Una pinareña en el Cobre 

Testimonio de una pinareña en Santiago de Cuba en la Peregrinación al Santuario Nacional del Cobre con ocasión de la Misa que celebró el Papa Francisco con los misioneros.

Texto y foto: Wendy Ramos Cáceres

Parroquia de Guane, Diócesis  de Pinar del Río, 23 de Septiembre de 2015./ Nunca había visitado El Cobre; pensé que nunca lo haría, pero nunca es una palabra que en ese sentido no deberíamos pronunciar los cristianos, pues para Dios, nada hay imposible. Me permito exclamar como María: “El Poderoso ha hecho obras grandes por mí, su nombre es Santo”. Gracias a Dios fue posible que realizara esta visita con motivo de la celebración Eucarística que allí oficiaría el Santo Padre Francisco; visita que será inolvidable, porque es maravilloso estar al mismo tiempo en la Casa de María de la Caridad con el Siervo de los Siervos de Dios. Es un regalo precioso que he recibido no solo yo, sino los cientos de personas que allí se congregaron para recibir al Santo Padre y participar de la Misa.

 

Esta posibilidad que brindó la Iglesia de participar en la Eucaristía de la Plaza de la Revolución y del Santuario del Cobre, se agradece mucho, pues esta visita pastoral del Papa Francisco fue preparada en todos los barrios y casas misión de la parroquia, con encuentros de formación y catequesis para adultos y niños. 

El domingo 20 en la tarde, salí desde Guane, en el extremo más occidental del país, para vivir el viaje que ya tenía pensado mi corazón. En el portal de la Casa Diocesana de la ciudad de Pinar del Río nos fuimos reuniendo los misioneros de varias parroquias para esperar el ómnibus que nos trasladaría hacia la Comunidad de Baire, un poblado de Santiago de Cuba. Alrededor de las 6 pm, partimos. Después de más o menos 14 horas de viaje, en el templo de San Bartolomé Apóstol en Baire, nos esperaba parte de la comunidad cristiana que allí se reúne para darnos la bienvenida y la acogida en sus casas. Olivia Estrada, su animadora, nos contó también un poco de la historia de la Capilla y el poblado.

A las 6 de la tarde nos volvimos a encontrar en el Templo para la oración animada por el diácono Roberto Márquez, y la recepción de nuestras credenciales. Se nos pidió que estuviéramos en el “Parque de la Revolución”, llamado así porque fue ahí donde se produjo lo que la historia recoge como “El grito de Baire”. Desde ese parque saldríamos hacia el Cobre a partir de la 1 de la madrugada. Cuando llegamos era ya un mar de gentes las que se encontraban frente al Santuario, fue difícil entrar, pero al fin lo hicimos. Entonces me di cuenta de la magnificencia de aquel Templo, y de la Madre, que para suerte de todos nosotros, no estaba en su lugar habitual, y entonces pudimos contemplarla más de cerca, sentirla más próxima. El tiempo que transcurrió hasta el inicio de la Misa, fue animado por cantos y oraciones.

Poco antes de las 8, el perfume del incienso avisaba próxima la procesión de sacerdotes, obispos, cardenales y el anunciado Francisco. Cuando apareció frente a nosotros se desató un aplauso que parecía no tener fin, y su rostro cariñoso sonreía y saludaba al pueblo.

Me llamaba la atención de su homilía una de las frases finales, que era como una reiterada invitación: “caminar juntos.” Y eso hicimos los que hasta allí peregrinamos, pero es más, es aceptar al otro tal cual es, aunque sean y piensen diferente. Caminar juntos hacia el bien común de nuestra Patria, recordando a María como símbolo de unidad de los cubanos hace ya más de 400 años.

Nos pedía Francisco que fuéramos como la Virgen, que visitada salió a visitar, se puso en camino, sin agitarse, pero sin adormilarse, porque tenía claro a dónde quería llegar.

Ojalá los cubanos lleguemos a vivir en plenitud este deseo que no es solo del Santo Padre, sino de Jesús. La alegría, el gozo, la dicha de estar al mismo tiempo con la Virgen de la Caridad y el sucesor de Pedro, es inenarrable.