Formación

Habla, Señor: V Domingo de Cuaresma (7 de abril de 2019)


Primera Lectura: Isaías 43,16-21

Isaías hace memoria del éxodo, sin embargo, va colocar cada acción de Dios en su justo lugar. En una palabra, invita no quedarse recordando el pasado, sino a mirar el presente y ver en él, como el Señor renueva la vida y toda la creación; esta acción divina se expresa con una claridad meridana en que, caminarán por una senda cierta, ya irán a tientas, porque el Señor traza en camino en el desierto. Disfrutarán de los bienes de la tierra, ya que el Dios de la vida hace germinar los frutos de la tierra.

La creación renovada, volverá a tener la armonía original, toda ella y no sólo la humanidad, glorificará al Señor porque Él la hace fecunda y le da de beber a su pueblo elegido del torrente de sus delicias, para que, junto con toda la creación, pregone su alabanza.

Segunda Lectura: Filipenses 3,8-14

El Apóstol nos presenta un itinerario de vida espiritual con una dirección concreta y un franco ascenso en el amor al Señor. Llega a relativizar todo lo que ha vivido antes de haberse sentido encontrado y amado por el Señor.

También es consciente, que su camino espiritual aún, no ha llegado a la meta y que es necesario seguir adelante con paso firme y diligente, afín de alcanzar el premio del llamado celestial que Dios hizo en la persona de Jesús, nuestro Señor.

Evangelio: Juan 8,1-11

Jesús enseña en la montaña, el Templo y en el mar, pero a la hora de buscar la intimidad con el Padre, busca el silencio y la soledad de la montaña. Es precisamente este encuentro íntimo con el Padre el que le da fortaleza para enfrentar las adversidades, lucidez para disipar las dudas y comprensión para acoger y perdonar a todos.

Mientras enseñaba en el Templo, los escribas y fariseos se adueñan de la escena presentando una situación que no sólo era pecaminosa, sino que con “mal espina”, buscaba crear un escándalo. Suele pasar que lo escandaloso, seduce y arrastra a las masas, y esto es lo que sucede aquí.

San Juan, no lo nombra a esta mujer pecadora, como tampoco lo nombra al Discípulo Amado, quizás porque el pecado es connatural a nuestro ser y el amor, es lo propio de Dios que nos ama y perdona a todos. La acusación de los escribas y fariseos es letal: “esta mujer fue sorprendida en flagrante adulterio”, sin embargo, los acusadores terminan acusándose así mismo porque el adulterio como pecado carnal se comete en un ámbito íntimo, cerrado, entonces, ¿cómo la pudieron sorprender en esa situación?

Llama la atención el silencio de Jesús, quizás para hacerlo entrar en razón que la acusación que están haciendo reviste una saña brutal y una estratagema inconsistente que no le va a quebrantar en su forma de sentir, pensar y actuar. Ante la insistencia, el Señor, sólo se limita a decir: “El que no tenga pecado que lance la primera piedra”. A veces se me da por fantasear otra respuesta de Jesús, y creo que le dijo: “el que nunca haya cometido algún tipo de adulterio en la vida, el que tiene la conciencia realmente limpia, que tire la primera piedra”; es que el adulterio, como agravio a la moralidad, no sólo se reduce al plano físico genital, sino que atraviesa y lesiona todos los órdenes de la vida.

Adúltero es quien, para ganar más, lucra con la buena fe del pobre y le echa chícharo al café.

Adúltero es quien modifica a su favor las pesas de la balanza.

Adúltero es el que les quita pastillas a los frascos de medicamentos.

Adúltero es aquel que en una oficina o cualquier espacio de poder acomoda los papeles según su interés y no en atención a la verdad y la justicia.

Adúltero es quien vende algún examen, adúltero es… Adultero somos, cuando nos hacemos cómplices de estos flagrantes adulterios públicos, que por lo general quedan impunes.

El final es un canto a la paz. Lo que comenzó con una acusación airada, termina con un diálogo en armonía. La irascible y escandalosa incriminación, termina con la alegría del perdón, que libera y te invita a caminar por nuevas sendas de la vida.

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