14 de agosto

 

XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

P. Héctor Arrúa SVD.

PRIMERA LECTURA: Jeremías 38,4-6.8-10

Hablar en nombre de Dios, no es cosa fácil porque lo que se dice en su Nombre es un testimonio que involucra la vida del testigo; es decir el testigo no es tercero -imparcial- a quién no le interese el veredicto final. El que habla en nombre de Dios, toma partido por Dios sea cual fuere la suerte de su vida; Jeremías es un ejemplo cabal de esta realidad.

La historia fragmentada que meditamos, tiene su origen en el capítulo 36, en él, "El Señor dirigió estas palabras a Jeremías: Toma un rollo de pergamino y escribe en él todas las palabras que yo te he dicho sobre Jerusalén, Judá y sobre todas las naciones… Tal vez el pueblo de Judá al enterarse de todas las desgracias que he pensado enviarles, se convierta cada uno de su mala conducta y pueda yo perdonarles su maldad y su pecado" (Jr. 36,1-3). El Profeta, ayudado por su secretario Baruc, acata la orden del Señor y lleva adelante la misión encomendada.

La fidelidad al mandato del Señor, le mereció a Jeremías la acusación de desalentar al ejército y a todo el pueblo. De no buscar el para el pueblo, sino su desgracia. Lo consideran un traidor y, Aquel, que fue en nombre de Dios a allanar el camino de la conversión y del perdón, es condenado a un pozo pantanoso. Él que iba ofrecer un camino de libertad es llevado a prisión, al que iba o ofrecer un camino de vida se lo expone a la muerte; al que iba a mostrar el camino de la salvación se lo termina condenando.

El pasaje termina con un serio apelativo, que aunque sea implícito, es necesario tenerlo claro y hacerlo realidad: "Nunca temer a la verdad. Nuca renunciar ni evadir a aquello que en conciencia se considere que es la voluntad de Dios", es cierto que esto puede traer serios problema a nuestra vida; pero no es menos cierto que siempre habrá un "Abdemélec" que en nombre de Dios y en honor a la verdad, salga en defensa nuestra y nos rescate del pantano.

Defender la verdad siempre y en todo momento es propio de todo discípulo de Aquel que dijo: "Yo soy la Verdad y la Vida" (Jn. 14,6); del que escucha la voz de su Señor (Jn. 18,37) y a la postre sabe que su testimonio es verdadero (Jn. 21,24).

SEGUNDA LECTURA: Hebreos 12,1-4

El Autor de la Carta a los Hebreos nos invita a librarnos del pecado, a liberarnos de todo aquello que nos ata para seguir con perseverancia el camino de la fe. Así también nos indica el modo con el que debemos caminar: fija la mirada en Jesús; a la vez dirá cual fue la razón por la que el Señor aceptó la cruz con todo lo que esto traía aparejado: en vista al gozo que se le proponía.

El pasaje termina con una invitación a meditar la vida de Jesús que padeció por los pecadores. A no perder el ánimo ni cansarse, porque todavía no ha llegado el momento de dar el testimonio más sublime: el martirio.

EVANGELIO: Lucas 12,49-53

Cuando los chicos de la Infancia Misionera "cantamos": "fuego he venido a traer a la tierra quiero que arda sin descansar…", ¿Realmente dimensionamos la profundidad y el tenor de este pasaje?

Jesús vino a encender el fuego del amor que no se apaga, que ilumina y da calor a nuestras vidas. El fuego del amor que purifica e inflama de misericordia, de deseo reconciliación y de perdón a nuestros corazones.

Vino a traer el fuego del amor que se enciende con la lanzada del soldado y arde en el madero de la cruz, el fuego del amor hecho brasa que perdura en sus palabras: "Padre perdónales…Hoy estarás conmigo… Allí tienes a tu Madre".

El fuego del amor y de la vida que resucita victorioso y sale a encontrar a sus amigos que lo habían abandonado y se estaban dispersando. El fuego del Amor que llama a la amada por su nombre: María y le confía la misión de ser la apóstol, que anuncie a los Apóstoles "¡vive mi Amor!".

Vino a traer el fuego del amor que ardió en Pentecostés: fuego que disipa los miedo y devuelve la paz, fuego que nos hace hablar un mismo idioma -el del amor- y engendra comunión, fuego que nos sentir que somos Iglesia misionera y nos impulsa a anunciar la alegría del Evangelio. El fuego del encuentro, la comprensión y del diálogo.

Vino a traer el fuego del amor que ilumina y pone al descubierto situaciones controvertidas que atentan contra la paz, que aunque invoquen y hablen en "nombre" de la paz siembran violencia

Vino a traer el fuego contradictorio del amor que ilumina la verdad, acoge en torno a sí a la justicia con misericordia y motiva el ejercicio de la libertad con responsabilidad y respeto.

Vino a traer el fuego del amor que algunos no lo entiende y se rebelan contra él. Pero este fuego del amor que Jesús vino a traer nunca se apaga, y aunque muchas veces sólo veamos cenizas, abajo está la brasa incandescente que hacer arder los corazones y consolida la paz.

Señor, haz arder nuestros corazones como hiciste en aquellos de Emaús, Envíanos tu Espíritu y enciende en nosotros el fuego de tu amor. Amén.