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Mensaje de monseñor Álvaro Beyra Luarca, obispo de Bayamo-Manzanillo, con motivo de la Semana Santa 2018

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Diócesis de Bayamo-Manzanillo, Bayamo, 29 de marzo de 2018: Como todos los años desde hace 2000 años y en casi todos los lugares del globo terráqueo, estamos celebrando desde el domingo pasado y hasta el domingo próximo, la Semana Santa, la Semana Mayor. Celebramos lo que cientos de millones de personas en el mundo consideran el hecho más importante de la historia universal: la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Celebrarlo no es recordarlo como algo que pasó, sino actualizarlo, haciéndolo actual y presente en nuestras vidas, sintonizando con las consecuencias de esos acontecimientos, apropiándonos de sus efectos, dejándonos transformar por ellos, acompasando los pasos de nuestras vidas con los mismos.

Históricamente la Semana Santa fue la última semana que el Hijo de Dios vivió en la tierra. En ella se sintetiza, toda su vida, su actuar, su doctrina, su persona. En ella llega a su culmen la revelación de Dios a los hombres, llegamos al máximo conocimiento sobre Dios y sobre la vida, se nos abren al máximo las vías de su redención y su salvación, las puertas de la vida eterna, la máxima altitud a la que siempre ha aspirado el ser humano, ser como Dios, Hijo de Dios, de su misma raza, según la expresión de San Pablo.

Comenzamos la celebración de la Semana Santa el Domingo de Ramos, donde celebrábamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Es una celebración agridulce, como agridulce es la vida, con sus momentos de júbilo y de llanto. Aclamamos al Señor junto a aquellos que habían experimentado el amor misericordioso de Dios a través de las curaciones, la cercanía, las palabras de consuelo de Jesús. Pero también reconocimos que al igual que muchos personajes de la Pasión, en nuestras vidas nos hemos visto movidos por la envidia, el miedo, el rencor, la conveniencia egoísta, la falta de solidaridad y muchas otras cosas por el estilo. Como recuerdo visible de nuestro deseo de seguir a Jesús jubilosamente nos llevamos para nuestras casas el guano bendito.

Luego ayer Jueves Santo comenzamos el Santo Triduo Pascual, la cumbre de las celebraciones. En este día recordamos la última Cena de Jesús con sus apóstoles. Jesús va a ser expulsado violentamente de este mundo, toda la maldad del mundo se unirá contra el Justo que los ponía en evidencia ante los ojos de todos. Jesús se va pero se quiere quedar, el que ama siempre quiere estar con los seres amados y por ello les deja ese solemne gesto de amor servicial que es lavarles los pies a sus discípulos. Jesús se queda en el pan y el vino consagrado, se queda con sus apóstoles y con todos los hombres para todos los tiempos. Eso es la Eucaristía, la Misa, y para poder garantizar la presencia de ésta en el tiempo instituye el sacerdocio cristiano para que todos puedan tener acceso siempre a esa presencia amorosa y salvadora.

Luego llegamos al día más negro de la historia humana, el Viernes Santo, Dios va a ser expulsado del mundo que había creado y regalado al hombre. El mal siempre conduce a la muerte y la destrucción, es su fruto natural. Luego de la cena comienza la agonía de los sufrimientos por llegar; la traición, el juicio inicuo, el abandono de los amigos, los azotes y golpes, las burlas, la coronación de espinas, la bochornosa procesión con la cruz a cuestas, la crucifixión.

Jesús se hace una sola cosa con la cruz, está clavado. Ya no puede ni moverse. No tiene ya ni fuerza para hablar. Se lamenta: “Tengo sed…” (Jn. 19, 28); pronuncia gritos casi incomprensibles: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado…” (Mc. 15, 34).

Junto a la cruz de Jesús “estaba la madre” (cf. Jn. 19,25). Esta es también la pasión de María, asistir al dolor del Hijo sin poder hacer nada, impotente. La impotencia es la cruz invisible de la Madre. Para el que ama, ver sufrir al ser amado es peor que sufrir él mismo. Pero María “estaba”; no huye, no da la vuelta, no retrocede, aun sabiendo que es impotente, que no puede hacer nada. Simplemente está y comparte.

Una sola cosa puede aún hacer Jesús: amar y lo hace “hasta el final”“Mujer he aquí a tu hijo… Hijo, he aquí a tu Madre” (Jn. 19, 26). Piensa en la Madre y piensa en los discípulos… Ama también a los enemigos: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen…” (Lc. 23, 34); en fin, un último acto de amor, hacia el Padre, que, habiendo experimentado su abandono, no lo traiciona; “En Tus manos encomiendo mi espíritu…” (Lc. 23, 46). Jesús se da hasta el final por nosotros.

Jesús nos muestra donde está la verdadera libertad, en el amar. No obstante los clavos, Jesús es libre. Es más libre que nunca, porque ninguno puede impedirle continuar amando. La libertad está en el amar: como ninguno puede obligarme a amar, así nadie puede impedirme amar. Me pueden obligar a hacer los trabajos más pesados, los servicios más fatigosos y humildes, pero nadie me puede obligar a hacerlo con amor. Sólo yo puedo decidir amar. Me pueden atar, torturar, clavar, pero nadie puede impedirme de amar también hasta a los que me persiguen.

Jesús nos enseñó que cuando debemos hacer algo por la fuerza, algo que no nos gusta, siempre podemos hacerlo por amor. Nos llevará el mismo tiempo, pero experimentaremos otra libertad, la libertad interior de quien no se deja vencer, sino que vence al mal con el bien.

El Sábado Santo. Es un día de luto y tristeza pues no tenemos a Jesús entre nosotros, el día que pasó entre la muerte y la Resurrección de Jesús. Con la muerte se cortan las comunicaciones sensibles con el muerto, la vista el oído. Hasta ahora todo había podido ser visto por todos. De ahora en adelante son sólo los ojos de la fe los que podrán seguir “viendo” los acontecimientos. Nos dice el Credo que “descendió a los infiernos”. Jesús desciende hasta el lugar de los muertos, el reino de la muerte, el seno de Abraham, lo llamaban los judíos, donde se va a librar la última batalla que permitirá también la liberación de los que lo habían precedido en la muerte.

Y al tercer día, domingo, resucita, resurge de entre los muertos. Las piadosas mujeres, movidas por el amor (siempre es el amor el que lo mueve todo) se dirigen de madrugada al sepulcro a embalsamar por cariño y con cariño el cadáver de Jesús. Y como muy bien decía nuestro José Martí, “por el amor se ve, con el amor se ve”, van a ver que el sepulcro está vacío, que ahí no está Jesús. Maravillas del amor que es tan potente que puede ver hasta lo que no está, oír el silencio: Ven y oyen claro al ángel que les comunica “no busquen entre los muertos al que está vivo”. Lo inesperado, lo inimaginable, sucede, se hace patente. Aquellas mujeres son conmovidas hasta el fondo de sus almas, de una manera desconocida para ellas, nunca antes experimentada en sus vidas. Es un cambio tan profundo, es una nueva visión de las cosas, es una comprensión distinta de los acontecimientos; es una vivencia distinta de la vida, distinta, desconocida, nueva, maravillosa, es una realidad y una vida nueva, que primero las asusta, luego las conmueve y por último las transforma. Se sienten como seres nuevos, transformados y así, presurosas y alegres, desandan el camino recorrido y regresan a Jerusalén donde estaban los apóstoles a comunicarles aquella Buena Nueva, aquella maravillosa noticia, que no les cabía dentro y pujaba por ser comunicada, anunciada a todos. ¡Ha resucitado!

Queridos todos: Esa es la experiencia de la Resurrección, el encuentro con el Resucitado. Esa es la experiencia que se ha repetido a lo largo de los siglos con todo aquel que se ha encontrado y se encuentre con Jesús Resucitado. Esa es la nueva vida a la que todos somos llamados en Cristo Jesús, ese es el nuevo estilo que anima por siempre a todo el que se mantiene fiel, unido a esa experiencia y que nos lleva confiados y alegres hacia su consumación total, definitiva e irreversible en la casa del Padre, en las moradas que el Hijo fue a prepararnos a todos.

Queridos todos, que todos podamos celebrar, actualizar en nuestras vidas ese encuentro con el Resucitado en estas fiestas pascuales y que todos nos mantengamos fieles, unidos a ese encuentro sean cuales sean los vientos en contra en nuestro ascenso hacia la Casa de Dios, nuestro Padre.

A todos les deseo una Feliz Pascua de Resurrección de parte del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

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