Formación

Habla, Señor: Domingo de Pascua de Resurrección (21 de abril de 2019)


Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 10,34ª.37-43

Es verdad que los discípulos al sentirse llamados por el Señor, experimentaron la fuerza de su amor irresistible y sin miramientos, dejaron todo y lo siguieron; pero, aún faltaba la confirmación en el amor, que en su momento los convertiría en sus testigos.

¿Quién puede llegar a dudar del amor de Pedro?  el que, lo seguía de cerca y entró en la casa donde lo habían apresado al Señor, cuando había sido más fácil huir como los otros que negarlo, él que estaba temblando por miedo a morir como su Amigo, pero a su lado; cómo dudar de su amor, si, aunque temblando, maldiciendo, desfalleciendo, negando, aún seguía a su lado. A Pedro, el amigo del Señor todo le fue posible, menos dejarlo solo e irse; esta fidelidad en el amor tan contradictoria y dolorosa para el Pescador es la que lo convierte en el testigo fiel, que, asistido por la fuerza del Espíritu Santo, alza la voz y proclama: la Muerte y Resurrección de Jesús.

El testimonio petrino, comienza con una apelación al conocimiento de la gente: “Ustedes saben lo que ha ocurrido…” la acción de Dios que ungió a Jesús con el bálsamo de su Espíritu Santo, es una realidad sabida por todos, esta unción que se hizo evidente y ratificó en su paso por el mundo: “Pasó haciendo el bien y sanando a todos los que habían caído en el poder del demonio”.

El testimonio del Pescador, no es un mero discurso dotado de una oratoria académica, es la evidencia vivida por alguien que está dispuesto corroborar su testimonio hasta con su propia vida. Infundido del coraje que da el Espíritu Santo, no teme en manifestar que, al que pasó haciendo el bien, lo mataron de la forma más cruel y escandalosa, pero que el Señor de la vida, al tercer día, lo resucitó de entre los muertos. Su testimonio se funda y coge volumen en la experiencia de haber compartido el pan y el vino, con Jesús, el crucificado, después de haber resucitado.

Este testimonio, es el fruto del encuentro con el Señor de la historia que ha vuelto a la vida y que, a su vez, le confirió la misión de hacer evidente que la resurrección no era ni será un mito, sino que es una realidad tangible que ellos pueden mostrarlo con su vida y, si es necesario, demostrarlo con su con su muerte.

Pero, el rudo Pescador, refiere a un testimonio que ya estaba grabado en la historia de salvación y anunciado por los profetas: “Los que creen en Él reciben el perdón de los pecados…”.

Segunda Lectura: Colosenses 3.1-4

El llamado paulino a buscar los bienes del cielo, parte de una firme certeza: “Ya que ustedes han resucitado con Cristo”; esta gracia peculiar de la que somos partícipes, nos urge a mirar en los bienes que vienen de lo Alto, no quedarnos atados a los de la tierra, de modo que, cuando el Señor, que es nuestra vida se manifieste en su gloria, también nosotros apareceremos con Él llenos de gloria.

Evangelio: Juan 201-9

La madrugada del día de la Resurrección, es primer día de la nueva y definitiva Creación. El Discípulo Amado, se vale de la elocuente metáfora de la oscuridad para que, a partir de ella, montara la escena de la “Nueva Creación”. El relato del Génesis, dice que todo era caos y que sobre él aleteaba el Espíritu de Dios; en el caso de esta “Nueva Creación” se da una situación parecida: la oscuridad y el caos que produjo la muerte del Señor, aún está haciéndose sentir, mas no puede ensombrecer la fuerza del amor que arde en el alma y corazón de “La Apóstol de los apóstoles” que la desafía y va en busca del Señor de su vida.

Aún en medio de la oscuridad, hay un elemento que pone a correr a todos: “Vio que la piedra había sido sacada”; esta evidencia, parece que hace resonar en el corazón de La Magdalena, el “hágase la luz” y lo pone a correr en pos de Pedro y del Discípulo amado –me gusta ver en esta imagen la Persona de Pedro, hoy Francisco, con toda la Iglesia– y con dolor en el alma, enciende la luz que ilumina un camino de esperanza. Las palabras temblorosas de la “Discípula Amada”, puso a correr a la Iglesia naciente.

Todos corrieron hacia el lugar del dolor, hacia ese lugar que, por dolor o vergüenza pocos quisieron volver, el primero en llegar es el Espíritu del Amor, que aletea sobre el caos y da armonía a los corazones –el Discípulo Amado– y poco después toda la Iglesia –Pedro–, el Espíritu del Amor abrió en camino, pero es toda la Iglesia la llega, ve, entra, experimenta, cree y proclama a los cuatro vientos la Nueva y definitiva creación.

Si después de la primera Creación el pecado puso a correr en busca de la oscuridad para esconderse de Dios, la “Nueva Creación” poner a correr a todos para encontramos con el Señor, con el Señor crucificado que está vivo porque ha resucitado. 

© 2015 Conferencia de Obispos Católicos de Cuba. Todos los derechos reservados