Formación

Habla, Señor: III Domingo de Cuaresma (24 de marzo de 2019)


Primera Lectura: Éxodo 3,1-8ª.10. 13-15

“La vocación de Moisés”, así conocemos popularmente a este pasaje, pero más bien hablemos, del encuentro del Señor a Moisés y de la profundidad del diálogo entre ambos.

En el relato, el Autor sagrado nos presenta un ascenso cualitativo en todos los órdenes de la vida y misión de Moisés. comienza destacando su idoneidad y fidelidad a su oficio: “apacentaba las ovejas de su suegro Jetró”. Era un pastor de cuerpo y alma, no un mero asalariado que se conformaba con ofrecer magras yerbas a sus ovejas, es el que sabe y siente que debe caminar hasta encontrar los verdes pastos donde hacerlas reposar y abrevarlas con el agua que brota de un fresco manantial (Sal. 23). Esta fidelidad a su vocación pastoril, le hace experimentar una elevación inconmensurable: él iba a la montaña de verdes pastor y agua fresca para apacentar a sus ovejas, y llega al Horeb, la montaña de Dios, al lugar sagrado en el que Dios sale a su encuentro.

En esta trashumancia atenta a los signos de la vida, ve un fenómeno que, si no es inédito, al menos, no es de los que abundan; ante el hecho, aminora su paso y se acerca para contemplarlo de cerca. He aquí que aparece Otra persona que también observa, pero no a la zarza, sino al deslumbrado pastor que se acercaba a contemplar, lo llama por su nombre como quien llama a un amigo; por su parte, Moisés le corresponde con respeto.

El Señor conoce a Moisés y sabe de su ignorancia acerca de Quién es el que le habla, del momento que está viviendo y de la sacralidad del suelo que está pisando, por eso le invitará a mantener la distancia y a descubrir sus pies, quizás para no herir al suelo, o dejar que la gracia se permee por sus poros. Le revela quien es: el Dios de la historia, el Dios familiar y cercano que ve y siente diariamente cada una de las situaciones familiares; después se produce una reacción interesante, Moisés que quería ver aquel fenómeno extraordinario, ahora no quiere ver a Dios que es brasa y llama inextinguible y se cubre el rostro. Pero Dios sí ve y escucha; ve la opresión de su pueblo y escucha lo gritos de dolor que le infringen los opresores. El Señor que conoce muy bien los sufrimientos del pueblo, no se queda de “brazos cruzados”, sino que baja a liberarlo de esta esclavitud y conducirlo a la tierra de la libertad, de la fertilidad, abundancia, del sosiego y de paz.

Ante el desconcierto de Moisés y su reticencia a aceptar la misión que le confiere, le revela su nombre: “Yo soy el Eterno”, familiar y cercano, con ese nombre todos le habrán de reconocer e invocar a lo largo de los siglos.

Aprendamos de Moisés a: ser fiel y feliz en nuestros trabajos. Sepamos ir más allá del mero cumplimiento. Dejémonos sorprender por el Señor, escuchémosle y respondámosle con confianza; porque Él es el Dios de la historia y de la vida que, porque nos ama, sale a nuestro encuentro, nos anima y libera y nos hace participes de todos los bienes que redundan en favor de nuestra felicidad.

Segunda Lectura: 1 Corintios 10,1-6.10-12

Apelando a la memoria, san Pablo, nos advierte que, el simple hecho de sabernos cristianos no nos asegura la salvación. Al final del pasaje señala con precisión que la fe no se reduce a la mera confesión de un principio, sino de la fidelidad de vida a lo que decimos profesar. En una palabra, si decimos que, Jesús es:

La Luz, debemos dejarnos iluminar por Él.

El Camino, hay que seguirlo.

La Verdad, debemos creerlo.

La Vida, es necesario buscarle.

El Maestro, tenemos que aprender de Él.

Nuestro Dios, debemos convertirnos hacia Él.

Evangelio: Lucas 13,1-9

Cuando acontece un hecho doloroso, por lo general, inmediatamente nos preguntamos, ¿Por qué ha sucedido? Y señalamos a algún supuesto culpable. Aquellos coetáneos de Jesús, tampoco pudieron escapar a esta realidad y le plantean, que, si la masacre cometida por los agentes del orden romano durante un motín en el patio del templo era una ofensa al sentir nacional que mereciera un repudio generalizado. Jesús no cae en ese juego, les hace ver que detrás de todo fanatismo, venga de donde venga y vaya a donde vaya, siempre tiene de vanguardia y guarda espalda a la violencia. Lo importante para Jesús, es buscar y ver por dónde van los caminos que conducen a una verdadera conversión, porque del retorno a Dios, de la búsqueda del Reino y su justicia depende la paz personal y la armonía social.

La supremacía de la conversión personal sobre los acontecimientos es remarcada con el ejemplo de la torre de Siloé, los que allí murieron, no perecieron porque eran más culpables que el resto del pueblo: sufrieron una desgracia, pero si no nos convertimos sufriremos una desgracia peor, se derrumban nuestros sueños y esperanza y a la postre la posibilidad de nuestra salvación.

Al final del pasaje, Lucas ofrece una parábola que manifiesta la constante paciencia de Dios que espera nuestra conversión, y que, día a día, año a año nos da una nueva posibilidad para volver a Él.

¡Volvámonos a Dios!, que, como dice el Papa Francisco, jamás se cansa de perdonar. 

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