Formación

Habla, Señor: IV Domingo de Pascua (12 de mayo de 2019)


Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 13,14.43-52

Los capítulos 13 y 14 son “un central” que destila espíritu y pasión misionera; el mandato de Jesús “vayan por todo el mundo y proclamen la Buena nueva a toda la creación” (Mc. 16,15) ya es una realidad hecha vida.

El capítulo comienza hablando de una Iglesia antioqueña bien organizada que, abierta a la voz del Espíritu Santo, se lanza generosamente a la misión. Lucas, en los versículos tres y cuatro usa dos veces el verbo “enviar”, en el primer caso para decir que es la Iglesia la que envía a sus misioneros y en el segundo para dejar claro que es el Espíritu Santo quien envía y anima a la misión. Varios son los pueblos consignados que gozan del anuncio de la Buena Noticia y de la gracia liberadora del Espíritu Santo.

A “reglón siguiente” se narra la misión en Antioquía de Pisidia, es importante descubrir aquí como el Espíritu Santo no sólo impulsa y da vida a la misión, sino también que apuntala y “eterniza” “el Evangelio de Jesús, el Cristo, Hijo de Dios”. La separación de Marcos, posiblemente haya respondido a una crisis en la comunidad misionera, pero Dios, que escribe derecho entre reglones torcidos, allí mismo le empezó a acercar “la pluma” al autor del segundo Evangelio.

Otro dato de gran relieve consignado en esta misión, que hoy tiene tanta o mayor vigencia que entonces y que debemos atender, es el hambre de la Palabra de Dios que tiene el pueblo: “Si tienen una palabra de exhortación para el pueblo, hablen” (V. 15). “Al salir les rogaban que hablasen de estas cosas el sábado siguiente” (V. 42).

El anuncio de la Buena Noticia desde siempre tuvo sus bemoles, hay personas que la aceptan y se congregan para escucharla y otras que se dejan llevar por sentimientos no sanos, que se oponen al anuncio y más aún, siembran cizañas en la comunidad. Pero también en esto vemos como el Espíritu Santo abre camino a la misión a otras latitudes y como llena de alegría a los que aceptan esta Buena Nueva: “A oír esto los gentiles se alegraron y se pusieron a glorificar la Palabra de Dios” (V.48). “Los discípulos, en cambio, se llenaron de gozo y del Espíritu Santo” (V. 52).

Quiera el Señor, todos nosotros tomemos enserio la misión de anunciar el Evangelio de Jesús y, movidos por el Espíritu Santo, le digamos a todo el pueblo: “Les anunciamos una gran alegría para todo el pueblo: hoy, el Señor le revela su amor y le ofrece su misericordia”.

Segunda Lectura: Apocalipsis 7,9.14-17

El domingo pasado, veíamos como Juan el testigo fiel, se sentía desbordado por el número de la corte celestial que adoraba y cantaba al Cordero: “la voz innumerable de ángeles”. Hoy se nos presenta totalmente rebosado por el número de fieles de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas que fueron purificados por la sangre del Cordero y que ahora, día y noche le rinden culto en su Templo.

Éstos que sufrieron a causa de la fidelidad al Cordero, son los que ahora participan de su gloria; el Cordero es su Pastor que los conduce a los manantiales de aguas vivas y Dios es su eterno consuelo.

Evangelio: Juan 10,27-30

Siglos antes al testimonio de Juan, ya cantaba el Salmista, cual es la experiencia de todo discípulo amado que escucha la voz de su Pastor y se deja conducir por Él: “El Señor es mi Pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace descansar, me conduce a las fuentes tranquilas y repara mis fuerzas por el amor a su nombre”. Pero la experiencia del Salmista-discípulo se queda corta frente a las palabras reveladas por el Cordero-Pastor que manifiesta el mutuo conocimiento, vale decir correspondencia en el amor que redunda en favor del discípulo que conoce la voz del Pastor y lo sigue.

El Salmista-discípulo cantó: “Habitaré en la casa del Señor por muy largo tiempo”, Y el Cordero-Pastor afirma que todo aquel que escucha su voz y lo sigue tiene vida eterna, que no morirá jamás, como tampoco nadie lo podrá quitar, como nunca lo podrán arrebatarlo a su Padre, porque el Padre y el Pastor son uno solo.

Pidamos al Señor que Él nos abra los oídos del corazón para que escuchemos su voz y lo sigamos, que Él nos guíe al manantial del que brota agua viva y da la vida eterna. Amén.

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