Mons. Willy Pino, Obispo de Guantánamo-Baracoa

 

Diócesis de Guantánamo-Baracoa, Guantánamo, 31 de octubre de 2016: Escribo para agradecerles, una vez más, a tantas personas sus preocupaciones, sus correos y llamadas telefónicas, su ayuda material y, principalmente, su cercanía y oraciones por los damnificados que viven en cinco de nuestros municipios (Maisí, Baracoa, Imías, San Antonio del Sur y Yateras). Quisiera hablarle a cada uno personalmente, como se merecen. Pero repetir, una y otra vez, lo visto, oído y sufrido, no es fácil. Si en los primeros días yo decía que la gente, después del huracán, te recibía con “una coraza puesta” que los hacía parecer fuertes, y que luego de un rato hablando era cuando, quitada “la coraza”, aparecían las lágrimas por lo perdido… a mí me acaba de pasar lo mismo 22 días después.

 

Yo no había podido visitar Pueblo Viejo, una comunidad campesina de Maisí, donde cada sábado en la noche celebré la Misa durante los pasados meses de julio y agosto. Está a ocho kilómetros de Sabana, pero que se hacen muy largos por el mal estado de su camino. Me atrevería a afirmar que Matthew no le pudo hacer más daño a este camino del que ya tiene desde hace años. Pero llegar ahora y ver cómo han quedado las casas de tantas familias (algunas de ellas muy conocidas) me partió el alma. Incluso la capilla, levantada con tanto esfuerzo, ya no existía. Sólo quedaba el piso de cemento que habían hecho, no hace mucho tiempo, los mismos hombres de la comunidad. Como aliento, me agradó escucharle al Padre Alberto, su sacerdote, muchos elogios sobre la comunidad de Pueblo Viejo.

Confieso que me deprimió también ver el estado de los cafetales. Me detuve en el de Nina y Joaquín, los padres de Sor Susanita, al que entré muchas veces queriendo ver polimitas, esos caracoles de colores preciosos que se reproducen en estas tierras y viven en las matas de café. ¡Ahora no se podía entrar! ¡Cuántos árboles encima! Matas de palma, coco, mapén, aguacate y otras habían sepultado prácticamente a los cafetos sin hojas y con algún que otro grano de café que el huracán no logró desprender. Fue sobre este tema que, pensando en cómo ayudar más a los campesinos, la Iglesia trajo desde República Dominicana diez motosierras que, junto a las de algunas empresas existentes en el municipio, los ayudaran a salvar sus sembrados de café, cacao y malanga. No les puedo ocultar que, viendo el estado de ese cafetal, me dije en mis adentros que no eran motosierras lo que realmente se necesitaba, sino un buldozer que acabara de arrasar con todo… y empezar desde cero. Afortunadamente, no compartí con nadie este mal pensamiento. Los campesinos de Pueblo Viejo fueron quienes me auxiliaron. Ahora era yo quien necesitaba que me levantaran el alma...   

 

Afortunadamente, la fe mueve montañas y me sacó de una amenazante parálisis interior. Estaba cayendo en el error de mirar y valorar lo sucedido solo con los ojos del cuerpo. Estaba viendo únicamente lo que todo el mundo veía y dejando de ver “doble”, esa otra mirada con los ojos de la fe que nos permite ver lo que nadie ve. Entonces hice mía una frase que le escuché hace años a una persona mayor que pasaba por un momento de dificultad: “No me puedo dejar caer, porque si yo caigo, se cae mi familia”. ¡El obispo no podía desanimarse! ¡Tenía que levantarse!

 

¡Y cómo no levantarse, escuchándolos a ellos hablar, con mucha convicción interior, del “futuro”! Sin ninguna queja, agradeciendo toda la ayuda material y física que les estaban brindando otras personas, dando gracias a Dios por estar vivos… Cómo no levantarse cuando escuchas al propio Joaquín hablarte del vecino que perdió su casa, y que tenía 14 sacos de malanga para vender y que, al día siguiente del huracán, los regaló a la gente para que tuvieran qué comer… Cómo no levantarse cuando oyes hablar de Javier, apicultor que, con su casa prácticamente picada a la mitad, pensaba, además, qué hacer para que las abejas sobrevivientes de sus colmenas no se murieran, ahora que no podían encontrar flores… Cómo no levantarse, si escuchas hablar con esperanza a unas personas que no sólo han perdido buena parte o la totalidad de sus viviendas sino también su tradicional modo de subsistencia. Es como si una persona, además de perder su casa, al mismo tiempo perdiera también el trabajo, porque ¿cuántos años habrá que esperar para que ellos puedan volver a recoger su café y su cacao y seguir viviendo?

 

Algo muy cierto es que el paso de este “huracán malo” despertó otro “huracán bueno”. ¡Cuántas manos solidarias han venido en ayuda de los más necesitados! ¡Cuántas brigadas de electricistas y telefónicas! ¡Cuántas caravanas con ayuda subiendo la tan mencionada Loma de la Farola con destino a Baracoa y Maisí! La ayuda ha llegado de varias partes, también desde instituciones de la Iglesia universal hasta una simple persona, como aquella mujer dominicana que me reconoció en el aeropuerto de Santiago de Cuba y me dio cinco euros “para que usted le compre una sabanita a algún damnificado”. O la de Raquel, una trabajadora de la ETECSA en Camagüey, que me escribió para pedirme que le propusiera alguna iniciativa que ella pudiera hacer por los necesitados, y yo le contesté contándole lo que me había pasado con una niña en la Punta de Maisí, a la que le di un peluche que me habían regalado, y cómo la niña lo apretaba contra su pecho, a la vez que nos regalaba a todos una gran sonrisa que no veíamos desde hacía unos días y que necesitábamos. Le propuse a Raquel recoger juguetes. Al día siguiente recibí su correo de respuesta donde decía: ¡Tendrán juguetes! Estoy levantando sentimientos con un proyecto que nombré: UN JUGUETE PARA MAISÍ. Y estoy involucrando en ello a 30 compañeros de trabajo, sus familiares y amigos. Estaré, a partir del lunes, 15 días de vacaciones, y ésa será mi función principal. Con tremendo gusto trabajaré para este propósito”. Hoy ha llegado a Guantánamo la mamá de Raquel, Consuelo, con una buena cantidad de juguetes que llevaremos a Maisí.

 

Cómo desanimarse leyendo el correo que, desde su trabajo en Brasil, escribió Eugenia a sus padres con el siguiente texto: “He leído con tristeza y desconsolada lo del huracán. He llorado mucho. Por favor, desháganse de todas mis ropas y las de mi hermana Delia y envíenlas para esas personas necesitadas. Prométanme que lo harán”.

 

Y, sobre todo, cómo desanimarnos si el Papa Francisco, con su paternal cercanía espiritual, acaba de enviar “a todos los que han sufrido la pérdida de sus hogares o bienes materiales” un mensaje de consuelo y su bendición, en el que “anima a todas las instituciones civiles y eclesiales a seguir trabajando con tesón y solidaridad cristiana para continuar la generosa movilización de ayuda que, desde el primer momento, se ha puesto en marcha para socorrer a las numerosas personas necesitadas”. Todos damos gracias al Santo Padre por hacerse presente entre nosotros, no sólo con este consolador mensaje sino también en la persona de su representante entre nosotros, Monseñor Giorgio, Nuncio Apostólico.

 

El paso destructor de Matthew por Cuba duró solo unas horas y, de hecho, ya él se desinfló en el mar pocos días después. Pero ahora el “huracán bueno”, UN HURACÁN DE AMOR, permanece y continúa “detenido sobre los cinco municipios afectados. Y si aquel fue “fuerza 4”, éste de ahora lo supera. Así lo han demostrado los incansables sacerdotes y religiosas de la Diócesis, especialmente los que están y estuvieron “al pie del cañón” desde la primera hora en los municipios afectados… La ayuda inmediata de víveres traídos desde Santiago de Cuba por el propio Arzobispo… El personal de Cáritas-Cuba y el equipo de Cáritas-Guantánamo con sus directoras al frente trabajando de conjunto con las Cáritas Parroquiales o de Comunidades y las instituciones del Estado… Los jóvenes de Santiago de Cuba, Holguín y Bayamo que unidos a los de la Catedral y La Milagrosa de Guantánamo han ayudado a no pocas familias levantando paredes o poniendo techos o limpiando patios o repartiendo comida… Los grandiosos laicos que siguen trabajando en los comedores que se han habilitado en diversas comunidades o los que están ayudando en la distribución de la ropa que ha llegado desde las demás diócesis cubanas… La ayuda de otras Cáritas Diocesanas y de sus respectivos obispos… La mano tendida por sacerdotes y religiosas de Holguín a las comunidades del otro lado del río Toa que perdieron el puente que los comunicaba con Baracoa… Los niños de la catequesis de La Milagrosa que donaron su merienda del catecismo para los niños afectados… La generosa ayuda en alimentos enviada por la Iglesia Episcopal de Cuba… Las Hermanas Teresianas y Padillita que han venido a acompañar y trabajar duro junto a las comunidades de Maisí… Las personas (unas conocidas y otras no) que no dejan de enviarme correos de aliento desde muchas partes de Cuba y también de lugares tan distantes como Kenia, Brasil, Estados Unidos, Dominicana, España, Italia, Angola, Colombia, Argentina, Canadá, Alemania, Nueva Zelandia, etc.

 

Un huracán de amor que hace posible gestos maravillosos: lancheros de Moa y de Santiago de Cuba, auxiliados por militares y policías, trasladan gratuitamente con sus barquitos, de una orilla a la otra del Toa, a mucha gente que necesita pasar. Y lo hacen incluso bajo la lluvia persistente de estos días… Familias que brindan habitaciones de sus casas como aulas para que los niños que han perdido sus escuelas puedan continuar las clases… El empleado que no quiso cobrarme el desayuno en un aeropuerto: “Deje, eso lo pago yo, y así ayudo un poquito a la gente de Baracoa”… Los trabajadores de la Casa de Retiro y Convivencias del Cobre que recogieron entre ellos ropa y material de aseo que me entregaron este viernes… Vecinos trepados ya en los techos, ayudándose unos a otros a colocar las tejas… Y la familia que pudo recoger 24 latas de café a los dos días del paso de huracán…

 

Visitar con el Nuncio Apostólico las comunidades de San Antonio, Imías, Jamal, Sabana, Baracoa, Punta de Maisí, La Reencontra, Naranjal del Toa, Santa Rosa, Pellizcazo, y el mencionado Pueblo Viejo, terminó “levantándonos el corazón”. Ciertamente que, al oír los cuentos de cómo pasaron la noche del huracán y lo sucedido, todos nos asombrábamos de que no hubiese habido muertos… Al animador de Naranjal, que, en medio de los vientos y subido en una silla por fuera de su casa, trataba de asegurar una teja de zinc que estaba por volar, una ráfaga se lo llevó junto con la silla y, según su testimonio, lo lanzó tres metros abajo… Por su parte, la animadora de La Reencontra pasó el huracán metida ¡dentro del armario de su casa que ya había perdido el techo! Y como estaba medio agachada, sentía calambres en las piernas y, de vez en cuando, las estiraba fuera del armario, primero una y después la otra, para que volvieran a la normalidad… O nos enterábamos que 17 personas pasaron el huracán refugiados nada menos que en la caseta de un cementerio… Anécdotas que nos hacían reír a todos ¡ahora!… pero en aquella terrible noche no eran motivo de risa para ninguno.

 

Esa misma gente sencilla, y que sufre, nos brindaba sus naranjas, dulces, cocos, o el traguito de café…

 

A la mente me ha venido en estos largos días y, sobre todo, largas noches, lo que escribió Eduardo Galeano sobre aquel “mago del arpa” que, con su música, hacía bailar a todos y que, un día, cuando iba a tocar en una boda, fue asaltado en el camino por ladrones que le robaron sus mulas y su arpa y lo dejaron medio muerto. Cuando lo encontraron, lleno de barro y de sangre, afirmó: “Se llevaron las mulas y mi arpa, pero no se llevaron la música”.

 

Ciertamente, el huracán Matthew nos robó nuestras “mulas y arpas”, o sea, nuestros techos, paredes, casas, sembrados, árboles, equipos, cercas, caminos, animales, ropas y muchas cosas más, pero lo que sí no pudo llevarse fue nuestra “música”.

 

Dios nos ayudará a seguir adelante. Y, como de un mal Dios puede sacar un bien, me atrevo a pensar que, a lo mejor, las cosas van a mejorar… Y las malangas saldrán ahora más bonitas, y las casas se harán mejores y más seguras, y se arreglarán los caminos, y hasta las abejas de Javier se multiplicarán…

 

El viernes pasado, en la peregrinación número 89 al Santuario del Cobre desde la ciudad de Guantánamo, todos rezamos a la Patrona de Cuba, la Virgen de la Caridad, que intercediera especialmente por los que, de una forma u otra, han sufrido las consecuencias del huracán, y por tantas autoridades de la provincia y el país que, en medio de sus propias dificultades y alejados de sus hogares, están ayudando a los demás a superar las suyas.

 

Durante las misas de cada día sigo rezando las mismas oraciones del misal: “Padre misericordioso, reanímanos para que podamos hacer frente a las dificultades que nos esperan… que sepamos reconfortar a nuestros hermanos… abre nuestro corazón a la esperanza… y alivia nuestra angustiosa situación”.  

 

Termino repitiéndome varias veces a mí mismo aquella sabia frase que le escuché decir muchas veces a Monseñor Adolfo: “En esta vida Dios no lo da todo, pero tampoco lo quita todo”. Meditemos en ella.

 

Rezamos unos por otros.