Venerable Padre Félix Varela Morales, cuyo nombre honra el Centro Cultural, que fuera antes Seminario San Carlos y San Ambrosio, en cuyo exterior tendrá lugar el encuentro del Papa Francisco con los jóvenes cubanos, el domingo 20 de septiembre de 2015.

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El Padre Varela nació en La Habana, el 20 de noviembre de 1788. La carrera militar era tradición en su familia, por lo que se esperaba que el joven Varela tomara igual camino. Huérfano desde niño, fue criado por su abuelo materno, militar español, a quien, convencido ya de su vocación sacerdotal, contestó en una ocasión: “Yo quiero ser soldado de Jesucristo. Mi designio no es matar hombres, sino salvar almas”.

 

A los catorce años de edad, en 1802, marcó el destino definitivo de su vida. Ingresó en el entonces Colegio Seminario “San Carlos y San Ambrosio” de La Habana. Habiendo probado su fervor religioso y su brillante inteligencia, fue ordenado sacerdote el 11 de diciembre de 1811, tenía entonces 23 años de edad. El propio Colegio Seminario “San Carlos y San Ambrosio” le concedió la oportunidad de expandir otras de sus muchas aptitudes: el magisterio. Fue maestro insigne y singular, no solo porque cambió el latín por el español para enseñar Filosofía, introduciendo las corrientes de pensamiento más adelantadas de su época; tuvo también la oportunidad de inaugurar y conducir la Cátedra de Constitución; introdujo por primera vez en Cuba el estudio de la Física y la Química, instalando laboratorios donde él mismo gustaba de investigar. El estudio de las ciencias naturales ocupó un lugar importante en sus disertaciones filosóficas. Su “Tratado de Filosofía” se aplicó en varios países de América Latina y todavía se estudiaba en la Cuba colonial cuando él vivía condenado a muerte en el exilio. Los fundadores de nuestra nacionalidad se nutrieron de las enseñanzas del Padre Félix Varela, de él aprendieron el amor a Dios y recibieron el estímulo para alcanzar la verdad, la justicia y la libertad.

Su virtuosa vida era reconocida ya fuera del Colegio Seminario y los delegados municipales de la provincia de La Habana lo proponen como Diputado a las Cortes de la Monarquía
constitucional española. Su negativa inicial cedió ante la obediencia a su superior, el Obispo Juan José Díaz de Espada. Así, en 1821, el padre Varela comienza su misión política fuera de Cuba, su país natal, a donde ya no regresaría.

Para su decepción, los liberales españoles no actuaban como tales respecto a sus colonias. Los proyectos de ley propuestos por el padre Varela, entre los que destacaba uno para la abolición de la esclavitud en Cuba, no fueron aprobados. Con el regreso de la monarquía absoluta, las Cortes españolas fueron abolidas y  muchos diputados perseguidos y condenados a muerte. El padre Varela toma el camino al exilio y llega a New York en diciembre de 1823.

Sintiendo aún la responsabilidad por su patria, continúa su labor como forjador de la conciencia nacional, y lo hará a través de la prensa escrita. Fundó “El Habanero”, publicación científica, política y literaria, de gran difusión dentro de Cuba. Pronto provocó la ira de las autoridades coloniales, las cuales llegaron a enviar un asesino a sueldo a New York para liquidarlo. Años después el padre Varela revelará que pudo encontrarse frente a su posible victimario, disuadiéndole de ejecutar su crimen.

Poco a poco fue comprometiéndose más en su trabajo pastoral en aquella ciudad. Continuó con el periodismo, ahora más encarnado en su nuevo lugar de residencia. Fundó y/o trabajó en más de una decena de periódicos y revistas. Su celo pastoral, su probada fe y su gran caridad, le ayudaron a adaptarse en su nueva misión sacerdotal en otra ciudad, otro clima, otra cultura. En aquella época el catolicismo era minoría en Estados Unidos. El padre Félix Varela pudo sin embargo, con sabiduría y caritativa valentía, defender los postulados católicos, siempre respetuoso de sus oponentes, ecuménico y brillante. Su prestigio fue grande incluso entre los protestantes.

Fundó las iglesias de “El Cristo”, “Saint James” y “La Transfiguración”, y abrió escuelas parroquiales para niños. Su feligresía la constituían inmigrantes irlandeses. Visitaba constantemente a los parroquianos en sus casas o los recibía en la suya. Todo necesitado encontraba en él ayuda. En 1832, cuando la epidemia de cólera azotaba New York, el sacerdote frecuentaba el Hospital Municipal atendiendo espiritualmente a los moribundos. Por esas fechas, motivado tal vez por su condición de asmático y por las condiciones higiénicas de los hospitales, desarrolló y patentó una máquina capaz de controlar la temperatura manteniendo limpio el ambiente: un arcaico acondicionador de aire. Su prestigio como sacerdote y su labor pastoral en la incipiente Iglesia Católica de New York, estimularon su nombramiento como Vicario General de la diócesis. Su celo por la Iglesia Católica y su preocupación por los jóvenes, motivaron su obra escrita más profunda, que constituye su testamento filosófico y humanista: “Cartas a Elpidio”, enfocadas en la impiedad, la superstición y el fanatismo.

Debilitado por el asma y el exceso de trabajo, se retira a descansar a San Agustín, en la Florida, en el invierno de 1849. No recupera la salud y ya no regresa a New York. Un ex discípulo del Colegio Seminario San Carlos y San Ambrosio le visita en el invierno de 1852 y describe lo que vio en su cuarto, donde “había nada más una mesa con un mantel, una  chimenea, dos sillas de madera y un sofá ordinario con asiento de colchón. No vi cama, ni libros, ni mapas, ni avíos de escribir… Solo había en las paredes dos cuadros de santos… sobre el sofá estaba acostado un hombre, viejo, flaco, venerable, de mirada mística y anunciadora ciencia. Ese hombre era el padre Varela”.

Presentía la muerte y hablaba de ello con absoluta naturalidad. En la mañana del 18 de febrero de 1853 pidió los Santos Sacramentos, recibió la comunión e hizo profesión de fe. Ese día murió.

Los habitantes de San Agustín percibían en el padre Varela olor de santidad. Antes de morir, muchos acudieron a él para pedir su bendición, también los no católicos, según cuentan testigos de la época. Después de su muerte, los parroquianos quisieron conservar algunas de sus prendas de vestir y se repartieron reliquias de sus cabellos. Su cadáver fue enterrado en el cementerio “Tolomato” de aquella ciudad. En 1911, poco después de haberse logrado la independencia nacional, sus restos fueron trasladados a Cuba, y reposan hoy en el Aula Magna de la Universidad de La Habana.

Con frecuencia se ha considerado más su trabajo político o revolucionario. Pero su obra pastoral en New York fue titánica. Y, según el mismo decía y demostró, todo cuanto hizo fue posible por su condición sacerdotal, por su entrega sin límites a Dios sirviendo a los hombres.

El Consejo de Estado de la República de Cuba ha instituido la “Orden por la Cultura Nacional Félix Varela”.

La Iglesia Católica de Cuba espera poder consagrar, más temprano que tarde, un templo nuevo para un santo nuevo: el Venerable Presbítero Félix Varela.