Formación

Habla, Señor: III Domingo de Pascua (5 de mayo de 2019)


Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 5,27b-32.40b-41

La verdad hace libre y el testimonio de la Resurrección llena de alegría. Este interrogatorio acontece después de la milagrosa liberación de la prisión de los apóstoles que habían sido apresados por envidia del sumo sacerdote y los partidarios de la secta de los saduceos.

El gran Sanedrín se ha convocado para sentenciar a unos presos que gozan de una misteriosa libertad, que ellos ni los guardias pueden explicarse por la vía de la razón y más aún, estos acusados no sólo gozan de la libertad fuera de las rejas, sino que hablan de una verdad que les hace libre y les llena de alegría.

Estos testigos, no desconocen la autoridad del sanedrín, sino que experimentan una libertad de conciencia, que impone respeto y hasta infunde temor de una eventual reacción social como respuesta a una acción injusta.

El juicio tiene una característica que no era, ni es común frente a un tribunal, son los acusados son quienes dictan la sentencia, ponen al desnudo la inconsistencia de las acusaciones y de la saña con la procedía. Pero hay algo más que es de tenor superlativo: Los azotes no sólo que no lograron callar la predicación, sino que tampoco le quitaron la libertad y mucho menos la alegría del martirio.  

Segunda Lectura: Apocalipsis 5,11-14

El Testigo fiel revela lo que ha visto y oído: toda la corte celestial, que supera toda capacidad humana para poder contarla, reconoce la divinidad del Cordero. A la aclamación celestial, responden todos los seres terrenales alabando reconociendo su divina y eterna majestad.

Evangelio: Juan 21,1-19

Esta historia de amor comenzó en Galilea, junto al mar y, junto al mar, se ratifica el amor y esta historia, se hace historia de salvación.

Tres o cuatro años antes, en la ribera de ese mar se cruzaron las miradas de unos pescadores con la de un carpintero que, con una fuerza inusitada les llamó: “Sígueme” y estos pecadores dejando la barca, las redes y hasta a su padre, lo siguieron. La dura rutina de aquellos pescadores, se trocó en apasionados sucesos y experiencias desbordantes que, en un solo día se derrumbó como un castillo de naipes. La pasión y la muerte de Jesús, apagó el fuego que apasionaba a los discípulos que, heridos de amor y en la esperanza regresan a su vieja y, a veces, ineficaz rutina.   

Esta fue una de esas noches de vanos esfuerzos, de redes vacías, cuerpos cansados y corazones desilusionados; ya al amanecer alguien, le pregunta: “Muchachos ¿tienen algo que comer?”. La respuesta fue terminante, como para no seguir hurgando en los fracasos: ¡No! Y la voz, de Aquel que les había prometido convertirlos en pescadores de hombres, ahora le indica donde se encuentra el cardumen que va a trocar su frustración por la alegría, la vaciedad de los esfuerzos por la abundancia de la pesca, pero por, sobre todo, le devolverá la pasión primera que se ahogaba en el mar de la desilusión y se enredaba en las redes del fracaso.

El Discípulo Amado reconoce a Jesús, pero es Pedro, el viejo apasionado, el que deja todo y se tira al mar para estar con su Señor Resucitado. Aquel que hacía pocos años dejó su barca y sus redes para seguir a Jesús, ahora deja la barca, las redes y los pecados porque ve a su Amor resucitado y quiere volver a escuchar esa misma palabra, que un día junto a ese mismo mar había escuchado: “Sígueme”.

La palabra esperada, no se hizo esperar, después de reavivar el fuego del amor en el corazón del pecador, encomendarle la misión de alimentar a su rebaño, le dirá como entonces: “Tú, sígueme” y lo siguió desde allí hasta la cruz.

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