Formación

Habla, Señor: IV Domingo de Cuaresma (31 de marzo de 2019)


La antífona de entrada de la Misa nos pone de relieve el tenor del domingo que estamos celebrando: el “Domingo de la Alegría”. Isaías se “deshace” invitando a estar alegre, a compartir esa alegría y a desbordar de felicidad. La alegría por haber entrado en la tierra de la promesa, la “que mana leche y miel”, la alegría porque la vida en Cristo se hace nueva y renueva, más aún, la alegría de la conversión y del retorno a los brazos misericordiosos del Padre.

Primera Lectura: Josué 4,19; 5,10-12

Mientras el pueblo caminaba en la intemperie del desierto, el Señor le cubría con su nube y le alimentaba con el maná caído del cielo; pero al a llegar a la Tierra prometida, comienza una nueva historia. De aquí en lo adelante, el pueblo tiene todos los dones del Señor y las capacidades propias, para cultivar la tierra y ganarse su pan de cada día con el fruto de su trabajo.

El maná, ese pan caído del cielo, significó sólo un “tente en pie” mientras el pueblo oprimido migraba hacia la libertad y a la tierra fértil, ahora es el momento de celebrar la Pascua, el paso liberador de Dios por sus vidas, honrar al Señor y a la tierra, con su propio trabajo y disfrutar de sus frutos con dignidad.

Segunda Lectura: 2 Corintios 5,17-21

La suplicante exhortación apostólica nos anima a asociar íntimamente nuestra vida a la de Cristo, porque en Él está la vida y de su corazón misericordioso brota la vida en abundancia que hace nueva todas las cosas y, por ende, nuestro propio existir. La suplica entrañable es que nos dejemos reconciliar con Dios, esto no es otra cosa que participar de la gracia de la reconciliación convertirnos en artífices de la reconciliación.

Evangelio: Lucas 15,1-3.11-32

“Cuando brilla el lucero, se opacan las estrellas”, esta máxima se aplica al pasaje evangélico que hoy meditamos, la luz y brillo de la parábola ensombrece el contexto en la que fue contada; pero es bueno que éste no pase inadvertido.

San Lucas, al decir: “todos los publicanos y pecadores…”, con una sagacidad magistral, pone en crisis un sentir colectivo de la época. Para los judíos de entonces, todo publicano era considerando un pecado irreconciliable con Dios y como tal, un indeseable y merecedor de todo tipo de epítetos despreciables; Lucas, sin embargo, deja entre ver que la realidad no era tan, así como se la creía y presentaba, más aún, todo el que de buen corazón quiere acercarse a Jesús puede hacerlo con entera confianza.

Otro aspecto señalado por el Evangelista es que, la crítica no gira entorno a los publicanos y pecadores, sino a la persona de Jesús que los acoge y les ofrece un camino de fraterna comunión: “éste los recibe y come con ellos”, esta apreciación para con la persona de Jesús, que Lucas, también pondrá en crisis con el relato de la parábola, era una actitud comprensible para un judío de entonces porque con frecuencia rezaba: “¡Feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en el camino con los pecadores, ni se sienta en la reunión de los impíos” (Sal 1,1). Pero en esta actitud de Jesús, que para mucho es incomprensible, se hace realidad los que meditábamos en el pasaje evangélico del miércoles pasado: “No vine a abolir la Ley o los profetas, sino a dar cumplimiento” (Mt 5,17).

A la parábola, la conocemos con el título del “Hijo pródigo”, hay otros menos usados, pero también muy elocuentes como “el Padre misericordioso”, o la del “Padre pródigo”, éste último ocurrente y osado, pero real: el Padre que derrocha todos sus sueños y desvelos con el regreso de su hijo, todo su amor y esperanza, toda ternura, alegría y fiesta con su hijo que ha vuelto. Lo cierto es que el Evangelio lo único que dice es: “un hombre tenía dos hijos” y, de allí en lo adelante, aparentemente, el que ocupa el centro de atracción es el hijo menor, pero en realidad este “hijo”, canta un poema a las virtudes de su Padre. Por eso a mí se me ocurre llamarla: “Un canto a la justicia y el amor de su Padre”

La actitud arrogante del “hijo menor” es el primer canto al Padre comprensivo y justo, comprende al menor que quiere dar vuelo a su corazón aventurero y le da la parte que en su momento debía heredar; pero en atención a la justicia, también le da al mayor lo que a éste le debía corresponder.

El segundo canto es: “el hijo menor recogió todo lo que recibió en su casa y se fue”, no sólo se llevó los bienes materiales, sino también la dignidad de hijo, los principios morales y virtudes que su Padre le supo inculcar.

Tercer canto al honor de su Padre es: que, la vida disoluta no quebrantó los valores que de niño supo aprender, tal como es el valor y la dignidad de cualquier tipo trabajo, por eso en la indigencia va a cuidar puercos.

El cuarto canto es a la justicia y generosidad de su Padre, que no solo da el pan que corresponde a sus empleados, sino que lo da en abundancia.

El quinto canto quizás sea el más lindo de todos: el canto a la confianza con su Padre, es cierto que su conciencia y palabras ensombrecen un poco su entrañable confianza en el amor de su Padre. “Me levantaré y volveré a la casa de mi Padre”. Y vuelve, vuelve sin ninguno de los bienes materiales que se ha llevado de la casa, pero vuelve con la misma dignidad de hijo y con los mismos valores que supo aprender de su Padre, vuelve harapiento, pero no condenado, maltrecho, pero con vida, sano y salvo.

El sexto canto, no canta el “hijo”, sino el Padre, que de lejos lo ve llegar, sale corriendo se le tira al cuello, lo cubre de besos y no le deja hablar. Le renueva la dignidad, protección y seguridad de ser su hijo: “Vístanlo, pónganle un anillo y sandalias en sus pies”.

Con tantos cantos a la vida como preludio, es lógico que el desenlace sea una gran fiesta en honor del encuentro, del perdón y la reconciliación. Paradójicamente el que nunca se fue de la casa, el que “nunca ha pecado” es el que jamás cantó a la bondad y virtudes de su Padre y más aún, se niega a entrar a la fiesta familiar del encuentro y de la vida en comunión.    

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