21 de agosto

 

XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 

P. Héctor Arrúa SVD.

 

PRIMERA LECTURA: Isaías 66,18-21

 

El libro del profeta Isaías no podría tener un final mar hermoso y esperanzador que este, Dios promete venir a reunir todas las naciones y lenguas de la tierra, todas sin excepción vendrán y contemplarán su gloria. El Señor les promete una señal, y aunque no diga explícitamente cual es, se percibe que se trata de la universalidad de la manifestación de su gloria. El pasaje no sólo nombra una serie de naciones alejadas del Asia menor y de la costa oriental del mar Egeo, sino que agrega "y a las costas lejanas que no han oído hablar de mí ni han visto mi gloria". Estas naciones, que hasta ahora desconocían por completo la gloria de Dios, son las que de allí en lo adelante la anunciarán al resto de las naciones.

Estos pueblos, que ahora conocen y participan de la gloria de Dios, son los traen hacia Dios a todos los pueblos hermanos, los traen como la mejor y más pura ofrenda que pueden ofrecer a su Señor. A qué punto esta ofrenda será agrandable a Dios, que de entre ellos el Señor tomará sacerdotes y levitas.

 

El final de Isaías me cuestiona en gran manera, ¿En mi/tu comunidad parroquial nos sentimos unidos en comunión todas las "naciones y lenguas" -pobres y ricos, los que son diferentes por padecer alguna enfermedad o alguna contingencia social y aquellos nos consideramos sanos y pretendemos conducir la vida e historia de la comunidad, entre que empiezan su camino de fe y los que nos creemos ya haberlo recorrido? Nuestra comunidad, ¿Es una comunidad agradable a Dios, porque la mejor ofrenda que le hace, no es algo material sino la vida de cada uno de sus hermanos? ¿Nuestra comunidad, es un una comunidad misionera que sale al encuentro de todas las periferias humanas? Una última pregunta que no quiero dejar pasar ¿Por qué será que tenemos tan pocas vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y misionera y al sacramento del matrimonio? Si tú, como yo, no tienes una respuesta, al menos reza conmigo por estas intenciones.

 

SEGUNDA LECTURA: Hebreos 12,5-7.11-13

 

El pasaje pone de manifiesto como Dios de un modo misterioso, pero muy cercano está presente en el sufrimiento de cada uno de sus fieles y cómo a cada uno de ellos les ofrece un modo de corrección conveniente. El Señor no corrige a todos por igual, sin embargo el fin de la corrección para todos es el mismo: que se aparten del mal camino y proceder y vuelvan a la comunión con Él. Dios castiga, no golpea -el castigo duele, pero no lastima-, toda corrección del Señor es una manifestación de su amor, si Dios no nos corrigiera no se comportaría como un padre que se preocupa por sus hijos.

 

Los dos versículos finales son una invitación a recobrar las fuerzas en los momentos en que nos sentimos cansados y agobiados, y a caminar por la senda del bien, es decir por el camino de la Buena Nueva que da firmeza a nuestros pasos y salud a nuestra vida.

 

EVANGELIO: Lucas 13,22-30

 

Jesús sigue su camino hacia Jerusalén, donde su misión llegará a plenitud, en este caminar con sus discípulos les va enseñando acerca de los misterios del Reino. Alguien de los compañeros de camino le hace una pregunta, que se puede interpretar como crucial, pero a la vez para nada ligada con la/su propia vida: "¿Son pocos los que se salvan?"; la respuesta de Jesús no responde a la pregunta, sino más bien es una invitación a involucrarse con su vida y procurar con Él la dura y exigente tarea de "entrar por la puerta estrecha".

 

La estrecha puerta para Jesús:

 

ü  es la puerta del servicio desinteresado y de la incomprensión.  

 

ü  Es la de su amorosa entrega en favor de la salvación de la humanidad.

 

ü  Es la puerta se abre para mostrar la verdad y expresar el corazón misericordioso del Padre.

 

ü  Esta la puerta que se abre para una vida plenamente libre en la que se defiende la justicia y se aprende a perdonar.

 

ü  Es aquella que se abre para acoger a todos como hermanos, que ofrece la paz y se compromete con la vida.

 

ü  Pero por sobre todo, la puerta estrecha para Jesús es aquella "puerta santa" que Él atravesó el día de su Pascua, es la "puerta santa" que se abrió en la madrugada de la Resurrección para que toda la humanidad -y no unos pocos- pase por ella y disfrute de la alegría de la salvación.

 

Para pasar por esta puerta, que puede ser estrecha, pero infinitamente misericordiosa, Jesús nos invita a recorrer el camino, que Él mismo ha recorrido, a esforzarnos a moldear nuestras vida de uno modo más semejante a la suya, a poner de nuestra parte para que se haga realidad aquello que rezamos: "Sagrado Corazón de Jesús haz mi corazón semejante al tuyo".

 

Es interesante advertir que el pasaje comienza con una pregunta llena de miedos, de preocupación, dudas y hasta pesimismo en relación a la gracia de Dios: "¿Son pocos los que se van a salvar?" Y termina con una afirmación alegre, generosa, universal y llena de esperanza: "vendrán muchos de oriente y occidente, del norte y del sur, a sentarse a la mesa en el Reino de Dios".

 

En lo alto de la cruz se abrió la "Puerta Santa" del corazón de Jesús, que desde entonces y para siempre permanece abierta, para que todo aquel que camine por estrecha senda de la misericordia, entre a participar del alegre banquete del Reino de Dios.