre su obra es el ulterior desarrollo de la misma: más de 6.000 misioneros del Verbo Divino trabajan hoy en 63 países. Las misioneras Siervas del Espíritu Santo son más de 3.800 hermanas y más de 400 las Siervas del Espíritu Santo de Adoración Perpetua. Fue canonizado por Juan Pablo II el 5 de octubre de 2003.

Sin categoría

San Félix de Nola.

Cada 14 de enero, la Iglesia Católica recuerda a San Félix de Nola, presbítero romano que padeció las persecuciones de los emperadores Decio y Valeriano, lo que le valió ser venerado en calidad de ‘confesor de la fe’ y ‘mártir’, aunque no murió de manera violenta. Gracias a la biografía sobre San Félix elaborada por San Paulino, obispo de Nola a finales del siglo IV, no son pocos los datos de los que se dispone sobre este gran santo. San Paulino era un fervoroso admirador de Félix, a quien tuvo como santo protector. Además, escribieron sobre él otros ilustres autores como Beda el Venerable, San Agustín de Hipona y Gregorio Turonense, cuyas obras son consideradas fuentes de extrema confiabilidad. Sacerdote con ‘olor a oveja’ Se sabe que San Félix nació en Nola (cuyo territorio hoy pertenece a Italia), ubicada cerca de Nápoles, en el siglo III, y que fue hijo de un noble de origen sirio. Abrazó el servicio apostólico desde muy joven, distribuyó su herencia entre los pobres al morir su padre, y luego fue ordenado sacerdote por el obispo local, San Máximo. A partir de ese momento la amistad entre Máximo y el novel presbítero creció, convirtiéndose Félix en el soporte principal de la labor pastoral del obispo. El sacerdote llevaría a cabo una labor pastoral ejemplar, evidenciando su espíritu solícito y generoso, siempre cercano a los sufrientes y necesitados. Perseguido por causa de Cristo Durante la gran persecución de Decio fue encarcelado y, según la tradición, liberado por un ángel. Existe más de una versión sobre cómo cayeron las cadenas de sus manos, quebradas por mano angelical, y sobre cómo pudo escapar sin que nadie lo vea. Uno de los relatos da cuenta de que fuera de la prisión se ocultó en una caverna cuya entrada quedó oculta por una densa telaraña tejida milagrosamente, donde se mantuvo a buen recaudo por varios días. Más adelante, habiendo sobrevivido a la furia desatada por el emperador Decio, Félix se vio nuevamente amenazado junto con toda su comunidad por las disposiciones que dictó  Valeriano, nuevo emperador, contra todos los cristianos entre los años 256 y 257. El santo que trabajó la tierra Al morir Máximo, los cristianos de Nola quisieron que Félix ocupara la silla episcopal, pero él se rehusó a tal dignidad, prefiriendo continuar su misión evangelizadora como presbítero. Pobre, como muchos en aquella región, trabajó como campesino para obtener su propio sustento y para ayudar a los necesitados de los alrededores. San Félix murió el 14 de enero, se cree que del año 260. Existen dos versiones sobre su muerte: la primera señala que falleció de manera natural; la otra, que sufrió el martirio. Fue enterrado en Nola y su sepulcro se convirtió en lugar de peregrinación. Los agricultores de aquella región italiana lo tienen por santo patrono e intercesor que protege el ganado. Le fue consagrada la Basílica paleocristiana de Cimitile.

Sin categoría

San Hilario, Obispo de Potiers.

Cada 13 de enero, la Iglesia Católica celebra a San Hilario de Poitiers, obispo, Padre y Doctor de la Iglesia nacido en tierras galas. Hilario vivió en el siglo V, en el que jugó un papel muy importante en la lucha contra las herejías de su tiempo, lo que le valió el apelativo de “Martillo de los arrianos” o el “Atanasio de Occidente”, en alusión al célebre Padre de la Iglesia Oriental. San Hilario nació en Poitiers, Galia (hoy Francia), en el año 315. Tuvo la fortuna de recibir una sólida formación en letras, lo que le valió una extraordinaria habilidad para escribir y desarrollar, con acierto y claridad, aspectos importantes de la doctrina cristiana. No obstante, lo fundamental en él -como en toda persona que entiende y defiende su fe adecuadamente- fue su entrega amorosa a Dios y la sintonía de su corazón con los designios de Dios. Habiendo alcanzado la adultez, Hilario se descubrió atraído profundamente por la fe en Jesucristo, y pidió el bautismo hacia el año 345. Luego el Señor lo convocó al servicio sacerdotal y, unos años más tarde, fue elegido obispo de su ciudad natal, en 353. Custodio de la doctrina sobre la Santísima Trinidad Hilario escribió un sesudo comentario a los Santos Evangelios, la primera de sus obras, considerada como el primer texto explicativo que se ocupa sistemáticamente de los libros sagrados que dan cuenta de la vida de Jesucristo. Este texto fue escrito originalmente en latín y posteriormente traducido a otras lenguas. En 356, ya en calidad de obispo, tomó parte del Sínodo de Béziers -región del sur de Francia-. Aquella reunión fue catalogada por Hilario como “el sínodo de los falsos apóstoles”, ya que la asamblea estuvo dominada por obispos filoarrianos, quienes negaban abiertamente la divinidad de Jesucristo o, al menos, simpatizaban de manera peligrosa con dicha doctrina. Estos “falsos apóstoles” se enfrascaron en un juego de poder político. Y, a sabiendas de que Hilario les resultaba un obstáculo, solicitaron al emperador Constancio que ‘el obispo de Poitiers’ fuera condenado al exilio. Es así como Hilario recibe la orden de expulsión de la región, y se ve obligado a abandonar la Galia rumbo a Frigia, región perteneciente hoy a Turquía, la que sería su nuevo hogar. Apartado a la fuerza de su tierra y de su cargo, Hilario se empeñó en buscar el camino para el restablecimiento de la unidad de la Iglesia. Así inicia la redacción de su obra dogmática más importante y conocida “De Trinitate” (Sobre la Trinidad), la cual se enmarca en las enseñanzas doctrinales del Concilio de Nicea y evidencia, con contundencia, que las Sagradas Escrituras testimonian claramente la divinidad del Hijo, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Verbo encarnado. El santo sostiene con firmeza: “Dios sólo sabe ser amor, y sólo sabe ser Padre. Y quien ama no es envidioso, y quien es Padre lo es totalmente”, dejando en claro que están en el error quienes alegan una supuesta “pérdida” (o resta) en Dios Padre al momento en que se afirma la divinidad del Hijo. Padre sinodal y custodio de la Verdad Alrededor de los años 360 y 361, San Hilario regresa del exilio a Francia y participa del sínodo que se estaba celebrando en París. Aquella reunión, gracias a la Providencia divina, se convirtió en una “vuelta” a la doctrina y lenguaje del Concilio de Nicea, que defendía la naturaleza divina y eterna del Hijo, lo que significó un saludable repliegue del arrianismo. En los últimos años de su vida, Hilario se dedicó a la elaboración del Tratado sobre los Salmos, en el que el santo hace una lectura cristológica de los cantos compuestos por el rey David. El resultado de este esfuerzo teológico termina por echar luces que iluminan y ayudan a comprender aspectos decisivos del misterio de Cristo y de su Cuerpo Místico que es la Iglesia. Doctor de la Iglesia San Hilario de Poitiers partió a la Casa del Padre en el año 367. En 1851, siglos después de su muerte, el Beato Papa Pío IX lo proclamó Doctor de la Iglesia. “Haz, Señor que me mantenga siempre fiel a lo que profesé en el símbolo de mi regeneración, cuando fui bautizado en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Que te adore, Padre nuestro, y junto a ti, a tu Hijo; que sea merecedor de tu Espíritu Santo, que procede de ti a través de tu Unigénito… Amén” (San Hilario de Poitiers, “De Trinitate” 12, 57).

Sin categoría

San Arcadio, Mártir.

Se desconoce la fecha exacta de su martirio, pero parece que tuvo lugar en alguna ciudad de Mauritania, probablemente en Cesarea, la capital. Las persecuciones estaban en todo su furor y miles de cristianos eran torturados por los soldados romanos sin esperar la sentencia del juez. En tan terribles circunstancias, San Arcadio se retiró a la soledad. Sin embargo, el gobernador de la ciudad al saber que no se había presentado a los sacrificios públicos, capturó a un pariente y lo mantuvo como rehén hasta que el prófugo se presentara. Al saberlo, el mártir volvió a la ciudad y se entregó al juez quien lo obligó a que se sacrificase a los dioses. Ante su negativa, el juez lo condenó a muerte, cortando cada uno de sus miembros de manera lenta. Al encontrarse totalmente mutilado, el mártir se dirigió a la comunidad pagana, exhortándolos a abandonar a sus dioses falsos y a adorar al único Dios verdadero, el Señor Jesús. Los paganos se quedaron maravillados de tanto valor y los cristianos recogieron su cadaver y empezaron a honrarlo como a un gran santo.

Scroll al inicio