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Categoría: Papa Francisco
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 La Caridad del Cobre

Por: María C. Campistrous Pérez

Foto: P. Valentín Sanz

Hace un siglo, bajo el cálido sol de una mañana septembrina, un grupo de veteranos orientales, erguidos en sus cabalgaduras y galopando a impulsos del espíritu cual si los años no gravitaran sobre ellos, van desde Santiago hasta El Cobre para allí, ante la Madre que les acompañó en la manigua y a cuyos pies celebraron el triunfo libertario, solicitar al Papa que declare Patrona de Cuba a la Virgen de la Caridad como culmen del más hermoso de sus sueños. Corría el año de 1915.

Más, la historia no se construye por acasos ni tiene aconteceres aislados: evocar este hecho implica hurgar en sus raíces y descubrir sus influjos. El presente nace del pasado y se proyecta al futuro. Y en esta trilogía cuyo eje es María del Cobre, encontramos la simiente de rasgos idiosincrásicos del cubano: su devoción a la Virgen y su anhelo de libertad, como ensueño inextinguible en la pesadilla de sus noches de encierro, destierro, marginación y carestía.


Esta historia es tricentenaria: cimarrones apalencados, esclavos escarnecidos, mambises aguerridos, humanos con derechos pisoteados, hombres todos a quienes los siglos separan en el tiempo, pero todos viviendo su tiempo con ansias de un futuro mejor.

El «hecho cobrero» tiene su historia de pasión y libertad, de amor y coraje, es una cadena de eslabones entrelazados, imbricados, implicantes, con un cauce común que lleva lasilusiones a los pies de la Virgen. No se comprende cabalmente si lo miramos aislado. El espíritu de libertad aletea desde antaño en la Villa de las Minas de Cobre: el hálito de la Madre aún le sostiene y él se cierne, dadivoso, sobre todos los que aman al estilo de Varela: con un solo corazón a Cuba ya Cristo.

Como jirones de los tiempos idos vaya esta historia de Amor y Libertad. Nace así: Mediando el siglo XVIII corrían por Santiago del Prado aires de protesta y rebeldía. Los descendientes de los esclavos llevados a sus Minas estaban en las montañas, dispuestos a morir antes que ser esclavizados, sólo trabajarían si les respetaban sus derechos. Y en nombre del Rey se les prometió que gozarían de la libertad que habían conquistado: tenían que sacar el mineral de las entrañas de la mina.

Más de un siglo había transcurrido sin que lograran reducirlos a servidumbre cuando, a fines del siglo XVIII, el Gobernador de la Isla ordenó la reducción de los «cobreros», pero éstos, indómitos, pedían el reconocimiento de su absoluta libertad y el derecho a la tierra que cultivaron sus ancestros. Entonces dispuso la remisión a España del P. Alejandro de Paz y Ascanio, Capellán de la Virgen, por considerarlo líder de los rebeldes, orden que se negó a cumplir el obispo santiaguero. Al agravarse el conflicto, el Padre Ascanio convocó a los cobreros ante la Iglesia del pueblo, y la reunión terminó demandando el reconocimiento oficial de sus derechos. La Virgen de la Caridad y los Remedios sería su mediadora.

La situación cambió al temer España que la rebeldía de los cobreros –que ya movía ánimos en Santiago– se pudiese convertir en una revolución social: sobre Cuba se cernía la amenaza de Haití. La prudencia se volvió justicia, y declararon libres a todos los descendientes de los siervos de la Corona llevados a Santiago del Prado en el siglo XVI.

Y el 19 de marzo de 1801, convocado el pueblo ante la ermita-santuario, con el nervio en la palabra leía el Capellán Ascanio, delante de la Madre que salió a la puerta para festejar con sus hijos, la Real Cédula mediante la cual se devolvía a los cobreros las tierras que laboraban y la libertad conquistada. Así, fueron los esclavos de El Cobre los primeros a quienes se otorgaba la libertad en Cuba: a Ella, a la Virgen, le agradecían el triunfo logrado después de más de un siglo de constante bregar.

El Cobre era faro de libertad para la Isla, la Madre daba fuerza a la esperanza y bríos al espíritu, al calor de su amor, seguía forjándose la identidad de este pueblo que veía crecer, junto a sus raíces, la devoción a la Virgen de la Caridad.

Como en las gestas anteriores, al iniciarse la Guerra de Independencia, la Virgen de la Caridad subió con los cubanos a las montañas alentando sus corazones, y cual escarapela tricolor iba su “medida” rodeando el sombrero alón. A Ella se encomendaban en el combate, para Ella había velas encendidas en el altar de campaña aunque la comida escaseara, a Ella habían consagrado su lucha seguros de que les daría la victoria: su amor era su fuerza.

Terminada la guerra que con sobrada valentía ganaron los mambises, el 17 de julio de 1898 los jefes de los ejércitos extranjeros, ignorándolos, firmaban el Acta de Capitulación bajo la otrora frondosaceiba que los americanos llamaron “Árbol de la rendición”, y nosotros, más muníficos, “Árbol de la Paz”. Al Mayor General Calixto García, el gran estratega que hizo posible la victoria, no le permitieron entrar con sus tropas a la desolada ciudad de Santiago de Cuba.

La respuesta viril y criolla del Jefe del Ejército Oriental no es de extrañar, fue la de un hombre de identidad cubanísima y de fe inculturada: ordenar a su Estado Mayor –al mando del General Agustín Cebreco–  que “celebre el triunfo Cuba sobre España en Misa solemne con Te Deum a los pies de la imagen de la Virgen de la Caridad”. Y el 8 de septiembre de 1898 se celebró en el antiguo Santuario “la primera fiesta religiosa en Cuba Libre e Independiente”.  El tema del sermón que predicara el P. Desiderio Mesnier no deja lugar a dudas sobre la intención político-religiosa de la celebración: “los cubanos tienen en la Virgen de la Caridad una Madre que los enseñará a consolidar una República Cristiana”.

Y para que así constara en los anales de la historia, firmaron esa mañana el Acta levantada junto a la imagen venerada los oficiales del Ejército Libertador Cubano, y también los del ejército americano presentes en la celebración. Esta Acta, quese conserva en los archivos del Santuario como preciada reliquia, se considera como la Declaración Mambisa de la Independencia, y es expresión del compromiso del cubano católico con la Iglesia de su tierra y para su tierra.

Después que ondeara, ella sola, la bandera de la estrella solitaria en mayo de 1902, muchos acudieron, desde todos los confines de la Isla, a dar gracias a la Virgen por la Independencia de la Patria. Pasaron los años, y la joven República crecía en medio del desaliento, el caudillismo, las injusticias sociales, y aún cierta pérdida del sentido patrio. El ambiente anticlerical imperaba.

Y es en esos momentos difíciles para la Iglesia y para la Patria que los mambises veteranos del Consejo Territorial de Oriente, encabezados por los generales Jesús Rabí y Agustín Cebreco, van hasta El Cobre parasolicitar al Papa que declare Patrona de Cuba a la Virgen de la Caridad. Proclamarse devoto de María del Cobre significaba confesarse católico y valorar lo propio sobre lo foráneo, era un gesto de cubanía acendrada, y es dentro de este contexto político-religioso que enmarcamos el hecho que comentamos.

No fue este tercer hito del hecho cobrero un simple gesto piadoso de guerreros devotos, sino expresión singular de fe vivida con compromiso patrio, de coherencia en su actuar de laicos con sentido profundo de Iglesia y Nación, de católicos que ven en María delaCaridad a la Madre de Dios y de Cuba en un estrechar de lazos entre fe y cubanía. Nuestros viejos mambises quieren que Ella ayude a construir la República cordial con todos y para el bien de todos que soñara Martí.

Sirva este relato, para adentrarnos en la historia del amor, fecundo y salvífico, entre esta Virgen y su pueblo.

(Artículo publicado en la revista Verdad y Esperanza, 2011)