

San Cristóbal, un personaje icónico del catolicismo, es reconocido por ser el patrón de los viajeros. Su figura evoca una prodigiosa leyenda que realza su firmeza y devoción. Según la tradición, cargó a un niño que resultó ser Jesucristo, cruzando un río con corrientes peligrosas, demostrando así una gran fuerza interior y física. Este gesto lo elevó a la categoría de santo y se convirtió en un ejemplo de servicio y protección.
San Cristóbal, cuyo nombre significa «portador de Cristo», es una figura venerada en la tradición católica, a menudo referido como el Santo Gigante Protector de los Viajeros. Cuenta la leyenda que San Cristóbal era un hombre de gran estatura y fuerza física que vivía en el siglo III en Asia Menor. Se dice que era un hombre de gran altura, que llegó a medir hasta dos metros y medio. Debido a su apariencia intimidante, se le ofreció el trabajo de transportar personas a través de un peligroso río, tarea que realizaba con devoción. La historia más famosa de San Cristóbal cuenta cómo un día llevó a un niño pequeño al otro lado del río.
A medida que cruzaban, el niño se volvía cada vez más pesado hasta que Cristóbal apenas podía mantenerse de pie. Cuando llegaron a la otra orilla, el niño reveló que él era Cristo y que Cristóbal había llevado el peso del mundo sobre sus hombros. Este acto de fe y servicio le valió a San Cristóbal el reconocimiento como patrón de los viajeros. Se dice que protege a aquellos que se encuentran lejos de casa, ofreciéndoles su fortaleza y orientación en sus viajes. Además, en la icónica imagen de San Cristóbal, se le muestra como un gigante que lleva al niño Jesús sobre sus hombros mientras atraviesa un río, ilustrando el relato de su acto de fe y servicio.
El culto a San Cristóbal es muy popular en todo el mundo, especialmente entre los conductores y los viajeros, quienes suelen llevar consigo medallas o imágenes del santo como amuletos protectores durante sus traslados. Para los creyentes, la historia de San Cristóbal es un poderoso recordatorio de que, con la fe en Dios, uno puede superar cualquier obstáculo, sin importar cuán insuperable pueda parecer.
Cada 16 de noviembre la Iglesia celebra la fiesta de Santa Gertrudis, la Grande (1256-1302); o Santa Gertrudis de Helfta, como también se le conoce, o simplemente “Gertrudis Magna”, vidente del Sagrado Corazón de Jesús. Gertrudis fue monja cisterciense, mística y escritora.
Por el tipo de unión espiritual que desarrolló con el Señor, Gertrudis Magna es considerada la patrona de los místicos. En América es la patrona de la ciudad de Puebla de los Ángeles (México). Es conocida también por ser intercesora para tener una buena muerte y gran rescatadora de las almas del purgatorio.
Santa Gertrudis nació el 6 de enero de 1256 en Eisleben (actual Alemania). A los cinco años fue enviada al monasterio benedictino de Helfta, donde alguna vez estuvo Santa Matilde de Ringelheim (896-968) como abadesa y maestra. Allí, Gertrudis se hizo amiga de otra Matilde: Santa Mechtilde (Matilde) de Hackeborn (1241-1298), otra ferviente devota del Corazón de Jesús.
Muchos siglos antes de que Cristo se le apareciera a Santa María Margarita de Alacoque (1647-1690), cuyas visiones datan del siglo XVII -siendo las más conocidas-, Santa Gertrudis tuvo experiencias místicas con el Sagrado Corazón de Jesús en el siglo XIII.
En la vida cotidiana, Gertrudis era testimonio de caridad y benevolencia, una mujer muy sencilla y generosa, habituada a la comunión frecuente y a pedir constantemente la intercesión de San José. Dios le concedió enormes gracias, como haber tenido dos visiones particularísimas a lo largo de su vida, en las que Jesucristo, Nuestro Señor, dejó que ella pudiese reclinar la cabeza sobre su pecho y oír los latidos de su corazón divino.
Otras muchas revelaciones particulares tuvo la santa. En una ocasión se le apareció el apóstol San Juan, el discípulo amado, a quien Gertrudis preguntó por qué, habiendo sido el primero en recostar la cabeza sobre el pecho del Señor en la Última Cena, no había escrito nada sobre el Corazón de Jesús.
El evangelista le respondió que la revelación del Sagrado Corazón de Jesús estaba reservada para tiempos posteriores, cuando el corazón del mundo se haya enfriado de tal forma que necesite ser reavivado por el amor divino.
A Santa Gertrudis se le atribuyen cinco libros que conforman lo que se conoce como el Heraldo de la amorosa bondad de Dios, también llamados las Revelaciones de Santa Gertrudis. El primero de los cinco lo escribieron amigos cercanos a la santa, pero bajo su dirección; mientras que el segundo y los restantes los redactó ella misma, aunque siempre con alguna ayuda. En ellos están registradas sus experiencias místicas y sus enseñanzas en torno al sentido del sufrimiento: “La adversidad es el anillo espiritual que sella los esponsales con Dios”. Así mismo, están contenidos sus recomendaciones en torno a la unión espiritual con Cristo a través de su Sagrado Corazón.
También se atribuyen a Santa Gertrudis algunas oraciones difundidas durante el siglo XVII, las que alcanzaron gran popularidad, aunque no haya certeza absoluta sobre su real autoría.
Después de haber pasado por un largo periodo de enfermedad -alrededor de una década-, Santa Gertrudis partió a la presencia de Dios el 17 de noviembre de 1301 (cir. 1302). El Papa Clemente XII (p. 1730-1740) oficializó el día 16 de noviembre como el dedicado a la celebración de su fiesta en toda la Iglesia Católica.
