Mons. Willy Pino, Obispo de Guantánamo-Baracoa

Diócesis de Guantánamo-Baracoa, Guantánamo, 28 de noviembre de 2016: Siento la necesidad de expresar mis impresiones sobre un segundo “huracán” que empezó a sentirse al mismo tiempo que Matthew, y con mayor fuerza. Huracán que ni el Instituto de Meteorología ni nuestro radar de la Gran Piedra habían detectado, y no pudieron, entonces, precisar por dónde había entrado, qué día y a qué hora.

Lo cierto es que ese segundo huracán que menciono nunca entró a Cuba, porque ya estaba con nosotros antes de que llegara Matthew. Quizás se fue formando desde hace años, poco a poco, sin que ni unos ni otros nos diéramos cuenta. Iba creciendo con el soplo del Espíritu y “el saber esperar”, o sea, la paciencia de nuestra Iglesia cubana. Contrariamente a lo que podría suponerse, la llegada de este huracán era deseada por muchos. Y ahora pedimos con fuerza que nunca se desintegre. Y es que el “aire” que empezó a circular entre nosotros después que Matthew se alejara de Cuba era “distinto” a los aires, en ocasiones “históricamente huracanados”, a los que estábamos acostumbrados. Rezo para que los aires de este segundo huracán nunca se vayan de Cuba, porque han hecho bien.

Al quererme explicar, no quisiera mirar hacia el pasado pero creo conveniente repetir lo que escribí en mis apuntes de algo sucedido sólo cuatro meses después de mi ordenación episcopal en Guantánamo:

“Fue positiva la reunión que tuve con el Primer Secretario del Partido y el Presidente del Gobierno en la provincia el 14 de mayo de 2007. En ella, a mi sugerencia de convocar a una reunión para ponernos de acuerdo en cómo proceder para brindar la ayuda de la Iglesia cuando haya situaciones de desastres: ciclones, incendios, etc., se me contestó con esta frase: “Esa reunión tenemos que hacerla antes de que venga el ciclón”…

Como, lamentablemente, no se materializaba la mencionada reunión, la Iglesia, en cada contingencia, siguió ayudando “a escondidas” porque se nos seguía exigiendo que toda la ayuda debía ser a través del gobierno, mientras que nosotros insistíamos en que todo podría coordinarse previamente si existiera un canal apropiado. Expliqué varias veces que la Iglesia no buscaba protagonismos, que no exigíamos publicidad sino poder cumplir mejor y de manera más organizada lo que nos exige nuestra fe con relación a la ayuda al prójimo.

Entonces fue cuando sugerí a los sacerdotes y religiosas que, mientras no se lograra esta coordinación entre la Iglesia y el Estado para la ayuda en casos de desastres, continuaran haciendo lo que han hecho hasta ahora, o sea “dar toda la ayuda que puedan, por todos los medios que puedan, en todas las formas que puedan, en donde puedan, todas las veces que puedan, a todos los que puedan y por todo el tiempo que puedan”.

La experiencia de ahora, afortunadamente, ha sido distinta porque con el huracán Matthew, la Iglesia de Guantánamo ha podido moverse y distribuir ayuda entre los damnificados con toda libertad. Entre otras cosas, creamos de inmediato ocho comedores populares en los municipios afectados, algunos de los cuales todavía están funcionando, con conocimiento de las autoridades. He participado en tres encuentros entre Gobierno, Partido y Cáritas, donde hemos llegado a acuerdos sobre la base de miradas e intereses compartidos, y en todo este tiempo hemos mantenido el diálogo y el entendimiento. El Gobierno nos ha dicho claramente que podemos ayudar en lo que queramos. Que lo único que nos pedían era que hubiese una buena coordinación entre Iglesia y Gobierno para que “no hubiera duplicidades en la ayuda”. Cada instancia debía saber a quiénes se estaba ayudando y con qué.

Un signo de que pudiéramos estar viviendo una nueva etapa en la relación Iglesia-Estado en situaciones de desastres es la entrevista realizada por la Emisora Provincial de Guantánamo a mí y a la Directora de Cáritas, motivada, según se nos dijo, por “la ayuda que está prestando la Iglesia a los damnificados”. Entrevista que se hizo con la aprobación del Partido. Y ello es algo que no había sucedido años atrás.

Por lo que voy a expresar ahora, prefiero pecar de tener demasiada “sencillez de paloma” que demasiada “astucia de serpiente” (Mt. 10, 16).

Considero que este segundo huracán posterior a Matthew, no quitó techos sino que ha ayudado a quitar prejuicios. No tumbó árboles sino algunos esquemas. No destruyó la malanga, los cocos, el café o el cacao sino que ha empezado a sembrar un nuevo estilo de cómo trabajar juntos a pesar de las diferencias. No acabó con los caminos y las casas sino que hizo pensar en la posibilidad de caminos nuevos y casas nuevas. Matthew tumbó el puente sobre el río Toa, éste de ahora, al contrario, tendió pequeños pero nuevos puentes entre personas, que son los más difíciles de hacer. Este segundo huracán no dejó matas sin hojas sino que ha intentado fortalecer sus raíces para que broten pronto retoños nuevos. Tampoco provocó víctimas mortales pero ha empezado a cambiar un poco las mentalidades “históricas”, y provocó cosas nuevas, como éstas: 

  • ·             Católicos, bautistas, pentecostales, adventistas que nunca se habían reunido en Maisí para rezar juntos al único Dios, ahora lo hicieron mientras estaban refugiados, al paso del huracán malo, en una cueva o en un consultorio médico o en cualquier casa que tuviera techo de placa.
  • ·               Personas o familias enteras que llevaban años sin tratarse por problemas surgidos entre ellos, volvieron esa noche a hablarse y comenzaron a ayudarse unos a otros.
  • ·            Fue algo cotidiano ver, ayudando al mismo y único pueblo, a sacerdotes, monjas, laicos de Cáritas, pastores, miembros de otras Iglesias, delegados de circunscripción, Presidentes de CDR, militares y civiles.
  • ·                 De momento, pasado el huracán malo, Baracoa se llenó de un nuevo tipo de “turistas” que, en vez de cámaras fotográficas, traían herramientas de obreros. Y supieron lo que es el sol de Baracoa, Maisí y otros lugares, trepados en los postes de la electricidad o del teléfono. No eran italianos, canadienses o americanos. Sus “países” de origen eran Matanzas, La Habana, Pinar del Río, Camagüey, Ciego de Ávila, Artemisa, etc.
  • ·             Y fue un milagro que la bella carretera de la Loma de la Farola no se cayera. Matthew no la tumbó, pero el huracán bueno por poco la hace caer. ¡Eran tantas las caravanas de equipos pesados, camiones y rastras que la subían llevando encima tejas de fibrocemento, postes de la luz, y tantos recursos más!
  •                     Como debería pasar siempre, el egoísmo fue derrotado. Porque hubo personas que, al llevarles una pequeña ayuda, se resistían a cogerla y pedían que, más bien, se la llevaran a “fulana” o a “mengano”, que están más necesitados, y que a ellos los dejaran para el final.
  •  ·        Y de momento, parecía que Cuba ya no tenía quince provincias, sino una sola, la de Guantánamo. El conocido lema de los Tres Mosqueteros se hacía realidad: ¡Uno para todos y todos para uno! Y la sede de muchos Ministerios permutó desde La Habana y en estos días se les encuentra más fácil en Baracoa.
  • ·           Y parecía también que la Iglesia Católica no tenía ya once diócesis, sino una sola: la de Guantánamo-Baracoa. Porque Monseñor Dionisio, Arzobispo de Santiago de Cuba, venía, personalmente, con 40 sacos de arroz y otros víveres más, y Monseñor Juan, Arzobispo de La Habana, llamaba por teléfono y enviaba una ayuda inmediata. Ayuda que siguieron recogiendo en la Iglesia del Carmen hasta el 18 de noviembre… ¿Hay algún huracán que haya durado tantos días?
  • ·              Y esos vientos del nuevo huracán llegaban más lejos que los del Matthew: la joven cubana que, desde Brasil, dio órdenes a sus padres en Cuba para que enviaran toda su ropa de ella para los damnificados… y la maestra cubana que recogió dinero en su escuela de Kansas City para mandarlo a Cuba… y la señora dominicana que regaló un buen número de zapatos para niños… y los organismos de ayuda de nuestra Iglesia (Cáritas, Adveniat, Kirche in Not), órdenes religiosas, Iglesias hermanas, y hasta el mismo Santo Padre Francisco, se hicieron presentes entre nosotros con sus mensajes y su ayuda… Y los correos recibidos desde lugares tan distantes como Kenia y Nueva Zelanda.

Les comparto que, como Obispo, nunca olvidaré los ejemplos que me dieron los sacerdotes, monjas y laicos que estuvieron “al pie del cañón” desde el primer momento, y a los jóvenes que fueron a ayudar desde la ciudad de Guantánamo y otras diócesis. Todos ellos recogieron lágrimas, sembraron esperanza, alimentaron estómagos, vistieron desnudos, visitaron enfermos, llevaron agua potable a los sedientos, consolaron a los tristes… ¿Acaso no son éstas las obras de misericordia?

Y doy gracias a Dios porque no sólo fueron ellos sino muchos más, de nuestra Iglesia y no, que, incluso teniendo sus propias viviendas afectadas, se dedicaron a servir a los demás. Jesucristo tampoco va a olvidar estos gestos.

La Iglesia universal ha cerrado el Año de la Misericordia. Pero a los que somos de Guantánamo-Baracoa se nos invitó a prolongar este año otros 36 meses más. Nuestro Padre Dios, que sabe sentarse, como dice el salmo 28, “por encima del aguacero”, nos mirará y acompañará desde lo alto.