Formación

Habla, Señor: II Domingo de Cuaresma (17 de marzo de 2019)


Primera Lectura: Génesis 15,5-12.17-18

Nuestra historia de salvación comienza “allá lejos y hace tiempo”, diría yo, el mismo día en que aconteció el primer pecado (Gn. 3,15; Ap. 12,1ss); a lo largo de toda la historia de la humanidad –millones de años–, El Señor la “fue modelando” como al comienzo modeló al género humano. Pero es aquí, en el encuentro con Abrahán, es donde nuestra salvación, empieza a visibilizarse con más nitidez y a manifestarse concretamente en la historia, más aún, a hacerse historia.

La historia de salvación, no es otra cosa que la manifestación del amor y la fidelidad de Dios para con la humanidad a lo largo, y más allá de todos los siglos. Siempre expresa como hermosura y abundancia de la vida: “Mira el cielo, cuenta las estrellas. Así será tu descendencia”. Es la historia de un camino que, aunque a veces se nos presenta como incierta, nos ofrece la certeza de que siempre se llegará a la meta; El Señor, el que invita a salir y caminar, es el que acompaña en la travesía y espera en el destino: “Yo soy el que te hice salir de Ur de los caldeos para darte esta tierra en posesión”.

Esta historia es de la alianza en el amor que el Señor ofrece a su pueblo a lo largo de los siglos. Le regala la heredad sobre la tierra, no para que la sometan, sino para que la cultiven, la recreen, disfruten y la compartan entre todos y con todos de sus bienes.

Segunda Lectura: Filipenses 3,17- 4,1

San Pablo, con su enseñanza nos libera de toda tentación con que el espiritualismo nos pueda espolear. Unas de estas tentaciones son la evasión, relativización o negación de la realidad que a diario nos ofrece la vida. La llamada apostólica es a aceptar la cruz de Cristo con pasión, hacerse amigo de ella y amarla con todo el corazón; esta aceptación no sólo nos permite mirar al cielo con esperanza, sino que nos convierte en sus ciudadanos, pero con los pies bien puesto sobre la tierra.

Ser ciudadanos del cielo, no es otra cosa que dejar que Jesús, día a día vaya modelando nuestra vida, haciéndonos cada vez más precedidos a Él. Perseveremos pues, firmemente en el Señor que camina con nosotros, nos asiste con su gracia y un día nos vendrá a buscarnos, para que donde está Él, estemos también nosotros.

Evangelio: Lucas 9,28b-36

Según lo expresado por Jesús, la experiencia de la transfiguración, mejor, la participación de la gloria del Resucitado es el fruto del seguimiento discipular: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y me siga”.

Lucas, al igual que Mateo y Marcos, coloca la transfiguración después de la confesión de fe de Pedro y del anuncio de la Pasión; sin embargo, tiene sus particularidades que son notorias: por ejemplo, omite la región dónde Pedro confiesa su fe, sino que manifiesta con fuerza y claridad que esta confesión se da en un momento en que Jesús “oraba en un lugar apartado”. Tampoco hace alusión a la reticencia de Pedro a aceptar la pasión y el ulterior regaño del Señor; sí, como decíamos en el párrafo anterior, resalta la condición discipular: con la propia cruz a cuesta hay que seguirlo día a día. Tampoco coincide con sus dos predecesores en los días que, después del anuncio de la pasión, se produce la transfiguración, para Mateo y Marcos, seis días después para Lucas, ocho.  Los tres coinciden en que ésta se da en un cerro, pero también aquí el testimonio de Lucas tiene su particularidad: “mientras oraba”. Para el Tercer evangelista, la experiencia de la gloria es el fruto de estrecha comunión con Jesús y de la intimidad de con el Padre.

La reacción de Pedro a la que también refiere san Marcos, pone de manifiesto que la gloria de Dios a la que estamos llamado, es una realidad que supera todo razonamiento humano: “No sabía lo que decía” (Mc 9,6); “pues no sabía que decía” (Lc. 9,33).

Los tres evangelistas coinciden en que, quiénes hablaban con Jesús, eran Moisés y Elías; pero en que el Hijo amado, el elegido, al que de allí en lo adelante había que escucharlo es a Jesús.

En una palabra, la Transfiguración es “la luz del sol” tan lejana y a la vez tan cercana que ilumina nuestros pasos hacia la verdadera gloria que todos anhelamos. Es la luz del cielo que anima y fortalece nuestra vida y misión aquí en la tierra.

La experiencia de la Transfiguración nos muestra la plenitud de la gloria, pero es la cercanía e intimidad con Jesús, la asegura nuestros pasos hacia ella. Por eso carguemos con nuestra cruz de cada día y sigamos a Jesús que va adelante como guía, a nuestro lado como compañero de camino y a nuestras espaldas como protector.

© 2015 Conferencia de Obispos Católicos de Cuba. Todos los derechos reservados