Rogelio Dean Puerta: ¿Por qué sacerdote?

ROGELIO DEAN PUERTA FUE ORDENADO DIÁCONO EL SÁBADO 22 DE OCTUBRE PASADO, EN LA CATEDRAL DE SANTIAGO DE CUBA. EN VÍSPERAS DE SU ORDENACIÓN OFRECE SU TESTIMONIO VOCACIONAL.

Arquidiócesis de Santiago de Cuba, Santiago de Cuba, 25 de octubre de 2016: En junio del 2014 terminé mis estudios de Teología en el Seminario “San Carlos y San Ambrosio” de La Habana, ciudad de donde soy original. Diversas circunstancias que Dios permitió, propiciaron que mis pasos tomaran rumbo santiaguero, siguiendo el “faro de luz” que para mí constituye: María de la Caridad del Cobre. Con el beneplácito del cardenal Jaime Ortega, entonces arzobispo de La Habana, y la paternal acogida de monseñor Dionisio García, el arzobispo de esta cálida tierra; me lancé con confianza a llevar a feliz término mi camino hacia el sacerdocio diocesano, en una geografía totalmente nueva para mí y donde llegué sin conocer prácticamente a nadie.

La Iglesia que peregrina en Cuba, aún en su diversidad de estilos diocesanos, tiene un mirar y una proyección muy común, que construyó sobre todo, a partir de la historia que le tocó vivir. Este “coincidir” facilita sentirse “en casa” donde quiera que uno esté como católico en Cuba. Y aquí comienza una de mis claves vocacionales que desde el inicio me ha acompañado: quiero ser sacerdote para ayudar a construir “la familia de Jesús”, donde todos podamos siendo una sola Iglesia: “sentirnos en Casa”.

En una casa siempre tiene que haber una Madre, y precisamente a María he querido configurar mi futuro ministerio pastoral. El estar mis primeros ocho meses en el oriente cubano, sirviendo en el Santuario del Cobre, confirmó ese deseo. Me seduce la misión sacerdotal de unir a los hombres en un mismo latir por Dios, y eso es lo que he visto que hace la Madre. El sacerdote es ante todo “un hacedor de puentes”, y al igual que María, es quien da “cobija” al que busca ayuda.

Al amparo de la Virgen he redimensionado valores fundamentales para un sacerdote: la amistad, la misericordia, la hospitalidad. En dos años en la arquidiócesis santiaguera, ya tengo más amigos que toda mi vida en La Habana, y eso que en La Habana tengo unos cuantos… ¡y muy buenos por cierto! He aprendido aquí a ser un poco más “descomplicado”, algo importante para la labor pastoral. El cura no puede ser una persona “que haya que leer un manual de instrucciones para tratar con él”.

Medio año en Palma Soriano, igual al amparo de la Virgen bajo el nombre del Rosario, despertó en mí un carisma que nunca sospeché que tenía: el de los jóvenes. La alegría y ganas de vivir de esos muchachos, los ubicaron en una nueva prioridad sacerdotal para mí; y es que el sacerdote tiene que ser “un constructor de futuro”, y nada se construye “en los nuevos” sin cercanía, simplicidad y paciencia. Los campos palmeros también me mostraron cuanta necesidad material y espiritual hay en nuestro pueblo; y cómo muchas veces un solo sacerdote tiene que atender extensiones poblacionales distantes y de considerable densidad.

En un momento muy positivo de la Pastoral Juvenil en Palma, me trasladan a atender directamente la Parroquia de San Bartolomé de Baire, en la frontera de la diócesis. Hace unos días cumplí un año en “la tierra del grito de libertad”. El humilde templo de madera congrega una comunidad que es parroquia desde 1853, y la cual hace más de un siglo no ha tenido sacerdote residente. Para narrar mi experiencia de este año en Baire necesitaría muchas cuartillas. Sólo puedo decir que me rasgó el corazón la “espera” de un pueblo que clama la necesidad de pastores que compartan su vida diaria, y que por medio de los sacramentos, les ayuden a caminar hacia Cristo.

Ahora al estar un poco más lejos de la ciudad y al intentar penetrar nuevos territorios sedientos de evangelización como III Frente, valoro aún más la retroalimentación de un pastor con sus compañeros en el ministerio, que aún sin compartirlo todavía al no estar yo ordenado, se torna igualmente necesario como pilar de la vocación.

Se acerca mi ordenación diaconal y en sus vísperas, no me canso de mirar mis manos, las que después de una jornada de entrega en el servicio en una fuerte revitalización parroquial, todavía sienten la dura necesidad de poder traer al pueblo, al autor de la vida; el Dios que dispensa su Gracia en sacramentos imprescindibles para intentar calmar “una sed” que sólo desaparecerá totalmente en la Eternidad, donde el sacerdote podrá valorar al fin, la efectividad de su misión.