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Homilía del cardenal Stella en el Santuario Nacional de San Lázaro

por Cardenal Beniamino Stella

Fotógrafo Adrián Martínez Cádiz y Roberto Carlos Rodríguez E

Homilía del cardenal Stella durante la misa celebrada en el Santuario Nacional de San Lázaro 

 

Queridos hermanos y hermanas:

En estos días en los que la Iglesia en Cuba recuerda con gratitud la visita y el legado de San Juan Pablo II, también yo he querido, siguiendo las huellas del amado Papa Santo, venir como peregrino a este Santuario de San Lázaro, meta del camino espiritual de tantos cubanos y cubanas que invocan la intercesión del amigo de Jesús para agradecer favores concedidos o pedir ayuda, consuelo, salud y bendición, para los proyectos personales y familiares, presentes y futuros.

Hay una especie de vínculo por así llamarlo “natural” de este Santuario con el mundo del dolor y del sufrimiento. No por casualidad está aquí bien cerca el Hospital Doctor Guillermo Fernández Hernández-Baquero. Mi saludo afectuoso a los doctores, enfermeros, personal sanitario, empleados y pacientes del citado centro de salud. La presencia, también en este lugar y por tantos años, de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, ha sido un signo elocuente de ese amor de Cristo por los que sufren, ya sea en el cuerpo o en el espíritu. Mi gratitud y la de toda la Iglesia a ustedes, hermanas, por su consagración y su dedicación en el servicio a los demás.

La vida del papa San Juan Pablo II estuvo marcada por el signo del dolor y del sufrimiento, desde temprana edad. Durante la etapa que vivió en su natal Polonia, pudo conocer y experimentar toda la angustia, la tristeza y la desesperanza que ideologías falsas y dañinas provocaron en su pueblo. A nivel más personal, es bueno recordar que a los 27 años estaba prácticamente solo en el mundo, pues sus padres y su único hermano habían fallecido. Tuvo que trabajar duro para ganarse el pan, estudió con esfuerzo y con sacrificio. Su formación al sacerdocio y su ordenación sacerdotal luego, fueron casi clandestinas por miedo a la persecución contra la Iglesia. Ejerció el ministerio sacerdotal y episcopal en medio de presiones, hostilidad y dificultades. Al convertirse en Papa asumió la cruz de quien debe proponer la verdad de Cristo y del hombre a un mundo que parece sentirse más a gusto con la mentira y la mediocridad. Sufrió atentados, tuvo que someterse a diversas intervenciones quirúrgicas, y vio cómo el Parkinson iba limitando su inigualable vitalidad y su vibrante voz. Por todo eso, el Papa Santo se sentía tan íntimamente unido a todo aquel que sufría, ya fuera a causa de una enfermedad, o por las consecuencias del pecado personal o ajeno, o por ser víctimas de la injusticia.

San Juan Pablo II quiso acompañar el sufrimiento de sus hermanos y hermanas, no desde la teoría abstracta, sino desde la propia vivencia y con su intensa vida espiritual, como el mismo Señor, al hacerse hombre, lo hizo con nosotros. El papa polaco escribió al respecto la Carta apostólica Salvifici doloris. Es una joya sobre el valor y el sentido que Cristo le ha dado al sufrimiento humano, y en este sentido, al sufrimiento que sentía y experimentaba el propio Papa. Hace 25 años, en este mismo lugar, nos decía el Santo Padre: “Cristo no llega hasta nosotros con explicaciones y razones para tranquilizarnos ni alienarnos. Más bien viene a decirnos: Vengan conmigo. Síganme en el camino de la cruz. (…) Jesucristo ha tomado la delantera en el camino de la cruz; Él ha sufrido primero. No nos empuja al sufrimiento, sino que lo comparte con nosotros y quiere que tengamos vida y la tengamos en abundancia (cf. Jn 10,10)”.

“El sufrimiento se transforma cuando experimentamos en nosotros la cercanía y la solidaridad del Dios vivo: ‘Yo sé que mi redentor vive, y al fin… yo veré a Dios’ (Jb 19,25-26). Con esa certeza se adquiere la paz interior, y de esa alegría espiritual, sosegada y profunda que brota del ‘Evangelio del sufrimiento’ se adquiere la conciencia de la grandeza y dignidad del hombre que sufre generosamente y ofrece su dolor ‘como hostia viva, consagrada y agradable a Dios’ (Rm 12,1). Así, el que sufre ya no es carga para los otros, sino que contribuye a la salvación de los demás con su sufrimiento.”

Igualmente recordaba aquí San Juan Pablo II que la única dimensión del sufrimiento no es la del ofrecimiento y el carácter redentor, sino también aquella otra que el Evangelio nos presenta como llamada al amor solidario y generoso, invitación del propio Cristo a acompañarlo y servirlo en los hermanos que sufren, con los cuales el mismo Señor se ha identificado (cf. Mt 25,31ss). El conocido texto de la parábola del Buen Samaritano, que se ha proclamado en la misa de hoy, fue asimismo comentado por el Santo Padre, en este Santuario, hace 25 años, con estas palabras: “en esta parábola Jesús nos enseña que el prójimo es todo aquel que encontramos en nuestro camino, herido y necesitado de socorro, al que se ha de ayudar en los males que le afligen, con los medios adecuados, haciéndose cargo de él hasta su completo restablecimiento. (…) La elocuencia de la parábola del Buen Samaritano, como también la de todo el Evangelio, es concretamente ésta: el hombre debe sentirse llamado personalmente a testimoniar el amor en el sufrimiento”. Y añadía luego el Pontífice: “Esto se refiere a los sufrimientos físicos, pero vale todavía más si se trata de los múltiples sufrimientos morales y del alma. Por eso cuando sufre una persona en su alma, o cuando sufre el alma de una nación, ese dolor debe convocar a la solidaridad, a la justicia, a la construcción de la civilización de la verdad y del amor”.

Queridos amigos: sé bien que ustedes tienen que enfrentar, además, sufrimientos cotidianos, ya demasiado prolongados. Conozco lo difícil que se ha vuelto conseguir el alimento y los bienes básicos y primarios para una vida digna. Sufren igualmente por los costos tan elevados de lo poco que se puede obtener. Y experimentan carencias de medicamentos y otros recursos para tratar enfermedades delicadas o que exigen un tratamiento prolongado. Se hace difícil trasladarse de un lugar a otro, reparar la vivienda, construir una casa, contar con un salario que permita llevar adelante la vida personal y familiar. La emigración creciente, sobre todo de los jóvenes y de tantas personas capacitadas, es un desafío serio para esta amada nación, que se empobrece ante la separación de las familias y la soledad en la que quedan muchos de los ancianos y adultos mayores, en una etapa de la vida donde, después de haber entregado tanto, lo que más se anhela es la compañía y el amor de los íntimos. Si a esto se suma el dolor de aquellos que están en la cárcel, nos da la impresión de que el mal prevalece.

Me gustaría proponerles la voz de San Juan Pablo II en esta casa. Se revela profética y luminosa para el hoy de Cuba: “La indiferencia ante el sufrimiento humano, la pasividad ante las causas que provocan las penas de este mundo, los remedios coyunturales que no conducen a sanar en profundidad las heridas de las personas y de los pueblos, son faltas graves de omisión, ante las cuales todo hombre de buena voluntad debe convertirse y escuchar el grito de los que sufren”.

Y junto a la invitación a la responsabilidad y la conversión, también nos invitó al ánimo y a la confianza: “No se pierde ningún sufrimiento, ningún dolor cae en saco roto: Dios los recibe a todos, como acogió el sacrificio de su Hijo, Jesucristo”.

Cuando en años más recientes los visitara el actual Pontífice, el papa Francisco, concluyendo la misa en la Plaza de la Revolución “José Martí”, les dijo: “El que no vive para servir, no sirve para vivir”. Invoquemos la intercesión de la Santa Madre de la Caridad del Cobre, de San Lázaro y de San Juan Pablo II, para que todos los que sufren en este noble pueblo experimenten de sus connacionales, a todos los niveles, el servicio amoroso que elimine el dolor evitable; y alivie y consuele el dolor inevitable. Y así, la ofrenda de nuestras cruces, pequeñas o grandes, unidas a la del Redentor en el amor, contribuya a la redención y a la salvación de todos los cubanos y todos los pueblos de la tierra. Amén.

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