San Gregorio de Nisa.

El calendario cristiano marca este sábado 10 de enero como una jornada especialmente significativa dentro del santoral, en la que se recuerda a varias figuras relevantes de la historia de la Iglesia. Entre todas ellas, destacan San Gregorio de Nisa con una profunda huella espiritual que ha perdurado a lo largo de los siglos.

San Gregorio de Nisa, uno de los grandes padres de la Iglesia

Uno de los santos más destacados del día es San Gregorio de Nisa, obispo y teólogo del siglo IV, considerado uno de los grandes Padres de la Iglesia oriental. Nació en Capadocia, en la actual Turquía, en el seno de una familia profundamente cristiana y marcada por la santidad: fue hermano de San Basilio el Grande y amigo cercano de San Gregorio Nacianceno, con quienes formó el influyente grupo conocido como los Padres Capadocios.

San Gregorio de Nisa tuvo un papel clave en la consolidación de la doctrina cristiana, especialmente en la defensa del dogma de la Santísima Trinidad frente a las herejías de su tiempo. Sus escritos teológicos y filosóficos destacan por su profundidad intelectual y por una visión espiritual que pone el acento en el crecimiento interior del ser humano y en la búsqueda constante de Dios.

Además de su labor doctrinal, fue un firme defensor de la dignidad humana y un crítico de la esclavitud, una postura muy avanzada para su época. Su legado lo convierte en una figura esencial no solo desde el punto de vista religioso, sino también cultural y ético.

San Gregorio de Nisa (c. 335-394) fue hermano menor de San Basilio Magno y uno de los tres «Padres Cappadocios» que definieron la ortodoxia trinitaria. Considerado el más especulativo y místico de los tres, combinó la filosofía platónica con la teología cristiana de manera magistral, siendo llamado «Padre de la Teología Mística». Inicialmente se dedicó a la retórica y se casó, pero tras la muerte de su esposa abrazó la vida monástica bajo la influencia de su hermano Basilio y su hermana Santa Macrina.

Nombrado obispo de Nisa por Basilio en 372, desarrolló una teología profundamente contemplativa centrada en el concepto de «epéktasis» (progreso infinito del alma hacia Dios). Sus obras maestras incluyen «Vida de Moisés», «Comentario al Cantar de los Cantares» y «Sobre la vida de Macrina», donde establece los fundamentos de la espiritualidad mística cristiana. Participó decisivamente en el Concilio de Constantinopla I (381), contribuyendo a la derrota definitiva del arrianismo. Su síntesis entre filosofía griega y fe cristiana influyó profundamente en la tradición espiritual oriental y occidental, siendo precursor de grandes místicos como Dionisio Areopagita y Juan de la Cruz.

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