P. Héctor Arrúa SVD.

Primera Lectura: Sabiduría 11,23-12,2

 

En el umbral de la clausura del Año Jubilar de la Misericordia, la liturgia nos invita a meditar este pasaje, que es un verdadero “canto a la misericordia”. Si comenzamos a leerlo en el versículo 21, veremos como el Autor sagrado reconoce la potestad y la fuerza omnipotente de Dios, frente a la insignificancia de toda la creación.

El versículo 23, comienza diciendo: “pero te compadeces de todos…”, ese “hermoso pero”, que siempre existe en Dios (el pero en Dios es diferente al de los humanos: Nosotros solemos decir: ‘esta persona es buena, servicial…, pero, y le echamos encima ciento un defectos o descalificaciones’; el “pero” de Dios es totalmente inverso: este hombre tiene ciento un defecto, pero es mi hijo y yo lo amo. El “pero en Dios, siempre es comprensivo, misericordioso, y compasivo). La omnipotencia de Dios, se manifiesta, precisamente, en su compasión que capaz de “pasar por alto” los pecados a favor de la conversión del pecador.

La omnipotencia de Dios nace del amor a toda la creación y en su incapacidad de aborrecer algo, y mucho menos a alguien a quien su corazón les haya dado vida.

La omnipotencia de Dios se expresa en su corazón misericordioso con todo, y todos; en su amistad con la vida, a la que le insufla su aliento y la vuelve incorruptible.

La omnipotencia de Dios está llena de misericordia, por eso nos corrige con paciencia y ternura, con el fin que nos alejemos del mal y creamos en él.

Segunda Lectura: 2 Tesalonicenses 1,11-2,2

 

El pasaje que se nos ofrece forma parte de un llamado a la acción de gracias a Dios porque la fe de la comunidad de Tesalónica está progresando y se acrecienta el amor mutuo, y de las palabras de admiración y de aliento por la cruenta persecución que vive esta comunidad.

Precisamente, es esta realidad la que le lleva a que la oración sea continua, así como continua es la gratitud, también debe ser la intercesión; para que el Señor los confirme en su vocación y les permita llevar a término su obra de bien y actividad misionera.

En el final, Pablo, les deja algunas advertencias de que no se alarmen por alguna manifestación del Espíritu, ni tampoco se dejen impresionar por una  carta supuestamente escrita por él en relación al “día del Señor”, en una palabra les dice: “no se dejen engañar, el fin del mundo no será muy pronto”.

 

Evangelio: Lucas 19,1-10

 

Si este relato se escribiera como un cuento para niños, quizás empezaba así: “Erase un publicano llamado Zaqueo que tenía el corazón dispuesto y la curiosidad de un niño”. ¿Quién era este señor?

 

ü  Lo primero que se dice de él es que “era el jefe de los publicanos, y rico”.

 

ü  Que quería ver a Jesús, pero no podía porque era de baja estatura. Esta baja estatura, a la que Lucas se refiere, no se trata de una cuestión física, sino moral.

 

ü  Que corrió y se subió a un árbol porque sabía que Jesús iba a pasar por allí, el Evangelista, en ningún momento refiere a la razón por la que le quería ver, solo manifiesta el deseo y la actitud que tuvo.

 

ü  Pero, estando encaramado en la higuera, experimentó la mirada misericordiosa de Jesús. El que quería ver, es visto; el que se puso por encima de todos para ver al Señor es invitado a bajar para estar con él.

 

Las palabras del Señor son elocuentes: “Baja pronto porque conviene que hoy me aloje en tu casa”. La respuesta de Zaqueo, no se hizo esperar; el que corrió para subir al árbol, ahora baja de prisa recibirle en su casa lleno de alegría.

En la escena, aparecen otros actores que no se subieron a ningún árbol, tal vez porque creían tener una altura espiritual y moral superior a la de los demás, estos miran desde otra perspectiva, por eso ven otra cosa: “Se ha ido a alojar a la casa de un pecador”.

Zaqueo por parte, “de pie”,  dice al Señor: “Daré la mitad de mis bienes a los pobres y a los que defraudé le devolveré cuatro veces más”. Esta actitud, de devolver cuatro veces más, resulta por muy interesante porque, si bien es cierto, la ley romana establecía  para todos los grandes robos, la Ley judía la prescribía para un solo caso. El encentro con Jesús le hace sentirse a Zaqueo en la obligación de aplicarse para sí esta pena para cualquier injusticia que haya podido ocasionar. Aquel que era un publicano rico, ahora comienza a ser un discípulo pobre.

Las siguientes palabras de Jesús parecen no estar dirigidas a Zaqueo, sino a aquellos que estaban murmurando: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa…pues el Hijo del hombre ha venido A BUSCAR y A SALVAR lo que estaba perdido”.

Ahora qué decir de aquel publicano, Lucas no nos dice si dejó, o siguió ejerciendo ese oficio tan desprestigiado por la gente; les confieso la verdad: yo creo que lo siguió ejerciendo como un buen discípulo –con honestidad, buen servicio y caridad-, como deben ejercer todos los discípulos de Jesús una función pública, o cualquier tipo de responsabilidad laboral y social.